¡Del modo y forma que te la mama un tío…!

La heterocuriosidad de Ramón:

Episodio primero

21/08/12  08:30

Hace 6 días, 12 horas y 30 minutos que no veo a Mariano. Sabía que lo echaba de menos una barbaridad, pero no hasta el punto de soñar con él. Un sudor frío invade cada uno de los poros de mi piel. Me siento  culpable por lo que le estoy haciendo a Elena, pero en los asuntos del corazón el raciocinio no tiene nada que hacer.

La gente dice entre bromas que  en los temas del “mariconeo” mejor no probar… Que después te gusta y repites… Si supieran cuánta verdad encierra esa filosofía de barra de bar… Pero cómo nadie escarmienta en cabeza ajena, aquí estoy sufriendo en mi piel los peligros de cruzar la acera.

Es curioso cómo la vida te da segundas oportunidades. Cuando crees que un día igual a otro es lo que te espera para el resto de tu vida, un acontecimiento fortuito puede dar un nuevo sentido a tu existencia. Para mí, ese hecho casual no fue otro que la reunión de los antiguos alumnos de EGB. Nunca olvidare aquel ocho de octubre. ¡Joder, ya va a hacer un año y parece que fue ayer!

Aquella tarde  el  reloj biológico de todos los que acudimos a aquella cita  parecía haberse atrasado veinte años. Aunque todos los presentes rozábamos de cerca las cuatro décadas, teníamos la extraña sensación de haber vuelto a la adolescencia, como ni papá ni mamá estaban en casa para largarnos la bronca por haber bebido demasiado y como un día es un día… Creo que me bebí hasta el agua de los floreros, aunque eso sí, “controlando, que es gerundio”.

Bueno algo de descontrol tuve que tener, porque si no lo de bailar con la profesora de matemáticas no se me habría pasado por la cabeza.

La noche fue  casi perfecta, hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien y no me reía tanto.  Y digo casi, porque se me antojaba que  para alcanzar la perfección, tenía que culminar echando un “kiki” con todas las de la ley.

De vuelta al pueblo, Mariano nos hizo  las veces de chófer, es lo que tiene no beber alcohol, tus amigos te contratan de taxista al momento.

Como no tenía ni pizca de ganas de meterme en casa, me puse un poco pesado con eso de tomar la última. Pero el personal andaba ya un poquito perjudicado, tirando para borracho y pasaron olímpicamente de mí.

Una vez a solas con mi amigo Mariano, no sé qué pájara  me pasó por la cabeza que cambie mi soniquete de las copas por irnos a un puticlub. De haber sabido las consecuencias de mis palabras, no habría dicho ni mu.  ¿O  quién sabe?,  lo mismo hasta hubiera sido más directo.

Descubrir de golpe y porrazo que mi mejor amigo era alguien distinto a quien pensaba fue como un jarro de agua fría. No todos los días alguien a quien crees conocer completamente, te dice que le gustan las personas de su mismo sexo y que por eso no se va contigo de putas.

Bueno, alguna vez que otra tuve mis sospechas, pero los estándares que la vida nos había enseñado de los homosexuales nada tenía que ver con la apariencia y forma de ser de Mariano. Pero eso es algo que, por mi oficio, de sobras  debía saber: las apariencias casi siempre engañan.

Sé que el alcohol tuvo mucho que ver con lo que pasó a continuación, no es una excusa pues tenía muy claro lo que hacía. Probar el sexo con otro hombre era algo que siempre me había producido cierta morbosa  curiosidad. Si no me había atrevido antes, era por las enormes barreras  mentales que se debían  cruzar para ello.

A pesar de lo ebrio que iba,  fue oír a Mariano decir que yo le gustaba un poco y mi hermanito pequeño empezó a tomar forma.

Nos fuimos a un escampado en las afueras de nuestro pueblo. A pesar de los nervios y de la vergüenza que apretaba mis entrañas,  mi  impulsiva polla se había puesto dura como una piedra.

Mariano estaba casi tan intranquilo como yo. Pero a diferencia de mí, supo coger el toro por los cuernos… ¡Y de qué manera! Sin ningún reparo, fue desabotonando   mi bragueta con el único objetivo de sacar mi churra fuera en cuanto antes. Una vez lo hizo, se agachó ante ella, la observó por uno leves segundos y terminó metiéndosela en la boca.

Ignoro si fue producto de las copas de más, o porque realmente fue así como sucedió, pero sus labios envolviendo mi polla fue una de las sensaciones más placenteras que había sentido hasta entonces.

Evidentemente me la habían mamado antes. Alguna que otra chavalilla en el instituto, algún ligue ocasional y, por qué no decirlo, alguna prostituta. Pero ninguna puso en su boca la pasión y el cuidado que mi amigo. Todas las tías que me la habían chupado anteriormente, buscaban solo que se me pusiera dura o que me corriera rápido. Los movimientos de Mariano no tenían como objetivo ni una cosa ni otra; disfrutar y hacerme disfrutar, simple y llanamente.

