A falta de pan buenas son calabazas (2 de 2 ) Inédito

Al observar su culo redondo y peludo,  no pudo evitar relamerse al tiempo que se llevaba  la mano a la entrepierna para constatar lo que ya suponía. Tenía un erección de caballo. Su  hermano se giró levemente y mostró  una  polla tiesa que no  tenía nada que envidiarle a la suya. Estaba tan enardecido por la situación que hasta llegó a pensar que estaba presumiendo  delante de él.

De nuevo las imágenes de los momentos onanistas compartidos con él, asaltaron su memoria.  Le daba  cierta envidia  que tuviera una polla bastante más desarrollada   que la suya. Sin embargo se consolaba  pensado  que con el tiempo llegaría a tenerla tan grande y ancha como él, pues  sus miembros viriles eran tan parecidos que parecía una copia a escala el uno del otro. Ambos eran de piel oscura,  poseían una cabeza tan gruesa como el tallo, y una vena azulada recorría todo su tronco. Dos hermosas herramientas sexuales que emanaban una virilidad fuera de lo común.

Por aquel entonces, no  había surgido   aun en él la fijación por los cuerpos masculinos. Sin embargo, recuerda que en más de una ocasión la locura de pedirle que meneársela el uno al otro se le vino a la cabeza. Le pareció tan impropio y fuera de lugar que no dijo nunca nada, pues temía que Roxelio se enfadara con él.

En la pantalla una chica mamaba una polla como si estuviera poseída. El tío le gritaba cosas que, aunque estaban en un perfecto italiano, le sonaban como si fueran los peores insultos gallegos. A pesar de las vejaciones a las que estaban sometiendo a la muchacha, deseo estar en su lugar, ser quien se tragara aquel sable de sangre. Tan pronto como fue consecuente con lo depravado de su pensamiento, lo rechazó.

Tuvo la sensación de que su hermano, al igual que los actores de la película, estaba luciéndose ante una cámara. Sus movimientos eran medidos y calculados al milímetro, vanagloriándose en todo momento de lo dura y grande que la tenía.  Como si la bestialidad que nacía de su entrepierna fuera un regalo divino para gozar y regalar placer. Además había adoptado una posición que, desde donde estaba, se contemplaba su hermoso nardo con absoluta claridad.

Se deleitó durante unos segundos con la brillante cabeza rojiza, que se escondía y salía al exterior por el dorso de su mano. Por momentos le parecía la enorme cabeza que salía y se metía en su caparazón. En otros momentos, creía ver un manjar de lo más exquisito.

Aunque seguía pareciéndole  la  mayor de las depravaciones.  Otra vez lo volvió a asaltar  el deseo de envolverlo con sus labios. En esta ocasión se dejó llevar un poco y se relamió los labios pensando cómo sería saborear el fastuoso  capullo que lo tenía completamente hipnotizado.

Como si estuviera avergonzado por disfrutar de todo aquello, desvió la mirada y se encontró de lleno con lo que se mostraba en la pantalla, los  labios de una actriz envolviendo una polla que, con los trucos propios de la cámara, parecía de dimensiones gigantescas. Aquellas imágenes, en  lugar de disminuir sus problemas de consciencia, los acrecentó. De nuevo volvió a imaginarse chupando el nabo de su hermano y notó como la polla cimbreaba en el interior de sus slips como si tuviera voluntad propia.

Roxelio seguía masturbándose muy despacito, como si su meta no fuera alcanzar el culmen. Sin prisas de ningún tipo, proseguía deleitándose minuciosamente en la tremenda mamada de sexo enlatado que se estaba escenificando a escasos centímetros de él. Imaginó que su hermano era quien le hacía lo  que se veía en el televisor y un escalofrío de lo más placentero le recorrió de arriba abajo.

A pesar de que había salido con algunas muchachas, nunca lo había hecho el tiempo suficiente para que conseguir algo más que unos besos y unas caricias sobre  la ropa. La moral rancia de tiempos pasados, todavía seguía calando en la gente de su pueblo y sus alrededores. Por lo que  el sexo femenino seguía supeditando sus deseos al qué dirán y  priorizaban una buena reputación por encima del placer sexual.

