La gente habla (Inédito)

Historias de un follador enamoradizo Episodio veinticinco

La gente habla…
siempre mal te mira,
la gente piensa
convencida
la gente habla…

Junio 2002

Mariano

Me atrevería a decir sin ánimo de equivocarme que tras el incidente con el pierdeaceite  de Rafi, en nuestra relación de pareja hubo un antes y un después.

El antes era una relación en la que cada vez me encontraba más incómodo. Que me penetraran no me producía ningún placer, nada más que dolor. Amaba mucho a Enrique, pero la simple idea de que introdujera su polla en mi culo, me producía un pánico atroz. Sin embargo, el temor a perderlo por mi mojigatería era mayor y afrontaba el acto sexual como una especie de penitencia. Un diezmo justo por estar con la persona a la que idolatraba de un modo que rozaba lo enfermizo.

En su búsqueda de que nuestra relación fuera completa, poder estar conmigo y poder follar sin que fuera un suplicio para mí. Mi ex, sin consultarme siquiera, introdujo un tercer miembro en la ecuación de la pareja. Algo que, me dio tanto asco y me hizo sentir tan sucio, que no tuvimos más remedio que pedirle al chico que se marchara.

No podía creer lo que estaba pasando. ¿Dónde quedaban esas conversaciones románticas donde yo lo era todo para él y que me susurraba al oído que era lo mejor que le había pasado? ¿Tan importante eran unos ratos de lujuria desmedida para echar algo tan extraordinario por la borda?  Por lo visto, para él sí.

En los días posteriores, ninguno de los dos sacamos el tema a coalición. Yo porque me empeñaba en querer olvidar lo sucedido y si no se hablaba sobre ello, tenía la sensación de que ni siquiera había sucedido. Mi ex porque, como descubrí con el paso del tiempo, simplemente había dejado el tema del trio aparcado. Aguardando el momento propicio, uno en el que yo estuviera con la guardia bajada.

Lo más lamentable era que de aquel estado de confusión que me dejó el intento de trío con Rafi, tuve que salir yo solo. No tenía ningún hombro que me sirviera como almohada para consultar. Los amigos de toda la vida como Jaime o Ramón, porque desconocían mis coqueteos con la otra acera y tampoco podía contar con la comprensión de JJ pues ya me había encargado  yo de espantarlo con mis ínfulas de triunfador en el amor.

Sin embargo, tengo que reconocer que después de aquel día, la relación entre mi ex y yo  pareció cambiar  para mejor. Nuestros momentos íntimos estaban llenos de ese romanticismo que tanto me agradaba. Nos abrazábamos, nos besábamos, nos acariciábamos  hasta que no quedaba un milímetro de nuestros cuerpos por explorar… Unos placenteros instantes que siempre culminaban con mi boca devorando su miembro viril,  tragándome su enhiesto falo desde la cabeza a la base,   hasta conseguir ordeñar su esencia vital.

En aquel momento no me percataba de ello, pero la atracción que Enrique demostraba por mí,  por mucho que me doliera, no incluía la zona de mi entrepierna. Una circunstancia que yo intentaba excusar con los pretextos de que cada cual es cómo él, que no a todos nos tiene que gustar lo mismo. Lo cierto y verdad es que mi ex tenía una mochila cargada de excentricidades que él, en su constante esfuerzo por parecer normal escondía como mejor podía. No obstante, ni a mí que estaba loco de amor por él, se me escapaba que era un homosexual bastante raro.

Ciego como estaba ante la realidad, era completamente permisivo con todas sus manías por mucho que me molestaran. Para conformarme me decía que a las personas se la quieren como son, con sus virtudes y sus defectos.

Si había una cosa que me incomodaba bastante de él era que separara su círculo de amistades, de la vida que compartíamos. Desde que empezamos a salir. Enrique no había compartido  plenamente su vida social conmigo. Pese a que me llevaba a teatros, cenábamos en restaurantes caros, exposiciones culturales y demás.  A eventos tan populares como la Semana Santa, la Feria de Abril, en la que él se relacionaba con sus amigos de antes de conocerme y por aquello de tener todo bien compartimentado, mi ex me dejaba aparcado y se iba solo.

A mí aquello no me caía ni mal ni bien. En parte pensaba que no debíamos comportarnos como si fuéramos siameses y, aunque en el fondo me agradaba más la idea de un nosotros que otra cosa, entendía que teníamos que mantener nuestras amistades. Aunque eso implicara pasar menos tiempo juntos.

Por muy disparatado que me parezca hoy en día su proceder, no le podía reprochar nada, pues  yo hacía algo  muy parecido. En mi afán de ocultar mi otra vida, de permanecer en el fondo del armario, nunca le presenté a mi familia, ni a Ramón, a Ervivo, a Jaime o cualquiera de los miembros de mi pandilla de toda la vida.  Tenía verdadero pánico porque cualquiera de ellos, al vernos juntos, restara diez menos dos y se llevara una. Descubriendo de golpe y porrazo una parte de mi persona que yo me empeñaba por ocultar.

Ignoro si aquel celo por dividir mi existencia en departamentos estancos que no se mezclaran unos con otro, tuvo algo que ver con nuestra ruptura y   cuánto peso tuvo en ello. Lo que sí tengo claro es que convirtió en un pequeño desastre nuestra relación de pareja que en vez de crecer al compartirlo con la gente que queríamos, fue empequeñeciendo en el pequeño mundo que formaba el gueto del ambiente gay y las cuatro paredes de su piso, que pudo ser nuestro nidito de amor, pero se terminó convirtiendo en un subrepticio picadero.

Pese a que tenía asimilado que uno más uno no siempre se convertía en dos, en mi fuero interno me sentía satisfecho con los  pasos de gigante que estábamos dando en nuestra relación  hacia lo que yo creía debía ser una pareja. No solo habíamos convertido nuestros  momentos íntimos en algo  mucho más romántico, donde las caricias, los besos y las palabras de amor tenía mucho más protagonismo que el sexo, sino que una franqueza que nunca antes había tenido con nadie pareció surgir entre nosotros.

En esos viajes en dirección al corazón del otro que compartíamos en el salón de su casa. Un día me realizó  una confidencia que no solo me lleno de satisfacción, sino que me hizo sentirme más perdidamente enamorado de él.

