A falta de pan buenas son calabazas (1 de 2) Inédito

15 de agosto del 2010 (Después de cenar).

1                                                  ******German******

No da crédito a lo que acaba de ocurrir. Tanto él como su hermano, han confesado a los dos sevillanos sin ningún pudor que son amantes. Como si no fuera suficiente su descaro con aquella confidencia, Roxelio les había dicho que su padre conocía de sus encuentros sexuales y que los permitía.

 Sabe que solo permanecerán dos días en Combarro y, seguramente, nunca más a volver a ver a esos dos tíos. El plan no es otro que follar como descosidos el tiempo que permanezcan en su casa.  La cosa no ha comenzado mal, después de mucho tiempo se ha follado un culo ¡Y qué culo!

Hace tiempo que no se sentía tan satisfecho después de echar un polvo y no cambia el sexo con Roxelio por nada, pero de vez en cuando una variación se agradece. Sin embargo, la forma tan procaz que ha tenido su hermano de desvelar su vida íntima ante ellos, ha despertado su suspicacia. Conociéndolo, sabe que si está siendo tan franco es porque tiene   organizado algo más para JJ y Mariano. Confía en que no sea un desparrame de los que tanto le gusta y terminen arrepintiéndose.

Poco dado a entablar amistades con facilidad, está sorprendido por cómo se ha abierto ante aquellos dos hombres.  En un principio parecen dos personas normales y corrientes. Tendrán sus depravaciones como todo el mundo, pero al igual que Roxelio y él, parece tenerlas atadas en corto.

Otra cosa que le tranquiliza de ellos, a pesar de que tienen asumida su homosexualidad con bastante naturalidad es que no son un saco de plumas cada vez que hablan o se mueven. Es más, a pesar de lo moderno que son vistiendo, se les ve muy masculinos.

El artífice de todo aquel encuentro ha sido JJ. Él fue  quien entabló la amistad virtual con su hermano en una web de contactos sados y después de meses pajeándose ante la pantalla del ordenador, decidieron pasar a la acción del mundo real. Por lo que le ha contado Roxelio, Mariano ignora por completo  todo esto y le ha contado la trola de  que los conoce del trabajo. Algo que, con todo lo sucedido, no se sostiene de ninguna manera. 

A cualquiera le parecería disparatado que un hombre maduro pudiera ser tan inocente y manipulable como lo es el más joven de los sevillanos.  Sin embargo, él que convive con alguien capaz de mangonear al más pintado, no le extraña en absoluto. Al contrario, no puede evitar empatizar con él.

Es tan consecuente con su situación que es de la firme convicción que si su hermano mayor no se hubiera visto en la necesidad de contarle lo de la visita de los sevillanos, no se hubiera enterado de nada. Roxelio es mucho de presumir sobre no importarle demasiado lo que los demás opinen de sus actos, pero en el fondo necesita la aprobación de la gente que quiere. En especial de su hermano. De su amante.

Aun así, como el buen embaucador que ha sido siempre,  se las apañó para influenciar su respuesta, contándole  las ventajas sexuales que supondría  traer a aquellos dos desconocidos a su casa.  Con el dato que los dos tíos  poseían un buen físico y eran versátiles, con lo que tendría ocasión de encularlos, no fue extraño que respondiera afirmativamente. Es más lo engatusó de tal manera que acabó estando  ansioso porque llegará el día que los sevillanos arribaran en Combarro.    

Ignora si esa habilidad  que tiene de dirigir sus pensamientos existe porque es mayor que él dos años, o, si dado el carácter fuerte de Roxelio,  esa capacidad persistiría de no existir la diferencia de edad.

De lo que no hay ninguna duda, es que de no tenerlo a su lado para encausar su vida de la forma que lo ha hecho, no sería tan dichoso. No puede imaginar una vida en la que no tenga presente todo el amor que le da.

Gracias a su apoyo,   aunque no han salido del armario de cara a sus amistades, ha sabido asimilar su homosexualidad. No obstante tiene que reconocer que todo el mérito no fue suyo. En  ese menester contaron con la encomiable ayuda de su padre que, no solo le dio sabios consejos a ambos para que no vivieran de cara a la galería, sino que buscaran su propio camino para no ser unos desgraciados.

