Un pelirrojo muy empotrador (Inédito) 2 de 2

—¡Qué otro día, ni que niño muerto! ­—Le espetó—¡Dúchate que terminamos la faena en la casa de mi abuela!

—¿Y eso?

—Está de viaje con el IMSERSO y  me ha dejado las llaves para que le riegue las macetas. Así que tenemos la casa para nosotros solos.

Agapito no daba crédito a lo que estaba escuchando. Si en algún momento pensó que lo de que aquel chaval había sido mera casualidad, lo descartó por completo.  Antonio, al igual que él, se había hecho el remolón y había esperado que él se metiera a ducharse. Se sentía como la araña que había tejido la red para su presa, sin contar con que esta era un ratón y no una mosca.

No dijo nada. Simplemente se limitó a terminar de lavarse, se secó y se vistió  sin decir esta boca es mía. La única conversación que mantuvieron fueron una seria de sonrisas picarona, que clarificaban bastante lo ansioso que ambos estaban por llegar a casa de la abuela del pelirrojo.

No conocía mucho a aquel muchacho  y no sabía muy bien cómo le podían sentar sus preguntas. Dado que lo único que quería es comerse su polla y que lo follara hasta que lo matara de gusto, concluyó que lo mejor era optar por seguir pareciendo invisible. Un papel que ejercía con bastante frecuencia.

Le dio la dirección de su abuela y le dijo que se fuera para allá pasado unos minutos. No quería levantar sospechas entre los vecinos, ni entre los compañeros de Instituto. Por lo que lo mejor es que cada cual fuera allí por separado.

Durante el corto trayecto que separaba el Instituto de la vivienda, una incesante pregunta martilleó en su cabeza. «¿Cómo coño sabía Antonio que le iban los rabos? ¿Se habría ido alguno de sus amantes de la lengua o se había dado  cuenta que se fijaba en su culo y su paquete cuando pasaba por su lado? »

Fuera lo que fuera le intranquilizaba. Si algunos de los obreros de su padre había roto el pacto de silencio, más pronto que tarde el rumor se correría como pólvora por el pueblo. Tampoco mitigaban sus recelos que se pudiera haber percatado de que lo miraba con deseo, pues si él había concluido que era homosexual, otros no tardarían en hacerlo también.

Era mucho el miedo que tenía a que sus padres se enterara de su secreto, sin embargo era mayor las ganas que tenía de catar  por completo aquel nabo rojizo y venoso.  Preso de la excitación, concluyó   que dejaría para más tarde  lo de averiguar  cómo el pelirrojo había descubierto su afición por mamar pollas y que lo encularan y  encaminó sus pasos hacia su destino.

Durante el camino vio a algunos vecinos que  lo saludaron extrañado pues él no solía estar por aquella parte del pueblo. Pero a él no le preocupaba demasiado, la bolsa de deportes era la excusa perfecta para responder, si alguno cometía la indiscreción de preguntar,  que iba a casa de algún compañero de Instituto para cualquier historia de clase.

Nada más llegó a la calle, buscó el número de la casa que le había dicho su compañero. Una vez lo localizó, se dispuso a llamar al timbre, mas no le hizo falta, Antonio lo estaba aguardando  en el descansillo. Tras cerciorarse de  que no había ningún vecino en la puerta, lo hizo pasar con cierto sigilo.

Una vez estuvo en el interior, volvió a comprobar que no era observado por nadie  y cerró la puerta de la calle.

—Mi madre no viene nunca, pero si pasa por aquí y ve la puerta abierta, lo mismo quiere pasar a ver como estoy regando las macetas —Le dijo con cierta sorna, a la vez que lo hacía pasar.

—¿No tiene llave?

—No, te lo dije vamos a estar muy tranquilo.

Cuanto más lo pensaba, más claro tenía Agapito que aquel chaval había entrado en las duchas a seducirlo. Se sentía imbécil por habérselo puesto tan fácil, pero la satisfacción de poder disfrutar de aquel nabo venoso eclipsaba cualquier sentimiento negativo.

