¿Cómo de profundo es nuestro amor? (1 de 2) Inédito.

Creo en ti

Conoces la puerta de mi alma

Eres mi luz en mi hora más oscura

Eres mi salvador cuando caigo

Domingo 19 de Mayo 2002

Mariano

No podía creer lo que me estaba pasando. Enrique me demostraba, por fin, que   creía firmemente en nuestro futuro como pareja tanto o más que yo.

Pensaba que de no ser así,  no tenía sentido que estuviera  dando un paso tan trascendental en nuestro relación como presentarme a su círculo de amistades. Una gente de clase alta con la que, por lo que me contaba, congeniaba un montón y tenían bastante confianza.

No era muy habitual  que un tipo que se dedicaba a vender pantalones y trajes caros, se codeara con sus clientes. Pero estaba tan loco de amor por él que era incapaz de ver lo incongruente de aquello y me gustaba ser de la firme convicción de que su simpatía natural le hacía ganarse a la gente con facilidad.

Era más que obvio que era tan ingenuo como Blancanieves y que Enrique era mi manzana. Hermosa y apetitosa por fuera, venenosa por dentro.

Sumergido en ese mundo onírico que yo me había creado para mí, veía en aquella presentación en sociedad una muestra más del detallismo que lo caracterizaba por el sitio escogido  para la ocasión. Un lugar de lo más ideal y emblemático: La aldea del Rocío en plena Romería de la Blanca Paloma. Un rinconcito de Huelva que, como él bien sabía,  tenía un significado muy, pero que muy  especial para mí.

El suceso que había propiciado ese cambio en su actitud reservada no era otra que una invitación para  pasar el fin de semana en la casa de Roberto Manrique de Lara, un empresario de los más importantes de Sevilla. Aquel individuo,  por lo que había podido deducir de las conversaciones con mi chico, también se paseaba por la misma acera que nosotros. Sin embargo era el tipo de homosexual que,  a diferencia de mi novio y yo,  no frecuentaba los garitos del ambiente y, en muy contadas ocasiones, se le veía por la zona de la Alameda.  Como pude descubrir con el tiempo, él prefería moverse por entornos más selectos, aunque no menos gay.  

Dado que la casa estaba atestada de huéspedes, la invitación a pasar el fin de semana allí, no era extensible a mí y solo podría permanecer en ella durante  el día. A Enrique le habían asignado una cama litera y difícilmente podría dormir con él. Por lo me mi chico me dio a elegir entre un día u otro.  Muy a mi pesar, opté por aparecer por allí   el sábado sobre las doce de la mañana y marcharme bien entrada la tarde. El domingo por la noche era el salto a la verja y sería más doloroso despedirse de la Virgen en esas circunstancias.

Estuve sopesando en pasarme por la casa de Hermandad de Dos Hermanas y lo mismo, por la amistad que nos unía, me buscaban un rinconcillo para pasar la noche. Pero como  no quería poner a mis paisanos en un compromiso, ni quería  despertar susceptibilidades al tener que explicar con la gente que estaba en la aldea, opté por no renunciar a uno de los momentos más conmovedores de la Romería.

Como recordaba que  el Rocío , en esos días, se ponía atestado con los simpatizantes de las distintas hermandades y no cabía ni un alfiler. Decidí, en vez de conducir hasta allí, ir en el autobús de línea. Algo que, aunque  mi ex no me dijo nada al respecto,  por la forma que frunció el ceño  supe que no le sentó del todo bien .

Sé que lo hacía por mi bien, para que me soltara con el volante  y aprendiera a conducir en condiciones. Pero ni era las circunstancias más idóneas, ni quería ganarme una bronca innecesaria por parte de mi padre por destrozarle el coche que a él le había durado tantos años. Como se limitó a mirarme como si hubiera hecho algo inapropiado, no me vi en la obligación de darle ningún tipo de explicación al respecto.

