Perversiones de las partes nobles (2 de 2 ) Inédito

Diciembre de 1952

2                                           ******La Culona y el Colgón******

Únicamente  habían transcurridos  dos días desde su desembarco y el hombre de confianza de los  Francomayor hizo su aparición en su casa solicitando sus servicios para el mantenimiento de la mansión.

Fue ver a Fedrerico e Iago tuvo claro que es lo que su patrón precisaba de él. Aun así, pregunto:

—¿O que che trae por mi casa?

—El señor que tiene una pequeña grieta en su despacho.

—¿Moi grande?

—Un par de centímetros a lo sumo.

—Pues espera que cojo los apaños y nos pasamos por el polvero de Hixinio por yeso y pintura.

Aldara, su mujer, no podía ocultar la alegría que le producía  la visita. Que el mayordomo fuera a su humilde hogar a recoger a Iago con mismo coche en el que paseaba a los marqueses, le hacía sentirse alguien importante. Seguro que nada más se marcharan más de una de las vecinas iba a cotillear sobre el tema.

Luego estaba lo bien que le pagaban a su marido por sus servicios. Tenían el salario de la mar prácticamente intacto, pero siempre venía bien algo más de dinero en casa. Además, según le contaba él, los trabajos de reparaciones no solían ser demasiado complicados, ni muy forzados. Algo que debería ser verdad porque no se ensuciaba ni la ropa.

Lo de realizarle las chapuzas  a Francisco, el menor de aquella familia noble, era casi una tradición familiar. El primero en efectuarlas fue su padre. Recordaba, siendo pequeño,  que era regresar su progenitor de la mar y aparecer el estirado del mayordomo  por su casa ordenándole que fuera  urgentemente a las dependencias del joven heredero, pues tenía que solucionar unos desperfectos.

En aquel entonces, el empleado era otro y en el vehículo que venía a buscarlo era un coche de caballos. Algo que, solo en contadas ocasiones se veía por el pueblo. Ellos eran más de carros tirados por mulos o por bueyes.

Cuando su padre no estuvo en edad de trabajar, fue su hermano mayor Cristovo quien heredó del mantenimiento de la mansión. Sin embargo, desde que él se fue a trabajar a Nigran en la fábrica de curtidos del tío de su mujer, esa tarea recayó en él. De eso hace ya diez años.

Lo  único bueno que tenía que  viniera a buscarlo aquel hombre, aparte del salario extra, era que se paseaba en automóvil. Pese a que le ponía hojas de periódicos para que no manchara la tapicería, el hombre de confianza de Francisco tenía órdenes de llevarlo y traerlo desde Cangas a la mansión.

Le encantaba saludar a los vecinos al pasar. Disfrutar de aquel pequeño paseo le hacía olvidar los verdaderos motivos por los que el señorito Francomayor lo hacía ir a su casa.

Ignoraba si alguno del pueblo sospechaba a que eran debidas tantas atenciones por parte del hijo de los marqueses. Pero contaba con que,  por miedo a las posibles represalias de la familia noble, ningún comentario al respecto saldría  de su boca.

Además era por todos sabidos que los ricos tenían derecho a escribir su vida con reglones torcidos y los pobres no eran nadie para inmiscuirse en ello. Luego con pagar las indulgencias al párroco, seguían teniendo el camino abierto hacia el Paraíso Celestial. 

Cogió la espuerta con sus útiles de trabajo y se montó en el coche sin intercambiar apenas alguna palabra con el chófer. No entendía a Frederico, se había criado en el pueblo con ellos y su familia, como todas, eran pobres que dependían de un salario para poder subsistir. Sin embargo,  desde que los Francomayor lo contrataron como mayordomo, los humos se le subieron a la cabeza y parecía querer romper todos los vínculos con sus orígenes.

Creía que por vestir un uniforme elegante, conducir un coche caro y tratar con gente adinerada era igual que ellos. Se había vuelto tan  vanidoso que, las pocas veces que visitaba Cangas por órdenes de sus jefes, no confraternizaba con sus vecinos, ni siquiera los saludaba. Como si conocerlos fuera una deshonra. Se sentía tan por encima de ellos que hasta se había cambiado el nombre por su versión castellana: Federico.

