Suavemente me matas con tu canción

Historias de un follador enamoradizo

Episodio 23:DslrXIrVAAAb5da

Escuché que cantaba una buena canción,
Una con estilo
Así que vine a verlo
A escucharlo un rato.
Y ahí estaba un joven chaval,
Un extraño ante mis ojos.

Marzo 2002

Enrique

Se volvió a mirar en el espejo,  le seguía gustando coquetear con su reflejo, pero la imagen que le ofrecía, a pesar de que se empeñaba en ver únicamente  sus puntos positivos, cada vez le satisfacía menos. Bastante inferior al concepto que él tenía de sí mismo.

Sus ojos seguían conservando ese fulgor esmeralda que a tanta gente había encandilado, pero, al observarlos, era imposible no fijarse en las patas de gallos, ni en los hinchados parpados, que mostraban  una cara en la que reinaba una mirada cansada, propia de una persona desgastada de su paso por la vida.

Sus pómulos habían perdido tersura y unas pequeñas arrugas surcaban a lo largo de un rostro que culminaba en una pequeña  y redonda papada que le hacía  parecer que tenía problemas de sobrepeso, cuando no era así.

Las incipientes canas que adornaban sus sienes y su flequillo, por mucho que todo el mundo insistiera que hacían a los hombres más interesantes, para él le parecía simplemente un comentario condescendiente. Aquellos mechones de pelo gris eran un recordatorio más de que  su juventud se le escapaba sin poder hacer nada para evitarlo, que los cuarenta cada vez iban quedando más atrás y que se iba acercando peligrosamente al medio siglo. Una periodo de la vida que, hasta hace poco, el consideraba el principio del fin, pero que, al presentir su cercanía, le gustaba imaginar como una lozana madurez.

El deporte, las dietas estrictas y las cremas anti edad, solo conseguían que la arena del reloj pareciera  bajar más lentamente. Un espejismo que cada vez le costaba  más dinero mantener y cuyos resultados cada vez eran más inapreciables.

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A pesar del martirio que suponía para él salir a correr cada mañana, sus piernas y brazos no recuperaban la textura de sus años jóvenes. Cada vez tenía que poner más ahínco  para poder cubrir la distancia que se había auto impuesto como reto  y, con  un cuerpo empeñado en recordarle que ya no era un niño,  había días que enfrentarse al puñetero esfuerzo físico suponía un verdadero suplicio.

Era tal la obsesión que tenía por el ejercicio y tal la vergüenza que sentía por no obtener los resultados deseados, que no compartía esa parte de su vida con nadie, ni siquiera con su chico.A quien, cuando comentaba las buenas piernas que tenía le decía que era de ir andando al centro.

Le gustaba pensar que quien tuvo retuvo y que todavía conservaba el encanto que lo caracterizaba en su juventud. Sin embargo, la época de sus veinte y pocos años quedaba lejos y su aspecto actual poco tenía que ver con el de aquel periodo de su vida.

Le gustaba recordar aquella etapa, cuando daba sus primeros pasos en el ambiente gay, como su momento de mayor esplendor. Su juventud y belleza natural lo convertían en  un bocado apetitoso para la mayoría de la gente que frecuentaban los tugurios nocturnos, alguien capaz de ligarse a todo aquel que se le pusiera por delante.

Sentir que, cada vez que irrumpía en un local, las miradas de todos los allí presente se clavaban en él como dardos de Cupido, le llevo a considerarse un ser especial y la satisfacción que lo embargaba solo era comparable a la que le obtenía con el sexo.

A lo largo de su mediocre vida, había conseguido destacar en pocas cosas. No era un buen deportista, no  había conseguido terminar ninguno de los estudios superiores que inició, ni destacar en ningún oficio, ni conseguir un trabajo bien remunerado… Es más, sabía que tampoco era demasiado guapo, ni tenía un físico que se adaptara a los estándares de la moda, pues las veces que pudo presentarse a castings de modelo o azafato  tampoco fue seleccionado.

Sin embargo, en el ambiente gay sevillano, quizás porque era un ámbito más limitado, menos exigente o puede que fuera por su aspecto viril poco habitual en aquellos bares, no le faltaban tipos que, con la única intención de conocerlo, le proponían tomarse una copa con ellos.

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Para él, la sensación de sentirse deseado era completamente nueva.   Se acostumbró tanto a que hombres de todas las edades y estamentos sociales se aproximaran a él con la única intención de meterse en sus pantalones que se convirtió en una droga para su vanidad.

Todos esos tíos mirándolo como si fuera un pastel en el escaparate de una confitería, lo ponían eufórico.   Tener la seguridad  que cada fin de semana que venía a Sevilla, podría elegir entre varios candidatos para calmar su lujuria, era algo que colmaba sus expectativas de largo.

Aunque con las mujeres siempre había tenido bastante éxito, por mucho que él se quisiera convencer de lo contrario, las cualidades físicas del género femenino no les atraían tanto como las de su mismo sexo, con quien, dicho sea de paso, no tenía  que trabajárselo demasiado para echar un buen polvo.  Sino todo lo contrario, simplemente con dejarse querer un poquito, alguien terminaba comiéndole la polla o poniendo el culo para que se lo follara. Esto último le gustaba más que comer con los dedos.

Por esa época, los hombres con los que se iba la cama no respondían a ningún prototipo. No les importaba demasiado su aspecto físico, ni su edad. Simplemente que le resultaran atractivo y que estuvieran dispuesto a satisfacer sus deseos. Si había algo que le hacía repetir con sus esporádicos ligues es que fuera sumiso, tuvieran una boca y, sobre todo, un culo tragón.

Aquel tipo de vida le agradaba tanto que dejó el trabajo de camarero en el bar de sus tíos en Baena y se fue a buscarse las habichuelas a la capital sevillana. Con su buen porte y su don de gente, no le fue difícil conseguir un empleo de dependiente para una firma de ropa cara y exclusiva en unos grandes almacenes.

Codearse con gente de alto standing y encontrarse entre su clientela, algunos tipos con los que había compartido una noche loca de sexo, abrió las puertas de sus ambiciones dormidas. Seguramente porque en aquel ambiente aparentara ser una persona con más categoría, algunos de sus ocasionales ligues aprovechaban la compra para pedirle una cita. Algo a lo que él, hechizado por el brillo del dinero, nunca dijo que no.

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Quedar para cenar con un tipo que se gastaba la mitad de lo que él ganaba en una camisa, le hizo creer que tenía glamour y, para apagar sus complejos de inferioridad, cruzó la raya de vivir de querer parecer lo que no era, evidentemente, muy por encima de sus posibilidades.

Nunca pecó de ingenuo, pero creerse que ropa cara, hablar refinado y codearse con gente adinerada, le iba a dar el pedigrí que su cuna familiar no le dio, no hablaba muy bien de su inteligencia. Es lo que pasa, cuando la única carta que eliges para enfrentarte a la vida es el físico y piensas que todas las puertas se te van a seguir abriendo siempre gracias a este.

