Porque la noche es de los amantes (2 de 2) Inédito

Mariano  (19:55 hora del último autobús para Sevilla)

Mi chico me dio un abrazo fraternal y esperó que al autobús partiera para regresar a la casa de Berto. Durante el trayecto me preguntó cuatro o cinco veces que como lo había pasado  y, por mucho que yo le decía que estupendamente, él me lo volvía a preguntar usando unas  palabras distintas. Tuve la sensación de que mis  respuestas no lo convencían del todo, pues sabía que no estaba siendo del todo sincero. 

Me gustaría decir que me lo había pasado bien,  que la simple presencia de la persona que amaba me había llenado de dicha. Pero nada más lejos de la realidad. Todo había sido muy extraño y había más sensaciones negativas que positivas en la balanza.

Los amigos de Enrique me habían decepcionado.  No es que fueran unos cretinos al cien por cien, pero tampoco habían hecho méritos para que quisiera irme con ellos a una isla desierta.

Álvaro era el único que me había parecido una persona sensata y educada. Pero me dio la sensación de que le pasaba lo mismo que mi amigo Jaime, que le gustaba mantenerse al margen. En el caso del amigo de Enrique, más por pereza que por timidez. 

 Beltrán un cuarentón metidito  en carne que, por su forma de vestir y comportarse, se seguía sintiendo atractivo. Si no hiciera tanto alarde del mucho dinero que tiene en su cuenta corriente con cada gesto que hace, hasta sería soportable.

Lo peor sus miradas lascivas hacia mí y el desprecio con el que miraba a Enrique. Era tan descarado y nos hacía tanto de menos a los dos que no me hubiera extrañado que en cualquier momento me hubiera preguntado qué había visto en Enrique que no tuviera él.

La envidia personificada.

Nacho era el clásico tío que se creía que su atractivo era el del vino, cuantos más años mejor. Un aforismo que poco o nada tenía que ver con la realidad. Pese a que poseía un cuerpo vigoroso y emanaba una enorme masculinidad. Se le veía que había tenido tiempos mejores y, aunque era bastante guapo, había descuidado bastante su físico.

Era obvio que no le engordaba el aire. Le pasaba lo que  a mí, que la gula le perdía. El problema estribaba en que él parecía haber olvidado el camino al gimnasio.

No obstante, si hubiera un premio a la soberbia se lo llevaría Borja. Se le notaba que pasaba bastantes horas en el gimnasio y quería que todo el mundo lo supiera.

En mi opinión era más de pincharse esteroides que de entrenar, con lo que lo de “men sana in corpore sano” era una máxima que poco o nada tenía que ver con su forma de vida.

Si su querer el centro de atención se hubiera limitado a ponerse dos tallas más pequeñas de camiseta para marcar músculos, lo hubiera soportado. Pero no era así. Alguien en algún momento de su vida le tuvo que decir que sacar plumas era gracioso y se comportaba como una mariquita histriónica.  Hacía gala de un  afán de protagonismo tal  que JJ a su lado era un mero postulante en la gala de los Oscar.   

Luego estaba Carmy Ordoñez. Un tipo que se extrañó un montón de  que yo  no supiera quien era su familia y me hizo sentir como un ignorante. Por lo visto su madre era una duquesa y su padre un torero  bastante famosos. Por lo que rara era la semana que la revistas del corazón no le dedicaban una portada a sus supuestos amoríos. Unos romances que me parecieron tan mentira como todas las novias del Ricky Martin.

Aunque me pareció el más simpático y guapo de todos. Me dio la sensación de que le gustaba despertar la lujuria en los demás y que muy pocas veces alguien le había dicho que no, cuando se le había insinuado. No sé qué hubiera hecho yo, si no hubiera estado con Enrique.

Quien más me defraudó fue Berto. Enrique me había comentado tantísimas cosas buenas de él que no vi ninguna explicación a cómo me trato.

