Un pelirrojo muy empotrador (Inédito) 1 de 2

Abril de 1998

Iván

… La saqué y la volví a meter de un solo  golpe, hasta que mi pubis chocó con su perineo. El único sonido que se escuchaba en  la habitación, aparte de mi agitada respiración,  era el “plop plop” de mis huevos haciendo de tope contra su culo. Agapito, haciendo alarde de esa sumisión que tanto me ponía de él, se limitaba a gemir lo más bajito que podía.

Su recto se abría al paso de mi churra y lo apretaba cuando estaba completamente en su interior. El gusto que me daba no tenía comparación con nada que hubiera experimentado antes, por lo que el esfuerzo que tenía que hacer para no correrme demasiado pronto era enorme.  La fricción de mi cipote contra las paredes de su esfínter me tenía completamente embelesado, nunca pensé que follarme un culo con pelos me podría gustar tanto.

El vaivén de mis caderas contra sus nalgas era  tan enérgico que  su cuerpo  rebotaba delante de mí con tanta fuerza que parecía que, en lugar de meterle yo mi verga por el culo, era su ojete el que se lo tragaba.  Deje  unos segundos mi calvo cabezón fuera y observé el orificio de su enrojecido ano, se quedó abierto brevemente o con un ancho parecido al de una moneda.

Antes de que se volviera a cerrar se la volví encasquetar con fuerza. A pesar de la práctica y lo acostumbrado que lo tenía a comerse buenas zanahorias, aquella brutalidad le debió doler un poquillo pues soltó algún que otro quejido sordo.

Me tenía tan salido que clavé mis dedos en su cintura  y volví a empujar con todas mis fuerzas, como si todavía cupiera alguna porción más de mi rabo en el interior de aquel agujerillo, tan estrecho y caliente. Sentir como la punta de mi polla se deslizaba hasta el fondo de su recto, me tenía con las pulsaciones disparadas y en mi mente solo había espacio para una cosa: seguir follando como un poseso.

Pese a que quería retrasar el momento de eyacular lo máximo posible, para disfrutar cuanto más mejor. Mis deseos de vicio eran muy grandes  y mi capacidad por aplazar el orgasmo muy pequeña.  Estaba ya tan cachondo que era incapaz de contener el semen en el interior de mis huevos.

Un par de brutales  sacudidas más y no pude evitar decir:

—¡Me cooorrooo!

Durante un momento me olvidé de donde estaba, para después ser consciente de que me encontraba  en el dormitorio del Pajarito, un lugar que había visitado todos y cada uno de los tres últimos días con la única intención de follármelo.

En todas las ocasiones el ritual había sido el mismo. Subíamos a su cuarto a hurtadillas. Me mamaba la polla hasta que le daba el biberón y después le llenaba el culo con la segunda ración de leche. Algo que era netamente simbólico, pues siempre practicábamos el sexo seguro.

Esperé que la apabullante sensación de gusto me abandonara para quitarme el condón. Lo eché en una papelera que Agapito tenía al lado de la cama y, tras mirar el reloj, dije:

—¡Coño, qué tarde que es! En quince minutos he quedado con Daniel.

El Pajarito miraba como me terminaba de vestir apresuradamente, dejando que una sonrisa traviesa se asomara en su rostro. Él tío, a pesar de sus rarezas, no me caía mal. Así que le dije una patochada de las mías, para compensar lo de marcharme a la carrera:

—El servicio de polvo Express se despide hasta la próxima conexión —Le guiñé un ojo y terminándome de componer la ropa, le dije —He quedado con nuestro querido compañero a las seis menos cuarto en la puerta del Ayuntamiento… Nos vemos en un rato.

Agapito

Ver salir a su compañero de su cuarto a las carreras, lo dejó un poco desangelado. No es que esperara que le diera un beso de despedida ni nada, pero la  sensación de ser un  pañuelo usado no era agradable.

No es que los demás tíos con los que follaba fueran súper amables con él. Cuando se lo montaba  con Antonio Manuel, Esteban o Cristóbal, los obreros de su padre, era terminar de correrse y parecía que el mundo se les caía encima. Aun así, desde que   desde que su prima Nurieta no aparece por la finca, no ha tenido ocasión de estar con ninguno de los tres y echa de menos tanto  el sabor de sus pollas, como que se la claven hasta correrse.