Pese a que comenzó a gastar más de lo que se podía permitir en hacer creer que tenía un nivel social que no poseía, solo conseguía hacer más evidente su falta de recursos económicos ante sus  nuevas amistades, para quien simplemente era  un tío bueno de usar y tirar. Un buen polvo con un pueblerino mono  con quien no tenía nada en común y que, por mucha labia que tuviera, simplemente era un analfabeto con una excelente presencia.

Sin embargo, como era una conquista de la que presumir y bastante bueno en la cama, lo seguían invitado a los saraos de la gente bien sevillana. Saraos a los que entraba sin pagar nada,  y nunca mejor dicho, por su cara bonita. Lucir un joven moreno, varonil, alto y de ojos verdes, era algo que los homosexuales de la “Jet” sevillana podían hacer en contadas ocasiones, sin la necesidad de tener que tirar del billetero.

Quizás por su juventud o porque  era nuevo para él todo aquel mundo de estirados que competían por quien era más feliz luciendo ropas de marcas, disfrutando vacaciones caras o costeadas fiestas, pecó de ingenuo y sin querer, se convirtió en una especie de chico de compañía, quien se conformaba con que lo invitara a sus onorosos eventos, como pago por sus servicios.

Le cogió el pulso a las fiestas de su ciudad adoptiva y se volvió un adicto a celebraciones como la Semana Santa, la Feria o el Rocío. Con el tiempo, aunque siempre lo miraron como un don nadie de un estatus inferior, se granjeó algunas amistades entre aquel grupo selecto de estirados, con los que siguió relacionándose, incluso cuando ya dejó de ser un novedoso chico florero del que presumir delante de sus amistades.

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Gente que, por mucho dinero que tuviera, al igual que la mayoría de los seres humanos, de lo único que precisaban era la aceptación de las personas  con la que se codeaba día a día y, en Enrique, nunca habían encontrado una crítica a su modo de vida, sino todo lo contrario.

A él le daba igual que aquellos niñitos de papás solo vivieran pensando que indumentaria exclusiva iban a llevar en su próxima fiesta, donde se iban a pegar su próxima escapadita, con cuantos tíos buenos follarían o cuanta coca se meterían por la nariz… Él envidiaba su modo de vida y siempre encontraba una razonable excusa para sus excesos. ¡Pobres niños ricos!

En su batalla contra el tiempo traicionero, cuando no estaba con sus amistades adineradas, se terminó rodeando siempre de chavales jóvenes. Chicos a los que embelesaba con su porte de persona pudiente e importante.  Mentira que podía mantener a duras penas en la segunda cita, en la cual sus ficticios encantos se esfumaban y asomaba su verdadera realidad. Una verdad que, como era él quien primero estaba incomodo con ella, terminaba espantando a la gran mayoría de sus ligues.  Solo los de personalidad más débil y vulnerable se mantenían a su lado para un segundo encuentro.

A pesar de que aquellas relaciones tuvieran una fecha de caducidad, él comenzó a volverse adicto a ellas. Le insuflaban a su vida la energía que había ido perdiendo con el paso de los años. Como si fuera una especie de vampiro que necesitara de la esencia vital de aquellos post adolescentes para continuar alternando por la noche del ambiente gay sevillano.

En aquellos polvos efímeros, descubrió una parte suya que, quizás por recato, sacó en pocas ocasiones con sus acaudalados ligues; su parte más perversa  y con la que se sentía más a gusto. Le volvía loco tratar a aquellos jovenzuelos como putas, someterlos a sus caprichos y, lo que más le ponía, es ver como ellos accedían  de forma sumisa.

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Para él  seducir a un chaval joven para después follárselo en una relación de si te vi no me acuerdo, en la que tenía el control absoluto y le daba una seguridad que le faltaba en todas las facetas de su vida. Con aquellos chavales, aunque fuera por el tiempo que se tarda en echar un polvo, no tenía que fingir y se mostraba como realmente era.

Además de poder reafirmar su verdadera naturaleza en la cama, el sexo con aquellos chavales le servía como acicate, le hacía creer que todavía seguía manteniendo el atractivo de sus veinte años. Una mentira que el espejo se encargaba de recordarle un día sí y otro también, por mucho que se empeñara en querer ganarle la guerra a la vejez.

Como el maltratado que termina devolviendo las vejaciones sufridas por él  a sus allegados, conforme fue perdiendo el encanto propio de la juventud, acabó haciendo lo que otros habían hecho con él. Si a él sus follaamigos lo  llamaban cuando no tenían otra cosa mejor y usaban su cuerpo como si fuera un Kleenex. El comenzó a tener una agenda de  los teléfonos de  aquellos jovencitos que no habían salido huyendo tras la primera cita y, haciendo alarde de su capacidad de saber quedar bien con la gente, tiraba de ellos cuando tenía una mala racha. Que, conforme fue alejándose de los treinta, sucedía más veces de la que a él le hubiera gustado.

Lo que llevaba peor de todo, era tener que estar constantemente fantástico y estupendo de cara a la galería. Estar a la moda y aparentar un nivel social que no tenía, vivir las noches con la misma pasión que cuando tenía diez años menos, se había convertido para él en una rutinaria diversión de la que, ni quería ni podía salir, pero que le estaba empezando a pasar factura, tanto económicamente, como físicamente.

Cada vez que tenía ocasión, se dejaba ver en los bares y restaurantes  de moda con los que, durante un tiempo, creyó que eran sus amigos. Los años también habían pasado para la inmensa mayoría de ellos y Enrique seguía siendo  un buen segundo plato cuando ningún otro  follamigo te cogía el teléfono. De ser el naipe que todos querían tener en la partida, pasó a ocupar el lugar del comodín del público; una carta de la que se hacía uso cuando las cosas te iban cuesta abajo y sin freno.

Su vida se había vuelto una monotonía en espiral, donde los días sucedían a las noches de juerga, como las resacas a las borracheras. Donde los finales de mes cada vez se hacían más difícil, con unos números rojos que aumentaba como si fuera una bola de nieve que descendiera de la más alta de las cumbres.

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Una noche que salió a demostrarle a la gente que todavía seguía en la brecha y, de camino, ligarse algún jovencito que le hiciera sentir bien consigo mismo, apareció Mariano en su vida. Un contratiempo para el cual no estaba preparado y que lleno de luz su existencia de claros oscuros.

Porque si algo tuvo aquel chico es que marcó un antes y un después en una vida que, aunque él se negara a admitirlo, estaba pidiendo un giro de rumbo con urgencia. Un cambio de sentido que pudiera haber llegado con aquello relación, pero que él, en su constante mirarse el ombligo, no estuvo dispuesto a dar.

Nada más conocerlo, por la manera tan descarada que tuvo de mirarlo, le pareció un chico guapo más de aquellos que frecuentaban la zona de la Alameda en busca de un buen machote, alguien a quien llevarse a su casa para ponerlo mirando a la pared mientras lo cabalgaba.

