¿Cómo de profundo es nuestro amor? (2 de 2) Inédito.

Mariano

El domingo anterior (12 de mayo de 2002)

—Oye, mi vida, ¿de verdad estás seguro  de lo que vas a hacer? Esa gente no me conoce de nada y nos le puedo causar una buena primera impresión—Pregunté esperando con todas mis fuerzas que la respuesta fuera positiva.

—Sí, le he preguntado a Berto y me dicho que sí. No hay ningún problema.

—¿Pero es que no conozco a nadie? No sé de qué voy a hablar con ellos.

—Son gente muy normal les gusta, como a mí, las exposiciones, el teatro, el cine, la música, restaurante… De todas esas cosas sabes tú un montón.

La verdad era que no. Los pocos museos y galerías que había visto, lo había hecho con él. Conocía de Teatro las cuatro obras a las que él me había llevado y de los demás temas sabía bien poco. Había estado tan volcado en los estudios los últimos años que no había tenido tiempo para cultivar mis ansias culturales y, a lo más que había llegado, era a leer algún que otro libro de literatura clásica.

Me imaginaba aquella gente hablando de sus aficiones y me veía  con la misma cara de imbécil como cuando mis colegas del barrio se ponían a comentar las mejores jugadas de las últimas jornadas de la liga de futbol. Mis conocimientos sobre la materia llegaba a ver los derbis, Sevilla-Betis, Real Madrid-Barcelona y los partidos de la Selección Española. Poco más.

—Anda, no te pongas nervioso —Me dijo cogiéndome la mano para tranquilizarme —El único que es un poco plasta con las conversaciones que saca, y que a nadie le interesa, es Berto que, como es empresario, de vez en cuando se pone a hablar de la Bolsa y de política internacional. Pero eso con que te leas un par de periódicos, tú que estás acostumbrado a empollar, sabrás estar a la altura de las circunstancias. Veras, como sale todo bien.

Las palabras de mi chico se quedaron grabadas en mi cabeza y, como si fuera una especie de examen de fin de carrera, me estudié el nombre de todas los artistas que había expuesto sus obras en Sevilla, las obras de teatro y ópera que habían venido a la ciudad, los restaurantes, las películas más premiadas… Hasta me dio tiempo de empaparme de la actualidad financiera. Reconozco que esta, por los cinco años que había pasado en la Universidad trabajando sobre dicha materia, me resultó la más fácil.

Domingo 19 de mayo de 2002

La verdad es que mereció la pena el esfuerzo. Nuestro anfitrión, no sé por qué, me empezó a preguntar de las materias que me había empapado como si fuera una especie de prueba. El tío mostraba la mejor de las sonrisas y era un dechado de amabilidad, pero era más que obvio que con su proceder, estaba cuestionando mis conocimientos de un modo que me resultó hasta un poco insultante.

Haciendo gala de la misma simpatía y amabilidad falsas que él, respondí a todas y cada una de sus preguntas de la mejor manera que pude. Muy mal no lo tuve que hacer porque se le quedó una cara de tierra trágame de lo más apabullante.  

No entendía para nada por qué se mostraba así conmigo, todos los comentarios que habían llegado sobre él habían sido positivos. ¿Qué coño le había hecho yo para que me tratara de aquel modo?

Y en el momento en que te vas deambulando lejos de mí, 
quiero sentirte entre mis brazos de nuevo.

Enrique

Los nervios habían dejado de atenazar su pecho. Su chico había causado sensación y, por la forma de comportarse, se veía que estaba a gusto entre sus amigos. Cada vez tenía más claro que, nadie le iba a comentar de sus deslices, estaban más interesados en llevárselo a la cama que en hacerlo enfadar. Comprobar que su chico despertaba aquellas pasiones, propició que su pecho se hinchiera de orgullo.

Estaba acostumbrado que la gente nueva causara sensación entre sus amistades, pero el espectáculo que estaban dando sus cinco amigos revoloteando alrededor de su novio como quinceañeras en busca de un autógrafo de su ídolo, le pareció de lo más surrealista.

Lo más dantesco de todo es que no veía que  alguno pudiera tener alguna oportunidad con su chico. Álvaro con la tripa que se gastaba a sus treinta y largos años, el único atractivo que tenía era su abultada cuenta corriente. Nacho y Beltrán por mucha ropa cara que se pusieran, por mucha dieta que hicieran presentaban un aspecto bastante demacrado para sus cuarenta años.

