¿Dónde está la oveja de mi hermano?

Los descubrimientos de Pepito

Décimo  primer episodio: ¿Dónde está la oveja de mi hermano?

Resumen de los descubrimientos: Pepito por culpa de la muerte de su tío Demetrio, había descubierto lo del luto. Una cosa que estaba resultando ser el rollo más grande del mundo mundial y lo peor es que estaba tan aburrido que se le estaba poniendo cara de ostra caducada.

Lo de ver la televisión y bailar las canciones de la Rafaella Carra, lo tenía terminantemente prohibido. De las pocas cosas que podía hacer para entretenerse  era jugar con sus coches en el desván y  leer sus cómics. Los había repasado tantas veces que se los sabía de memoria y no solo lo que decían los protagonistas sino también los diálogos de los personajes secundarios.

 Para más inri su papá no se había puesto más enfermito y, por tanto, no había podido ver como se practicaba alguna “masticación” que otra. ¡Cómo echaba de menos las aventuras detectivescas de la granja y los secretos de su primo Francisquito!

Desesperado pidió  a su hermana que fuera con él a comprarle algún tebeo nuevo al kiosco del Camilo, pero ella no podía ir pues existía grandes probabilidades  de que surgiera  otro conflicto bélico con su mamá/sargento. Así que, por sugerencia de Gertru, le pidió a Juanito el favor de que lo acompañara, pero  su héroe-hermano se negó a hacerlo. Lo que produjo otra batalla  campal entre sus dos hermanos mayores.

Se gritaron tantas cosas feas  que Pepito se sintió fatal.  Una de las cosas que se reprocharon  es que Juanito y Ángel, el novio de Gertru, también jugaban a lo de las “pajas”. Un juego de mayores que, por lo que se veía, era  más popular que el de escondite pues, a pesar de que era originario de Villanueva de la Serena, todo el mundo  en Don Benito parecía conocerlo ya. Es lo que tiene el boca a oreja, que hace las modas se corran como la pólvora.

Lo más divertido que hizo en todo la semana fue ir a casa de su tía Elvira y jugar al juego de “Las familias de los siete países” con sus primitos Demetrio y Brígida. Un juego súper interesante, pero cuando ya había dejado de aprender a participar y había empezado a ganar, apareció su madre que era como el séptimo de caballería al revés.

Menos mal que el jueves siguiente pasó algo interesante. Mientras hacía caca después de la clase de Gimnasia,  entró el profesor y, como ignoraba que Pepito estuviera en uno de los baños,  comenzó a jugar a lo de la “masticación” mientras se duchaba. Como Matías tardaba  mucho en echar los virus, aquello se estaba haciendo súper pesado y con menos emoción que una carrera de caracoles.

Pepito harto de ver siempre lo mismo, aprovechando que no lo veía nadie, decidió marcharse. En el preciso momento que iba a salir del baño, alguien   abrió la puerta de entrada con la llave. ¿Quién podría ser? 

*************

El sol había desaparecido en el horizonte y Pepito Shagy todavía no había partido hacia la casa cuartel. Seguramente cuando llegara la Sargento Rosario lo castigara haciendo guardia hasta el día del luto final. Pero no sabía que era peor si enfrentarse a la ira de su progenitora o al peligro que acechaba tras la puerta del baño.

Una presencia  silenciosa y fantasmagórica estaba girando la cerradura de la puerta de los vestuarios.  Estaba tan aterrorizado ante aquella inesperada visita que un repelús recorrió súbitamente su espalda y se le erizó hasta el último pelo del cogote.  Si no hubiera vaciado ya su barriguita con el purgante de ciruelas, seguro que le hubiera entrado ganas de hacer caca.

Los vellos se le pusieron tiesos como escarpias y la piel como carne de pollo de las ofertas del supermercado. Estaba solo ante el peligro, no contaba ni con la ayuda de su fiel amigo Fernando Jones, ni de sus amigas Gertrudis Daphne y  Matildita Wilma. Ni siquiera contaba con la compañía de su fiel Scooby Doo.

La única solución que se le ocurría era escapar a toda velocidad de allí,  pero aquellos terroríficos baños solo tenían una salida  . La única alternativa que le restaba era aguardar  a que el terrible villano hiciera su aparición  en la escena del crimen y comprobar  cuál sería su reacción ante el juego de mayores que allí se estaba desarrollando. ¿Qué le pasaría a Pepito Shaggy por haber estado en el mismo lugar que el profesor de gimnasia? ¿Lo acusarían de ser cómplice? ¿Sería enviado a estudiar a un colegio  lejos de Don Benito?

No había cosa que le produjera más pánico que la palabra internado. Pensar que estaría  en un lugar donde no podría ver a su familia cada día le producía una enorme tristeza y no sabría si sería capaz de sobrevivir a ello.   Un temblor le  bailó desde la cabeza hasta los pies  y tuvo la sensación de que sus dientes iban a empezar a castañear. La impaciencia se apoderó de todo su cuerpo y, de no ser un hombre valiente, se hubiera puesto a llorar allí mismo como un niño chico…

A través de la  pequeña rendija de la puerta pude ver que quien entraba en los vestuarios era La Yaque,  la hija de la Jacinta, lo cual me tranquilizó un poco. Era una de las  limpiadoras del colegio y, como me conocía desde chiquitillo, siempre  que me veía, me  sonreía y decía  lo mismo: «¿Qué pasa, guapo?». Si por casualidad me descubría, como mucho, me echaría una regañina como las de   mi hermana Gertrudis. Pues  también era de las que te echaba las broncas más compromiso, que porque le gustara hacerlo.

 Así que  ya tenía un plan que me funcionaría a las mil maravillas con ella :   poner mi mejor  cara  de niño bueno  e inocente. Si se pensaban que   no tenía ni pajolera idea de  lo que allí estaba pasando, le echaría una riña a Matías por  hacerse una masticación en los vestuarios   y lo único que tendría que hacer es  esperar que  amainara el chaparrón de la reprimenda, para poder irme a mi casita. ¿Por qué cómo se iba a pensar ella que yo era un súper espía que sabía lo de los juegos de los mayores?