Mentiría si no dijera que, desde que  comprobé que llegábamos a la estación, los nervios me reconcomían  por dentro.  Estaba tan poco acostumbrado a relacionarme con gente de tanto postín, que me aterraba  no estar a la altura del mínimo que las circunstancias exigía y aunque me había preparado exhaustivamente para no meter demasiado la pata, no las tenías yo toda conmigo.

Mi chico me dio un único consejo, que cuidara las apariencias. Me pidió que me pusiera la  ropa más cara y moderna que tenía en el armario. Me había maqueado de la mejor manera que sabía. Todo para causar una excelente  impresión a unas personas que a él parecían importarle tanto.

Fue ver que estaba esperándome en la parada del bus y pareció que el corazón me dio un vuelco de alegría. «¿Qué había hecho yo para merecer que un hombre como Enrique me quisiera tanto? », fue mi segundo pensamiento. El primero fue que me dije que no se podía ser más guapo, tener mejor talante y ser más varonil que él.

Al encontrarme con  mi novio me sentí tan dichoso que estuve a punto de estamparle dos sonoros besos, uno por mejilla. Sin embargo, mi conservadora educación llena de perjuicios y el estar  siempre pendiente de lo que los demás pudieran decir u opinar me lo impidieron. Tampoco sé cómo le hubiera sentado, él también era de guardar mucho las apariencias y lo que más odiaba  era que la gente fuera de su ámbito de amistades supieran que le  gustaban los hombres.

Nos limitamos a darnos la mano y un fuerte abrazo fraternal que disimulaba por completo la enorme pasión que bullía entre los dos. Estábamos tan acostumbrados a esconder nuestra relación como si fuera algo pecaminoso que, ni él ni yo, fuimos consciente nunca del daño psicológico que ello nos estaba propiciando. No sentíamos  tan culpable porque nuestra forma de sentir fuera diferente a la que los demás esperaban de nosotros, que nos olvidábamos de que simplemente debíamos ser felices el uno con el otro.

Fue posar los pies sobre el suelo  de la aldea y un cumulo de sensaciones que creía olvidada empaparon mis sentidos. No sabía explicar por qué, pero miré a mi ex, tan de fiesta, tan poco metido en el concepto que yo tenía de la peregrinación, del  verdadero sentir del Rocío y el mundo se me cayó encima como una tremenda loza.

No obstante, tolerante como pretendo ser con las actitudes de los demás, me guardé mi desencanto en lo más adentro de mi ser y le mostré la más radiante de las sonrisas.

Dado como soy  a analizar los hechos desde distintas perspectivas, mire como yo iba vestido  y no pude evitar pensar en mi abuelo Eulogio . Si él me pudiera ver desde el cielo y me viera con los ropajes que me había pedido Enrique que me pusiera, tan lejos de los atuendos rocieros tradicionales, no le gustaría en que había convertido su legado.

Supongo que con lo respetuoso que era con las decisiones de los demás, no me censuraría que amara a otro hombre, es más creo que me apoyaría. Sin embargo que no hubiera sabido conservar su tradición,  por quedar bien con una gente a la que no conocía de nada, sé que  lo consideraría como una pequeña traición a su memoria.

El padre de mi madre, para ser un hombre de pueblo que había trabajado siempre en el campo, era una persona que, en la medida que las circunstancias se lo habían permitido, había cultivado su cultura.

Una de las anécdotas que más me llamaban la atención de él era como, aprovechando que el cura del pueblo se empeñó en que sus feligreses aprendieran a leer las santas escrituras, se empapó de los libros de historia que el párroco tenía en las estantería y, cuando se los leyó todos, terminó  comprándolos por su cuenta.  

Decía que había que conocer los errores del pasado para no repetirlos en el futuro. Le gustaba tanto contarnos a sus nietos las cosas que había aprendido en aquellos libros y ponía tanta pasión a la hora de contarlos que te podía pasar las horas enteras escuchándolo. Fue él quien  despertó en mi la afición que tengo por la novela histórica.  

Como  todo buen romero, era conocedor  de las costumbres religiosas y me enseñó las verdaderas razones del ser del camino del Rocío tanto en su parte festiva, como en el concepto de peregrinación. Porque según él lo veía, ambas partes formaban un todo de la devoción a  la Virgen y no se podía entender lo uno sin lo otro.