Fue él quien insistió para que fuera a su casa y una vez allí, intentó ridiculizarme de un modo que me resultó de lo más insultante. Menos mal que me había preparado todos los temas que Enrique me dijo que se podían tocar, sino hubiera quedado como un cateto harto de sopa.

Por más que me lo preguntaba, no encontré ninguna explicación para su aparente ira hacia mí.

“No sé Enrique, con lo sencillo y noble que es. Qué demonios hace con esta gente. No le pega para nada.”, me dije alimentando con este comentario más mi ignorancia frente a mi ex. 

Lo único que se me ocurría era que, al igual que yo, se sintiera acomplejado por ser de pueblo e intenté acoplarse con la gente de la capital. Como la única gente que conocía allí eran los del ambiente de la noche y sus clientes, preferible que hiciera migas con estos.

Nunca pensé que fuera por ambición.

Al principio del día, como era la novedad del lugar,  se comportaron súper simpáticos conmigo y no paraban de darme conversación. Hasta que un momento determinado, no sé por qué, puede que porque no colmara sus expectativas, me vi sometido a un  tercer grado de un modo que rozaba el acoso.

Pero conforme fue adentrándose la tarde, comenzaron a pasar de mí como de la mierda. Ninguno dijo nada explícitamente, pero con su actitud dejaron claro que eran unos putos clasistas que consideraban que no era mi sitio.

Con la idea de que los gansos no se transforman en cisnes, si carecen de una cuenta bancaria de muchas cifras, me subí al autobús. Conforme iba dejando la parada detrás la figura en el horizonte de mi chico se iba haciendo más pequeña.

Aunque me dolía no contar con su presencia y alejarme de él me desgarraba por dentro, una parte de mí se sentía satisfecha porque el día hubiera llegado a su fin.   

Por un lado pensaba  que había sido una buena idea venir a la aldea, mientras que una voz en mi cabeza me gritaba que lo único que había hecho ere estropearle  el día a mi chico. Estaba más pendiente de que yo lo dejara en evidencia con mi poco saber estar que en disfrutar de los acontecimientos. Se  perdió hasta el concierto Rociero de Villamanrique.

Estuvo tenso durante toda la tarde, como si temiera que  en cualquier momento lo pudiera poner en un aprieto.

Menos mal que fue empalmando los vasitos de vino fino con seven up y comenzó a pasar un poco de mí. Tuve la sensación de que estaba tan desinhibido  que, llegado un momento,  le dio igual lo que yo pudiera decir o hacer delante de aquel grupo tan selecto.

Aunque lo que más me molestó, aparte de la poca fe en mí, fue que se dejara llevar por el grupo. ¿Dónde quedaba la fuerte personalidad que presumía tener? No solo les reía los chistes sin gracia, sino que parecía estar  más que cómodo entre aquellos individuos que hacían alarde de forma pomposa de su feminidad.

No sé por qué, me acorde de Rafi. He de reconocer que, de no  contar con la promesa de mi ex de que, por lo mucho que me quería, no sacaría más los pies del plato,  me hubiera sentido un poco celoso.

Sobre todo por Carmy que era uno de los tíos más guapos que había visto en mucho tiempo. Si a eso se le sumaba que era famoso y demás, era alguien que no le faltarían pretendientes. Por lo que mi chico, por muy maravilloso que me pareciera a mí, poco o nada tenía que hacer con él.

Sin embargo, por muy mal pensado que yo fuera y por muy exigente que fuera con las amistades de Enrique, aquella gente, además de por el postureo, habían ido al Rocío a divertirse. Si me tenía que atener a la cantidad de vasos de rebujito que  se habían tomado, se lo estaban pasando de puta madre.

Me dio un poco de coraje  no poder quedarme a pasar la noche, pero visto lo visto, me sentí aliviado. Creía conocer a mi chico, pero aquella faceta suya, al igual que me pasó con lo de  Rafi, no me cuadraba con el concepto que tenía de él.

