¡Pajaritos por aquí! (Inédito)

Follar en tiempos revueltos

Episodio dos

21/08/12 (00:00 aprox.)

—¡Anda,  Cari, no te mosquees conmigo!  Mi hermano Rijcardo está otra vez con la depre y me dijo de salir a tomar unas copas…No le podía decir que no.  Y ya sabes cómo se pone de pesao, es capaz de enrear a Dios y su padre. Al final, charla que te charla, bebe que te bebe, se me fue el santo al cielo y se me olvidó llamarte.

—Sí, pero aunque estuvieras con tu hermano, podrías haberte tomado el trabajo de mirar el móvil, ¡que debías de tener por lo menos seis llamadas perdidas!

—Ya te he dicho que se me quedó sin batería. ¡Lo siento! ¡Lo siento!

La verdad es que le estoy metiendo una trola de cojones, ni he estado con mi hermano ni na, lo que pasa es que decirle que me he estado emborrachando con el bala perdia de Rijcardo, es  bastante menos “heavy” que decirle lo que ha ocurrido en realidad. Cabeza  ignorante, corazón que no sufre.

Dado que veo que se queda callada, entiendo que la trastada que me cargao esta tarde-noche, pasando de ella y de la niña, le ha debido de sentar de regular patras. Así que, como el buen calzonazos enamorado que soy, me bajo los pantalones y, haciendo uso de mi voz más zalamera y pelotillera, intento apagar su encendido enfado de la manera que mejor se me da.

—¡Anda, Cari, no seas asín conmigo y  perdóname!

—Ni soy asín, ni asaó contigo. Pues no soy yo quien te tiene que perdonar, es tu hija. La muy inocente se ha llevado toda el paseo preguntando cuando iba a poder hablar con su papi… ¡Y su puñetero papi con el móvil apagado!

—… Sin batería…

—Lo mismo da. Sabiendo que estamos fuera, deberías mirar el estado de la batería de vez en cuando, imagínate que a la niña o a tu madre le hubiera pasado algo, ¿cómo puñetas me pongo en contacto contigo?

—Llevas razón, lo siento mucho. Soy un irresponsable que solo usa la cabeza para ponerse la gorra…

—Y no tienes gorra —Apostilla Eva con cierta sorna.

—Entonces la mujer más guapa del mundo no está enfadada conmigo.

No la estoy viendo, pero me imagino su reacción. El silencio que se hace ahora no corresponde a que se esté enfurruñando más, de ser así no se estaría dejando engatusar y ya me habría mandado al carajo dos veces (por falta de una).¡Si conoceré yo a “la fiera de mi niña” cuando se enfada!

—¡Anda, Cari, no te cabrees conmigo!,  que si no, no voy a poder pegar ojo en toda  noche y mañana tengo  que estar fresco, que Daniel está de vacaciones  y tengo bastante faena en el taller.

—Sí a mí me da igual que te vayas de cervecitas con tu hermano, es pobre necesita de vez en cuando que alguien le haga caso, porque desde que el zorrón de Lola lo dejó en la estacada cuando las cosas le empezaron a ir mal, está que no da una. Si encima su familia, cuando la necesita, le da de lao, entonces apaga y vámonos.

—Si yo sé que tú lo entiendes…

—Pero es que la chiquitina estaba muy tristona.

—Mañana nada más que se levante me llamas y charlo un rato con ella, verás qué contenta se pone.

—¿Y no vas a tener el móvil apagado?

—Palabrita del niño Jesús que no.

—Esperemos que no… porque entonces tus buenas palabritas no te van a servir de nada conmigo.

—¿Quién te quiere a ti?

Al principio no dice nada, como si intentara hacerse la dura. Así que la dejo que se haga de querer y vuelvo a insistir con la pregunta.

—¿Quién te quiere a ti como a nadie en el mundo?

—Tú…pero bien poco que lo demuestras.

—¿Por qué me he quedado sin batería el móvil…? Puedo ser despistao, pero algo que nunca se me olvida es lo mucho que te quiero. Eres lo mejor que me ha pasado…

—Mucha palabra menua es lo que tú tienes.

—Más te quiero y te lo voy a demostrar el fin de semana cuando vaya para allá.

—Eso será si yo tengo ganas de que me quieras.

—Ya haré yo lo posible por convencerte.

—Pues te va costar mucho trabajo, ¡que lo sepas!

—No hay trabajo duro, si la recompensa lo merece.

Cinco minutos más tardes de pedir perdón de mil y una manera distintas, cuelgo con la promesa de que cuando vaya a la playa la voy a hacer la mujer más dichosa del mundo. Voy a poner a cargar el móvil y mañana procuraré tenerlo a mano en todo momento, que la “comandante en jefe” me pasa una, no dos.

Tengo más hambre que el perro de un ciego (que le daba de comer cuando lo veía), así que me pongo a prepararme algo de cenar. La  Debo y el mexicano mucho cubata y mucho follar, pero no han sacado ni unas míseras patatas fritas. Esta gente del cine con el rollo de que la pantalla engorda siete kilos, lo de comer, me parece que lo dejan siempre para más tarde.