Como toda romería,  la peregrinación a la aldea almonteña se trata de una celebración religiosa de carácter marcadamente popular, donde los fieles se desplazan en un día determinado coincidente con una festividad religiosa hacia el templo de la imagen que veneran. Normalmente,  esto suele suceder desde el núcleo urbano hacía un lugar en las afueras donde se encuentra la ermita, pero con el Rocío alcanza unas dimensiones distintas pues los devotos  de la Blanca Paloma se encuentran a lo largo y ancho de todo el territorio español y algunas en el  extranjero.

De hecho en el año dos mil dos, las Hermandades sumaban la friolera de noventa y seis filiales, la última era la de Bruselas que venía amadrinada por la de Madrid. Con lo que el concepto de la gente de un pueblo venerando a su patrona, se le queda bastante pequeño a lo que sucede en la pequeña aldea onubense.

Me atrevería a decir, sin temor a equivocarme, que Almonte recoge la peregrinación religiosa más importante de España, por detrás solo, si no atenemos a su reconocimiento internacional,  de la de Santiago de Compostela. Pero creo que los partidarios de una y de otra no se pondrían de acuerdo nunca en cuanto a la magnitud de la grandeza de ambas.

La romería tiene como fin  el Santuario de la Virgen del Rocío. Su ermita está situada en la parte izquierda del delta que forma la desembocadura del Guadalquivir al Océano Atlántico. Su posición es  estratégica pues conforma la frontera natural entre las marismas y las arenas. Lo que además de un enclave de fastuosa belleza, el lugar encierra un especial sentido antropológico.

Otra característica muy particular del Rocío, son las abundantes  interacciones sociales entre los habitantes de las áreas urbanas y lo rural. Al ubicarse el lugar fuera del perímetro urbano, se convierte en un espacio de encuentro abierto entre campo y ciudad,  entre lo rupestre y lo metropolitano, entre lo cotidiano y lo extraordinario.

A todo esto hay que sumarle  la transmutación de lo urbano a lo rural que se intensifica con los roles bien definidos y las características bien diferenciadas  de los agentes protagonistas: los almonteños, los peregrinos rocieros de las hermandades, las autoridades municipales y la Institución eclesiástica.

Pese a que ninguno deja de ser importante y todos tienen un cometido que cumplir en la escenificación de la fiesta religiosa. La particularidades de la Romería no se puede entender sin la actuación de la gente del pueblo y los miembros de las hermandades.

El papel protagonista de los almonteños pasa por que ellos son los encargados  de sacar  de procesión a la virgen. Aunque más que el  acto habitual de ir ordenadamente de un lugar a otro de forma solemne como suele ocurrir en este tipo de actos religiosos,  la imagen de la Blanca Paloma es “raptada” por un grupo de jóvenes de la aldea, Una ceremonia  que traspasa los muros de lo sagrado y el momento de  la toma por la fuerza de la imagen de la madre de Dios roza muy de cerca lo pagano.

Esta representación  del “secuestro” de la Blanca Paloma   es una manifestación metafórica del poder de los almonteños frente al resto de los protagonistas del acto religioso, un ritual  popular que se renueva de forma natural para escenificar la apropiación de la imagen y dejar claro el respeto que le deben guardara a ellos  el resto de las instituciones( Iglesia, Hermandades, Autoridades).

Una vez esclarecida  su preponderancia sobre los demás protagonistas de la fiesta religiosa, continúan con su marcha procesal en un itinerario establecido, a pesar de que no lo parece, y recorren una por una las distintas casas de las Hermandades, antes de devolver, finalmente, la imagen al templo que la cobija.

Esa forma de realizar la  procesión, según me contaba mi abuelo, fue el  resultado de la ruptura de los habitantes de la aldea con la institución eclesiástica  experimentada en los años veinte del siglo XX, momento en que la Iglesia intentó adueñarse  de la patrona de Almonte. Los almonteños se rebelaron ante la decisión de las autoridades clericales  e hicieron el ritual suyo, mostrando su discrepancia con respecto a la decisión obispal  y a  la de las distintas Hermandades.

