Porque la noche es de los amantes (1 de 2) Inédito.

Deseo es el hambre, es el fuego que respiro
El amor es un banquete en el cual nos alimentamos

Domingo 19 de Mayo 2002

Berto(22:45 bien entrada la noche)

El personal del catering y los guardias de seguridad apenas hacía media hora que se había marchado, pero sus amigos ya habían aprovechado para meterse algún que otro tirito. Sin embargo, prefería reservarse para más adelante. Ya se había metido un par de rayas con Enrique para conseguir que le chupara la polla y la  lujuriosa noche se preveía de lo más larga.

Mientras jugueteaba con el vaso del cubata, dejando que el hielo se diluyera en  el whisky con seven up. Como si se tratara de un director escénico observó a las diez personas que le rodeaban y le complacía comprobar cómo,  con mayor o menor intensidad, se entregaban a sus más bajos instintos.  

No albergaba ninguna duda sobre que se podía acoplar cuando quisiera cualquiera de ellos sin problemas. Sabía que algunos lo harían porque  se vieran en la obligación de satisfacer al promotor de aquella fiesta, pero la gran mayoría lo harían porque  gustaban de disfrutar de su ancha polla.

Gustaba de ser un mero espectador, durante los primeros compases. Deleitarse con los prolegómenos de lo que se vaticinaba como un lujurioso festín para los sentidos, le ponía tan cachondo como comerse un buen nabo, follarse un rico culito o cualquier otra práctica sexual entre hombres. A ninguna le hacía ascos.

Apenas hacía  diez minutos que habían hecho su aparición El Gato y los dos chicos de compañía  que había traído con él. Aquel tipo, a pesar de no tener los treinta años, se había convertido  un referente para los amantes de los excesos en la noche gay sevillana. Si  querías drogas él te traía la mejor, si lo que querías era comprar sexo, los chaperos más atractivos y viciosos él te lo suministraba.

En el escaso rato que llevaban en su casa del Rocio, el Gato y sus dos putitos habían tenido tiempo suficiente para presentarse, saludar y acoplarse con ellos de la forma más perversa.  

Lanzó una visual a su alrededor y al primero que vio fue a  Nacho. Para sus cuarenta y dos años estaba un poco maltratado por el paso del tiempo. Sin embargo, todavía en su fornido cuerpo se veían muestras del mucho deporte que practicó en su juventud.  Tenía la camisa desabrochada mostrando un pecho y una  barriga peludas que a Berto  le resultaban de lo más sugerente.

Borja, con el toso cubierto por una ajustada camiseta que marcaba su exagerada musculatura, se besaba con él. Arrodillado ante ellos,   uno de los putitos que había traído el Gato, le chupaba la polla al unísono a ambos.

A escasos metros, pero como si estuvieran en un universo distante. Álvaro  aprovechaba lo receptivo que Carmy se volvía con dos rayas de coca y  le besaba el pecho. El  hijo del torero, amante de ser el centro de atención constantemente,  jadeaba compulsivamente. Parecía que le estuvieran proporcionando el mayor de los placeres, cuando no era así.

Al fondo, sobre uno de los bancos que había colocado  cerca de la barra, Beltrán se había apoderado del culo del otro jovencito de compañía. El regordete cuarentón le devoraba el  rosado ojete como si no hubiera un mañana.

Si no fuera suficiente placer para el esbelto muchacho,  el Gato, que se había acoplado en la boca del chaval y  le daba una buena ración de polla.

El camello de la gente bien de Sevilla, a pesar de que no era demasiado guapo y carecía de  un cuerpo de gimnasio, tenía un morbo que te cagabas. Se mantenía bastante bien para su edad y, sin ser un obseso del ejercicio, tenía un portentoso físico.

Sin estudios, pero con una  enorme cultura callejera. Achacaba su éxito a la hora de ligar a su larga  polla y a su cara de niño malo. Aunque puede que también tuviera mucho que ver las ganas que le ponía a la hora de follar y que no hacía ascos a nadie, ni por preferencias sexuales, ni por condición física.