Los únicos  a los que veía que estaba un poquito en el encaste de Mariano era Borja  y Carmy Ordoñez. El primero a pesar de que no era muy alto tenía un físico portentoso, pero como se gastaba tanta pluma, era abrir la boca, se escapaba el genio de la botella y pasaba de ser un culturista guapo a una mariquita con músculos.

Sin embargo, a Carmy había que darle de comer aparte, no solo era un moreno guapísimo con uno encantadores ojos azules, el tío no descuidaba para nada su físico y, por mucha resaca que tuviera, no faltaba nunca al gimnasio. Era la mejor persona que te podías echar a la cara, pero vicioso como él solo. Pero  por mucho que le gustara  el alcohol, los porros y la coca,  más le gustaba echar un buen polvo.

Un bisexual confeso que se tiraba a  todo bicho viviente que se le ponía a tiro. Enrique era de la firme convicción que su chico sería una prueba no superada para él. Máxime cuando no tendría ocasión para ello, pues Mariano se marcharía antes que la gente del catering y no estaría para el final de fiesta.

Una orgia a la  que Berto únicamente  había invitado solo a sus más allegados: A Enrique y sus otros cinco invitados , El Gato, dos de sus putitas y un tipo desconocido de los que su anfitrión no había dado más datos.

Incluyendo al anfitrión de la fiesta, serían un total de once personas. Cuatro de ellas se incorporarían al local cuando los otros  invitados y el personal encargado de la vigilancia y los camareros se marcharan. Su novio no se quedaría para lo que se preveía como una tremenda orgia para los sentidos.

Aunque sabía que no se comportaba todo lo bien que debía con Mariano , lo quería un montón y confiaba en él como en nadie. Así que podía dejar que sus amigos  le tiraran los tejos que, lo máximo que iba a conseguir, sería una disculpa por parte de Mariano si alguno se propasaba. Cosa que, dada la hora que era, ninguno iba a hacer pues todavía la casa estaba transitada por muchos conocidos del mundo empresarial de Berto y no era lo mismo soltar cuatro plumas, que meterle mano a alguien.

Para mayor tranquilidad, antes del almuerzo  actuaría un coro rociero de Coria, que el dueño de la casa  había contratado para amenizar a sus invitados, por lo que el personal todavía estaba más pendientes de  los entresijos de la fiesta y de hacer vida social que de otras cosas.

Si a eso se le añadía que todo el mundo le había cogido un pellizquito de envidia por tener el pedazo de novio que tenía, vació sus pulmones de nerviosismo  y los llenó de soberbia. Por primera vez en todo el día, comenzó a concluir   que lo de invitarlo había sido una muy  buena idea.

Lo que no entendía muy bien fue la actitud de Berto con su chico. Si no supiera que él estaba por encima del bien y del mal, que lo suyo era solo sexo del guarro, pensaría que se había puesto celoso y había intentado humillarlo. Menos mal que su chico había sabido estar a la altura y no solo había demostrado no ser un cateto inculto del tres al cuarto, sino que había dejado claro que era una persona bastante preparada e instruida.

Me mantienes caliente con tu amor,

Entonces suavemente te vas.

Mariano

No sé qué le sucedió a Berto  conmigo, normalmente no suelo caer bien a la gente de entrada, pero tampoco despierto esa acritud. Siempre he sido consciente de que mis rarezas y mi particular forma de ver las cosas, hay muchas personas a las que le choca, pero lo sucedía era una hostilidad más palpable.

 Por momento, en vez de conversar amigablemente, me sentí que estuviera poniendo a prueba mis conocimientos, de un modo tan exhaustivo y abrumador que me empecé a agobiar un poco. Fue como si me estuviera atacando por algo que hubiera hecho, algo a lo que no veía explicación pues sus amigos no paraban de agasajarme para que me sintiera bien.

Ignoro si fue porque se le acabó la batería de preguntas o porque se dio cuenta de que el vaso de mi paciencia estaba a punto de rebosar. El caso es que, del mismo modo que comenzó su interrogatorio, lo dio por concluido. Se excusó, más por educación que por respeto a nosotros, y se fue a tomarse una copa.