Mientras me preparo una tortilla francesa y me frío unas cuantas croquetitas de puchero congeladas que me dejó la parienta, no puedo evitar quitarme de la cabeza todo lo que ha sucedido en el día de hoy. Un día que va a pasar a la historia de mi vida por ser en el que más polvos he echado y de forma más variada. ¡Hasta los huevos me duelen de las veces que me he terminado corriendo!

Todo empezó, como quien no quiere la cosa, la noche anterior, con un puto sueño que era tela de raro. Lo que pasó  en é todavía me tiene con las patas colgando. Se trataba de  un trio con el maestrito y otro tío al que yo no conocía de nada, seguramente se lo inventó la parte perversa de mi subconsciente. Se llamaba Ramón, era policía y tenía un pollón de tres pares.

Aunque sé que es  más mentira que las películas de súper héroes, he de admitir que me lo pase de muerte y fue de lo más excitante.  Recuerdo que después de follarnos como descosidos a Mariano por turno, dejé que el poli me la metiera y todo. Fue tal el calentón que cogí que, nada más levantarme, me tuve que hacer un buen pajote, pues el calvo cabezón no se me bajaba ni a la de diez. ¡Ni con una ducha fría!

No obstante, mis aventuras en “Follalandia”    únicamente habían hecho empezar. Al salir del banco, con un cabreo de mil pares de cojones porque el directorcito de la sucursal me estaba vacilando con lo del préstamo, me encontré con Debo, mi primera novia, la tía con la que me inicié en las prácticas sexuales.  Hacia la friolera de quince años que no la veía, desde que se tuvo que ir del pueblo por culpa de lo que pasó con la Vane y ella en la fiesta de navidad.

La tía se portó de puta madre con Antonio, Fernando y conmigo, jurando y perjurando a todo el que le preguntaba que lo de la orgia había sido un invento de su amiga. Sin embargo, los tres demostramos ser unos verdaderos cabrones egoístas y, con tal de salvar el culo, cuando la castigaron a vivir con su tía en Sevilla, pasamos de ella como de las mierdas. Si lo hubiéramos querido hacer peor, no nos sale. No sé, con lo hijo puta que fui con ella, como se atreve a mirarme a la cara siquiera.

Habla que te habla, nos dejamos llevar por la nostalgia y como quien no quiere la cosa, terminamos echando un soberano polvo en el taller. En el post polvo, y con la confianza que da el haber estado dentro de ella unos minutos antes, le hablé de mis problemas financieros y, lo que en principio fue un simple desahogo, pareció ser la solución para mi falta de liquidez, pues me dijo que su marido, que era un productor cinematográfico de bastante prestigio, me podía dejar el dinero que precisaba para mi negocio.

¿Qué iba a saber yo del tipo de cine al que se dedicaba el mexicanito era a las películas guarras? ¿Qué iba a saber yo que no era un préstamo lo que me ofrecían, sino que el dinero me lo iban a dar por trabajar como actor en una escena?

Por lo que me contaron una vez me jilbané al matrimonio al completo, la Debo quedó bastante traumatizada con lo del tema de la orgia y una loquera de prestigio le había dicho que la única forma de superar sus problemas depresivos, consistía en dirigir ella misma una película con lo que sucedió aquella noche. me sonó a que  todo era un cuento chino para sacarle más pasta. ¿Pero qué coño sabré yo de medicina y de todos esos rollos psicológicos?

La extraña pareja había venido a Sevilla con la intención de contactar con el trio original masculino, pues querían que ellos fueran los protagonistas, por aquello de hacer la vivencia más auténtica para la directora y pudiera servir mejor de tratamiento de choque. Según me contaron,  habían optado porque a la Vane y a la Debo la interpretarían dos actrices porno.

Antonio fue el primero en decir que sí a follar por dinero delante de una cámara, Fernando le atizó una hostia a Eduardo y yo, que fui el tercero en pasar el casting, también accedí a su propuesta. Lo mala que es la necesidad. Aunque he de reconocer que tiene su morbo que te paguen por hacer lo que más te gusta.

Aunque tuve mis dudas, por aquello de que Eva se pudiera enterar de la movida, pues Internet no tiene puertas y todo el mundo tiene acceso a todo, en el momento que me dijeron que íbamos a llevar unas mascaras con las que seríamos irreconocibles, les dije que podían contar conmigo.

Lo peor de todo es que no me veo yo mucho porte atlético, ni un cipote a lo Nacho Vidal y no sé, aparte de la utilidad terapéutica que pueda tener para mi ex, si el mexicanito le va a sacar algún partido económico a la peli. Muy buena tienen que estar las dos gachis a las que nos tenemos que cepillar para que alguien pague por verla. Aunque de todo hay en la viña del Señor y como decía mi abuela siempre hay un roto para descocido. Seguro que hay por ahí gente que le ponen los tíos con un físico mitad vecino de al lado, mitad tu primo del pueblo como tengo yo.