Únicamente quedaba por acoplarse Enrique, pero no era por falta de ganas. Berto  se lo había prohibido expresamente.

—Aguarda—Fue lo que le dijo —Te tengo preparada una sorpresa.

Como le gustaba hacer valer su poder con él. Después de lo que sucedió aquel mediodía, cada vez tenía más claro que lo tenía comiendo en la palma de su mano. Se parecía tanto a Cristóbal, el maduro que lo desvirgó, que tenía la sensación de que lo sometía a él. Una revancha que la realidad no le había facilitado, pero que él había sabido recrear.

En el momento que sonó su  móvil atendió la llamada discretamente. Una vez habló con su interlocutor, se dirigió a Enrique con un tono que rozaba lo marcial.

—No dejes salir a nadie, bajo ninguna excusa —Hizo una breve pausa y envolviendo a sus palabras de cierto misterio, añadió —Acaba de llegar el señor que estoy esperando y no quiero que ninguno de estos lo vea.  

Enrique, sumido en el lodazal de las varias rayas que se había metido, apenas balbuceó y se limitó a asentir con la cabeza a su orden.  A veces el dependiente  era tan simple que le daba  hasta un poco de pena.

Tengo la duda cuando estoy solo,

La forma en que me siento cuando estoy en tus manos.

Enrique (14:35 media hora antes de comer)

Era la primera vez que estaba bajo el efecto de las drogas  en la presencia de su chico. Se encontraba tan pletórico que hasta le entraron ganas de dejar de fingir y que supiera de su adicción.  Sin embargo, por muy “rey del mambo” que le hicieran sentirse la rayita de coca que se había metido  antes de comerle la polla a Berto, era inmenso  el apego que le tenía a su relación con Mariano y la poca cordura que albergaba su cerebro se encargó de  que su novio no se percatara de su desliz. Por nada en el mundo, quería perderlo.

Si la desinhibición que gobernaba su cuerpo, le dejara pensar con claridad. Puede que hubiera llegado a la conclusión de que su comportamiento para con su novio era de lo más ruin y miserable. Su chico era la persona más noble y honesta que conocía, no se merecía que lo puteara de aquel modo. Pero la empatía no era uno de sus fuertes, ni cuando estaba sobrio,  por lo que  la probabilidad de que sucediera algo así era tan remota como imposible.

En su egoísmo lo único por lo que rezaba, era porque a Mariano los edificios siguieran tapándole la ciudad. Que nunca llegara a descubrir sus muchas mentiras, sus infidelidades y esa parte de su vida que era conocida por todo el ambiente sevillano, menos para la persona que lo amaba con locura, él.

Con la única intención que se pensara  que iba un poquito pedo en vez de colocado,  cogió una copa de rebujito. Se colocó a su lado, intentó poner cara de niño bueno y le acarició el cuello. Cuando consiguió llamar su atención, se pasó la mano  de manera cauta  por la barriga y se excusó, e insinuando que se le había descompuesto el vientre.

Cada vez entendía menos las paranoias de su anfitrión/amante/proveedor de coca. Lo había organizado todo de manera para traer  un día a Mariano y  no se enfadara con él por dejarlo solo en Sevilla. Después, sin  motivo aparente,  se había comportado como un completo imbécil con su chico desde que había aparecido. Lo peor el numerito que había montado para que le comiera la polla mientras cantaba el coro rociero de Villamanrique.

Si no supiera que simplemente lo usaba para el sexo y él se dejaba usar por la buena coca que le da, pensaría que Berto estaba un poco celoso y le había pedido que lo ordeñara solo para dejar claro quien era su  dueño. 

No obstante, acostumbrado a las rarezas y las manías de sus amigos, lo consideró un capricho más de niño rico y no le dio más importancia.