Como el autobús iba medio vacío y bastante en silencio, decidí pegarme una pequeña cabezada y dejar de darle vueltas  a lo sucedido. Seguramente, agotado como estaba de tanto ajetreo, estaba sacando conclusiones erróneas. Después de un sueñecito, seguro que lo veía todo menos gris.

El círculo vicioso se da la vuelta y se hace un nudo

No puedo olvidar el ardiente deseo

Berto(23:00 unos minutos después de la llegada de Santi)

Observó al fornido hombre  que tenía delante de él y, pese a que no era su tipo, la testosterona que desprendía lo fue poniendo cachondo. Sus músculos eran bastante más enorme que la última vez que lo vio, proporcionándole un aspecto de machote de gimnasio de lo más atractivo.   

En un principio, su único interés para que viniera a la fiesta sexual que había montado en su casa del Rocío pasaba por contar con sus favores en un futuro. Las encuestas lo daban como ganador de las próximas elecciones. Pese a que quedaban todavía dos largos años, Bagaskal podría llegar a ser el principal  mandatario de Andalucía y, para alguien como Berto, contar con su beneplácito era una inversión.

No obstante, desde que comenzó con la historia de su partido, APA, no había coincidido con él y aunque lo había seguido a través de los medios, no se esperaba aquel cambio físico tan drástico. Siempre había cuidado bastante su cuerpo, pero  había pasado de ser un  de tío mono  con barba a transformarse en un macho empotrador.

Se tenía que haber dado cuenta de  su obsesión por tener un cuerpo perfecto  cuando, aconsejado por su mujer que manejaba bien las redes sociales, subió a Instagram unas fotos luciendo su musculatura. Iba ataviado con una ropa de deporte ajustada y mínima, estaba de lo más sexy y seductor.  Al empresario sevillano aquellas imágenes le recordaron a los tíos que dibujaba el icónico Tom de Finlandia.

Lo observó detenidamente y estaba aún más grandes que en las fotos. Sus brazos y sus hombros eran enormes y su pecho parecía querer explotar bajo la camiseta.  El vasco había interpuesto  una dura batalla en el gimnasio  al paso del tiempo y había conseguido un físico de lo más espectacular. Se sintió tan atraído por él, que no pudo, ni quiso,  reprimir sus más bajos instintos y paseo su mano por su tronco.

Su tórax estaba hinchado y súper duro. Hacía tiempo que no acariciaba a  un macho tan potente. Se excitó tanto que estuvo tentado de meterle mano al paquete, ponérsela dura  y pegarle una mamada allí mismo. No obstante, supo reprimir las ganas pues estaba más interesado en llevar a cabo lo que tenía preparado para él que en saborear su miembro viril.

Le dio un beso corto en los labios y le pidió con un gesto  que lo siguiera por la parte interior de la casa.

Tras recorrer unos extensos pasillos, llegaron a su dormitorio y  se dirigió hacia un mueble que estaba en un lateral de la habitación.  Abrió una  de las puertas que estaba cerrada con llave, sacó una bolsa negra de plástico de su interior y se la entregó a su acompañante.

—Toma, ponte esto. Creo que es de tu talla —Le dijo con cierta altanería, al tiempo que le guiñaba un ojo con cierta complicidad.

Disfrutó al ver como Santi la abría con la misma ilusión  y sorpresa que un niño un regalo de cumpleaños. Cuando vio los objetos  que había en su interior, los extendió sobre la cama y se quedó mirándolos morbosamente.

—Un pantalón de cuero, un arnés de cadenas, una máscara de cuero y unas botas. ¿Por eso me preguntaste el número de píe que gastaba?

—Sí, lo demás es talla única. No sé si te va a entrar el pantalón, con el pedazo de culo que has echado —Al decir esto último Berto le magreó los glúteos con contundencia.

—Pues salgamos de dudas —Dijo Santi quitándose la camiseta con cierta premura y dejando al descubierto un voluminoso pecho peludo de lo más hermoso.

A continuación se quitó los pantalones y los slips.  Observó que su enorme verga oscura estaba en estado de semierección lo que le dejó claro que a Santi  aquel juego le daba un morbo tremendo.

