Perversiones de las partes nobles (1 de 2) Inédito

15 de agosto del 2010 (Después de cenar).

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Bueno, pues para no querer comer demasiado por aquello de engordar, nos hemos pegado un atracón de padre y señor mío. Nos hemos puesto de tibio de comer almejas, cigalas, percebes y demás delicias gallegas. Me parece que, como siga así, voy a tener que hacer lo que Mariano cuando vuelve de vacaciones: ponerme a régimen. Eso y una analítica en condiciones del ácido úrico , el colesterol  y todas esas que hay que cuidarse con la edad. Uno puede estar muy presentable, pero ya no es un niño..

Se puede decir que el viaje está saliendo a las mil maravillas. El único incidente  recalcable fue con los dos holandeses “made in Gestapo” en la sauna de Vigo. Los muy cerdos se empeñaron en reventarme el culo con un consolador XL, menos mal que mi querido “guardaespaldas” apareció como el sexto de caballería para impedirlo.

 Por lo demás nos estamos poniendo de saborear el rico nabo gallego, y de otros lares, como a nadie le importa.  Descansar, no estamos descansando mucho, pero de comer, beber y follar nos estamos poniendo fino, filipino.

El único problema es que este viaje a las tierras de Galicia lo monte como una especie de turne para catar a los sementales gallegos  que había conocido en las páginas guarras esas que yo me meto. Una odisea sexual que había programado minuciosamente para intimar con todos y cada uno de los tíos con los que me había pajeado a distancia.

Con algunos había activado la webcam y sé a qué me atengo en todo momento. Con otros, como era el caso de los pescadores de Combarro, solo conocía de ellos algunas fotos y unos escasos rasgos de su personalidad que habían deslizado mientras chateábamos.

De todo esto no le  he dicho nada a mi amigo del alma y  le he contado más mentiras que un ladrón en la comisaria.   De momento he quedado con dos de mis ligues virtuales. La primera jugada en  Vigo  con Paco me salió redonda. A Mariano le solté la trola de que me lo había ligado en la discoteca y, como es más inocente que una espuerta de gatitos, se lo creyó.

Parece mentira que me conozca de tanto tiempo. Sé que tengo mis encantos y, cuando hace falta, soy más puta que la martillo. Pero tampoco soy de aquí te pillo y aquí te cepillo. Uno necesita un pacá, un pallá , un poquito de feeling, un jiji y un jaja, los previos que se llama. Que a Paco le dije hola  y a los dos minutos ya estábamos en la habitación dale que te pego. Por que los prolegómenos ya los traíamos hechos de casa.

¡Madre mía! ¡Voy a tener que pensar que Mariano tiene peor concepto de mí del que creía!

Lo que no me está resultando tan bien, quizás porque Roxelio no me ha contado toda la verdad, es  el plan con los dos gallegos de Villa del Combarro. Le solté el rollo macabeo  de que los conocía del trabajo y la mentira cada vez se sostiene menos. Tengo la sensación de estar andando por la cornisa de un edificio altísimo y en cualquier momento me voy a resbalar. El testarazo que me voy a dar tiene nombre y apellidos: Bronca de Mariano.

Lo peor es que vamos por nuestra segunda botella de Lureiro y al personal se le está soltando la lengua cosa fina.  Roxelio, como quien no quiere la cosa, me ha preguntado, como quien no quiere la cosa,  que dónde trabajo y a qué me dedico.

Con lo que me queda claro que este tío, cuando hemos planificado en el chat las cosas que teníamos que  decirle  al  “Diosbendiga” de mi amigo  me ha echado la misma cuenta que yo a las  tetas de mi secretaria. Eso o que, a pesar de lo grande y lo fuerte que es, tiene menos resistencia a la alcohol que mi tía Enriqueta. Ella por lo menos desafina cantando  por la Jurado y no me deja por embustero delante de mi mejor amigo. 

 Mariano, que no es tonto del todo, se ha debido dar cuenta de que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas, que su amigo en vez de ser sincero con él, se ha hartado de contarle mentiras, ¡tralarara!. Si no me está poniendo verde es porque es educado y discreto como él solo. Ya tronará.

Tengo la sensación de que los dos ositos gallegos se han metido en el papel de poli bueno y poli malo, porque nos están sometiendo a un tercer grado en toda de la ley.

El siguiente en recurrir al “¿estudias o trabajas ”  es el menor de los hermanos que tras interrogarnos  sobre nuestros lugares de origen.  Nos lanza una pregunta con menos filtro que un celta sin boquilla.

