Algo más que amistad (Inédito)

15 de agosto del 2010 (Hora del café).

1                                                               ******Mariano******

La temperatura en la estancia, aunque nada tiene que ver con el calor  de mi tierra natal, es un poco elevada para la que normalmente hemos disfrutado en los días que llevamos en  la región Galicia.      Aun así, como todos hemos decidido quedarnos con un pantaloncito corto y sin camiseta, no es necesario poner el aire acondicionado para disfrutar de un  ambiente agradable.

Debido a la poca ropa que lucimos, la sensualidad se respira en el aire. Más que cuatro amigos charlando antes de tomarse un café, la imagen que ofrecemos es propia de los prolegómenos de una película porno gay. Por la forma de comportarse los tres hombres que me acompañan, creo que no soy el único que piensa de ese modo. Tengo la sensación de que, de un momento a otro, uno de los osos se va sacar su pene erecto y nos va a ordenar entre gruñidos que se la chupemos.

German, mi recién estrenado amante, nos está preparando la merienda; café con pastas. Como JJ se ha ofrecido para ayudarlo y, como la cocina no es muy grande, no he tenido más remedio que quedarme haciéndole compañía al  mayor de los gallegos.  Algo que, después del sueño erótico que he tenido con él, me resulta tan morboso como incómodo.

Observo minuciosamente con disimulo a Roxelio. Al final me voy a tener que creer eso de que son hermanos, o por lo menos tienen un lazo consanguíneo muy grande. Es tan parecido al tipo con que me he acostado que parece una versión adulta de este. Aunque, por lo que he podido dilucidar por sus comentarios, solo se llevan un par de años. La verdad es que salvo que uno es un poco más alto que el otro y que los rasgos de mi acompañante  reflejan más madurez, su parecido no podía ser mayor. Los mismos ojos, unas facciones similares  y una  atractiva barba negra semejante. La única diferencia que veo, de momento entre ellos es que German es pura ternura y modestia, su hermano un poco más rudo y vanidoso.

La encerrona de mi amigo no tiene nombre. Me trae a un pueblo pesquero de Galicia con la milonga de que ha quedado con una gente que conoce del trabajo. ¿Este tío se cree que yo me he caído de un guindo? Él sabrá de qué conoce a estos dos, pero de su empresa de equipos industriales no.

La experiencia con los dos ositos me está resultando de lo más desconcertante. Por un lado mi moral religiosa me dice que no es ético quedar con unos desconocidos para follar, por otro estoy disfrutando más que un niño con un juguete nuevo.

Tengo claro que si me  hubiera propuesto venir a echar un polvo así sin más a Villa del Combarro, le hubiera dicho no rotundamente. De qué y de cuándo iba a presentarme en casa de dos tipos a los que no conozco de nada,  con la única intención de sexo y sin saber lo que me voy a encontrar. En mi contra tengo que decir que mi lista de meterme con extraños en la cama ha aumentado drásticamente desde que comencé este periplo por las tierras de Santiago.

Lo que pasa es que si mi amigo del alma no fuera tan temerario como es y hubiera tenido en cuenta mi opinión, me habría comportado como el mojigato que soy , perdiéndome así uno de los mejores polvos de mi vida. Porque, aunque me cueste admitirlo, German me ha penetrado como muy pocas veces lo han hecho. Lo he pasado tan bien que, si no me tuviera que ir de aquí en breve, sería hasta capaz de enamorarme de él. Porque no solo está rico para reventar, sino que, sin ser empalagoso, es ternura y pasión por igual. Como a mí me gustan los hombres.

Por eso me mosquea tanto que pueda estar liado entre ellos. Sé que en un pueblo como este, las oportunidades del sexo gay deben estar limitadas y  pueden que hayan  terminado follando con quien tenía más cerca. Tampoco Dos Hermanas es el paraiso gay y no me veo yo manteniendo relaciones íntimas con mi hermano Carlos. ¡Sólo de pensarlo me da repelús!

Digo yo, lo  de este tipo de incesto puede que  no esté considerado delito pero  al menos debe ser pecado. Aunque si me tengo que atener a todo lo que Santa Iglesia considera inadecuado, me parece que yo también voy a terminar ardiendo en el infierno.

—¿Conoces de mucho tempo a Juan José? —Su voz es grave y contundente. Arrastra levemente las silabas, como si te susurrara. Lo que lo hace aún más seductor.

—Desde hace dieciséis años.

Estoy tan cortado y su presencia de macho empotrador me tiene tan hipnotizado que me limito a contestarle con monosílabos. 

Mientras le respondo  se pasa la mano por el pecho disimuladamente. A pesar de que parece un gesto casual,  está cargado de tanta sensualidad  que me da la sensación de que es algo calculado, con la única intención de turbarme. Cosa que por cómo se me acelera el pulso, está consiguiendo.

La verdad es que el gallego, al igual que su hermano, tiene un pecho precioso. No tan hinchado como la gran mayoría de los narcisistas de gimnasio y lo suficientemente abultado para que se te antoje pasar sus labios por él. Si a eso le sumamos la mata de pelo que recorre todo su tórax, se convierte en un plato de lo más apetecible.

Estoy tan centrado en analizarlo concienzudamente que su siguiente pregunta me coge con el piloto automático puesto y le respondo con todo sinceridad, casi sin darme cuenta.

—¿Habéis estado liado calquera vez?

—Sí.

Roxelio aprieta sus carnosos labios y enarca las cejas como si lo que oyera le complaciera.

Durante unos segundos me mira fijamente sin decir palabra alguna. A continuación, con el reverso de su dedo índice se acaricia la barbilla y, poco a poco, va deslizando sus dedos por su pecho de un modo de lo más provocador. El descaro con el que se toca una de sus tetillas me empuja a respirar profundo y a encogerme levemente de hombros.