Mientras le dice a Mariano que él tomara un café solo, no puede evitar que su mente retroceda al momento en que comenzó todo. Cuando eran muchos más jóvenes, más inocentes y el sexo era un acantilado donde sumergirse sin pensar en las consecuencias.

Mayo de 1984

2                                                  ******German y Rogelio******

La adolescencia suele ser habitualmente la edad de los conflictos. La etapa  donde las personas se esfuerzan por dejar de ser unos críos, sin asimilar que todavía están preparado para la vida adulta. Los jóvenes de cualquier estamento social intentan buscar su lugar en el mundo, sin caer en la cuenta que ya llevan más de una decena de años en él.

Es la época que más huella deja normalmente en la personalidad  y las decisiones que se toman en este periodo suelen ser transcendentales. Es la fase  de la vida donde  la crueldad de unos pocos puede llegar a  marcar a algunos para toda la vida. Pues unos cánones de popularidad no escritos gobiernan la aceptación o no del grupo.

Para  German la adolescencia supuso tener que afrontar un montón de cambios de la noche a la mañana. Por decisión de su padre y de su hermano, para que no fuera un analfabeto como ellos, tuvo que ir a estudiar al instituto de Poio a unos pocos kilómetros de su villa. Un entorno hostil donde no conocía a nadie y  donde todo el mundo sacaba conclusiones apresuradas para juzgarlo.

Nimiedades como que su acento era más cerrado que ellos o que su padre era un humilde pescador, propició que el alumnado, estirado y clasista como ellos solos, le dieran completamente de lado. En poco tiempo, cuando los profesores no estaban presentes,  dejaron de dirigirse a él por su nombre y usaban el apodo despectivo del Cateto.  Lo que dio como resultado que cada hora que pasaba dentro de aquel Instituto fueran setenta eternos minutos.

Como la maldad del ser humano no tiene unidad de medida y no hay nada que haga sentir mejor a los mezquinos que saber que un prójimo lo pasa peor que ellos, les bastó averiguar su situación personal para meter el dedo en la llaga hasta hacer sangre.

Saber que German  se   había criado sin madre y que su padre pasaba largos periodos en alta mar, fue suficiente acicate para que el grupo de populares del centro de estudios considerara que no era digno de respirar el mismo aire que ellos.  Una desgracia particular  que sus compañeros de Instituto se encargaban de recordarle del modo más despiadado. Jactándose, cada vez que podían,  de lo estupendo que era tener una familia completa.

Curiosamente en Combarro  nunca había tenido la sensación de ser un desgraciado por no tener a sus dos progenitores. Su tía Gabriela había cumplido perfectamente el papel de madre y se había encargado de cuidar la casa, de él y de su hermano cuando su padre estaba de pesca en los caladeros.

Se había sentido arropado por la gente del pueblo que, en mayor o menor medida, le brindaban su cariño sin dejar nuca ver  que se compadecían de su situación.

Si a todo eso se le añadía su enorme timidez para entablar amistad con la gente, no era raro que todos lo consideraran una especie de verso suelto con el que nadie confraternizaba y al que todos, de un modo u otro, humillaban.

Para que aquel curso se le hiciera todavía más cuesta arriba, surgieron sus primeras dudas sobre sus preferencias sexuales. Aunque veía a las chicas guapas y sabía que más tarde o más temprano se debería buscar una novia, no despertaban su curiosidad sexual.

Algo que si lo hacían los cuerpos en ropa de deportes de sus compañeros. Sin embargo, era tan introvertido  que nunca se atrevió a mirar, ni siquiera disimuladamente, a algunos de aquellos muchachos. Lo último que necesitaba es que después de la tirria que le tenían, le terminaran poniendo el sambenito de marica.

Lo peor fue cuando, el subconsciente le gastaba malas pasadas y sentía como su polla crecía dentro de sus pantalones ante la presencia de los chicos que le parecían más atractivo de la clase. Sobre todo cuando adoptaban poses y gestos de machitos arrogantes. Algo que le excitaba enormemente y, por mucho que  le intentaba encontrar una explicación, no sabía a qué respondía ciertamente.