De nuevo la tentación vino a visitarlo, pero se contuvo. Sabía que si le metía mano a su miembro viril, iban a terminar teniendo sexo del bueno.  Por lo que,  la espectacular entrada que tenía prevista se postergaría, con lo que no sería igual de eficiente.

No despegó la mirada de él mientras se ponía los pantalones de cuero. Tal como pensaba le quedaba bastante ajustado y le marcaba la prominencia de su paquete de un modo bastante notorio. La prenda se marcaba sobre su cuerpo como una segunda piel.  Fijándose un poco, cualquiera podría adivinar el tamaño y forma de su pene.

—¿Cómo me queda?

—Te hace un buen culo y un buen paquete. Vas a ser la sensación de la fiesta. ¿Sabes para que son los botones de  la parte de delante?

—Sí, para que se abran como una solapa y pueda sacar la polla sin necesidad de quitármelos.

—Detrás es igual. Te deja el culo completamente al descubierto.

—¡Jo, macho, lo tienes todo pensado!

— Para mi amigo lo mejor —Dijo poniendo cara de malote —Te lo vas a pasar de puta madre.

Cuando se puso el arnés sobre su pecho, Berto tuvo claro que Enrique y él iban  a ser los primeros que iban a follar con Santi. Luego que los demás hicieran con él lo que les vinieran en ganas, para eso iba a ser  el chapero musculoso de la fiesta

En el momento que se puso la máscara, confirmó que su idea no era nada descabellada. Simplemente se le veían los ojos, un agujero que le permitía respirar y la boca.  Unos provocativos labios que adornado por un bigotillo y los pelos de la barba lo hacían aún más atractivo.

Vio como Santi se miraba en el espejo, se centraba el arnés en el pecho y se colocaba el paquete bien.

—¿Tú crees que nadie me conocerá?

—De esa guisa no te conoce ni tu madre —Respondió sonriendo Berto.

—¿Nos vamos ya? —Preguntó Santi al ver que Berto no le invitaba a salir.

—Espérate que te voy a dar una cosa —Le contestó mientras buscaba algo en un macuto de deporte que estaba colgado de una percha. —¿Qué vas a querer Popper o Viagra?

—Esta noche quiero que me revienten el culo a pollazos. Así que no me va hacer falta tenerla dura todo el rato. ¡Dame Popper!  ¡Quiero tener el culo bien abierto!

Creo que es el momento de sentir, de ser real

Ahora acaríciame

Ahora acaríciame

Ahora acaríciame

Enrique (20:00 de vuelta a casa de Berto, después de dejar a Mariano en el autobús)

La multitud estaba pletórica y la felicidad se dejaba ver  en la mirada y los gestos de todo el mundo que se cruzaba con él .  Por el contrario,  la insatisfacción  bullía en su interior del mismo modo que  la corrupción carcomía las alas de un ángel tentado por el infierno. .  

Le costaba sopesar  que le había sentado peor, si la cara de mojigato descontento   que llevaba su chico de vuelta para Sevilla o el modo en que su anfitrión lo había utilizado aquella tarde. Estaba enfadado con ambos, pero  en el fondo sabía que el culpable de todo aquel desastre era únicamente él. Así que, por muy  frustrante que fuera,  no podía reprocharles a ninguno de los dos nada.

A Mariano porque lo quería como nunca había querido a nadie y le aterraba perderlo.  A Berto porque temía  que cualquier rebeldía hacia él fuera  castigada de manera radical. O bien haciéndole el hueco entre sus amigos o no volviéndole a invitar más a ninguno de sus saraos.

Tenía claro que vivir sin Mariano le costaría un mundo, pero no sabía lo que haría si le faltara esa chispa que sus amistades adineradas le daban, sobre todo el polvo blanco que Berto le facilitaba y que tantos problemas conseguía quitarle de la cabeza.