Para dejar constancia de su especial jerarquía,   la Hermandad principal y fundadora es la del pueblo de Almonte y se le denomina “Matriz”, pasándose  a llamar las demás filiales.  Con ello todas las demás Hermandades se hallan un escalafón  por debajo de la principal. Paradójicamente esta forma de organizarse la romería en estamentos entre sus miembros, poco o nada tiene que ver con lo que dicta la fe cristiana, donde todos sus fieles son iguales ante los ojos de Dios.  

Una vez marcada el rango entre unas y otras, son las de la misma categoría las que compiten por una mayor influencia y papel en la fiesta. Una rivalidad pacífica que es ostensible desde los primeros preparativos de la comitiva, hasta que el último romero de cada hermandad se despide de la aldea. Como si la Romería, en vez de una ofrenda de amor a la Virgen, se tratara de una feria de vanidades donde cada hijo de Dios quisiera resplandecer por encima de sus semejantes.

De hecho las desigualdades de prestigio venían  marcadas por la antigüedad, el número de peregrinos que lo acompañaban e incluso la opulencia de los símbolos religiosos transportados en el camino(sinpecado, carretas, etc). Por lo que no sé cuanta parte de religioso y de pagano hay en el sentir de algunas hermandades, que en el algunos casos llegan a confundir la altanería con la fe.

La Hermandad de mi pueblo tiene cierto pedigrí, no en vano fue amadrinada  en mil novecientos treinta y tres por una de las filiales más importantes la de Triana. Mi abuelo tenía muchos amigos entre los hermanos de esta, amistades que, como era lógico, terminaron siendo las mías. Aunque no es habitual en mí, por mi exagerada timidez, hice buenas migas con los hijos de algunos de los hermanos, llegando a quedar para salir alguna vez que otra por Sevilla.

Sin embargo, por una causa o por otra, no he sabido mantener el vínculo con ellos. Creo que el hecho de que me avergüence de mi sexualidad y mi temor a que los demás hagan juicios de valor sobre ello, tiene mucho que ver con que no confraternice demasiado con la gente fuera de mi círculo de amigos de toda la vida.

Que yo  viera mi homosexualidad como una rara avis entre los devotos de la Virgen, no quería decir que esto fuera así. Es más, el Rocío popularmente tiene fama de ser un nido de putas y maricones pues hay gente que aprovecha para tener sexo desmedido en esos días.  Algo que sucede en mayor medida en todas las Romerías. En mi caso tengo que decir que, quizás porque no lo busqué, nunca mesclé  mi pasión con la virgen con los deseos carnales.

Con el paso de los años, a un par de estos chicos de la Hermandad de Triana  me los he encontrado por Ítaca o por la sauna. Ellos se han hecho los despistados  y no me han saludado. Como si el hecho de que  hicieran que no me vieran, fuera a ocultar su tendencia sexual.  Aun así, si Enrique no pone mucha pega, me quiero llegar a su casa de Hermandad y despertar la parte hermosa de la nostalgia.

He de reconocer que, aunque principalmente  me movía la fe para hacer los sacrificios del camino, también me encantaba la interacción social y la solidaridad. La peregrinación tiene dos partes bien diferenciadas, la primera comprende  por donde se cruza alternativamente tanto por zonas urbanizadas, como por agrícolas y una segunda que afecta a la marisma y termina en los límites de la Aldea. Es en esta parte de la Romería donde una dualidad de sentimientos se hacen más patente, un espacio  donde tiene cabida por igual la promesa y la penitencia religiosa, que lo lúdico y lo festivo. Un emplazamiento donde la fe religiosa se mezcla con la alegría de estar vivo, de un modo y forma que no he visto en ningún otro sitio.  

Conozco tus ojos bajo el sol de la mañana, 
siento tu caricia bajo la lluvia torrencial

Enrique

Cuando llegó a Sevilla tenía muchos planes, un montón de proyectos que se habían convertido en pruebas no superadas. Su poca preparación profesional y su falta de constancia propició que no consiguiera ninguna de sus metas profesionales, ni personales.