Lo cierto y verdad es que me preocupa un poco por donde pueda terminar saliendo todo este tema, pero es que estoy entre la espada y la pared. Está claro que los bancos, con lo tiquismiquis que se han puesto a la hora de dar créditos, no me van a dar el préstamo ni a la de diez. Un pringao autónomo como yo, por mucho que en la tele a los políticos se les llene la boca con los emprendedores y tal, no les supone mucha garantía.  Sin el dinero, lo más probable que tenga que pegar el cerrojazo, lo que sería una pena pues la cosa no me va mal y con el pequeño empujón de los seis mil euros el negocio saldría adelante sin problemas. Sin el taller, sería otro en la interminable lista del paro de este puñetero país y con muy pocas posibilidades de llevar un sueldo digno a casa. Lo que no me deja otra opción que poner la churra al servicio de la industria cinematográfica y afrontar las consecuencias.

Si no estuviera casado, si no tuviera una mujer y una niña que dependieran económicamente de mí, sabe bien Dios que no me metería en estos berenjenales. He de admitir que Eva tiene el cielo ganado por todo lo que me aguanta. ¡Y eso que no conoce de la misa la media y de la única trastada que se ha enterado ha sido la de la Debo y la Vane! Si supieras las que han venido después, se iban a escuchar las voces en la Conchinchina, porque muy buena y muy santa, pero tiene más carácter que un regimiento de marina.  Menos mal que he sido discreto, o he tenido suerte. Porque de lo del Pajarito no se enteró de pura chamba, porque con que hubiera sumado dos y dos le hubieran salido las cuentas.

Abril de 1998

Habían pasado casi cuatro meses desde el escándalo de la Vane y la Debo, pero todavía en el pueblo se seguía comentando como algo que hubiera sucedido unos pocos días antes.  Raro era el día que alguien no inventaba un nuevo rumor que, visto como progresaba la Vane con su curriculum sexual, se volvía de lo más creíble.

Es una de las cosas que tiene vivir en un pueblo donde nunca pasa nada como Los Palacios y Villafranca. La gente está muy aburrida y por aquella época, aparte de comentar que el   nuevo disco de Los Chanclas era mejor o peor que el anterior, de lo único que se podía conversar en el pueblo era de que si aquel año llovería bastante para tener una buena cosecha de tomates.

No tener vida particular, empuja a ciertos individuos a querer creer que los demás deban vivir la suya según su criterio propio. Una costumbre muy propia de la Andalucía profunda que me vio nacer y que sigo sufriendo cada día.

Supuse que la juventud de hoy en día había dejado de meterse en las vidas ajenas, pero simplemente habían trasladado los bártulos. Ahora en vez de hacerlo en la plaza del pueblo o en un bar, utilizan las redes sociales. Un mundo que, las pocas veces que he entrado, me ha parecido de lo más falso. Un lugar donde todo el mundo se levanta de maravilla y estupendo. El postureo llevado a sus máximas consecuencias.

Creo que es mucho mejor conocer al tipo o tipa que  está despotricando, que un puto avatar del que algunas veces no conocemos ni la IP.

A veces pienso si lo que pasó en mi juventud, hubiera sucedido hoy. Seguro que habría un video rodando por ahí, acabando de golpe y porrazo con el derecho a  la intimidad de todos los que participamos en ella.

Fue sin imágenes y la gente no dejó de remover el asunto un día sí y otro también. Algo que para lo  único que sirvió fue  para que los presuntos implicados en el tema tuviéramos que seguir disculpándonos y perjurando que todo lo que se decía  eran solo mentiras.

Si una educación religiosa y unos padres muy estrictos con lo referente al sexo fuera del matrimonio, habían hecho de la que en el futuro iba a ser mi mujer, una chica retraída. Alguien  que reprimía tantos sus instintos que le daba un nuevo sentido a la palabra puritanismo. Cada vez que el cotilleo surgía en los mentideros del pueblo, los besos y las caricias se convertían en terreno prohibido en nuestra relación, con lo que mis pequeños desahogos sexuales con Eva se convertían en algo prohibido.

Ni que decir queda que yo, con dieciocho años y con las hormonas bailando a todas horas el chachachá, si no quería que la leche se me terminara saliendo por las orejas, me la tenía que menear más que los monos del parque.  Con lo que tenía el nabo más gastado que el mando de la Nintendo.

Ignoro si era porque me había pegado mis primeros desahogos, o porque mi novia me tenía cortito de pienso, el caso es que  la primavera de aquel año yo tenía la sangre más alterada de lo normal y los exámenes finales a la vuelta de la esquina. Iba tan salido que, hasta las chicas poco atractivas del barrio, le encontraba algo que la hacían netamente follables.

Mi vida dividida entre la obligación, el cariño y la necesidad fisiológica… Y lo único que me dejaba a gusto era una buena gallarda mañanera, después de comer, por la tarde… ¡A todas horas! Se podía decir que había pasado de masturbarme por gusto, a hacerlo por puro vicio, pues cada día le dedicaba más tiempo a la práctica del “amor propio”.

A mis problemas sentimentales y a la adicción de mi entrepierna había que sumarle la asignatura de “Empresa e iniciativa emprendedora” en la que, como la gran mayoría de la clase, no daba píe con bola. El rendimiento del conjunto de la clase era tan nefasto que el profesor, con la única intención de no cargarse a todo el mundo en junio, puso un trabajo que subirían entre uno y dos puntos en la prueba final a todo aquel que lo presentara.

