La vida secreta de Mariano

La heterocuriosidad de Ramón

Tercer episodio

La historia hasta ahora: Ramón, un heterosexual casado, comienza a recordar sus devaneos con el sexo homosexual. La primera vez fue con su colega Mariano en un escampado, tras una reunión de antiguos alumnos de la escuela consiguiendo que el sexo oral con él se convierta en una experiencia única.

Vuelven a coincidir, pero ante la negativa de su mejor amigo a tener sexo con él como desahogo de sus borracheras. Se masturba en la soledad de su cuarto de baño, imaginando tener sexo con él.

Como no se le pueden poner puertas al campo, más pronto que tarde terminaron quedando para culminar el sexo que no tuvieron en el escampado. Por primera vez, Ramón penetra a su amigo, cumpliendo de largo las expectativas que él pudiera tener en el sexo con otro hombre.

No vuelven a tener ninguna ocasión para volver a estar a solas. Hasta que una tarde, durante Semana Santa, Mariano llama a Ramón y le pide que vaya a su casa.

21/08/12  08:30

La maniobra evasiva me costó una buena mojada. Llovía a cantaros  y hacia mucho viento, con lo que el paraguas no era suficiente para cubrirte de las inclemencias climatológicas.

A pesar de que su llamada me había alegrado la tarde-noche, la desazón en su voz me preocupaba. Al llegar a su casa, intenté por todos los medios mostrar la mejor de mis sonrisas.

Me dio una toalla para que me secara, mientras lo hacía lo observé; a pesar de estar todavía pulcramente vestido con la camisa y la corbata (Digno uniforme de todo niño pijo capillita que se precie), su aspecto era desaliñado y descuidado… Algo lo destrozaba por dentro  y no lo podía esconder.

—Bueno, el señorito dirá… Porque alguna razón tendrás para que haya tenido que interrumpir mi homenaje a la Santa Cruzcampo. ¡Qué estamos en Semana Santa y hay que venerarla!—Mis palabras intentaban sacarle una de sus fáciles sonrisas. ¡Pero ni por esas!

—Nada, que quería verte… —Su voz estaba empapada de tristeza.

Al verlo tan desolado y sin saber qué hacer para consolarlo, opté por dejar todas las convicciones de lado y en vez de hablar con el raciocinio, lo hice con el corazón.

—¡Mira Marianito! Si yo cada vez quisiera estar contigo te pegara una llamada desesperada, íbamos a estar todo el día de aquella manera que tanto nos gusta. ¡Así, que déjate de rollos y cuéntame lo que te pasa!

Sus palabras empezaron a fluir primero tímidamente y  al sentirse apoyado, a pesar de mi sorpresa, su relato se hizo más contundente, descubriéndome un Mariano muy distinto al que yo creía conocer.

Intentaba asimilar todo aquello que salía de su boca pero por mucho que lo intentaba, no podía evitar sentirme como Lois Lane, el día que Clark Kent le confesó que era Superman.

Toda una vida secreta se desplegó ante mí: Mariano había tenido novio durante cinco años. Un novio que le había destrozado completamente la autoestima, además de  tener la costumbre de ponerle unos muy buenos cuernos. Novio, que tras mucho tiempo, había vuelto a su vida demostrándole a mi amigo que no lo tenía ni olvidado, ni superado. A pesar de que lo había rechazado y no había caído en sus trampas de nuevo, el hombre que tenía ante mí se sentía el tío más imbécil de la tierra.

Por más que me afanaba por entender el porqué de su dolor, unas convicciones sociales arraigadas  me lo  hacían de lo más  incomprensible, de manera egoísta y ruin pensaba que aquello que le había pasado era de lo más normal: Los maricones solo buscan  lo que todo el mundo sabe y si te llevas todo el día pensando en el sexo por el sexo, que la infidelidad fuera de lo más común en una relación de aquel tipo, me terminaba por parecer de lo más evidente.

Pero la persona que lloraba ante mí no era otra que aquella que me había tendido la mano y su apoyo en los momentos que nadie más lo había hecho. La persona que me había brindado su amistad y su cariño sin pedir nada a cambio. La persona que me había hecho gozar de una manera que ni imaginaba… Olvidé mi incomodidad ante la situación y lo abracé fraternalmente y mientras desahogaba su llanto sobre mi pecho, no pude evitar pegarle un beso en la frente.

A pesar de lo desagradable de la situación me sentía bien. El calor de su cuerpo y su cabeza ahogándose en mi pecho, me daba una paz interior que añoraba (Muchísima más de lo que yo me atrevía a admitirme).