Mi ex me contó que lo habían invitado a hacer el camino del Rocío, iría con la hermandad de Triana y se quedaría en casa de un buen amigo suyo Roberto. Un tipo  al que solo conocía de oídas y las pocas referencias que tenía eran que era bisexual y  que pertenecía a una familia bien de Sevilla. No era de sangre azul, pero su patrimonio poco o nada tenía que envidiarle a los de la nobleza sevillana.

Cuando más claro tenía que aquel fin de semana tampoco nos veríamos, Enrique me propuso que si quería tirar para allá para pasar el día que no había ningún problema que ya lo había hablado con su amigo y que estaría encantado de contar con mi presencia. A pesar de lo rimbombante de sus palabras, una vez sobrepasada la sorpresa inicial, estaba que no cabía de contento. No solo por lo que suponía, sino porque después de mucho tiempo iba a poder disfrutar de la procesión de la madre de Dios. 

La romería de El Rocío es una manifestación religiosa andaluza en honor de la Virgen del mismo nombre. Se celebra el fin de semana del Lunes de Pentecostés, aquel año   caía en la segunda semana de junio.

No había vuelto a hacer el camino desde que murió mi abuelo. Hacía ya la friolera de once años. El padre de mi madre era miembro de la Hermandad rociera de Dos Hermanas. Él fue quien me inculcó la devoción por la Blanca Paloma, nombre popular con el que se conoce a la virgen del Rocío. Un sentimiento que al día de hoy, aunque algunos años no puedo hacer el camino, sigue latiendo en mi pecho con la misma pasión que entonces.

La verdad es que recorrer durante la  romería, a pie o en carreta el parque nacional de Doñana tiene su encanto y la noche del domingo al lunes, cuando los almonteños sacan a la virgen en procesión y la llevan a hombros por la aldea, los sentimientos religiosos se mezclan con los instintos más primarios, convirtiendo “el salto de la reja” en una emoción que no tiene comparación con ninguna otra que yo haya vivido.  

Por circunstancias de la vida, había dejado de hacer el camino y, siempre que me lo permitían mis obligaciones, venía a ver a la virgen,  a hablar con ella, a rezarle,  a ponerle una vela para pedirle por mis seres queridos, los que están y los que se fueron.

La Ermita me traía unos recuerdos de lo más gratificante, sobre todo de mi abuelo Eulogio al que quería con absoluta devoción y que, cuando parecía que iba a poder disfrutar de la vida que se merecía, el alzhéimer  lo golpeó de lleno. La enfermedad fue  borrando poco a poco la persona que todos conocíamos  y dejando una carcasa que tenía su cara, pero había perdido su sonrisa, al mismo tiempo que sus recuerdos. Fue más doloroso ver como se marchitaba que darle el adiós definitivo.

De él aprendí que, cuando se tiene la convicción de la fe, una imagen puede ser el espejo de tus sentimientos. La persona en la que refugiarse cuando más nadie tiene respuestas a tus preguntas, alguien que escucha siempre y nunca te reprocha nada. Lo que convirtió aquel templo  en un remanso  para soltar mis penas, mis alegrías y donde las tristezas de la vida se volvían  más pequeñas.

Mi alegría al conocer la noticia de la inesperada invitación fue  doble, iba a visitar un lugar que tenía un alto contenido sentimental para mí y lo iba hacer en compañía de la persona amada. Si dijera que no me sentí la persona más dichosa del mundo, mentiría.

Pese a mi sorpresa, no le pregunté los motivos de su cambio de parecer. Él era mayor que yo, tenía más mundo corrido y, por lo tanto, sabia mejor lo que se hacía. Si no pedía explicaciones de sus cambios de proceder cuando me molestaban, ¿por qué demonios lo iba a hacer cuando me satisfacían?

Su única advertencia  fue sobre la ropa que me tenía que poner, para estar a la altura de la gente que frecuentaba aquella casa.  Como era habitual, no cuestioné su recomendación y, siguiendo sus prescripciones,  me puse la ropa más pija y cara que tenía en el armario.  No me costaba ningún esfuerzo hacerlo feliz.

Solamente podía permanecer en la casa durante el día.   Únicamente disponían de  cama para una persona y, como yo tenía que trabajar el lunes, no me podía quedar el domingo pues el salto de la reja era ya entrada la madrugada. Así que, como mejor opción,  opté por ir el sábado por la mañana y regresarme en el último autobús de línea. Mi ex  iría recogerme a la parada y me acompañaría hasta la vivienda de  Roberto.  

Te amo tanto, así tal cual
por lo inseguro que eres
porque me traes buena suerte
porque eres viento y eres luna
la gente habla…

Enrique

Seguía sin entender  porque su chico no había querido venir en su coche. No es que fuera un vehículo de primera categoría con el que fardar con la gente, pero tampoco lo iba a dejar tirado y no tenía que aguantar los molestos horarios del transporte público.  Por más que le insistió para que lo hiciera, no pudo convencerlo. Estaba obsesionado con que no iba encontrar aparcamiento. Tal vez llevara un poco de razón,  porque la aldea estaba que no cabía un alfiler y la gente había estacionado incluso hasta en sitios prohibidos. Algo que, conociendo a Mariano lo maniático que era para esas cosas, no iba a hacer ni muerto. Así que hasta llegó a pensar que no había sido mala idea lo de coger el autobús.

Aun así, no se le quitaba la cara entre sorpresa y desprecio  con la que lo miraron Berto y sus amigos cuando dijo que iba a recoger a su chico. a la parada de autobús. Si no fuera tan temprano y no tuvieran un resacón de mil demonios por culpa de los excesos de la noche anterior, alguno habría tirado de su vena cómica y  hubiera contado algún chiste al respecto.

Esperaba que su novio, al menos, le hubiera hecho caso y  se vistiera con  la ropa que él le indicó. Con el esfuerzo que le costó intentar estar a la altura del círculo de Berto  en cuanto a indumentaria y demás, lo que menos necesitaba es que  todo se fuera al traste porque él  diera el cante con su forma de vestir y comportarse.

Tenía claro que su novio, además de estar como un tren, era un tío educado y con una simpatía natural que le hacía ganarse a la gente inmediatamente. Es más, estaba tan acostumbrado a tratar con la gente de la  capital  por lo que no tenía demasiados dejes de la gente de pueblo.  Si no fuera por ese ceceo suyo  tan particular de Dos Hermanas, podría pasar completamente desapercibido.   

