¡ Ofú, qué calor! (2 de 4) Inédito

La historia hasta ahora: Paloma, como cada jueves, se pega una juerga monumental. El viernes por la mañana, en plena resaca, recibe una llamada de unos grandes almacenes que le dicen que los técnicos de la empresa le van a llevar los dos aparatos de aire acondicionado a su casa. Cerca del mediodía, Fran y Robert, los operarios de los grandes almacenes, se ponen en contacto con ella para instalarle los electrodomésticos.

Una vez  Paloma le abre la puerta,  Robert espera que su amigo Fran vuelva de aparcar el pequeño camión de reparto.

 —¡Quillo, enseguida va a  poder hacer uno esto en otro mes que no sea Julio! He aparcado en primera fila y la mar de cerquita —Al ver el espacioso garaje, en cuyo interior están estacionados  varios coches de alta gama, un mohín de fastidio se pinta en su cara pues los bienes materiales caros siempre han tenido para él un alto  valor y ahora, más que nunca, sabe que tiene que prescindir de  la inmensa mayoría  de ellos, por lo que añade con un tono bastante despectivo —Pues sí que la titi esta está en el taco: cochera en pleno centro, montacargas y seguro que uno de esos carros es el suyo… ¡Qué suerte tienen algunos y nosotros aquí sudando como cerdos para ganarnos un sueldo con el que no llegas ni a final de mes!

Robert, en un intento de quitarle importancia  a las protestas de su amigo, hace caso omiso a su comentario y se limita a ayudarle  meter la enorme caja en el ascensor de materiales.

Sabe que aunque no se queje, todavía echa de menos la vida de pequeños lujos que se pudo dar años atrás. Está tan resentido con todo lo que le pasó con la maldita crisis que ni ha vuelto a pisar el pueblo costero donde tenía su casa de vacaciones. Para él la nostalgia de aquellos buenos tiempos se ha terminado convirtiendo  en el peor de los suplicios y no poder volver a darle esa vida a su familia le hacen sentirse un fracasado.

Casi en un absoluto silencio marca el botón de la cuarta planta y al constatar que a su compañero se le ha puesto “cara de lunes”, opta por hacer una broma intentando conseguir que cambie  su fruncido ceño por una sonrisa.

—Pues tío, nada más coloquemos esto nos vamos para el queli —Se mete mano al paquete de manera grosera y añade — Hoy estoy de un caliente que me salgo. Esta tarde me voy a ir para la  parienta y le voy a dar un tute que le va a salir leche hasta por las orejas.

—Eso tú, Robert, que no tienes niños. Yo con los dos enanos rondando por ahí, ni follar en condiciones puedo. Solo por las noche y cuando no se viene la mayor a la cama con nosotros porque  dice ha tenido una pesadilla. ¡Si hasta nos ha pillado un par de veces en plena faena!

—¡Vaya manera de cortarte el rollo!

—Ya te digo, que me clavo menos que la alcayata del almanaque.

—¡Ya será menos, peaso cabrón! —Su respuesta al comentario jocoso de su compañero,  está adornada  con una sonrisa condescendiente.

—Que sí hombre, que tengo el nabo con los dedos marcaos como cuando era un chaval…

La puerta del ascensor se abre y la inadecuada conversación llega a su fin, del mismo modo que empezó.

Cuando ambos hombres llegan al descansillo que hay ante la entrada de la puerta de Paloma, adoptan una actitud solemne y llaman al timbre de la puerta.

Su aparente formalidad contrasta con la actitud desenfadada con la que los recibe la dueña de la casa. Vestida con un pijamita compuesto por un ajustado top que cubre mínimamente sus pechos, dejando su barriga al aire y un pantaloncito diminuto que muestra unos torneados muslos. Los dos hombres al ver la atractiva chica rubia se quedan un poco cortados, no solo por la indumentaria que lleva puesta para atenderlos, sino porque es la voluptuosidad personificada.  La dueña del piso tendrá más o menos la misma edad de ellos,  es  delgada, tiene unos pechos grandes, un vientre plano y su pequeño cuerpo está repleto de seductoras curvas. Por unos segundos  Fran y Robert se sienten abrumados ante tanta sensualidad y tienen la sensación de que por allí ha pasado un gato que les ha comido la lengua.

Sobrepasada la sorpresa inicial es Robert quien, envolviendo su timidez con un saber estar inusual en él, rompe el hielo de tan insólita situación.

—Buenas tardes, usted nos dirá en qué lugar de la casa deberemos instalarlos.

Paloma hace un educado mohín de asentimiento y con un gesto los invita a pasar.

En cuanto introducen las cajas en el interior de la vivienda, la atractiva treintañera cierra la puerta. Antes de que los operarios puedan decir una palabra, les invita a seguirla con la actitud propia de las que están acostumbradas a dar órdenes.

