Remordimientos de un hombre casado

La heterocuriosidad de Ramón

Cuarto episodio

La historia hasta ahora: Ramón, un heterosexual casado, comienza a recordar sus devaneos con el sexo homosexual. La primera vez fue con su colega Mariano en un escampado, tras una reunión de antiguos alumnos de la escuela consiguiendo que el sexo oral con él se convierta en una experiencia única.

Aunque ninguno de los dos quería complicarse la vida,  terminaron quedando para culminar el sexo que no tuvieron en el escampado. Por primera vez, Ramón penetra a su amigo, cumpliendo de largo las expectativas que él pudiera tener en el sexo con otro hombre.

No vuelven a tener ninguna ocasión para volver a estar a solas. Hasta que una tarde, durante Semana Santa, Mariano llama a Ramón y le pide que vaya a su casa.

Mariano le cuenta una parte de su vida que Ramón desconocía, tuvo novio durante cinco años. Una relación que lo dejó hecho polvo y que, aunque pensaba que lo había superado, un pequeño reencuentro con él le dejó claro que no.

Tras contarle su pasada experiencia a su amigo y, por aquello de una mancha de mora con otra se quita, vuelven a tener otra vez sexo. Tanto uno como otro, se entregan sin reservas.

21/08/12  08:30

De vuelta a casa me encontré a Elena de morros. Aquella tarde, al proponerle salir a dar una vuelta, me argumentó que no tenía cuerpo, con lo cual me tuve que ir solo.  En aquel momento al verla refunfuñar entre dientes comprendí que no es que no tuviera ganas de salir, es que no quería que yo lo hiciera.  Y es que a veces mi mujer es como el perro del hortelano, ni come ni deja comer.

Las discusiones con mi señora esposa  son cuanto menos curiosas: ella me muestra su peor cara de enfado esperando que yo le pregunte una y otra vez que le pasa, su silencio hace que me enerve  cada vez más , y al final terminamos discutiendo a voces limpias. El motivo es lo de menos, es como si a ambos nos hiciera falta una excusa para explotar y reprochar al otro lo infeliz que éramos por su culpa.

Aquella noche no pensaba seguirle el juego.  Su victimismo patético y carente de sentido no iba a hacer mella en mí y  a pesar de que no me sentía menos culpable por mi infidelidad, su actitud, lejos de soliviantarme, me daba pena.

¿Qué nos había pasado? Aún hoy, que tengo las cosas más claras, la pregunta no deja de retumbar en mi cerebro.  La conocí cuando apenas contaba veintidós años, nuestra relación era lo más parecido a una novela romántica. Nos casamos ilusionados como los que más, esperando que nuestra vida en común fuera el principio de la mejor de las historias.

Aunque nunca fue un volcán en la cama, era tanto lo que la amaba que lo pasaba por alto. Pero desde que nació la primera de las niñas, las excusas para evitar el sexo fuero aumentando y el cariño se fue apagando al igual que una chimenea a la que  no se le echa leña. Con la llegada de Alba, mi segunda hija, pase de ser actor protagonista a personaje con frase.

Cuando las niñas crecieron ya nuestra relación se había enfriado por completo. ¿Había sido el tiempo? ¿O había sido la rutina? Era contadas las veces las que nos entregábamos a los placeres carnales, me sabía de memoria las excusas para no hacerlo: Nos pueden oír las niñas, he tenido un mal día,  me duele la cabeza…

Este último pretexto era el más recurrente, tanto que me a veces  daban ganas de entrar en casa pidiéndole que se tomara una Aspirina…

El caso, es que fuera como fuera  llevábamos unos años que sólo nos unía el cariño que nos tuvimos antaño y nuestras hijas, mis dos maravillosas niñas.

Nos habíamos convertido en dos extraños que deambulábamos por una rutina compartida.  Transitando sin ilusión por nuestra vida en común.

Por eso cuando surgió lo de Mariano. Sin querer me fui agarrando más a él, como una tabla de salvación. Una tabla que podía ser la causa del naufragio de mi vida.

Miré a mi mujer, seguía de morros mirando la televisión, expectante a un comentario por mi parte. Comentario que  había decidido no tendría lugar… La noche había tenido su encanto, había disfrutado del más dulce de los tabúes  y no me iba a quedar con el recuerdo amargo de una pelea dialéctica.

—¿No me vas a preguntar qué me pasa?— Dijo al ver que ignoraba su mutismo.

—Se pregunta lo que no se sabe. Estas enfadada porque he vuelto tarde. Te recuerdo que estamos en Semana Santa y que mañana no curro. No has venido conmigo porque no te ha dado la gana, no pretenderás que yo me quede en casa también, ¿no?

Observé su rostro la había dejado sin argumentos y a pesar de que como buena mujer tenía siempre un plan B, cuando se disponía a debatirlo, Abandoné el cuarto de estar y me dirigí a la sala de invitados, donde había decidido que pasaría la noche, pues pasara lo que pasara, no pensaba discutir y estropear el recuerdo de una buena noche con unos gritos a destiempo.