A diferencia de la mayoría de sus compañeros de trabajo, nunca había ido de putas. Pagar a alguien para que lo satisficiera, chocaba con un enorme amor propio y un alto concepto que tenía de si mismo. Por lo que él único sexo que había practicado hasta el momento era la masturbación.  Ignoraba las sensaciones que proporcionaba una mamada. Imaginaba, por lo visto en múltiples videos,  que debería ser algo de lo más placentero. 

Sentirse deseado por la persona con la convivía estrechamente, además de alimentar su vanidad,  lo tenía tremendamente cachondo. A diferencia de su hermano, que se había empezado a sentir atraído por las  personas de su mismo sexo, él lo única imagen masculina que admiraba era su reflejo en el espejo.

Estar enamorado de sí mismo, no era ningún impedimento para desear tener a su disposición una boca que le proporciona la satisfacción que tanto ansiaba. Era tan poco escrupuloso al  respecto que no le importaba lo más mínimo que fuera la de su hermano. Por el contrario, veía a su hermano como una copia unos más joven que él y aquello lo ponía más cachondo. 

En sus planes entraba esperar que se acercara a donde se encontraba y, una vez allí,  pedirle que se agachara ante él e imitara a las chicas de la película. Como no estaba dispuesto a chupársela, para eso era él quien  tenía ganas de polla y se pasaba todo el día mirándosela, había preparado la calabaza para que se masturbara con su ayuda y, untando un poco de crema nívea por los bordes,  sintiera algo parecido a una boca alrededor de su polla. 

Sin embargo, las cosas no estaban saliendo según lo previsto y se estaba comenzando a impacientar. Que siguiera escondido y no  se atreviera a salir para unirse a la pequeña fiesta con todas las  insinuaciones que le había hecho ya, le llevó a pensar que sus anhelos no llegaría a cumplirse. Su hermano era demasiado tímido para atreverse a hacer lo que su cuerpo le pedía y él  no tenía el suficiente valor para arriesgarse a que todo fueran suposiciones de su mente calenturienta.

Ya habían transcurrido dos escenas de la película y German seguía inmóvil tras el muro.  Ya no tenía la plena seguridad de que sus miradas furtivas se debieran al deseo, podía ser solo curiosidad juvenil y lo había mal interpretado. Si hubiera estado en lo cierto, su hermano  lo habría acompañado. Más explícito no podía haber sido en su insinuación.

 Había llegado a tal punto de excitación que la polla no paraba de babearle liquido pre seminal. Como ya daba por hecho que su joven espía no se acercaría,  estimó  que no podría prolongar por más tiempo el momento de eyacular Por lo que supo que, si quería correrse, tendría que satisfacer su lujuria por su cuenta.

Cogió el aparato que había construido para su hermano y consideró que si él no lo iba a usar, se encargaría de sacarle partido. Volvió a comprobar que el orificio no arañaba, unto una ingente cantidad de crema Nívea en los bordes   y encasquetó su cipote en el circular hueco. 

German no podía creer lo que Roxelio estaba haciendo. Había cogido una calabaza y había metido su polla en el interior. Aquello, en vez de parecerle una tremenda guarrería, le pareció de lo más excitante. Si no le hubiera importado su  opinión se habría sacado la polla y se habría masturbado embelesado por el sensual espectáculo que le estaba brindando. 

Su  hermano mayor había introducido su churra en el objeto anaranjado y se había puesto a mover las caderas estrepitosamente.  Daba la impresión que se lo estuviera follando. Verlo en aquella actitud, propició que se pusiera mucho más caliente de lo que  ya estaba.

Tuvo la impresión de  que su actitud hubiera cambiado por completo.  Si en un principio sus movimientos estaban envueltos en una libidinosa parsimonia, habían pasado a ser algo más frenéticos. Daba la sensación que de no tener prisa por llegar a la meta del placer, hubiera pasado a querer traspasarla en cuanto antes mejor.