Tras parar en el polvero de Hixinio y comprar los materiales necesarios para las reparaciones, se dirigieron hacia la mansión de los Marqueses.

El ninguneo al que lo sometía el Mayordomo hería su orgullo, sin embargo prefería no dar muestra de ellos y pensar que algún día le podría devolver con creces sus desprecios.

En la media hora larga de trayecto, ante la imposibilidad de poder hablar con su compañero de viaje, se puso a cavilar sobre lo ocurrido en la última travesía y lo que se disponía hacer ahora cuando llegara a la mansión de los Francomayor.

Nunca se había sentido menos macho por follarse de vez en cuando a una mariconcilla o tener sexo, para desahogo, con sus compañeros de camarote. Para él metérsela a un tío era como hacerlo con una oveja, práctica sexual que algunos por los alrededores ejercían de vez en cuando.

Luego estaba el intercambio de rol que había llegado a establecer con algunos compañeros de travesía. Comerse una polla o dejarse encular no es que fuera una muestra innata de masculinidad, pero las normas estaban para respetarlas.

Siempre había afrontado su papel pasivo con resignación, hasta que coincidió con Xenaro que comenzó a disfrutar de esa opción. Nunca lo había entendido como un cambio en sus apetencias sexuales y lo había asimilado  como una reacción refleja de la amistad que los unía, de lo  bien que se compenetraban. 

Sin embargo,  lo sucedido con el joven caldense en las duchas lo tenía mosqueado.  Era la primera vez que se había puesto cachondo con la visión de un cuerpo masculino desnudo y, si no hubieran aparecido sus compañeros,  habría fornicado con él en las duchas. Una locura que, ni con el paso de los días, deja de parecerle de lo más sugerente.

Para sus adentros se quiso justificar diciendo que lo había visto cientos de veces antes en los baños y nunca se había fijado en él, si lo había hecho era porque estaba bajo los efectos del vino. Luego, como si echarle la culpa al alcohol le pareciera la excusa más disparatada que se había dado nunca, caía en la cuenta del dicho popular de  que los niños, los viejos y los borrachos son los que siempre dicen la verdad.

Anxo lo puso tan cachondo que la última vez que enculó a su compañero de cuarto lo hizo pensando en él. Ni aun así ha conseguido quitarse de la cabeza el perfecto cuerpo del joven rubio, que se ha convertido en toda una obsesión para él. Tenía la sensación de que pasear su churra por tanto culo masculino lo había terminado volviendo un poco bujarrón.

De no haberse llegado hoy Frederico a buscarlo se habría pasado por Combarro a echarle un vistazo a la casa de su suegro y, de camino, ver si podía hacerse el encontradizo con el chaval para preguntarle sobre el asunto que se les quedó pendiente.

Conforme se fueron aproximando a la mansión. El recuerdo de su padre visitando al heredero de los Francomayor le asaltó la cabeza. Al igual que  él,  con la excusa de una avería en sus dependencias, venía a prestarle otro tipo de servicios.

Se le revolvía el estómago  de imaginar a su progenitor siendo participe del sexo con aquel enano con voz de pájaro. Sin embargo, tenía que reconocer que, lo mismo que él, tampoco tendría opción y enfrentaría el mal trago de la mejor manera posible.

Nunca lo llegó a conversar con su hermano Cristovo, pero era de la firme convicción que su mudanza a Nigran tenía que ver con el asco que le daba tener que intimar con aquel tipo. Nunca le comentó si llegó a follárselo, pero por el mote de Paquita la culona  que le había puesto al heredero de los Francomayor, tuvo claro que se había visto en la obligación de metérsela en más de una ocasión.

Tras cruzar la verja que separaba el mundo de los pudientes de las clases humildes, unos minutos más tarde Frederico aparcó el coche y le invitó a que lo siguiera.

Llegó a la conclusión de que debía estar volviéndose más maricón de lo que suponía, pues se quedó mirando el culo del mayordomo, que le pareció de lo más apetitoso. «Una pena que a quien tenga que metérsela sea a su jefe», pensó al tiempo que notaba como crecía su cipote dentro de los calzones.