Como consecuencia del leve roce de sus dedos, sus oscuros pezones se hinchan levemente y sus tetillas se ponen tiesas como una estaca. Si mi timidez no fuera tan intensa y mis prejuicios sociales no atenazaran tanto mis impulsos primarios, haría realidad mi deseo y pasaría los dedos por su hermoso pecho. Pero como no es así, me limito a tragar saliva, sin apartar la mirada de él.

En el momento que se masajea la abultada barriga y baja la mano hasta su paquete, es más que obvio que le importa un carajo que yo haya estado con su hermano. Es más creo que cualquier cosa que yo pueda decir le trae sin cuidado y su único objetivo es comprobar hasta qué punto me siento atraído por él.

Se agarra fuertemente el bulto de su entrepierna que, por lo que puedo deducir, ha aumentado levemente de tamaño. Me gustaría decirle algo coherente para que cese su intento de seducirme, pero su confianza en sí mismo me tiene tan abrumado que soy incapaz de encadenar dos pensamientos razonables.

Incapaz de apartar la mirada de su mano, compruebo como el tamaño de su polla ha aumentado de manera notable y se marca un apreciable cilindro bajo la tela del pantalón.  Aunque mi cara de desconcierto no tiene límites, irreflexivamente me muerdo los labios.

Él, al notar que no hay rechazo por mi parte, se lleva la mano a la hebilla del cinturón y se dispone a desabrochársela para sacarse la churra allí mismo. Si es capaz de hacer aquello o no, me quedo sin saberlo pues se detiene en seco cuando  JJ y German nos avisan desde la cocina que ya está el café, que despejemos la mesa.

¿Salvado por la campana?

Noviembre de 1952

2                                                      ******Roxelio y Anxo******

Solo restaban dos días faenando en  el San Telmo,  dos días y podrían regresar a tierra después de un largo periplo. Los pescadores estaban  ansiosos por volver a su hogar. Sesenta y dos días en alta mar sumaban muchas horas lejos de los suyos  y aunque en el barco habían llegado a formar  gran  familia, todos echaban de menos a la suya de verdad.

Algo  más de dos meses ha sido tiempo suficiente para que entre los hombres hayan surgidos  enormes nexos  de camaradería. Muchas noches compartiendo camarote, habían propiciado  que entre algunos de ellos, en un intento de calmar su soledad, se hubieran creado  vínculos inconfesables. Relaciones íntimas que la sociedad en la que vivían consideraban deleznables, pero que ellos, hambrientos de cariño, simplemente lo consideraban un mal necesario para que la nostalgia que los reconcomía por dentro no terminara volviéndolos locos.

En su mentalidad tan estrecha y tan corta de miras  no se consideraban homosexuales. Para ello los maricas eran degenerados afeminados que hablaban y se comportaban como mujeres. Ellos, en su fuero interno, se veían como machos cachondos  que necesitaban desahogar la calentura que llevaban dentro. Una lujuria que les ha llevado a transitar caminos tan prohibidos como satisfactorios.

Dos de esos pescadores, eran los jóvenes Roxelio y Anxo.  Ambos eran vecinos de Villa de Combarro, el primero lo había hecho durante toda su vida, el segundo se mudó hace pocos años allí. Entre ellos se había fraguado una gran amistad. Tan fuerte que, al igual que entre otros muchos compañeros de travesía, su confraternidad les había llevado a internarse en el terreno de lo íntimo. A probar las mieles del placer entre personas del mismo sexo.

Los dos muchachos, a diferencia de la inmensa mayoría de los  otros pescadores, al volver al pueblo no les esperaba nadie que les calentara la  cama y  les hiciera  olvidar, en la medida de lo posible,  la relación furtiva que habían  vivido durante aquellos dos largos meses.

Aunque en  un principio su inexperiencia les llevó a pensar que eran los únicos que buscaban desahogo sexual en su compañero de camarote eran ellos. Sin embargo, les bastó fijarse un poco y leer entre líneas para saber que no era así, que la inmensa mayoría había sucumbido a compartir sus cuerpos.

Roxelio ignoraba hasta donde se habían atrevido a llegar sus compañeros,  si se han limitado a toqueteos y masturbaciones o, como les ha pasado a ello,  han pasado a mayores, concretamente a mamarse la polla.

Anxo, en cambio,  sabe que al menos dos de sus compañeros Xenaro e Iago, dos cuarentones de Cangas, follan entre ellos. Una noche  los espío y escuchó sigilosamente tras de la puerta,  los sonidos y quejidos eran los mismos que producían su primo y él cuando dejaba que introdujera su masculinidad en su recto. Una banda sonora que tenía grabada a fuego en su memoria.

Como nunca se ha sincerado con su compañero sobre su experiencia previa, le ha costado horrores ascender en su constante búsqueda del placer compartido. A Roxelio, que nunca había tenido sexo con nadie antes, la fruición del sexo oral le pareció la sensación más gratificante que había sentido jamás, una emoción que ha repetido todas las veces que su compañero de cuarto ha querido, pues a pesar de lo mucho que lo desea, nunca ha encontrado el valor para pedírselo y siempre ha dejado que sea él quien tome la iniciativa.

Chuparle la polla a su camarada, siempre le trae a Anxo recuerdos de su adolescencia y de sus encuentros íntimos con su primo. Aquel muchacho, un poco mayor que él, le descubrió lo mucho que le podía gustar acariciar el miembro viril de otro hombre y, llegado su momento, introducirlo en su boca hasta ordeñarlo por completo.

Sin embargo, cuando más se estaba acostumbrando a su compañía, se casó y pasó de él por completo, en el momento que tuvo una esposa con la que desahogar su calentura. Llegando a amenazarlo si seguía buscándolo o le iba con el cuento a alguien.

Se sintió tan humillado por el trato que mereció  del tipo  al que se había entregado por completo que, aunque descubrió que se sentía atraído por las personas de su mismo sexo, jamás volvió a caer en la tentación. Incluso se terminó echando una novia para que lo apartara del mal camino.