La Yaque era una muchachilla un poco mayor que mi hermana. Tendría unos veinte años más o menos.  Al igual que su madre, era muy simpática y estaba diciendo picardías graciosas todo el rato. Era un poquillo más alta que Gertru, tenía el pelo rubio de peluquería y se pintaba mucho los ojos, los labios y los mofletes. Parecía una estrella de cine.

Estaba un poquito más gorda que mi hermana y, seguramente porque de pequeñita habría bebido más leche que ella,  tenía las tetas mucho más gordas. Una vez la vi en la piscina con un bikini blanco y  estaba tan guapa como las muchachas que salían en la película del 007. Por la forma en que la miraban los hombres y los muchachos del pueblo, creo que no era yo el único que pensaba aquello. Si hubiera pasado en aquel momento un director de cine por allí, la habría contratado de inmediato.

Gertrudis antes de tener novio salía con ella en la pandilla,  pero a mi mamá no le hacía ni chispilla de gracia porque decía que era muy “ligerilla de cascos”. Cosa que yo no sabía muy bien que significaba, pero  tenía claro que no debía ser ningún piropo. Siempre que la sargento salía con aquello,   mi  hermana se enfadaba una migajina  y   siempre le respondía lo mismo: «¡Mamá, qué mal pensada eres! Para ti, toda la que no esté todo el día en la iglesia pegándose porrazos en el pecho y rezando tropecientos rosarios es una cualquiera. ¡Eres más antigua que el hilo negro!»

A quien no le caía  nada de mal la hija de la Jacinta, era a Juanito. Siempre que salíamos a algún sitio y se la encontraba se ponía a charlar con ella. Como mi hermano le decía las cosas en voz  muy bajita para que  yo no me enterara, no sabía de lo que hablaban. Lo que si podía escuchar era lo que le respondía ella: «Juanito, ¡no se ha hecho la miel para la boca del burro!» A mí la frase de la muchacha me hacía mucha gracia, pero a mi hermano no tanto, pues después de aquello se le ponía cara  de estar estrenando zapatos nuevos y no había quien le dirigiera la palabra en un buen rato.  

La limpiadora entró muy deprisa en los vestuarios  y cerró la puerta por dentro. Pese a que seguía estando guapa con el uniforma de trabajo, ya no parecía una artista de cine americana. Como mucho una española, tipo Gracita Morales o Laly Soldevilla. Soltó el cubo y la fregona al lado de la puerta y se fue  corre que te alcanzo para las duchas.

—¡Vaya, vaya! —Dijo dirigiéndose al profesor de gimnasia que seguía dale que te pego con la masticación sin importarle lo más mínimo  que la Yaque  lo hubiera pillado con las manos en la masa —Está claro que no te podías esperar a que yo terminara de limpiar las clases. ¡Eres un puto salido!

—¡Tú tienes la culpa! Es pensar en ti y mira lo malo que me pongo. ¡Cualquier día me da un infarto!

—¡Pues más enfermo te vas a poner con las cositas que te voy a hacer…!

Mientras veía como la muchacha se desprendía de la bata, de las braguitas y se metía en la ducha con él, un batiburrillo de dudas me asaltaron «¿Si Matías estaba malito del corazón, lo que iba hacer la Yaque era curarlo? Pero, como eran hombre y mujer no podían hacer lo del juego de  los médicos, ¿servirían también los actos impuros para sanar a la gente? ¿Por qué ella,  como la  buena enfermera que debía ser, en vez de decirle que se iba a recuperar, le decía que se iba a poner peor? ¿Serían los efectos secundarios del tratamiento?»

Cuantas preguntas y qué pocas respuestas. ¡El montón de cosas que iba tener que  preguntarle a mí primo Francisquito cuando lo pillara por banda! Estaba claro que, si no quería que me dijera que parecía un abogao, no iba a tener más remedio que dosificarlas, como hacía con mis comics.

Observe detenidamente a la amiga de mi hermana.  Su cuerpo no tenía nada que ver con la viuda Carmela. Su culo no se le movía al caminar y  las tetas no le rebotaban contra el pecho. La Yaque tenía los pechos que parecía que estuvieran mirando al techo y , sin el bikini de por medio, se veían todavía más grande. Tenían que ser por lo menos del tamaño de una pelota de futbol.

Lo primero que hizo la amiga de mi hermana  al llegar a las duchas, fue anudar los brazos alrededor del cuello de Matías y darle un beso de los de película. Cuando los vi tan juntitos  bajo el chorro de agua, me recordaron a las películas de Tarzán, en los momentos aquellos en los que  el rey de la selva y Jane se hacían cariñitos bajo las cataratas. ¡Qué bonito! 

Aunque al principio la cosa era guay del Paraguay. Pues estaban muy pegados el uno al otro, como si estuvieran bailando una canción lenta. El Matías hasta le puso una mano en el culo y todo. Pero cuando  estuvieron  un ratillo largo así me pareció requeté aburrido, tuve la sensación de estar viendo la carta de ajuste.

Como allí no pasaba nada entretenido y se me estaba haciendo tarde, me cercioré de que estaban muy  concentrados en el juego, me puse mi traje de Pepito Bond, abrí la puerta sin hacer mucho ruidito y me marché con viento fresco. Eso sí, como no quise hacer ruido para no descubrirme,  no tiré de la cisterna y  dejé toda la caca en la taza. Sabía que era una cochinada  muy gorda pero, ¡qué más daba, si nadie se iba a enterar que había sido yo!