Lo miró de arriba abajo y tuvo que reconocer que el tío estaba bueno para reventar. No era muy alto, pero tenía unos brazos y un pecho musculado que despertaban su libido de un modo espectacular. Unas piernas duras y un culo respingón que había sido la munición de más de una de sus pajas. Todo ese cumulo de masculinidad se completaba con una polla que, sin temor a equivocarse, era la más grande que se había metido en la boca.

Al llegar al salón, donde había un sofá y dos butacones a los lados. El pelirrojo se sentó en uno de ellos y se dispuso a bajarse el pantalón para que se la mamara.

—No te desnudes. Deja que lo haga yo —Le interrumpió Agapito con una voz ronca que estaba impregnada de sensualidad.

Antonio cabeceó levemente. Él únicamente buscaba echar un polvo, pero aquello de que aquel delgaducho chico le sacara la churra fuera para chupársela le pareció de lo más morboso.  

—Vale, no me importa —Dijo con cierta dejadez. Se puso las manos tras de la cabeza y, a modo de invitación,  abrió las piernas en forma de uve.

Llevaba un pantalón blanco vaquero que se pegaba a su cuerpo  como una segunda piel. Era tan ajustado que en la entrepierna se le formaba  una protuberancia cilíndrica de lo más provocadora. Era más que  obvio que el muchacho estaba excitado a más no poder.

Meloso como un felino, Agapito se colocó entre sus piernas. Acaricio suavemente sus muslos, dejando resbalar ligeramente las yemas de sus dedos sobre ellos. Cuando llegó a la zona de su miembro viril, deslizo la palma de su mano por el abultado paquete hasta llegar a la correa.

Sin dejar de marcar el rodillo  que se marcaba bajo la tela del pantalón con los dedos de una mano, fue desabrochando el cinturón. Observó disimuladamente a su recién estrenado amante y por cómo se mordía el labio inferior, todos aquellos prolegómenos le estaban encantando.

Tras desabotonar la bragueta le pidió con un gesto que levantara levemente el culo del asiento y le bajó impetuosamente el pantalón hasta la rodilla. Volvió a pasear sus dedos por sus muslos y jugueteó levemente con los vellos pajizos que lo cubrían. Al llegar a su entrepierna masajeo levemente el bulto que se marcaba bajo los slips rojos. Observó que de la punta de su polla brotaba líquido pre seminal y había impregnado la ajustada prenda. Aquella mancha que recordaba estrechamente a las gotas de orín, le resultó de lo más morbosa.  

Sin pensárselo un segundo. Llevó su boca al pegajoso lamparón  y la morreó durante unos segundos. Un quejido seco escapó de la boca de Antonio. Cada vez tenía más claro que aquel tío era tan vicioso como él o más y  que lo de meterse en la ducha con él había sido su mejor idea en mucho tiempo.

Considerando que ya había alargado lo suficiente los prolegómenos, tiró de la cinturilla del slip y, todavía no lo había terminado de bajar del todo, cuando la polla del pelirrojo se alzó como el mástil de una vela.

La observó durante unos segundos. No sabía que le gustaba más si su ancha cabeza sin circuncidar, el color rojizo de su piel, su dureza o las venas hinchadas que recorrían su tronco. Si a eso se le sumaba su descomunal tamaño, no había duda de que lo tenía ante sus ojos era una maravilla de la naturaleza. Una rara avis de la que pensaba disfrutar como un niño de un juguete nuevo.

Pasó lentamente  la lengua por su capullo, rodeó cada resquicio del prepucio y recorrió el tronco  desde la cabeza hasta los huevos. Repitió la operación en orden inverso. Dio dos cortos besos a la hinchada cabeza y, a continuación, la rodeó con sus labios. Abrió la boca todo lo que pudo y  se la tragó hasta que la cabeza de flecha tropezó con su campanilla.

