Reunión futbolera, situaciones comprometidas

La heterocuriosidad de Ramón

Noveno episodio

La historia hasta ahora: Ramón, un heterosexual casado, comienza a recordar sus devaneos con el sexo homosexual. Los primeros encuentros íntimos los tiene con su mejor amigo. Nunca pensó que penetrar a un tío le pudiera gustar tanto.

Poco a poco se va dando cuenta que, aunque él cree que no, sus encuentros con Mariano lo han hecho cambiar hasta el punto que se calienta con un tío en las duchas de un gimnasio o termina haciéndose un pajote con una película porno gay.

.

Un día se encuentra con la madre de Mariano y le dice que este está muy mal. Sin pensarlo va a visitarlo. Lo que se encuentra lo deja perplejo, su amigo, su amante está hecho polvo y, aunque no lo dice, parte de la culpa de que esté así la tienen la relación furtiva que han iniciado.

A partir de aquel momento empiezan a quedar para tomar una copa y así poder sacar a su amigo del estado depresivo en que está.

Un día se empiezan a sincerar  y hablan  sobre la sexualidad  de Ramón al que, por mucho que folle con Mariano, le siguen gustando las tías. Incapaz de comprender el cambio al que se está enfrentando,  intenta asimilarlo preguntándole a su amigo como lo descubrió.  

El primer polvo de Mariano fue  en su adolescencia con un técnico que vino a reparar la lavadora a su casa. Pese a que su contenido sexual no fue demasiado importante, pues el muchacho ni siquiera le mamó la polla. Aquella primera experiencia abrió una puerta que no pudo cerrar.

21/08/12  08:30   

Escuchar a Mariano como desnudaba su alma estaba siendo enormemente productivo, pues estaba descubriendo que sus fantasmas  del pasado no eran tan distinto a los míos y eso, en vez de hacerme sentir mal, me acercaba más a él. ¿Por qué este mundo se empeña en enmarcar las cosas en correctas y no, olvidándose  de los matices? No todo es blanco y negro, hay una enorme variedad de tonalidades grises.

Seguía apretando su mano entre mis manos de la manera más natural del mundo, lo miré y al comprobar que había concluido con su historia le dije:

—¿Por qué es tan complicado todo?

—No creo que las cosas sean complicada, lo somos las personas.  

—Sí, y tú y yo los más complicados del mundo.

—Es lo que tiene el ser humano: es imperfecto…

—…condenadamente imperfecto.

Arqueó las cejas y me miro haciendo un mohín de extrañeza, pero no dijo nada.

—¿Te gusta estar conmigo? —Mi pregunta era directa y sin florituras.

—Sí, más que nada en este mundo…

—¿Y porque nos huimos?

—Quizás porque estés casado y Elena es mi amiga…

El muy cabrón sabe dónde dar para hacer pupa, si aquel momento tan íntimo y personal me había hecho olvidar en algo mi ruin existencia,  él me la había vuelto a recordar de golpe, con su ironía y su puñetera sinceridad a destiempo. Aparté mis manos de la suya y contando hasta diez, para no decir algo de lo que me tuviera que arrepentir, le dije:

—Eso es una excusa como otra cualquiera, sino follas conmigo no es por ese motivo y tú lo sabes,  es porque temes que  yo te vuelva a hacer daño del mismo modo que lo hizo Enrique… Y no tienes ni idea de lo que me duele eso, porque deberías saber que lo último que yo haría en este mundo es hacerte sufrir…

A veces las palabras salen de los labios, otras lo hacen del corazón y aquellas mías últimas habrían brotado de la desesperación. Pues aunque  todavía entonces mis impulsos gobernaban mi cuerpo y no le buscaba una  lógica  razonable a mis actos, lo único que quería es no perder una de las pocas cosas que me hacían tener ilusión por el día siguiente y él, ofuscado en un inutil raciocinio se empeñaba en negar lo evidente y en ponerle fronteras a lo que ambos sentíamos, pues, a diferencia de mí que todavía andaba intentando averiguar  el significado de lo que me sucedía, él ya  tenía muy claro cuáles eran sus sentimientos hacia mí. Tan claro, tan claro, que estaba muerto de miedo…

Mariano, tras mi pequeño sermón, agachó la cabeza como avergonzado, guardo silencio unos segundos para después concluir diciendo:

—Si desconfiara de ti y no te creyera, te puedo asegurar que no estarías sentado ahí hablando conmigo. Eres la mejor persona del mundo que conozco y ese concepto de ti, nos acostemos juntos o no, no va a cambiar.

Escuchar sus palabras me aportó una enorme tranquilidad, saber que formaría parte de mi vida era lo único que precisaba de él  en aquel momento. Instintivamente miré el reloj, este me devolvió a la cruda realidad: era tarde y tenía que volver a mis quehaceres familiares.