Pero que nuestro anfitrión diera por terminado el tercer grado al que me había sometido, no quería decir que los cinco amigos restantes de mi amigo estuvieran dispuesto a dejarme un respiro y, aunque sus preguntas eran  más frívolas, no me resultaban menos incomoda.

—¿Desde cuándo conoces a Enrique? —Me preguntó un treintañero rubio que, por la forma  que se le marcaba la ropa, le echaba unas cuantas horas al gimnasio a la semana, sino haciendo deporte, tomando anabolizantes.

Respondía al nombre de Borja y, según me pude enterar más tarde,  su padre era el principal accionista de una cadena de hoteles andaluzas.

—Recién acabamos de cumplir ocho meses —Dije mostrando la mejor de mis sonrisas, para que no se notara demasiado que me estaba empezando a hartar de tanto interrogatorio.

—¿Y dónde te ha tenido metido tanto tiempo? —La pregunta de Carmy era de lo más amable. A pesar de que tenía una voz ronca, sonaba tan seductora que se hacía de lo más agradable.

La verdad es que el hijo del torero era de los hombres más guapos que había visto en mucho tiempo. Era más alto que Enrique, con lo que mediría casi uno noventa y poseía un cuerpo musculado pero sin excesos. Aunque lo más gustaba de él era su sonrisa perfecta y sus preciosos ojos azules.

—¡Chiquí, que te he hecho una pregunta! —Me dijo zarandeándome levemente el brazo, pues me había quedado ensimismado mirándolo. ¡Se trataba del tío más guapo que había visto en mucho tiempo!

No supe ni que decir ni que hacer. Por la forma que sentí como subía el rojo a mis mejillas, me tuve que sonrojar de lo lindo.

—¡Ay, mira se pone colorado! —Me dijo Beltrán un cuarentón bastante metidito en carne que el único atractivo que transmitía era su simpatía y su buen gusto para vestir. El tío estaba hecho todo un pincel.

—¡No te metas con el chaval! —Intervino Nacho, un calvete de treinta y largos años que, a pesar de que no era feo, sus ademanes exagerados intentando hacerse el gracioso me resultaban de lo más chocante.

Por las carcajadas histriónicas que soltaron sus amigos a coro, el único que no entendía su sentido del humor era yo. Menos mal que su aparente chiste hizo que Carmy se olvidara de que no le había dado respuesta a su pregunta. Quizás porque no la tuviera.

Lo que no impidió que los elitistas amigos de Enrique prosiguieran con sus preguntas. Me sentía como un mono de feria que tuviera que pasar un casting para entrar en el zoo.

El único que, a pesar de que no se apartaba de mi lado ni un segundo, no me agobiaba con su parloteo,  era Álvaro. Por la forma de comportarse me recordó a mi amigo Jaime. Tan tímido que solo se hacía notar lo imprescindible.

Por la forma de agasajarme y de intentar caerme simpáticos, aquellos cinco  me recordaron a las mariquitas locas que me acosaron en el primer bar de copas de ambiente gay que pisé. No obstante, ya no estaba tan verde y, según pude comprobar por la cara de mi ex, estaba sabiendo mantener la situación bajo control y no haría falta que viniera a rescatarme.

En un momento determinado, una vez comprobaron que Berto estaba lo suficientemente lejos, cesaron con su impertinente interrogatorio. Observé como cuchicheaban muy discretamente entre ellos. Era obvio que sus cotilleos recaían sobre su anfitrión. No tenía base con la que comparar porque no conocía al empresario de nada, solo sabía de él lo que me había contado mi chico. Sin embargo, no sé por qué, tuve la sensación de que había perdido los papeles y había intentado hacer el gracioso  dejándome en evidencia.

En un momento determinado noté como mi recién inaugurado club de fans me abandonaba.  Por lo visto había una actuación antes del almuerzo: el coro rociero de Villamanrique.

Y puede que pienses que no me preocupo por ti, 
cuando en el fondo sabes que sí.

Berto

Había perdido demasiado tiempo con el novio de Enrique y había desatendido sus obligaciones como anfitrión. Tras pedirse una copa, buscó al encargado del catering y le dijo que contara los presentes discretamente para ir   preparando el almuerzo  mientras que actuaba el grupo rociero.

