¿Somos amigos? ¿Somos amantes? ¿Qué coño somos?

Vicisitudes en el mundo gay de un hombre casado

Episodio uno

21/08/12  08:30

(Ramón sigue recordando ante el espejo todos los pormenores de su relación con Mariano)

—Bueno… ¿Y ahora qué?

Vistiendo únicamente unos escuetos calzoncillo, al igual que yo, tenía a mi amigo sentado frente a mí y  lanzando la pertinaz pregunta.

Acabábamos de  echar un polvo de los que hacen época, un polvo que me había descubierto la parte más perversa y oscura de mi amigo Mariano. Tenía la sensación de que, al igual que el personaje de ficción de Robert Louis Stevenson, mi amante tenía dos personalidades,  la de Mr Hyde que era  aquella con quien  él sacaba sus más bajos instintos a pasear,  instintos tales como meterse un carajo de goma por el culo o dejar que yo lo regará con mi agüita amarilla.

Pero al igual que en el individuo bipolar de la famosa novela, un  particular modo de ser daba paso al otro y mi amigo había vuelto de nuevo a su identidad de Dr. Jekyll,  más prudente y tranquila. Amparado en la sensatez que ella le daba, clavaba sus ojos en mí y lanzaba la comprometedora pregunta de “¿Y ahora qué?”. ¡Cómo si yo tuviera la respuesta!

Lo miré fijamente a los ojos, si hubiera tenido los cojones suficiente lo habría besado y un gesto (que vale más que mil palabras) me hubiera evitado tener que explicar algo, que ni yo mismo llegaba a comprender plenamente.

—Pues seguiremos siendo amigos… —dije cogiendo por la calle de en medio, en un vano intento de engatusarlo.

—Eso lo tengo claro… —en su cara se pintó una pequeña sonrisa que le iluminaba hasta los ojos, pero aun así no se dejó  embaucar por mis zalamerías  y automáticamente retomó la cuestión—Pero tú sabes bien que no es eso lo que te estoy preguntado, así que voy a intentar explicártelo como si fueras un niño de cuatro años.

—¿Te da igual de cinco? Yo es que a los cuatro lo pase fatal…—mis bromas no pretendían otra cosa que quitarle hierro al asunto, pues sabía que mi respuesta, fuera la que fuera, no sería nunca la adecuada.

—Pues de cinco… Pero si no te enteras bajo el nivel, ¿ein? —dijo  haciéndose cómplice de mi bufonada, y  a continuación, cambiando su gesto por otro más serio, prosiguió con lo que yo no quería escuchar. —Ramoncito, si ayer al verte con una cerveza de más pensaba que yo para ti podía ser un desahogo y tal, lo que ha sucedido hoy me deja claro que no, que hay algo más…

—Yo lo te dije, pero no me quisiste creer. —dije con cierto amago de contundencia.

—Sí, pero es que bastante complicado. Nos conocemos de siempre y nunca me pude pensar que esto pudiera suceder.

—Pues ha sucedido y ¿qué quieres que te diga? ¡Me gusta!

—Sí, creo que casi tanto como a mí. — al decirme esto no pudo evitar sonreír por debajo del labio y mirarme con ojos de niño travieso. —Pero tú eres de mis mejores amigos y siempre que se mezcla el “follisqueo” con la amistad, las cosas terminan jodiéndose.

—Entonces, ¿qué? Lo dejamos… Ambos hemos intentado por todos los medios que esto no volviera a suceder y no ha habido manera. —no sabía si al decir esto le mentía más a él que a mí, porque lo cierto y verdad es que si algo me había obsesionado desde que descubrí mi  aparente bisexualidad, era el volver a estar con él y compartir momentos tan plenos como el que acababa de ocurrir. Por lo que lo de “intentar por todos los medios que no volviera a suceder”, era más falso que un Judas.

—Sí, llevas razón… —Al decir esto en su rostro se dejó ver un mohín de preocupación. —Pero alguna solución tendremos que pensar,  porque yo no quiero dejar de tenerte en mi vida, ya sea como amante, ya sea como amigo…

Fue la primera vez que  oí a Mariano referirse a mí como su amante. Al oír aquella palabra tuve la sensación de que hablaba de otra persona y no de mí, más  fue escuchar sus dudas y no pude contenerme:

—Como amigo no me vas a perder nunca… Los amigos como tú no se encuentran así como así. Y lo otro, depende de ti.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—No sé, el que tiene estudios universitarios es usted, que yo me quedé en el Bachiller.

—¡No seas cabroncete y mójate! —Al decir esto, movió la cabeza dando muestras de que con mi aparente desidia  estaba agotando un poco su paciencia.

Me quedé pensativo por un momento, todo lo que se me ocurría decir me parecía inapropiado y fuera de lugar. Aunque el niño caprichoso que habitaba en mí, deseaba que momentos como el de aquel día formaran parte de mi vida, el hombre sensato y padre de familia sabía que aquello era netamente peligroso. Ni que decir tiene que no estaba dispuesto a renunciar al sexo con él, pero tampoco podía poner las bases para una relación que fuera mucho más allá de unos encuentros esporádicos y furtivos. Cuanto más lo pensaba, más enrevesado lo  veía todo y seguía sin aclarar nada a mi acompañante, quien aguardaba expectante.