Era consecuente de que había corrido un enorme riesgo al ponerle la mano en la rodilla a Iván y que podría haber acabado, en vez de con su nabo en la boca,  recogiendo los dientes por el suelo. Intuía que era de los que no le hacía asco a una buena boca, ni a un buen culo, pero, conociendo los  perjuicios de la gente de su pueblo, no las tenía toda consigo.

Aunque en un principio lo de echar un polvo con él formaba parte de un retorcido plan, descubrió que aquel chaval tosco y sin modales era bastante bueno en la cama. Ayudaba mucho que se pudiera correr más de una vez. Nunca había estado con nadie que después de correrse en su boca, le quedaran ganas de cabalgarlo como lo hacía aquel muchacho.

Sin embargo, por mucho que le agradara aquellas sesiones de dobles polvos, lo que más le interesaba de Iván era su galopante indiscreción. Contaba  con que era un bocazas de marca mayor  y terminaría confesándole  lo suyo con él a su amigo Antonio. ¿Le diría el pelirrojo cuando se lo contara que ya había estado con él o se haría el nuevo y le pediría unirse a la fiesta?  Fuera lo que fuera, había muchas probabilidades de que los dos amigos terminaran teniendo un trío con él.  Fue pensar en  esa posibilidad   y notó como se iba poniendo cachondo por momentos.

Únicamente había  estado una vez con el amigo de Iván, pero aquel botón de muestra  fue suficiente para tener claro que aquel chaval era todo un semental. No había disfrutado nunca con nadie tanto como con él. El tío poseía  una polla descomunal y sabía cómo proporcionar placer con ella..  Si a eso se le añadía que era un vicioso de tomo y lomo, no era extraño que Agapito considerara el polvo con él de los mejores que había echado en su puñetera vida.

El hijo de los Ayala, por aquello de mantener el buen nombre de la familia, nunca había sacado los pies del plato fuera de la Finca. Por los que sus escarceos sexuales se habían restringido a tres de los obreros de su padre. Unos individuos en cuya discreción confiaba, pues para ellos  pesaba mucho  más poder seguir llevando un  buen salario a su casa, que las ganas de sacar los trapos sucios del heredero de la familia que los empleaba.  

Quizás porque tenía sus necesidades sexuales cubiertas, quizás porque temía una reacción violenta por parte de ellos, el muchacho nunca había intentado un acercamiento sexual a ninguno de sus compañeros de Instituto. Pese a que había unos cuantos que despertaban su libido, él siempre había sabido nadar y guardar la ropa.

Entre aquellos  a los que no le importaría pegarle una buena mamada y ponerle el culo, se encontraba Antonio, un pelirrojo atlético que estudiaba la rama de Electricidad y con quien se cruzaba de vez en cuando por los pasillos.

Lo que más le ponía de él era  su  planta de machito y que tenía unos preciosos ojos verdes que lo tenía completamente encandilado. A su favor tenía también que tampoco era de los que disfrutara burlándose de él y era de los pocos que usaba su nombre para dirigirse a él. Lo llamaba Aga.

Una amabilidad inconsciente que conseguía que el muchacho fantaseara,  de vez en cuando, con que se hiciera su amigo  y  tener sexo con él. No obstante le daba tanto pánico la simple idea de que aquel chico lo rechazara y su secreto  fuera conocido por todos, que nunca promovió un acercamiento que fuera más allá de un hola o de un adiós en la cafetería o durante los cambios de clase.

Sin embargo, se podía decir que Agapito estaba predestinado a probar las mieles del placer con Antonio y, más tarde o más temprano, tenían que confluir las circunstancias para que aquellos dos chavales conocieran que sus apetencias sexuales se compenetraban a la perfección.

Ambos, a pesar de su juventud, habían descubierto que les  gustaba compartir su cuerpo con personas de su mismo sexo. Al Pajarito le encantaba comerse una polla y que lo penetraran, a Antonio le volvía loco que se la chuparan y meterla en un culito estrecho hasta reventarlo.