—¿Vosotros sois pareja?

—No, por supuesto que no , —respondo un poco molesto — ¿qué te ha hecho pensar eso?

—No sé, veo un rollo muy íntimo entre los dos y lo he supuesto —Responde German sin darle demasiada importancia a su impertinencia.

Su hermano que se da cuenta de la metedura de su hermano, intenta cambiar de conversación y, como si fuera esto una especie de primera cita en la que intentas enterarte de la vida de la persona con la que has quedado, prosigue con su “¿Y tú de quién eres?”.

—¿Tú a qué te dedicas?

Mi compañero de viaje cabecea levemente, intentando dilucidar a que viene tanto cotilleo. Para mi sorpresa, no saca a pasear al tío Vinagre que lleva dentro y  le responde amablemente. Quizás se haya dado cuenta de que estos tipos no tienen mal fondo y que simplemente, como toda la gente de pueblo, son así de directos.

—Soy profesor en un instituto de Secundaria.

—¡Jo, vaya suerte! —Interviene German poniendo cara de sorprendido.

—Yo no lo llamaría suerte, que los adolescentes tienen mucha guasa  y cuando son un grupo diverso, como es mi caso, lo más habitual es que todas sus complejidades, egos y complejos salgan a relucir.

—Yo lo decía por estar rodeado todo el día de chavales jóvenes y guapos— Al decir esto la cara del menor de los hermanos se ilumina con una bobalicona e inocente sonrisa. Daba la sensación que se imaginaba en una clase rodeado de adolescentes salidos de una película de la firma Bel Ami.

De nuevo Roxelio, al percatarse de que  su queridísimo está metiéndose en terrenos pantanosos, sale en su ayuda e intenta que la conversación vaya por otros derroteros.

—¿Qué asignatura o asignaturas impartes?

Mariano mira a German con un gesto extraño y deja claro  con él que el comentario ha estado fuera de lugar. Si hay algo que le toque la moral y lo que cuelga a mi curita del alma es que alguien insinúe que los homosexuales por norma tenemos tendencias pederastas. Así que, espero que se limite a responder a su hermano y no largue un discursito de los suyos.  ¡Con  lo bien que estaba resultando la noche!

Contra todo pronóstico mi amigo corre un “estúpido velo” sobre la imprudente observación y, con una sonrisa forzada, aclara la duda de Roxelio.

—Matemáticas en tercero y cuarto de la ESO. Economía en Bachillerato.

—¿Y qué tal lo llevas?

—Pues regular nada más, los adolescentes siempre han sido conflictivos, pero los de ahora lo son aún más. Como gracias, o por culpa, de las Redes Sociales manejan mucha más información, cuestionan cualquier cosa que le dices. Son la generación sabelotod.

« Lo peor es que ese misma capacidad crítica que tienen con las personas reales, no la tienen con las virtuales y cualquier influencer mal informado o a postas, les puede manipular con noticias falsas que en algunos casos pueden ser muy perjudiciales para su educación y su formación.

En momentos como esto no sé qué decir ni que pensar del “Diosbendiga”. El muy cabrón  le ha dado la vuelta a la tortilla de una manera espectacular y con una espontaneidad que ya quisieran algunos comunicadores de la tele.  

El maromo con quien ha follado esta tarde ha insinuado que puede usar su puesto de trabajo para ligar y él mete un discursito sobre la desafección de sus alumnos hacia sus mayores. Consiguiendo con ello que todos los allí presente, incluido yo, nos quedamos prendados de sus palabras.

 Ignoro si estas cosas tan diplomáticas, las trae preparada desde casa o las improvisa sobre la marcha.  Sea como sea, cuando hace estas cosas,  te deja sin palabras.

Sino fuera porque es más formal que el entierro de un papá y tiene la gracia dónde las avispas, sería para comerle los huevos hasta que te diera asco.

Una vez ha conseguido que los dos osos gallegos y yo estemos pendientes de cada palabra que pueda salir de su boca, da su discurso por concluido. Se queda un momento mirándonos como quien no quiere la cosas, pega un sorbo de vino y  se queda mirando fijamente a German.

Ell más pequeño de los hermanos está un poco desconcertado por la respuesta del Diosnosama, por lo que no suelta palabra alguna.  Antes de que yo pueda decir que ha pasado un ángel, Mariano empieza a hablar de una forma muy pausada, propia de la gente que se cree con el control de la situación.