Sin embargo, cuando lo abordó y vio que se puso colorado, se dio cuenta que no había insolencia ninguna en sus actos, simplemente el desparpajo de la inocencia. Algo que denotaba una total inmadurez para alguien de su edad, pero que le pareció de lo más encantador.

Quizás porque temiera al rechazo o puede porque viera algo diferente en él, no le propuso nada sexual aquella noche y, tras un beso de despedida, se intercambiaron los teléfonos para quedar otro día.  A pesar de no haber calmado la calentura de su entrepierna, Enrique se sentía contento por haberlo conocido y se fue para su casa tras  despedirse de él.

Sin darse cuenta, había abierto una caja de Pandora a la que siempre había temido y deseado por igual. Como quien no quiere la cosa, se dejó llevar por los vientos que había despertado y aquella noche se acostó pensando en él, con la sensación de que había conocido a alguien especial. Era guapo, joven, tenía un buen físico y parecía una gran persona.

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La segunda cita, al contrario de lo que era habitual en él, tampoco acabó en la cama. La forma de ser de aquel chaval, tan lejos de la hipocresía y esnobismo de la gente que frecuentaba le encandiló. Su nobleza y su honestidad se dejaba ver en cada gesto, en cada además. Sus palabras emanaban una sinceridad poco habitual y, rompiendo sus propias normas, vislumbró que esa relación de pareja, que tanto le hacía falta, podía encontrarla en él.

Nunca supo en qué momento se comenzó a enamorar de él, lo que si se dio cuenta es de que junto a aquel chaval inocente y generoso por igual, tenía la oportunidad de enmendar su desastrosa vida. Cuando veía el modo en que lo miraba, derrochando un cariño desmedido hacia él, tenía claro que no le importaba más nada en el mundo.

Estar cerca de él le hacía sentir bien y, después de mucho tiempo, la rutina no se le convertía en algo insoportable. Simplemente hablar con teléfono con él, conseguía insuflarle positividad a su día a día.

Lo pasó muy mal cuando, por motivos personales, tuvo que estar el mes de diciembre apartado de él. Ni quería prescindir de sus antiguas amistades, esas que lo habían introducido en el mundo de la gente bien sevillana y para las que solo era un buen polvo en caso de emergencia, ni estaba preparado para presentarle a sus padres a un chico como su pareja.

Fue curioso cuando se fue a la cama con alguno de sus antiguos amantes, no tuvo la sensación de que traicionaba a Mariano. Sin embargo, cuando le negó entrar en el seno de su familia, si sintió que lo hacía.

No obstante, en todo sendero de baldosas amarillas hacia la felicidad, hay una hechicera malvada encargada de trabucar el camino hacia la felicidad. En su relación con Mariano, la cruel bruja del Oeste era algo con lo que a Enrique le era imposible capear; Mariano era nefasto en la cama.

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Una de las cosas que le enamoró de él era su poca experiencia sexual y lo mucho que le quedaba por descubrir todavía. No obstante, nunca pensó que aquel desconocimiento se debiera a un exceso de pudor hacia el sexo.

No solo es que lo considerara un remilgado que no terminaba de soltarse  y se quedaba siempre al borde del precipicio, sino que era incapaz de disfrutar  a lo más mínimo  a la hora de follar y, por tanto, tampoco lo hacía disfrutar a él.

Aunque para él fue una sorpresa, bastante agradable,  descubrir que nunca había sido penetrado. Jamás pensó que  tener que iniciar a alguien aquella práctica sexual fuera tan complicado. Todos los tíos con los que había estado antes habían dejado su virginidad muy atrás, por lo que, más que mentor, había sido aprendiz de ello. Nunca tuvo la sensación de ser el más experto en la habitación, ni incluso con aquellos jóvenes que sometía a sus caprichos.

Por eso, postergó el momento todo lo que pudo. Quería que la primera vez de Mariano fuera increíblemente especial. Preparó todo lo mejor que pudor, buscó el momento adecuado y recreó la  mejor atmosfera para que aquel día quedara clavado en la memoria de ambos.

Con lo que no contó fue con el puritanismo de su chico quien no llegó a relajarse del todo y, a pesar de que él piensa de que tuvo todo el cuidado del mundo, le terminó ocasionando un daño tremendo a ambos. Porque, pese a que no dijo nada, si a él le terminó doliendo la polla, no quiere ni imaginar cómo lo tuvo que pasar su chico.

Le gustó pensar que aquello fue producto de los nervios de la primera vez, pero la realidad le descubrió lo muchísimo que estaba equivocado al respecto. Las siguientes ocasiones fueron un fracaso en la misma medida y, cada vez tenía más claro, que Mariano hacía aquello por obligación hacía él, no porque sintiera ningún tipo de placer. Lo que lo convertía en algo más desconsolador si cabe.

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La frustración de tener sexo del malo con la persona de la que se había enamorado tan locamente, le hacía sacar su lado más egoísta  y trataba a su novio del mismo modo que a los  chavales que se follaba antes de conocerlo a él. Quizás porque actuara de la misma forma sumisa que ellos, quizás porque no supiera otra forma de encontrar placer.

Lo que ignoraba, probablemente porque no se hubiera parado a pensarlo, es que su violento proceder, al contrario que en los adolescentes que se solía tira, calaba hondo en su chico. Mariano, quien todavía no había aprendido a tener una coraza para que la falta de empatía de sus semejantes le fuera indiferente, se sentía culpable por no ser capaz de satisfacer a la persona a la que tanto idolatraba.

Lo peor de todo es que, a su manera egoísta,  lo quería con locura y sabía que, como hombre de sangre caliente que era, necesitaba del buen sexo como del comer. Le gustaba follarse un buen culo, que este se abriera al paso de su polla y bombearlo enérgicamente al ritmo de sus caderas, hasta llegar al éxtasis.

Sentir como su miembro viril entraba en un estrecho agujero, al tiempo que sometía lujuriosamente a la otra persona, era como una droga para él. Una droga de la que ya empezaba a tener el mono.

Había tenido sexo de aquel tipo durante tantos años y de una manera tan habitual, que no pensaba privarse de él por mucho que creyera que aquel hombre fuera el complemento ideal para su acuciante soledad.

En las pocas veces que había penetrado a Mariano, nunca había  quedado satisfecho del todo, una vez porque le hizo daño en la polla al no relajarse lo suficiente, otras porque su pasividad era tan absoluta que tenía la sensación de metérsela a un muerto… O buscaba una solución pronto, o su relación con el hombre que más había  llegado a querer, se acabaría antes de haberse dado cuenta de que estuviera empezando.

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Rasgando mi dolor con sus dedos,
cantando mi vida con sus palabras,
matándome suavemente con su canción,
matándome suavemente con su canción,
contando toda mi vida con sus palabras,
matándome suavemente, con su canción.