En lo que no confiaba mucho era en esa capacidad suya de asombrarse de todo y en su espontanea sinceridad. Una franqueza tan abrumadora, que sin necesidad de hablar, nada más que con la mirada, le decía a los demás todo lo que pensaba de ellos, fuera malo o bueno. Con lo que puede que sus reacciones ante la forma de comportarse de la gente de la casa, lo metiera en un aprieto con alguno que otro. Lo peor sería cuando alguien, con más rebujito que sangre en sus venas, le preguntara que de qué convento había sacado aquel tío chinche. Es lo que le solía pasar habitualmente cuando le presentaba a sus conocidos en los bares de ambiente.

Sabía que Mariano, a diferencia de él, nunca se había relacionado con personas de alta alcurnia y con tanta clase como la que se hallaban en la casa del Rocío.  Tenía muy claro que, con la vida tan pueblerina que había llevado, todo aquello era un mundo nuevo para él. No obstante era consciente que también se esforzaría todo lo posible por estar a la altura. Aun así, debería haberle advertido sobre las costumbres de sus amistades y actuara en consecuencia. Pero estaba tan preocupado porque no lo pillaran en un renuncio que no quiso arriesgarse y confió en la discreción de los conocidos de Berto. Algo que, cuanto más lo pensaba, más le preocupaba.

La incertidumbre por como pudiera terminar aquel invento de juntar sus dos mundos,  lo tenían un poco de los nervios. El miedo a que los remilgos de su chico lo pusieran en evidencia  o que alguno de los invitados de la casa pudiera decir algo inapropiado sobre su proceder cuando no estaba su novio delante, no se le quitaba de la cabeza. No estaba preparado para que Mariano pudiera descubrir ni su relación con las drogas, ni su más que frecuentes infidelidades y por mucho que Berto, su anfitrión, insistiera en que estaba todo bajo control, el pellizco en la boca del estómago no se  le quitaba.

¡Berto, siempre había que hacer lo que él dispusiera, del modo que se le antojara! Se veía que estaba acostumbrado a mandar y a que todo el mundo a su alrededor hiciera su voluntad, por lo que era normal que eso terminara traspasando  al plano personal y tratara a sus amigos, como si fueran empleados de tres al cuarto. Un puto mandamás al que no se le podía discutir lo más mínimo, porque se jugaba como él quería o se partía la pelota.

La gente habla…
siempre mal te mira,
la gente piensa
convencida

Berto

Su anfitrión era el  tío con quien en los dos últimos meses le había estado poniendo los cuernos a su novio. Físicamente   estaba muy lejos del prototipo de hombre que le gustaba llevarse a la cama, pues prefería de lejos a gente que rezumara juventud por los cuatro costados que a la gente de su edad.

Aunque nunca le había dicho la edad que tenía, por su aspecto y forma de comportarse se podía intuir que como mucho era unos pocos años más joven que él, si no había cumplido ya los cuarenta, poco le faltaba. Era moreno de piel y  su cabello era  tan oscuro que era prácticamente azulado. De nariz pequeña y rostro redondo, con una barbilla por la que comenzaba asomar una pequeña papada. Aunque no llamaba la atención excesivamente por su atractivo, no se podía decir que fuera feo. Lo único que destacaba en su anodino rostro, eran el color azul claro de sus grandes ojos.

Por lo demás, no era muy alto, como mucho el metro setenta y poco. Aunque no tenía mal cuerpo y estaba bastante en forma, tampoco destacaba por poseer un físico espectacular, aun así ganaba más desnudo que vestido.  Poseía un pecho muy peludo y la gran mata de pelo que asomaba por el pico de su camisa, era una de sus armas seductoras. Sin embargo, lo que más recordaban sus amantes de él era su culo bien formado y el tamaño de su miembro viril que, aunque no era corto, destacaba por que era casi el doble de gordo de lo normal.

El cipote de Berto era tan seductor, que más de un tío se había ido a la cama con él para catar su anchura, su dureza y, lo que más le ponía a todo sus ligues, la ancha vena azul que recorría su dorso. Algo que lo hacía completamente irresistible y que lo había hecho merecedor de más de una buena mamada.

Se podía decir que a Enrique, que iba de machito entre sus amistades del ambiente,  aquel trabuco gordo de carne  le ponía un montón. Tanto que,  él  que no era mucho de ir comiéndole la churra a sus amantes, la de Berto se la conocía al dedillo y la había ordeñado hasta el final alguna vez que otra. Algo que siempre había considerado propio  de mariconas sumisa, pero cuando lo hacia él le gustaba pensar de  que se trataba de otra cosa bien distinta.

Aun así, no era su verga lo que más le encandilaba de él. Admiraba de un modo que rozaba lo enfermizo, su estatus social. No en vano era  uno de los empresarios sevillanos más importantes. Una fortuna heredada que él, desde muy joven había sabido cuidar  y conseguir que fuera creciendo con el paso de los años. Hijo único, a la muerte de su padre, quedó al frente de la compañía familiar y un elevado patrimonio material.

Obsequiado con una educación elitista, nunca dejó de ser consciente del privilegio que se le regalaba por ser  hijo de quien era  y se esforzó en todo momento por aprovechar la estupenda oportunidad  que le brindaba la vida. En lugar de convertirse en un prepotente clasista, fue consecuente con su posición y siempre supo que ser rico no te hacía ni más inteligente, ni más eficiente.

A diferencia de los tiburones financieros, que parecen tener prisa por exprimir los beneficios de las empresas y dejar un cadáver ruinoso, donde antes había un próspero negocio.  Berto estableció sus metas a largo plazo. Para ello, mantuvo el capital humano de calidad que tenía su progenitor y preservó a las personas de valía que trabajaban para ellos.  Se rodeó de los mejores, gente de confianza que le ayudaran a administrarlo de la manera más eficiente y, pese a la vida de excesos que llevaba, consiguió que su pequeño imperio financiero fuera creciendo cada día.

Debido a su actividad empresarial que abarcaba desde la rama de la alimentación a la construcción, se veía obligado viajar constantemente tanto por el territorio español como por el extranjero, donde se codeaba frecuentemente con políticos de toda índole. Estaba tan bien relacionado que hasta tenía una foto con el presidente Aznar y otra con Juan Carlos I. Circunstancias que no hacían más que acrecentar el concepto de persona importante y con muchísima clase que Enrique tenía de él.

