Donde despiertan los oscuros deseos

La heterocuriosidad de Ramón

Quinto episodio

La historia hasta ahora: Ramón, un heterosexual casado, comienza a recordar sus devaneos con el sexo homosexual. La primera vez fue con su colega Mariano en un escampado, tras una reunión de antiguos alumnos de la escuela consiguiendo que el sexo oral con él se convierta en una experiencia única y que culmina con unos meses después cuando lo penetra por primera vez.

No vuelven a tener ninguna ocasión para volver a estar a solas. Hasta que una tarde, durante Semana Santa, Mariano llama a Ramón y le pide que vaya a su casa.

Mariano le cuenta una parte de su vida que Ramón desconocía, tuvo novio durante cinco años. Una relación que lo dejó hecho polvo y que, aunque pensaba que lo había superado, un pequeño reencuentro con él le dejó claro que no.

Tras contarle su pasada experiencia a su amigo y, por aquello de una mancha de mora con otra se quita, vuelven a tener otra vez sexo. Tanto uno como otro, se entregan sin reservas.

Al llegar a casa se encuentra a su mujer  de morros con ganas de peleas, pero no queriendo estropear el  maravilloso momento vivido con su amigo, la ignora por completo.

A primeros de Abril le ponen un compañero bastante más joven que él de compañero en las rondas policiales. Un chaval que es carne de gimnasio y pica a Ramón para que lo acompañé al gimnasio.

Una vez allí, se da cuenta de que sus encuentros con Mariano han hecho cambiar algo en su interior y comienza a mirar a su compañero con ojos distintos de los que había mirado a los hombres hasta aquel momento.

Cuando entra en las duchas, el narcisismo de los allí presente les hace sentirse un poquito incómodo pues su cuerpo está lejos de los prototipos del culturismo.

21/08/12  08:30

Lo que sucedió a continuación me dejo completamente pasmado. Si mi temor a que todo el mundo se quedara mirando lo poco en forma que estaba no se cumplió, fue mostrar mi pinga sin ningún pudor y sentí como más de una mirada, sorprendido por las dimensiones de mi hermano pequeño,  se clavaba en mi entrepierna. Si aquello me hubiera sucedido meses antes, me hubiera sentido ofendido e incluso habría soltado algún improperio a los causantes de mi enfado, pero, en aquel preciso momento, las miradas  lejos de molestarme me alagaban. ¡Coño, si hasta Israel dejó de mirarse en el espejo por unos segundos y lanzó un fugaz vistazo a mi polla!

Crucé el corto trayecto que separaba los banquitos de la ducha como el que atraviesa una pasarela, consciente de que algunos tíos tenían su mirada clavada en mi adormilado pene. Aquel día descubrí dos cosas: la satisfacción de sentirse deseado y la delgada línea que separa el “metrosexualismo” del mariconeo.

Quien diseño las duchas también compartía aquel  “filosófico” pensamiento conmigo, pues aunque desde fuera respetaban la privacidad con una opaca puerta, entre una y otra había una especie de cristal (Creo que era metacrilato) que te dejaba ver completamente como se duchaba el vecino de al lado. Las posibilidades que aquello dejaba entrever,  me parecían tan sugerentes como incomodas.

En el compartimento continuo se estaba duchando un veinteañero, que al igual que todos los que pululaban por allí era un mazacote de músculos y testosteronas. El muchacho me miró de arriba abajo  de un modo bastante atrevido. Me saludó con la mirada y siguió duchándose.

No le presté demasiada atención y me sumergí bajo el caliente chorro de agua, una de las veces que saqué la cabeza fuera me encontré con algo inesperado: el joven, de espaldas a mí, se frotaba los dedos por la raja del culo de manera provocativa.

Ignoraba donde quería llegar, ni que pretendía mostrándose de aquel modo, pero fuera lo que fuera, la situación se me antojaba sumamente morbosa y sin querer mi pajarito hizo ademán de despertarse.

El astuto muchacho se percató de ello y, sin recato de ningún tipo, introdujo un dedo en su rasurado ano al tiempo que se colocaba de perfil a mí para mostrarme una muy  tiesa verga.