Fue poner los pies  fuera del vestuario y me puse a correr como un galgo hacia mi casa. A pesar la curiosidad tan grande que había despertado lo que había descubierto entre mi profe y la Yaque, mis únicos pensamientos estaban con mi mamá-sargento y  en lo que me pudiera decir cuando llegara a casa. ¡De todo menos bonito! Estaría bueno que por culpa de las ciruelas me terminara castigando sin ir a casa de mi primo. ¡En mayores injusticias me había visto yo con ella!

—¿Qué horas de venir son estas? —Dijo al verme intentar escabullir el bulto yendo directamente para la parte alta de la casa sin decir siquiera hola.

—Es que… me ha… pasado una cosa.

Mi madre clavó en mí su mirada fulminadora y, sin necesidad de pronunciar palabra alguna,  me obligó a continuar hablando.  

—Me entró ganas… de … hacer… caca.

—¿Y?

—Los mayores siempre se meten con los más pequeños y he tenido que esperar que se fueran todos, porque si me veían hacer caca, después me pondrían el mote del cagón y ya nadie me llamaría Pepito. Tú siempre me dices que me llamo Juan por papá y José por tu padre. Si todo el mundo terminara llamándome cagón, ya nadie se acordaría que tengo el nombre del abuelo y yo no quiero que eso pase pues tú lo querías mucho.

Mi mamá al ver con la rapidez y energía que le contaba todo aquello, se quedó un poquito sorprendida. Pero ni por esas se quitó los galones de sargento y sonrió un poquito como lo hacía mi padre o mi Gertru cuando soltaba aquellas parrafadas de niño obediente.  Nada más concluí de contarle lo sucedido, me dijo:

—Bien. Ahora sube y te duchas, ¡qué seguro que con las prisas  no te has limpiado bien!

—¿Ducharme ahora?

—Sí.

—¿Y qué ropa me pongo?

—El pijama.

Lo que acababa de hacer mi madre, me dejó con las patas colgando. No tenía claro si lo que había hecho (esperar que los demás niños se marcharan para hacer caca) estaba bien o estaba mal. Como ella nunca daba explicaciones y simplemente se limitaba a ordenarte lo que tenías que hacer, no tenía ni pajolera idea de cómo debía actuar la próxima vez para poder acertar con lo que ella prefería que hiciera. Bregar con mi madre era tan complicado como una multiplicación de cuatro cifras, por mucho que la repasaras nunca tenías la certeza de si estaba bien hecha o no,  ¡qué ganitas tenía de ser grande para poder votar por la independencia  y poder hacer lo que me diera la gana!…

El caso es que mientras me quitaba la ropa para ducharme, tenía la sensación de que me estaba castigando, pues con el pijama puesto no podía subir al desván a jugar y como estábamos con lo del luto, de ver la tele me despedía.  Aun así, debía tratarse de un castigo pequeñita, pues no me había dicho nada de no ir a   casa de mi tito Paco, para lo que, dicho sea de paso,  solo quedaba un día ¡Qué largas se me iban hacer esas veinticuatro horas!

Ese día no volvió a pasar  más nada interesante, bueno sí, me terminé de aprender de memoria el tebeo del Capitán Trueno, pero poco más. Una vez cenamos, me acosté prontito y seguí estudia que te estudia las aventuras del caballero medieval. Era casi tan guay como los súper héroes y, para no tener ningún tipo de poderes, era la mar de valiente e intrépido.

Los cuatro aventureros recorrían montados en sus caballos la inmensa muralla china en busca de la entrada a la ciudad. El Capitán Matías Trueno, su fiel Pepincrispin, su amada Yaquesigrid  y el berzotas, pero fuerte, Pepongoliath.

—¿En qué kilómetro de la muralla se encuentra la puerta? —Preguntó con su dulce voz la princesa vikinga.

—Mi contacto en el imperio mandarino me ha dicho que pasando la torre naranja washingtona —Respondió Matías amablemente.

—¿Qué es una washingtona?

—Una washingtona ,Pepongoliath, es una de las variedades de las naranjas navel madre, tiene  una textura  tan suave  y fina que la convierte en  fantástica para su consumo de mesa- Intervino Pepincrispin —Algo que deberías saber si, en vez de  dedicarte a atizarle con la porra a los más pequeños, asistieras a las clases de Fray Remigio.

El gigante del chaleco de rayas miró con su único ojo a su compañero de aventuras y frunció el ceño, de no estar presentes su jefe y la bella Yaquesigrid, quien se habría llevado el mamporro por bocazas habría sido el simpático e  inteligente escudero de Trueno. Pero por temor a que lo castigaran sin comerse los muslos de cordero que tanto le gustaban, se aguantó las ganas y se dijo que ya llegaría el  momento de vengarse.

—La verdad es que no sé por qué hemos tenido que venir a este país indómito, donde todos tienen los ojos rasgados y  cara de estreñido —Se quejó la hermosa novia del Capitán.

—Es el único lugar del mundo donde se puede contactar con el mago Zhang Jiao.

—¿Y quién es ese Mago? —Pregunto Pepincrispin temiéndose lo peor.

—El único mago capaz de leer el pasado, el presente y el futuro con total certeza.

—¿Tan importante es para ti mi amor  averiguar quien dejó el wáter llenó de caca? Si apenas tardé una pizca en limpiarlo.

—Sí, pero es una enfrenta contra la educación que no puedo permitir y una vez se averigüé que alumno de la clase de escuderos ha perpetrado tal guarrería, será expulsado sin dilación de la escuela de caballeros Santiago y cierra España…

Jamás en la vida me había alegrado tanto de que mi Juanito me despertara. No podría haber soportado la vergüenza de que todo el mundo supiera la guarrería que me vi obligado a hacer. ¡Menos mal que era solo un sueño!

Aquel viernes no pasó nada interesante. La Yaque, tal como yo me temía, no fue clase por clase preguntando quien había dejado la tasa del servicio llena de caca y, para mi alegría, el Rafita cuatro ojos me dejó tranquilo a la hora del recreo.