Se encontraba entre la espada y la pared. La libertad de creer que  podía  hacer lo que quería, siempre que quisiera,  era importante para él. El drama pasaba porque  era una mentira que se repetía muchas veces y no conseguía hacerla realidad.

Estaba atado a un trabajo que no le aportaba nada, a su chico  y la vida glamurosa de Sevilla.  De ninguno de los tres podía prescindir. De su trabajo porque le permitía sobrellevar su malograda economía. De su chico porque le aportaba esa estabilidad emocional que tanto necesitaba. De los maricas ricos de Sevilla porque, aunque fuera por unas horas, le permitían creerse alguien importante, una persona que estaba por encima de la chusma vulgar a la que tanto detestaba y de la que, por mucho que le jodiera, formaba parte.

La impotencia de no poder rebelarse ante aquellas ataduras lo tenía hundido en un estado depresivo . Nada que no pudiera solucionar pegándose una rayita en cuanto llegara a la casa. Después de un tirito todos sus problemas empequeñecían y se sentía dueño de su vida. Aunque la bofetada de realidad que recibía  cuando se le pasaban sus efectos, cada vez le dolía más.

Porque la noche pertenece a los amantes

Porque la noche pertenece al amor

Beltrán (23.00 recién iniciada la orgia).

Seguía lamiendo el culillo del chaval como si le fuera la vida en ello. Le gustaba el olor a juventud que desprendía, lo suave y tersa de su piel. La robustez de sus delgadas piernas que no se cansaba de acariciar. No obstante, lo que más le ponía de todo era su pasividad. Ese someterse a su voluntad por completo, sin replicar lo más mínimo.

Era obvio que, en un local de copas o en una sauna,  con su físico de cuarentón poco amante del ejercicio físico, tenía pocas posibilidades con  aquel chavalito que apenas contaba la veintena. Si consentía que le comiera el culo y que lo tocara es porque iba a cobrar por sus servicios esa noche.

No era de pagar por sexo. En parte porque le gustaba ser deseado. En parte porque como hijo de nuevos ricos, había sido educado en no derrochar el dinero y escatimar cada céntimo que gastaba. Aunque se saltaba las reglas de sus padres cada vez que tenía ocasión, lo de irse con un chico de compañía lo consideraba tirar el dinero.

Como quien lo iba a pagar no era él, sino Berto, le gustaba imaginar que lo había escogido entre todos su amigos. Pese a que sabía que no era así. Se había ido para él nada más verlo y no le había dejado al chaval otra opción que montárselo con él.

Fue venirse a la cabeza sus compañeros de juerga y miró a su alrededor.  Un poco por curiosidad, un poco por competitividad. Carmy disfrutaba siendo deseado por el tímido Álvaro, quien lo acariciaba y besaba de manera obsesiva.  Borja y Nacho compartían la boca del otro chico que había traído el Gato, el muchacho  era todo un experto mamador y daba buena cuenta da las pollas de ambos.

Por su parte, el proveedor de drogas y chicos del ambiente gay selecto  de Sevilla, se había acoplado en la boca  del otro jovencito y, mientras él le preparaba el culo para follárselo,  le taladraba la boca de una forma  tan violenta que, hasta observarlo,  le producía cierto dolor.

«¿Cómo se llama el yogurín? ,  ¿Jonathan o Christian?», pensó mientras comprobaba que aquel ojete se tragaba su dedo índice sin rechistar.

Volvió a ensalivar el caliente agujero y, mientras lo hacía, buscó  con la mirada a Enrique y Berto. Solo encontró al primero, quien parecía  estar esperando  que su amante volviera de donde fuera que hubiera ido. Como le traía sin cuidado las complicadas  historias de aquellos dos se traía entre manos, volvió a meter su lengua en el depilado ano e instintivamente se llevó la mano a la entrepierna y comprobó que tenía el miembro  viril dispuesto para la batalla. Tan duro que hasta le dolía un poco.

Su polla, sin ser de actor porno, era de unas dimensiones bastante notables. En su juventud siempre había tomado el rol de pasivo, perodesde que cumplió los treinta le cogió el gusto  a follarse el culo de un jovencito. Por lo que  fue transitando por su vida sexual asumiendo el rol de la versatilidad.