Una vez llegan al salón les dice:

—Uno viene aquí —Dice señalando un hueco  de  la pared  en cuyo interior está el aparato averiado —El otro va en el dormitorio.

Robert sigue a la mujer, mientras su compañero se queda desembalando los dos aparatos de aire. Al entrar en la habitación, la cama evidencia la terrible noche  de insomnio que se ha vivido en ella. La mujer, que todavía no se ha despabilado del todo, se da cuenta y se excusa con el operario como buenamente puede.

—Perdonen el desorden, pero esta noche no he dormido nada  con la maldita calor y me he pasado toda la mañana tendida en el sofá.

—No se preocupe. Espacio suficiente para trabajar es lo único que precisamos.

—Los viejos me dijeron el vendedor que se los llevabais vosotros

—No hay problema —Responde Robert a la vez que analiza  el hueco en el que está colocado el aire antiguo —Además  veo que hay espacio suficiente, el aparato nuevo es un pelín más pequeño.

La amabilidad que emana el operario al dirigirse a ella, hace que por primera vez Paloma se fije en él. No es muy alto, aproximadamente uno setenta y cinco, aunque tiene un poco de tripa no está gordo y embutido en la ropa de trabajo tiene un aspecto viril a más no poder. Si a todo eso se le suma que el tío no es feo, unos ojos negros llenos de nobleza y  un cabello azabache que, al igual que su descuidada barba de dos días, lo dotan de una palpable masculinidad, es irremediable que, por unos segundos, la muchacha se sienta atraída por él y termine imaginando como sería tenerlo dentro de ella.

La saca de su ensimismamiento un fuerte vozarrón del otro técnico llamando a su compañero para que traiga uno de los aparatos al dormitorio.

A los pocos segundos, Fran entra con una de las cajas en la carretilla. La coloca en el suelo y se pone a desembalarlo. Irreflexivamente la chica posa su mirada sobre el fornido treintañero. Aunque es menos guapo que su compañero, no está falto de atractivo. Es más o menos de la misma altura,  un poco más robusto y voluminoso. Aunque lo más reseñable de su rostro son sus labios carnosos y sus ojos claros, está casi pelado al cero y luce unas pequeñas entradas que  junto con su nariz porrona le dan un aspecto de macho rudo. Al observar sus rudas y encallecidas manos no pudo evitar fantasear  con lo que se sentiría al ser acariciadas por ellas.

Al darse cuenta de lo inadecuado de sus pensamientos, desvía preocupada la mirada  y les dice en un tono casi ceremonioso:

—Estaré en la cocina, si os hago falta para algo nada más que tenéis que llamarme.

Nada más que abandona el dormitorio, y una vez considera que está lo suficientemente lejos para no oírlo, Fran se acerca a Robert y, tocándose  el bulto de la entrepierna descaradamente, le susurra al oído:

—Crees tú que la gachi esta nos pueda hacer falta para algo.

Su compañero de trabajo lo mira, cabecea  contrariado y le responde en el mismo tono jocoso que él:

—¡Anda, ya te vale!

—Pero, ¿tú has visto cómo está la tía? Si está que cruje de buena…

—Sí, hombre no estoy ciego.

—A mí se me pone a tiro y me la cepillo.

—Muchas películas pornos  me parece que has visto tú. ¿Tú crees que una tía con clase como esa se va a fijar en dos ceporros como nosotros? Anda, déjate de mamoneo y aligera que cuanto antes terminemos, ante nos vamos.

******

Paloma está preparando el almuerzo, los técnicos de “La Confección Inglesa” se han presentado cerca de las dos de la tarde, por lo que se ha llevado toda la mañana durmiendo en el sofá. Mientras corta la verdura, vuelve a fantasear con tener sexo con los dos individuos que le están instalando los aparatos de aire acondicionado.

Está dejando tanto volar la imaginación que hasta se pone un poco cachonda. « ¡Joder, cada día estoy más salida y no perdono ni uno!», se recrimina mientras se relame el labio e  intenta borrar los pecaminosos pensamientos de su mente. Fantasías que se niegan a irse, como si estuvieran empeñadas en convertirse en algo real.

Tras prepararse una ensalada y sazonar debidamente para la plancha unos  filetes de pechuga de pollo, encamina sus pasos al salón. Por lo que puede deducir, mientras ella ha preparado el almuerzo, ya le han dejado instalado el aparato del dormitorio, pues se disponen a colocar el correspondiente al salón. Intentando pasar desapercibida, no hace ningún ruido y se pone a observar cómo trabajan silenciosamente.

No son el prototipo de belleza que venden en la publicidad y en las revistas de moda, no tienen nada que ver con los metrosexuales que se lleva a la cama normalmente, pese a esto, o quizás por ello, cuanto más los mira, más aumenta su atracción hacia los dos fornidos tipos. De siempre  ha tenido la convicción de  que los uniformes de trabajo incrementan la hombría de quien los lleva y,  en el caso de estos dos, su teoría no puede estar más acertada.