El viernes hubiera sido el día más aburrido de la semana de no ser de lo que pasó por la tarde. Sin preguntar siquiera, descubrí algo que volvió mi mundo del revés: mi hermano escondía una oveja en mi casa.  Lo que no sabía era donde la tenía metida y como no se  la escuchaba balar, la pobrecita debía ser muda.

Tras almorzar mi madre tuvo que ir al hospital de Mérida con una vecina a ver a su madre y Gertrudis se quedó a mi cargo. Como era habitual, Juanito o estaba en el cuarto de baño leyendo hasta “quedarse ciego”, tal como lo decía mi padre que le iba pasar si seguía haciendo aquello a todas horas  o con la llave echada  en nuestro cuarto.

No tenía ni idea de porque se encerraba allí, ni lo que hacía. Lo único que sabía es que  no había una vez de las muchas que aporreaba la puerta para que me abriera, que no tardara un ratillo grande en salir y siempre tenía los mofletes colorados como un tomate. Además siempre me preguntaba lo mismo, refunfuñando:

—¿Qué se te ha salido a ti con tantas prisas, enano?

Aquella tarde, mi hermana, aprovechando que la “sargento” no estaba en casa para controlarla y que  no volvería hasta de anochecida, hizo planes para quedar con su novio. La pobre, como Ángel no quería hablar con mi padre que era la condición que le ponía mi mamá para que pudiera venir a mi casa,  desde que empezamos con el rollo del  luto no había podido estar con él  ni un poquito.

Con la de días que hacía que no lo veía, seguro que  ya no se  acordaba muy bien cómo se jugaba a lo  de  “pelar la pava”. Aunque yo también me llevé  una vez mucho tiempo sin coger mi bici, fue montarme en ella y aprendí tan rápido como la última vez.  Me imagino que con lo de la “pava” esa pasaría lo mismo.

—¡Juanito, sal! —Dijo  mi hermana golpeando con los nudillos fuertemente la madera.

Mi hermano, como era habitual en él, se tomó su tiempo para salir. Cuando abrió la puerta, nos miró a Gertrudis y a mí con cara de pocos amigos, hizo un mohín como si estuviera oliendo a caquita y nos preguntó:

—¿Qué mosca le ha picado a Pepito?

—A él no le pasa nada. Yo, aprovechando que nuestra queridísima madre no está en casa, voy a  ir a ver a Ángel y me gustaría  que te quedarás con el niño.

 —¡Y una mierda! ¡Lo cuidas tú, que para eso te lo han mandao a ti!

—¿Qué es lo que tienes que hacer?

—¡Cosas!

—¡Una paja! ¡Pues ya llevas tres hoy! No te creas que la policía es tonta y no se da cuenta de tus tejemanejes. Cada día, como mamá no quiere pensar que haces esas guarradas y hace la vista gorda contigo, te vuelves más descarado. Se te va a quedar como el mando del Scalextric con los “deos marcaos

Aunque no tenía claro que tenía que ver el  juego del Scalextric con el de las pajas, porque los dos eran bastantes bien distintos.  En el primero se participaba y en el segundo no. Estaba claro que mis hermanos cuando se mosqueaban, les daba igual que hubiera ropa tendía o no. Ellos seguían a lo suyo y yo me convertía en el súper héroe que menos me gustaba: el hombre invisible.

—Me hago las  pajas que me vienen en ganas, como si me quiero hacer catorce y tú no eres nadie para decirme nada —Mi hermano  se metió las manos en los bolsillos, sacó pecho y se contoneó  como un pavo real. No sé por qué, pero me pareció que se movía como Danny Zuko cuando le cantaba a Sandy al final de “Grease”.

♫ ai gat chils

Deiar multiplain♫

—Entonces, ¿definitivamente es que  no? —Dijo mi hermana muy enfadada, al tiempo que me cogió de la mano y nos marchamos de allí —. Pues muchísimas gracias. ¡Arrieritos somos…!

Mientras caminábamos hacia las escaleras, mi hermano en tono burlón le dijo a Gertrudis:

—Si no puedes pelar la pava con Ángel, podrías probar a meterte el deo, lo mismo te gusta y  nos tenemos que turnar en el baño…

«¿Dónde se tenía que meter mi hermana el dedo y por qué tenía que usar el baño para ello ? ¿No le estaría diciendo Juanito que se  lo metiera en el culito? »”, me pregunté poniendo mi mejor cara de inocente y sin que se notara demasiado el muchísimo asco que me daba pensar aquello.

Fuera el sitio que fuera, no le sentó nada de bien a Gertru, quien se limitó a apretar fuertemente mi mano y a gruñir como un Rob Bailey, con lo que me quedó clarísimo que estaba muy cabreada y que si no quería que pagaran conmigo el enfado debía ser el niño más bueno del mundo mundial.

Como pensaba que era por mi culpa por lo que ella no podría ir a ver a su novio, aun a sabiendas de que me iba a aburrir con ella, le dije:

—Gertru, si te prometo portarme bien, ¿puedo ir contigo cuando vayas a ver a Ángel?

Mi hermanita puso esa cara de muchacha guapa que ponía cuando le enseñaba todos los “bien” que me habían puesto en el cole y me dijo:

—No me importa que vengas conmigo a casa de Ángel, pero es que el tito Paco va a venir a recogerte.

—De siete  a siete y media dijo que estaría aquí —Respondí con mi mejor voz de sabelotodo.

Gertrudis miró la hora, movió la cabeza levemente y, cambiando su cara por una más alegre, me dijo:

—Tampoco es tan tarde, son las cinco y media. ¡Menos da una piedra! Espera que me pinte un poco y salimos pitando.  

Cuando mi hermana se marchó unas preguntas incesantes comenzaron a sonar en mi cabecita: «¿Dónde está la oveja de mi hermano?  Es más, ¿dónde la escondía para que nadie la viera en la casa? En mi habitación seguro que no. ¿Lo sabría mi hermana? ¿Quién le daría de comer? ¿Por qué no la escuchábamos? ¿Sería una oveja sordomuda y balaría usando el lenguaje de signos?»