Quizás porque a sus dieciocho años fue la putita de los seis albañiles que construían su nueva casa, con los maduros siempre había actuado como pasivo. Condición que, cuando iba con alguien como el chaval a quien le escrutaba el ojete, era incapaz de asumir.

Del mismo modo que a tíos como Enrique o Berto no se le pasaba por la cabeza darle por culo, no se veía mordiendo la almohada con alguien más joven que él. Quizás porque no se sintiera con ellos, como alguien delicado a quien había que maltratar. Que dicho sea de paso, era el papel que siempre había adoptados con sus amantes de mayor o similar edad a la suya.

Era como si él se transformara en los machos que pasaban la treintena  que tanto le hicieron disfrutar cuando era joven. Rememoraba las actitudes de aquellos hombres y las repetía como una coreografía que tenía grabada en la memoria. Nunca se corría ni demasiado pronto, ni demasiado tarde. Sabía darle el tiempo justo a aquellos culitos hambrientos de pollas expertas.

Escupió copiosamente en el caliente ano del muchacho y probó a meter dos dedos. Aquel chavalín demostró tener muchas horas de vuelo en el campo sexual pues ni siquiera se coscó lo más mínimo al duplicar el grosor con el que le taladraba el ojete. Como si tal cosa, siguió tragándose la enorme verga que tenía ante sí.

Sin querer se quedó observando el cuerpo del gato. Sus hermosos hombros, sus musculados brazos, su pecho depilado sobre el que , acorde a su apodo, lucía el tatuaje de un felino salvaje. Completaban aquella escultura hecha carne, un abdomen casi plano y una  enorme polla desafiando la  gravedad. Un espectáculo capaz de levantársela al más pintado, por lo que Beltrán no pudo evitar sentirse atraído por aquel cani venido a bien.

Esa  actitud suya de chulillo de barrio y la fuerza con la que movía las  caderas lo convertía en un tipo de lo más deseable.  Le dieron ganas de agacharse delante de él y compartir su erecta tranca con el chavalillo.  A pesar de que era más joven que él, no se veía empotrándolo  contra la pared.

Tardó un segundo en concluir  que el redondo y firme culo que acariciaba era una propuesta mucho mejor  que la hermosa polla del niñato aquel, por muy bueno que estuviera. Como si aquella distracción pudiera haber mermado su virilidad, volvió a palparse el paquete lascivamente y, comprobar su dureza, fue un alimento para su ego.  

Sabía que Berto les había dicho que había dejado condones, lubricantes y Popper en unos cestillos disgregados por distintos lugares del enorme salón. Buscó con la mirada donde hubiera uno y cogió el pack completo.

Llevaba bebiendo desde el mediodía, apenas había comido y, desde que se marcharon los otros invitados, se había metido un par de rayas. Todos los ingredientes previos para propiciar que su virilidad, por muchas ganas que tuviera de penetrar el caliente ojete  del chaval, no se encontrara en su mejor momento.  

No era ningún chiquillo  y sabía que si no se contenía lo suficiente,  la primera corrida podría llegar más pronto que tarde.  Por lo que pensó que si tras follarse al jovencito  la mecha se le  apagaba, asumiría el rol de pasivo lo que quedara de noche. Sin contar al Gato, al que no le importaría comerle la polla, entre sus amigos había un par de tíos que no le importaría lo más mínimo que le soplaran en la nuca.

Se había obsesionado con el culo del muchacho, pensaba que  era de los mejores que había tocado en mucho tiempo y quería ser el primero en metérsela. Después cuando ya se lo hubiera tirado todo el mundo, no sería lo mismo. No es que fuera a desvirgarlo ni nada por el estilo, pero la sensación de estrechez sería mayor en aquel momento que más tarde.

Estaba tan acostumbrado a conformarse con los restos del naufragio cuando salía por el ambiente gay que descorchar la botella, aunque fuera de manera metafórica,  le resultaba de lo más excitante.