A lo tonto, sin buscarlo, terminamos liándonos. En un principio me sentí molesto, no porque no me apeteciera sino porque no me parecía lo  más adecuado dada las circunstancias. Fue ver sus profundos ojos marrones pidiéndome sexo y mis defensas se derribaron por completo. Si darme una mamada parecía ser la panacea para la tristeza de Mariano, ¿quién era yo para negarme? El placer nos abrió sus puertas y nos adentramos en él sin pensarlo, sus apasionados labios alrededor de mi polla jugaron una partida en la que el premio para ambos fue sentir como el néctar de mis cojones viajaba a través de su garganta.

Por un momento me sentí  sucio y  el ser más ingrato del planeta. Él había recurrido a mí para desahogarse y en cambio fui yo quien calmo sus deseos más recónditos. Clavé mi mirada en él y comprobé que  aún seguía vestido.

—¿Tú no te piensas correr?

—Sí, pero me pienso reservar para el segundo tiempo—Al decir esto en la cara de Mariano no quedaban restos de tristeza alguna, lo cual sirvió para limpiar todas mis culpas.

Poco después nos tomábamos unas cervezas con unas tapas. Observé detenidamente a Mariano, mi compañía le había hecho mucho bien… Bueno, la mamada que me había metido, también había tenido mucho que ver.

En mi cerebro bullían  mil preguntas sin respuestas, toda aquella historia del maltrato psicológico e indefensión ante el tal Enrique no me cuadraba de ninguna manera con lo que conocía de él. Ya puestos, tampoco me esperaba que fuera homosexual, ni que hubiera tenido un novio de cinco años. Era tan inmensa su cara oculta que no sabía si lo que quedaba por descubrir  de ella estaría preparado para asimilarlo, ni siquiera si me gustaría.

Pese a todo, no pude reprimir una pregunta que rondaba mi mente de manera tintineante pues además tenía la sensación de que era como en las bodas: “Hable ahora, o calle para siempre”

—Si no me quieres contestar, no lo  hagas— Las palabras brotaron como a tropezones de mi garganta, cómo si temiera la reacción de mi interlocutor quien, para mi sorpresa, esperaba expectante mi pregunta— No me entra en la cabeza conociéndote como te conozco. ¿Cómo es que has aguantado a ese tío? ¡Tío, que cinco años son muchos días!

Mariano agachó la cabeza, tomó aire y respondió a mis palabras con una sorprendente sinceridad. Sus pretextos  me trajeron a la memoria  las excusas que me daban las mujeres maltratadas, cuando tras un altercado se le preguntaba por qué no habían denunciado antes a su pareja. Y es que aunque en el caso de mi amigo no había habido golpes, si mucha vejación psicológica.

Pero mi amigo, a diferencia de aquellas mujeres que volvían a tropezar una y otra vez con la misma piedra, parecía tener claro cuáles eran todos y cada uno de los pasos que no debía desandar.

Visto que si seguía con el interrogatorio (Llamémoslo deformación profesional), mi acompañante saldría llorando de nuevo, opté por soltar una chorrada a destiempo con la que conseguí sacarle una tímida, pero efectiva, sonrisa.

—Pero, ¿tú probaste a vestirte de primera comunión o de boy scout? Cómo le gustaban tan jovencitos lo mismo de esa manera…

Verle cambiar el semblante,  demostró que mi patochada había merecido la pena.

Tras recoger los enceres de la cena, no pude contener más mis ganas de volver a tener sexo con él.

Lo provoqué para que me desnudara, fue tocarme el cuello y desabotonar la camisa y  mi cuerpo comenzó a demostrar disposición para el placer. Mi polla, que ya estaba juguetona, crecía bajo la tela del vaquero hasta ponerse dura como un leño.

Comenzó jugueteando con los vellos de mi pecho (¡Me encanta sentir como desliza su mano sobre mí!), en el instante que más emocionado estaba bajo el influjo de su tacto,  se apartó.

Me observó a cierta distancia, regodeándose en mi persona poco a poco, se volvió acercar a mí. Esta vez fue su boca la que recorrió mi tórax, mi verga palpitó ante el calor de sus labios sobre mis pezones. Ya cualquier vestigio del desastroso pasado de Mariano con Enrique se había borrado de mi mente y, por la forma de actuar de mi amigo,  parecía también haber desaparecido de la suya.