Mientras con una mano aguantaba la calabaza para que no se moviera, con la otra se acariciaba las tetillas indistintamente. El morboso gesto que se pintaba en su cara al hacer aquello, era de lo más seductor. Ver como los dedos de su hermano se paseaban por aquel pecho peludo y perfecto, acrecentó las ganas de compartir aquel momento con él.

La firme convicción de que su hermano lo rechazaría o se enojaría con él, lo tenía clavado al suelo y era incapaz de permitir hacer  a su cuerpo lo que este le pedía.  Por más que el deseo se apoderara de él, era capaz de controlar sus instintos más primarios y no sucumbir ante lo que él solo podía considerar como una tremenda locura.

Se tocó la verga por encima de la ropa interior y clavó su mirada en el rostro de su hermano. Que a pesar de la corta distancia que los separaba, se le antojaba muy distante.  Lo había visto multitud de veces alcanzar el paroxismo, pero como siempre había estado centrado en alcanzar su placer particular, nunca había tenido la ocasión de fijarse en la multitud de expresiones que se daban cita en su rostro. Un abanico de muecas que no pudo evitar contemplar con cierta estupefacción.

En un primer momento, seguramente cuando notó que el orgasmo estaba a punto de arribar, cerró los ojos como si quisiera que el subconsciente lo transportara al preciso momento que tanta lujuria le aportaba.

Sobrepasada esa porción de tiempo,  apretó los dientes como si un dolor inconmensurable lo asaltara,  cuando en realidad era todo lo contrario. A continuación, abrió la boca para lanzar un bufido y durante unos segundos estuvo jadeando compulsivamente. Sus movimientos recordaban una especie de coreografía, donde cada espasmo de su cara se correspondiera con un trallazo de leche que vaciaba en el interior de la calabaza.

Conforme la expresión de Roxelio fue alejándose de las convulsiones y aproximándose   a la normalidad, tuvo claro que el show no iba a continuar. Si no quería que su hermano lo pillara espiándolo, tenía que regresar a su cuarto.

Tenía la churra como una piedra y unas ganas locas de masturbarse. De no haber tenido tanto miedo a que su hermano descubriera sus inclinaciones sexuales,  se habría masturbado allí mismo. Con la inspiración del cuerpo de aquel macho desnudo.    Por lo que, intentando por todos los medios hacer el mínimo de ruido y pasar desapercibido, se dirigió cauteloso hacía la habitación.

Una vez cerró la puerta, libre del yugo que suponía  tener que dar explicaciones de algo que no acababa de entender, se dispuso a meneársela y acabar con la dolorosa erección que soportaba. No obstante, la imagen de su hermano follándose a la calabaza no se le iba de la cabeza y la ingente cantidad de esperma   derramada en su interior le resultaba de lo más atrayente.

Durante unos segundos intentó rechazar el  demencial propósito de salir de la cama y atrapar entre sus manos la cosa naranja donde había estado el miembro viril de Roxelio. Donde había depositado su esencia vital. Se dijo que todo se le pasaría cuando terminara de pajearse, que se le quitaría la calentura, pero cuanto más intentaba llegar al orgasmo más difícil se le hacía.   

Ni podía, ni quería resistirse a los seductores cantos de sirena que  resonaban en su cabeza provenientes del salón. Hasta que no acariciara el hueco por el que había penetrado el oscuro cipote que se había convertido en su fijación, no se daría por satisfecho.

 Sin hacer ruido, cogió una linterna y  salió al pasillo. Comprobó que su hermano había apagado la luz, por lo que supuso que tras el desahogo sexual se habría quedado dormido. Con la firme convicción de que no sería molestado, se dirigió con paso decisivo hacia el salón. Con la ayuda de la pequeña luz portátil localizó el objeto anaranjado. Seguía done lo habían. Con cierta inseguridad lo atrapó entre sus manos.

Imaginar que aquel cuerpo inerte había albergado la punzante virilidad de su hermano y que sus paredes estaban impregnadas con una de sus abundantes corridas, hizo que se le acelerara el pulso de forma desproporcionada. Se puso tan nervioso que por poco se le resbaló de las manos.