Miró a su novio. Estaba ensimismado escuchando las salves rocieras a las que acompañaba moviendo levemente los labios. Estaba disfrutando tanto que aquel estado de gracia le hacía parecer aún más guapo.

Miró a su alrededor por si algunos de sus amigos le hacía algún reproche por lo que acababa de hacer. La inmensa mayoría estaba  con los cinco sentidos puestos en el pequeño concierto. Solo Nacho cruzó una leve mirada con él y le cabeceó levemente a la vez que le hacía un mohín reprobatorio.

Si no supiera que para que lo invitara a todos los eventos debía contar con la simpatía de todo el grupo, le hubiera soltado una fresca. «¿Quién coño se creía el gordo aquel para meterse en lo qué hacía o dejaba de hacer?», pensó mientras le mostraba una sonrisa forzada.

Miró a su chico por si se había percatado de algo. Seguía en sus lunas de Valencia particular y no apartaba la mirada del escenario.

Que larga se le iba hacer la tarde intentando que alguna de aquellas locas, con dos copitas de más, no sacara el tema, aunque fuera de broma, de sus impulsivos cuernos.

La única esperanza que le quedaba es que, por respeto al dueño de la casa, se metieran la lengua por donde no daba el sol.

Las pocas horas que quedaban hasta que su chico se marchara se preveían súper intensas.

El deseo es un ángel disfrazado de lujuria,

Porque la noche pertenece a los amantes

Berto(22:50 con la orgia recién iniciada)

Su amistad con el recién llegado se remontaba a diez años antes. Lo conoció en una orgía gay en Estocolmo. Un  evento caro y refinado al que acudían hombres de negocios de todas las partes del mundo. Una bacanal donde tenían cabida todas las filias y perversiones posibles.

Era un politicucho de poca monta,  que había sido concejal en un Ayuntamiento de una ciudad Vasca y ahora tenía un puesto en una empresa pública en Madrid.  Supuso que no tenía el poder adquisitivo para estar allí y que habría sido invitado por alguien. Lo que si tenía era muy buena presencia y una pinta de macho empotrador que quitaba el hipo.

Nada que ver con la realidad. Aunque el tío ejercía como versátil, en el rol que más cómodo estaba era en el de pasivo. A su culo tragón le faltó tiempo para devorar las pollas más enormes de los chulazos que confluyeron en la fiesta.

No en vano los organizadores  habían contratado una treintena de adonis. Unos hermosos ejemplares de machos que, por una abundante remuneración, estaban dispuestos a hacer realidad todas las fantasías de los asistentes.

Como una de las normas era comunicarse entre ellos en inglés y con apodos. No descubrió que era español, concretamente vasco, hasta que soltó un improperio en su lengua natal cuando un mulato de dos metros lo meaba de arriba abajo.

A partir de aquel momento, como si haber nacido en el mismo  país fuera garantía de seguridad y camaradería, se hicieron inseparables durante la bacanal.   Compartieron sus cuerpos y se dejaron hacer por los sementales del local sueco   de forma y modo que no lo habían hecho nunca antes.

Conforme más se conocían, mayor fue la conexión entre ellos.  Quizás porque, cada uno a su manera, vivían una mentira de cara a la galería y  solo podían sentirse libres   a miles de kilómetros de casa.

El tipo, a sus treinta y tantos años,  tenía poco que envidiarle a los chulazos contratados  para la fiesta. Lucía una barba  cerrada que lo dotaba de la sensualidad de los osos, un cuerpo musculado de gimnasio cubierto por un fino bello, un pollón de unas dimensiones bastante respetables y, lo que lo hacía mucho más interesante, un trasero de infarto.

A lo largo de la noche, Berto se las apañó para disfrutar en más de una ocasión de aquella parte de su anatomía. Si algo le daba un tremendo morbo al sevillano era petarle el culo a un tío con planta de machote como aquel.