El sentimiento de culpa que lo embargaba era tremendo. Tenía en su cabeza un ovillo que  no quería desenredar, porque sabía que la respuesta que iba a encontrar no le iba a gustar en absoluto.

Sus impulsos hacia otros chicos le parecían de lo más sucio y descabellados. Actos prohibidos que eran mal visto por una sociedad en la que anhelaba integrarse. Para más inri, era incapaz de sentir deseos hacia el sexo opuesto, como se suponía que debía sentir.

Tanto más intentaba reprimir aquella fijación por los cuerpos masculinos, más obsesiva se volvía. Hasta tal punto que ya no solo se sentía atraído por sus compañeros en las clases de gimnasia, sino que llegó un momento que una camiseta ceñida o un pantalón ajustado despertaba su libido de un modo que le resultaba de lo más aterrador.

Lo peor era cuando llegaba a casa. Su hermano Roxelio, cuando su tía Gabriela se marchaba, acostumbraba a andar por casa en ropa interior. Verlo únicamente luciendo una camiseta de tirantas y unos calzoncillos como mucho, era todo un espectáculo de lo más morboso.  Circunstancia que le incomodaba y excitaba por igual.

Roxelio, a pesar de tener solo dos años más que él, poseía unos rasgos de lo más maduro.  Era bastante alto y un físico bastante fornido. Su tórax robusto estaba cubierto por una rizada manta de vello y, tanto sus piernas como sus brazos, lucían una musculatura producto del duro trabajo en la mar y en el campo.

 A ese conjunto de atributos de su virilidad había que sumarle unos seductores  ojos negros perfilados por unas grandes pestañas, unos labios carnosos, un mentón alargado y unos rasgos bastante agradables a la vista.

Si eso no fuera suficiente para despertar el deseo en German, en su entrepierna se marcaba un enorme bulto  que, dado los pequeños slips que lucía, no pasaba mínimamente inadvertido.

Un   recipiente de testosterona que era una tentación constante para German que no podía evitar, por más que se lo proponía, deleitarse con la desnudez de su hermano  e inevitablemente ponerse cachondo con ello. 

Si la atracción hacia los chicos del Instituto le parecía una aberración, quedarse mirando el paquete o el culo  de su hermano le parecía de lo más nauseabundo. Sin embargo, aquel canto de sirena constante lo atraía como la luz a las polillas y raro era el día que no tenía que hacerse  una paja  con la lujuriosa inspiración de aquella polla que se le antojaba tan apetecible. 

Era obvio que el Instituto lo había cambiado y para peor. Siempre lo había compartido todo con Roxelio y por  la primera vez tenía secretos para él. No le contó nada al respecto del ninguneo constante y los insultos de los chavales de Poio. También se guardó para sí, los sentimientos y deseos prohibidos que comenzaban a surgir en él. En el primer caso fue  para no preocuparlo, en el segundo por la tremenda vergüenza que le daba confesar la posibilidad de que pudiera ser maricón. 

No obstante, que sus labios permanecieran sellados no quería decir que su cuerpo y su actitud se encargara de hablar sobre lo que sucedía en su interior.

Su hermano mayor tenía una enorme devoción por él. Como si  su bienestar fuera responsabilidad suya, controlaba sin que se percatara de ello todo lo  que hacía y dejaba de hacer. Ignoraba el trato de sus compañeros, pero era consecuente con que no le iba todo lo bien. Que durante casi todo  un curso,  a pesar de lo reservado que era, no hubiera hecho ningún comentario de como le iba, era bastante esclarecedor de que no estaba siendo una experiencia agradable. 

Sin embargo,  respetó su decisión de guardarse aquello para sí y no se inmiscuyó para que no pensara que creía que todavía seguía siendo un crío.

Si no pudo ocultar sus problemas en el Instituto, tampoco pudo hacerlo con  los libidinosos deseos que el sexo masculino despertaba en él. Para alguien tan avispado y con un ego tan bien cultivado  como Roxelio, que sabía en todo momento quien lo miraba o dejaba de mirar,  fue fácil dilucidar  que German se fijaban más en el que de lo normal.  Más de una vez lo pilló mirándole el paquete.

