Pecados en soledad

La heterocuriosidad de Ramón

Sexto episodio

La historia hasta ahora: Ramón, un heterosexual casado, comienza a recordar sus devaneos con el sexo homosexual. Los primeros encuentros íntimos los tiene con su mejor amigo. Penetrarlo le gustó una  barbaridad.

A primeros de Abril le ponen un compañero bastante más joven que él de compañero en las rondas policiales. Un chaval que es carne de gimnasio y pica a Ramón para que lo acompañé al gimnasio.

Una vez allí, se da cuenta de que sus encuentros con Mariano han hecho cambiar algo en su interior y comienza a mirar a su compañero con ojos distintos de los que había mirado a los hombres hasta aquel momento.

Cuando entra en las duchas, el narcisismo de los allí presente les hace sentirse un poquito incómodo pues su cuerpo está lejos de los prototipos del culturismo.

Allí un chaval joven se le insinúa y, aunque no pasa nada, se excita un montón.

Lo peor es cuando Israel, su nuevo compañero, le dice sin filtro de ningún tipo lo rico que está petarle el culo a un tío.

Aquel descaro indigna un poco a Ramón, pero no para de darle vuelta a las palabras del prepotente joven. 

21/08/12  08:30

Las preguntas que peores respuestas tienen son las que se hace uno a sí mismo y por más vueltas que le daba, no terminaba de entender mi proceder ante el sexo con los hombres pues una cosa era navegar en aguas desconocidas y otra era llevar el timón. Ni tenía el valor, ni estaba preparado para mirarme al espejo y repetirme  que me gustaba follar con un tío.

A hurtadillas de mi mujer, navegué por internet en busca de información sobre la homosexualidad y la bisexualidad, y sobre esta última, aunque  cada fuente consultada daba una versión distinta,  todas coincidían en que era la atracción sexual hacia individuos de ambos sexos.

Lo de que las mujeres me gustaban lo tenía clarísimo, pero con lo que empezaba a tener dudas era de mi atracción hacia el sexo masculino.

Aunque siempre  he sido un hombre  al que le han gustado los experimentos de campo y puesto que no me encontraba con el valor de enfrentar mis apetencias sexuales a la vista de todos, opté por las pruebas de laboratorio.

Busqué  una página de descargas de películas pornográficas, pinché en la categoría “Gay”. Las imágenes que allí se mostraban no levantaban mi libido, es más, algunas rallaban el límite del buen gusto. Entre el material disponible había una que transcurría en un gimnasio, automáticamente algo se encendió en mi interior y sin meditarlo la grabé en el pendrive que tenía preparado para tal fin.

En los días siguientes no veía el momento de quedarme en casa sin las niñas y Elena. Mis ansias por ver la dichosa película no era tanto por el contenido en sí, sino por las respuestas que esta podría darme.

Pero todo pasa y todo llega. Aquella tarde, como todos los miércoles, las niñas tenían sus actividades extraescolares y yo, al no tener que trabajar,  me quedaba solo en casa.

Mi estado de nervios era parecido al de un adolescente ante su primera cita. Mi curiosidad ante lo que pudiera encerrar la grabación solo era superada por mi miedo a descubrir que no era quien creía.

Me duché y con la única vestimenta de una toalla atada a la cintura me senté ante el PC. Las primeras imágenes eran una especie de presentación de los participantes, que al igual que algunas series de televisión enmarcaban el nombre del actor bajo su imagen. Algo que me sorprendió de los protagonistas fue su masculinidad, todos eran hombres que de verlos por la calle nunca pensaría su tendencia sexual, bastante lejos del prototipo de loca al que nos tenía acostumbrado la sociedad y los medios de comunicación. Al verlos con la polla mirando al techo y en una  pose  sumamente provocativa, lo último que podía pensar de ellos es que eran contertulios de un programa del corazón a quienes  habían picado una araña.

La primera escena mostraba dos hombres de una treintena de años entrenando pecho en una máquina de las que se conoce coloquialmente por el press banca.

Me llamó la atención  que a pesar de la cantidad de pelos que lucían los dos actores, la marcada musculatura de su pecho se dejaba ver  perfectamente. La cámara, de manera morbosa, se paraba en el tórax del culturista que levantaba la barra, a la vez que coqueteaba mostrando su abdomen y su entrepierna.

No habían pasado ni dos minutos y los tipos sin excusa de ningún tipo comenzaron a tocarse la prominencia que se notaba bajo sus pantalones de deporte, tras esto, se enzarzaron en un  prolongado beso.

Era la primera vez que me deleitaba en ver a dos hombres practicando el acto sexual, a pesar de lo forzado de la situación, la cámara sabía transmitir la belleza de los dos cuerpos que se frotaban en una especie de danza de apareamiento. Si bien no me parecía una escena excitante, tampoco me desagradaba su visión.

Sin querer, la imagen de Mariano desnudo asaltó mi cerebro y la cascada de  los apasionados momentos vividos con él inundaron mi mente. La reacción  en mi entrepierna no se hizo esperar. Volví a clavar mi mirada en los  sucesos de la pequeña pantalla, mi polla se endureció al mismo tiempo que lo hacia la de uno de los actores al quien  le estaban practicando  una mamada. Me rendí ante la rotunda lujuria que emanaba de las imágenes  e intuitivamente acaricié mi verga por encima de la toalla.

Uno de los individuos chupaba de manera frenética el nabo del otro, su cabeza y sus labios se movían de un modo maquinal carente de emotividad alguna. El miembro que entraba y salía de su boca era de unas dimensiones bastante respetables y con una cabeza morada  de la cual, cada vez que la cámara la mostraba, emanaba un hilillo de pegajosa saliva.