Le hizo entrar por la parte del servicio, concretamente por la cocina. Conocía a la cocinera desde que era un crío. Su madre cuidó de ella  cuando era pequeña cuando su padre se hacía la mar, era como una hermana para él.

En virtud de aquel sentimiento que los unía, la buena mujer siempre le preparaba una talega con alimentos, en algunas ocasiones le ponía hasta dulces para sus niños. Sabía que Frederico conocía los verdaderos motivos de sus visitas al Pazo de Aldam, pero  le atemorizaba preguntarse si ella, como miembro del servicio que era, también sabía la verdad.

—¿Coma estás, Isabela?

—Aquí coa loita de cada día.

No pudo intercambiar más palabras, pues el mayordomo, que parecía tener más prisa de lo normal, le apremió con un gesto grosero  para que no se entretuviera.

—¿Cómo se te ocurre hacer esperar al señorito? —Le recriminó como si él fuera su padre y él un crío desobediente.

Iago no dijo nada, pero sus ojos  hablaron  por él. Frederico incapaz de aguantarle la mirada, agachó la cabeza y se comportó como si  no fuera con él. Sabía que si hacía enfadar al favorito de su patrón, se podría ganar una reprimenda por lo que decidió no tensar demasiado la cuerda. Máxime con lo que Don Francisquito había preparado.

Una vez cruzaron la cocina,  se internaron  en los pasillos que conducían a las dependencia del joven marques. Por muchas veces que visitara aquella casa, nunca dejaba de sorprenderle como pululaba el lujo entre aquellas cuatro paredes.

Las paredes eran altísimas y estaba completamente repleta de adornos de arriba abajo. Cada testero mostraba cuadros, armas y trofeos de caza de una manera desmedida. La vanidad desmesurada de sus propietarios se dejaba ver en la aparatosidad con la que estos objetos se exhibían ante los visitantes.  

El Colgón carecía por completo de conocimientos sobre el arte, sin embargo le gustaba de mirar los majestuosos  oleos  que colgaban de la pared. Por lo que le contó una vez Isabela, eran retratos de los antepasados de los duques.

Los laterales de la escalera también estaban plagados de imágenes gigantescas de nobles muertos. Aunque las vistosas imágenes le   invitaban  a observarlas con intención,  las mujeres y hombres que se representaban en ellos le parecían más feos que pício. «¡De casta le viene al galgo!», pensó mientras se aproximaba a las habitaciones del heredero de los Francomayor.

Otra de las cosas que llamaban su atención , por ser inusuales en su vida cotidiana, eran las alfombras extendidas a lo largo  y ancho de toda la casa. Una moqueta roja de terciopelo cubría todos y cada uno de los escalones que marcaban el camino hacia la biblioteca donde se encontraba la grieta que debía reparar. Se sentía como si pisara sobre algodón y, a pesar de que el postre de todo aquello no le gustaba, saboreaba cada momento como si fuera el mejor de los platos.

Frederico le invitó a pasar a la habitación donde el joven noble dedicaba su mucho tiempo libre a la lectura. Tenía, al igual que toda las dependencias de la mansión, unas paredes altas con un enorme portalón  de madera. En la parte derecha tenía un pequeño pórtico, similar al de las puertas de algunas iglesias, que era por donde se accedía al interior.

Por muchas veces que estuviera en el lugar que el señorito de la casa usaba para su ocio y esparcimiento, nunca dejaba de sorprenderle. Le fascinaba enormemente  las grandes estanterías que rodeaban las cuatro paredes desde el suelo casi hasta el techo. Atiborradas hasta arriba de libros, para alguien que apenas sabía escribir su nombre y leer a duras penas, le parecía algo que estaba completamente fuera de su alcance.

Completaban el mobiliario de la habitación  una mesa de madera,  varias sillas a juego y dos inmensos canapés tapizados en rojo  cuya comodidad conocía a la  perfección.  Ambos habían sido el receptáculo de más de un momento de lujuria que había compartido con el heredero de la familia.