Siempre había visto la leche de su hermano derramarse sobre su peludo abdomen. Sin embargo, aunque en más de una ocasión, le había entrado ganas de tocarla para comprobar su espesor, nunca lo había hecho por pudor.

Con su hermano dormido, se sentía libre de poder hacer aquello que se había negado tantas veces y, sin meditar las consecuencias de sus actos, metió los dedos por el hueco inferior de la calabaza hasta el fondo. Creyó que a esa parte no habría llegado la crema Nívea  y el esperma estaría sin contaminar.  Una vez comprobó que así era, impregnó sus dedos con la blanquecina sustancia.

En un principio, su tacto le causó un poco de repulsión, pero le excitaba  con la idea de tocar el esperma de Roxelio que la sensación de asco desapareció tan rápido como vino.

Sacó una ingente cantidad y  tras extenderla por las yemas de sus dedos, llegó a la conclusión de que aquel semen era bastante más espeso que el suyo. Dejó el objeto anaranjado a un lado. Mientras se dejaba fascinar ante su libidinoso descubrimiento, se metió mano al paquete y se comenzó a pegar un soberano sobeo. Estaba tan cachondo que aquel simple magreo consiguió que sus slips se mancharan de líquido pre seminal.

Instintivamente, una vez se cansó de comprobar su densidad y viscosidad, puso a funcionar otro de sus sentidos, el olfato.

Lo olisqueó. Desprendía un aroma que no sabía identificar, pero que alimentaba su libido como nunca antes nada lo había hecho. Desinhibido por la situación, se sacó la verga fuera de la ropa interior  y se comenzó a masturbar, mientras se mordisqueaba el labio morbosamente.

Una vocecita en su cabeza le gritaba que aquello que estaba haciendo era una depravación. Otra le decía que ya bastante sufría en su día a día para desaprovechar los momentos que le hacían sentir bien. Desoyó  a la primera y, siguiendo el consejo de la segunda, se hizo una pregunta: «Si huele bien, ¿cómo debe de saber?»

Sin meditarlo demasiado se llevó los dedos a la boca y saboreó la densa sustancia lactescente. En el momento inicial, un regusto amargo invadió sus papilas gustativas, no obstante conforme su paladar se fue habituando al novedoso  sabor, le fue agradando más.

No contento con la cantidad de esperma que había ingerido, volvió a coger la calabaza y, sin dejar de pajearse, rebusco en su interior más cantidad de  la abundante  eyaculación de su hermano.

En el mismo momento que estaba chupándose los dedos golosamente, la luz del salón se encendió y  junto a la zona del interruptor, apareció su hermano desnudo, que blandía su  erecta polla erecta en una mano.

Irman, si te gusta la leche envasada, deberías probarla con denominación de origen.

La inesperada aparición de su hermano y en aquella actitud,  lo dejó como congelado en el tiempo. Su primera reacción fue subirse los calzoncillos y salir huyendo a su dormitorio. Pero percibir como  aquel semental peludo, caminaba hacia él, hizo que se le erizara los pelos de la nuca de la emoción. Comprobar que no estaba enfadado y que le mostraba provocativamente su erecta verga, habría un universo de posibilidades con los que no contaba y a los que no estaba dispuesto a renunciar.

Su mirada se paró en el rostro de Roxelio. En él  se pintaba una pícara sonrisa que rebozaba generosidad y complicidad  por los cuatro costados. Aquella permisividad de su hermano hacia lo que estaba sucediendo  le reconfortó  formidablemente. Sin apartar los ojos de su rostro,  dejó la calabaza donde la había cogido y caminó hacia él.

Las piernas le temblaban de la emoción, pero no estaba dispuesto a ceder ni un milímetro. Se sentía como un atleta que, en el momento de llegar a la meta, le faltaban las fuerzas, pero no estaba dispuesto a desfallecer lo más mínimo. No le importaba su coste.

Si tal como vislumbraba por las palabras y  el semblante de su hermano, sus deseos eran correspondidos. La vida le acababa de poner una oportunidad de oro para ser feliz. Era con quien más confianza tenía, la persona que lo conocía mejor y a la que más admiraba. Nada podía salir mal.