Estaba fuera del armario pero,  debido  a su posición, no era mucho de frecuentar los bares y discotecas de ambiente de Sevilla. Se pegaba algún escarceo por los clubs y saunas  de  las ciudades en el extranjero que visitaba, donde haciendo alarde del anonimato que allí gozaba, sacaba los pies del plato y daba rienda suelta  en público a su lado más vicioso y depravado.

Aunque cuando las cosas se le ponían muy difíciles, tiraba de billetero y contrataba los servicios de algún chapero de lujo, era más de tirar de agenda o, cuando la cosa se ponía muy difícil, hacer uso  del billetero. Ambas cosas eran bastante más discretas que meterse en un garito lleno de maricones o lo que rompiendo todos los esquemas de su educación conservadora, había hecho alguna vez que otra en su juventud, irse a practicar footing al parque de María Luisa hasta que encontraba alguien que se dejara dar por culo o estuviera dispuesto a follárselo a él. Ambas cosas le ponían por igual.

Berto, a diferencia de la mayoría  de los homosexuales con los que Enrique se relacionaba, llevaba una vida bastante prudente. No escondía sus inclinaciones, pero tampoco hacía alarde excesivo de ellas. Tenía su vida hábilmente compartimentada y solía no mezclar sus amistades del ámbito empresarial con la gente de clase alta con la que solía correrse sus juergas. Aunque en algunos casos le era imposible, porque muchos coincidían.

A pesar de que hacía uso de las drogas y el alcohol en las fiestas privadas que celebraba. Poseía una enorme fuerza de voluntad y era capaz de llevarse meses sin probar la cocaína y tomarse una copa. Para él los estupefacientes eran solo eso, un ingrediente más en las tremendas bacanales que se montaba.

Enrique lo conoció a través de Nacho, el hijo de una familia que poseía uno de los negocios inmobiliarios mayores de la provincia de Sevilla, quien lo llamaba para echar un polvo cuando no le salía otra cosa mejor. Fue nada más entablar la primera conversación y la atracción entre los dos surgió de manera espontánea. Eran  los dos perfectos polos opuestos, Enrique no tenía preparación académica ninguna y un pobretón del tres al cuarto, pero rezumaba un halo de elegante depravación que llamó la atención del empresario.

Por otro lado, de no ser porque carecía de la juventud que tanto le gustaba tener en su cama,  Berto hubiera sido el hombre perfecto para el novio de Mariano. Pudiente, elegante, varonil, educado, culto y, sobre todo, un amante de los vicios como él. La afición por mezclar el sexo salvaje con el alcohol y las drogas propiciaron que terminaran congeniando pronto. Tras el primer polvo, intercambiaron teléfonos y quedaron alguna vez que otra para compartir fluidos.

Lo que comenzó siendo algo espontaneo y fortuito, se convirtió en una asiduidad. Algunas semanas, casi sin darse cuenta, llegaron a follar hasta  tres y cuatro veces. La frecuencia de estos encuentros fue tal que Enrique, que no tenía nada de ingenuo, llegó a pensar que entre los dos estaba surgiendo algo más  serio que una amistad con derecho a sexo.

Espejismo que Berto se encargó de difuminar un día que lo llamó para quedar con él y le dijo que no podía. Había ligado con un tío cañón en una web de contactos y había quedado con él para echar un polvo, que si quería se podía acoplar, que el chaval no le hacía asco a los tríos.  

Accedió a la sugerencia del que consideraba algo más que su amante y dejó ver que disfrutaba  de la pequeña bacanal que se montaron con aquel chico desconocido. Sin embargo, aquel pequeño golpe contra su auto estima, marcó un antes y un después en su relación. Enrique dejó de llamarlo para quedar y,  a partir de entonces, solo coincidieron en eventos a los que algún amigo común los invitaba a los dos. Volvieron a follar, pero ni uno ni otro propiciaban sus encuentros íntimos, más bien los evitaban.

Los motivos que llevaron a que ambos volvieran a frecuentarse, fue que coincidieron en la caseta de Feria de unos amigos y el niño bien, como quien no quiere la cosa, comenzó a flirtear con él como si el tiempo no se hubiera encargado de distanciarlos.

Tras meterse una raya en un cuartito que los socios de la caseta  tenían expresamente para ello,  Berto  le propuso terminar la fiesta en su piso de los Remedios pegándose otro tirito y echando un polvo como los de los viejos tiempos. Algo a lo que Enrique,  haciendo alarde de esa permisividad a la que tenía acostumbrado a sus amigos de clase alta, asintió sin ningún problema. 

Tras follar como descosidos, el empresario sevillano le propuso seguir viéndose, a lo que él  se excusó diciendo  que tenía novio formal y que le iba muy bien con él. En parte, porque seguía resentido por el mal trago que le hizo pasar en su momento, pero también para presumir de que no lo necesitaba para nada por lo bien que le iba con Mariano.

—Yo no soy celoso —Fue su respuesta, a la que acompañó de una sonrisa que rebosaba de soberbia por los cuatro costados.

A pesar de que en el pasado lo había usado como a un puto kleenex,  parecía que seguía un poco pillado con Enrique, sobre todo con su forma tan guarra y salvaje de follar, por lo que no estaba dispuesto a renunciar a él bajo ningún concepto. Pudo deducir, por las ganas con la que esnifaba,  que a pesar de que el plano sexual y amoroso lo tenía cubierto, pero tenía carencias de vicios, sobre todo de cocaína.

Sin importarle lo más mínimo que follar  con él le saliera por unas cuantas papelinas, comenzó a embaucarlo de la peor manera.  En el fondo, era alguien muy  acostumbrado a las transacciones comerciales y en esta lo que hacía es cambiar un polvo por otro tipo de polvo.

Además quedar con Enrique era menos problemático que llamar a un chico de compañía, con los que alguna vez había tenido problemas pues la agencia que se lo suministraba estaba siendo a menos escrupulosa a la hora de seleccionarlos y había ciertos elementos que, cuando veía la opulencia en la que se movía, habían intentado sacar mejor tajada de la concertada y en algunos casos le habían desaparecido objetos de valor.

Desde aquel momento la asiduidad con la que el empresario lo llamaba para calmar su calentura y su soledad fue mayor de la que el novio de Mariano hubiera preferido. Se ponía ciego de follar y de coca, pero, para a pesar de que su rol dentro de sus encuentros sexuales era el de activo, no podía sacar su lado dominante con él y aquello le fastidiaba.