Como era habitual,  nada más entraron en la estancia. El arrogante mayordomo se encargó de darle las instrucciones sobre la pequeña reparación que debía realizar.

Cualquier persona con dos dedos de frente deduciría fácilmente que el agujero en la pared había sido hecho intencionadamente.  Un paripé para hacer venir al Colgón. «Cada vez se esfuerzan menos por disimularlo, nin que fose tonto», pensó mientras se disponía a realizar la tarea que le habían encomendado.

Una vez analizó el trabajo a ejecutar. Le pidió permiso al mayordomo para bajar por un poco de agua a la cocina para montar el yeso.

—Sí, pero no te tardes el señorito está ansioso por ver la pared arreglada y sabes la poca paciencia que se gasta.

Ni diez minutos más tardes,  ya había mezclado el yeso con el agua y la masa estaba preparada para resanar la pared. No hubo pegado ni tres paletazos con el palustre en la pared, cuando una voz estridente como la de un pájaro histérico resonó a sus espaldas.

—¡Buenas tardes, corpulento obrero! ¿Qué le trae por mi humilde morada?

Tragó saliva antes de darse la vuelta. Pensó en las consecuencias que tendría para él y su familia que soltara una risotada, por lo que controló sus impulsos e hizo un tremendo esfuerzo para que cualquier señal de júbilo  se ahogara en su garganta.

La verdad es que el hijo de los marqueses era toda una caja de sorpresas y cuando creías haber visto el más esperpéntico de sus atuendos, él te sorprendía con otro aún más estrafalario.

Los únicos referentes culturales y conocidos que tenía el pescador gallego  que se asemejaran a la forma que  aquel hombre tenía a la hora de vestirse de mujer, eran las maricas que se había beneficiado alguna vez que otra. Todas querían parecer femeninas  al cien por cien y, aunque sus disfraces eran de lo más estrambóticos, ninguna mostraba características masculinas del mismo modo que lo hacia él. Al contrario se empeñaba por  esconderlas, para que sus amantes pudieran llegar a imaginar que se estaban tirando a una mujer.  

El único que  conocía que fuera una mezcla extraña de caracteres femeninos y masculinos, era la Trotona.  Aquel cincuentón  con su peluca morena y su barba cana, era el individuo que se había follado con menos ganas. Solo había estado una vez con aquel  puto marica e iba tan borracho que tampoco se acuerda demasiado de ello.  Se fue con tres marinos amigos suyos a Pontevedra de juerga y al final acabaron en casa de aquel tipo.

A la mañana siguiente, los cuatro amanecieron dormidos en un banco de la  estación  con los huevos vacíos de leche  y  unos cuantos billetes  de a cien pesetas en el bolsillo. Ninguno de ellos tenía demasiado claro que habían hecho, pero también muy pocas ganas de saberlo.

Se volvió, consciente de que el aspecto que presentaría, en vez de animarlo a tener sexo, haría que se le quitaran las ganas por completo. Llegó a la conclusión de que, como en otras ocasiones, mientras se lo follaba, para que no se le bajara, tendría que dejar volar su imaginación por otros momentos vividos o imaginados. Cualquier cosa mejor que el flácido y obeso cuerpo del marquesito.

En aquella ocasión, para intentar sorprenderlo, había escogido una peluca rubia a lo Marilyn que contrastaba con el negro de su bigote a lo Charlot. Una especie de cepillo negro  que flotaba sobre unos anchos labios dibujados con un llamativo carmín. Se había pintado los parpados con una sombra de ojos verdes y se había colocado unas enormes pestañas postiza.

Todo en el heredero de los Francomayor era excesivo y de mal gusto. Se había untado  tal cantidad de maquillaje en los mofletes que  le recordaba a las muñecas de Mariquita Pérez que había visto en los escaparates de la capital.

Las guisas que había escogido para tapar su deforme cuerpo era un vestido rosa de mil rayas de  talle ajustado y una falda de vuelo  hasta la rodilla. Bajo él, lleva unas medias de seda color carne que cubrían unas rollizas piernas repletas de vellos.