Los observa trabajar, al  usar las herramientas y mover el electrodoméstico a lo largo de la sala, sus músculos  se tensan bajo el  ajado uniforme, sus rostros se contraen en una brutal mueca por el esfuerzo, todos sus movimientos  emanan una virilidad que alimentan su libido de un modo brutal. La excitación que la embarga al mirarlos es tal,  que se queda completamente extasiada en la entrada del salón, como parada en el tiempo.

Está tan sumida en degustar las feromonas que desprenden la actividad que se desarrolla  en el salón de su casa, que no se percata que Fran ha girado la cabeza hacia donde está ella y le dedica toda su atención. Los ojos del hombre se clavan en la mujer y la recorren  sin pudor de abajo arriba, hasta que se encuentran con los suyos, enfrentándose ambos  en un desvergonzado duelo para  demostrar quién de los dos tiene la situación bajo control.

Lo fácil para Paloma hubiera sido desviar la mirada,  bajar la cabeza y darse la media vuelta ninguneando al operario en su afán de seducirla, pero en vez de eso le mantiene el pulso. La tensión sexual que surge entre los dos a los pocos segundos se puede cortar con un cuchillo, por un momento ignoran la presencia del su compañero y el calvete, de forma descarada e impúdica, se lleva la mano a la entrepierna y aprieta burdamente su paquete.  La  respuesta de la  atrevida mujer es la de morderse libidinosamente el labio, dejando que el deseo que la desborda gobierne por completo cada punto de su expresión facial.

Robert no da crédito a lo que ve, el bombón rubio está coqueteando con su amigo y este se le está insinuando sin ningún reparo. Lo morboso de la situación propicia que  su pene  se despierte y comience a palpitar levemente dentro de su ropa interior, irreflexivamente lleva la mano a su paquete y agarra con fuerza su aparato genital.

Paloma divide su atención entre los dos machos que tiene ante ella, no es la primera vez que se enfrenta a un trío, pero en las  muchas otras ocasiones tenía la coartada de estar desinhibida por  unas cuantas copas sazonadas con alguna raya de coca. Hoy está resacosa, muy salida y la poca sensatez  que le resta no puede batallar con las enormes  ganas de sexo que bullen en su interior. Sin meditarlo ni un segundo decide que hoy va a follar con los dos machos que tiene delante de ella, por lo que  avanza hacia ellos  con un caminar sigiloso y cautivador como el de un felino.

Los dos operarios se miran atónito, no necesitan intercambiar ninguna palabra entre ellos para saber que les acaba de tocar la lotería. Aunque no han participado nunca juntos en un trío, ni en una orgia, ni en nada parecido, hay tantas horas de confidencias entre ellos que no tienen ningún reparo en compartir una tía tan espectacular como la que tienen delante, pues esas ocasiones se presentan muy pocas veces en la vida  y saben que hay que aprovecharlas.

La mujer una vez llega a ellos, le pasa la mano por el pecho a ambos mientras los mira seductoramente y mordiéndose morbosamente el labio inferior. Los dos hombres al sentir los dedos de Paloma acariciarlos no pueden evitar lanzarse una mirada de complicidad y  resoplar a la vez que se hacen un guiño de sorpresa.

Aquel gesto es  la batería que necesita Paloma para dejar que sus dedos resbalen por su abdomen hasta llegar a su entrepierna. Aprieta fuertemente el aparato genital de ambos y jadea levemente, dejando que  en su rostro asome una mueca de  libidinosa satisfacción.

Sin embargo, su satisfacción no es completa, pues algo debe estar haciendo mal pues los dos  no están igual de excitados. La polla de Robert, al contrario de la de su amigo que está empalmado a más no poder , simplemente  tiene una leve erección. Por lo que decide que deberá esmerarse más con él, si quiere disfrutar del trio de la manera que espera.

 Mientras ella acaricia golosamente sus paquetes, una de las manos de Fran va a parar a uno de sus pechos y lo comienza a magrear contundentemente. El otro operario, que todavía no sale de su asombro, al ver las libertades que se toma su compañero con su clienta y, aparcando las posibles reticencias ante las consecuencias que sus actos puedan tener, se concentra en vivir un momento que le parece irrepetible. Inevitablemente una de sus manos va a parar a las nalgas de Paloma, es sentir la dureza y firmeza de esta bajo sus dedos e irremediablemente su pene se comienza a llenar de sangre, consiguiendo que a los pocos segundos llegue a estar  tan duro como una piedra. Por lo que la mujer, consigue su objetivo de tener para ella dos pollas súper duras, sin tener que mover un músculo.