Abril  2002

Mariano

Habían pasado ya cuatro meses desde que Enrique me penetró por primera vez y mis sentimientos hacia los momentos íntimos con él se habían vuelto de lo más contradictorios. Por un lado, ansiaba que me llevara a la intimidad de su piso, dejar que me envolviera en besos y caricias del modo  que únicamente sabía hacer, por otro lado, el momento en que me desnudaba y buscaba mi culo, me seguía pareciendo de lo más terrorífico, pues el dolor seguía siendo de lo más insoportable.

Siempre había escuchado que tras la primera vez el recto se iba acostumbrado y el sufrimiento daba paso al placer, lamentablemente no era mi caso. Otra tragedia más de mi vida, en la que soy la excepción que cumple la regla.

Me daba tanto pánico que, hasta la mejor de mis erecciones, se esfumaba como por arte de magia en cuanto notaba sus manos acariciar mis nalgas y buscar mi ojete. A partir de ese momento cualquier sensación agradable desaparecía y mi único consuelo es que el momento de su eyaculación llegará cuanto antes mejor.

Mi amor incondicional y ciego me llevó a pensar que el culpable de que mi recto no se acomodará a que lo penetrara era yo, que mis sentimientos de culpa impedían que me relajara lo suficiente y no, como comprobé más tarde con otros amantes, que Enrique era un egocéntrico insensible que solo buscaba su placer, sin pensar nunca en la persona con la que compartía su cuerpo.

 De hecho, la primera vez que lo hicimos, tras correrse no se preocupó lo más mínimo porque yo disfrutara. Es como si el interruptor de apagado de nuestros encuentros íntimos estuviera conectado al instante en que su polla escupiera el semen y el hecho de que yo alcanzara un orgasmo no estuviera en el plan del día.

Son cosas que debería haber percibido, pero la venda que me había puesto sobre los ojos era demasiado opaca. Como siempre que se comportaba de manera inadecuada, me  inventaba una excusa para auto convencerme. En este caso fue que habría estado  acostumbrado a hacerlo con tíos tan pasivos que no necesitarían correrse para quedarse satisfechos.

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Que me sintiera culpable por cómo se desarrollaba las cosas en la vertiente sexual entre nosotros,   no quitaba que cada vez que introducía su apéndice sensual en mis esfínteres, un dolor inconmensurable me recorriera de arriba abajo y, por mucha almohada que mordiera, por mucho que me intentara relajar,  este no se apaciguaba ni lo más mínimo.

Tampoco ayudaba que mi ex, a la hora de cabalgarme, hiciera gala de la misma sensibilidad que un cajero automático diciéndote que estás en números rojos y no se planteara que yo también tenía que gozar de nuestro intercambio de flujos.

No tuve constancia entonces, pero me usaba como a un juguete sexual y yo, con mi entrega absoluta, lo único que hacía era empeorarlo pues, al no objetar nada, me comportaba como el mejor de los muñecos hinchables.

No sé si por qué prefería que se la comiera o porque sabía que era lo que más me gustaba, durante las dos semanas anteriores al episodio con  Rafi, para mí tranquilidad, había optado por no penetrarme y nuestros encuentros íntimos se habían limitado al sexo oral.

Estaba contento con el cambio e, ingenuamente, imaginé que se debía a que se había dado cuenta lo mucho que me dolía que me penetrara y había optado cambiar nuestra forma de hacer el amor. Mi inocencia y mi incapacidad de   ver la maldad en el ser humano, no me habían llevado a sospechar, ni siquiera un poco, en la verdad que había detrás de todo aquello, pero tampoco tardaría en enterarme mucho.

Un sábado, que él no tenía que trabajar, quedamos en un bar de la Alameda que frecuentábamos poco. Me pareció extraño porque decía que no le gustaba porque era un local donde la gente gritaba mucho, la música sonaba muy fuerte y, consecuentemente, no se podía mantener una conversación como Dios manda. No obstante, como siempre le dejaba hacer su bendita voluntad, no objeté nada. Para mí lo más importante del mundo era estar con él y no me importaba el lugar. Yo era feliz únicamente con verlo u oír su voz.

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Aunque mi ex intentaba disimularlo por todos los medios, se le notaba bastante inquieto y despistado, daba la sensación de que tenía la cabeza en otro lado. Dado que no era su forma habitual de comportarse, lo achaqué a que había tenido un mal día en el trabajo o cualquier otro problema personal que no quería compartir conmigo para no preocuparme. «Nada que una tarde conmigo no pudiera solucionar», pensé.

Nuestra relación era tan “perfecta” que él no necesitaba darme ninguna excusa, ya me encargaba yo de buscarlas por él. Si la ceguera de amor computara para un puesto en la ONCE, en aquella época podría haber encontrado trabajo como cuponero.

En mi mundo de color de rosa, suponía que él estaba igual de enamorado de mí que yo de él. Pero en el mundo real los osos no llevan tatuados un corazón en la barriga, ni los ponis tienen una cresta y una cola con los colores del arco iris y, por tanto, Enrique no me quería del mismo modo que yo a él. Por mucho que yo pensara que era mi presente, mi futuro y lo mejor que me había pasado.

Nos sentamos en un sitio apartado, intentando huir del bullicio que reinaba por todo el local y, que tal como mi ex se quejaba, no permitía conversar mínimamente.

Tras pedir un café, noté como seguía simulando estar atento a lo que yo le contaba, pero estaba tan poco pendiente de mis palabras que solo se limitaba a asentir con la cabeza y a responder con monosílabos. Estaba allí de cuerpo presente, pero sus pensamientos estaban en otra parte. Llegado un momento fue tan evidente que hasta me sentí un poco molesto por la poca atención que me estaba prestando. Sin embargo, intenté comprensivo y no me quejé lo más mínimo. De nuevo encontré un posible pretexto.

Lo ignoraba por completo, pero toda su distracción se debía a que estaba esperando a un chico y tenía todos sus sentidos puestos en la puerta para ver si llegaba esa persona de la que yo, hasta el momento, desconocía su existencia.

Inocente de mí, ni sospeché lo más mínimo cuando lo vi mirar varias veces, aunque con bastante disimulo, el reloj. No sé por qué pero pensé que estaba agobiado allí y quería hacer tiempo para ir a otro lugar. En la distancia, considero que mi confianza desmedida en él fue responsable en parte de lo que ocurrió con nuestra relación. Si hubiera sabido ver las cosas, no hubiera llegado tan lejos con él y hubiéramos roto bastante antes.

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Casi nos habíamos tomado el café, cuando se le cambió por completo la cara.  Lo ignoraba en aquel momento, pero su “cita” de la tarde entraba por la puerta y su gesto de preocupación dio paso a un gesto de simpatía forzada, en un intento de agradar en todo lo posible tanto a mí como al recién llegado.

Se levantó impetuosamente de la silla con la intención de que su “cita de la tarde” nos localizara y, una vez consiguió llamar su atención, le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Aquel cambio en su estado de ánimo me mosqueó un poco, sin embargo, como siempre, escondí mi malestar para evitar una discusión innecesaria. «Nuestra relación no puede dejar de ser maravillosa, por una gilipollez que yo me invente», me dije para auto convencerme.