Más no se le pueden poner puertas al campo y, desde el primer momento que llegó a aquel barco y se vio rodeado de machos que se desnudaban a su lado sin ningún reparo, tuvo claro que su atracción por los hombres no había fallecido, simplemente estaba adormecida.

De manera no deseada, la relación tórrida con su primo volvió a estar presente en su cabeza y, pese a que sabía que era una locura,  repetir los momentos vividos con él con cualquiera de los fornidos sementales que pululaban por aquel barco, se convirtió en toda una obsesión

Quiso la providencia que un día pillara  masturbándose a Roxelio, encontrando en ello  la excusa perfecta para iniciar con él una relación furtiva y de lo más lujuriosa.  No obstante, la nobleza que henchía el pecho de su compañero era tan enorme y estaba tan atrapado por las retahílas de los domingos en misa, que prefirió tomárselo con calma. Así que prefirió dejar ver que   pareciera que era Roxelio quien tomaba la iniciativa, aunque en realidad era él quien se encargaba de dirigir sus actos por el torbellino de pasión que brotaba de sus jóvenes corazones.

Tras la primera masturbación del uno frente al otro, se embarcaron en  la libidinosa odisea de ir conociendo poco a poco el cuerpo del otro. Proporcionarse placer mutuamente se convirtió en una adicción sin la que ninguno de los dos podía vivir.

El primer beso surgió de manera natural  en su momento justo, igual que la vez que el pescador moreno se dejó practicar una mamada. Después de aquella ocasión, no había una noche que, antes de irse a dormir, Anxo no se tragara la esencia vital de su amigo.

Pero aunque habían gozado como locos de sus momentos justos, ambos sabían que sus días de intimidad estaban llegando a su fin. Quedaban solo tres noches en las que los dos jóvenes podrían abrazarse, besarse y tener sexo antes de dormir.

Una situación que estaba destrozando el pequeño universo que se habían montado en el pequeño camarote y, aunque ninguno de los dos fuera capaz de admitirlo abiertamente, ambos era incapaces de saber que hacer cuando no tuvieran la presencia del otro.

La travesía se había  hecho interminable para la gran inmensa mayoría de los hombres que navegaban en el San Telmo. Quizás solo los dos jóvenes vecinos de Combarro, fueran los únicos que lamentaran el final de  sus días en alta mar y lejos de su familia.

15 de agosto del 2010 (Hora del paseo antes de la cena)

3                                                      ******Mariano******

El maravilloso enclave de este pueblo lo convierte un lugar privilegiado. Con el mar enfrente y en pleno corazón de las Rías Bajas, Combarro tiene la capacidad de ganarte el corazón desde el primer momento que la pisas. Tienes la sensación de haber viajado  a través del  tiempo, pues sus calles y sus casas parecen seguir anclada en un emocionante pasado.  Si a eso se le suma el olor del mar que constantemente te trae la brisa marina, no puedes hacer otra cosa que rendirte por completo a sus encantos.

Lo que más me ha sorprendido de todo ha sido que el pueblo por completo  está levantado sobre robusta piedra, tanto  en los muros de las casas como  en el suelo  luce este material. Es tan inmensa la majestuosidad que me rodea que estoy como un niño que pisa Disneylandia por primera vez.  Quiero grabar cada resquicio en mis retinas como si con ello fuera capaz de conservar todas las  sensaciones que este lugar está despertando en mí.

Hoy Jota, con el argumento de que no sería nada ético, ni estético estar haciendo fotos en vez de prestarle la debida atención a nuestros anfitriones, me ha convencido para dejar la cámara en casa. Mañana, sin falta, me pego una vuelta por el centro y el muelle de la localidad y  lo inmortalizo todo. Esto es bonito hasta decir basta y me gustará volver a revivir su belleza, aunque solo sea a través de imágenes artificiales.

Roxelio y Anxo, mientras hacemos tiempo para la hora de la cena,   nos dan un  pequeño paseo para mostrarnos la  hermosa villa  marinera.  No paran de contarnos curiosidades sobre su historia, pero yo estoy tan absorto por la belleza del lugar que, me olvido de mi buena educación, y sus palabras son para mí como una banda sonora secundaria de un escenario que me ha atrapado por completo.

JJ, quizás porque no estoy haciendo ninguna observación o mis clásicas imprudentes preguntas, me pega un tirón disimulado del brazo y me hace un gesto para que me incorpore al grupo. Le ha faltado decir: “¡Hijo mío, bájate ya de la  inopia!”

Consciente de que he hecho alarde de poco talante y de muy poco saber darle su sitio a las personas que me rodean, pongo mis cinco sentidos en lo que está diciendo el mayor de los dos hermanos gallegos.

—… nuestro padre nos narraba cientos de leyendas sobre Combarro—Aunque el tío va de tipo duro, es mencionar a su padre, la voz se le quiebra levemente y se ve obligado a hacer una pausa al hablar, por lo que deduzco que ha fallecido no hace mucho tiempo — Los ancianos  contaban que en los vellos tempos la villa estaba encantada, se decía que era el hogar de las meigas. Mujeres que mediante brujería habían conseguido el favor del demonio y usaban esa magia negra para hacer su voluntad. Hay rincones que, si permaneces mucho tiempo en ellos ,te  transmiten  misterios ancestrales, como si hechizos legendarios flotaran permanentemente en el aire…

—¿Vosotros creéis en la brujas?  —Pregunto un poco sorprendido por la total veracidad que Roxelio imprime a sus palabras.

—Evidentemente que no… —Me contesta de forma contundente.

—…pero haberlas haylas —Concluye su hermano con una sonrisa.

Me limitó a sonreír bobaliconamente, como si hubiera captado el sentido de la broma, aunque me temo que no termino de comprender del todo  el sentido de humor de los gallegos. La forma de ser de estos dos tipos me tiene, al igual que el pueblo donde viven, completamente hechizado, por lo que pienso que algo de cierto encierran las leyendas del lugar.