No obstante, no nos estaba regalando nada y simplemente estaba primando el esfuerzo, pues la tarea que nos habían encargado no parecía que fuera nada fácil. Debido a lo laboriosa y complicada que era, debíamos hacerla por grupo de tres.  Estaba claro que la haría con mi colega Daniel, con el que ya por entonces era inseparable en el Instituto, pero nos hacía falta un tercero. Para ello escogimos al tío más empollón de la clase, pues sin ayuda no íbamos aprobar, ¡ni de coña!

Agapito Ayala era hijo de uno de los terratenientes de la zona. Era un par de años mayor que el resto de la clase. Estaba haciendo mecánica porque había repetido dos veces segundo de BUP y sus padres, en un intento último de que el chaval tuviera unos estudios, consideraron la posibilidad de que aprendiera un oficio.

No sé si porque aquello de la grasa y los motores le gustaba más o porque lo vio como una última oportunidad para labrarse un futuro sin depender de su padre, el caso es que el tío se aplicó, se puso a trabajar duro y su expediente consiguió ser el mejor de todo el curso, por no decir de todo el Instituto.

Que sacara buenas notas y que demostrara un día sí y otro también que era más inteligente que el resto, no hizo que fuera más popular entre el alumnado, al contrario.  Si nada más conocerlo, las envidias por ser hijo de uno de los riquitos del pueblo, consiguió que la mitad de la clase hablara de él a sus espaldas, cuando vieron su rendimiento académico, tras el sambenito de empollón, le motejaron el apodo de Pajarito.

La verdad es que el nombre le venía a huevo. Agapito, a sus veinte años, mediría uno ochenta largo, era muy delgado, de extremidades largas, pies grandes y un poco desgarbado.  Si a eso se le sumaba una cara alargada, un pelo rizado rubio de niño repelente y  una  más que prominente nariz. Su parecido con una cigüeña de dibujos animados era más que palpable.

Y como el tío, a pesar de ser  dos años mayor que la mayoría  de sus compañeros, estaba más verde que una lechuga y era más inocente que una espuerta de gatitos, lo de llamarle el pajarito, en vez del cigüeña, tenía un sentido cruel que recordaba lo verde que estaba. Todo con el único objetivo de ningunearlo y  hacerlo  parecer  aún más rarito.

Como casi toda la clase lo trataba como un apestado y se relacionaba poco con él, cuando le propusimos hacer el trabajo con nosotros, no puso pega ninguna, al contrario, se mostró muy contento y ofreció su casa para ello. Lo primero que nos contó es que su padre le había comprado un ordenador con procesador de texto, impresora y conexión a Internet, lo que nos facilitaría enormemente la tarea. Es lo que tiene que tus viejos sean los ricachones del tres al cuarto, que consigues la tecnología punta antes que cualquier hijo de vecino.

Dado que teníamos solo tres semanas para presentarlo, nos sugirió reunirnos después de comer, para  así poder hacer un croquis sobre los temas que trataríamos y demás. Dado que Daniel y yo, queríamos el aprobado como fuera, le dijimos que sí, aunque trastocó todos nuestros planes para aquella tarde.

La casa del Pajarito estaba a las afueras del pueblo, en los limítrofes de la finca familiar, por lo que nos tuvimos que coger la bicicleta, pues ni Daniel ni yo teníamos motocicleta por aquel entonces.

Al llegar, nos encontramos a nuestro compañero de trabajo esperándonos en la puerta.

—¿Es buena hora? —Le pregunté, mientras le ponía el candado a la bicicleta.

—Sí, lo que pasa es que tenía mis dudas de que supierais llegar.

—La verdad es que está muy lejos —Se quejó levemente Daniel.

—Sí, donde Cristo perdió la gorra —Añadí yo.

Tras hacernos pasar a su casa, el Pajarito nos dijo con cierto misterio que estábamos solos en la casa, que sus padres estaban en Jerez y que los trabajadores habían concluido su jornada, por lo que nadie nos molestaría.  En un principio, no le di mucha importancia y pensé que nos lo contaba porque trabajaríamos más cómodos. Sin embargo, si la tenía.  Porque si algo tengo claro es que todo lo que sucedió aquella tarde fue muy premeditado por su parte y nada fue dejado al azar.

No me creo que alguien tan inteligente y con la cabeza tan bien puesta, no planificara al milímetro la pequeña trampa que nos tenía preparado a Dani y a mí. Aunque en un principio, su presa terminara siendo solo yo.

Fue estar unos minutos al lado de Agapito  y nos dimos cuenta de cuáles eran los motivos de porque él sacaba unas notas tan estupendas y nosotros no. El tío, mientras nosotros nos trasladábamos de nuestra casa a la suya,  había preparado el guion del trabajo, había buscado la bibliografía y prácticamente había redactado el primer capítulo.

No sé la cara de idiota que se nos tuvo que poner cuando vimos lo adelantada que tenía la tarea, pero debió ser muy palpable, porque a partir de aquel momento el Pajarito nos trató como si fueranos unos gaznápiros, erigiéndose él como jefe de aquel proyecto y tratándonos como unos meros subalternos que no tenían ni voz ni voto.