No entendía muy bien por qué había atacado de aquel modo a Mariano. No se reconocía perdiendo tanto los papeles intentando dejarlo en evidencia y ningunearlo.  A pesar de que ha salido airoso y ha demostrado ser lo que él no pensaba que fuera, no supone ninguna competencia en su relación viciosa con Enrique. Pues podría  ser inteligente, guapo y bastante más joven que él, pero nunca sabrá darle a su chico lo que él necesita.

Lo peor es que su comportamiento fuera de lugar y desproporcionado dará que hablar un poco entre las víboras que se consideran sus amigos. Aunque le da un poco igual lo que puedan decir, saber que lo harán a su espalda y que no podrá replicarles, propicia que una impotente rabia broté levemente en su pecho. Por lo que una maldad, para dejar claro que ninguno le llegaba a los tobillos, pasó por su cabeza.

Aunque le había costado mover un montón de hilos para que la agrupación musical cantara en su casa  y sabía que si llevaba a cabo lo que tenía en mente se perdería gran parte del pequeño concierto. Pero por mucho que le gustara ver cantar aquella gente, más le atraía poder llevar a cabo la idea que comenzaba a brillar en su cabeza y que, a cada segundo que pasaba, le ponía más cachondo. 

Organizó  un poco a sus subalternos y le dio instrucciones a su persona de confianza en la casa para que todo saliera según lo establecido. Una vez comprobó que todo el mundo está atendido, buscó a Enrique para llevar a cabo su morboso plan.

Porque vivimos en un mundo de tontos,
que nos destruyen cuando deberían dejarnos vivir en paz.

Enrique

En el momento que el dueño de la casa lo llamó, sabía que no podía negarse. Era parte del precio que debía pagar por formar parte de su  exquisito círculo de amistades.

De las personas de su grupo, la única que no se percató de que Berto lo había llamado había sido su novio. Estaba tan absorto por el espectáculo musical que se daba a escasos metros de ellos que el mundo a su alrededor había dejado de existir. Aun así, lo sacó de su ensimismamiento y le susurró al odio  la mentira de que iba al baño.

Asintió con la cabeza, pero apenas pestañeó. La capacidad de concentración de su chico cuando algo le apasionaba, le parecía asombrosa.  A veces le molestaba porque parecía que lo ignoraba, en esa ocasión agradeció aquella  total entrega suyas a todo lo relacionado con su fe.

—¿Te apetece un tirito? —Le susurró su amante en el momento que llegó a su lado. A pesar de que su voz ronca le pareció de lo más sensual, la forma en que invadió su intimidad a la hora de hacerlo, le produjo bastante incomodidad.

Su mensaje era un canto de sirenas al que no se podía resistir. Volteó la cabeza para ver en lo que estaba su novio y cuando comprobó que seguí sumergido en los cantos del coro, asintió efusivamente con la cabeza.

Sabía que con el empresario la droga siempre llevaba aparejado algún tipo de sexo, pero no le importaba lo más mínimo que le chupara los pies y la polla con tal de poder esnifar el preciado polvo blanco. Seguramente fuera algo rápido, por lo que Mariano no tendría tiempo de echar de menos su presencia.

Berto le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera y furtivamente abandonaron el salón de la casa para encaminarse a las estancias privadas cuya entrada estaba vigilada por un guardia de seguridad  quien, al tratarse del dueño de la casa,  los dejó pasar sin ningún problema.

A pesar de que no tenía el suficiente coraje para cuestionar a la cara a Berto su comportamiento, no podía evitar repetirse que el hombre estaba muy raro. Con lo reservado  que era de cara a la galería con su vida íntima, estaba dejando pensar a sus invitados que se estaba escabullendo en plena fiesta para echar un polvo, Pensó que el ingenuo de su novio era el único de la reunión que no se había dado cuenta de las perversas intenciones de su anfitrión.

No se encontraba nada de cómodo, pero sabía que no tenía más remedio. Por mucho que quisiera a Mariano, no estaba dispuesto a renunciar al mundo de lujos del empresario. Lo peor era que, aunque se repetía una vez y otra que no, que ninguno de los dos significaba nada para el otro, la realidad era otra. Lo que compartían Berto y él  comenzaba a parecerse peligrosamente a una relación. No sabía si tenía fuerzas ni ganas para mantener una relación de tres.