Jugar con Mariano a tener sexo a escondidas era una cosa y lo que me estaba pasando otra. Follarme a aquel niñato  allí solo me podría traer problemas, así que descarté la idea por completo. Bueno yo sí, pero mi travieso hermanito seguía creciendo desmesuradamente como si fuera un ente independiente de mí.

Me enjaboné lo más deprisa  que pude para abandonar en cuanto antes aquel cubículo, pero mi cipote estaba a media asta y no era cuestión de salir de allí y a la vista de todos en aquel  estado, y puesto que mi vecino estaba empeñado en hacer reventar mi polla, seguía erre que erre con sus jueguecitos eróticos,  acrecentado con ello mi problema de querer  hacer bajar mi aparato.

Aparte de mi mente cualquier pensamiento lascivo y la llene de cosas terribles: El hambre en el mundo, no vuelvo a ver a mis niñas, mi madre se muere, me quitan la casa, pierdo mi amistad con Mariano, ¡Angela Merkel completamente  desnuda en mi cama…!

Concentrarme en la inmensa batería de situaciones nefastas consiguió mi objetivo y mi pene, para disgusto de mi ferviente compañero de ducha, fue perdiendo forma progresivamente. Me sequé levemente, cubrí mis vergüenzas con la toalla y deje al veinteañero con la única compañía de sus juegos sexuales.

Al salir de la ducha comprobé que la mayoría de los egocéntricos se habían marchado, por las bolsas  que había deduje que solo habíamos cuatro personas en los vestuarios: el veinteañero, Israel, alguien más y yo.

No había terminado de secarme aun, cuando veo que Israel sale de una de las duchas. Mientras se acercaba a mí como su madre lo trajo al mundo, lo observé furtivamente, desnudo  todavía se le veía un físico más impresionante.

A llegar a donde yo estaba, clavó su mirada en mi aparato genital y con un completo desparpajo me dijo:

—¡Vaya rabo que te gastas Ramón! Si yo tuviera eso, tampoco pisaba un gimnasio… ¡Porque está claro que con eso no pasas hambre!

Lo miré un poco desconcertado ante su evidente y desmedido descaro, al observar que su poca vergüenza no encerraba ningún doblez contesté a su observación con igual desfachatez (No iba a dejar que un niñato tuviera la cara más apretada que yo, ¡hasta ahí podía llegar la broma!):

—Pues no te creas… La mayoría de las tías al verla se asustan un poco y al final: “nasti de plasti”.

—Eso porque no has probado a meterla en un agujero con pelos…

Intuí lo que quería decir pero en mi fuero interno no podía creerlo. En principio, pensé que era una especie de trampa porque hubiera sospechado algo de lo que había pasado minutos antes en la ducha o quien sabe, que se hubiera enterado de mis encuentros con Mariano. El caso es que cuando me disponía a disparar la primera pregunta para indagar sobre el verdadero significado de sus palabras, un tío de unos cuarenta años salió de la ducha y no me pareció apropiado seguir con nuestra conversación.

Mientras me secaba vi cómo se abría la  puerta de la ducha del veinteañero, quien tras comprobar astutamente que únicamente mis ojos  eran lo que tenían acceso al interior del pequeño habitáculo, prosiguió con el excitante espectáculo. Ver como paseaba sus dedos por la raja de sus nalgas y tímidamente los introducía en el impoluto agujero, hizo que mi polla comenzará a salir de  su  corto letargo. Volví a pensar en cosas horribles (¡Un dúo lésbico entre Camila Parker y Angela Merkel!).

Me sequé y me vestí lo más rápido que pude. El muchacho al comprobar cómo me incomodaba su comportamiento, me miró desconcertado, con cara de pocos amigos y cerró la puerta por completo.

Al salir  del “hipergimnasio”, caí en la cuenta de que con las prisas, me había dejado la chaqueta atrás y como el que no tiene cabeza para acordarse de las cosas tiene pies, pedí a mi compañero de trabajo que me aguardara un momento mientras regresaba a por ella.