De soñar con ser una especie de Amancio Ortega, terminó vendiendo la ropa de su competencia. Un trabajo de dependiente que al principio consideró algo provisional, pero que se terminó convirtiendo en su meta final.

En realidad tampoco es que con su cualificación  pudiera aspirar a algo más y su sueldo, que a duras penas le daba para llegar a final de mes, era mucho mejor que le ofrecían en otros sitios.  

Aunque le gustaba pavonearse delante de los demás, la insatisfacción y la frustración se habían convertido en una constante en su existencia hasta el momento que Mariano hizo su aparición. Fue como el rayo de luz que precisaba para que  la oscuridad que comenzaba a germinar en su interior, no lo terminara por devorar por completo.

Durante un tiempo, compartir su vida con él fue lo único que precisaba para ser feliz y es que, cuanto más lo conocía, más claro tenía que era alguien con quien merecía la pena estar. Su bondad, su generosidad, su nobleza y su exagerada inocencia lo hacían alguien único.

Lo tenía completamente encandilado que estuviera   tan lejos de los estereotipos de homosexuales que tanto abundaban en el mundo pecaminoso que a él le encantaba  frecuentar. Un hombre  de verdad que no tenía nada que ver con los prepotentes y frívolos tipos a los que solía llamar amigos.

Lo vio bajarse del autobús, se había vestido y arreglado como él le había sugerido. Estaba más guapo de lo habitual, como salido de la portada de una revista para adolescentes  y,  a pesar del aire de vanidad que lo envolvía,   su talante rebosaba esa humildad tan común en él.

 Le pareció el chico más perfecto del mundo y no pudo reprimir el pensamiento de que era un tío con suerte por poder estar con él.  Si no estuviera obsesionado con  la idea de que alguno de los invitados de Berto se pudiera ir de la lengua y descubrir su doble vida ante su chico, hasta se hubiera sentido feliz de poder presumir de tener un novio así delante de sus amistades.

Sin embargo, lo único que anhelaba era que el día pasara cuanto antes mejor y no veía la hora de acompañarlo para coger el autobús de vuelta a Sevilla. Pues llegado ese momento querría decir que nada se había torcido.

Disimuló  por todos los medios la tensión a la que estaba sometido, no quería por nada del mundo que  sus temores salieran a flote. Intentó comportarse con la mayor normalidad y se esforzó todo lo que pudo para que sus sonrisas no parecieran demasiado falsas.

Dio gracias porque Mariano fuera fácilmente impresionable. Estar en un lugar tan bullicioso y lleno de vida como la aldea en plena romería, lo tenía pletórico, con los cinco sentidos puesto en cada cosa que sucedía  a su alrededor. De no haber sido así, habría centrado su atención en él y, con lo observador que era, hubiera descubierto la tempestad que ocultaba bajo su aparente calma. Por mucho que se empeñaba, su encanto natural parecía sobreactuado.

Estaba tan concentrado en elogiar  cualquier cosa que veía, que apenas le prestó atención. En otras circunstancias, aquella falta de empatía por parte de su chico, lo habría enojado, pero en aquella ocasión, no ser el centro de atención de su vida, le brindó una tranquilidad que no esperaba.

Solamente salió de su ensimismamiento cuando , según él, vio una tremenda injusticia. Un niñato altanero paseaba con un caballo  por los alrededores de la ermita,  El animal mostraba claramente que estaba agotado y sediento, una prueba de ello era la baba blanca que rebosaba de su boca.

El tipejo usaba su montura para presumir delante de las chavalas que se aglutinaban en el pequeño escampado, sin tener  en cuenta   las necesidades del animal que no podía con su alma. Estuvo tentado de decirle algo, pero Enrique lo paro y le dijo que no se metiera a redentor.