Aquello  de que se la comieran entera, debió gustarle al pelirrojo pues abandonó la actitud pasiva que había adoptar hasta el momento y empujó la cabeza de Agapito para que engullera  más porción de su miembro viril.

—¡Chupa, chupa, cabrón! ¡Que por mucho que chupes no se gasta! —Le musitó entre dientes con una voz ronca.

Pese a que aquel trabuco ocupaba toda su cavidad bocal y le costaba respirar, el Pajarito siguió mamando como si le fuera la vida en ello. De la comisura de sus labios brotaba  un reguero de babas que terminó resbalando a lo largo  del enorme tallo hasta empapar a los pelos de su pubis.  A pesar de las  muchas ganas que le echó, eso no impidió que  un par de veces se atorara y tuviera que detenerse  para recuperar el resuello. .

—¡Venga déjate de mamoneo y sigue chupando, que si te paras se me va el puntito! —Le apremió Antonio al ver que cada vez que interrumpía la mamada, lo prolongaba por más tiempo. 

Agapito, como si la palabra de aquel tío fuera la ley para él, no dijo  nada y se limitó a seguir devorando la vibrante polla. Tenía la sensación que su única razón de existir era satisfacer al semental que tenía delante de él, por lo  se esforzó por tragarse aquella verga hasta la base, pero no lo conseguía del todo.

El muchacho estaba bastante versado en  la práctica del sexo oral, pero nunca había mamado una de tales dimensiones. Era  demasiado gorda y demasiado larga.  Debía abrir mucho la boca y, cada vez que su capullo tropezaba con la entrada de su garganta, el esfuerzo para evitar las arcadas era enorme.  

Pese a que le dolían las mandíbulas y la sensación de ahogo constante no lo abandonaba, su excitación era enorme. Notaba como su polla, dura como una piedra pujaba por salir dentro de sus pantalones. Estuvo tentado de sacársela y pajearse mientras devoraba aquel dolmen hinchado de sangre. No obstante, como quería centrar sus cincos sentidos en la suculenta mamada que estaba realizando, postergó lo de  auto satisfacerse.

En el momento que su boca se había acostumbrado al grosor y la largura de aquella polla, el pelirrojo, haciendo alarde de su basta espontaneidad, le lanzó una pregunta:

—¿Dónde quieres que te dé por culo, aquí o en el dormitorio de mi abuela?

Al muchacho, acostumbrado a follar en los sitios menos adecuados para ello, que se lo hicieran en una cama le pareció de lo más novedoso.

—En el cuarto pues —Contestó con una voz apagada, sin esperar que sus pulmones se volvieran a llenar de aire.

El joven semental  se subió levemente los pantalones y le hizo un gesto para que lo siguiera. Agapito no perdió la oportunidad de deleitarse con la parte posterior de su amante. Su espalda ancha, su trasero redondo y duro, sus piernas musculadas…   En las distancias cortas no decepcionaba en lo más mínimo y le ponían cachondo de él hasta los andares.

Al llegar al dormitorio de su abuela. Antonio abrió el ropero, sacó una toalla de su interior y la extendió con cuidado sobre la cama.

—Con esto no se manchara la colcha —Dijo sonriendo picaronamente.

El Pajarito no dijo nada, se limitó a encogerse de hombros y cabecear levemente.

—¡Vamos quítate los pantalones! —Le urgió a  la vez que le hacía un gesto con la palma de la mano —¿ No querrás que te la meta con ellos puestos?

El descaro y la naturalidad con la que el pelirrojo hablaba de practicar sexo, lo tenían atónito. Estaba acostumbrado a que los tíos con los que iba, aunque les encantaba clavársela hasta los huevo, nunca se referían a ello de forma explícita como lo estaba haciendo su compañero de Instituto. Su falta de tacto y procacidad,  en vez de echarlo para atrás, lo consideraba un morbo añadido.