Su encuentro íntimo había tenido lugar dos meses antes, a finales de febrero,  y ocurrió de la forma más casual.

Aquella tarde, como siempre  que tenían clase de gimnasia, Agapito se quedaba rezagado a la hora de la ducha y esperaba que los demás compañeros salieran para entrar. No sabía que le daba más pánico, si el hecho de que se burlaran de su físico o que deslizara la mirada a la entrepierna de algún compañero y se terminara descubriendo sus preferencias por las pollas.

Una vez se cercioró  que el último de ellos se había marchado, accedió a los vestuarios para   a ducharse. No había terminado de quitarse la ropa deportiva cuando, inesperadamente, entro Antonio en los vestuarios. Como venía con la ropa de deporte puesta, intuyó que iba a hacer lo mismo que él.

—¿Qué pasa, Aga? —Le dijo de modo impersonal, a la vez que se sentaba en el banco contiguo a él.  

—Aquí —Le respondió sin demasiado énfasis.

El Pajarito  se encontraba en calzoncillos, estuvo tentado de ponerse la ropa  y largarse sin siquiera refrescarse. Sin embargo,  a raíz de la supuesta orgia de navidad, había oído historias sobre el  enorme  tamaño del rabo del pelirrojo y tenerlo tan cerca despertó enormemente su libido.

Pese a que lo que más miedo le daba en el mundo era que sus padres se enterara de sus inclinaciones sexuales, un demonio perverso pareció apoderarse de su voluntad  y le obligó a quedarse allí compartiendo vestuario con el chaval que había inspirado más de una paja.  

Haciendo alarde de su  característica ímpetu, Antonio se quitó los zapatos, los calcetines y la camiseta, quedándose únicamente con unos  slips rojos. Si existía la posibilidad remota de que Agapito volviera a sopesar lo de quedarse o marcharse, esta se difuminó cuando, disimuladamente, descubrió el bulto que se marcaba bajo la apretada ropa interior.

Sin pensárselo más, dejo aparcado sus miedos y decidió quedarse a satisfacer su morbosa curiosidad. No tendría otra oportunidad de comprobar si lo que se rumoreaba de él  era cierto o no. Aunque por lo que había visto en el tráiler, la película resultaba de lo más creíble.  

A pesar de su determinación, los nervios se habían apoderado de él.  Lo último que necesitaba es que aquel bruto se percatara de sus intenciones y le rompiera la boca. Por no decir las consecuencias que tendría aquella abrupta salida del armario para sus más que conservadores y religiosos progenitores.  

 Hizo un tremendo esfuerzo para ocultar su inquietud y, aparentando hacer algo de lo más banal,  se dirigió con paso firme  hacia las duchas compartidas. Tenía la  esperanza de que Antonio  se colocara en alguna de ellas y pudiera echar un buen vistazo al bicho de su entrepierna.

 No se había terminado de quitar los slips y colgarlos en un gancho situado en un rincón de  la pared de azulejos, cuando, para su sorpresa el pelirrojo, completamente desnudo y de espaldas a él,  se colocó   en la regadera de  su lado. Una aplastante intranquilidad  se apoderó de él y el bote de gel de baño se le resbaló de las manos, para terminar chocando con la placa de porcelana.

Mientras se agachaba por él, escuchó que Antonio le decía:

—¡Ten cuidao con esas posturitas, que me imagino  que tu culo es  el de la Jennifer López y te la encasqueto hasta los huevos!

Aquel grosero comentario por parte de su compañero le cayó como un jarro de agua fría y no supo que pensar. El pelirrojo nunca se había burlado de él y, si intentaba ligar con él, sus palabras no podían ser más desafortunadas.

Si algo indignaba de manera palmaria a Agapito era que lo trataran como un mero sustituto de una tía. Era sumiso, pero se consideraba hombre ante todo. Los amaneramientos y las plumas, aunque respetaba mucho a quien optara por ser así, no iban con su identidad. Por lo que le molestaba mucho que la gente se confundiera y no supieran ver quien realmente era.

Por su experiencia con tres de los trabajadores de su padre sabía que cuanto más chistes hacían sobre el mariconeo, más debilidad tenían por los culos. Aquella broma podría servir para echar unas risas si estuvieran en compañía de otros, pero estando los dos solos no tenía razón de ser.