La verdad es que el marquesito había engordado un poco  desde la última vez que lo visito. El traje femenino le formaba unas enormes morcillas en la parte de la barriga  y, por muy apretado que se hubiera puesto el corsé, le era imposible disimularlos. Llevaba la prenda tan ajustada que tenía la sensación de que las costuras le fueran a estallar de un momento a otro.

Completaban el inusual disfraz unos zapatos de tacón rojo con hebilla plateada. La correa que cruzaba el calzado de lado a lado debía apretarle bastante pues se marcaba sobre su hinchado empeine dándole un aspecto de patata blancuzca.

Todo el conjunto era un antónimo perfecto del erotismo.

—He venido a  tapar una pequeña grieta de la pared —Le dijo respondiendo a su pregunta sobre lo que hacía allí.

—¡Tapar grietas, desconchones y agujeros! Los hombres fornidos solo pensáis en tapar cosas —Dijo llevándose las manos al pecho en señal de consternación.

Iago se limitó a escuchar en silencio. Sabía, de otras ocasiones que había visitado a don Francisquito, que aquel monologo absurdo  era obligatorio.  Se traía su pequeño teatrillo preparado y si lo interrumpía lo más mínimo,  como era capaz de improvisar lo más mínimos, se enfadaba.

Como no quería  que la propina por su trabajo fuera mermada en lo más mínimo, puso cara de importarle mucho lo que decía y  dejó que siguiera interpretando a su personaje del día

—No sé porque esa obsesión de los hombres hermosos por tapar agujeros y demás. Si mis padres no fueran tan estrictos y me dejaran volar cual mariposa, colibrí o paloma que goza de libertad. Yo, Paquita la Avispona,  podría saber de esa obsesión de los machotes por los agujeros… Pero aquí me tiene, señor obrero, marchitándome entre estas cuatro paredes como una flor a la que no da el sol—Francisco hizo una pausa y camino contoneándose en dirección a Iago.

El pelirrojo sabía que cuando estuviera a su lado debería tener la herencia familiar dura como una roca. Si el heredero de los Francomayor llegaba a pensar que no le excitaba su presencia, el castigo para él y los suyos podría ser de lo más terrible.

Lo que menos soportaba aquel niño mimado de sesenta años, era que los demás le recordaran su dura realidad. Que no era otra que una marica vieja sin atractivo ninguno y que, lo único que buscaban sus amantes de él, era un dinero extra y no tener a la poderosa familia Francomayor en su contra.

Intentó fantasear con tetas enormes, con coños tragones. Imaginar que cuando la mano del afeminado noble tocara su bragueta,   quien lo hacía, era la de una mujer hermosa. Pero, aquellas ilusiones no era suficiente  combustible para encender su pasión,   pues la bestia bajo  sus pantalones seguía sin querer despertarse.

Sin querer volvió a pensar en  Anxo, en cómo sería acariciar su cuerpo, besar sus labios, clavar su virilidad en sus entrañas… Fue soñar con tener el cuerpo del joven rubio cerca y su polla se comenzó a llenar de sangre.

Paquita, la Avispona, nada más llegar junto a él, levantó el cuello y parpadeó, moviendo excesivamente las pestañas. Una vez consideró que había captado la atención del apuesto individuo, se  llevó una mano tras la nuca, contoneó levemente las caderas  y movió la cabeza con un movimiento felino.

Iago ignoraba el porqué de aquellos estrafalarios movimientos y los considero un añadido más de los vodevil que se montaba previos al sexo. El marquesito   pretendía remedar con sus movimientos a uno de los ídolos eróticos del cine del momento: Rita Hayworth. Un intento que concluyó en prueba no superada, pues el Colgón  tuvo que volver a imaginar al joven pescador en las duchas para que su polla no perdiera dureza.

—¿Sabes, viril obrero, cual es mi problema? —Pregunto sin esperar respuesta con una voz de pito  a la que intentaba vanamente cargar de una sensualidad —A pesar de mi maravilloso cuerpo, lo guapa que soy, mi simpatía natural y los muchos libros que he estudiado, estoy muy sola… Demasiado sola.