Aquellos detalles de su chico, tan imprudente e inmiscuyéndose donde nadie lo llamaban, le hacían sentir un poco de vergüenza, pero en el fondo sabía que era parte de su personalidad, de esa generosidad intrínseca que le rebozaba por los cuatro costados y que era fruto de las pocas dobleces que tenía. No sabía si lo quería por eso o a pesar de eso. Lo que si tenía claro es que necesitaba saber que lo tenía en su vida, de un modo que rozaba lo enfermizo. No recordaba haber sentido por nadie lo que sentía por Mariano. 

A ese sentimiento egoísta  de mantener a una persona a su lado, simplemente para que su existencia no se viera arrastrada irremisiblemente al caos, a él le gustaba llamarlo amor. Enrique, desde siempre, había sido muy dado a confundir la realidad con lo que él realmente deseaba, aunque ambas cosas

Y en el momento en que te vas deambulando lejos de mí, 
quiero sentirte entre mis brazos de nuevo.

Berto

Habían sido muchísimos los comentarios positivos del novio de Enrique que habían llegado  a sus oídos,  pero pensó que todo era exageraciones de una gente que limitaba sus exigencias sexuales a un pequeño mundo residual como era el ambiente gay sevillano. Sin embargo, la realidad le demostró lo equivocado que podía llegar a estar en sus suposiciones. Algo que le fastidiaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.   

El chico estaba muy lejos de los prototipos que vendía la publicidad, ni siquiera era demasiado guapo, ni tenía un cuerpo diez.  Sin embargo, tenía que admitir que  esa apariencia de machito que no había roto un plato lo convertía en alguien tremendamente atractivo, capaz de despertar lo más recónditos deseos de cualquiera, incluso los suyos.  De haberlo conocido en otras circunstancias menos abrumadoras, no le hubiera importado meterse dentro de sus calzoncillos.

No obstante, la presencia de aquel santurrón con el que no llegaría a nada en el plano sexual, no despertaba ninguna pasión en él. Solamente le incomodaba, pues había descubierto que Enrique no era tan suyo como él pensaba.

Si a todas sus cualidades se le sumaba el añadido de la novedad, su presencia estaba siendo todo un acicate para los invitados de su casa del Rocío. Ver como unos tipos que en su vida normal escondían sus plumas como si fuera una enfermedad contagiosa, se comportaban como vulgares mariquitas de barrio de la periferia,   no le agradó lo más mínimo. Aunque no se solía arrepentir de casi nada, comenzaba a pensar que la de que el novio de su amante viniera al Rocío no había sido una de sus mejores ideas.

A ninguno de los que estaba allí los consideraba  sus verdaderos amigos, solo la gente adecuada con la que relacionarse y poder dar rienda suelta a sus más bajas pasiones, sin tener que dar ningún tipo de explicación, ni tener remordimientos por ello. Unos individuos a los que manipular sutilmente para que terminaran cumpliendo sus caprichos y además fueran de la firme convicción  que era una decisión que ellos habían tomado.

No le  importaba demasiado que sus amigos hicieran el ridículo. Pero fue ver como  se abalanzaban sobre el muchacho, cual hienas carroñeras, buscando una oportunidad para pillar cacho y sentir vergüenza ajena. Estuvo a punto de inmiscuirse, para eso aquella era su casa, mas no quiso ponerse en evidencia.

¿Tan ingenuos eran que no daban cuenta que el corazón de aquel pusilánime ya tenía dueño y ninguno tenía la más mínima oportunidad con él? Si algo tenía aquel veinteañero es que rezumaba honestidad por los cuatro costados y sus palabras se correspondían  plenamente con sus actos. Estaba locamente enamorado y no podía disimularlo.

Se repetía a sí mismo que Enrique no significaba nada para él, que únicamente se trataba de un mero pasatiempo. Un tío morboso que se parecía muchísimo a uno de sus papis  y,  a cambio de unas míseras rayas de coca, se prestaba a cumplir sus fantasías sexuales. 

Por eso, no entendía muy bien por qué comenzó a ver en Mariano una especie de rival. Alguien con quien competir. Nunca se consideró celoso, pero contemplar como todos caían rendidos a sus encantos le hizo sentir un pellizco en la boca del estómago.