Demasiadas cuestiones encadenadas y no encontraba ninguna explicación que me pareciera lógica ¡Pobre de mi primo Francisquito!, cuando lo pillara por banda la de cosas que me iba a tener que aclarar. Con los juegos de mayores me pasaba como con los exámenes del cole, cuanto más me estudiaba los temas y más me lo repasaba, menos parecía que  me sabía.

Gertrudis, tal como me dijo, se arregló en un santiamén. Se había puesto sus zapatos de tacón y un vestido que tenía para los domingos. Se había pintado y  peinado  como una estrella de cine, ¡qué guapa estaba! Seguro que cuando pasáramos por el kiosco del Camilo le decía: ¡Chao,  primor! Y es que esa tarde estaba primor, ¡pero primor del todo!

De camino a casa de Ángel, practiqué mi deporte favorito: preguntar.

—¿Gertru, en casa tenemos alguna oveja aunque sea chiquitita y sordomuda?

Ella me miró extrañada, como si hubiera preguntado una tontería de niños chicos  y termino diciendo:

—No, ¿por qué?

—Porque un niño de mi clase me ha dicho que cuenta ovejitas para dormirse y yo hay veces que tardo un rato muy grande en coger el sueño.

Mi hermana sonrió, se paró y se agachó para ponerse a mi altura.

—Pepito, esas ovejas están en la imaginación de quien las cuenta. Yo también lo hago y  cada vez que cuento una,  esta salta una valla imaginaria.

—¡Que guay!

Me daba mucho coraje tener que mentirle a Gertrudis, con todo  lo buena y cariñosa que era conmigo, pero es que si le contaba la verdadera razón de mi pregunta, tendría que contarle lo de los “secretos de espías” y Francisquito me hizo prometerle que sería una tumba. Mejor parecer un tonto pelao que no sabe la o con un canuto, que ser un chivato traidor.

Al pasar por  el bar, los hombres que estaban sentados alrededor de las mesas que habían en la puerta  se quedaron mirándola como si no la hubieran visto nunca y  algunos  hasta dejaron de jugar al dómino para saludarla.  A mi hermana aquello no pareció desagradarle mucho, aunque cuando ya no nos podían oír, dijo:

—Debería haber pasado por otro sitio, porque los cotillas estos, como no tienen vida propia,  seguro que van a papá con el cuento y seguro que me la lían. En fin…

Era curioso el modo en el que me hablaba Gertrudis,  como si hablará con ella misma y no esperará respuesta. Lo cierto y verdad, es que yo tampoco es que supiera que contestarle, pues bastantes líos tenía yo  en la cabeza con adivinar donde escondía mi hermano su oveja de las pajas,  para  tener que meterme en los jaleos de los dimes y diretes de los hombres del bar.

Cuando llegamos a casa de su novio, él fue quien nos abrió la puerta. Al verme con mi hermana puso cara de extrañado.

—¿Y esto?

—El empajillao de mi hermano que no se ha querido quedar con él porque dice que está ocupadísimo. Pero no te preocupes, que lo traigo todo pensado.

Ángel frunció el ceño y nos invitó a pasar a su casa.

Gertrudis nada más entrar me condujo a la sala donde estaba el televisor y, sacando su mejor sonrisa, me dijo:

—¿Quieres ver los dibujitos?

¿Por qué ella me hacía una pregunta tan tonta? ¡Vamos a ver ¡, ¿a qué niño no le gusta ver los dibujos animados? Es como cuando te preguntan si quieres otro trozo de tarta, ¿cuál va a ser la respuesta?

—¡Síiiii! —Respondí pegando saltos de alegría y levantando los brazos sin parar. Pues si mi hermana tenía permiso para preguntar boberías,  porque no iba a tener yo permiso para hacerlas.

Mi hermana me sentó  en un sillón que había pegado frente a la tele y me dijo:

—Tómate la merienda mientras ves los dibujitos, ten cuidado de no manchar nada. Cuando termines deja el vaso y el envoltorio en la cocina.  Nosotros vamos a estar en el cuarto de Ángel, escuchando música.

—Si te quedas con hambre, en la despensa hay más dulces. Si tienes ganas de ir al servicio, ya sabes dónde está. No vayas a mi cuarto y nos moleste, si no es estrictamente necesario —Me recalcó Ángel, dejándome claro que lo de ir a su dormitorio era lo último que tenía que hacer.

¿Cuántas discos iban a escuchar aquellos dos? Para mí que me iban a dejar toda la tarde delante de la tele como si fuera un mueble. Miré a Ángel con mi mejor cara de obediente y asentí con la cabeza. Por cierto, me percaté de que  ya tenía el bulto grande otra vez debajo del pantalón.  Debía ser  una reacción alérgica  a mi hermana, pues cuando llegamos a su casa, me fijé bien y lo tenía normal. ¿Despertaría mi hermana al alíen con su presencia? Otro misterio más para mi corta existencia en la superficie del planeta tierra.

Los dibujos que ponían en la tele eran los de “Los Picapiedra”, ¡qué me gustaban! Con Pedro, Vilma, Pebbles, Dino, Pablo y Betty Marmol, pero a mí de todos los personajes quien más me gustaba era Bang-bang, ¡era el niño más fuerte del mundo mundial primitivo y todos los problemas lo solucionaban a base de cachiporrazos! ¡Era un botarate de tomo y lomo como el Pepón, pero tenía mucha más gracia que él! ¡Me lo pasé chachipiruli viéndolos!

Con los Picapiedra me pasaba una cosa muy curiosa, lo que me gustaba más era la escena final en la que la familia iba en el coche al restaurante a comprar una costilla de dinosaurio y se les volcaba el coche, ¡qué risa tía Luisa! Y cuando estaba más divertido, era cuando Pedro se quedaba fuera de la casa y gritaba aquello de: “¡Vilma ábreme la puerta!”