Al despedimos con un fuerte apretón de manos, le dije:

—¡Mañana vete olvidando de ir al gimnasio! Hemos quedado con la gente en el Avenida para ver España-Italia.

—Sí, a las seis de la tarde. ¡Creo que es la primera vez que me lo dices! —Dijo con su particular tono irónico.

—Pues no ves todas las veces que te lo he dicho… ¡Al final se te olvidará!

Al llegar a casa Elena no estaba muy habladora, las que si lo estaban eran Carmen y Alba, sobre todo esta última que me tenía que contar con pelos y señales todas las importantísimas cosas  que había hecho en el “cole”.

Era curioso desde que veía un día sí y otro también a Mariano, mi relación con Elena había mejorado aunque deambulábamos como  dos islas en el inmenso océano de nuestro día a día, nos respetábamos y nos preocupábamos el uno por el otro, aunque la pasión se fue para no volver el afecto que nos teníamos era suficiente. Hoy en perspectiva, veo que sin la ilusión de estar con mi amigo nuestro matrimonio se hubiera ido al traste más pronto que tarde pues he de reconocer que él creer que lo había perdido para siempre me volvió un poco huraño y toda la mala leche la soltaba con quien menos debía: con Elena.

Ella, por su parte, usaba cada vez menos sus prácticas manipuladoras para que sometiera mi voluntad a sus caprichos. Yo le daba su espacio, ella me daba el mío y ambos éramos más felices.

La mañana siguiente en la ducha, rememoré la historia de Mariano con el técnico me envolví en sus palabras y como siempre que pensaba en él, me terminé masturbando, imaginando que era yo quien se abrazaba a él y nos empapábamos mutuamente con nuestro esperma.

Tras varias sacudidas mi polla escupió la prueba del placer, que fue borrada por el agua caliente y el jabón.

Mientras me vestía pensé que tanto más conocía de mi amigo, más fantasías recreaba en mí. La naturalidad  y morbosidad con la que me contó su primer encuentro sexual se quedaron clavadas en mi mente por mucho tiempo y sirvió, junto a los momentos vividos con él, de inspiración para mis momentos “American Beauty” mañaneros. Lo cierto y verdad, es que al cabrón no se le da nada mal eso de contar historias guarras…

En los últimos meses, la vida que me había construido durante muchos años se había puesto patas arriba. No sólo había descubierto que dentro de mi matrimonio era más infeliz de lo que suponía, también había hecho su aparición el hecho de que me gustaba el sexo con los hombres y, lo más terrible, me estaba enamorando perdidamente de mi mejor amigo. Aunque esto último me lo negaba por activa y por pasiva, pero no siempre una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.

Pese a que aún no tenía muy claro mis sentimientos (y mucho menos reconocerlos), las salidas con Mariano a tomar unas copas y charlar de nuestras cosas se habían convertido en  una  muy agradable parte de mi rutina diaria y comenzaba a sentirme con él como una especie de adolescente enamorado. Los ratitos de cada tarde que pasaba con él eran para mí como el cupón de los ciegos: la ilusión de cada día.

Pero la comprensión, el cariño y todo lo que conlleva está muy bien, pero desvincular una relación amorosa (pues por más que me cueste llamarla así, eso es lo que teníamos y lo que  tenemos) del sexo es algo que servidor es incapaz de hacer. Tanto más tiempo pasaba con él, más ganas tenía de unirnos en un solo cuerpo, más ganas tenía de hacerle el amor…

A mis innumerables pajas en la ducha, había que unir las que me hacía viendo los  furtivos, y cada vez más frecuentes, videos gays. Todas ellas terminaban teniendo la misma inspiración: Mariano. Al mismo tiempo que mi cuerpo se rendía al hedonismo, mi mente imaginaba mil y una manera de hacerlo disfrutar… Pero una vez que mi polla escupía el zumo de mis huevos, una tristeza me invadía, pues habían transcurrido casi dos largos  meses desde la última vez que el fuera mío y yo fuera suyo.

A pesar de nuestro acercamiento, el tema del sexo había quedado como aparcado, como si, también en nuestra intimidad,  este se hubiera imbuido de su carácter prohibido.  Aunque el deseo entre los dos se podía cortar con un cuchillo, ninguno de los dos tenía los suficientes redaños para enfrentar la situación. Y como estaba claro que Mariano, por su carácter, dejaría que las cosas se solucionaran(o pudriesen) por si solas, a quien le tocaba hacerse con el mando de la situación era a mí.

Era evidente que con la lujuria encerrada en un cofre a dos metros bajo tierra, ni mi amigo ni yo éramos felices, por lo que no me quedaba más remedio que urdir un plan para seducirlo. Cosa que conociéndolo podría ser la cosa más fácil del mundo o la más complicada.