Concluyó la frase llevando su mano disimuladamente a la entrepierna del pescador. Al sentir la descomunal y dura  masculinidad bajo sus dedos, casi se atraganta de la emoción por lo que apartó la mano del tremendo trozo de carne como si le diera calambre. Dio  la sensación de  que la conmoción había dejado su mente en blanco,  durante unos segundos detuvo su irrisorio discurso.

Sin embargo, para desgracia de Iago que tuvo que seguir soportando su absurda perorata, volvió a recuperar el hilo rápidamente y prosiguió  por donde lo había dejado.

—A pesar de mi juventud, de las pasiones que despierto  entre los miembros del género masculino, mis padres no encuentran un hombre que sea merecedor de mi amor. Por lo que me tengo que contentar con contemplar los hermosos obreros  que vienen a trabajar a esta casa.

Volvió a llevar la mano al bulto de la entrepierna de Iago. Superada la estupefacción inicial por el  colosal miembro que se escondía bajo los pantalones del pescador, lo  masajeó contundentemente, al tiempo que dejaba que en  su rostro  se pintara una mueca de satisfacción malsana. En el momento que se cansó de relamerse por el festín que se iba a dar, continuó interpretando  su papel de jovencita inocente.

—Sé, por lo que he escuchado entre las mujeres del servicio, que los hombres pobres, aunque estén casados,  siempre están deseosos de compañía femenina. Son como animales que siempre están dispuestos para las batallas de la pasión. No sé por qué, pero esa irracional de sentir la vida que tenéis los vasallos, me parece de lo más seductor.

No había terminado de hablar y su mano estaba de nuevo acariciando el miembro viril de Iago quien, para suerte de su autoestima, no había escuchado ni una palabra de lo que Paquita había dicho y seguía fantaseando con follarse a Anxo.

La mano de Paquita volvió a aferrarse al bulto bajó el pantalón del pelirrojo y comenzó a marcar con sus dedos el cilindro sobre la deslucida tela. Cuando lo consideró oportuno, desabotonó los pantalones de la bragueta y metió la mano en su interior en pos de sacar al exterior el vibrante cincel.

Sin ningún  impedimento que lo mantuviera sujeto,  el cipote de Iago saltó al exterior como un resorte. Durante unos segundos el afeminado noble se quedó mirando aquella maravilla de la naturaleza. No solo era grande, ancho y su dureza era excepcional. El color rojizo de su piel y de su capullo sin circuncidad lo convertían en una rara avis de lo más apetecible.

El marquesito acarició con la punta de los dedos el glande y, en un gesto que pretendía ser refinado, se los llevo a la boca y los saboreó contundentemente.

—¿Sabes lo que me ha dicho el médico,  hermoso obrero? —Preguntó de manera sobreactuada, sin importarle  lo más mínimo la curiosidad de su acompañante —Que debo perder peso. Me ha puesto a dieta el muy ladino. Solo puedo comer lechugas, fruta, pescado y carne a la plancha. ¡Qué dieta tan aburrida! Si a mí lo que me pirran son los embutidos. Donde haya un buen chorizo, una gran morcilla y una sabrosa caña de lomo que se quiten las verduras —Al decir esto levantó el tono de voz e hizo una colección considerable de aspavientos.

El pescador cuarentón tuvo que volver a imaginar el culo de su joven compañero de travesía para que su caña siguiera manteniéndose dura, porque aquel espectáculo apagaba su lívido y  lo único que le despertaba era la risa fácil.

Paquita hizo una pausa dramática, se volvió acariciar el cuello a lo Gilda  y se contoneó un poco como si fuera un minino. Una vez concluyó su amago de danza de apareamiento,  volvió a envolver con la palma de la mano la herramienta sexual de Iago.

—¿Pues sabe lo que te digo? Hoy me voy a saltar la dieta y voy a comerme un buen chorizo. Además, como solo lo voy a chupar, engordare mucho menos que si la mastico.

No había terminado de hablar y Paquita ya se había arrodillado ante el pescador. Sin darle tiempo a reaccionar se  introdujo el enorme carajo en su boca.