Aquello, lejos de molestarle, le pareció de lo más sugerente. Sentirse deseado le daba un tremendo morbo.  La circunstancia de que fuera su hermano, la persona con la que compartía techo, no hizo más que acrecentar ese sentimiento. Aun así, por lo extraño que resultaba, no tenía claro si era real aquella atracción que había vislumbrado o simplemente se trataba imaginaciones suyas. De lo que estaba seguro es que no pararía hasta descubrirlo. 

Conociéndolo tan bien como lo conocía, sabía que si abordaba el tema de manera directa lo asustaría y no podría averiguar lo mucho o lo poco de verdad había en sus sospechas. Por lo que, se concienció de que se lo tendría que preguntar de manera indirecta y sin demasiadas presiones.

Su conclusión fue que indistinto del método que escogiera, debía ser uno que si estaba en lo cierto, dejara en evidencia a su hermano y, si sus conjeturas eran erróneas, no tuviera ninguna trascendencia.

Estuvo tentado de proponerle hacerse una paja juntos, del mismo modo que empezaron a hacerlo cuando eran más jóvenes. Siempre era el mismo ritual, se ponían un película porno, se ponían cachondos y terminaban realizando una especie de competición para ver quien expulsaba más cantidad de leche.

¿Cuántas veces al ver su hermano pequeño con la churra tiesa a su lado le entraron ganas de tocarla para comparar su dureza? ¿Cuántas veces le sedujo la idea de pedirle que se masturbaran mutuamente? Un deseo que murió en su garganta, porque temía que su reacción fuera negativa.

Si sus suposiciones eran correctas, el destino le estaba brindado la oportunidad de hacer realidad sus anhelos.

 El juego de las pajas en común, por muy morboso y placentero que le resultara, no duró demasiado. Empezó  siendo divertido, pero dejo de serlo con el tiempo,  pues el perdedor siempre era German. Para que no se sintiera mal por no conseguir eyacular la misma cantidad de esperma que él, Roxelio dejó de invitarlo a su cuarto para que se la meneara en su compañía.

Sin embargo, tan pronto como la idea se le vino a la cabeza,   desistió de ella. German no tenía de tonto un pelo y, después de tanto tiempo, una oferta así despertaría su desconfianza. En el caso que aceptara, algo que veía improbable,  estaría con los cinco sentidos en alerta y no encontraría la respuesta que buscaba.. 

La segunda idea  que se le ocurrió fue caminar desnudo por la casa y, en un momento determinado, buscando cualquier excusa tonta, pajearse delante de él. Pero tampoco le pareció algo natural y concluyó que no tendría éxito alguno. Lo más seguro que German, con lo retraído que era, se encerraría en su cuarto al verlo en bolas y no saldría hasta que hubiera comprobado que se había tapado la polla.

Su tercer planteamiento le convenció  más. Sería como una especie de trampa y si su hermano  acudía como la mosca a la miel, se aclararían sus sospechas. En caso contrario, se llevaría una pequeña decepción, pero evitaría dar comprometidas explicaciones. 

Tardó varios días en organizarlo todo. Cuidó hasta el mínimo detalle para que todo encajara como piezas en un engranaje. Cada cosa que hiciera debería ser como miguitas de pan que su hermano, si no estaba equivocado en su deducción, seguiría inevitablemente.

Como elementos indispensables de su perverso plan, buscó en su colección de películas porno una con  las mejores escenas de  sexo oral, se agenció una lata de crema Nívea y  una calabaza hueca alargada. En la parte inferior de esta última,  abrió un orificio con un  grosor aproximado al  de su nabo. Envolvió el hueco con cinta adhesiva, de tal manera que no arañara en lo más mínimo. Una vez comprobó que era así, dio por concluido los preparatorios.

No tenía muy claro que pretendía  conseguir con todo aquello, lo que si sentía era una enorme atracción por German y  no tenía ningún tipo de remordimientos al respecto. La  posibilidad de un acercamiento intimo con él,  por ínfimo  que fuera, lo excitaba y pasaba gran parte del día con el cipote duro.

Durante aquella semana dedicó la masturbación más de lo habitual, siempre que tenía ocasión se la meneaba en un intento de quitarse la obsesión que lo consumía de la cabeza. En ninguna obtuvo éxito. Todos y cada uno de los momentos que le dedicó al arte del onanismo, estuvo imaginando como sería compartir su cuerpo con su hermano menor.