—Sé que para la gente de fuera es difícil creer en nuestras tradiciones, pero están muy arraigados en nuestro ADN cultural. Esta es la plaza de San Roque —Me dice abriendo los brazos de forma espontánea y mostrándome de forma ceremoniosa lo que nos rodea —Aquí puedes ver dos cruceiros —En esta ocasión me señala un monumento de piedra sobre el que se yergue una cruz en cuyo reverso hay una imagen de la virgen, por su estilo arquitectónico pienso que deben ser del medievo— Aquí se pusieron dos para proteger a los habitantes de las meigas que aquí se daban cita. Si te fijas bien, la cara de la Virgen mira al mar y la del Señor a la tierra. Eso es porque la madre de Dios protegía a los pescadores de las inclemencias del mar y el Señor se encargaba de proteger a sus mujeres de los encantamientos de las meigas.

Escuchar cómo se mezcla el misticismo religioso con la superchería y el folklore, me parece de lo más insólito. Aun así, no hago juicios de valores y me limitó a escuchar lo que me dicen como si fuera la mayor de las certezas.

—En el pueblo hay siete en total. Por lo que se piensa que las brujas tenían siete localizaciones para sus aquelarres y se colocó uno en cada una de ellas.

—¿Y por qué en esta plaza hay dos? —Pregunta JJ.

—Hay quien argumenta porque en este lugar la presencia de las hechiceras era bastante mayor, otros que en la plaza, al estar prácticamente a orillas del mar, eran precisos dos cruceiros, uno para proteger a los habitantes y otro para los pescadores que surcaban el mar en busca de sustento.

No sé cuánto habrá de cierto en sus palabras, si realmente las brujas camparon por aquellas tierras o, como en la mayoría de los casos, la gente tiene tanto miedo a lo diferente que termina inventando historias sobre todo aquello  que pueda amenazar su estatus quo.

Me acerco para ver mejor uno de los cruceiros y no puedo más que gratificarme al contemplar que está levantado sobre la misma estructura de granito que sobresale del suelo.

—¿En qué siglo se fundó el pueblo? —Le pregunto a German, como si fuera mi cicerone particular.

—Las primeras construcciones, según cuentan los mayores, son del siglo XVIII que es cuando se le empieza a conocer como Villa del Combarro.

—¿Qué significa Combarro?

—Viene de Comb, —Quien me contesta es su hermano mayor a quien, después de lo ocurrido en su casa esta tarde, no puedo mirar a los ojos sin ruborizarme. Algo de lo que él se ha dado cuenta y mientras me responde no pierde la oportunidad de hacer  alarde de su personalidad seductora — viene a significar flexión de la costa.  El pueblo se sitúa sobre una base granítica con forma de media luna, “combadas” en los extremos por las playas del Padrón y la hoy desaparecida playa de Chousa.

No sé si estos dos hermanos traerán a mucha gente aquí para, después de follar con ellos, enseñarles el pueblo, pero lo que si tengo claro que están resultando ser unos guías turísticos de categoría.

Estoy a punto de preguntar algo, cuando JJ me interrumpe diciendo:

—Yo sé que a mi amigo todo esto de las piedras y los estilos arquitectónicos le gusta mucho. Pero el menda lerenda tiene ganas de tomarse una copita antes de cenar, así que ya nos vamos yendo para las zonas de los bares que ya tendremos tiempo mañana de hacer de guiri.

Los dos hermanos me miran como esperando que yo diga algo, como no pongo ninguna objeción Roxelio nos invita a seguirlo con un gesto amable diciendo:

—Pues si vino es lo que queréis, os voy a llevar a un sitio donde, aparte de comer de maravilla, ponen un Loureiro bien riquiño.

Diciembre de 1952

4                                                      ******Roxelio y Anxo******

Anxo sabía que debería haber ido a ver a sus avos, que son ya muy mayores y tendrá poca oportunidades de disfrutar de su compañía.  No obstante la lujuria que hervía en  su interior tuvo más fuerza que su cariño por ellos.  Un deseo tan poderoso que martilleaba incesantemente en su cabeza y   lo tenía completamente cegado.  Tanto que había preferido quedarse solo en casa que compartir un día con los padres de su madre a los que los unía una verdadera devoción.

Contaba con   poder verlos en un par de semanas, antes de salir de nuevo de travesía. Aun así se sentía un poco culpable por anteponer su calentura  a poder pasar un  buen rato con ellos.

La excusa que se buscó fue que había quedado con Roxelio para ayudarle con la reparación del cobertizo de su casa. Aunque no era mentira, tampoco se trataba de  una verdad absoluta, pues el trabajo solo  les llevaría un par de horas a lo sumo. Con lo que después tendrían toda la tarde libre para hacer lo que llevaban dos largas semanas anhelando: compartir furtivamente sus cuerpos.  

Aquel mes con sus largas noches de  soledad había hecho madurar al joven gallego y,  aunque seguía siendo de la convicción de que estaba  cayendo en pecado mortal al tener relaciones con una persona de su mismo sexo, ya  no le importaba reconocerse que estaba locamente enamorado de su antiguo compañero de travesía. Estaba tan seguro de sus sentimientos hacía él que ha hecho correr el rumor por el pueblo de que se había echado una novia en Samieira, con la única intención de que la chica a la que pretendía, diera por terminada su relación.

No sabía muy bien que pretendía con aquella exclusividad hacia aquel chico, lo que si tenía suficientemente claro es que nada en el mundo hacía palpitar su corazón como la presencia de Roxelio, en las pocas veces que se habían cruzado por el pueblo y habían intercambiado unas pocas de palabras. Era más, cuando las circunstancias se habían vuelto adversas y durante días no se habían podido siquiera saludar, se había sentido como si le faltara un pedazo.  

No había sido educado para  manifestar sus sentimientos abiertamente, sino que le habían enseñado a ocultarlos como si fuera una especie de debilidad de la que avergonzarse. Era por ese motivo por el que nunca había  hablado con su amante de la secreta pasión que bullía en su pecho. Quizás porque sospechara que él no estaba preparado para ello y fuera incapaz de entender la locura que suponía que dos hombres se amaran. ¿En qué lugar quedaba para ellos  la sacrosanta orden de formar una familia?