Con el heredero de los Francomayor se cumplía a la perfección una máxima: «Toda la vida de maricón y no se sabía comer un nabo». Rara era la vez que aquel tipo no le practicaba el sexo oral que no le arañara su miembro viril con los dientes. Además, con los años, tenía la dentadura en peores condiciones y los incisivos más cortantes. Por lo que en un primer momento aquello era cualquier cosa  menos placentero.  

Para suerte de Iago, la cavidad bucal de la Avispona se adaptaba rápidamente al ancho de su verga y, a pesar del suplicio inicial, los calientes labios conseguían hacerle sentir, por momentos, que estaba metiéndola en otro sitio más placentero.

En el instante que más estaba disfrutando, Paquita se detuvo.

—Viril obrero, ¿le gustaría pasar a uno de los divanes? —Dijo indicándole la parte de la sala donde se encontraba el mueble para recostarse —Allí usted descansara y yo me tomaré mi entremés en una postura mucho más cómoda.

Iago se subió como pudo el pantalón y se dirigió hacia donde la ordenaron. Tenía la polla dura como una piedra y unas ganas tremenda de echar la leche, pero sabía que se debía contener un poco porque si no el afeminado noble se enfadaba. A Paquita le gustaba saborear su grueso paloduz  y con menos de diez minutos no se quedaba satisfecha.

El Colgón se bajó el pantalón hasta la rodillas, se sentó en el sofá y abrió las piernas de un modo tan sensual que hasta abrumó momentáneamente al marquesito. Tragó saliva, se colocó entre sus piernas y continuó  mamando de aquel trozo de carne hinchada del mismo modo que  un corderito de la teta de su madre.

Llegado a aquel punto de lujuria. El pescador no necesitaba recurrir a fantasías sexuales para mantener viva su calentura. La boca de aquel hombre, una vez se habituó al grosor de su herramienta, le estaba proporcionando placer del bueno. Estaba tan excitado que tuvo que hacer un tremendo esfuerzo por no eyacular.

La Avispona solía ser una caja de sorpresa y siempre preparaba algún jueguecito que conseguía sacar sus más bajas pasiones al exterior. En aquella ocasiones, pretendiendo volver loco al semental que tenía ante sí,  había llenado de babas su erecto cincel y al tiempo que le chupaba el glande lo masturbaba lubricándolo con el caliente líquido.

Aquella forma de que le comieran la polla era completamente novedosa para él, nada tenía que ver con el modo que se lo practicaba su compañero de camarote, ni siquiera con la de algunas de las mariquitas afeminadas con las que había follado. Pensó que aquello lo habría visto seguramente en alguno de los libros prohibidos que tenía en su casa y que le había enseñado en otras visitas. Para algo le tenían que valer al hijo de los marqueses tantas horas de lectura.

Paquita estaba más golosa de lo habitual. Chupaba su capullo como si fuera una piruleta y le agarraba los huevos con unas ganas tan tremendas que llegó a sacarle algún quejido de dolor que otro.

Pasó su lengua a lo largo y ancho de todo su miembro viril. Cuando recorrió cada resquicio de su nabo, probó a tragársela por completo. Al comprobar que, con cierta dificultad, podía engullirla en todo su esplendor, comenzó a deslizar su boca a lo largo de la corriente barra.

Buscó los ojos de Iago y sacándose la verga momentáneamente el cipote  de su boca le dijo con una voz casi suplicante.

—¡Trátame como una perra y dame toda tu leche!

El Colgón sabía perfectamente lo que tenía que hacer a partir de aquel momento. Agarró las orejas del marquesito como si fueran las asas de una cacerola y, con cierta brusquedad, las empujó hacía abajo, hasta que los labios chocaron con su vello púbico.

Una vez comprobó que tenía la boca lo suficientemente abierta fue moviendo la cabeza como si fuera una especie de resorte de arriba abajo sin importarle lo más mínimo que a su ocasional amante   le faltara el resuello.

Cuando  que notó que iba a expulsar la corrida, le soltó una de las orejas y, con la mano que tenía libre, le empujó la nuca para que se tragara toda la leche.

 En el preciso instante  que su cuerpo alcanzó el orgasmo la imagen de Iago mamando su polla y devorando su esencia vital se pintó en su cabeza. Y pensó: «¿Cuándo cumpliré mi sueño?»

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