Al ver como un tipo un poco más joven que yo, delgado y con unos andares de modelo de pasarela, se dirigía hacia nosotros, pensé que podía ser algún compañero del trabajo, entre los dependientes de ropa es frecuente encontrar a chicos con mucha pluma. No me aventuré a imaginar que entre sus amistades, contará con alguien que hiciera gala de una feminidad impostada.

Si su talante  era propios de un aspirante a bailarín de los “Locomía”, su indumentaria no se quedaba corta. Lucía una camisa súper ajustada negra que, según pude comprobar mientras se acercaba, tenía algunas zonas con transparencias. Al menos en la parte del pecho. Sobre ella llevaba una chaqueta gris de cuadros  y un pantalón vaquero que se le pegaba como una segunda piel. Su forma de vestir era un claro ejemplo de lo que yo nunca me pondría.

Cuando llegó junto a nosotros y le arreó dos besos casi en la comisura de los labios a Enrique, supe que no era de su vida laboral de lo que conocía a aquel individuo. La realidad  que se encarga de estamparte las verdades menos deseadas en todos los morros, para que no puedas decir después que no lo has visto.

Al segundo tuve claro que formaba parte de ese pretérito suyo del que una vez le dije que no me tenía que dar explicaciones, que confiaba en él plenamente. Más tonto y terminó comprando el último modelo de burro volador.

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Me costaba construir una imagen de Enrique con aquel candidato a corista de las Bananarama. La simple idea de imaginarlo compartiendo su cuerpo me revolvió el estómago de un modo que no pude disimular y, por primera vez en toda la tarde, dejé que en mi ceño se pintara unas arrugas de desagravio. Había llegado a mi momento última gota, respiré y conté despacio hasta cien. Lo que menos necesitaba era que el vaso rebozara.

—Mariano este es Rafi, un amigo mío —Me dijo de un modo elegante, haciendo alarde de su buen don de gentes.

El chaval intentó posar sus labios en mi cara a igual que había hecho con mi ex pero yo, en parte porque no era mi norma dar dos besos a ningún tío y en parte porque aquel individuo de entrada me estaba cayendo como una patada en los mismísimos, le extendí la mano de forma cortante, dejando claro que la frase de “Los amigos de mis amigos son mis amigos” era un lema que yo me pasaba por los mismísimos.

Mi desafiante gesto no pasó inadvertido para él, pues buscó con la mirada a Enrique esperando  alguna explicación a mi antipatía.

—No se lo tomes a mal —Dijo en un tono condescendiente y como si sus palabras no pudieran herirme lo más mínimo —.Es que Mariano es muy tradicional y, como todavía no se ha curado de la mentalidad pueblerina, lo de dar dos besos a un hombre en un lugar público le parece inapropiado. Yo creo que es que la vergüenza se le curara en cuanto madure un poco…

El sentido jocoso que mi ex metió en la última frase, lejos de suavizar mi enfado, lo acrecentó. Pues lo que más me tocaba los cojones es que hubiera personas que estuvieran dispuestas a dar consejos que no estuvieran dispuestos a seguir. ¿De qué capital de España era Enrique y cuándo había declarado su homosexualidad a sus allegados? Era tan de pueblo y estaba tan dentro del armario como yo. ¡En fin!… Seguí contando para no decir una barbaridad fuera de lugar.

Rafi, que no tenía pinta de tener demasiado filtro a la hora de soltar lo primero que se le pasara por la cabeza, hizo un mohín de desagrado para terminar diciendo:

—Pues espero que lo de comerse una polla no le parezca inapropiado, ni le dé vergüenza… O si no ya me dirás tú,  porque muy mono y muy buenorro, pero  no conozco a  nadie que se haya echado novio para jugar al parchís…

Lo único que no me pareció una grosería por parte de aquel escuchimizado bocazas, fue que considerara el novio de Enrique. Así que apreté los dientes, pensé en lo mucho que quería a mi ex y lo poco o nada que me ayudaría cantarle las cuarenta a aquel escuchimizado pierdeaceite.

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No soportaba ( y sigo sin soportar) que nadie se inmiscuyera en mi vida íntima de aquella manera. Sin embargo, no consideraba que debiera ponerme a su altura y soltarle una fresca, por lo que simplemente, mientras terminaba de contar, me limité a observarlo sin decir palabra alguna.

La verdad es que el tipo era todo lo que yo pensaba que al que era mi novio no le podía gustar.  Tenía poca chicha y lucía su delgadez como fuera una cualidad de la que estar orgulloso. Su cara carecía de atractivo alguno, pese a que no se pudiera decir que fuera feo. Su peinado era una llamada de atención para todos aquellos que no hubieran descubierto que era gay con su llamativa indumentaria, que era un claro ejemplo de modernismo per se, pero que estaba reñido con todos los cánones de la elegancia.

¡Si las miradas matasen!

La perspectiva del tiempo me dice que mi ex lo tuvo que pasar fatal, le estaba saliendo el tiro por la culata desde el momento cero. La única opción que le quedaba, para que la situación no se pusiera más tensa de lo que ya estaba y sus planes no se fueran al traste, era mediar entre Rafi y yo.

No me entra en la cabeza que, después de aquel encontronazo que demostraba que aquel chaval y yo éramos tan compatibles como el agua y el aceite, siguiera adelante con su plan.

Ignoro si lo hizo para congraciarse conmigo o porque realmente era lo que pensaba, pero el primer tirón de oreja se lo llevó su amigo:

—Se ve que los años no te han hecho cambiar y sigue siendo el mismo bocazas de siempre, ¡haz el favor de pedirle disculpas a mi chico! —Su tono autoritario  era él que solía usar conmigo cuando hacía algo que le fastidiaba.

Era algo que me tocaba las narices un montón y que, normalmente nos llevaba a momentos de tensión que nunca habían acabado en discusiones sin sentido, por lo menos hasta aquel momento. Si yo no reaccionaba de mala manera ante esa pose suya de macho alfa era porque intentaba ser comprensivo con él por lo mucho que lo quería.

Lo de poner la otra mejilla es otra  de las mochilas que, junto a lo de sentirme culpable por todo, arrastro por mi educación católica. Algo que me cuesta ver como algo no razonable y completamente fuera de los esquemas de esta sociedad.

Me sorprendió que Rafi, que parecía un tipo que no se mordía la lengua ante nada,  no reaccionara beligerante ante  aquella salida de tono por parte de mi ex,   sino que por el contrario, encajara el golpe del mismo modo sumiso que yo lo hacía. Lo que me constató lo que yo ya había pensado: Enrique y Rafi se conocían demasiado y  ya estaba acostumbrado a su mal genio. Lo que propicio que mis celos se tornaran en una furia contenida que empezaba a empañar mi raciocinio y mi capacidad de control.

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El jovencito se tragó su orgullo y, sometiendo su voluntad a la de el que fuera mi novio,  me pidió que lo perdonara por ser tan borde. Escuchar el  hilillo de voz, que poco o nada tenía que ver  la forma resabida con la que me había abordado desde un primer momento, debió  encender todas mis alarmas para que fuera cauteloso con lo que allí estaba pasando, pero no fue así.