Aquella dos  semanas con la cosa de ver en compañía de los colegas los partidos de la Eurocopa en el bar, nos estábamos viendo bastante,  pero con una intimidad cero pues a los recelos habituales de Mariano por mostrar su afectividad hacia mí en público, había que unir la máscara de hipocresía que yo lucía ante los demás por el miedo a que alguien descubriera lo que realmente había entre nosotros dos.  Cada vez me frustraba más disimular mis sentimientos, y entendía menos de donde sacaba fuerzas mi amigo para llevar esa doble vida y no volverse loco.

No dejaba de sorprenderme  como la máxima de “Pan y circo” de los romanos seguía funcionando, la banca española estaba a punto (sino lo había sido ya) de sufrir un rescate, algo que podría cambiar  para peor el devenir de la sociedad española en los años venideros   y todos los españolitos de píe, entre los que me incluía yo, solo teníamos una idea en mente: Que la Roja ganara la Eurocopa.

La verdad es que Iniesta y compañía lo estaban haciendo bastante bien,  tras empatar con Italia  y vencer a Croacia en la primera ronda de la competición.  Les esperaba un partido con Francia en Cuartos, que de perderlo todas nuestras ilusiones se irían al garete. La cosa para poder verlo, con toda la plebe que nos juntábamos y tal, estaba bastante complicada. El partido caía en sábado y  el Bar de la Avenida estaría hasta la bandera de gente, lo que podía ser un coñazo. Incluso algunos de los habituales, argumentando lo incomodo de la situación, tenían pensado no quedar en un principio.

Dado que sabía que Mariano no tenía a su madre con él,  pensé en que podíamos quedar para ver el partido en su casa. Sin meditarlo mucho se lo sugerí delante de unos cuantos colegas, con lo que, haciendo alarde de esa generosidad innata suya aceptó mi proposición. Aunque si hubiera tenido puñales en la mirada, me hubiera acribillado allí mismo, pues le acababa de colar un  señor marronazo.

El partido sería la doble excusa perfecta: podría volver a casa más tarde de lo habitual y tras el partido, intentar llevarme a la cama a Mariano. Sé que puede sonar muy ruin, pero como dicen: “las oportunidades la pintan calva”. Sí tras la euforia de la victoria y con unas cuantas copas de más no tenía cojones para entrarle a mi amigo, dudo que pudiera encontrar otra ocasión mejor.

Bueno, también pudiera pasar que perdiéramos y tras la depresión de la derrota las ganas de echar un polvo fueran nulas. Pero para eso estaba el “Plan B”, al día siguiente Elena y las niñas iban a un cumpleaños por la mañana, lo cual me dejaba hasta el mediodía libre y en ese par de horas le haría a Mariano la visita  tan largamente propuesta y que tanto se merecía.

Pero sabiendo como es mi amigo, preferí verlas venir y no vender la piel de oso antes de cazarlo, pues no vaya ser que me saliera con uno de sus discursos conciliadores y me recordara que lo que hacíamos no es que estuviera ni bien ni mal, sino que era terrible en todos los sentidos. Y llegó el día D. El sábado veintitrés de Junio la casa de mi amigo alojaba una juerga futbolera.  Estábamos todos los de siempre: Oscar, Jaime, Pepe, Manuel,“Ervivo”, Mariano y yo, unidos bajo una insignia: La Roja. Me asombra la necesidad que tenemos los seres humanos de formar parte de algo, da igual que pertenezcas al club de fans de “The bing bang theory”(aunque en ese caso el apelativo de “friki” va incluido en el lote) o que formes parte de los hermanos de una Cofradía de Semana Santa, el caso es pertenecer a un grupo donde todos compartan nuestras aficiones. Si esta afición se llama futbol, sus adeptos se cuentan por miles y está admitido socialmente enfadarse o alegrarse por su resultado. Lo bueno de los partidos internacionales es que el rival está a miles de kilómetros de distancia y la persona que tienes al lado desea tanto como tú que tu equipo logre la victoria, lo que hace el momento doblemente mágico.

Cuántas veces nos hemos abrazado con un desconocido cuando nuestro equipo ha metido un gol? Pues imagina la de abrazos que nos metimos siete colegas de toda la vida cuando vimos a San Xavi Alonso meter un gol en la portería de los gabachos. Ni que decir tiene que el más efusivo de todos fue el que le metí a mi deseado Mariano, a la vista de todos hice algo,  que en el fulgor del momento pasó desapercibido, que si me lo cuentan no me lo creo: refregué mi paquete con el suyo. Las ganas  que tenía de pillarlo tenían mucho que ver, pero la libertad que nos dan unas cuantas cervezas también.