Sin mediar palabra alargó la mano hacia el hermoso tallo que surgía de la peluda entrepierna, calibró su fuerza en la justa medida y la apretó entre sus dedos. Un suspiro de placer explotó en los labios de Roxelio. Incapaz de controlar el desasosiego que lo invadía de los pies a la cabeza, le sonrió.

Estaba caliente y dura. Su simple contacto hizo que se le erizaran los pelos de la nuca. Buscó tímidamente los ojos de su acompañante y la enorme complicidad que vio en ellos, le dejó claro que estaba deseando aquello tanto como yo.

Tras recorrer con sus dedos la dura pértiga de carne, se dispuso a agacharse  para seguir  el consejo que le había dado,  probar el lugar de fabricación de la leche que tanto le había gustado. Pero en el momento que se dispuso a hacerlo, los brazos de su hermano se lo impidieron. Lo retuvo durante unos segundos en volandas, lo aplastó contra su pecho y, una vez tuvo sus labios a alcance de los suyos, lo besó.

Un agradable escalofrió los recorrió. Roxelio había estado con  alguna que otra chica. Pero ninguna le excitaba tanto, con ninguna sabía que después de las caricias y los prolegómenos vendría una mamada. Con todas sabía que el único sexo completo que obtendría sería el que le facilitara su propia mano

German era la primera vez que hacía aquello. Hasta hacía poco,  había fantaseado dándose un muerdo con alguna que otra chavala del pueblo, nunca entró en sus planes hacerlo con un chico y mucho menos con su hermano. Sin embargo, no tenía ninguna pega al respecto.  Una sensación desconocida que estaba lejos de parecerle desagradable se apoderó de él. La otra lengua buscó la suya y la sacó a bailar un retorcido baile que lo puso con los sentidos a flor de piel.

Roxelio no entendía muy bien porque había hecho aquello. Siempre había pensado que aquellas  sensiblerías  eran de maricones y él no lo era. Era más que obvio que tenía unas ganas locas  de que le chupara  la polla, pero era más el cariño y respeto que sentía por su hermano pequeño. Vio a German tan inocente, tan sumiso a sus caprichos que pensó que aquella pequeña muestra de afecto podía ser el justo pago por el placer que se disponía a regalarle.

El apasionado intercambio de fluidos se prolongó durante unos minutos. Momentos en los que German, perdida ya la vergüenza, se había afanado la vibrante polla que chocaba contra su pelvis y la masajeaba muy suavemente. Se sentía tan unido a su hermano que veía aquel erecto apéndice como una prolongación de su cuerpo.

Tan impetuosamente como su hermano aplastó su cuerpo contra el suyo, lo apartó de él. Mientras se relamía morbosamente el labio, le ordenó con un gesto que se agachara. Dócilmente el joven gallego se postró ante sus pies de manera que el moreno cipote quedara justamente frente a su rostro. Lo miró con deseo durante unos segundos y aproximó su boca a él.

A continuación, atrapó el pollón de su hermano entre los dedos y acercó su nariz a la punta de este. La olisqueó ligeramente. Era un aroma fuerte y penetrante que le resultó  de lo más gratificante. Sin pensárselo más, sacó la lengua y lamió tímidamente el rojizo capullo. Su sabor le agradó y siguió acariciando con su apéndice bocal aquel nardo.

De los labios  de Roxelio escapó un ahogado suspiro. Como si aquel sonido fuera el acicate que necesitaba para  dar rienda a sus deseos más primarios, German envolvió con sus labios el grueso tallo, abrió la boca y comenzó a chupar la babeante cabeza.

Instintivamente recordó la película porno que había visto hacia unos minutos e intentó remedar lo que había visto hacer a la actriz. Atrapó la polla de su hermano con una mano, mientras succionaba fuertemente el glande. El placer que sintió Roxelio fue tan intenso que, atrapando la cabeza de German entre las manos, la empujó contra su pelvis para que tragara una mayor porción de su virilidad, al tiempo que le decía:

—¡Joder, irman! ¡Cómo la chupas! Parece mentira que sea tu primeira polla.