La relación entre los dos era bastante extraña. Enrique se dejaba comer la polla, taladraba el culo de Berto y, en contadas ocasiones, le pegaba una mamada, pero el empresario era quien en todo momento llevaba la batuta  y él se limitaba a asumir el rol de sumiso. Un esclavo que en todo momento accedía a lo que le ordenaba su amo.  Se sentía como un juguete, una churra pegada a un hombre cuyo único objetivo era proporcionar placer a su amante.

Si  a esas circunstancias  se le sumaba que  Enrique ya no veía en Berto una buena oportunidad de dar un braguetazo, ocasionó que sus encuentros sexuales se terminaran convirtiendo  para él en algo tan rutinario como ir a trabajar.  Si seguía viéndolo era por la buena droga que conseguía y a la que su maltrecha economía cada vez le era más difícil tener acceso.

Y la luz se apaga
con la niebla oculta está,
mas las maldiciones nunca
al cielo llegarán.

Enrique

Desde lo de Rafi, había pasado de no meterse nada a pegarse dos o tres tiritos cada semana y el empresario sevillano, además de un amante al que satisfacer, se había convertido en su proveedor habitual.

Esa dependencia de ambos de lo que le daba el otro era lo que había propiciado que Mariano fuera invitado al caserón que  el empresario sevillano poseía en la aldea del Rocío. Berto, y no otro, era el culpable de todo ese mal rato que estaba viviendo. Esa lucha personal entre lo que le pedía su cuerpo y lo correcto. Lo peor que  esa debilidad suya por lo que le suministraba su amante, podía ocasionar un tremendo desastre emocional en su vida. Si su novio descubría su doble vida, lo más probable es que  la relación entre los dos se rompiera.

No se le quitaba de la cabeza el momento en que, sin reparos de ningún tipo, se puso a gestionar  su vida privada, como si fuera su dueño y señor.

Estaban en su piso de Nervión, que salvo alguna ocasión que habían quedado en su domicilio habitual en los Remedios,  era su lugar habitual de contacto. La vivienda, sin ser tan opulenta como la principal, tenía todo tipo de comodidades y estaba bastante lejos del cuchitril que él se podía permitir con su modesto sueldo de dependiente en unos grandes almacenes.  

Nada más llegó, tras los dos besos protocolarios, lo invitó a pasar al  salón, que eran donde el empresario había decidido que se pegarían el protocolario tirito de coca. Estaba amueblado escuetamente, haciendo gala a el  minimalismo tan de moda entre algunos decoradores. Algún que otro cuadro en la pared y poco más.

En el centro de la habitación había dispuesta una elegante mesa de madera, a cuyo alrededor se hallaban unas sillas a juego. Completaban el mobiliario de la habitación un mueble de madera, del mismo color que la mesa, donde descansaba una televisión de plasma y  un sofá de cuero marrón con dos butacones que cubrían por completo el testero que quedaba frente al televisor.

Sobre la mesa había un trozo de cristal  rectangular de unos seis o siete centímetros de largo, sobre él, el empresario había extendido meticulosamente una pequeña cantidad de cocaína y la había distribuido en dos pequeños montones lineales.

Sin cruzar palabra, le ofreció un tubito de cartón para que esnifara de ella. Enrique, como si no pudiera resistirse al canto de sirenas del polvo blanco, se agachó  y aspiró vorazmente.

Una vez el novio de Mariano se metió una de las rayas, Berto hizo lo mismo con la otra.

No había terminado todavía de esnifarla  cuando, con ese tono prepotente que solía mostrar bajo los efectos de la droga, le preguntó:

—¿Te gusta la calidad de la que me han traído directa de Colombia?

—Sí —Respondió escuetamente Enrique, quien estaba en pleno subidón.

—Pues esa es la que me voy a llevar al Rocío, ¡nos vamos a poner tibio!

Aunque estaba un poco trastocado por efecto narcotizador de la sustancia  que se había metido por la nariz, aquello no le cuadraba con sus planes y, sin recato de ningún tipo, se lo hizo saber.

—No puedo ir, he de ver a mi novio. Lo veo solo los viernes y los sábados, si lo dejo plantado otra vez, se me va a cabrear y  no quiero que eso pase.

—Por lo que veo te tiene bien cogido por los huevos.

—No es eso —Intentó excusarse —Es que yo también quiero verlo.

—Pues dile que se venga —Dijo con su habitual seguridad en sí mismo.

—¿A tu casa del Rocío, Berto? —Preguntó sorprendido.

—Sí, ¿qué problema le ves? — Le respondió a la gallega, limpiándose  con la yema de los dedos las motas de coca que se habían quedado pegada en la punta de la nariz y chupándolas después con la punta de la lengua.

— Uno bastante gordo, mi novio, como tú bien sabes,   ignora por completo esta vida que yo llevo. No sabe nada de que me acuesto contigo de vez en cuando, ni de los tiritos de coca que me pego, ni de las orgias que nos hemos montado alguna vez que otra…

—Tampoco tiene porque enterarse. Yo no se lo voy a decir, ¿se lo vas contar tú?   —En la cara del amigo de Enrique se dibujó una sonrisa maliciosa —. Me estoy acostumbrado a los buenos polvos que me metes y un cateto mono de pueblo no me va impedir disfrutar mientras estoy de Romería de esto.  

La última frase concluyó con la mano de Berto cerrándose en torno al paquete del novio de Mariano. Aquel tío sabía dónde tocarlo y cómo para que su polla se pusiera tiesa como una estaca. Fue percibir la yema de sus dedos apretujar su dormido miembro viril y notó como este se despertaba de su letargo, con unas tremendas ganas de fiesta.  

Pese a que la atracción física que sentía por él no era excesiva, el sexo con él no le desagradaba del todo, al contrario, se podía decir que, junto con Rafi, era de los tíos con los que mejor se lo pasaba. Aunque por circunstancias bien distintas. Si a eso se le sumaba que tras la raya que se había metido, la euforia se había dominado de su raciocinio y solo podía pensar en que su caliente boca se fundiera con su verga, era normal que se pusiera cachondo con rapidez.  