Los minutos que su lengua acarició mis tetillas, empapándolas de su caliente baba me parecieron los momentos más deliciosos de la tarde. Por primera vez en todo aquel tiempo, ambos estábamos allí en cuerpo y alma.

Estaba tan a gusto que hasta la idea de estar volviéndome maricón me parecía una nimiedad, máxime al sentir las manos de mi amante acariciar mi entrepierna de una manera delicada y pasional por igual.

Comenzó a mamármela, cómo él solo sabe hacerlo. ¡Qué bien la chupa el cabrón! De nuevo, de manera súbita, se detuvo y cuando le pregunté  por qué se había  parado, su tajante respuesta me descolocó totalmente.

—¡Quiero que me folles!

A mi mente vino el recuerdo de la primera, y única vez, que lo había penetrado hasta el momento y lo mal que lo había pasado el pobre. Lo cierto es que somos un poco incompatibles: él tiene un orificio muy estrecho y yo una verga muy ancha.

Tras una leve conversación, comprendí que Mariano no estaba dispuesto a que un poco de dolor le privara del placer de tenerme dentro de nuevo. La sola idea de volver a penetrarlo, hizo que se me acelerara el pulso.

Desde que empezamos esta historia nuestra, una de las cosas que más reparo y más curiosidad me daba a la vez, fue observar detenidamente cómo se desnudaba, pues hasta entonces, nunca  había contemplado el cuerpo masculino como una fuente de belleza. En su favor tengo  que reconocer que el cabrón se conserva  bastante bien, tiene un cuerpo que más quisiera mucha gente  de nuestra edad… Y un culo que ha sido la musa de más de unas de mis pajas matutinas en la ducha. Si hay algo que me guste poco de los comportamientos de Mariano cuando estamos juntos, es lo maquinal que se vuelve algunas veces, como si tuviera prisa por conseguir su objetivo. Esto le suele pasar siempre cuando prepara su cuerpo para ser penetrado. Su comportamiento de aquel lunes santo lo recuerdo perfectamente: Tras untarse el culo con el mejunje dilatador ese que usa, se tendió de espaldas sobre la cama. Levantó las piernas, mostrándome su agujero de forma provocante. Mi cipote, a pesar de la falta de lívido del momento, comenzó a moverse como si tuviera vida propia. 

 

Metí un dedo en el caliente hoyo, comprobando  con ello que, a pesar del dolor de  la vez anterior, mi amigo estaba deseando ser atravesado por mi verga de nuevo. ¡Y de qué manera!

Envolví mi, ya babeante, miembro en el látex de un preservativo y  lo empujé a la puerta de su ano. Mariano estaba tan relajado que su esfínter se abrió con una facilidad pasmosa.

Comprobar que mi pene había entrado en todo su esplendor fue el preludio para un sincronizado movimiento de caderas. A pesar de que su rostro mostraba un intenso placer, lo que más temía en este mundo es hacerle daño y de mis labios salió una pregunta, la cual no pude reprimir por más tiempo:

—¿Cómo estás? ¿Estás bien?

—Me duele un poco — Me contestó con un hilo de voz— pero sigue… no pares, por favor….

Tras oír su consentimiento a mis actos, hundí aún más mi sexo en su interior, como si intentara soldar mi cuerpo al suyo. En el transcurso de aquel carnal acto me sentí, por primera vez,  más unido a Mariano de  lo  que  había estado con alguien nunca. Un cumulo de sensaciones desconocidas  hasta el momento embargaron mi cuerpo, como si me hubieran  quitado súbitamente una venda de los ojos y gobernara mi cuerpo un ignorado placer.

Sí, era muy evidente que en mis movimientos había mucho de desahogo sexual pero también había algo que no sabía explicar, algo que mi subconsciente ni quería ni podía ponerle nombre. Hoy sé, que cada vez que empujaba mis caderas contra su cuerpo, el acto que realizábamos no se llamaba follar, tenía otro nombre y era  hacer el amor. Pero por aquel entonces, mi mente negaba cualquier certeza y dejaba que la pasión dominara mis sentidos.

Si hay algo que me gusta aún más  que estar dentro de Mariano, es ver su cara en ese momento. Su mirada destila una nobleza poco común y  su rostro se llena de una satisfacción plena; no hay recelos ni dobleces en ninguno de sus gestos, solo una completa entrega y eso, amigo mío,  no se puede fingir.