El más joven de los dos consideró aquello un alago con todas las de la ley.  Constatar que su hermano estaba gozando con lo que le estaba haciendo hizo que una lujuriosa locura se apoderara de sus actos. A pesar de que se estaba atragantando con el moreno trabuco, prosiguió devorándolo como si la vida le fuera en ello.

Roxelio estaba complacido doblemente. Estaba recibiendo la prodigiosa mamada que tanto deseaba y se regodeaba en saber que  no se había equivocado en sus sospechas con respecto a su hermano pequeño.

Bajó la mirada y lo observó. Arrodillado ante sí, con su polla en la boca, le pareció tan desvalido, tan obediente que se excitó. Volvió a impeler la nuca de German contra su pelvis para que engullera mayor cantidad de su erecta masculinidad. Una pequeña arcada por parte de él, le dejó claro que debería ser menos brusco la próxima vez.

Chupar aquel nardo caliente e hinchado lo tenía a tope. Ansiaba llevarse la mano a la polla y masturbarse mientras devoraba aquel cincel de virilidad. No obstante, intuía que aquello no contaría con el beneplácito de su hermano y se contuvo.

Se dio cuenta que cuenta más ensalivaba la verga de su hermano, más dura se ponía, por lo que resumo toda la baba que pudo a lo largo de su tronco y, valiéndose de aquella lubricación natural, siguió masturbándolo enérgicamente.

Era tal el placer que su hermano pequeño le estaba proporcionando con su boca que Roxelio creyó que tocaba el cielo con la punta de los dedos. Presintiendo que, de seguir así se correría más pronto que tarde, le dijo a German.

Irman, menéatela. Estoy a punto de echar toda la leite  y quiero que te corras mientras te la tragas.

La petición volvió loco de alegría al pequeño. Sacó su churra de su encierro y, sin dejar de mamar con frenesí, se pajeó como si tuviera prisa por llegar al culmen.

Un quejido sordo por parte de Roxelio que apretó su cabeza contra su pelvis, fue el gesto esclarecedor que precisaba para tener claro que se iba a correr. Aceleró la velocidad de su mano al tiempo que intentaba abarcar con su boca todo lo que pudiera de aquel vibrante falo.

¡Eu cum! —Gruñó su hermano al tiempo que notaba como un torrente de líquido caliente inundaba su boca.

Unos segundos más tarde, sin dejar de engullir el caliente y sexual néctar, German alcanzaba el orgasmo entre espasmos.

No desperdició ni una gota de la copiosa corrida de su hermano.   No dejó de saborearla  mientras eyaculaba sobre el dorso de su mano y las losas del suelo.

Tras el momento del clímax,  durante unos segundos el silencio y el mutismo se apoderó de la habitación.

Roxelio, intuyendo que su acompañante se viera abrumado por la culpa, volvió a tener un gesto cariñoso con él. Metió cuidadosamente las manos bajo las axilas y lo levantó. Sin importarle que tuviera la boca llena de su esperma, lo besó. Tras unos apasionados segundos que su esencia vital se mezcló entre los dos, lo apartó delicadamente y le dijo:

—¿Te ha gustado?

El pequeño asintió con la cabeza, dejando ver en su rostro una tímida sonrisa.

—Pues cada vez que quieras, me tendrás aquí para ti. Mientras lo mantengamos en secreto, nadie podrá impedir que disfrutemos.

Diciembre de 1952

3                                                                 *****La Culona******

Paca no pudo evitar sentirse un poco triste. Con aquella implosión de esperma en su boca, se acababa la fiesta para ella. Ese dia no iba  a poder disfrutar de la dura y gruesa polla del Colgón en su culo. Pues había  cedido ese honor a una “amiga” suya: La reina de Grecia. Sin embargo, aunque no fuera merecedora de la maravilla que le colgaba entre las piernas al pescador, sería espectadora preferente y disfrutaría del momento sexual en primera fila. De la existencia de ese invitado a sus perversos juegos, no sabía nada su fornido semental. Era toda una sorpresa.

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