Que nunca hubiera tocado el tema, no quería decir que no hubiera aprendido a leer los gestos y los silencios de Roxelio Aquella mañana, mientras trabajaban en la parte alta de la vivienda de los padres de este , hubo multitud de miradas cómplices que se podían interpretar de una sola manera, ambos añoraban de manera desmedida los momentos vividos en el San Telmo.

Era tan evidente que la tensión sexual entre ellos se podía cortar un cuchillo que  sus manos se rozaron sin querer y tuvieron que hacer un enorme esfuerzo para no abalanzarse el uno sobre el otro para  consumar la pasión que le reconcomía por dentro. Pese  a que sabían que la casa de Roxelio no era lugar para tener sexo,  no pudieron reprimir alguna que otra caricia leve y furtiva. Fue como una especie de aperitivo para el banquete sexual que, preveían,  terminaría teniendo en cuanto concluyeran la faena.  

Con lo que  no contaban fue con que Anuncia, la madre de Roxelio, en pago por el favor que les había hecho, lo invitara a comer. Por lo que, tuvieron que dejar aparcada la lujuria un rato más y postergar el tan esperado encuentro carnal  hasta bien entrada la tarde.

Habían quedado en casa de Anxo quien, a pesar de que estaba ansioso por fundir su cuerpo con el de su amigo, había hecho de tripas corazón y se había maqueado tranquilamente. Se había afeitado, lavado y se había vestido con la ropa de los domingos. Sabía que el único interés que su amado iba a tener en su ropa iba a ser el de quitárselas, aun así quería causarle la mejor impresión.  

Se miró en el pequeño espejo del lavadero y la imagen que este le ofreció no le defraudó en lo más absoluto. Si se atenía a como lo miraban las chicas cada vez que pasaba a su lado, no era raro que la vanidad le hiciera pensar que era un chico guapo.  Su cabello rubio y sus ojos azules lo dotaban de un atractivo poco común en la zona, si a eso se le sumaba un cuerpo robusto que rezumaba juventud por cada uno de sus poros, no era raro que más de una de las madres del pueblo se olvidaran de sus orígenes y lo quisieran como yerno.

Sin poderlo evitar, se llevó la mano a su entrepierna. Excitado ante la proximidad de un momento tan largamente esperado, tenía el nabo completamente duro.   La simple idea de saber que en breve estaría a solas con su amante encendió  el fuego de su interior, el pulso se le aceleró  y su corazón comenzó a palpitar como si quisiera salirse del pecho.

Se repetía insistentemente que lo que hacía no estaba bien, que si alguien en el pueblo se enteraba de su pecado lo correrían a pedradas, sin embargo era tanto lo que añoraba al que fuera su compañero de camarote, que el riesgo que corrían lo consideró un diezmo adecuado por abrazarlo y besarlo

Sin embargo, cuando comprobó el tamaño que había cogido la bestia de su entrepierna, tuvo que admitir que lo que tenía con aquel chico, por mucho que le gustara pensar que era un cariño verdadero, no pasaba de ser un perverso vicio.

Aquel pensamiento le hizo sentir tan sucio, que estuvo tentado de, cuando su amigo llegara  a su casa, no abrirle la puerta y que se fuera hastiado por donde había venido. Se volvió a tocar la dura verga, tan dura que hasta le dolía y se dijo: «Puede que arda en el infierno por esto, pero es lo mejor que me está pasando en este mundo y no lo voy a desaprovechar».

Roxelio caminaba sigiloso por las calles. Se encontraba nervioso, temeroso de que algunos de los vecinos que lo veían encaminarse a casa de su amigo, pudieran entrever los verdaderos y oscuros motivos que encerraban su proceder. Sin embargo, por mucho que le temblaran las piernas y se le acelerara el pulso cada vez que saludaba a algún vecino, no estaba dispuesto a renunciar a los besos, abrazos y las mamadas de su compañero de camarote. Se ha reservado tanto para este día, que lleva tres días sin pajearse, con la única intención de regalarle la mejor de sus corridas.

Desde que habían dejado  el San Telmo, no había podido evitar pensar  constantemente en lo vivido allí. Tenía más que claro que lo que hacían estaba mal, que era una tentación que el demonio le ponía en el camino. Un pecado por el que se sentía tan culpable que ni se había confesado con su párroco, ni lo haría pues la vergüenza que sentía era infinita. Ya ajustaría cuentas con el Señor el día de su Juicio.

A cada paso que daba en dirección a casa de su amigo, el joven pescador se enfrentaba a sus problemas de consciencia. A la humillación que supondría que algún vecino se enterara de aquello y lo pregonara a los cuatro vientos. Sin embargo, tras sopesar todos los pro y los contra, concluyó que prefería arder cien mil veces en las llamas del infierno que no volver a sentir  en su cuerpo los labios de su compañero de travesía.  

Nunca antes se había fijado en un hombre, ni de manera pecaminosa, ni de manera contemplativa. Los cuerpos masculinos no habían despertado en él ninguna curiosidad, pues a él lo que realmente le gustaban eran las mujeres. No obstante, desde que habían aprendido a darse mutuamente placer  y, sobre todo, cariño. Tenía  idealizado al pescador de cabellos rubios y lo consideraba una de las criaturas más hermosas de la tierra.

Golpeó, a modo de contraseña, cuatro veces con los nudillos la gruesa puerta de madera.  Unos segundos más tarde la puerta se abrió tímidamente. Aquella rapidez le dejó claro que su amigo ansiaba aquel encuentro tanto o más que él.    Como un niño que se disponía a cometer una travesura, miró  cuidadosamente a los lados por si era observado por alguien. Una vez comprobó a que no había ningún vecino pendiente de sus movimientos, se internó precipitadamente en la casa de su amante.

