Las paredes y sus secretos (1 de 2) Inédito

Noviembre de 1952

1                                                     ******Anxo e Iago******

Al día siguiente llegaban  a Pontevedra, una vez desembarcara el patrón les abonaría su salario, algunos de ellos gastarían buena parte en divertirse, pero lo normal era tomarse unos vinos y partir hacía sus respectivos pueblos.

Roxelio, él y los demás vecinos de Combarro cogerían un autobús de línea de los de  Santiago Castromil que, si los cogía un chófer simpático los acercaría lo más posible a la villa marinera. En el peor de los caso  los dejaría en Bordons y ya de allí, si no tenían suerte de que pasara un granjero con un carro, harían el resto de camino a píe.

La alegría se respiraba en el ambiente. Ya les quedaba poco que faenar  y todos suspiraban por la cercanía de ver pronto a sus familias, sus amigos. Sin embargo, Anxo no se podía hacer partícipe del júbilo reinante entre sus compañeros de travesía.

Lo que para ello significaba calor y cariño, para él era frialdad y soledad. Pasaría de dormir junto a la persona que era el motor de su vida a hacerlo en una habitación donde el único fuego reinante sería  el de una mariposa de aceite.

Intentaba disimular su tristeza y, como si el dicho de ojos que no ven corazón que no siente fuera una verdad absoluta, evitaba a su compañero de camarote en un intento vano que su ausencia dejara un vacío menos doloroso.

Sabía que aquella noche sería la última que pasaría con él. Con un poco de suerte si el patrón del San Telmo  contaba con ellos dos  para la próxima travesía en busca de caladeros de bacalao, existirá la posibilidad de poder  reiniciar sus prácticas perversas. Quizás para entonces habría ganado confianza en sí mismo y encontraría el valor necesario para a manipularlo para que lo penetrara.

Le quedaba todavía una última  bala y podía embaucarlo para que aquello sucediera,  pero la calentura y las ganas de tenerlo pesaba menos que el miedo a perderlo para siempre. Valoraba demasiado su amistad y no quería que se llevara una mala opinión de él. Al fin y al cabo, como era bien sabido por todo el mundo, los únicos que se dejaban encular eran los mariquitas afeminados.

Tenía claro que él no tenía nada que ver con los depravados que se vestían de mujer, no obstante, también era obvio que el sexo con hombres le gustaba una barbaridad.  Solo había conocido carnalmente a dos, su primo y Roxelio, pero tanto con uno como con otro, había pasado los mejores momentos de su vida.

Con su compañero de dormitorio únicamente había llegado a practicar el sexo oral y a besarlo. Un sendero corto por el que caminó despacio temiendo que cualquier urgencia pudiera terminar asustando a su amante. Sin embargo, desea tanto tener su virilidad clavada en sus entrañas que una mamada y unos besos le parecen un baladí entremés para un primer plato que nunca terminaba de llegar.

Había cenado con Roxelio que, al igual que él, no estaba demasiado hablador. Supuso que su silencio se debía a que tenía unos sentimientos parecido a  los suyos, pero en la corta conversación que han mantenido le ha dicho lo mucho que echa de menos a Eleonor, su novia, y las tremendas ganas que tiene de abrazarla.

Aquel puñetazo en la boca de su orgullo le dejó claro que no debía correr riesgos, que si esa noche veía que su entrepierna crecía con su sola presencia, se limitaría a practicarle una buena mamada. Ni siquiera lo besaría. Lo de manipularlo para  que se lo follara lo dejaría para otro momento, para otro tiempo en alta mar.  Por muy revuelta que tuviera sus hormonas juveniles, lo quería tanto que, aunque no fuera como él quería, deseaba que siguiera formando parte de su día a día en el pueblo.

Tras devorar la manduca, los marineros se apoderaron de un vaso de vino y se pusieron a celebrar  la dicha de no haber contado con ninguna enfermedad, ni ninguna baja durante el largo periplo. A pesar de que no tenía el cuerpo para demasiadas fiestas,  Anxo brindó con ellos en un primer momento.

En punto álgido  que el alcohol les llevó a la exaltación de la amistad, como tenía claro que no era una buena compañía aquella noche, decidió retirarse. Sin que nadie se percatara de su marcha, dejó a sus chispados camaradas y se dirigió hacia la zona de los ranchos donde estaban los aposentos de la tripulación.

No sabía muy bien si porque la mar no estaba en demasiada calma o debido a que la poca costumbre que tenía de beber alcohol, pero en más de una ocasión se tuvo que agarrar a los asideros de la pared pues el cuerpo se le iba.