El día siguiente, tras recuperarse de la resacan, decidieron pasarlo juntos. Dejaron de ser Steve Carrington y Teddy Bear para ser respectivamente Roberto Manrique de Lara, un próspero empresario sevillano, y Santiago Bagaskal, un emprendedor Bilbaino que había sido  concejal en el  Ayuntamiento de Bilbao y se había mudado  a Madrid  donde se estaba haciendo  un hueco en la política de la Capital.

La atracción entre los dos no era muy fuerte. A Berto le gustaba la gente más mayor que él y a  Santi los jovencitos de otras razas, especialmente negros o árabes. Aun así,   la complicidad que había entre ellos, hizo surgir una secreta amistad que se consolido conforme uno fue sabiendo mejor quien era el otro.

Le contó que estaba casado con una top model cántabra y que tenía dos hijos, un niño y una niña.  Le chocó que presumiera de aquella circunstancia como si el hecho de ser un hombre de familia lo volviera menos maricón. Su forma de comportarse la noche anterior no había sido la de alguien que hiciera sus pinitos en el mundo gay. Por la forma en que se dejaba taladrar el ojete y con el ansia que devoraba todo nabo que se ponía a su alcance,  era obvio que hacía mucho tiempo que había dejado de ser un becario en la materia.

Lo que más le sorprendió de él, fue como había usado sus encantos físicos para ascender en la vida política. En Bilbao, entró a formar parte del Ayuntamiento de la ciudad gracias a la relación íntima que mantenía con un alto cargo del ejército de tierra.

En Madrid, era el mantenido de una marquesa que había creado un cargo público para él . Un trabajo inexistente y con un sueldo importante  que era un paripé de cara a la galería y, cuyo único cometido, era  satisfacer bajo las sabanas a la sexagenaria que no se cansaba de disfrutar de la enorme polla del vasco.

Ignoraba si la madura de sangre azul conocía los devaneos con los hombres de su protegido. Si él investigaba a fondo a cualquier empleado que fuera a ocupar un puesto importante en su empresa, suponía que los demás también lo hacían. O Santi era estupendo escondiendo sus esqueletos en el armario o el gabinete técnico de aquella señora eran unos sapos inútiles. También existía la posibilidad que a la perversa dama le diera morbo follar con un maricón.

Al sevillano le costaba entender como aquel tipo, con lo puta que era y lo que le gustaba un buen cipote clavado en el ojete, se pudiera  empalmar con aquella mujer. Una señora  cuyos únicos atractivos consistía en su poderosa influencia política  y su abultado patrimonio. La única explicación que encontraba es que la ambición le excitara más que el sexo.  

A pesar de que aquella triple vida suya no tenía su aprobación, el empresario sevillano vio en él una especie de alma gemela y  quedó en más de una ocasión con él. Siempre  podía asistir a algún  desmadre en alguna capital extranjera, lo avisaba para que fuera cuadrando su agenda y poder  compartir sus extensos vicios con él.

Cuando la marquesa se cansó de su Príapo particular, se vio abocado a salir  de la vida pública madrileña. Como su altanería no le había hecho granjearse muchas amistades entre sus compañeros de partido, se mudó de la capital de España a Sevilla. En parte porque creía que una retirada tiempo siempre era una victoria, en parte porque esperaba que su compañero de bacanales reclamaría algunos favores que le debían  para buscarle un sitio en las instituciones andaluces.  

En un principio, esperaba que lo que su amigo le facilitara fuera suficiente  para abrirse  camino en la vida política de la capital hispalense. Pero no obtuvo  los  frutos deseados  pues, a pesar de que llamó a las puertas correctas, no había demasiados sillones vacíos entre los gestores de lo público de Sevilla y todos eran un “no nos llames, ya te llamaremos” de lo más frustrante.