Volví a tocar el diablo de mi entrepierna y este pugnaba por salir de debajo de la toalla.  Como si se tratara de  una fiera atrapada, daba  pequeños golpes  contra la blanca tela en pos de salir de su cautiverio.

En la pantalla los actores intercambiaban sus papeles, quien anteriormente había practicado la felación dejaba que su compañero cubriera con sus labios su erecto miembro. Los repetitivos movimientos sobre la, también, enorme herramienta de trabajo del peludo treintañero,  evocaron en mí las sensaciones del encuentro con mi amigo en el escampado.

Mi cipote ya estaba tieso como una estaca, tanto que hasta me dolía un poco, entreabrí la toalla y deje que este saliera a luchar en su solitaria batalla.  

La siguiente imagen enlatada que se mostró ante mis ojos fue uno comiéndole el culo al otro. Esta variante sexual no se me había pasado ni por la cabeza, pero me pareció de lo más placentero, fue ver los primeros planos de la lengua recorrer los recovecos del peludo agujero y  mis dedos se aferraron suavemente alrededor de mi glande, para comenzar a masajearlo.

En mi relación con Mariano yo, por así decirlo, asumía el rol de hombre y él, el de la mujer. Por eso,  al ver a los actores intercambiar sus papeles y disfrutar uno y otro de cada una de las zonas erógenas de sus cuerpos, no pude evitar sorprenderme. ¿Sería eso lo habitual? Fuera como fuera, yo en aquel entonces no me imaginaba comiéndole la polla a un tío y menos, dejando que me dieran por culo. Esto último no se me antojaba nada deseable y sí muy doloroso.

Agarré fuertemente mi rabo, estaba  enorme de caliente y la sangre fluía por él vigorosamente. La ilusión de sentirme dentro de la pantalla hizo que la apretara aún más con la única intensión de acariciar el placer.  Por unos instantes, me deje llevar y me sentí protagonista de los acontecimientos de la filmación y acomode los movimientos de mi mano al devenir de estos.

En la siguiente escena uno de los actores, el de aspecto más varonil, se tendía sobre uno de los bancos del gimnasio  y apoyaba sus rodillas sobre su pecho. El otro frotaba indecorosamente su polla,  mientras jugueteaba con  el peludo agujero de su compañero.  A continuación, el objetivo de la cámara se centró sobre los dedos y en como horadaba el, en un principio, estrecho agujero. Primero fue un dedo, luego dos,… Con una facilidad increíble el velloso orificio se tragó cuatro dedos. De nuevo a mi memoria vino mi último encuentro con Mariano, de manera intuitiva volví a estrujar mi polla entre mis dedos.

Un singular sentimiento comenzó a fluir por mi interior, por un lado  comprobé que me gustaba ver disfrutar a dos hombres y por otro no podía evitar extrapolar lo que sucedía en la película  a mis furtivos y placenteros encuentros con mi amigo.

Clavé de nuevo mis ojos en la pantalla, uno de los individuos se estaba follando al otro de una manera tan brutal como excitante. Miré mi polla estaba tiesa como una estaca y babeaba liquido pre seminal de forma descontrolada. En mi vanidad pensé que mi verga no tenía nada que envidiarle a los utensilios  de trabajo de los tíos de la grabación, más creo que al que se estaban “hilvanando” la  tenía más pequeña que yo.  Paseé plácidamente  los dedos desde la cabeza al tallo,  volvía a agarrar la bestia de mi entrepierna y supedité mis movimientos al de las caderas del actor. Prolongué el placer todo lo que pude acariciándome las tetillas o estrujando suavemente mis peludos huevos, pero fue ver como unos enormes chorros de leche salían como descontrolados misiles de la polla de la pantalla y aceleré el ritmo de mi mano, hasta que mi glande, como si fuera un geiser,  soltó el contenido de mis cojones.

Con mi pelvis y mi mano llena de semen aún, la sensación de culpa vino a visitarme, esta vez venía acompañada por su amiga tristeza. Esta última se quedó  conmigo un buen rato, pues había descubierto que no era quien pensaba y que la vida que me había construido durante tantos años tenía los cimientos débiles.  

Paré la película y eliminé el archivo de la memoria del PC. Mientras borraba las pruebas de mi delito, un miedo indescriptible atenazó mi pecho: ahora que conocía mis  verdaderas apetencias sexuales ¿Sabría mantener al monstruo bajo llave? Es más, me sentí tan mal conmigo mismo que no pude evitar echar las culpas de todo lo que malo que me estaba pasando  al mariconazo de Mariano.

Me duché de nuevo para borrar las huellas de mi pecado.  A la vez que el agua limpiaba mi cuerpo, clarifiqué mis pensamientos y me volví a sentir la persona más rastrera del mundo. ¿Cómo podía achacar mi aparente bisexualidad a mi amigo? Cuando el simplemente lo que hizo fue llamar a una puerta que ya estaba abierta. Si no hubiera sido él, hubiera sido otro…

Lo cierto y verdad es que en unos meses había descubierto que tanto mi vida familiar como la hombría de la que siempre había hecho gala, hacían aguas por todas partes. La primera porque con mi mujer solo me unían cuatro paredes y dos hijas; la segunda porque había descubierto, para mi pesar, que el sexo con hombres era igual o más de placentero que con una mujer.  Si con  lo referente a mi conyugue  no sabía qué hacer, con mi sexualidad menos.

Me vestí rápidamente, Elena y las niñas estaban ya al caer. Me miré en el espejo, aunque aparentemente me veía igual, me sentía completamente diferente. Desde que inicié mis encuentros con Mariano siempre le había intentado quitar importancia negando la realidad. Pero la evidencia me había hablado a la cara y ya no había marcha atrás, ahora sólo debía aprender a vivir entre dos tierras y sobrevivir a ello.

 

Continuará en : La sinceridad del sexo

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