El dormitorio del dueño de la casa era más espacioso que los demás y solo albergaba una cama. Mientras observaba como sacaba la droga de la papelina y la extendía sobre una pequeña placa de cristal, no pudo reprimir que sus sentidos se pusieran a flor de piel. Un sentimiento de ansiedad contenida comenzó a latir en su pecho cuando vio  aquellas dos rayas finas de coca que su amante se encargaba de extender con presteza sobre la transparente superficie.

Le gustaba creer que no estaba enganchado a aquella mierda, que la tomaba solo para sentirse mejor, para darle un alegrón al valle de monotonía que era su vida. Sin embargo, cada vez tenía más clara su dependencia y, aunque durante un tiempo estuvo sin tomar nada, el retorno de su pequeña adicción era un caballo desbocado que no podía controlar.

Berto le dio un pequeño canuto de cartón y le invitó a que se lo metiera por la nariz. Aspiró fuertemente y dejó que el polvo blanco se extendiera por su organismo. Mientras esperaba que el correspondiente subidón lo transportara a un lugar donde dejaba de ser el fracasado que consideraba que era y cualquier cosa era posible, observó a su amante esnifar su ración de felicidad. Una felicidad  que era como un paseo en una montaña rusa y de corta caducidad.

Durante el tiempo que le duraba el subidón el mundo exterior dejaba de existir y en aquel momento su universo estaba comprendido únicamente por el  hombre que tenía frente a sí y él. Era tal la simbiosis que llegaba a compartir  con aquella persona que, cualquier cosa que le pidiera o hiciera era admitida sin rechistar.

En el momento que se sentó en la cama, se abrió la bragueta y sacó su gruesa polla al exterior, pidiendo que se la chupara. No es que no se sintiera denigrado en lo más mínimo, sino que  se puso cachondo al momento. Al llevarse la mano al paquete notó como comenzaba a empalmarse a pasos agigantados.

Y es a mí a quien tienes que demostrar…

¿Cómo de profundo es nuestro amor?

Berto

Si en algún momento se preguntó los motivos que le impulsaban a hacer aquella locura, desde que el estimulante alucinógeno comenzó a hacerle efecto no le preocupo lo más mínimo.

Estaba súper excitado, tenía una erección de caballo desde que la idea de tener sexo con Enrique mientras el coro actuaba se le pasó por la cabeza. Contemplar como aquel hombretón de más de metro ochenta se arrodillaba ante él para hacerle una mamada, lo puso aún más cachondo.

Poder someter a aquel hombre iba más allá de lo sexual, era una especie de revancha  por todo el tiempo que Cristóbal y Nando, el padre y el tío de su mejor amigo,  lo sometieron como la peor de las putas. Enrique se parecía tanto a Cristóbal  que no le era difícil imaginar que quien satisfacía sus caprichos era aquel tanto lo denigró cuando la inocencia todavía caminaba junto a él.

Normalmente lo que le pedía es que se dejara chupar todo el cuerpo y se sometiera a sus caprichos.  Sin embargo, después de ver que su rival no era tan poca cosa como él esperaba, su único interés pasaba por humillar a su amante. Dejarle claro quién era su dueño y señor. Que por mucho que le gustara estar con aquel pueblerino, le pertenecía en cuerpo y alma.

Sabía que Enrique no era mucho de ir practicando el sexo oral por ahí, sino que era algo que practicaba en contadas ocasiones. Por lo que “obligarle” a que se tragara su nabo después de calmar su pequeña adicción, le pareció todo un triunfo.

La sensación que tuvo al verlo colocarse entre sus piernas, de un modo tan sumiso, que parecía un cachorrillo disciplinado   que atendiera las ordenes de  su amo. Le gustaba tensar la cuerda, sumir a su voluntad a Enrique como si fuera una especia de prueba a superar. Pues aquellos teatrillos sobreactuados le excitaban tanto o más que el mismo sexo.

Conforme los labios de aquel atractivo hombre se acercaba a su entrepierna, fue notando  como la polla se le ponía todavía más dura. En el momento que aquella lengua toco su glande, creyó que tocaba el cielo. Tanto que tuvo que hacer un esfuerzo para no correrse y llenarle la boca con toda su leche.

 Aunque sabía que no tenía demasiado tiempo, pues la actuación del coro eran apenas treinta minutos, tampoco quería que su humillación de Enrique pasara por ser un momento de eyaculación precoz. Así que se ató los machos e intento aprovechar los escasos treinta minutos de que disponía.