Sin embargo, no estaba todo perdido. Comunicadores radiofónicos como Federico Dosantos o Carlos Ferreras, tenían un público bastante fiel. Taxistas, conductores de camiones, propietarios de pequeños negocios y demás trabajadores independientes que se creían  grandes empresarios, coreaban sus consignas  radicales en cenas familiares, barras de bar y discusiones en el trabajo. Ideario patriótico que no se encontraba representado al cien por cien por ninguno de los partidos existentes.

De la misma opinión que Groucho Marx con los principios, vio en aquel vació ideológico una oportunidad de negocio y los adaptó a las necesidades del mercado.  Consciente del gran carisma que tenía a la hora de convencer a la gente, fue construyendo un discurso  demagogo capaz de llegar a la fibra más  sensible de los descontentos.

Gracias a varios conocidos del mundo empresarial andaluz que le presentó Berto, consiguió los apoyos financieros y los avales necesarios para presentarse como candidato de un nuevo partido. Una organización  que llevaba las tradiciones y las buenas costumbres a sus extremos más populistas. Para que todavía tuviera un significado más épico, lo bautizaron con el nombre de Amanecer Para Andalucía. 

Como si fuera un producto que tuviera un nicho de mercado mínimamente explotado y por definir, las siglas de su partido fueron todo un revulsivo en el día a día informativo. En muy poco tiempo, por bueno o por malo,  todo el mundo hablaba de  APA.

Los temas estrellas de su programa electoral eran el catálogo de miedos de los  andaluces descontentos que temían perder la seguridad económica que tanto amaba y que, a muchos de ellos, les había costado toda una vida atesorar.

Solo había que saber mover los fantasmas de la inmigración ilegal, de la delincuencia juvenil, de los okupas ilegales  o de la ruptura de la familia por parte del feminismo o los colectivos LGTB y aquel colectivo temeroso de los cambios  se sentía identificado con sus palabras.

Pese a que Berto dejó de frecuentarlo cuando empezó su nueva aventura política, pues no compartía gran parte del ideario conservador y rancio que él esgrimía un día sí y otro también en los medios de comunicación. Se postulaba como el próximo presidente de la región y tampoco tenía demasiado interés en enemistarse con alguien que, en un momento determinado, podía prestarle  algún que otro favor. Máxime con las afinidades que les unían.

Dos semanas antes del Rocío lo llamó para invitarlo a la orgia que iban a celebrar en la noche del sábado.

—Berto, es muy tentador todo lo que me cuentas y hace tiempo que no nos vemos. Pero creo que voy a tener que declinar la invitación, soy muy conocido a nivel andaluz y no me puedo arriesgar al escándalo que supondría que alguien se fuera de la lengua.

—Por eso no te preocupes, todo el personal es de bastante confianza. Carlos Ferreras ha venido algunas veces con nosotros y más conocido que es él…

—No compares. Él como mucho se juega una salida abrupta del armario… yo me juego ser presidente de una región.

El empresario se quedó en silencio y tras meditar unos segundos su repuesta, le dijo:

—¿Y si nos lo montáramos de  manera que nadie te reconociera?

No puedo olvidar el ardiente deseo
creo que es momento, de sentir, de ser real.

Santi (22:53 preparandose para la fiesta)

Santi confiaba bastante en aquel hombre y sabía que su promesa de que pasaría inadvertido se convertiría en realidad. Llevaba mucho tiempo sin  poder saborear  una buena polla y su ojete estaba ávido  porque lo penetraran  brutalmente. Sensaciones que echaba más de menos cada día que pasaba. Lo peor era que, cuanto más conocido era en el mundo de la política, menos probabilidades  veía de que aquello  pudiera volver a ocurrir. 

Fue simplemente rememorar  las fiestas sexuales que había compartido con  su amigo sevillano y notó como su polla cimbreaba dentro de sus calzoncillos.  La posibilidad de poder disfrutar del sexo  sin cortapisas, le tentaba demasiado para poder negarse.