—Bueno, ¿qué?

—No sé qué decirte, esto se me escapa completamente de las manos. Todo esto es nuevo para mí… —Mi voz emanaba confusión y preocupación por igual—Sí, para más inri nunca le había sido infiel a Elena antes, ¡las veces que me he ido de putas no cuentan!—Al decir esto último levanté el dedo y  gesticulé una mueca tonta, intentando hacer una desacertada broma.

—Sí lo entiendo y  no te quiero presionar pero sé que cuando salgas por esa puerta sin darme una respuesta, me voy a quedar aquí dándole vueltas al molondro…

—…y ya lo has pasado bastante mal, ¿no?

Instintivamente cogí sus manos entre las mías y sin despejar mi mirada de la suya le dije:

—No tengo muy claro si esto nuestro va a ningún lado o no, pero lo que sí sé es que pase lo que pase  en mí  tendrás un amigo al que recurrir cuando te haga falta, igual que lo has tenido siempre. Eso amigo mío, no va a cambiar nunca por muy torcidas que nos vengan las cosas.

Aunque Mariano no sonrió, y pese a que no era la respuesta que él se  esperaba, un brillo en su mirada reflejó que la sinceridad de mi pequeño discurso le había complacido. Pero no por ello, se quedó satisfecho y volvió a insistir en el tema de nuestro posible “futuro”.

—¿Eso quiere decir que vamos a seguir viéndonos?

—Si “viéndonos” significa para echar un buen polvo pues sí y para tomar una cerveza y charlar un rato también.

—Pues te lo agradezco, tener alguien con quien compartir todo es lo único que necesito…

—La pena es que estos encuentros nuestros no podrán ser tan habituales como me gustarían. —sin querer mi voz paseó por la calle tristeza.

—Sí, lo sé… Pero es lo que hay. —la resignación era la protagonista  absoluta de las palabras de mi amigo.

—Sabes que me juego mucho cada vez que nos vemos, pero eso no quiere decir que lo desee menos. Lo que no quiero es que te quedes encerrado esperando que yo te llame, como has hecho ahora.

—¡Eso no ha sido así! —Aunque sonreía se veía que mi afirmación le había tocado un poquito los cataplines—Si no he salido ha sido por otros motivos y no hagas que te lo repita de nuevo…

—Sí, que estabas anímicamente hecho polvo y bla, bla, bla… Esta vez, sal y diviértete. ¿Cómo se llamaba ese amigo tuyo de Sevilla tan simpático?

—JJ.

—¡Pues llámalo y pégate una juerga como a nadie le importa! Todo menos permanecer entre estas cuatro paredes… Por cierto, ¿también le va el tema?

—¡Sí y mucho! —Contestó dibujando en su rostro una sonrisa de granujilla—Pero JJ, no está para pegarse muchas fiestas…

—¿Y eso?

—Porque vive con su novio y esta vez, parece que por fin ha sentado la cabeza.

Fue escuchar las palabras “vive con su novio” referidas a un hombre y la boca del estómago pareció que me quemaba. ¡Qué duro pueden ser los convencionalismos sociales! Si en mis diálogos  conmigo mismo ya había aceptado que dos hombres se podían dar un gran placer en la cama, el hecho de irse a vivir con él y formar una especie de familia todavía me parecía cosa de otro universo y eso que lo del matrimonio  gay parecía algo socialmente aceptado. La homofobia implícita que tiene más rostros de los que se vislumbran. 

—Entonces ya no te ves con él.

—Hombre, de vez en cuando  para tomar un café, cenar  y tal. Pero lo que si hacemos es hablar mucho por teléfono, raro es el día no me llama o lo llamo.

—¿Y no se dio  cuenta de lo que te pasaba? Porque “quillo”,  ¡tú estabas tela de raro!

—Supongo que lo he sabido disimular bien, como todo… —al decir esto último un velo de pesadumbre y culpabilidad cubrió su rostro.

—Bueno, sea como sea. Lo que quiero es que salgas y entres, que dos meses sin echar un polvo es mucho tiempo.

—Tampoco ha sido así… —su tono de voz me pareció dubitativo, como si le diera vergüenza.

—¿Qué quieres decir? —Su forma de hablar había picado enormemente mi curiosidad.

 —Pues que hace dos semanas, aprovechando que anímicamente me encontraba un poco mejor, me pegué una escapadita.

A la vez que clavaba mis ojos en él, arrugué la frente y puse cara de circunstancia.

—¡Te parecerá bonito! —aunque el desparpajo con el que había hablado me había roto los esquemas por completo, disimulé para que no se me notara. —Aquí uno preocupándose por su amigo del alma y este resulta que las mata callando… ¡Cría cuervos…!

—Sí no te he dicho nada es porque no he tenido ocasión. —sé que puede parecer increíble pero a la vez que intentaba excusarse, el sonrojo visitó sus mejillas… ¡Parecía mentira que fuera el mismo hombre que me había pedido que me meara sobre él unos momentos antes!

—¡No, cómo últimamente no nos vemos…!—dije yo con bastante ironía y cachondeo.

—Sí, pero como comprenderás  tampoco era para ponerme a contártelo delante de toda la peña y tal… Y que conste que estaba deseando hacerlo.

—¡Pues ya estás tardando!

Continuará en : Promiscuidad entre vapores

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