A decir verdad, tanto a Daniel como a mí nos la traía floja y pendulona quién dirigiera aquello, a nosotros lo que nos interesaba era aprobar y tener el título en junio. Cosa que con aquella lumbrera ayudándonos, parecía la mar de fácil.

La asignatura era una “Maria dura”. La materia que trataba no era importante a la hora de ejercer el oficio de mecánico, pero era bastante complicada de asimilar. Por lo que, lo del trabajo en equipo, la única finalidad que tenía era dejar el máximo de alumnos con el expediente limpio en junio.

Si al afán de protagonismo de Agapito, supongo por estar harto de ser un cero a la izquierda, le sumábamos que ni mi colega ni yo no teníamos ni pajolera idea del temario, la primera media hora de la reunión se convirtió en una especie de clase magistral, en la que el Pajarito opinaba y nosotros nos limitábamos a asentir como burros.

Abrumado por tanto tecnicismo, Daniel y yo empezamos a poner cara de aburridos. Ni nos gustaba la asignatura, ni teníamos ningún interés en aprenderla. Si estábamos allí es porque sabíamos que debíamos aprobarla, sí o sí.

No obstante, el empollón no tenía de un tonto un pelo y tampoco estaba dispuesto a hacer el primo, así que metiéndose aún más en su papel de mandamás, comenzó a distribuir las tareas. Tareas que él se encargaría de supervisar, para que todo saliera con la perfección que exigía el sobresaliente que Agapito esperaba obtener.

A mí me mandó investigar sobre los estudios de mercado de una serie de productos relacionados con nuestro oficio y Daniel tuvo que preparar un organigrama de una empresa ficticia, de la que previamente él había diseñado las actividades en las que estaba implicado y los protocolos a seguir para todas ellas.

No había pasado ni quince minutos y empezó a preguntarnos que como lo llevábamos. Mi colega, a quien Agapito había dejado su ordenador, encontró en Internet un organigrama empresarial y lo estaba copiando adaptándolo a las necesidades del trabajo. Yo por mi parte, me tuve que contentar con medios más convencionales y me encargué de buscar en unos libros de consulta algo sobre la tarea que me tocaba. Como iba bastante lento, el Pajarito se ofreció a ayudarme.

La mesa en la que estábamos era bastante grande y cabían dos personas por testero, me pidió que me echará un poco hacia el lado para ponerse junto a mí. He de reconocer que no me pareció sospechoso de nada, simplemente me pareció un poco incómodo el modo que tuvo de invadir mi espacio vital.

En un primer momento, lo único que hizo fue pegarse en plan lapa, aproximando una jarta su cuerpo al mío. Inocente de mí, no vi ningún tipo de mariconeo en su comportamiento. Ni cuando puso su rodilla junto a la mía, ni cuando puso la primera vez la mano en mi pierna.

En mi ingenuidad lo veía natural, es más no sé si por ignorancia o por perjuicios sociales, la imagen que tenía de los maricones era gente amanerada que  se empeñaban en comportarse como mujeres. Agapito, por muy rarito que fuera, no tenía ninguna de esas características que todos pensábamos debían tener los viandantes de la acera de enfrente.

Sin embargo, cuando dejo su mano sobre mi muslo y, por mucho que se centrará en explicarme los aspectos que le interesarían al profesor del trabajo, mis hormonas me comenzaron a jugar una mala pasada. No sentía ninguna atracción porque aquel chaval larguirucho y con cara de papagayo, sin embargo, el calor de su mano temblorosa cerca de mi entrepierna, consiguieron que el calvo cabezón aumentara de tamaño y, aunque no me consideraba marica,  en unos segundos me había puesto completamente “homo erectus”. Uno estaba muy, pero que muy fartito  con lo que cualquier estímulo externo era suficiente para que me empalmara. En aquel momento, hubiera dado igual que quien me estuviera tocando de aquella manera fuera Agapito o una de las Tortugas Ninja, el resultado hubiera sido el mismo: ponerme burro, burrísimo.

El pajarito miró de reojo a Daniel, quien seguía absorto por los datos que estaba sacando para el trabajo, a continuación puso cara de pillín, de niño que se ha comido la caja de galletas y me dio a entender que teníamos el camino libre.

La situación era muy extraña, aquel muchacho seguía con la mano puesta sobre mi pierna a escasos centímetros de mi cabezón, pero sin tocarlo. Me dio la sensación de que, a pesar de lo explicito que era el lenguaje no verbal, actuaba con cierta timidez,  como si en cualquier momento yo le fuera a partir los “leños” por propasarse. Miré a mi colega, comprobé que seguía con  la cabeza metida en la pantalla del ordenador, cogí la mano de Agapito y se la puse sobre el bulto de mi bragueta.

Pa media salud ninguna. ¿Te gusta?

—Sí —Asintió con un hilillo de voz que parecía que la lengua se la hubiese comido el gato.

Sus dedos atraparon mis huevos y sentí un cosquilleo que me recorría la espalda. En aquel momento no  tenía muy claro  que pretendía el Pajarito con todo aquello, si era parguela o simplemente lo de ir cogiéndole el nastro por ahí a la gente era una rareza más de las suyas, lo que si tenía claro es que no estaba nada mal que, para variar, fuera otra mano la que te tocara la polla.