Al volver al banco donde dejó a sus dos compañeros sexuales, comprobó que el muchacho se había puesto de rodillas en el suelo y devoraba el ardiente sable como si no hubiera un mañana.

Caliente como estaba, se desabrochó la bragueta y sacó su miembro viril fuera y se comenzó a masturbar, tal como si estuviera viendo una porno en la soledad de su habitación. Estaba tan ensimismado en el espectáculo que tenía ante sí, que incluso se llegó a escupir en la planta de la mano y fue extendiéndose con parsimonia la saliva por el glande.

El Gato, consciente de que era la inspiración de su paja, sacó su nabo de la boca del muchacho y golpeó la cara del chapero  con violencia , al tiempo que le lanzaba un par de improperios entre dientes que no llegó a entender del todo.  

Dejó de auto proporcionarse placer para sacar un condón de  su envase y envolvió su erecta tranca con él, sin dejar de comprobar morbosamente su dureza. A continuación  abrió un botecito de gel lubricante e impregnó sus dedos con él.

Le hizo un gesto al Gato para que le dijera al muchacho que se subiera al bancó, dándole a entender que se lo quería follar en esa postura.

—¡Puta, súbete al banco, ponte en pompas que el señor te quiere follar!

Que aquel canorro se refiriera a él como señor, le hizo sentir como si estuviera siendo atendido en unos grandes almacenes y le quitó buena parte del morbo a la situación. Aun así, fue ver el jovencito ofrecerle el culo como si fuera una fruta madura dispuesta a ser devorada y su cipote volvió a vibrar con ganas de fiesta. Sabría Dios, cuando tendría otra oportunidad como aquella y no podía desaprovecharla por sus estúpidas pajas mentales. 

Untó la crema en el ojete del chaval y, una vez la extendió del todo, le metió un dedo, dos y luego tres. El último pareció que le molestó un poco pues sintió como su espalda se encogía levemente del dolor. Si se quejó  o no, no pudo saberlo porque de nuevo, el Gato le había vuelto a taponar la boca con su verga, matando con ello cualquier sonido que  pudiera salir  de su garganta.

Mientras preparaba contundentemente el ano del chaval, se mordía morbosamente los labios. Como si hubiera nacido cierta complicidad entre ellos,  intercambió un par de miradas con el Gato quien le guiño un ojo invitándolo a que se follara al muchacho,  mientras  le empujaba la nuca a este  para  que se tragara una mayor porción de su cipote.

Enfiló la punta de su verga hacia el enrojecido orificio  que se le antojaba como una herida abierta al final de su espalda que había que cerrar. Sin dilación de ningún tipo, empujó y la metió de golpe, sin importarle lo más mínimo el daño  que  pudiera ocasionar con aquel brutal proceder.

El joven, a pesar de que tenía el ojete dilatado, hizo amago de pedir que parara, pero el Gato lo siguió sometiendo. Unos minutos más tarde su recto se había adaptado a las dimensiones del cipote de Beltrán y comenzó a gemir como la perrita que todo el mundo consideraba que era.

Estaba acostumbrado a relacionar el sexo con la sumisión y la dominación. En su mente, cuando dos hombres mantenían encuentros íntimos uno era quien mandaba y otro obedecía. Quien se dejaba follar obtenía placer y dolor, mientras que el activo solo placer. Aquella dicotomía del acto homosexual se había arraigado tanto en su cabeza, que creía firmemente que no había otra forma posible.

En su juventud, desde que probó por primera vez las mieles del sexo con el grupo de albañiles que construyó su casa, su culo había sido penetrado con violencia. Tanto más bestia era su amante, más parecía disfrutar y mejor se lo pasaba él.  Cada vez que se follaba a un hombrecito, sacaba el salvaje que llevaba dentro y lo cabalgaba con la mayor de las rudezas. Aquella vez no iba ser menos.