Como en las ordenanzas del barco había establecido que para evitar las enfermedades propias de la falta de higiene como la sarna, tenían la obligación de lavarse diariamente antes de ir a la cama. Sabía que se le podía saltar porque  el contramaestre, al igual que el resto de sus compañeros,  estaría ya en la parte de los cantos alegóricos, no quería acostarse sin asearse.

Se dirigió a la zona de las duchas, que no era otra cosa que  un habitáculo de cuatro metros de largo por tres de ancho, donde había varias regaderas de metal de la que salía un pequeño chorro de agua. Su ritual para combatir la suciedad era abrir unos segundos para mojarse, se enjabonaban  rápidamente con el grifo cerrado y dejaban correr otros segundos más para quitarse la espuma. Si en alta mar  algo no podían hacer, era escatimar el agua dulce.

Al llegar a las estancias de madera donde estaban los pequeños habitáculos que servían como baños, no se extrañó al verlos vacíos.  Todos estaban en la cantina, empapando el gaznate y, con la voz caliente por el alcohol, intentando entonar a gritos desafinados   las notas de una canción marinera.

Ver aquel bullicioso lugar  desierto de cuerpos desnudos aguardando en una ordenada cola que una ducha se quedara libre, le  produjo sensaciones encontradas. Se sentía libre de poder actuar como su corazón le pedía, pero al mismo tiempo una triste nostalgia infló  su pecho y no pudo evitar suspirar por como añoraría los momentos que, tras la hora del baño,  había compartido con Roxelio  entre las cuatro paredes de su camarote.

Se desnudó deprisa y dejó la ropa sobre uno de los  gastados bancos de madera. Se metió en uno de los habitáculos y abrió la regadera el tiempo reglamentario.

Una vez humedeció levemente su piel, pasó el basto jabón por ella para que formara una capa de espuma. Quizás porque no se sintiera observado por nadie o porque el alcohol lo había desinhibo un poco,  prolongó aquel momento más de lo habitual. Se deleitó tanto en acariciar cada resquicio de su cuerpo, que sintió una especie de placer prohibido en aquel acto solitario.

Mientras paseaba sus manos por su pecho, imaginó estar en la compañía de Roxelio y, preso del frenesí, se la llevó al culo. Comenzó a tocarse de un modo que nunca lo había hecho, deslizo uno de sus dedos por su raja y estuvo tentado de meterse un dedo en el ojete.

Estaba tan absorto en su aseo personal,  que no se percató de que alguien entraba en el aposento comunal.

—¿Cómo vaí, rapaz?

Sobresaltado, buscó al dueño de aquella voz y no era otro que su deseado Iago, el Colgón.

—Ben —Contestó tímidamente el muchacho mientras se quitaba la mano del trasero y se tapaba disimuladamente las vergüenzas, al tiempo que seguía enjabonándose como si le fuera la vida en ello —¿ Ya terminó el jolgorio?

—No, ya han empezado con “Galicia patria querida”.

—Será Asturias, ¿no?

—No ves como tú te has dado cuenta también que están muy borrachos.

Anxo soltó una carcajada y, quizás porque los nervios se habían apoderado de él, siguió restregándose el jabón  como si su piel fuera la cubierta del barco.

—Cómo sigas así, rapaz,  te vas a gastar el pellejo

El joven marinero se quedó un poco cortado ante su comentario,  pero acostumbrado a disfrazar sus emociones de falsedades soltó la primera mentira que se le vino a la cabeza.

—Mañana, nada más llegue a Combarro, quiero ir a ver a la novia y no quiero oler a pescado.

—La peste a mar no se quita por mucho jabón que te juntes —Respondió el pelirrojo a la vez que se iba desnudando con cierta parsimonia —Habrás cometido el mismo error que todos los novatos, lavar la ropa de calle con agua salada para tener un aspecto presentable y  no habrás caído en la cuenta que tus prendas, cuando se sequen, olerán igual que el bacalao que llevamos en la bodega. ¡Inocente juventud!

Anxo, achispado como estaba, estuvo tentado de decirle que no era tan inocente, que sabía los secretos que encerraban las paredes de los camarotes, pero el inesperado striptease que le estaba regalando  aquel cuarentón lo tenía completamente ensimismado y, a pesar de que tenía claro que el hombre que hacia latir su corazón era Roxelio, sintió como se le aceleró el pulso ante la posibilidad de verlo completamente desnudo.

Sabía que si lo pillaba mirando, transgrediría la norma no escrita de lo que pasa en el dormitorio, no se airea fuera. Más era tanto lo que aquel semental gallego le ponía que se sintió libre de las  restricciones y perjuicios que la tripulación imponía. Tragó saliva y siguió enjabonándose si, de vez en cuando,  dejar de lanzar una disimilada visual al fornido marinero.  