Sin temor a ser exagerado, cuando su puño envolvió mi paquete y lo apretujó suavemente entre él, noté  que me subía por la espalda como una descarga eléctrica. Fue tan brutal, que tuve que apretar los dientes para que no se me escapara un suspiro que le chivateara a Daniel lo que estaba ocurriendo por debajo de la mesa.

Me entraron unas ganas locas de sacarme el calvo cabezón y que me hiciera una paja. Sino hubiera sido por  Daniel quien, a pocos metros de nosotros, seguía sin coscarse de nada y, con lo suyo que era para algunas cosas, no sabía cómo reaccionaría, por lo que decidí no jugármela.

Lo último que necesitaba en aquel momento es que mi mejor amigo me retirara la palabra por dejar que un tío me hiciera un buen pajote.

Nos miramos, no sé por qué me pareció entender en el gesto de Agapito que no le importaba que mi colega se uniera a la fiesta. Sin embargo, ni yo tenía claro que estaba haciendo, ni por qué carajo lo hacía, así que opté por mantener aquel toqueteo como algo secreto entre los dos.

Dado que si seguía dale que te pego, mi amigo iba a terminar dándose cuenta, le quite la mano.

—¿No quieres? —Susurró.

—Sí, pero no delante de mi colega.

No sé qué coño pasó por la cabeza de aquel tío, el caso es que, tal como si no hubiera pasado nada entre nosotros, siguió ayudándome a localizar datos sobre los estudios de mercado.

Su forma de actuar tan correcta, hasta me dio un poco de cosa. Yo tenía los nervios a flor de piel por el riesgo que acababa de correr y  él actuaba como si hubiera hecho algo tan habitual como lavarse los dientes.

Me tenía tan perplejo que era incapaz de prestar atención a nada de lo me estaba explicando,  todo me entraba por un oído y me salía por el otro con una pasmosa facilidad.

Un cuarto de hora después, casi por sorpresa, volvió a colocar la palma de su mano sobre mi bragueta y, una vez la vio crecer, me dijo en voz muy bajita:

—¿Cómo lo hacemos para despistar a este?

—No sé, los dos hemos venido en bici.

—Y si no queremos que sospeche, no le podemos decir que se vaya, así como así.

Me quedé pensativo unos segundos, estaba loco por soltar toda la leche, pero, como iba a ser un tío el que me la iba a sacar, me daba un poco de cosita que Daniel, por aquello de la ley de Mahoma, se oliera la tostá. Aunque me sabía mal meterle una trola, el morbo por probar cosas nuevas tenía más peso en mi voluntad que la lealtad a mi amigo.

—En cuanto tú nos digas, terminamos el trabajo, cuando vayamos por la mitad del camino, le digo que se me ha olvidao una carpeta y me vuelvo.

—¿No se va a volver contigo?

—¡Qué va! Este está loco por terminar, ¡si lo sabré yo! Si le pido que me acompañe, me pone la excusa de que tiene que hacer algo muy urgente.

Agapito, al oírme hablar con tanta seguridad, apretó los labios y asintió con la cabeza. Diez minutos más tarde, organizó lo que teníamos que hacer para el día siguiente y dio por terminado nuestra reunión de estudios.

Tal como le dije al Pajarito, cuando íbamos a unos diez minutos de su casa, paré la bicicleta de repente y le hice una señal a mi compañero para que hiciera otro tanto.

—¿Qué te pasa, Iván?

—Que con las prisas me he dejao la carpeta con el trabajo atrás.

—Pues yo no me vuelvo…—Se quejó Daniel, que reaccionó tal como yo había previsto.

—No te preocupes. Ya nos vemos mañana.

—Hasta mañana entonces, tío desastre. ¡No te dejas la churra atrás porque no puedes!

—Esa está bien agarrada —Dije tocándome el bulto de manera descarada, en un intento de dejar claro que era muy hombre. A continuación, di la vuelta en redondo por la estrecha carretera secundaria que llevaba a la finca de los padres de Agapito.

Unas cuantas pedaladas más tarde, volvía a aparcar mi destartalada bicicleta en la puerta. Al igual que cuando llegamos, me encontré al Pajarito en la puerta esperándome. Fue verme llegar y  me sonrió complacido.

Illo, creí que no venías.

¡No ni na! —Le dije llevándome la mano a la bragueta, dejando claro que tenía que bajar la empalmaera que traía, fuera como fuera.

No sabía si estaba más caliente que nervioso, o más nervioso que caliente. Lo que si tengo claro hoy en día, es que no estaba siendo muy sensato.

Me metió en el interior de la casa y tras asegurarse de que no había moros en la costa, cerró la puerta y me condujo a lo que parecía su dormitorio.

Aunque tenía claro por lo que estaba allí, aquel tío me parecía súper raro y, como no tenía planta de marica, me empecé a imaginar una especie de encerrona. Así que en vez de ir de lanzado, dejé que fuera él quien tomara la iniciativa, por lo que pudiera pasar.  No fuera a ser que en cualquier momento salieran las cámaras de “Sorpresa, sorpresa” y  mi calvo cabezón terminara siendo más famoso que la Nocilla del Ricky Martin.