Pues ya habían dejado a Pedro en la puerta y mi hermana y su novio todavía seguían escuchando canciones,  tenían el tocadiscos tan fuerte puesto que un par de veces tuve que darle volumen al televisor.  Estaban tardando tanto que pensé que aquellos dos,  aparte de escuchar música moderna en inglés, estaban aprovechando para eso de “pelar la pava”.

Me empecé a cansar un poco de ver la tele, pues después de “Los Picapiedra” ponían “El gran circo de televisión Española”  que no me gustaba tanto. Los cuatro payaso eran requeté pesados todo el tiempo con eso de: “¿Cómo están ustedes?”, pues como íbamos a estar: bien. ¡Qué cansino! Sin embargo, lo que me parecía una tontería de campeonato era cuando decían: “¡Más fuerte todavía! ¿Cómo están ustedes?”. Si estaban sordos que se compraran una trompetilla para el oído, porque lo que eran los niños  del público se iban a quedar  todos roncos de tanto gritar. Lo peor es que los muy pavos, como si fuera la cosa más alegre del mundo, se reían sin parar.

Pero lo que no me gustaba ni un pelo, eran las canciones,  “Hola Don Pepito, Hola don José”, ¡vaya mamarrachada! Si a eso le sumamos que algunos niños del cole se burlaban de mí, cantándomela. Era de lo más compresible  que me diera tanto coraje escuchar aquella bobada.

Ya los payasos habían pasado por su casa,  visto a su abuela, montado en el auto nuevo, contado los huevos que había puesto la gallina turuleta y mi hermana seguía dale que te pego al rock and roll en el cuarto de Ángel.

Menos mal que en el mismo momento que se me empezó a poner cara de ostra, salieron de su cuarto.

Observé a mi hermana y pensé que no debía haber estado jugando a lo de la pava como yo pensaba, sino que habría estado bailando con su novio. Estaba un poco despelucada y el maquillaje de la cara se le había quitado un poquillo, sobre todo el de los labios. Es lo que tiene ser una chica ye-ye y saltar con tanta energía, que el peinado no te dura  intacto ni un minuto.

Gertrudis pareció, nada más verme la cara, darse cuenta de lo que estaba pensando, pues cogió su bolso y, dejándome al cuidado de  su novio, fue al baño para recomponerse un poco.

—¿Qué pasa chaval? ¿Te gustan los payasos? —Me dijo Ángel con una sonrisa de oreja a oreja.

—No mucho.

—¿Y eso? Si son muy graciosos.

—Eso dicen, pero no me hacen mucha risa. Hacen bromas de niños chicos y siempre las mismas. Los Picapiedra son mucho más guay.

—¿Y eso?

—Porque los payasos hacen las gracias con cosas muy tontas que si una barba que tiene tres pelos,  que si una niña que tenía que barrer antes de almorzar… Los Picapiedra tienen dinosaurios que le lavan la ropa, le friegan los platos y coches para los que no hace falta sacarse carnet…Son mucho más divertidos.

Ángel se quedó pensativo, me acarició la cabeza y me dijo:

—Pero que chispoleto eres chaval, sigue siendo así de listo que llegarás lejos.

Mi hermana salió del baño igual de guapa y arreglada que cuando salió de mi casa, tras dar dos besos a su novio, me cogió de la mano y nos fuimos de allí.

—Adiós, chaval. Haz caso a tus mayores —Me dijo Ángel regalándome una sonrisa tan bonita como las de Gertrudis.

Yo asentí con la cabeza y al llegar a la puerta me despedí de él dándole la  mano que tenía libre.

—Pepito, date prisa que todavía tenemos que preparar la maleta para irte a casa de los primos.

—Ya la tengo hecha, lo único que tengo que hacer es repasarla por si se me ha olvidado algo.

Gertrudis me miró de reojo, sonrió por debajo del labio y me dijo:

—Ahora, cuando lleguemos a casa, yo te ayudo a repasarla, ¿vale?  

Una vez subimos a mi cuarto y mientras revisábamos que no me faltará nada, mi hermana se arrodilló ante mí para ponerse a hablar muy bajito.

—Pepito, mi novio me ha dado veinte duros para que te compre cómics.

—¿Por qué?

—Para que si alguien te pregunta, le digas que hemos estado todo el tiempo contigo.

—¿Qué hay de malo que halláis escuchado música en el cuarto de Ángel?

—Nada, pero tú sabes cómo es mamá de antigua. Si se entera que, con lo del luto, he escuchado música en casa de Ángel, me puede echar la bronca.

Me quedé pensativo un rato, sabía que mentir no estaba bien, la catequista nos decía que podíamos ir al infierno en vez de al cielo. No obstante, pensé que eso le pasaba a los que seguían las leyes de Dios y  cómo yo tenía pensado hacerme ateo en cuanto fuera grande, llegué a la conclusión de que podía soltar un embuste de vez en cuando sin que me supusiera ningún problema con los demonios y el fuego del infierno. —No te preocupes hermanita, diré que he estado todo el rato con vosotros. Eso sí, te tengo que contar el capítulo completo de hoy de los Picapiedra por si papá o mamá te lo preguntan. Que tú sabes cómo son de preguntones.

Gertrudis me pego un pequeño pescozón en la mejilla y me  dio dos besos con muchas ganas. 

A las siete y diez, apareció mi tío Paco en mi casa, ¡cuánta alegría me dio verlo! Fue saber que estaba allí y baje las escaleras corriendo para abrazarlo. Estuve un buen rato con mis brazos alrededor de su cuello y dándole besitos. Él sonreía y decía cosas como: «¡Chiquillo que solo hace dos semanas que no nos vemos!»

Mis dos hermanos también habían pasado a saludarlo, Gertrudis le dio dos sonoros besos y Juanito intentó darle la mano, pero el papá de Francisquito lo abrazó y lo beso en la cara diciéndole:

—¡Chaval no me seas tirulato que te he visto nacer!