Seguía sin caerme bien, no obstante aquel gesto le concedió bastantes puntos e intenté ser más simpático con él. Si podía de ese modo frenar que pusiera a funcionar conmigo  su boca antes que el cerebro, la velada sería más agradable.

 Así evitaría soltar sin cortapisas lo que pensaba sobre el tal Rafi y mi chico no tendría que sacar a pasear su yo autoritario conmigo.  Algo que en aquel punto de nuestra relación, nunca había hecho en público y, por tanto, no sabía sería capaz de soportarlo, por lo cual no quise arriesgarme.

Se sentó en el asiento que estaba entre nosotros dos y se pidió un café. Enrique hizo todo lo posible por destensar la situación con conversaciones frívolas, a las que, por no  seguir mostrando mi cara  menos diplomática, me uní, poniendo cara de que me interesaban mucho.

Me sentía incómodo con su amigo y él lo sabía, sin embargo, como el buen relaciones públicas que presumía de ser, supo hacerse con la situación y, poco a poco, mi rabia se fue sosegando. La verdad que era un tonto enamorado que solo tenía ojos para él y con solo tenerlo cerca estaba como en una especie de nube.

Tras el café, Rafi, con la excusa de que allí había demasiado ruido y no se podía conversar con tranquilidad, propuso ir a otro lado a tomar una copa y mi ex, haciendo alarde de un saber estar que yo admiraba profundamente, ofreció su casa para ello.

—Si te quieres tomar un gin-tonic que no sea de garrafón, la única manera es tomártelo en un sitio de confianza —Argumentó —Y yo no conozco ninguno que un sábado por la noche no esté “overbooking”.

Mi agudeza seguía estando en horas bajas, pues ni se me pasó por la cosa que allí había un gato encerrado y que más pronto que tarde me terminaría enseñando sus uñas de un modo desgarrador. Todo estaba orquestado de un modo de lo más embaucador y yo, por la puta flecha de cupido,  no me enteraba de nada.

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Durante el trayecto a la vivienda del que era mi chico, noté cierto nerviosismo en sus ademanes, pero tampoco le presté demasiada atención. A pesar de mi ingenuidad, ya iba conociendo de sus inseguridades y de qué su único modo de suplirlas era sacando a pasear su chulería y soberbia.

Cuanto más miedo tenía de enfrentarse a algo o a alguien, más sacaba su lado engreído al exterior, una parte de él que, aunque la usara como coraza, le daba cierto encanto. Lo hacía parecer más viril, más masculino y por tanto más deseable.

Siempre me he preguntado por qué me atraerán ese tipo de hombres, ¿será una consecuencia de haberme visto todas las películas de John Wayne? Lo cierto y verdad es que el Duque fingía ser  menos quien no era  en cualquiera de sus películas, que mi ex en su vida real.

Una vez en su casa, Enrique invitó a su amigo a sentarse en la butaca individual, yo me senté en la de tres plazas y él, metido de lleno en su rol de perfecto anfitrión, se quedó de pie para prepararnos la bebida.

—¿Tú sigues tomando lo mismo, Rafi?

—No, ahora he madurado y  beboVodka con tónica ¿tienes?

—Sí, y si no fuera el caso, bajaba en un momento a la tienda de la esquina que está abierta hasta las diez.

Mi ex se metió en la cocina a preparar las copas y nos dejó a los dos en el salón. La situación era tensa a más no poder,  a ninguno de los dos le apetecía intercambiar palabras con el otro y, lo que era más evidente, no teníamos ninguna intención de disimularlo.

Ni él tenía ningún interés en  caerme bien, ni yo a él tampoco, nuestro único nexo de unión era mi ex.   Sin darme cuenta había iniciado con él una batalla silenciosa para demostrarle al amigo de su pasado que si Enrique estaba conmigo en vez de con él era porque me prefería con diferencia.

Sin embargo, el chaval aquello que para mí parecía tan importante le traía sin cuidado, él estaba más centrado en mi persona.  Noté como me escudriñaba con  su mirada y, a pesar de que nos separaba una distancia considerable, un metro con una mesa pequeña de por medio, tuve la sensación de que invadía mi espacio  vital.

Me inspeccionaba de arriba abajo, sin ningún disimulo, como si se tratara de una provocación o un juego sexual. Intenté ignorar su presencia, pero me fue  del todo imposible. A los pocos segundos, intimidado por se excesivo marcaje,  me empecé a agobiar, sentí como transpiraba más de lo normal y  acabé con los nervios a flor de piel. Por lo que se me hizo interminable la ausencia de Enrique.

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Ni porque mi ex apareció con las bebidas, dejó de clavar sus ojos sobre mí. Me sentía como un trozo de carne al que un desconocido estaba evaluando para poner precio. No sabía ya ni que cara poner para decirle que ni yo estaba en venta, ni él tenía suficiente dinero para comprarme. Lo que si tenía claro era que, si no quería quedar como un aguafiestas, debía tragarme mis palabras.

—¡Joder! ¿No tenéis calor? — Preguntó mi chico con cierto fastidio, en cuanto se sentó a mi lado.

No me dio tiempo a responder cuando Rafi, con total desparpajo, se quitó la chaqueta de a cuadros  y se quedó en mangas de camisa. La prenda le estaba súper ajustada y, al igual que el pantalón que lucía, se pegaba tanto a su piel que aún parecía más delgado.

Lo volví a mirar, con menos ropa se me antojaba menos atractivo. No tenía ni pecho, ni brazos, ni culo ni piernas. Me parecía un amasijo de pellejo y huesos sin ninguna gracia. Daba la sensación que una ráfaga de viento se lo pudiera llevar volando.

Si a eso se le sumaba que cuando abría la boca era la impertinencia personificada y al andar se contoneaba como una choni de tres al cuarto, me costaba trabajo imaginar que Enrique, con lo exigente que parecía ser para todo, hubiera estado con él. Lo peor, no sabía qué demonios pintaba en su casa, estropeando lo que había comenzado siendo una maravillosa velada.

Enrique, al ver como su amigo se despojaba de la chaqueta, como si se hubiera abierto la veda de desvestirse, se quitó el jersey que llevaba y se quedó, al igual que su amigo, con una sola prenda.

Lo cierto  es que la camisa blanca le quedaba maravillosamente y si, como hizo, se abría un botón para dejar entrever los pelos de su pecho, era algo que, inevitablemente, me hacía desear estar con él, como nada en este mundo.

—¿Mi niño no tiene calor?

—Sí, un poco —Respondí con una voz apagada. Lo cierto es que estaba helado, pero en mi querer satisfacer a mi ex en todo, dije todo lo contrario.

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—Pues quítate el chaleco que te vas asfixiar.

No me apetecía para nada desvestirme delante de Rafi, pero con la voluntad dominada por aquel que lo era todo para mí, accedí poniendo mi cara más simpática.