Traspasado el umbral, Anxo cerró  tras de sí el cerrojo de la puerta. Una concisa comprobación de que se encontraba perfectamente  echado  fue  la señal  inequívoca de que se hallaban completamente aislados del mundo exterior. Como si no pudiera retener más el volcán que hacía erupción en su interior, atrapó la cara del recién llegado entre sus manos. Observó detenidamente su varonil belleza durante unos segundos, posó sus labios sobre sobre los suyos y, un instante más tarde, sus lenguas se pusieron a danzar estrepitosamente.

¡Cómo habían echado de menos los momentos como aquel! No había nada comparable a sentir el cuerpo del otro frente al suyo, mientras sus alientos se mezclaban. Ambos, en su pequeña ignorancia, no sabían cómo podían soportar estar sin el otro, cuando era una presencia que les hacía tanta fatal que su ausencia les provocaba un daño irreparable.

Les daba igual lo que dijera el cura del pueblo, lo que pensaran sus vecinos. Ellos simplemente ansiaban ser felices y, mientras sus lenguas se enredaban en un torbellino de pasión, no podían entender una vida en la que no estuviera el uno para el otro.

Roxelio, sin dejar de morder la lengua y los carnosos labios de su amante, comenzó a acariciar su cuello, para dejar que sus manos resbalaran muy despacio  por sus fornidos hombros hasta llegar a sus brazos.  Al notar la dureza de sus músculos bajo la yema de sus dedos, supo que era  el alimento que su lujuria venía reclamando desde hacía ya  tiempo, pero  el miedo a las  consecuencias de sus depravados actos le había hecho enterrar esos sentimientos en lo más profundo de su pecho.

Su mente se nubló al  recordar  las numerosas pajas solitarias que se había hecho evocando sus vivencias en alta mar y por mucho que se decía que su dicha estaba al lado de aquel hermoso joven,  no pudo evitar sentirse sucio. Por unos segundos sintió como su virilidad perdía fuerza y estuvo tentado de sucumbir a lo que le gritaba su mala conciencia. De nuevo, la lujuria venció en su lucha interior y, aferrándose a la cercanía de su antiguo compañero de camarote, las sensaciones negativas fueron empequeñeciendo hasta desaparecer.

Durante unos breves segundos separaron sus labios, dejaron  descansar  la intensa pasión que clamaba por salir de sus pechos y, al tiempo que mantenían posada la mano sobre la nunca del otro, posicionaron sus cabezas a la escasa distancia de diez centímetros.  

Una  furia contenida se dejaba ver en sus ojos, parecía que quisieran devorarse el uno al otro con los ojos y mantener aquella imagen en sus retinas para cuando no se tuvieran cerca. Con la misma ímpetu que se habían separado, se volvieron a besar intensamente.

Anxo, con cierta dificultad, metió los brazos por debajo de las axilas de su amante y apretujó contra sí. Notar la dureza de su pecho, su abdomen y, sobre todo, la de su entrepierna, le llevó a concluir que había merecido la pena la espera. Lo amaba y deseaba por igual, tanto que imploraba que el tiempo no transcurriera y quedaran atrapados para siempre en el pequeño oasis de placer que se habían construido aquella tarde.

Como tenía claro que sus anhelos no se harían  realidad, decidió aprovechar el rato que le restaba juntos. Pese a que sus padres no regresarían hasta el día siguiente al mediodía, Roxelio, en un par de horas, debía marcharse a ver a su novia.

No le hacía mucha gracia que su amante, a diferencia de él, no hubiera dado por concluida aquella relación amorosa. Sin embargo, quizás por temor a perderlo del todo, se resignó y lo consideró  que compartirlo era un mal menor comparado con la felicidad que  le aportaba estar con él.

Miró el reloj que estaba sobre el aparador y constató el ínfimo espacio de tiempo que le quedaba. Sabía que si quería culminar su momento sexual, deberían abandonar los prolegómenos y pasar a mayores en cuanto antes.

Si hasta aquel momento su pasión había estado envuelta de ternura, esta fue desapareciendo paulatinamente hasta que solo quedó una pujante lujuria que se fue apoderando irrefrenablemente de la voluntad de ambos.

Anxo tenía la sensación de que, si no se daba la suficiente prisa, no tendría tiempo de chupar el nabo  y poder saborear la esencia vital de su compañero. Precipitadamente llevó una de sus manos al paquete de su amante y lo comenzó a acariciar por encima de la basta tela del pantalón.

Seguramente porque hacía muchos días que no tocaba aquel palpitante mástil, lo notó más duro y más grande de lo que lo recordaba. Irreflexivamente comenzó a desabotonar la portañuela de manera apremiante, como si le fuera la vida en palpar la caliente bestia en todo su esplendor.

Prosiguió acariciando la polla cubierta por la tela del calzón hasta que consideró que esta había alcanzado su total dureza y su mayor tamaño.  Durante el escaso tiempo que duró el acuciante masaje, el único sonido que se oyó fueron la acelerada respiración de los dos muchachos que parecían contener sus gemidos como si una entidad divina los pudiera oír

Un deseo irrefrenable le comprimía el pecho y el corazón le palpitaba de tal manera que hasta sentía como le temblaban levemente las manos. Incapaz de reprimir por más tiempo la lujuria, sacó el nabo de su encierro y  lo apretó  fuertemente entre sus dedos. Una vez consideró que la palma de su mano se había empapado de efluvios de macho, se la llevó a la nariz y aspiró fuertemente el sensual aroma.

A Roxelio le costaba mucho admitirlo, pero le encantaba ser deseado. La devoción que su amigo demostraba hacia él le daba un tremendo morbo y lo excitaba de una manera que no podía, ni sabía explicar.

Pese a que el físico de su amante no le causaba ninguna repulsión, sino todo lo contrario. Nunca había tenido la tentación de meterse su miembro viril en la boca y se limitaba a masturbarlo solamente. Como si implícitamente se hubiera realizado un reparto de rol y a él le hubiera tocado el de macho activo.