Escuchó detenidamente  el plan que Berto había ideado para salvaguardar su identidad y no pudo más que rendirse a sus palabras. Su respuesta fue una pregunta:

—¿Qué día y hora es la celebración?  

Le pidió a uno de sus subalternos que le alquilara un utilitario y en casa contó que tenía que hacer noche en Huelva para asistir a unos actos del partido. Cosa que no era del todo mentira, pero tenía lugar  bien entrada la tarde. Si las cosas salían según lo previsto, se echaría una buena siesta en el hotel. Unas horas de sueño le valdría para estar medianamente despierto  para el encuentro con sus simpatizantes.

Había venido de incógnito a la aldea, nadie de su entorno  ni sus personas de mayor confianza sabía de aquella salida suya. Era la primera vez, desde que fundó APA que sacaba los pies del plato de aquella manera. Lo peor es que la sensación de peligro era la sensación más perturbadora y excitante que había sentido en mucho tiempo. Se sentía como un niño metiendo la mano en la caja de las galletas.

Por indicación de su colega se había  puesto unas gafas sin cristales,  una sudadera con capucha, unos vaqueros y una deportiva.   Indumentaria poco usual en el Rocío en época de Romería, pero que le hizo pasar desapercibido por completo entre la multitud que pululaba por los alrededores de la ermita.  Quizás porque la gente estuviera más interesado en sus cantes, sus bailes y sus lingotazos de fino que en un viandante que se quería fundir con las sombras.

Era tan enorme la sensación de peligro que tenía que fue cauteloso para no cruzarse con nadie. Su disfraz era mediocre y se podría cruzar con cualquiera de sus futuros votantes. Tenía mil pretextos inventados para contar si era reconocido. Ninguno le parecía creíble por lo que prefería no verse en la obligación de darlos.

Un estado de ansiedad lo invadió y no se tranquilizó hasta que Berto lo introdujo en su casa por la puerta de servicio. Cuando le estampó dos sonoros besos en la cara, se sintió como un cachorrillo que volvía a casa después de mucho deambular por el mundo, lejos de sus amos.

—¿Qué tal? —Le preguntó con una encantadora sonrisa el sevillano.

—Muy nervioso. ¿Y tú?

—Muy contento de verte y deseando que te incorpores a la fiesta para que nos lo pasemos de fábula.  ¡Cuánto he echado de menos estas cosas nuestras!

—Yo también —El atractivo osito  hizo una pausa al hablar. Trago saliva y, con cierta preocupación, preguntó —¿Crees que funcionara?

—Completamente. El único que sabe que vienes es el Gato… Necesitaba alguien dentro que me echara una mano por si hubiera algún imprevisto con nuestra mascarada.

—¿Es de confianza…?

—Por la cuenta que le trae. Le puedo hundir el negocio si se va de la lengua —Recalcó mientras le  pasaba morbosamente la mano izquierda por su  hombro, en un intento de calibrar su abultada musculatura —. Para los demás eres una atracción más… Un chulazo musculoso al que le hemos pagado un buen pastón para que acceda a todos y cada uno de nuestros caprichos.

Berto le guiño un ojo  mientras seguía magreando su  abultado pecho, que se marcaba de lo más provocativo  bajo una ajustada camiseta gris.

No sabía cómo encajar aquella pequeña broma por parte de su amigo. Él era de las pocas personas que conocía como había ascendió en la política y no le veía la gracia a que lo etiquetara de prostituto.

Sabía que  para  llegar a ser concejal del  Ayuntamiento de Bilbao, tuvo que complacer sexualmente a un alto cargo militar. Una relación en la que entró primero por placer y en la que tuvo que permanecer para mantener el salario que le pagaban por no hacer nada.

Si se mudó a Madrid fue porque en una fiesta de la jet bilbaína conoció a Almudena De Biedma, la marquesa de Aguirreta, quien tras un polvo rápido en el baño le confesó que nunca nadie se la había follado también y que, si la acompañaba a la capital, le daría  mucho más de lo que se podía obtener en las provincias.  Lo único que tenía que hacer era repetir lo que acababa de hacer con la frecuencia que ella le requiriera.