Tras el primer tiempo, Mariano fue a la cocina a prepararnos algo de comer. Los señorones de nuestros colegas fueron por la cerveza y volvieron al salón, dejando al pobre anfitrión con todo el trabajo. Me quedé en la cocina con él para echarle una mano con el condumio, pero fue verlo de espaldas a mí cortando la chacina y mi mirada se clavó en su culo. Miles de imágenes visitaron mi mente, algunas vividas, otras fantaseadas al compás de una masturbación, automáticamente mi polla se puso dura como si hubieran apretado un resorte. Comprobé que la peña estuviera a lo suyo y con la ayuda del valor que nos da el néctar de cebada, me acerqué sigilosamente a él y le restregué,  de nuevo,  mi paquete, esta vez por la parte de su anatomía que vuelve más loco: su culo.

Perplejo lanzó una mirada al salón, pues temía que alguien nos hubiera pillado, al comprobar que no es así se dirige a mí en un tono sarcástico y cariñoso a la vez, me dice:

—¿Ya estas borracho?

—“Matao” a pajas es lo que estoy… —Le contesto de un modo que es de todo menos sutil—¡No veas como echo de menos esos ratitos nuestros!

Me mira con esa cara que pone cuando te va a soltar un discurso de los suyos, pero lanzado como estoy no piso el freno y acelero hasta la meta:

—Si quieres, cuando termine el partido, si España le gana a Francia, me quedo y celebramos la victoria.

Desconozco si por la brusquedad de mi proposición o por lo mucho que esta la agrada, pero mi amigo se pone de los nervios y está a punto de cortarse un dedo. Lo que me deja cristalino  que no es el momento oportuno para seguir con mis provocativas insinuaciones, y como no quiero acabar la noche en urgencias, vuelvo con la peña.

El partido fue de lo más emocionante, se me secó tanto la garganta de gritar que no tuve más remedio que  tomarme por lo menos cuatro cervezas más, lo que dio como resultado que tras la victoria de España sobre Francia me sintiera el Rey del Mambo y mi fijación por follarme a Mariano se acrecentara más aún.  

Nunca unos cubatas se me habían hecho tan eternos, deseando que los colegas se marcharon. El último en marcharse fue el pesado de “Ervivo” quien estaba dispuesto a tomarse todos los gin-tonic que hicieran falta, pero fue insinuarle levemente que nos ayudara a recoger la casa  y le entraron unas prisas tremendas.  ¡Qué ni se te terminó de tomar la copa!

Fue quedarnos solos y el salido que vivía en mi interior se mostró en todo su esplendor. Con la polla a punto de reventar bajo los pantalones, hice gala de toda la poca vergüenza que la vida me había enseñado, cogí la mano de mi amigo y me la llevé al paquete.

—¡Mira cómo estoy por tu culpa, cabrón!

Los mirada de Mariano al sentir mi verga palpitar bajo sus dedos era una amalgama de sorpresa y satisfacción. Ganó la primera por goleada y apartó la mano de mi entrepierna, negándose el placer que le suponía acariciar mi miembro viril.

—¿Qué pasa? ¿No te apetece? — Mis palabras aunque intentan ser amables, están sazonadas con un poquito de chulería(Es lo que tiene las cervecitas, sacan lo peor y lo mejor de uno).

Mariano frunció el ceño y tras guardar silencio unos breves segundos me dijo:

— ¿Y mañana qué? Cuando ya dejes de estar eufórico por los efectos del alcohol… Otra vez a sentirse culpable y a evitarnos, porque tú y yo sabemos, que esto que hacemos es inapropiado.

¡Hijo de puta! Su aplastante sinceridad, como siempre, me dejó sin habla. Cuando mi mente encontró palabras para plasmar lo que sentía le dije:

— Perdona tío… Te tengo tanta confianza que a veces se me olvida que esto es cosa de dos. ¿De verdad piensas, que si quiero estar contigo es porque estoy borracho?

Quien calla otorga y el silencio de mi amigo dejo claro lo que pensaba. ¿De qué habían servido el acercamiento y el sincerarnos el uno con el otro de las últimas semanas? De nada. Estaba claro que a pesar de lo mucho que mi amigo sabía de mí y de mis esfuerzos por quebrar sus infundados miedos, él seguía sin fiarse de mí y aquello me desilusionó un montón.  Pero como Mariano no era el único que sabía poner  todas las cartas sobre la mesa, sin recapacitarlo demasiado le solté todo lo que sentía:

—¡Pues estás equivocado! Sí, quiero volver a estar contigo… Es porque me apetece. ¡No sabes la de veces que me he tenido que pajear, recordando las veces que te he follado!

La brusquedad de mis palabras sirvió para que mi amigo bajara sus defensas y aunque no sonrió, el brillo de su mirada evidenció que mi parrafada le había agradado:

—¡Vale, me has convencido! ¿Qué tienes que hacer mañana por la mañana?

Continuará: “Me encanta el sexo con Mariano”

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