En el instante en el que Enrique cogió la bebida de manera señorial y nos invitó a brindar por nosotros, yo presentí que allí sucedía algo anómalo. No había que ser muy perspicaz, simplemente ver las miradas de complicidad que ambos se intercambiaba, para darse cuenta de que el único que ignoraba lo que allí estaba pasando era yo.

No era tan ingenuo para no sospechar que mi ex había llevado a Rafi a su casa para que hiciéramos un trío, pero me parecía algo tan impropio de él, que lo desestimé por completo. «No seas mal pensado, si Enrique fuera hacer una cosa así, te lo consultaría», me dije convencido de que lo contrario era imposible.

Estuve tentado de preguntar, pero no lo hice, en parte  porque no quería  quedar de más mojigato de lo que ya era , en parte porque me rendí a los encantos de mi  ex  cuando me echó el brazo por los hombros y me comenzó a acariciar el cuello de un modo que él solo sabía.

Con la sabiduría que dan los palos de la vida, hoy sé que su única intención con aquel gesto por su parte era ponerme caliente. Algo que, irremediablemente, consiguió con creces. Mi ex era una bestia sexual para mí y lo sabía.

Dado que yo estaba demasiado alterado para  decir algo medianamente coherente, la conversación prosiguió únicamente entre Rafi y Enrique. Mi ex eligió continuar  con los mismos temas frívolos que en el bar, por lo que yo me limite a asentir a todo lo que decía. En un momento determinado, no sé cómo, ni quién, ni a cuento de  qué, pasó a ser una conversación de sexo. Una charla que llegó a su punto álgido cuando Rafí se puso a narrar, como una cosa de lo más normal,  una de sus múltiples experiencias sexuales.

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—… El tío todo lo que tenía de feo y de canijo lo tenía de nabo. Y no solo era grande y gorda, sino que tenía las venas marcadas como a mí me gustan…

Escuchar como aquel niñato narraba con total desfachatez como se fue a la cama con un tipo que apenas le gustaba, con la única intención de no irse para casa sin echar un polvo, me estaba desagradando bastante. Sabía que ese tipo de gente con tan poco estilo y clase existían, lo que no me cuadraba es que tuviera una relación de amistad con Enrique.

Busqué sutilmente los ojos de mi chico, esperando que él estuviera igual de molesto que yo, pero para mi sorpresa  estaba completamente absorto en sus palabras. Miré disimuladamente a su entrepierna y, sin temor a equivocarme, me parecía que la historia del canijo con el feo de la polla descomunal estaba consiguiendo que su polla aumentara de tamaño.

De nuevo escondí mis sentimientos bajo una cara de póker, por no querer molestar a Enrique quien, según me parecía a mí, estaba disfrutando como un enano  con las aventuras sexuales de Rafi.

—…. Creí con aquel cipote tan enorme no empalmaría del todo, pero en cuanto empecé a chupárselo, aquello se puso duro como un marmolillo…

Noté como la mano de mi ex, resbalaba desde mi cuello hasta mi pecho. Me abrió el botón de la camisa y se puso a acariciarme la tetilla, primero de forma solapada. Al ver que no le replicaba, comenzó a hacerlo de forma más palpable.

Mentiría si dijera que el  simple roce de la yema de sus dedos  no despertó en mí sensaciones de lo más agradables. Mentiría si dijera que no sabía hacia donde se encaminaba todo. No obstante, como el buen idiota que solía ser siempre, supuse que no había ninguna maldad en los actos  de mi ex y que él sabría pararlo el tema antes de que se nos fuera de las manos.

Su amigo, sin dejar de contarnos su polvo con el tío de la polla enorme, se comenzó a acariciar las rodillas de un modo que rozaba lo lujurioso. Su forma de contonearse  y el brillo lujurioso de su mirada evidenciaba que se estaba poniendo cachondo, dejando que su mirada se clavase en mi chico y en mí por igual. Solo le faltaba jadear para portarse como la perra salida que estaba resultando ser.

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Volví a buscar por el rabillo del ojo a mi chico, por si aquello le estaba incomodando del mismo modo que a mí. Sin embargo, me volví a quedar estupefacto, no solo parecía no molestarle, sino que se había colocado la mano  de forma insinuante sobre la entrepierna, mientras no despegaba los ojos de Rafi.

Al ver lo abultado de su paquete me quedé de piedra, Enrique estaba tan metido en la historia de aquel desvergonzado que se estaba poniendo tremendamente cachondo y no le importaba lo más mínimo que nuestro invitado apreciara que tenía una erección de campeonato.

Ignoro si porque se percató de que había visto lo que estaba haciendo o porque iba en el orden de aquella especie de escenografía que tenía prevista, se colocó bien el nabo bajo el pantalón, evidenciando con ese gesto que estaba completamente empalmado. Algo que, irremediablemente, consiguió encender mi libido, dejando que el deseo danzara en mi cabeza.

La contradicción se volvió apoderar de mí, quería salir despavorido de allí y quería tender la mano para tocar aquel suculento trozo de carne que me gritaba silenciosamente que lo acariciara. Sentí como un calambrazo me recorría de arriba abajo y me dejaba como en una foto fija, parado en el tiempo.

Quería parecer de mente abierta, estar a la altura de las circunstancias, pero algo se revolvía en mi interior. No obstante, hice de tripas corazón y volví a tapar todo el asco que aquello me daba para no dar la imagen de reprimido mojigato que todo el mundo tenía de mí. Si quería que Enrique siguiera conmigo, debía dejar todos mis perjuicios atrás e intentar no cerrarme a nuevas experiencias.

Así cuando mi ex cogió mi mano y me la llevó a su paquete no me negué, simplemente me dejé llevar. He de reconocer que al sentir palpitar su sexo bajo mis dedos, la excitación fue a más  y la mente se me comenzó a nublar. Tenía la sensación de que únicamente existíamos él y yo en aquella sala.

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Tímidamente y de forma parsimoniosa, fui recorriendo con la yema de mis dedos la barra que se dibujaba bajo la tela de su pantalón. Recorrí varias veces su tronco desde el glande hasta la base y, en cada ocasión, parecía que aumentaba de tamaño.  Busqué la mirada de mi ex, a quien se le habían escapados unos pequeños suspiros, y este me sonrió de manera reconfortante.

No tenía muy claro donde podía llegar todo aquello, de lo que no tenía ninguna duda (imbécil de mí) es que Enrique no iba a dejar que transgrediéramos ninguna de las reglas implícitas de nuestra relación y no íbamos a tener sexo con otra persona. Como mucho nos exhibiríamos  un poco delante de su amigo, algo que, aunque no era lo que tenía planeado, tampoco me parecía mal del todo.

Aunque la irritante voz de Rafi seguía narrando como aquel individuo de la polla de veinticinco centímetros lo desgarró por dentro, como si aquello fuera algo placentero. Yo ya me había olvidado de él y, al mismo tiempo que seguía pajeando a mi chico por encima del pantalón, me unía en un beso de tornillo con él.