Se desnudó de manera acuciante. Se quitó los zapatos, los calcetines, el pantalón y los calzoncillos, quedándose solo con una camiseta azul.

Agapito estaba bastante acomplejado con su físico. Ser tan delgado  y carecer de musculatura le hacía creer que tenía un cuerpo poco deseable. Con sus tres amantes lo único que hacía era bajarse el pantalón y facilitarles el acceso a su ojete.  Rara vez se quitaba los pantalones  y nunca se desprendía de la camiseta.

Antonio al ver que el muchacho no se había desvestido de todo, le apremió a que lo hiciera:

—¡Quítatelo todo, no vaya a ser que se te manche!

No estaba habituado a que la gente fuera amable con él, ni se preocupara por sus cosas. Pese a que tenía claro que aquel chico estaba allí porque él le iba a dar algo que él quería, un sentimiento de una posible amistad surgió en su pecho. De ser así sería  el único amigo que tendría en mucho tiempo.

Si en algún momento le había preocupado que aquel chaval, al verlo tal como era, le desagradara su aspecto y no quisiera penetrarlo, al ver la nobleza con que se dirigía a  él, el recelo desapareció por completo.

—¡Vaya como se te ha puesto  el pijote mientras me la mamabas! —Le dijo señalando la evidente erección que lucía —No puedes negar que te ha molado un montón comerme el rabo… ¡A mí también!

Aquel comentario, consiguió que una tímida sonrisa asomara en los labios de Agapito. Otro cualquiera hubiera hecho un chiste, pero él, tan acostumbrado a que la gente se riera de él y no con él, dejó lo del humor para otro momento… muy lejano.

—¿En qué postura me la quieres meter?

El pelirrojo lo miró un poco descolocado. «¿Este tío pretende que se la meta así de golpe? ¿Qué pedazo de cacho de carne bautizada se ha estado follando a este chaval para que actúe de ese modo? », se preguntó sorprendido.

—¡Tranqui, colega! ¿Qué prisa tienes?  —Le dijo con cierta chulería.

—Yo ninguna.

—Pues eso como no tenemos prisa, ni nadie que nos la meta —Hizo una pausa y sonrió por lo bajini —Bueno, yo no, tú sí —Al decir esto último se agarró el cipote y lo mostró como si se tratara de un trofeo —Pues eso, como no hay prisa alguna,  vamos a relajarnos y vamos a hacer las cosas bien. ¿Tú crees que lo que yo tengo entre las piernas entra así como así por un culo?

—Viendo el trabajo que me ha costado comérmela entera, diría que ni por un coño.

Po sí, tronco, pero ya sabes lo que dicen que paciencia y saliva…

—… se la metió el elefante a la hormiga —Por primera vez en toda la tarde, Agapito sonreía de forma distendida.

Po  habrá que armarse de paciencia. Ya sabes darle un pacá y un pallá antes de na, ¿no?

El Pajarito tuvo que poner cara de no saber a qué se refería su compañero con aquello con lo  de pacá  y el pallá, pues él, antes de que preguntara nada, le aclaró sus dudas de la forma más espontanea:  

—Anda, ponte de rodillas en la cama que te voy a comer el mojino.

Si el pelirrojo pretendía sorprenderlo, lo había conseguido. Ni Esteban, ni Antonio Manuel y, ni mucho menos Cristóbal, le habían pedido  nunca nada parecido. Sabía de la práctica del beso negro por alguna película pornográfica que había visto, pero poco más. Que aquel tío, que estaba como un tren, quisiera comerle el culo le dio un morbo increíble, tanto que notó como unas gotas de líquido pre seminal escapaban por su uretra.

Con determinación adoptó la postura solicitada por su amante y de forma sumisa, aguardó a que él cumpliera su promesa. Estaba tan excitado que un temblor inquieto recorría su cuerpo de manera silenciosa.