Si me sorprendió la revelación de sus apetencias sexuales, más lo hizo el descubrir lo bueno que era realizando una mamada. No sé en qué lugar había dejado al muchacho tímido y prudente a quien  yo conocía desde siempre, pues quien tenía ante mí era una persona más atrevida  y mucho más pasional. Alguien que era capaz de conseguir  lo que nadie había hecho antes: tragarse mi cipote desde la cabeza hasta el tallo. ¡Y de qué manera!

Hacía  bastante tiempo que no me la chupaban, Elena siempre me lo había negado alegando que le daba asco y que aquello le parecía “cosas de putas”.

Sentir aquella caliente boca alrededor de mi hinchada verga se convirtió para mí en un momento de placer supremo.  Me gustó tanto, que a pesar de  los intentos de Mariano por alargar el momento, me corrí sin poder evitarlo. Sentí cómo el semen fluía desde mi glande a los labios de mi amigo, éste se tragó todas y cada una de las gotas del lechoso líquido, sin hacer muestra de asco alguno.

El placer abandonó poco a poco mi cuerpo, el cual  se llenó de una sensación de culpa y vergüenza. Me vestí y abandonamos el desolado paraje sin pronunciar palabra. El silencio fue roto por  un escueto adiós, al dejarme con su coche en la puerta de mi  casa.

Me duché por dos motivos: quitarme un poco la “carajera” de mi borrachera y destruir todas las pruebas de mi infidelidad. A la vez que el agua limpiaba los poros de mi piel, mi mente fue dimensionando lo ocurrido: Había saboreado algo que muchos hombres heterosexuales en su fuero interno estaban  deseando probar  y lo mejor de todo, había sido una experiencia de lo  más gratificante.  No es que fuera a gritarlo a los cuatro vientos ni mucho menos, pero tampoco me iba a sentir mal por ello.

A la vez que la ducha limpiaba mi consciencia, deje de ser el centro del universo y mi primer pensamiento fue para Mariano. Con mi egoísta silencio lo había dejado hecho polvo. Conociéndolo como lo conozco,  pensé que le  estaría dando vueltas al “perolo” y sintiéndose la persona más ruin del mundo. Y todo porque no tuve los suficientes redaños para aceptar que el sexo con él  me había gustado.

Pensé en llamarlo y en excusarme, pero temí que mi esposa pudiera  despertarse y no tenía ganas de enredar más las cosas. Una absurda pero pragmática idea se me vino  a la mente: si la gente deja a los novios con un SMS, ¿por qué carajo no podía hacer uso yo de uno, para tranquilizar a mi mejor amigo?

Pulsé las teclas  como un poseso, dejé que mi subconsciente guiara mis dedos,  le di a la tecla de enviar sin leer el mensaje. (Porque si lo hacía no lo mandaría).

M ha gstado mucho

habra q repetir

tu AMIGO

En los meses siguientes nuestra amistad pasó por una situación de lo más extraña. Aunque seguíamos coincidiendo y quedando para tomar una cerveza de vez en cuando, algo parecía que se había roto entre nosotros. Ante de la galería actuábamos con total naturalidad, pero a solas parecíamos dos completos extraños. Intentábamos recuperar lo perdido, simulando que no había ocurrido nada entre nosotros. Pero éramos malos actores y la frialdad se convertía en el tercer contertulio, en nuestras breves e infrecuentes conversaciones.

Pero la navidad aparte de regalos, traía excelentes borracheras. Y no hay cosa que vuelva más sinceros a los seres humanos que una buena “papa”. En mi favor he de decir que son los cubatas los que me gritan: ¡Bébeme!, que yo me limito a no hacerles el feo. Pero en fin, como Mariano y la palabra alcohol son incompatibles, después de la cena  nos volvió a hacer de chófer. Una sensación de deja vu me invadió, no sé si a él le pasaría lo mismo; pero de vuelta a casa, no me podía quitar del pensamiento la buena mamada que me metió y lo bien que me vendría en aquel instante otra como aquella. Fue dejar en casa al último de los amigotes y no pude reprimir soltar una de mis paridas:

-Ahora es cuando yo me pongo pesado y te digo de irnos de putas.

Mariano me miró de reojo sin apartar la vista de la carretera, por lo mucho que lo conozco sé que estaba deseando sonreír, pero podía más la tristeza que le producían mis palabras.

Aunque el alcohol viajaba sobre mi voz, pesaba más mi raciocinio. Mis ojos se clavaron en él, en espera de una respuesta. Y como si estuviéramos atrapados en el tiempo  como en el día de la marmota,  aparcó de improviso su coche en doble fila.

Apartó las manos del volante y me miró con esa cara que se le pone cuando está hasta los huevos…

-Creí que era tu amigo, no un desahogo para las borracheras.

¡Cuánta facilidad tiene este puto Mariano para descolocar al personal con nada que dice! El muy cabrón te deja sin argumentos. Pero como servidor había dejado la vergüenza con la rodaja de limón del último cubata, le contesté con algo que él no esperaba.

-Pues no me coges fresco porque no quieres.