Aun así, disfrutaba con la desnudez de su amigo y se ponía tremendamente cachondo tocándole las tetillas, acariciándole la espalda, incluso masturbándolo hasta que alcanzara el orgasmo.

Anxo ignoraba lo que se sentía cuando le mamaban el nabo y, como no sabía cómo reaccionaría su compañero, nunca se lo había pedido. Por lo que se limitaba a asumir el papel de sumiso, al igual que hizo en su primera y única experiencia anterior.

Observó detenidamente el sable de carne que emergía de la pelvis de su amante. Paseó sus dedos por el tronco hasta llegar al glande. Al percibir que de él emanaban unas  gotas de caliente líquido pre seminal, se agachó de manera ceremonial ante Roxelio y colocó su cara frente a frente del enhiesto falo. .

Se trataba de  una churra grande y gruesa, venosa. Su cabeza a medio desenfundar se encontraba tan cerca de su cara que casi parecía querer invadir  el espacio vital del joven gallego. Lamió sus  labios nerviosamente, sin poder apartar la vista del provocador mástil.

 A su amante no le gustaba tener que pedirle nada, prefería que fuera él quien se encargara de todo. Aun así, al ver que no se tragaba su pene,  empujó levemente la cintura y presionó levemente su erecta verga contra los labios de Anxo, quien al sentir la proximidad de la cabeza de flecha a su boca, volvió  a inhalar el aroma que desprendía.

Agarró la vibrante polla con una mano y la comenzó a masajear muy suavemente. Sin descapullar el prepucio, lamió tímidamente la parte exterior del glande, de un modo tan sutil que propició que su compañero se comenzara a impacientar y, por primera vez desde que tienen sexo, le dio una orden.

—Abre la boca, que tenemos poco tiempo — A pesar de que sus palabras son un gruñido sordo, su acento hace que aquellas palabras en gallego en lugar de como una petición, suenen como una súplica.

Lejos de incomodarlo, aquella demostración por parte de su amante de quien llevaba los pantalones, le excitó. Hasta el punto que notó como su polla se endureció aún más.

Sin dilación de ningún tipo, colocó sus labios frente al violáceo capullo  y, de forma inesperada, notó como la gorda cabeza se introducía casi por completo  de un empujón en su boca. No sabía por qué, pero ese cambio en la forma de proceder de su amante le gustaba. «Mientras no se dirija a mí  en femenino y me diga cosas como fresca o buscona, como hacía mi primo. Puede estar bien», se dijo mientras intentaba engullir  el babeante dolmen de carne».

A pesar de la furia que parecía haberse apoderado de las caderas del pescador moreno, que se movían como si estuviera empeñado en follarle la boca brutalmente. Anxo intentó, como tantas otras veces, chupársela suavemente porque le producía mucho más placer a ambos. Pero tuvo que desistir, pues su amigo seguía empeñado en todo lo contrario.

Roxelio al notar  como los carnosos labios envolvían su cipote casi al completo, olvidó el pecado mortal que estaba cometiendo y, apoyando firmemente la mano sobre la nuca de su amante, consiguió que se la tragara hasta que su campanilla hizo de tope. Una pequeña arcada por parte de su amante, sirvió para recordarle que todo tenía un límite en esta vida.  

Su acompañante, al ver que le faltaba el resuello, vació  su boca y respiró. Levantó la mirada en busca de algún gesto por su parte, estuvo tentado de decirle que no se parara y siguiera chupando, pero respetaba tanto a aquel jovenzuelo de ojos azules que se limitó a excusarse:

—¿Te he hecho daño?

—No te preocupes, ha estado bien. Espera que me reponga y sigo —Le respondió con una generosa sonrisa que le recordó porque todo era tan estupendo cuando estaba con él y lo volvía tan loco.

Mientras llenaba sus pulmones de aire, no pudo reprimir pasar la lengua por el tronco del nabo que tenía ante sí, hasta llegar a sus huevos. Los cuales chupó golosamente hasta que propició que un quejido ronco de placer brotara de la garganta de su amante.

Durante unos minutos sus azules ojos se clavaron en los de su acompañante, si no fuera porque Roxelio seguía pensando que lo que hacían era pecado mortal, le hubiera dicho lo mucho que lo quería. No fueron necesarias las palabras para que ambos tuvieran claro que él uno estaba locamente enamorado del otro.

Quizás porque, aunque era lo que más deseaba en el mundo, no encontraba el suficiente valor para enfrentarse a un rechazo por parte de su amante, abandonó el silencioso dialogo y , una vez notó que sus pulmones se habían vuelto a llenar de aire, se volvió a sumergir en las vorágines del sexo.

Sin preámbulos de ningún tipo, con cierto automatismo, volvió a lamer la cabeza de la hermosa verga que tenía ante sí. Poco a poco, intentando satisfacer al dueño de su corazón, probó a ver dónde llegaban sus límites y dejó resbalar sus labios por el ancho tronco, hasta aproximarse peligrosamente al pubis.

Unas pequeñas arcadas le vinieron a visitar, pero hizo un último esfuerzo. Volvió a tragar un poco más, en una competición consigo mismo en la que intentaba digerir la mayor cantidad posible de polla. Movió la cabeza hacia delante, hacia atrás, una y otra vez, marcándose un cadencioso ritmo y esforzándose al máximo por acostumbrarse al mismo.

En el momento que el ahogo lo volvió a visitar, sacó  el pollón de su boca con un pequeño “pop” y miró hacia arriba, buscando la complicidad de su amado.  Una generosa sonrisa le dejó claro que lo estaba haciendo divinamente, se relamió pecaminosamente y volvió a centrarse en el palpitante miembro que seguía reclamando  sus mimos.