Tras nuestro encuentro el Lunes Santo, a Mariano pareció tragárselo la tierra. Durante Semana Santa entendí que no fuera visible, pues con lo que le gusta un paso en la calle es normal que se fuera a la capital con sus amigos. Pero las semanas siguientes comenzó a estar muy raro, siempre que lo llamaba tenía cosas que hacer y compromisos ineludibles. Yo, quien tengo a Doña Excusa por esposa, comprendí que por algún incomprensible motivo no quería verme. ¿No se lo estaba pasando bien conmigo? Porque lo que no me entraba en la cabeza es que  pensara yo pudiera terminar haciéndole daño como el Enrique ese.

A pesar de que el sexo con él, era mi fantasía diaria en la ducha matutina. No quise forzar la situación por temor a que una palabra mal dicha o un gesto mal interpretado pudieran acabar con nuestra larga amistad. Le di su espacio, su tiempo y seguí con mi aburrida vida.

Gracias a ver la paja en el ojo ajeno, había descubierto que la convivencia con mi mujer era igual de falsa e irreal que la de Mariano con su ex: ambos nos manipulaban para conseguir sus propósitos. Enrique para acostarse con todo jovencito que se le pusiera delante y mi esposa para que yo hiciera siempre su conveniencia. La diferencia estribaba en que mi amigo había salido de su cárcel y yo no tenía fuerza para romper mis barrotes. Pensar en mis niñas y en el qué dirán, me debilitaba más aún. 

Dicen que no hay verdad que tenga más fuerza que la que nos negamos a nosotros mismos. La cierto es que no solo me estaba enamoriscando de Mariano, también me había empezado a gustar el sexo con hombres.

Mentiría si dijera que fui consciente desde un principio, pero lo que sí puedo confirmar es cómo y cuándo tuve constancia de ello.

A finales de Abril me pusieron a patrullar con Israel, un chaval de unos  veintitantos años que habían destinado a la comisaria. Israel era el clásico “niñatillo” que se había metido en el cuerpo por aquello de un trabajo fijo, más que por devoción. Era el típico musculitos que enfundado en el uniforme era la fantasía de más de una y puestos, de más de uno.

Si algo malo tiene  las muchas horas que los policías pasamos transitando por la ciudad, es lo aburrida que  estas pueden llegar a ser, y si algo tengo bueno es que soy capaz de sacarle conversación a un muerto. No llevábamos ni una semana de compañeros y ya me sabía la vida y milagro del novato, con quien había empezado a tener una aparente amistad.

Israel era de Madrid, compartía piso con otro chico destinado a nuestra comisaria. Era el menor de cuatro hermanos y el único que no tenía estudios universitarios. Aunque había tenido novia, ella lo había dejado al poco de saber que venía destinado para Sevilla, era tal el “cariño” que el joven albergaba ante su ex que nunca supe cómo se llamaba, pues cuando tenía que hablar de ella lo hacía con el apelativo de “ la zorra esa ”. Aunque no sé porque,  a mí me daba la sensación que más que por  practicar el “zorreo”, el motivo de la muchacha para terminar con su relación  no era otro que  no lucir un casco de vikingo con muchos cuernos, que dada la distancia y la actitud, en algunas ocasiones, prepotente y chulesca de su exnovio era de lo más plausible, pues para mí que el chico era de los que sacaba la churra a pasear un día sí y otro también.

Entre las aficiones del muchacho estaba partirse la espalda levantando pesas en los gimnasios, algo que era de lo más  evidente pues, como he dicho,  el novato era un armario de más de metro noventa.

El madrileño, consciente de su buen físico, se solía burlar del mío y llamarme “puretilla”. Fue tanto lo que me tocó los cataplines que una tarde terminé yendo con él al gimnasio.

Dado que Israel era un poquito pijo y con todos los gimnasios que hay en la capital hispalense, fue a meterse en uno que hay cerca de la estación de trenes de Santa Justa, un local megalítico e impersonal donde, como a muchos sitios, la gente no va  a disfrutar del momento, sino a que los vean y dejar constancia de lo bien que les va en la vida.

Cómo no era socio tuve que pagar la entrada a las instalaciones. Estas no estaban  nada mal, pero tenían un trasfondo pomposo y borreguil que, para mí,  le quitaban cualquier atractivo que pudieran tener. Me dio la sensación que en cualquier momento por megafonía podían decir aquello de “Señorita Marta, acuda a caja principal”.

Nos cambiamos y nos pusimos a entrenar. Yo caí en la trampa que amigablemente me estaba tendiendo el joven culturista e intenté ir a su ritmo. Unas dolorosas agujetas me recordarían  durante los días siguientes, lo lejos que estaba mi forma física de la de Israel.