Apoyó las manos sobre la zona lumbar del muchacho, obligándole con ello a que no pudiera moverse y su erecto cipote pudiera taladrarlo hasta que sus nalgas tropezaran con su pelvis. El placer desmesurado que aquel acto le aportaba, lo tenía en un lugar del que no quería volver. No recordaba desde cuando no se sentía tan a gusto.

Como si formara parte de una procedimiento establecido, cuando aceleró el ritmo de sus caderas, pegó un par de sonoras bofetadas sobre el trasero del muchacho.

El Gato y él intercambiaron una mirada de complicidad  que culminó con los torsos de ambos acercándose. Era tan breve la distancia entre ellos que acabaron pegándose un muerdo de lo más apasionado.

En el momento que sintió que se iba a correr, sacó la polla , se quitó el condón y se corrió sobre los glúteos del sumiso muchacho.

Todavía no había terminado de limpiar con un pañuelito la punta de su polla, cuando vio aparecer por el fondo del salón a Berto con un tipo musculoso enmascarado.

Porque la noche pertenece al amor

Porque la noche pertenece a los amantes

Miguel(22:28 Minutos antes de entrar el Gato y sus chicos en la casa )

Al día  siguiente  debía estar temprano en la casa para currar. Mientras llegaban a la casa del Rocío y se organizaban, solo podría dormir unas horas. No era muy sensato quedarse a tomar una copa, pero andaba en modo “pistolas de John Wayne” y  en su cabeza solo había un pensamiento. Echar un soberano polvo.  

Le había echado a una rubia  del catering. Estaba buena, tenía cara de comérselas dobladas y tenía dos buenos cantaros. Le dijo de entrar en unos de los bares cercanos a la casa donde trabajaban y accedió.

No le cogió de sorpresa. Siempre le habían dicho que era un moreno con los ojos azules muy  guapo. A sus treinta y tres años se mantenía todavía en forma. Tanto que mucha gente del pueblo todavía lo conocía por el apodo que le pusieron en su juventud,   el Bombocito.

Luego estaba que, aunque fuera el de guardia de seguridad,  a las tías le ponían un montón  los uniformes y, aunque ni estaba casado, ni tenía novia fija, rara era la semana que no se cepillaba un buen coñito.

Algo que para un tío de sangre caliente como él, siempre le sabía a poco.

Sin embargo, todos sus encantos no le sirvieron con la tía que, aparte de unas risas, no pretendía nada más. Tras acabarse la bebida, se despidió con  una sonrisa y le dijo de quedar  otro día. Por lo que la única opción de sexo que se le ocurría era hacerse un buen pajote.

Se estaba despidiendo de su calienta pollas particular, cuando vio desde lejos a tres tíos entrar en la casa en la que trabajaba. Reconoció a uno de ellos de las veces que había trabajado en la noche sevillana, el Gato.

Un traficante de sexo y de drogas muy conocido entre los viciosos de  la capital. Siempre que andaba de por medio había  mucha droga y buenas juergas sexuales de por medio.

Ya aquella tarde, cuando vio al dueño de la casa entrar en su habitación con un tío sabía que allí se cocía mariconeo del bueno, lo que no esperaba que estuviera tan bien organizado.

Hacia tiempo que no se follaba un buen culito con pelos. Ni un tío le pegaba una buena mamada. Se le ocurrió  que si le echaba cara, lo mismo lo dejaban participar. Los maricones se iban a rifar a un tío como él, guapo, con un buen físico y un buen rabo.

 Total lo peor que le podía pasar es que lo despidieran. El curro era para unos días solo y ya tenía otra cosa mucho mejor a la  vista, por lo que no le importaba demasiado si lo echaban.

Se llevó la mano al paquete disimuladamente y notó que se estaba poniendo contentito.

Aquella  noche no probaría el coño de la rubia tetorra del catering. Sin embargo su polla no se quedaría sin echar su buena ración de leche. ¡Cómo le gustaba el vicio!

Porque la noche pertenece a los amantes

Porque la noche pertenece al amor

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