Lo observó  cuidadosamente, como si intentara devorar su  virilidad con la mirada. Le propinó unas cuantas lamidas al glande antes de envolver nuevamente aquel cimbel con sus labios. Tragó tanto como pudo,  retrocediendo y engullendo una y  otra vez, degustando efusivamente su salada amargura. Hasta que la cabeza de champiñón rozó su campanilla y una pequeña arcada vino a visitarlo.

Roxelio volvió  a emitir un pequeño gruñido y empujó la nuca de su amante para que siguiera  chupando. Anxo ignoró el dolor de su mandíbula y siguió  succionando el enorme cilindro, acelerando el movimiento de su mano a lo largo de la parte del miembro viril  que, a pesar del esfuerzo, no lograba mantener en el interior de su cavidad bucal.

—Voy a follarme tu boca ahora —Bufó el pescador moreno, agarrando la cara de su amante entre las manos.

El joven rubio elevó la vista hasta encontrar los ojos del hombre de su vida. Se sonrojó aún más de lo que ya estaba por el esfuerzo de intentar tragarse el abrumador pedazo de carne que sostenía  entre su mano y sus labios.

Su amante al ver que se estaba esforzando todo lo que podía y más para proporcionarle placer, se limitó a acariciar levemente rus rostro con los dedos y decirle:

—Échate hacia atrás y déjame hacer el trabajo. Solo quiero que me mires mientras tienes mi polla en tu boca.

Las fuertes y callosas manos de Roxelio acunaron  el rostro de su amigo. Movía  sus caderas con la única intención de sacar su polla de la caliente boca.  Una vez comprobó que únicamente el capullo permanecía dentro, aguardó unos segundos y, de manera súbita, empujó profundamente, hasta que su glande chocó estrepitosamente contra la campanilla de su amante.   

Anxo, sin dejar de sostenerle la mirada a su amado,  notó como se iba quedando sin aliento y que, cada vez,  le costaba más respirar . Sin embargo, como si fuera una especie de penitencia hacia la persona amada,  siguió luchando contra unas nauseas reflejas y tratando desesperadamente  de respirar  alrededor de aquel grueso pedazo de carne masculina que taponaba su cavidad bucal. Sus fosas  nasales se dilataron, mientras sus ojos llorosos recorrían sin cesar  la expresión de animal en celo de Roxelio. 

Como si notara que había llevado al límite a su compañero de travesía, el pescador moreno sacó repentinamente el nabo de la caliente boca y, cuando consideró que había podido recuperar el resuello, la volvió a empujar de regreso dentro. Repitiendo aquel movimiento todas las veces que consideró necesarias.

—Aguanta, campíon. Ya queda menos —Musitó Roxelio entrecortadamente sin dejar de mover sus caderas.

Anxo se encontraba  como en una nube. Se sentía  abrumado por el gusto que los efluvios de su amante dejaban en su paladar, la sensación de la dura cabeza de flecha contra su garganta, el repiquetear de los balanceantes huevos contra su barbilla a cada arremetida, las vigorosas manos sosteniendo con firmeza su cara mientras sacaba y metía el erecto proyectil en su boca, el sonido de una respiración cada vez más trabajosa, los oscuros ojos  mirando fijamente los suyos…

—La hostia voy a correrme —Gruñó el pescador moreno  mientras impulsaba estrepitosamente sus caderas contra la cara de su amigo.

Las contradictorias sensaciones que invadieron  al joven rubio no tenían parangón, por un lado se sentía incómodo porque le costaba trabajo respirar, por otro, el sabor del líquido blanco que invadía su cavidad bucal le reconfortaba como ninguna otra cosa en el mundo.

En un movimiento casi autómata, desnudó su polla y comenzó a masturbarse  frenéticamente mientras seguía saboreando cada uno de los borbotones de  caliente esperma que la manguera de carne vomitaba sin parar y , sin dejar de mamar ansiosamente, llegó a su propio orgasmo.

Durante unos segundos el mundo pareció detenerse a su alrededor. Paulatinamente, ambos fueron volviendo a la realidad que le escupía que su tiempo junto estaba llegando a su fin. Por mucho  que esto último les desagradara.

Roxelio, como si fuera lo que tocara, metió  las manos bajo las axilas de su amigo y tiró de él para levantarlo. Una vez lo tuvo frente a sí, sin importarle que de la comisura de sus labios brotaran unas densas  gotas de esperma, lo besó apasionadamente.

Anxo al ver como buscaba su boca, sin importarle que estuviera sucia de su esencia vital, tuvo  claro que el hombre que tenía ante sí, a diferencia del egoísta de su primo, sentía   por él algo más que una necesidad de desahogo.

Sin meditarlo ni un segundo, apartó sus labios  de él, apoyó su boca sobre su cuello  y musitó algo que llevaba encerrado en su pecho casi desde el primer momento que tuvieron sus primeros encuentros íntimos.

—Te quiero…

El pescador moreno escuchó aquellas palabras como si se tratara de un jarro de agua fría. Se separó  bruscamente de él y le dijó:

—No digas eso, que es pecado mortal.

Anxo, sosteniendo el dolor que nacía en su garganta, se enfrentó  a él diciéndole:  

—Pues tú dirás que es esto que sentimos, porque está claro que es algo más que amistad.

15 de agosto del 2010 (Hora de la cena)

5                                                                ******JJ******

Joder, como pega el Lureiro este! Lo peor es que no hemos tomado una botella entre los cuatro y de comer solo nos hemos tomado una almejas babosas en salsa. Conociendo como conozco al curita, a este con dos copitas de más le confunde la noche y, como a todos los borrachos, le da por contar la verdad.

Aunque más que a lo que se aventure a decir le temo a lo que se atreva a preguntar. ¡Que si me conoceré yo el percal! Este con dos copas de más le da uno de sus ataques de sinceridad y les da por preguntarle a la familia oso que de qué cojones lo conozco y ya tenemos la fiesta montada.

Esperemos que la comida venga pronto porque si no me veo dando más explicaciones que un político cuando lo cogen con el carrito de la compra.

Un comentario sobre “Algo más que amistad (Inédito)

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