Mientras nos turnábamos en las máquinas de pesas, observé tímidamente el espectacular cuerpo de mi compañero: No había una pizca de grasa en su cuerpo. Hubo un instante al verle tirar en la máquina de Pek Dek  que no pude más que asombrarme de su fortaleza. Ver como su pecho se plegaba y se contraía al ritmo de las partes móviles del aparato de gimnasio, era un espectáculo digno de contemplar y aunque en  mi divagar, en un principio solo había admiración, sin querer comenzó a surgir un pensamiento con un contenido sexual importante.

Instintivamente, inicié una serie de miradas furtivas cuyo único objetivo era explorar más el imponente físico de mi joven compañero, el cual se encontraba encerrado en un minúsculo y ceñido atuendo. La camiseta de tirantes dejaba al descubierto sus hombros y sus abultados bíceps, el cuello de esta dejaba entrever el canal central de su abultado pectoral por el cual se asomaban unos cortos y duros bellos. Si el torso y las extremidades superiores me parecieron un mar de músculos, las piernas, en las cuales tenía hecha la cera, no se quedaban cortas: Sus cuádriceps y femorales, aunque no demasiado grandes, estaban muy bien definidos y lo que tenía inmenso (Había jugado al futbol durante mucho tiempo), eran los gemelos.

Pero como cada tonto tiene su fijación en cuanto pude le lancé una visual al trasero. El madrileño,  por lo que se podía intuir por la delgada tela de las calzonas, tenía un redondo, bonito y apretado culo.

Por un momento me quedé como petrificado, no podía creerme lo que me estaba sucediendo: me encontraba mirando con deseo el culo de un hombre.

Respiré hondo, borré el lascivo pensamiento de mi mente y proseguí entrenando como si nada de aquello hubiera sucedido, pero la tarde-noche no había concluido aún.

Una vez terminamos los ejercicios de bíceps, nos dirigimos hacia las  duchas. Lo que me encontré allí, me dejo  completamente fuera de juego.

Hacía mucho que no entrenaba en un gimnasio, estoy acostumbrado a ver como  las modas cambian y la forma de actuar de la gente también, pero no sería sincero si  no contara que me sorprendí  bastante con el proceder de los jóvenes  y no tan jóvenes que pululaban por los extensos vestuarios, los cuales por el inmenso número de espejos que cubrían su pared,  más que un sitio donde cambiarse y pegarse una ducha rápida, recordaba a  una atracción de feria.

No tengo ningún pudor ante el desnudo humano, desde muy joven  estoy bastante acostumbrado a compartir mis vergüenzas con las de los demás, así que ver un montón de tíos en bolas moviéndose de acá para allá no me supuso el más mínimo problema. Lo que sí me chocó fue el narcisismo y exhibicionismo que flotaba en el ambiente, pues por lo menos  había cuatro tíos en pelotas, mirándose al espejo a la vez que hacían posturitas para comprobar cuanto le habían crecido sus músculos en los diez segundos últimos.

Delante de los espejos de los lavabos no cabía tampoco un alfiler, pues los que no se estaban untando gomina en el pelo, llenaban su cara de menjunjes antiarrugas. Sabía que Cristiano Ronaldo y David Beckan habían dañado el prototipo de macho con pelo en la espalda, pero no hasta aquel punto.

Todo ello daba como resultado que en el cerrado hábitat flotara un desagradable olor, mezcla entre “eau de tigre” y el último perfume de Paco Rabanne.

Una vez asimilé el inusual escenario, busqué sitio en uno de los bancos y comencé a desvestirme. Para mi sorpresa, Israel se quitó la camiseta, se colocó delante de uno de los espejos y comenzó a hacer poses ante este, con el único objetivo de recordarse a sí mismo lo fuerte que estaba y lo guapo que era. La vanidad mezclada con la arrogancia propia  de la juventud, suele crear un coctel en el cual la modestia no suele  formar parte de sus ingredientes.

Me quité la ropa despacio, la soberbia de los allí presente me tenían un poco amedrentado, pues no me apetecía nada  mostrar mi tripita cervecera delante de aquel ejercito de “vigorexicos”.

Mientras mi compañero jugaba a ser la madrastra de Blancanieves, yo únicamente me había quitado los zapatos y los calcetines. Cómo vi que el madrileño no tenía ninguna prisa por meterse en la ducha, me tome mi tiempo en ponerme las zapatillas de goma, dejando lo de quitarme la sudada  camiseta para el final.

Una vez me desprendí de ella, y para mi sorpresa, nadie se quedó mirando mi pronunciada tripita.  Bueno, tampoco es que tuviera tanta pero en comparación con los allí presentes se me veía gordo y fofo.

Pasado el mal trago de la camiseta me desprendí de los pantalones de deportes y me quede solamente con los slips. Cómo vi que el duelo de Israel con el espejo iba para largo, cogí la toalla  y, tras quedarme completamente en bolas, me dirigí hacia una ducha vacía.

Continuara en: Donde despiertan los oscuros deseos

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