En los bancos de los vestuarios ya no estaba el tipo de cuarenta años, sin embargo su bolsa parecía que todavía estaba por allí. Un perverso pensamiento cruzó por mi mente pero lo deseché, pues no me parecía lógico que se hubiera metido en la ducha con el provocador chaval. A pesar de que una malsana curiosidad me impulsaba a empujar la puerta y descubrir si eran cierta mis pesquisas, lo vi del todo inapropiado y desistí de ello.

De camino al coche no pude reprimir preguntar a mi joven compañero sobre que había querido decir  con lo del “agujero con pelos”. Su sincera y espontanea respuesta, en lugar de aclararme las ideas, me crearía aún más dudas y recelos:

—Pues eso, que si un día tienes ganas de meterla en caliente y no tienes donde. Yo te puedo presentar a un maricón conocido mío, que no solo la mama del carajo sino que tiene un culo bastante tragón… ¡Tu rabo se lo come sin problemas!

Moví la cabeza varias veces en señal de perplejidad ante lo que escuchaba, aquel cambio de actitud en mi compañero de patrulla no me cuadraba para nada en él.  Israel se tuvo que dar cuenta de ello, pues sin dejarme decir esta boca es mía, prosiguió con su desconcertante retahíla.

—¿No me digas qué nunca le has “petao” el culo a un marica? ¡Pues lo tienes que probar!  El tío que yo conozco es  discreto y teniendo “cuidao”  de que  no se  encapriche de ti,   te puede servir para un desahogo. ¡Qué está la vida muy mala para irse de putas!

El grosero comentario del muchacho me molestó, pues me vino a poner de manera clarividente mi proceder con Mariano. Sin darle tiempo a que soltara mayores gilipolleces por la boca, con un gesto bastante serio y en un tono igual de cortante le dije:

—Israel, ¿Cuándo hemos comido tú y yo  en el mismo plato?

Los gestos del muchacho buscaban alguna explicación a mi cambio de actitud, pero no la hallaron.

—¡Me parece que te has pasado tres pueblos!— Proseguí en un tono que podía ser de todo menos amigable— Qué seamos compañeros y tengamos cierta familiaridad, no creo que te dé derecho a hacer un comentario del tipo  que acabas de hacer. ¿Se te ha olvidado que estoy casado? ¡Qué a ti te guste mariconear por ahí, no quiere decir que a los demás nos guste!

Sin aguardar alguna respuesta por parte del muchacho, me monté en el coche y traspasando mi ira al acelerador del coche, me marché de allí.

Hoy al analizar mi reacción, comprendo que mi enfado con Israel no era por lo que había dicho, sino por cómo yo, interiormente, había equiparado sus palabras a mi relación con Mariano: Lo estaba usando para mi desahogo sexual y si  había alguien no se mereciera aquello en este mundo, ese era mi amigo. ¿Se habría dado cuenta él de ello y por eso evitaba verme para no caer en la tentación? Aunque sabía que la realidad constataba mis reflexiones y la pregunta solo tenía una respuesta,  había una parte de mí que no quería que aquello fuera así. Mariano era mi mejor amigo y el tener sexo con él debía ser un puente para nuestra amistad, no un precipicio por el que despeñarla. ¿Por qué siempre son tan complicadas las cosas?

En las jornadas siguientes, patrullar se convirtió en un constante choque de pareceres. Menos mal que el comisario, por aquello de que ampliara su campo de aprendizaje, lo cambio de compañero. Sé que me tenía que haber excusado con el chaval por mi repentino ataque de ira, ¿pero cómo coño explicas  a alguien, que te has enfadado con él porque te ha descubierto lo canalla que puedes llegar a ser?

Los días que siguieron mi empanada mental, ante la encrucijada que se presentaba ante mí, fue  progresivamente en aumento.

Por un lado, y por mucho que quisiera, no podía apartar a mi amante-amigo de mi pensamiento pues recordaba las palabras de Israel y no podía por menos que sentirme la peor persona del mundo.

Por otro, estaba el deseo que había despertado en mí el chaval de la ducha pues yo siempre me había mentido a mí mismo y me repetía que no me gustaban los tíos que lo de Mariano era algo extraordinario por ser quien era: la persona con la que más confianza tengo en este mundo.  

Continuará en: Pecados en soledad

2 comentarios sobre “Donde despiertan los oscuros deseos

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