-Ramón, ¡que estás casado!- me reprochó.

-Sí, pero eso ya lo sabías cuando me chupaste la polla ¿no?

¡Vaya bajonazo, Dios! No había terminado  de decir aquello y había comenzado a arrepentirme. 

Mis palabras no intentaban herirlo, pero lo hicieron. Dicen que los ojos son el reflejo del alma, pero quien mejor abre sus puertas es el dolor. Los ojos de mi amigo habían adquirido un brillo que anunciaban que más pronto que tarde se inundarían de tristeza. A veces, por más que me pese, puedo llegar a ser más cabrón que bonito.

Desinhibido por la media borrachera que tenía, lo cogí por la barbilla y forcé a que su mirada se encontrara con la mía.

-Perdona, tío, a veces soy tan bruto que ni me conozco.

-Has dicho la verdad- Su voz intentaba sonar tranquila, pero encerraba un gran dolor.

-¡Sí, pero eso no quita que me gustara! Y que me haya hecho más de una paja, con el recuerdo de aquella noche…

No sé si  por lo crudo de mis palabras, o porque le hice sentirse importante en mi vida, y  aunque su mirada denotaba todavía tristeza, no pudo reprimir una sonrisa por debajo del labio y decir:

-Yo también… La primera, aquella noche.

Me mentiría a mí mismo si dijera que lo que hice a continuación estuvo motivado por la bebida que recorría mis venas. En todo caso, el alcohol fue una especie de reconstituyente, el cual me dio el suficiente valor para hacer lo que hice; sin meditarlo y con un completo desparpajo, cogí su mano y la lleve a mi paquete:

-¡Esto no está así porque esté pensando en echar un polvo con cualquiera! ¡Esto está así porque deseo volver a tener sexo contigo!

La mano de mi amigo se aferró como una garra a mi abultada entrepierna. La polla se me había puesto dura de solo pensar en lo ocurrido en el escampado. Por una pizca de tiempo estuve tentado de abrazarlo y quién sabe de besarlo, pero todavía era una barrera mental que no tenía fuerzas para saltar.

Un tierno silencio se hizo entre los dos. Parecía inevitable que volviéramos a repetir el añorado momento de unos meses antes. De repente, Mariano se apartó de mí como si yo  le quemara, me miró muy serio y me dijo:

-¿Sabes el riesgo que supone que nos volvamos a ver?

La contundencia de sus palabras pasó por el excitante momento como un elefante por una cacharrería. Guardé silencio durante unos segundos y le dije sonriendo:

-¿Y qué es la vida, sin riesgo?

A pesar de la sinceridad de mis palabras, su mirada analizó la mía en busca de alguna trampa. Tras unos segundos de comunicativo silencio, Mariano volvió a posar su palma sobre el bulto de mi entrepierna y con una voz  más calmada, me dijo:

-¿Estás seguro de lo que quieres hacer?- Asentí con la cabeza ante su pregunta- Pues, como tú vas a seguir viviendo donde mismo y yo igual, espero que no te importe que lo aplacemos  para un día en el que estemos “frescos”. No quiero pasarme otros dos meses sintiéndome culpable por haberme aprovechado de un borracho.

Lo miré y sonreí, el muy cabrón seguía pensando que el único motivo que me movía a querer estar con él era la influencia del amigo “guaitlabel”… ¡Qué equivocado  que estaba!

-Entonces, ¿Me vas a dejar así?- dije agarrando de manera provocativa mi endurecido miembro.

-No creo que tengas ningún problema para bajarlo. Con catorce años ya sabías hacerlo, no creo que se te haya olvidado- dijo con una pasmosa naturalidad.

Volvió a arrancar el coche y me condujo hasta mi casa. Una vez allí y esta vez más por insistir en la broma que por otra cosa, le dije poniendo mi cara más lastimera:

-¿Ni un poquito siquiera?

-¡Anda, que ya te vale!- en su rostro se mostraba una cariñosa indignación, por la que asomaba una sonrisa.

Tras ver cómo el coche se perdía en el horizonte,  me interné en mi hogar. Elena y las niñas estaban durmiendo.

Me encerré en el baño sin hacer ruido, estaba muy excitado y a pesar de que  mi potencia sexual se veía mermada por los efectos del alcohol, la polla me dolía salvajemente. Busqué calmar mis deseos con mis manos, el protagonista de mis pensamientos era mi amigo Mariano. Primeramente lo imaginé hundiendo su cabeza en mi vientre,  hasta tragarse completamente mi polla. Pero lo que me llevó a alcanzar el orgasmo, fue imaginar cómo lo penetraba. Tras seis trallazos de leche espesa, un sentimiento de relax invadió mi ser. Me comencé a sentir mal por lo que involucraba la maldita idea de tener sexo con un hombre.  Pero en los rincones más oscuros de mi ser,  como  si de un sombrío sentimiento visceral se tratara, aún seguía deseando estar con Mariano… De un modo que  ni yo mismo llegaba a comprender del todo.

Continuará en: El delicioso sabor de lo prohibido

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