Nada más entramos en su cuarto, me indicó que me sentara en la cama. Una vez lo hice, él se colocó a mi lado. Por unos momentos tuve la sensación de que buscaba un beso o algo parecido, como no estaba allí para hacer ese tipo de mariconadas, torcí la cara y con la mirada le indiqué que se dejara de pamplinas, que lo que tenía que hacer era dejarse de cursiladas de telenovela y trabajarse mi nabo hasta que terminara echando toda la leche.

Agapito en vez de mostrarse contrariado por mi rechazo, bajó la mirada y, tras pasarme la mano por el pecho, agarró el bulto de mi entrepierna con fuerza, pero sin ocasionarme ningún daño. No sé cómo carajo lo hacía, pero me tocaba de un modo que me ponía cachondo a más no poder.

Tras magrearme durante unos instantes por encima del pantalón, desabrocho el cinturón y, uno a uno, fue quitando los botones de la portañuela. Lo hizo lentamente, con la única intención de aumentar mi calentura.  Al ver el bulto que se marcaba debajo de los slips, volvió a sobarlo marcando con sus dedos el erecto cilindro que se marcaba bajo la delgada tela. Sin poderlo evitar me  puse a jadear, aquello pareció ser el aliciente que el desgarbado chaval necesitaba para tirar de la prenda interior, lo que propicio que mi polla saltará ante sus ojos como impulsada por un resorte.

Se quedó contemplando al calvo cabezón durante unos segundos, el muy cabron no solo estaba tieso como una estaca, sino que no paraba de babear. La imagen de un chorro de líquido pre seminal sobre mi vello púbico me incomodó un poquillo porque me sentí un poco sucio. Sin embargo, al Pajarito pareció gustarle, pues poniendo su mejor cara de perverso, restregó mi capullo sobre los pegajosos pelos.

En cuanto se cansó de juguetear, comenzó a pajearme muy despacito. No sé si por la novedad o porque el muy maricón tenía un master hecho en menear churras de otro, el caso es que a las dos tres sacudidas terminé corriéndome como un burro.

Agapito me miró un poco desilusionado, con la misma expresión que un niño cuando se le pincha un globo. Me dio un poco de lastimita la cara que puso, así que me metí mano a los huevos y le dije:

—No te pongas triste, tu sigue tocando y veras como a esta le entran otra vez gana de jarana y te puedo dar otra vez el premio.

Pese a que mi voz daba muestras de una prepotente seguridad, no tenía nada que ver con el modo que me sentía realmente.

Una vez me corrí y se me pasó un poco el calentón, caí en la cuenta de la barbaridad que  estaba haciendo.  Había dejado que un tío, del que ignoraba si me podía fiar, me hiciera un pajote. Si aquello se sabía en el pueblo lo del cartel de maricón no me lo quitaban de por vida. Miré al Pajarito, quien estaba reconstituyendo al calvo cabezón con un buen masajito, al empollón se le había puesto una cara de salido de al quince, estaba claro que no era la primera vez que le hacía una paja a alguien, por lo que supuse que si las cotillas del pueblo no se habían enterado de su afición por los rabos, tampoco tenían  porque hacerlo de lo que me había dejado hacer.

El empollón hizo algo que, no me sorprendió demasiado, pero no estaba en el orden del día; se agachó y se metió mi nabo en la boca.

A mí, que simplemente venía a que me hicieran un par de pajas y ya está, me dejó con el paso cambiado. Ni pensaba que el Pajarito fuera tan maricón, ni se me pasó por la cabeza que un tío me comiera la pimporreta.

Su boca envolvió mi nabo como si fuera una ventosa, primero se entretuvo pegándole pequeñas lametadas en la cabeza que me hicieron estremecer y soltar algún que otro quejido, después se la tragó hasta abajo del todo y con la mano que le quedaba libre se puso a acariciarme suavemente los cojones.

Aunque no tenía mucho con lo que comparar por aquel entonces,  porque a mí solo me había comido la polla la Vane y en muy contadas ocasiones,  Agapito me estaba dando tantísimo gusto con su boca  que llegué a la conclusión de que se habría tenido que leer todos los tratados en mamalogías de esas. El tío no solo lo estaba haciendo del carajo, sino que parecía que tenía un sexto sentido y sabía dónde tocarme y cómo.

Cuando se cansó de comerme la tranca. Se puso a darme un poquito con la lengua por los cojoncillos, ¡era algo que no me habían hecho nunca y me puso a mil! Me sentía tan culpable y tan poco hombre con mi primer paseíto por el mariconeo, que cuando se cansó de hacerlo, a pesar de lo cachondo que me estaba poniendo, no le pedí que siguiera.

A continuación, se volvió a meter mi  polla en la boca, poquito a poquito, hasta que se la tragó por completo. En el momento que sentí como mi capullo rozaba su campanilla, un escalofrío me recorrió de arriba abajo. ¡No me la habían chupado tan bien en la vida!

El Pajarito se tuvo que dar cuenta que de seguir dale que te pego me correría otra vez. Así que, se la sacó de la boca y, con una voz picarona que intentaba parecer sensual, me dijo:

—¡No te vayas a correr, que queda el fin de fiesta!