—Sí sigues tocándome ahí, mi rabo va a querer que lo saquen a pasear y me vas a tener que hacer una  de esas buenas mamada a la que lo tienes acostumbrado—Dijo Enrique con cierta sorna, a la vez que dejaba que en su rostro se asomara una sonrisa picarona y permisiva.  

—¿Para que te crees que has venido aquí? Hoy he tenido un día muy duro en el trabajo y me apetecía comerme a un buen macho como tú, ¿ o acaso creías que te había llamado para tener una conversación amena y transcendental?

La grosera respuesta de su acompañante, acostumbrado como estaba, no le molestó lo más mínimo. Sabía que no era mala gente, pero en la intimidad le gustaba sentirse tan importante como en su vida empresarial y gustaba de recordar en todo momento que quien manejaba el cotarro era él. Por lo que, de un modo que rozaba lo sumiso le siguió el juego.

—Soy consciente que desde que cruzo esa puerta mi opinión no cuenta y que estoy a tu completa disposición. Si tienes ganas de hablar, charlaremos de lo que quieras. Si tienes ganas de polla, puedes con la mía lo que te venga en ganas.

—Lo que quiera —Al decir esto Berto volvió a estrujar entre sus dedos el bulto de la entrepierna de su amante, a la vez que aproximaba  su boca a la suya para que le propinara un beso.

Aunque el novio de Mariano siempre que  iba con chavales jóvenes procuraba no morrearse con ellos, pues le parecía una especie de traición a su novio. A sus amigos adinerados, con los que estaba para poder acceder a todas aquellas  cosas a las que su salario como dependiente no se podía permitir, no tenía valor de negarles nada. Lo consideraba un peaje más que tenía que pagar para que le dejaran, aunque fuera muy parcialmente, formar parte de su modo de vida.  

Así que cuando la lengua del empresario sevillano entró en su cavidad bucal para enredarse con la suya, no tuvo más que ceder y auto convencerse que no había nada de cariño en aquel gesto, solo un intercambio de saliva. Sus sentidos seguía  tan a flor de piel que la pasión surgió de forma súbita y, unos segundos más tarde era él quien  oprimía la cabeza de Berto contra la suya, en un intento alocado de fundir sus labios.

Le costaba admitirlo, pero aquel tío tenía algo que  lo terminaba poniendo cantidad de cachondo. La forma de restregarse contra su cuerpo, la forma de tocarlo conseguía que en su cerebro no hubiera lugar para otro pensamiento distinto del sexo.

Preso de la locura proporcionada por el polvo blanco que había esnifado segundos antes, el empresario sevillano desabotonó apresuradamente la camisa de su amante, hasta dejar su torso desnudo por completo y, mientras dejaba que la prenda resbalara por los brazos de Enrique hasta caer al suelo, hundió la cabeza en su pecho.

—Mmmm, como hueles a macho —Dijo sin dejar de olisquear entre los sudados vellos.

Aquel gesto por parte de su acaudalado amante infló el ego de Enrique y consiguió ponerlo aún más caliente de lo que ya estaba. Tenía su auto estima tan baja que cualquier alabanza por pequeña que fuera, la consideraba una pequeña victoria en su batalla para no considerarse alguien superfluo en la vida de los que le rodeaban.

Durante unos intensos segundos sintió los labios del empresario recorriendo trepidantemente sus tetillas. Besándolas, succionándolas y mordisqueándolas, dejando un pequeño mar de babas que recorría todo su torso y desemboca en el pequeño precipicio de su pelvis. Aquel flujo caliente empapando la cinturilla de su pantalón y colándose hasta el interior de su ropa interior, le pareció una sensación de lo más morbosa y lo puso aún más cachondo.

En el momento que se cansó de recorrer con la lengua y los dientes sus oscuras aureolas, dirigió su boca hacia su axila. Entre las muchas filias de Berto  estaban los olores que desprendían ciertas partes del cuerpo, tórax, axilas, pies, testículos, ano…Se podía llevar un buen rato saboreando, como le gustaba llamarlo, el “perfume a macho” de Enrique.

Sentir la caliente aspiración sobre su piel, sacaba el lado más guarro del dependiente que, aunque sabía de sobras quien mandaba en todo momento y  que poco o nada tenía que decir en cuanto a su forma de practicar el sexo, ,  consideraba aquello como  una pequeña  sumisión.

La nariz del empresario  se hundió en la peluda axila y aspiró con fuerza. Normalmente aquello no le producía excesivo placer  al novio de Mariano, pero con los sentidos alertas gracias al tirito que se había metido anteriormente, lo consideró la cosa más satisfactoria del mundo.

—¡Aspira el aroma a macho! —Dijo completamente fuera de sí.

Líbrate de sombras del ayer
y de toda imagen que
nos pueda hoy perder.

Berto

Sacó levemente la cabeza de debajo de su sobaco y en tono autoritario cien por cien, le gritó:

—¡Sí, dime  cerdadas! No sabes, como me ponen. ¡Sigue, sigue!  

Pegó una fuerte bocanada de  aire y, con sus pulmones repuesto de aire, volvió a  introducir la nariz en  el oloroso revoltijo de pelos que se encontraba entre el brazo y el hombro de su amante. Una vez  se cansó de olisquear, comenzó a restregar su lengua sobre él con ansia. Lo que propició que Enrique comenzará a soltar un improperio tras de otro.

—¡Chupa, guarro, chupa! Límpialo bien… ¡Jodeeerr, qué lengua tienes, cabrón!

Aquellas palabras fueron como gasolina para la libido del empresario sevillano que aumentó la fogosidad con la que lamía su peluda axila. Conforme la vorágine se adueñaba más su raciocinio, más apasionados eran sus lametazos a los que condimentaba con alguna mordidita.

La euforia gobernaba los sentidos del empresario.  Si normalmente, sin estimulantes que pusiera sus sentidos en alerta,  se sentía capaz de cualquier cosa, en aquel momento su lujuria era un caballo desbocado al que no tenía ninguna intención de parar. En su pecho latía la locura, pidiéndole cada vez más, como si el placer no tuviera techo.

En cuanto se cansó de devorar la axila izquierda de Enrique se pasó a la otra, mordisqueando a su paso  el velludo tórax. Especialmente las oscuras aureolas. El cordobés no pudo reprimir un quejido de placer, estaba  loco porque le comiera el nabo y le sacara la leche, pero sabía que no podía exigirle nada, que todo llegaría en el momento que Berto lo considerara, que él no tenía ni voz ni voto en aquel asunto.