Unos segundos más tarde notó que se agachaba detrás de él. Lo primero que hizo fue darle sendas cachetadas en sus nalgas a la vez que le decía:

—¡Que pedazo de culo tienes, gachón!

Estuvo tentado de decirle, «Pues todo para ti», pero por temor a sonar muy mariquita, su timidez ahogó aquellas palabras en su garganta.

El pelirrojo acercó su nariz a su ojete y lo olisqueó. Tras cerciorarse de que estaba bien limpio, comenzó a hurgar con los dedos en él.  No tuvo que esperar  mucho para sentir su lengua lamiéndolo primero muy despacio y después, una vez el orificio anal estuvo impregnado por el caliente fluido, de forma compulsiva.  

Nunca nadie, ni su prima, le había mamado la polla. Para Agapito  aquel beso negro era la primera vez que sentía el placer del sexo oral. Si a eso se le añadía  que el tío lo devoraba ansiosamente, las sensaciones que estaba experimentando lo tenían totalmente desbordado.

—Lo tienes cerradito —Dijo Antonio al intentar meterle un dedo y no conseguirlo.

Lo cierto es que hacía un tiempo que Nurieta no iba por su casa y los obreros de su padre no habían tenido ninguna excusa para ir a verlo, por lo que su ano estaba un poco desentrenado en el arte de recibir visitas.

—No te preocupes, mi abuela tiene por ahí crema de las manos que puede servir para dilatarlo. Veras como en dos minutos te lo pongo a tono y nos vamos a poner ciegos de follar.

No dejaba de sorprender lo puesto que aquel chaval en la variedad sexual  de meterla por un culo. Ignoraba quien le había ido con el cuento, pero estaba claro que no era la primera vez que se follaba a un tío. Por lo que podía contar con que, del mismo modo que había sabido guardar su secreto, mantuviera silencio sobre el suyo. 

Antonio regresó con un tarro de Nivea en la mano. Se untó una ingente cantidad en los dedos y los llevó al trasero de Agapito.

El contacto con la crema fría, seguramente estuviera guardada en el frigorífico, propició que el muchacho se estremeciera a su tacto. Aun así, no se quejó lo más mínimo y soportó el escalofrío en silencio.

Una vez lo extendió bien por la entrada de su recto, Antonio metió un dedo que, con la ayuda de la espesa sustancia, se internó  fácilmente. Como vio que entraba bien, metió un segundo y, a continuación,  un tercero.

—¡Joder, qué culito tienes! ¡Estrechito pero tragón! —Exclamó preso de la lujuria.

Se llevó la mano a la churra, constató que seguía bien dura y se masturbó durante unos segundos. Como quien no quiere la cosa, le volvió a pegar un golpe en el trasero y le dijo:

—Tiéndete boca arriba, te la quiero meter en esa postura.

Que lo quisieran penetrar viéndole la cara era otra novedad para el Pajarito. A quienes sus amantes, con la única intención de no recordarse a si mismo que estaban follando con un tío,  trataban como un cacho de carne e intentaban por todos los medios deshumanizarlo. Por lo que siempre lo penetraban de espaldas.

Se colocó en el filo de la cama y abrió las piernas en forma de uve. Antonio se agachó levemente, se untó una ingente cantidad de crema en el nabo y, tras extenderla, se dispuso a metérsela. Pero la voz de Agapito, lo detuvo en seco:

—¿No te pones condón?

—No tengo —Dijo Antonio con cierta despreocupación—Pero si quieres lo dejamos.

El Pajarito sopesó durante unos segundos que aquel tío no se lo follara por no tener un preservativo a mano y llegó a la conclusión de que se arrepentiría toda su vida de ello. Por lo que, intentando no parecer demasiado imbécil, le dijo:

—Bueno, no creo que ninguno de los dos tenga nada malo.

—¿Te la meto entonces?

—Sí.