¿Cómo de profundo es nuestro amor?

¿Cómo de profundo es nuestro amor?

Enrique

Olisqueó ligeramente la cabeza de aquel grueso mástil de carne. El aroma a orín y a sudor que desprendía lo ponía  de lo más calentorro. Tras dar unas lengüetadas a la morada cabeza, intentó tragarse hasta la base el duro trabuco.

No tenía demasiada experiencia en chupar pollas, pero la de aquel tipo tan gorda, tan dura y con una vena ancha que recorría todo su tronco lo ponía muy cerdo, por lo que no le importaba que aquel glande sonrosado le destrozara la campanilla, ni la sensación de ahogo que le producía no poder respirar bien.

Siempre se había considerado un macho empotrador, activo cien por cien. Es más, era algo de lo que presumía como si fuera una medalla ganada en una encarnizada batalla. Pocas veces se dejaba tocar el culo y dominar a sus amantes de forma bestial le ponía un montón.

 No obstante con  Berto le sucedía algo que ni él mismo entendía. Aquel cipote oscuro, con una anchura mayor de lo normal, tan duro y vigoroso le gustaba a rabiar. Tanto que era capaz de sacar su lado más sumiso y se transformaba en la peor de las putitas.

Una vez acomodó su cavidad bucal para que pudiera engullir casi por completo aquel pollón. Comenzó a mover la cabeza de arriba abajo, sacando y metiendo el caliente cilindro de su boca hasta que le rozaba la garganta y le provocaba unas leves arcadas. Pero no le importaba pues su amante no dejaba de jadear y eso quería decir que lo estaba haciendo bien.

Como su amo sexual no le había dado permiso para masturbarse, únicamente se permitía acariciarse la verga por encima del pantalón. Le costaba admitirlo, pero lo de comerse aquella polla le gustaba tanto o más  como comerse un culo.

En un momento determinado, para que cupiera mayor cantidad del miembro viril de Berto en su boca, le agarró los hinchados huevos  y los empujó hacia arriba.

—¡Chupa, chupa, maricón, ordéñame! —Le ordenó entre gruñidos y sin dejar de suspirar.

Como un poseso prosiguió chupándole el nabo, como si no hubiera un mañana. La fricción de su boca con el caliente tronco producían un pequeño torrente de calientes babas que terminaban empapando el torso de su mano y terminaban empapando los hinchados huevos de su amante.

Cada vez le era más difícil no sacarse la churra del pantalón y pegarse el pajote que aquel momento tan lujurioso se merecía. Sin embargo, como la putita obediente que acostumbraba a ser cuando tenía sexo con el acaudalado empresario, aguardó su orden. Algo que no tardó en llegar.

—¡Menéatela, maricón, quiero que te corras cuando te suelte la leche en toda la boca!

Torpemente se desabotonó la bragueta y se empezó a masturbar. Fue midiendo los tiempos. Sincronizó la velocidad de su mano alrededor de su miembro con la de sus labios alrededor del duro nabo de su acompañante. Sabía que si no quería hacer enfadar a Berto  hasta que no sintiera el caliente líquido en su boca no se podría correr.

Como si ansiara tanto correrse como él, la mano de su amante o le empujó la nuca hasta que sus labios toparon  con su pelvis. En su mente había lugar para un solo pensamiento, cumplir con el mandato que le habían dado, así que impregnó de mayor rapidez a su mano.

En el mismo momento que su boca se vio inundado por un torrente de esperma, su uretra escupía las primeras gotas de su corrida.

¿Cómo de profundo es nuestro amor?

¿Cómo de profundo es nuestro amor?

¿Cómo de profundo es nuestro amor?

Mariano

—Perdona, pero al salir del baño me he encontrado con una gente que hacía mogollón de tiempo que no veía y me he entretenido charlando un rato —Se excusó mi ex, al tiempo que me acariciaba tímidamente la cintura en un intento de reconfortarme por su ausencia.

Cada vez tenía más claro que Enrique, a pesar de su fe, no veía la tradición de la romería del Rocío como yo. Si no, ¿cómo se explicaba que se hubiera perdido una salve tan bien cantada y que tanto significado tiene para los devotos de la Blanca Paloma?

A su favor se podía decir que había llegado a tiempo para ver terminar la actuación, aunque se había perdido lo mejor.

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