Ni zorra idea con lo que se refería con aquello del fin de fiesta, pero supe a qué se refería al verlo sacar de un doble fondo de un cajón unos preservativos y vaselina. Aquel mariconazo, que me sacaba dos cabezas, quería que le diera por el buje.

Por un momento estuve tentado de decirle que no, pues no era una idea que me atrajera mucho. Pero caí en la cuenta de que tan poco pensé que me gustara que un tío me la chupara y me había gustado una jarta. Así que cogí el condón y me lo puse. Todo lo que podía pasar es que me llevara una mala experiencia y no quisiera repetir otra vez.

Agapito se bajó el pantalón y los slips, poniéndose a continuación de rodillas sobre la cama. Se untó un poco de vaselina y me indicó, con un gesto, que se la metiera.

Su culo no tenía  apenas pelos, era redondo, respingón y, para lo delgado que estaba, no era demasiado flaco. Le eché un poco de imaginación y me imaginé que quien estaba en pompas delante de mí era una gachí. ¡La de fantasías que se inventa uno, cuando la de abajo se pone tiesa!

Me costó un poco colocarla en el sitio, no sé si por los nervios o porque estaba convencido que el calvo cabezón no cabía por un agujero tan estrecho. Lo ingenuo que puede llegar uno a ser cuando es joven.

El Pajarito se debió dar cuenta de lo poco puesto que estaba en aquello de meterla por el culo (la verdad es que estaba bastante cruo en todo lo referente a follar, pues solo había follado mal y rápido con la Debo), que cogió mi churra y la colocó en su sitio.

Empujé levemente, como si creyera que le iba hacer daño. Al notar que mi solocotroco se iba abriendo camino sin dificultad, comencé a darle ritmo a las caderas. A las primeras sacudidas, Agapito se empezó a quejar.

—¿Te duele? —Le pregunté inocentemente.

—Un poco, pero es lo normal. ¡Tú sigue!

Si cuando sacó la crema y los condones pensé que en la plaza de su culo ya se habían celebrado unas cuantas corridas, cuando me dijo aquello llegué a la conclusión de que allí habían estado más toreros que en la plaza de la Maestranza.

Conforme se la fui metiendo un calorcito me comenzó a subir por la espalda y me tenía muerto de gusto. El hecho de que las paredes estrechas de un ano dejaran pasar mi nabo, me tenía completamente estupefacto. Pero lo que más sorprendido me tenía era la capacidad que el muy cabrón tenía de dilatar  su recto y de encogerlo, apretando con este movimiento mi polla y proporcionándome un placer que, hasta aquel momento, me era desconocido.

Conforme más me concentraba en aquel salvaje mete y saca,  más embrutecio me ponía. Dando como resultado que en mi mente solo había espacio para un pensamiento: follarme aquel culo.

—¡Dame más fuerte! ¡Quiero que me la metas hasta los huevos!—Me gritó Agapito entre quejidos.

Sus palabras fueron el resorte que necesitaba para dejar de portarme bien.  Lo cogí por la cintura y empujé con tanta fuerza que creí que se la sacaría por la boca.

Estaba tan animado con el dale que te pego  que me volví to nabo. Iba tan salido que ya ni me importaba que fuera un tío al que me estaba jilbanando, no me importaba que la gente del pueblo se enterara  e, incluso, no me acordaba que tenía una novia. Tenía la mente en blanco y lo único que me importaba era sentirme a gusto echando toda la leche.

—¡Me cago en la hostia, qué bueno está esto! –Grité completamente fuera de mí, sin dejar de mover las caderas compulsivamente.

El Pajarito no dijo nada, simplemente se limitó a seguir gimiendo como una niñita. Aquello de se hiciera la “muerta” mientras se la metía hasta el forro de los huevos, conseguía que me olvidara que me estaba follando al rarito de la clase, dejaba volar mi imaginación y todavía me ponía más burro.

Me llamo la atención que el ano de Agapito, cuanto más se la metía más grande parecía que se ponía y más fácil era que se deslizara todo mi nabo a su interior. Aun así, seguía alternando los movimientos de las paredes de su recto alrededor de mi polla, lo que aún me tenía más fuera de mí .

Agarré al gachón por la cintura, casi le clavé los dedos y me puse a sacarla y meterla como si me dieran cuerda.

Le debió gustar mucho lo bestia que estaba siendo con él, pues en vez de quejarse o decirme que parara comenzó a decir, entre quejidos, «Más, mas», «No pares, sigue así».

Sus suspiros era como la sintonía que marcaba el ritmo de mi cintura. Sin embargo, aquella canción, como todas, tenía un principio y tenía un final. Apreté mis manos contra su zona lumbar y, abandonándome por completo a la calentura que me dominaba, grité:

—¡Me cooorrooo!

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4 comentarios sobre “¡Pajaritos por aquí! (Inédito)

    1. Hola estimado Ozzo
      Me alegro que te haya gustado. De momento no habrá más relatos inéditos de Iván, pero en cuanto pueda volveré con la continuación en la que ya estoy trabajando.
      Mientras tanto, espero que no te lo estés perdiendo, estoy reeditando el trío del mecánico con Ramón y Mariano
      Un beso y que vaya todo bien

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