—Bueno, ya que se habéis enterado de cuál es nuestra situación profesional y afectiva. ¿Os importaría aclararnos una cosa, por favor?

—Por supuesto, lo que quieras —Respondió German dejando ver una nobleza poco común en su rostro.

Miré a su hermano y no parecía ni lo más mínimamente molesto por la forma de abordar el tema de mi amigo. Volví a pensar que aquellos dos, a pesar de lo bruto que parecían, eran dos de los mejores tíos que había conocido en mucho tiempo y si el hermano pequeño era la mitad de bueno en la cama  que el que me había tocado en suerte, mi amigo se lo debía haber pasado de miedo.

Aunque, si me atengo a la doctrina Clinton, yo todavía no he tenido relaciones íntimas con Roxelio. Una mamada o dos, según el presidente americano, no se considera sexo. Creo que, por la cara de felicidad que luce, mi amigo me ha vuelto a coger la delantera.

Mi compañero de viaje, haciendo gala de su natural discreción, baja la voz hasta rozar el susurro y suelta de golpe una pregunta tan que, particularmente a mí, me deja un poco descolocado. Él suele ser más discreto y no tan directo.

—¿Sois hermanos realmente?

—Sí, por supuesto. Irmáns de toda a vida.

—Entonces, ¿porque me contó Jota que eráis pareja?

—Porque lo somos —Interviene Roxelio dejando ver una sonrisa maliciosa en su cara —. Ambas cosas que no son incompatibles.

No sé qué rango de pecado tendrá para el curita lo que acaba de escuchar, pero por la cara de asombro que pone como mínimo tiene que tener la categoría de mortal. De esos que te llevan al infierno de cabeza, sin ni siquiera pasar por el purgatorio.

Como sé que no va a preguntar más nada hasta que no se reponga de la impresión y la mandíbula se le vuelva a poner en su sitio. Para evitar que nos quedemos todos con cara de Mr Bean delante del cuadro de la madre de James McNeil Whistler, prosigo el turno de ruegos y preguntas donde lo ha dejado Mariano.

—¿Desde cuándo? —Mis palabras están cargadas de una curiosidad insana y es que me da un morbo  tremendo encontrar a  otros dos como mis primos.

—Pues cuando comenzaron las primeras pajas —La respuesta de  Roxelio, pese a que está impregnadas de ese tono suyo de estar por encima del bien y del mal, emana una sinceridad poco común —, luego la curiosidad y el instinto natural hizo lo demás.

Se me viene a la cabeza la situación de mis primos cuando su padre los pilló en plena faena y, desinhibido como estoy por el montón de vino que me he metido en el cuerpo, lanzo una cuestión de lo más incómoda.

—¿Y no os pillaron nunca?

—Sí, nuestro padre.

Intento asimilar lo que estoy escuchando  y  no puedo evitar  tener una sensación de deja vu de cojones. Estoy tentado de seguir metiendo el dedo en la tarta para ver cuanta crema puedo sacar, pero no hace falta, Roxelio sigue con su historia sin necesidad de que yo pregunte.

—Una tarde estábamos German y yo en nuestro cuarto, pensábamos que no había nadie en casa y, como estábamos siempre calientes, nos enrollamos. Se encontraba mi hermano comiéndome la polla cuando se abrió la puerta y  nos quedamos de piedra, el primero nuestro padre.

 «Su primera reacción, fue pedirnos que nos vistiéramos y bajáramos al salón de la casa. German y yo estábamos cagado pensando la bronca que nos podía caer encima. Lo primero que nos preguntó fue si llevábamos mucho tiempo haciendo aquello. Le dijimos que sí. Cosa que pareció no cogerle por sorpresa. Después nos preguntó que si lo hacíamos solo entre nosotros o si había alguien más. Le respondimos que solo con nosotros.

«Aquello pareció agradarle y, lejos de echarnos una bronca como esperábamos que hiciera, nos pidió que mantuviéramos aquel secreto dentro de aquellas cuatro paredes que la gente era muy mala.

«No olvidaré nunca el consejo que nos dio: «Hijos mío, no caigáis en los protocolos y exigencias sociales de casaros para formar una familia. Sed felices el uno con el otro, pues yo, a pesar de que quise mucho a tu madre y vosotros sois lo mejor que me ha pasado, siempre he tenido la sensación de que me faltaba algo en mi vida».

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