Volvió a repetir la operación de aspirar enérgicamente el fuerte olor y, una vez se cansó, lo empapó de una cantidad ingente de babas. Los sobreactuados improperios que salían de la boca de su amante, en vez de molestarlo, parecían animarlo a seguir chupando como un poseso.

Enrique se llevó la mano a la entrepierna, tal como suponía estaba empalmado a más no poder. Es más, notó  que la erección era tan tremenda que su prenda interior se iba empapando progresivamente de líquido pre seminal.  Sin embargo, sabía que no podía sacársela hasta que su ocasional amante le diera permiso para ello. No se pudiera decir que lo de ser tan obediente fuera lo que más placer le diera, pero era algo que, por ser Berto quien era, asimilaba sin ningún problema.

El empresario se hartó   de chupar sus pelos del sobaco y, por muchas ofensas que él le dedicara, ya había perdido el interés por completo en aquella parte de su cuerpo.  Estaba pletórico y el cuerpo de su amante se había convertido en alimento para su deseo desmedido. Enrique había dejado de tener para él la consideración de persona y se había convertido en un lugar que explorar con sus manos y su lengua.

Se apartó un poco de él  y lo observó detenidamente, dejando que en sus ojos se asomara un brillo de lujuria. Se mordió suavemente el labio inferior y, tras relamerse la comisura de sus labios, se arrodilló dejando la boca a la altura de la entrepierna.

La forma en la que Berto se prostró ante su amante, estaba empapada de cierta solemnidad y condimentada con mucha artificiosidad. En el momento que se acuclilló, agarró los tobillos de Enrique y levantó la mirada buscando sus verdes ojos, daba la sensación que fuera a dedicarle una plegaria. Sin embargo, simplemente acercó su cara a su entrepierna y la apoyó fuertemente contra esta.

Había tanto dramatismo en sus actos, que por unos segundos el empresario triunfador pareció desaparecer y su lugar había sido  ocupado por un niño. Un crío al que sus padres habían proporcionado la mejor vida, pero se habían olvidado darle un poco de cariño y  que regresaba a casa después de haber vagado en soledad durante mucho tiempo.

Tras unos breves instantes en el que el romanticismo parecía haber sustituido a la lujuria, el deseo sexual volvió a ser el protagonista absoluto de aquel acto que parecía sacado de un película porno de bajo presupuesto.

Con la misma fogosidad de  la que había hecho alarde con él  durante todo el rato, hundió la nariz en su ombligo, para después cubrirlo de una ingente cantidad de besos. Mientras hacía aquello, sus manos trepaban muy despacio por los muslos del cordobés en un intento claro de prolongar un momento que llegaría, contra todo pronóstico, más tarde o más temprano.

—¡Joder, cabrón! ¡Me tienes la polla dura a más no poder! ¡No para de babear y  me duele de lo tiesa que la tengo! —El tono de Enrique era soez en la justa medida, como si hubiera una especie de pacto implícito entre los dos de hasta dónde podía  aventurarse con sus insultos, una especie de frontera que de ningún modo podía llegar a traspasar.

Roberto, en un intento de hacer sufrir un poquito a su amante, siguió cubriendo de besos el ombligo. Fue aproximando con parsimonia las manos a su paquete. Una prominencia que, según podía constatar al mirar de reojo, cada vez era más abultada y ansiaba más los mimos que sus manos y su boca le iban a proporcionar.

Sin dejar de lamer el redondo botón, fue deslizando sus dedos sobre el gordo cilindro que, inevitablemente, comenzó a palpitar bajo el influjo de sus caricias. No sabía muy bien si por el efecto del tirito o porque aquel nabo le ponía un montón, sintió como el pulso se le aceleraba estrepitosamente.  

Deslizo su boca  vorazmente por su cinturón, hasta llegar a su bragueta . Durante unos intensos segundos colocó  la nariz sobre la abertura de botones  y aspiró profundamente, como si intentara absorber el aroma de sus genitales  entre sus papilas olfativas. De nuevo, la olfactofilia dio lugar al placer oral, sus labios comenzaron a recorrer la atrapada verga, empapando de caliente saliva la tela del pantalón. De un modo tan desproporcionado que hasta llegó a  empapar la ropa interior.

Líbrate sin ley ni límite
y tu cuerpo se iluminará
Líbrate del ángel que hay en ti
y tu mente volará
altísima hacia mí.

Enrique

Aquello lo enardecía más de lo que él estaba dispuesto a admitir. Intentaba  centrarse en soltarle groserías a su amante,  no obstante, le era imposible no dejarse llevar por el torbellino sexual en el que estaba inmerso y, de vez en cuando, se ponía a gemir espasmódicamente. Era obvio que estaba gozando con todo aquello y la forma en que Berto dosificaba sus caricias lo tenía como loco.

No tenía claro cuanta proporción del placer que le embargaba correspondía a la droga que tenía sus sentidos en alerta y cuanta a las caricias que Berto le proporcionaba. Lo que si sabia es que el coctel de ambas, lo hacía disfrutar como hacía mucho tiempo que no.

Comprobar como el empresario sevillano descorría su cinturón, desabotonaba su bragueta para terminar morreando su polla por encima del bóxer, le llevó a empujar, irreflexivamente, su cabeza contra el bulto de su entrepierna. Temiendo con ello  incomodarlo, pues había sobrepasado los límites implícitos impuestos por él.

Aquel gesto, lejos de disgustar a Berto, pareció darle bastante morbo y así se lo hizo saber:

—Mi machote quiere que su papi le coma la polla, ¿no? Pues vas a tener que esperar porque por el olor que desprende hoy,  parece que  está un poquito sucia.  Sabes que me encanta cuando está sudada y huele a meados, así me voy a entretener un ratito jugando con ella.

El cordobés se conocía de sobra la forma de proceder de “su papi”, le encantaba prolongar los preliminares al máximo. Era un capricho que, según le comentaba, muy pocos de sus amantes era capaz de aguantar. La gran mayoría se corría durante los prolegómenos. Algo que, a duras penas Enrique siempre conseguía,  se contenía como la mejor de las estrellas porno  y nunca se corría  hasta que Berto echaba la última gota de esperma.