El pelirrojo colocándose de manera que su polla quedara a la altura del ojal de su amante, cogió sus piernas y, abriéndolas lentamente, las apoyó sobre su pecho.

En un primer intento el proyectil no consiguió dar en la diana y resbaló hacia los lados. En el segundo, tampoco lo consiguió pues el ano no dilato lo suficiente. A la tercera fue la vencida y la parte superior entró casi al completo, lo que fue acompañado de un pequeño grito de dolor por parte de Agapito.

Tranqui, te la voy a ir metiendo poco a poco, para no hacerte daño.

Durante unos segundos, como esperando que el recto del chaval se fuera adaptando al cuerpo extraño que se adentraba en él, Antonio no empujó ni lo más mínimo. Cuando considero que podía hacerlo, volvió a introducir otra porción de polla.

El dolor que el Pajarito sentía era casi insoportable, pero sabía que más pronto que tarde mitigaría y la molesta sensación daría paso a una de lo más gratificante. Las pollas de sus amantes no es que fueran pequeñas, pero lo de aquel chaval, aparte de estar duro como una piedra, tenía un grosor poco habitual.

El pelirrojo le clavó los dedos en la cintura y pegó un pequeño empellón. Afligido por la punzante estaca que se clavaba en sus entrañas, con la sensación de que lo iba a reventar por dentro, la única opción que encontró para soportarlo  fue apretar los dientes.

Tras el nuevo empujón sintió como la mano de Antonio atrapaba su polla entre los dedos y la empezaba a masturbar.

—Aguanta un poquito más, que cuando entre del todo,  vas a querer que sea más grande.

Nunca antes le había tocado la churra mientras se lo follaba y las sensaciones que lo embargaron eran completamente desconocidas para él.

Poco a poco el mástil de carne se fue abriendo paso en sus esfínteres. Al mismo tiempo que los dedos de Antonio acariciaban su polla que, a pesar del dolor, se volvió a poner dura como el acero.

Por curiosidad, alargó la mano hasta su culo y, tal como suponía, el gordo trabuco había entrado por completo. Ilusionado porque las sensaciones desagradables iba remitiendo, se puso a acariciarle los huevos.

—Has visto, ya está dentro del todo… Ahora vamos a disfrutar como enanos.

No había terminado de decir aquello y sus caderas se comenzaron a mover con fuerza. A cada envite que daba, el placer que le consumía era mayor.

De que aquel pelirrojo era un semental empotrador no había ninguna duda. Tenía la sensación de que los polvos que había echado hasta el momento era una especie de entremés para aquel plato principal.

Su culo se había acomodado al tamaño de aquel garrote y se lo tragaba sin apenas dificultad. No sabía decir que le daba más placer si el compulsivo entrar y salir de sus esfínteres, o la mano acariciando su polla. Intercalando la suavidad y la firmeza de un modo que lo tenía como en una nube.

No sabría decir cuánto tiempo estuvo con la mirada perdida en los ojos verdes de Antonio, que no paraba de empujar su cuerpo contra el suyo. Pero lo que si tenía claro es que en ningún momento quiso que aquello terminara.

Sin embargo, por mucho que guste una película. Más tarde o temprano salen los títulos de crédito. En este caso, vinieron vaticinados por  una pregunta de Antonio.

—Me voy a correr, Aga. ¿Quieres que te preñe?

El Pajarito asintió con la cabeza.

La potencia que Antonio inculcó a sus caderas aumento y, como no se había olvidado de su amante, incremento la fuerza con la que le hacia la paja.

Se corrieron casi al unísono.  Al mismo tiempo que su uretra expulsaba una abundante cantidad de esperma, sintió como sus entrañas se inundaba de la corrida de Antonio.

Durante un momento el mundo pareció detenerse y la quietud fue rota por Antonio quien, con su particular gesto de chulería, le dijo:

—No ha estado mal, ¿ein?

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