Mi tío se quedó un poco extrañado cuando no vio que mis padres salieran a recibirlo, puso  cara rara y preguntó por ellos.

—Mi madre está en Mérida, ha ido con una vecina a ver a su madre que está la pobre muy mal y mi padre seguramente se haya pasado por el bar al salir de trabajar.

—¿No se acordaban de  que yo iba a venir a recoger al niño?

—Sí, perfectamente. De hecho mi madre me dejó instrucciones para hacerle la maleta y todo. No hay ningún problema. De hecho le va a venir bien al pobre desfogarse corriendo en el campo, porque mi madre con lo de su cuñado no tiene muchas ganas de jaleo y lo tiene atado en corto.

—Normal, es el marido de su hermana el que se ha muerto y quiera o no quiera lo ha debido sentir.  

Estuvieron un ratito charlando de cosas de mayores, preguntando como estaba la familia, el trabajo en la granja y cosas así,  pero como yo me empecé a impacientar y a ponerme latoso, cortaron la conversación diciendo:

—Mejor será que me vaya, que el muchachito parece estar deseando ver a sus primos  y se le está acabando la espera.

Gertrudis sonrió, se agachó ante mí, me dio dos besos, uno por mejilla. Juanito, no me dio ningún beso, simplemente se limitó a despelucarme, pero como ya sabía que me quería y todo eso, no me enfadé. Por lo que simplemente me limité a sacarle la lengua.

—El domingo sobre las seis de la tarde o cosa así te lo traigo de vuelta —Dijo mi tío cogiendo mi maleta en una mano y a mí de la otra.

Me ayudó a meter el equipaje en el portamaletas del coche y me abrió la puerta trasera para que me subiera a él. Le volvimos  a decir adiós a mis hermanos, quienes esperaban en la puerta a que nos marcháramos,  y partimos hacia la granja.

Mi tito puso la radio y, como era un hombre muy bueno, buscó una emisora donde pusieran música moderna de la que a mí me gustaba. La primera canción que sonó fue la de John Travolta y la Olivia Newton John en Grease. Era solo escucharla y me imaginaba bailándola como al final de la película cuando Sandy, para ligarse al Danny Zuco, se transformó por completo. La muchacha pasó de estar peinada y arreglada como en un Domingo de Ramos a vestirse como las cantantes rockeras de la tele. Se había hecho hasta la permanente.

Aquel cambio radical  era algo  que yo no entendía muy bien,  pues él  chaval se había enamorado de la chiquilla que conoció estando de veraneo en la playa y a los que parecía que no les gustaba eran a sus amigos que iban de otra moda.

Como era un misterio demasiado complicado para mí y después del día que llevaba que nada era como tenía que ser. Opté por dejar  de darles vuelta a la cabeza y puse los cinco sentidos en la música.

♫♫You’re the one that I want
Oo-oo-oo, honey
The one that I want
Oo-oo-oo, honey
The one that I want
Oo-oo-oo, the one I need
Oh, yes indeed♫♫

Unas cuantas canciones más y llegamos a la granja. Aunque estaba un pelín cansado, estaba tan nervioso por volver a ver mi primo que no tenía ni una chispa de sueño. Fue aparcar el coche en la puerta de la granja y la familia de mi tío salió a recibirme. Los únicos que faltaban, y  porque según me dijo Francisquito estaban ennoviando en el pueblo, fueron los gemelos: Ernesto y Fernando.

¡Qué contento me puse a ver a mi tía Enriqueta, a Matildita y, sobre todo, a Francisquito! Todos me dieron dos besos y se les veía muy felices de que yo hubiera ido a pasar el fin de semana con ellos. Hasta mi primita parecía contenta de que yo estuviera allí. Ya buscaría alguna excusa para fastidiarme, pero de momento se la veía tan feliz como el gato cuando veía a Piolín.

Francisquito me ayudó a subir el equipaje a la habitación, cuando vio que le costaba trabajo cargar con él, se paró en medio de la escalera y  me preguntó:

—¡Cuánto pesa!¿Qué traes aquí, Pepito?

—Una muda para mañana por la mañana, otra para por la tarde, una para ir a la iglesia el domingo, otra para volver a casa, mi neceser  y unos cuantos cómics.

Francisquito se quedó pensativo un ratito. Me dio la sensación de que él no se cambiaba tanto de ropa como yo, pero para no quedar como menos elegante y moderno  que yo, prefirió quedarse callado. Lo único que me dijo,  como no podía él solo con mi maleta, es que  lo ayudará a subirla a su cuarto.

Mientras colocaba mis ropas en el armario de Francisquito, le presté mi cómic de samurái para que le echara un vistazo, por la cara que ponía parecía que le gustaba tanto cómo a mí o más. Cada vez que pasaba una hoja, ponía cara de estupefacto y daba la sensación de que se le fueran a salir los ojos de las cuencas.

Una vez saqué todas mis cosas de la maleta y puse cada cosa en su sitio, todo muy bien ordenadito como a mí me gusta. Me senté al lado de mi primo y le expliqué los distintos personajes del cómic. El samurái bueno, el samurái malo, el señor de ambos, la geisha a la que los dos amaban y  por la cual estaban enfrentados. Mi primo estaba asombradísimo y a cada cosa que le contaba más se entusiasmaba.

Estaba tan emocionado que hasta estuve a punto de contarle que el samurái malo mataba al señor de ambos y el bueno, después de un feroz combate, acababa con la vida de su contrincante. Menos mal que apareció Matildita para decirnos que la cena iba a estar, o si no le habría destripado el final.

Mientras nos lavábamos las manos, mi primo me siguió preguntando cosas de los samuráis, pero como yo quería que el disfrutara lo mismo que yo le dije:

—Primo, lo bueno de los comics no es que te lo cuenten, sino leerlos. Es mucho más guay.