La gente habla

Dentro del espacio

Que tus ojos ven

Berto

De nuevo, al poco tiempo, como un niño mimado que se cansa pronto de sus juguetes, el empresario sevillano dejó de morrear por encima de los bóxer la erecta y dura verga de su amante para ponerse a masajear sus piernas. Restregó su pecho por ellas con la misma pasión que un cachorro lo hace contra las de su amo.

Los cuádriceps de Enrique, sin ser demasiado voluminosos, estaban fuertes, debido a las muchas horas que le dedicaba a correr. De manera apresurada bajó el pantalón y fue desnudándolo tan despacito, que fue casi imperceptible para  su acompañante. Berto, a pesar de su aparente sumisión, era muy consciente de que quien dominaba totalmente la situación era él y que el novio de Mariano simplemente se dejaba llevar por el torbellino de sensaciones en el que lo tenía sumido.

Una vez que la prenda tocó el suelo, se abalanzó sobre  el muslo derecho, como un depredador sobre su presa,  y comenzó a olisquear  ansioso la piel bajo los rizados vellos. Si en algún momento el empresario había demostrado cierta sensiblería, esta desapareció por completo cuando sus instintos más primarios salieron a relucir,  la bestia salvaje que bullía en su interior tomó el   control.

La gente habla…
ya luego creen que
estás en su lecho

Enrique

Enrique volvió a iniciar el ritual de insultos, de un modo aún más grosero. Llamar maricona, guarra, zorra y otros calificativos despectivos al sevillano, parecía tener su morbo para el novio de Mariano que sentía como su polla cimbreaba con fuerza, como queriéndose salir de la prenda interior que la contenía.

Los teatrales improperios también estimulaban la libido de Bertp que, como la perra que le decían que era, besaba y lamía  cada resquicio de las peludas piernas. Cuando se cansó, con un tono autoritario que chocaba con la actitud sumisa que demostraba, le ordenó a su amante que se quitara los zapatos y los pantalones, pero que se quedara con los calcetines puestos.

—Ahora, si quieres que te dé lo tuyo, siéntate allí —Dijo indicando un sofá de cuero negro que había en el centro del salón en el que se encontraba.

El cordobés sabía perfectamente lo que venía, era lo que menos le gustaba de todas las modalidades sexuales que volvían loco al empresario Sevillano. Sin embargo, por la cuenta que le traía si quería seguir teniendo su dosis habitual de polvo blanco, no puso ninguna pega y se acomodó en el confortable sillón.

Roberto, como si de un animal de cuatro patas se tratara, recorrió la pequeña  distancia desde la mesa hasta el butacón a gatas. Su forma de moverse cuasi felina hacia que sus movimientos fueran a rato seductores, a rato esperpénticos. Enrique tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no terminar riéndose ante el  patético espectáculo. No entendía como alguien tan inteligente podía llegar a hacer semejantes tonterías.

Como si fuera un perrito, olisqueó meticulosamente los calcetines que cubrían los pies de su amante. En otras ocasiones, para someterlo mejor a sus caprichos, lo había amarrado para que no se pudiera mover. Sin embargo, como ya parecía haber aprendido a  dominar las increíbles cosquillas que le producía que le acariciaran el empeine, ya hacía tiempo que le dejaba las manos libres.

El novio de Mariano ignoraba que placer podía obtener de olfatear sus calcetines. Desde pequeño había tenido el problema de que, por más plantillas o polvos para el mal olor de pies que usara, estos le terminaban apestando a queso rancio. Aquel problema se convirtió en una virtud para el empresario, para quien aquel hedor se había convertido en una especie de fetiche. Por mucho que se esforzaba en entender el proceder de Berto, no lo comprendía lo más mínimo y el mejor concepto que tenía de él era el de tarado. Un tarado al que le salía los billetes hasta por las orejas.

Durante un espacio de tiempo que para Enrique se hizo interminable, Roberto estuvo postrado a sus pies, acariciándolos por encima de la tela del calcetín, pasando la nariz por toda su extensión. Estaba tan fuera de sí que, en  el mismo momento que los desnudo para chupar sus dedos uno a uno, se desabotonó la bragueta para sacar su verga fuera.

En el momento que comenzó a chupar el pulgar como si fuera el glande de una enorme polla, se comenzó a masturbar compulsivamente. La visión, sin llegar a repugnarle, le produjo cierto rechazo, propiciando  que su excitación fuera a menos y notó como su polla perdía la enorme dureza que había mantenido todo el tiempo.

Ver como su acompañante abría la boca todo lo que pudo y se introdujo en su interior los cinco dedos de una vez, consiguiendo que su verga se volviera a llenar de sangre de inmediato.  Si que olisquearan sus pies no era algo que agradara demasiado a Enrique, que le chuparan las falanges inferiores de aquel modo lo ponían como una moto.

Berto, una de las veces que tuvo que descansar para tomar aire, se dirigió a él  y, en un tono tan grosero como altanero, le gritó:

—¡Pajéate, maricón, que yo te vea!

 El cordobés no se hizo esperar y sacó su cipote de su encierro. El empresario, sin dejar de chupar los dedos de sus pies y masturbarse como un poseso, levantó la mirada para ver como su amante masajeaba  con violencia la gruesa estaca que brotaba de su pelvis..

En el momento que la rojiza cabeza de la churra de  su amante escupía unos abundantes trallazos de esperma sobre los dedos de su pie, su cuerpo estaba sumido en los espasmos propios de alcanzar el paroxismo.

La gente habla…
siempre mal te mira,
la gente piensa
convencida
la gente habla…

Mariano

Afortunadamente el trayecto no se me hizo demasiado largo.  El autobús iba completamente lleno de personas que, como yo, venían a pasar el fin de semana a la aldea. Gente que no paró de cantar y de festejar durante todo el tiempo.

Llegamos al Rocío unos diez minutos más tarde de la hora que acordé con  Enrique, algo más que añadir para que mi nerviosismo fuera in crescendo. Nada más vi la parada, me levanté del asiento,   como si no pudiera esperar a ver a mi chico. Había mucha gente esperando a sus familiares y amigos. Sin embargo, una figura destacaba sobre todas, era él. Le hice una señal con la mano y el me respondió con una generosa sonrisa. Mi corazón comenzó a palpitar. ¡Qué guapo estaba!

Nadie te sacará
de tus sueños frágiles
dentro del espacio inmenso
que tus ojos ven.

Un comentario sobre “La gente habla (Inédito)

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