Ambicioso e inmoral, se convirtió en el empotrador oficial de la sexagenaria madrileña. Quien, tras conseguir que dejara a su primera esposa, le buscó una chica más llamativa y que evitaría que las cabezas mal pensantes pudieran sacar conclusiones certeras sobre su vinculación con la popular marquesa.

Quizás porque un coño no era lo que le gustara más llevarse a la cama, quizás porque le empezó a coger un poco de asco a practicarle el cunnilingus… Las relaciones íntimas entre los dos , poco a poco, atravesaron por un océano de monotonía. Almudena, bastante hastiada de la situación movió los hilos para, del mismo modo que se los concedió, quitarles todos sus privilegios.

De la noche a la mañana se vio casado con una mujer  a la que ni quería, ni le unía. Con dos hijos pequeños  a los que añoraba a ratos y con el único sustento económico de las exclusivas de las revistas del corazón. Cosa que cada vez se daba con menos frecuencia pues, del mismo modo que la marquesa llamó a los teléfonos correctos para que su popularidad creciera, lo hizo para que se olvidaran de él  como si nunca hubieran existido.

La única solución para seguir viviendo a cuenta de lo público y sin esforzarse demasiado, fue venirse a Sevilla. Aunque la cosa no salió en un principio como esperaba, lo de montar un partido político no había sido del todo mala idea.

Le gustaba pensar que, por primera vez, ni su culo ni su polla tenían que ver con su éxito. Tampoco había vendido sus principios morales, pues carecía de ellos.  «Estoy  donde estoy,  gracias a mis santos cojones», se repetía de vez en cuando para satisfacer su ego.

Se postulaba como presidente de la región andaluza, cosa que en parte no deseaba, pues aunque el sueldo era mayor que la de  parlamentario, también la dedicación  era de mayor envergadura.  Así que aunque gritaba a diestro y siniestro que quería que su partido ganara las próximas elecciones, en el fondo deseaba que no lo hiciera. La palabra trabajo y él no se habían llevado demasiado bien nunca. No era lo mismo pegar cuatro voces desde la oposición que tener que gestionar las diversas consejerías.

Lo que llevaba peor era la abstinencia sexual. El ideario de sus siglas políticas lo conformaban la familia, la patria y la fe en Dios. Un ultra catolicismo más preocupado en el prójimo cuando no cumplían las leyes divinas y humanas, que cuando les tocaba pasar penurias. 

Sus posibles votantes eran más de salir a protestar por el aborto o el matrimonio homosexual que por los abusos perpetrados por  algunos miembros de la Iglesia  a menores. Considerando los primeros unas aberraciones y lo segundo unos errores de humanos tentados por el Diablo.

Una interpretación del cristianismo que pasaba por la intolerancia hacia lo distinto y que clavaba fuertemente sus uñas en su  modo de vida. Una forma de entender el mundo en el  que se sentían seguros y todo aquel que no pensara como ellos, era su enemigo confeso.  

Un modo de ver la sociedad  en las que no había lugar para gente como él que vendía su cuerpo a cambio de favores o disfrutaba con una polla en la boca o atravesándole las entrañas. Que se conociera un desliz de aquel tipo de él, podría acabar con su meteórica carrera y, con más de cuarenta años, pocas puertas se le abrirían de nuevo.

El único sexo del que había disfrutado últimamente era dentro del matrimonio o, cuando el aburrimiento se hacía insoportable, un chapero extranjero que le facilitaba el Gato. Pero nada que ver con el sexo en grupo que a tanto le ponía y que era la gasolina del motor de sus ganas de vivir.

Vamos, ahora, inténtalo y comprende

toma mi mano mientras el sol desciende,
ahora no pueden hacerte daño,

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