Consideraba al Colgón uno de los tipos más guapo del barco. Le encantaba su melena y su barba roja, le encandilaba sus ojos verdes. No era de los más fornidos de la tripulación, pero tampoco tenía un mal cuerpo. Un poco de barriga que lo dotaba de un aspecto más varonil, pero por lo demás, nada tenía que envidiarles a los marineros más jóvenes.

Si a eso se le sumaba su simpatía natural, su generosa sonrisa con la que adornaba cada conversación y esa alegría natural que compartía con todo el mundo. No era raro que el muchacho se sintiera tan encandilado, como intimidado por su recia presencia.

Le parecieron espectacular su hombros, sus brazos, su vigoroso pecho cubierto de una especie de pelusilla roja, su hinchado vientre…No obstante, nada fue comparable al momento en que  se quitó los calzones y dejó al descubierto su herramienta sexual.

El joven rubio intentó desviar la mirada, pero sus grandes ojos azules le traicionaron y, como si tuvieran voluntad propia, se clavaron insolentemente en el miembro viril del cuarentón.

El tipo se percató de aquella falta de decoro por parte del muchacho, pero en vez de recriminarle su descaro, se pasó la palma de la mano por la bestia de su entrepierna. Algo que, en vez de achantar al joven pescador, pareció darle alas a su atrevimiento pues tuvo la sensación de que se le estaba insinuando.

Iago al ver que Anxo seguía escudriñando con su mirada el tamaño de su virilidad, soltó una fresca tan impropia de él, como de la época.

—Puedes mirar todo lo que quieras, no se gasta.

—Perdón… No quería… —Respondió tímidamente el muchacho al darse cuenta todas las reglas que había transgredido con su comportamiento.

—No mientas, si querías… Estoy acostumbrado a que la gente se me quede mirando la churra  y quiera comprobar si las habladurías sobre la herencia familiar son ciertas.

Anxo no pudo evitar sonrojarse. Algo que a Iago le resultó de lo más tierno. Imaginó como sería tener aquel muchacho entre sus brazos e, irreflexivamente, sintió como su polla se llenaba de sangre. No había bebido tanto, pero se encontraba completamente desinhibido.

 Nunca había sacado la lujuria fuera  de las cuatro paredes de su camarote y cuando había estado con algún hombre en alta mar, tres o cuatro a lo sumo, eran tipos con los que el intercambio de roles era lo que primero  se establecía.  No había una pasión, ni un deseo previo, solo unas ganas de desahogar la calentura de muchos días en la mar. Luego estaba, como le pasaba con Xenaro, que se conectara y llevaran varias travesías compartiendo dormitorio.

Sin embargo, las emociones que aquel chaval despierta en él, no las había sentido nunca. Pese a que su aspecto no tenía nada que ver con las maricas que lo buscaron alguna vez que otra en su juventud para verificar la autenticidad de los rumores sobre el tamaño de la verga de los miembros de su familia, lo único que podía pensar era en follárselo.

En su mente, con una naturalidad pasmosa, se había montado la escena de meterse  con el muchacho en el pequeño habitáculo que servía de ducha, empujarlo  contra la pared y clavarle su virilidad de  la forma más  salvaje y violenta.

El pelirrojo al ver que el muchacho seguía haciendo gala de una inocencia que le excitaba. Probó a ponerlo otra vez contra las cuerdas, para  comprobar cuánto había de deseo en la mirada del chaval y cuánto de curiosidad.

—¿Te parece tan grande como la gente cuenta que es? —Dijo sin dejar de tocarse la verga y mostrando una sonrisa de lo más embaucadora.

El joven pescador, que no había dejado de darse lustre en la piel con el jabón durante todo el tiempo, se detuvo un momento y con una voz vacilante dijo:

—Es bastante grande.

—Pues se pone más grande aún, ¿quieres verla? Seguro que te gusta mas.

El muchacho se dispuso a contestar , pero unos estridentes cantos le hicieron ver que no estaban solo por lo que, aunque la respuesta murió en su garganta, no fue así con el gesto afirmativo de su cabeza.

Al sentirse descubierto, el  cuarentón se apresuró a meterse en la ducha contigua a su joven compañero quien había abandonado la parsimonia con la que  se enjabonaba e intentaba quitarse toda la espuma lo más rápido posible.

Antes de que el grupo de embriagados marineros entraran en las estancias de la ducha, Iago le susurro:

—Me debes una respuesta, si no me la contestas  en este barco, tendrás  que hacerlo fuera.

Anxo lo miró, sus palabras lo excitaban y lo asustaban por igual, tras comprobar que ninguno de los borrachos se encontraba lo suficiente cerca  para escuchar sus palabras le dijo:

—¡Cuenta con ello!

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