«A pesar de sus infidelidades y de sus engaños, ¿estaría Enrique verdaderamente enamorado de él?», se preguntó sabiendo que la respuesta no le gustaría en lo más mínimo.

No ayudaba para nada que Borja y Álvaro estuvieran súper agradable con él en un intento descarado de convertirse en sus mejores amigos. Tampoco que  el muchacho fuera la simpatía personificada y se estuviera comportando de la manera más educada. Lo peor era que, al contrario que la gente con la que se acostumbraba a relacionar, sus gestos eran sinceros y sus sonrisas de verdad.

Una rabia incomprensible bulló en su pecho. Pensó  que debía mostrar a todos que bajo aquella fachada de príncipe encantador, se escondía un ceniciento pueblerino con quién únicamente podría relacionarse si había sexo de por medio y, como aquello era más que evidente que no iba a ocurrir, debía dejar claro que aquella reunión no era lugar para él.

Su primer ataque fue preguntarle, con la mejor de las sonrisas, sobre la Romería.  Como lo consideraba alguien tan intrascendente, no hizo los deberes con su amante y no le preguntó siquiera si su chico había ido alguna vez al Rocío. El cateto macizo demostró tener más conocimientos sobre la Blanca Paloma que él y, lo que fue un intento para ridiculizarlo delante de sus amigos, se convirtió en una tertulia sobre las distintas Hermandades y la Historia de la aldea.  

Le costaba admitirlo pero “su rival”, una vez vencía la timidez, era un buen orador. Alguien que sabía medir sus palabras en la justa medida para que quien lo escuchara no pudiera dejar de prestarle atención, sin resultar un pesado que le encantara el sonido de su voz.

Tras el segundo vasito  de manzanilla con seven-up. Animado por los efectos de la chispeante bebida, volvió a poner a prueba a Mariano. Se repetía a si mismo que no había estado muy acertado con el tema que había escogido para humillarlo, la romería era  bastante  popular  entre todas las clases sociales y cualquiera, sin demasiado esfuerzo,  podía tener los suficientes conocimientos sobre ella.

Así que, esperando dejarlo en evidencia cuando  su respuesta fuera que no tenía ni idea sobre el asunto, le preguntó sobre las últimas exposiciones artísticas en la capital hispalense. Estaba deseando ver la cara de sus “admiradores” cuando descubrieran que solo era un pueblerino atractivo con ínfulas de grandeza.

Para su sorpresa, el muchacho también estaba ducho en conocimientos sobre el arte  contemporáneo y, en la medida que la conversación lo pidió, dio una pequeña charla sobre lo mejor y lo peor que se había expuesto en Sevilla en los últimos meses. Todo con una soltura propia de los que dominan la materia  de la que están hablando.

Igual le sucedió con las obras de teatro, los restaurantes, el cine,… Pese a que el lugar no era el más idóneo, habló un poco del mundo empresarial, de la globalización, de los conflictos internacionales… En ninguno de ellos, obtuvo la respuesta que él esperaba.

No solo comentó objetivamente la situación de los mercados, sino que le dio una opinión muy arriesgada sobre los fondos de inversión del mercado inmobiliario  a los que consideró que, debido a su fuerte carácter especulativo, podrían ser la semilla de una importante burbuja financiera.

—Si a nivel global no se toman medidas contra este tipo de prácticas, en el que los bienes inmobiliarios aumentan de valor de forma desproporcionada con los demás mercados, podemos estar en las puertas de la mayor crisis económica desde el veintinueve —Concluyó tras haber dado un montón de argumentos al respecto.

Como no era el lugar para un debate sobre dicha cuestión, dejó el tema por zanjado. Aquel chico no solo estaba bueno, también parecía ser inteligente y además tenía algo de lo que carecía la gran mayoría de la gente, criterio propio

Lo que le llevó  a preguntarse: «¿Dónde demonios había encontrado Enrique a este tío y, si es tan listo, cómo no se da cuenta  de que su novio le es infiel a más no poder? »

Porque vivimos en un mundo de tontos,
que nos destruyen cuando deberían dejarnos vivir en pa
z.

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