Por inercia metí la mano que tenía libre bajo su camisa y me puse a jugar con los pelos de su pecho, mientras prolongaba todo lo que podía aquel apasionado beso. Acariciar los pelos de su pecho, sus tetillas tenían un efecto exaltante en mí, la lujuria comenzaba a dominar mis sentidos y, la poca sensatez que aún me restaba, fue desapareciendo.

Era tal el influjo que aquel hombre ejercía sobre mí, que mi voluntad se volvía ínfima ante su aplomo. Propiciando que  su forma de manipularme no tuviera parangón.

Una de sus manos se aferraba a mi cuello empujando mi cabeza contra la suya, mientras que con la otra me pellizcaba la tetilla de un modo que me hacía tocar el cielo con la punta de los dedos. El pulso se me aceleró, el corazón comenzó a palpitar de manera precipitada y la polla estaba tan dura que pugnaba porque la sacaran fuera.

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Desde el momento que su lengua se puso a danzar con la mía, perdí constancia de la realidad que vivía y solo quería estar con mi hombre, sin importarme si era observado por Rafí, quien su voz ya me sonaba como un murmullo de fondo.

 Lo peor, no dejaba de pajearlo sobre el pantalón, tal como si estuviéramos en la intimidad. Algo que su miembro viril agradecía, porque cada vez estaba más duro y palpitaba como si quisiera que la sacara de su encierro.

No me sorprendió cuando  empujó mi cabeza suavemente y la llevó hasta su entrepierna. Por primera vez, a pesar de que había cesado su agobiante parloteo sobre cómo se lo folló el tipo feo del carajo enorme, fui plenamente  consciente de que Rafi seguía allí con nosotros y de que estaba cruzando una delicada línea.

Sin embargo, en mi afán por satisfacer al hombre de mi vida, no me importaba romper un par de normas sociales y mostrarle a aquel niñato como se comía una polla. Estaba tan fuera de mí, que en vez de mostrarme tímido o con dudas ante lo que me disponía a realizar, actuaba de un modo arrogante.

Giré la cabeza levemente para comprobar su reacción y mi curiosidad se encontró con que nos observaba fijamente, mientras se masajeaba impúdicamente el paquete.

Enrique, que supongo debería estar viendo lo mismo que yo, volvió a colocar mi cabeza sobre el bulto de su entrepierna. Desconozco que me llevó a actuar como lo hice, pero, como si fuera un poseso, comencé a lamer la bragueta de mi ex. Dejando al paso de mi lengua un reguero de saliva que marcaban claramente la hinchada verga de Enrique.

Que impregnara con mis babas la tela de su pantalón, pareció excitarle y comenzó a jadear del mismo modo que se la estuviera mamando.

Busqué con el rabillo del ojo la reacción de Rafi, seguía mirándonos y masajeándose la polla sin desvestirla. Ver como se relamía con la lengua la comisura de sus labios, mientras era yo quien estaba disfrutando del  miembro viril de Enrique. No sé por qué, pero me sentí como si hubiera ganado una especie de competición.

Estaba tan sumido en lo que estaba haciendo, que ni me extrañó cuando el pierdeaceite  se abrió la bragueta y    sacó su churra fuera.

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Era una polla delgada y no muy grande. Acorde con su fisonomía. Sin embargo, el la mostraba como si fuera algo de lo que enorgullecerse. Se la sobaba desvergonzadamente  y nos miraba como intentando incitarnos a que se la  tocáramos.  «No me extraña que con esa mierda de polla, tengas que terminar poniendo el culo», pensé sacando lo peor de mí.

Preso de la locura del sexo, desabotoné la bragueta de mi ex y, tras bajar su pantalón hasta poco más de la rodilla, dejé al aire unos apretados bóxer por cuya cinturilla parecía querer salir la brillante cabeza de su verga. Sin pensármelo, lo saqué de su cautiverio.  Cuando quedó a pocos centímetros de mi cara, a pesar de que había visto aquel pene  en todo su esplendor un montón de veces ya, me quedé absorto, como si fuera la primera vez que lo contemplaba.

Debía de excitarle mucho lo de exhibirse delante de aquel chaval. Aquella noche tenía una de las mejores erecciones que yo le había visto, mostrando un pene ancho  con unas pequeñas venas marcadas que lo recorrían de arriba abajo y que daba la impresión de que  fueran a estallar en cualquier momento.  Si a eso se le sumaba un hermoso glande violáceo del que brotaban unas pequeñas gotas de líquido pre seminal, que yo terminara mamando, más pronto que tarde,  aquel provocativo  nabo era de lo más predecible.

Pese a que mi consciencia me gritaba un rotundo “¡No!, ¡No!”, se convirtieron en un repicar de campanas para mí. Estaba tan hipnotizado por el vibrante falo que se alzaba ante mis ojos, que hice oídos sordos de la advertencia de la voz en mi cabeza.

Tras masajearlo un poco con la mano, me embadurné la mano con un pequeño escupitajo y envolví su capullo con mi caliente saliva-Unos escandalosos jadeos por parte de Enrique, ante el preludio de lo que se avecinaba, consiguió que el pulso se me acelerara y mis instintos se replegaran ante mis más perversos deseos.

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Levanté la mirada y avisté sus hermosos ojos verdes. La lujuria que en ellos brillaba era un permiso implícito para lo que me disponía a hacer. Sin pensármelo un segundo me metí el gordo cipote en mi boca y lamí su capullo como si no hubiera un mañana.

Tras saborear levemente la cabeza de aquel torpedo que pedía ser introducido en mi boca, pasé la lengua desde sus redondos huevos hasta la punta y a continuación me lo tragué hasta donde pude. Notar los pequeños espasmos del palpitante miembro entre mis labios, me tenía completamente absorto.

Estaba tan excitado y tan entregado que me había olvidado por completo del pierdeaceite. Por eso cuando lo vi arrodillado al lado de Enrique, acariciando sus piernas y dispuesto a unirse a mí para compartir su nabo, como si aquello fuera una escena de una peli porno,  algo pareció romperse en mi interior y la voz que me negaba a escuchar antes, resonó en mi cabeza como un trueno.

—¡No, no, no! — Me limité a decir mientras, como un crío al que le quitan un juguete, empujé a Rafi y me levanté con la intención de irme de allí.

Me sentí sonrojado como si tuviera fiebre
avergonzado por quien me veía
sentí que él encontró  mis cartas,
y leyó cada una de ellas en voz alta.
rogué para que todo terminara,pero la vida seguia

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Continuará en: “El jardín prohibido”

4 comentarios sobre “Suavemente me matas con tu canción

    1. Bueno, se me ocurren porque siempre dicen que hay que escuchar a las dos partes de un conflicto y, por mucho que Mariano se empeñe en asegurar que Enrique nunca lo quiso, nadie pasa cinco años al lado de otra persona porque sí.
      Aunque tardo más de lo que me gustara en subir las continuaciones, la semana que viene la historia sigue.
      Muchas gracias por estar ahí y un beso fuerte.

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