La noche elegida para su propósito fue la noche de viernes. No tenía que trabajar el fin de semana y su tía Gabriela no volvía hasta el lunes. Si tenía suerte en su intento, tendrían todo el fin de semana para profundizar en lo que se le antojaba una novedosa y excitante experiencia. 

Durante la cena, German notó un poco extraño a su hermano, estaba menos hablador de lo normal y  en las cuatro anécdotas  que le contó, tampoco profundizó demasiado. Estaba como ausente, como si tuviera alguna preocupación que no quisiera compartir.

Después de recoger la mesa y fregar los platos,    se sentaron en el sofá a ver la tele,  tenerlo tan cerca con una simple prenda interior por la que se le escapaban unas pequeñas matas de vello púbico lo tenía con el pulso acelerado e incapaz de concentrarse en lo que ponían en la caja tonta.

Estaba tan nervioso que cambió tres o cuatro veces de canal sin razón alguna. Para su sorpresa, su hermano no protesto siquiera.  Tuvo la sensación de que no tenía ningún interés en ver ninguna película o programa de los que echaban. Como si estuviera deseando meterse en la cama.

—¿Qué te pasa, irman? —Le preguntó, preocupado.

—Nada que hoy he tenido un día muy duro en la Lonja y estoy canso.

—¿Quieres que nos vayamos a dormir?

—Mañana, no tengo que currar, puedo estar un pouco tempo contigo, nunca lo hacemos.

—Pero si estás cansado, te vas a quedar dormido a la primeira de cambio.

Roxelio miró a su hermano con cierto desdén, le sonrío generosamente  y le respondió:

—Está ben. Tampoco ponían nada que mereciera la pena.

Tras darse su habitual beso de buenas noches, cada uno se dirigió hacia su dormitorio.

No había conciliado todavía el sueño German, cuando oyó unos ruidos procedentes del salón. Al principio no sabía de qué se trataba, pero poco a poco  identificó el sonido perfectamente, su hermano había puesto la televisión. «De cansado que está, no puede ni quedarse dormido», pensó mientras vacilaba entre darse la vuelta o acompañarlo.

 La simple idea de que se quedara dormido junto a él en el sofá poder regodearse con la visión del bulto que se marcaba bajo sus slips, le pareció de lo más atrayente. Sabía que si hacía eso, tendría que terminar pajeándose y que después se sentiría mal. Habían sido ya tantas veces que cada vez la sensación de culpa era menor.

Sin embargo, fue identificar el tipo de película que estaba viendo su hermano y si en algún momento se había planteado quedarse en la cama, le pareció la opción menos valida del mundo.

«¡Carallo, vaya con el Roxe!, me suelta que está muy cansado y ahora se pone a meneársela», se dijo mientras se ponía las zapatillas y se disponía a salir de su habitación para echarle una pequeña bronca.

Fue ver a su hermano en medio del salón, con los calzoncillos bajados hasta la rodilla y con la polla dura en la mano para que su pequeño enfado se le pasara de inmediato. Nada más que por brindarle aquel pequeño espectáculo, se le perdonaba cualquier pequeño embuste que le hubiera metido.

Estuvo tentado de ir con él y rememorar sus primeras pajas. No obstante, recordó la humillación que suponía que Roxelio echara la doble cantidad de semen que él y concluyó que debía volver a la cama sino quería castigar más su ya maltratado amor propio.

No había dado ni dos pasos hacia su dormitorio y una idea malsana le vino a la mente. Su hermano mayor se había colocado en el centro de la sala. Un lugar que se dominaba perfectamente desde una esquina del pasillo anterior a su habitación. Era un sitio tan estratégico que, escondido tras de la ancha columna Roxelio no lo vería en absoluto, por lo que podría pasar desapercibido mientras lo espiaba.

Convencido de que no sería descubierto, se puso a otear lo que ocurría justo delante de la televisión. Movido por la  excitación  que le insuflaba  lo que se veía en la pantalla, se había desprendido de la escueta prenda interior y se había quedado completamente desnudo.

2 comentarios sobre “A falta de pan buenas son calabazas (1 de 2) Inédito

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.