Aunque su única finalidad al meterse en aquellas duchas había sido la de curiosear sobre si era verdad que gastaba tan buen nabo como se rumoreaba, no descartó un acercamiento para ver hasta dónde era capaz de llegar Antonio.  La simple posibilidad de tener sexo con un tío de su edad, para variar, hizo que lo recorriera un escalofrío de excitación.

Ni el mismo supo en qué lugar guardaba escondida la fortaleza y el valor para mantener su excitación bajo control y comprobar cuánto de broma o de insinuación habían en las palabras de aquel atractivo joven.

—¡Mucha imaginación veo que le echas tú al tema!

—No te creas —Al decir esto el pelirrojo se dio la vuelta y mostró de manera descarada la parte frontal de su cuerpo a Agapito, quien hasta aquel momento solo había alcanzado a verle la espalda —, tienes un culo redondito de lo más potable. Yo me lo follaba.

El shock de verificar que el tamaño del pene de Antonio, a pesar de que estaba en estado de reposo, era tal como aseguraban los cotillas del pueblo, junto a la descarada declaración de las verdaderas intenciones del pelirrojo al darse aquella ducha, propicio que de nuevo se le callera el jabón líquido.

En esta ocasión fue a parar justo entre los pies de Antonio.

Busco los hermosos ojos verdes de su compañero y le lanzó una mirada de complicidad.  Tras cerciorarse con un fugaz reconocimiento  de que  no se trataba de una encerrona y que no había nadie aguardando para ver como sucumbía a los encantos del musculoso muchacho, se agacho para recogerlo.

Pese a que había una determinación firme en sus actos, envolvió estos de cierta parsimonia. Parecía que pretendiera aumentar el deseo,  prolongando el momento en que su rostro quedaría frente a la verga de Antonio.

Una vez estuvo de cuclillas ante aquel armario de testosterona, se paró a observar  durante unos intensos segundos su miembro viril.  A  pesar de que simplemente empezaba a despertar de su letargo, se podía apreciar una gran cabeza y unas venas anchas por todo su tronco. No obstante, lo que más llamó la atención del Pajarito  fue la pigmentación de la piel, a tono con su  rojizo vello púbico.

Levantó la vista suplicante y, antes de que pudiera hacer algún gesto, Antonio blandió su polla como si fuera un guante para retarlo a un duelo y cruzó su rostro con ella.

Aquella  clarificadora señal  fue la que Agapito necesitó para acercar sus labios a la dormida churra y, atrapándola suavemente con una mano, se la metió en la boca.

El pelirrojo al sentir el calor de la boca alrededor de su verga, apretó los labios y soltó un ahogado suspiro.

Notar como aquel sable de carne se hincha de sangre, se endurecía y crecía dentro de sus labios,  lo tenía completamente embelesado. En unos segundos pasó de contener aquella bestia sexual en su boca con bastante holgura, a notar una sensación de ahogo. La excitación que lo embargaba no tenía parangón.

Olvidándose del indiscreto lugar en el cual se encontraba, comenzó a chupar golosamente el mástil sexual. Sin embargo, los planes del pelirrojo eran bien distintos y así se lo hizo saber.

—¡Qué bien la chupas, cabrón! —Le dijo con bastante  énfasis —¿También te gusta que te follen?

El Pajarito se quedó un poco sorprendido ante la impertinente pregunta. Tanto que tardó unos segundos en reaccionar.

—Sí —Hizo una pausa al hablar y con cierta picardía le preguntó —¿Te gustaría follarme?

—Pues claro.

La firmeza con la que Antonio impregnó sus palabras,  lo dejaron un poco atónito. No esperaba tanta efusividad en aquel chico que, aparte de estar bueno, siempre le había tan heterosexual de pura cepa como bruto.  Sopeso durante unos segundos la idea de  que se la metiera en la ducha y la rechazó casi automáticamente.

—Sí, pero aquí no. Lo tendremos que dejar para otro día.

Un comentario sobre “Un pelirrojo muy empotrador (Inédito) 1 de 2

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.