No sé por qué, pero tuve la sensación de que a Francisquito aquello que le dije no le había gustado demasiado. Un poco molesto, cogió la toalla se secó y, bastante serio, me pidió que me diera prisa que la comida se enfriaba.  

Tras cenar, nos sentamos a ver la tele, pero cuando salieron los dos rombos de los mayores mis tíos nos mandaron a los tres para la cama.

—¿Por qué no me puedo quedar si yo ya soy una mujer? —Refunfuño Matildita.

—Los dos rombos dicen que es para mayores de dieciocho años, ¿tú cuántos años tienes?

Mi prima ante la rotunda de su padre, únicamente pudo  contestar en voz muy bajita: «Doce».

—Pues entonces a la cama —Sentenció mi tío señalando con un dedo a la parte de arriba que era donde estaban los dormitorios.

Nos lavamos los dientes y nos fuimos para acostarnos, mientras nos poníamos el pijama le hice una pregunta que desde que escuché a Matildita protestar porque quería ver la peli de mayores, estaba rondándome la cabeza:

—¿Por qué ha dicho tu hermana que ya es una mujer? Yo todavía la veo que es una niña.

—Por lo que le escuché un día a mis padres hablar, le ha venido a visitar un tío de América y ahora todos los meses se tiene que poner las compresas esas de las mujeres. Pero pa mí que es todo mentira, que no ha venido a visitarla nadie y  que es un rollo que se ha inventao para darse importancia. Como hasta que no lleguen las comuniones de los niños del pueblo, no tiene que estrenar trajes nuevos, algo tendrá que hacer la pobre para entretenerse.

—Será tu hermana, pero tienes que reconocer que es una niña muy, pero que muy presumida.

—¡A mí me lo vas a contar que la conozco de toa la vida! Si vieras el tiempo que tarda en arreglarse. Mi madre dice que en cuanto pueda, pone un cuarto de baño para las hombres y otro para las mujeres, porque no veas las colas que se forman por las mañanas.

—En mi casa  pasa algo parecido, pero cuando mi hermano se mete a leer en el baño.

—¿A leer en el baño?

—Sí, es una costumbre que tiene. Mi padre dice que se va a quedar ciego, pero a él le da igual y cada día se lleva más tiempo dentro.

—Es que en tu casa sois mucho de leer, tu hermana el Pronto y el Súper Pop, tú los comics… ¿Qué es lo que lee Juanito?

—No lo sé. Me parece que se lleva el álbum de las estampitas de futbol…

—Tampoco es que eso tenga mucho que leer.

—Lo hará muy despacito y por eso tarda tanto… Nunca ha sacado muy buenas notas en el colegio y este año, como no se aplique, me parece que va a repetir.

De nuevo Francisquito pareció incomodarse por algo que yo había dicho y dio la conversación por terminada. Se terminó de poner el pijama, cogió el cómic de los samuráis y se metió en la cama.

—¿Te gusta?

—Sí, un montón. Es la mar de  chulo.

—¿Lo quieres pa ti pa siempre?

—Me gustaría… pero ¿y tú qué?

—Yo tengo muchos más y además ese me lo sé  ya de carrerilla. Si no te lo crees pregúntamelo.

Francisquito me miró y no dijo nada, simplemente sonrío igual  que lo hacían las personas mayores cuando decía cosas como aquellas.

Me tapé con las sabanas y la colcha, cogí el cómic del Trueno Color que era el que peor me sabía y me puse a leerlo, sin embargo una nueva pregunta se me vino a la cabeza e interrumpí a mi primo en su lectura:

—Primo…

—¿Qué quieres?

—¿Desde cuándo tienen novia los gemelos? 

—Desde el Domingo de Resurrección.

—¿Y eso cómo ha sido?

—Pues como va a ser, como lo hace todo el mundo. Salían con unas chavalas, le pidieron de ennoviarse y estas les dijeron que sí.

—¿Quiénes son sus novias?

—Dos muchachas del pueblo, la de Fernando se llama Marta y la de Ernesto Adela. Son primas entre ellas y son las dos muy guapas. A lo mejor mañana la traen a comer a la granja y veras lo apañada que son.

—Si tienen novias, ya no jugaran a los médicos, ¿no?

—¡Que va a tener  que ver una cosa con otra! —Respondió Francisquito bastante molesto —Como ya te dije con las mujeres se hace lo de los actos impuros y los hombres juegan entre ellos a los médicos.

—¿Y eso tú como lo sabes?

—Pues sabiéndolo. Tú fíjate, mi padre juega a los actos impuros con mi padre y también a lo de la masticación. ¿O acaso porque tú juegues a indios y vaqueros no puedes jugar al futbol? — No había terminado de decir esto, se llevó un dedo a la frente y me dijo —¡Piensa, piensa!…

Estuve tentado de preguntarle que como se había enterado él que sus padres jugaban a los actos impuros, pero  me di cuenta de que no estaba dejando a mi primo leer “su” cómic de los samuráis. Así que me puse a leer yo el mío y lo dejé tranquilo. Tendría todo el día del sábado y el domingo para hacerle todas las preguntas que quisiera.

A los pocos minutos, mi primo seguía sumergido en la lectura y yo ya había acabado con mi Trueno Color. Aunque las preguntas saltaban en mi cerebro como cervatillos en un prado, no quise molestarlo y me puse a mirar  fijamente el papel pintado de la pared. Tenía un fondo marrón y sobre él unos motivos forales beige. Al igual que el de mi casa, fijabas la vista en una de sus dibujos y te permitía ver figuras diferentes según lo mirara. Imaginé que veía osos, elefantes, dragones,…Tanto más tiempo lo observaba, mayor era el bicho que creía ver. En un momento determinado me  imaginé el monstruo del Lago Ness, me entró un miedo que te cagas,  cerré los ojos fuertemente, me tapé la cara con las sabanas  y, al poco,  me quedé dormido.

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