Sentir cómo en cada envite mi polla parecía entrar más adentro del estrecho orificio me ponía como una moto, pero insignificante comparado con lo que me excitaba el  sonido de mis testículos chocando contra su perineo. Tuve que hacer un gran esfuerzo para aplacar mi fogosidad pues si me dejaba ir, pronto se nos acabaría la diversión.

Aguante todo lo que pude entrando y saliendo de su cuerpo, intentando prolongar el placer todo lo máximo posible  pero todo lo que empieza termina y al sentir como las venas de mi verga se hinchaban como si fuesen a estallar, saque la polla del ardiente ojete y quitándome el preservativo le dije:

—¿Dónde quieres que me corra? —Me oía y no me reconocía, el descaro y la chulería se habían apoderado por completo de mí pero si un influjo tiene el sexo con mi amigo sobre mi persona, es que me desinhibe por completo, me siento libre de decir y hacer lo que quiera pues sé que no me va a ser censurado.

Mariano, en un gesto carente de pudor alguno, se agacho ante mí y de un modo que rozó lo soez me dijo:

—¡Córrete sobre mi pecho! ¡Quiero sentir tu leche caliente sobre mí!

No sé de donde saqué  las energías para expulsar la inmensa cantidad de leche que brotó de mi polla, pues me había corrido hacía poco. El tórax, la cara  y los ojos de mi amigo quedaron empapados del caliente esperma, ofreciendo un aspecto que se me antojaba tremendamente morboso…

Fue tan apabullante el polvo que eché que hasta me flaquearon las fuerzas, de no ser por Mariano, quien me agarró por la cintura,  me hubiera caído en redondo. Una vez me repuse un poco del fugaz mareo, fui consciente de que  mi amante seguía sin rematar la faena.

Ignoro el recóndito lugar de mi mente del cual  saque la idea para lo que hice a continuación, pero si algo tenía claro era que no iba a dejar a mi amigo sin correrse. Le pedí  que se tendiera sobre la cama e impregné mis dedos del pegajoso líquido lubricante y tras comprobar que seguía bastante dilatado, comencé a introducir un dedo en su ojete al tiempo que le pedí que se  masturbara.

El segundo entró con facilidad, busqué la mirada de mi amante y esta me decía que disfrutaba de lo lindo. Me mordí el labio pidiéndole silenciosamente algo más, su mirada receptiva y unos placenteros suspiros me dieron a entender que un tercer dedo también estaba invitado a la fiesta.

Ver como aquella grieta bajo su espalda se tragaba con tanta facilidad aquel trozo de mi mano, hizo que el deseo campara, de nuevo, como un potro desbocado por mi cabeza. Le mostré mis cuatro dedos de forma vehemente a Mariano y este, para mi sorpresa, asintió contundentemente. 

No encuentro  las palabras  adecuadas  para poder explicar  todo lo que llegué a sentir en  aquel momento, por un lado, la sensación morbosa de estar haciendo algo tan prohibido como excitante y por otro, descubrir que todo aquello era una inmensa fuente de placer para Mariano. Estaba tan a gusto que mi cipote, a pesar de haber dado la vuelta al ruedo un momentillo antes, pareció tomar un poco de vigor y todo.

El hecho de que los cuatro dedos entraran en aquel estrecho agujero me estaba volviendo a poner cachondo y si no hubiera sido porque mi amigo se corrió convulsivamente sobre su barriga, incluso habría intentado penetrarlo de nuevo. Ver como de su capullo manaba la leche  y esta se incrustaba sobre su  abdomen, sus dedos y su vello púbico no me desagradó, al contrario: creo que me gustó, demasiado diría yo.

Nos metimos en la ducha juntos. He de reconocer, muy a mi pesar,  que mientras restregábamos nuestros cuerpos con jabón bajo el agua estuve tentado de darle algún  beso que otro, pero todavía mis perjuicios imponían fronteras que no debía traspasar  y sólo le lancé alguna que otra mirada cómplice, acompañado de algún que otro pescozón en el trasero. ¡Dios, cuánto tiempo hacía que no me sentía así de bien con alguien!…

Estuvimos como media hora charla que te charla de nuestras cosas, cómo si lo sucedido minutos antes fuera de lo más normal entre dos amigos. Es una de las cosas que más me gusta de Mariano, por más oscuro y depravado que haya sido el momento sexual, él sabe darle una naturalidad con la que borra cualquier sentimiento sucio que este nos haya podido despertar. ¿Por qué no me pasará lo mismo después de hacer el amor con mi mujer?

Continuara en: Remordimientos de un hombre casado

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