En unos breves instantes el deseo crea un vínculo de complicidad entre los dos hombres y la mujer, quienes sin intercambiar palabras se sumergen en la vorágine del sexo. Los labios de Robert buscan los de Paloma, quien le da un ligero muerdo para reclamar los de su amigo, cuando las bocas de la empresaria y el electricista calvete se tocan saltan las chispas y sus lenguas comienzan a bailar frenéticamente, como si quisieran fundirse.

Paloma, sin dejar de magrear los paquetes de ambos,  pega su cuerpo al de Fran. Como una gata en celo,  restriega sus senos contra el sudado tórax, mientras le pega pequeñas e indoloras dentelladas en los labios. El operario, a pesar de que tiene sexo de manera regular con su mujer, quizás por estar atrapado en la cárcel de la monotonía, hacía tiempo que no se sentía tan deseado y eso lo pone tremendamente cachondo.

Por unos segundos, Robert se siente desplazado, como si estuviera de más. La chica se da cuenta de ello y le pide,  mediante un gesto y con una naturalidad pasmosa, que se una a la pequeña fiesta. En un primer momento está tentado de rechazar aquel ataque contra su hombría, pero la forma determinante con la que su amigo tira de él  acaba con cualquier oposición  y acaban uniéndose a un lujurioso beso a tres.

A Fran le da un poco de asco notar los labios de su amigo cerca de los suyos, pero lleva tanto tiempo sin disfrutar de una sesión de sexo guarro que lo acepta  como el pequeño peaje que debe pagar por estar con un pivón como Paloma.

Robert siempre había tenido curiosidad por saber que se sentía al besar a otro tío, pero era un deseo tan secreto que ni siquiera se lo confesaba a sí mismo. Que haya sido Fran quien haya tomado la iniciativa para ello, le quita  cualquier problema de conciencia ante él y tener que darle explicaciones.  Le cuesta admitirlo, pero la saliva de su amigo sobre sus labios ha propiciado que la verga se le ponga aún más dura. Está tentado de alargar la mano hacia el paquete de su colega y comprobar si su nabo es  tan grande como parece el bulto que se marca en su pantalón, pero se queda con las ganas, pues es un puente que no encuentra la valentía para cruzar.

Paloma está disfrutando de lo lindo con la situación, es de la teoría que todas las personas encierran un bisexual en su interior. Algo que la experiencia le ha demostrado con sus eventuales novios, quienes, en más de una ocasión,  terminaban declarándose heterosexuales curiosos (Maricones en contrato de formación según la particular forma de ver las cosas de su amigo JJ).

Sin embargo,  a diferencia de los rudos machos que besan sus labios, sus ligues no hacían alarde de una masculinidad y virilidad tan abrumadora, eran prototipos de niños guapos con muchas horas de gimnasio a cuestas y demasiado tiempo mirándose al el espejo. Por lo que para despertar la curiosidad por el sexo gay en ellos, fue siempre de lo más fácil.

Tensar la cuerda y jugar con las  reacciones de los dos recios machos  ante lo que ella les propone,  le está produciendo más placer que el propio sexo en sí. Sabe que si quiere que  se lo monten entre ellos, se lo va tener que currar, sin embargo es consecuente con que la recompensa merece la pena.

Saca  soezmente su lengua fuera y fuerza a que la de los dos hombres se una a la suya, al ver que no se niegan y ambos acceden a sus caprichos sin rechistar, se siente como si hubiera ganado una batalla. Aunque también es consciente de que todavía le queda mucha guerra que pelear para poder jactarse de su victoria en el malicioso plan que ha comenzado a elucubrar.

Sentirse triunfadora la pone más caliente aún y, con una facilidad más que pasmosa,  saca estrepitosamente los miembros viriles de ambos hombres fuera de sus pantalones.

Tal como suponía ambos están bien dotados, pero aunque la polla de Robert no es pequeña, pues posee un largo y anchura más que respetable. Lo que tiene Fran entre medio de las piernas es para hacerle la ola, aunque tiene una altura similar a la de su compañero de trabajo,  es bastante más gordo y  si a eso se le añade la  vena ancha que recorre todo su tronco, no es extraño que a Paloma le termine pareciendo de lo más apetecible.

Súbitamente, deja de besar a los hombres y acerca sus labios al erecto mástil para devorarlo, sin embargo el olor a sudor y orín que emana hacen que se le quiten todas las ganas de saborear aquella golosina sexual.

Levanta la cara con cierto fastidio y Robert, quien se ha dado cuenta de lo ocurrido, con el descaro que lo  caracteriza, le dice:

—¿Qué quieres mujer? Llevamos todo el día currando, no querrás que huela a flores de la Toja.

Paloma cabecea levemente y, con absoluta naturalidad, le responde:

—Nada que no se quite con una ducha, ¿no?

Continuará
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