¡ Ofú, qué calor! (1 de 4) Inédito

26 de Julio del 2012

Paloma se levanta empapada hasta la medula de sudor. Ha dormido completamente desnuda y ni aun así ha conseguido sofocar el calor que la invade. Ni el climatológico, ni el que persigue palpitando en su vientre implorando una sesión de sexo. Se acostó anhelando las atenciones sexuales de una compañía masculina y unas escasas horas de sueño no han mitigado ese calor que sigue bullendo en su interior.

Se lleva la mano a la entrepierna y palpa su sexo. Fue rozar su raja con sus dedos y sintió como su cuerpo palpitaba del modo más libidinoso. Si no estuviera tan cansada del sexo solitario y tuviera tanto calor, saciaría su lujuria frotando su clítoris hasta alcanzar el clímax. Pero hoy lo que necesita es alguien en su cama, alguien que la haga gritar de placer.

Anoche, como cada jueves, salió de marcha. Unas cuantas copas, unas risas, unas frívolas charlas y sentirse deseada era lo único que necesitaba para sentirse mejor. Un propósito sencillo que debería haber culminado con un atractivo chico en su cama. Un plan que lo tenía todo para ser exitoso, pero que terminó fallando pues la ley de Murphy parecía haberse aliado con los astros que, según ella, regían su destino.

El primer contratiempo fue que la mayoría de sus conocidos estaban fuera de la ciudad, pues habían iniciado las vacaciones veraniegas y los que permanecían todavía en Sevilla debían trabajar al día siguiente, por lo que, los más rezagados, decidieron que pasada la medianoche era buena hora de irse para casa.

Cuando el último de su grupo de amistades se despidió, se quedó  en la única compañía de sus tremendas ganas de fiesta. Una vez se quedó sola, su  único divertimento consistió   a ir de bar de copas en bar de copas, anhelando encontrar  alguna cara amiga que pudiera cambiar su triste rutina por un rato de ansiada felicidad.

Unas horas de búsqueda infructífera propiciaron que sus pasos la llevaran a una de las discotecas de  moda de la ciudad. Un lugar con gente demasiado joven para ella y donde, detrás de un aspecto de fornida masculinidad, solo encontró a críos que creían ser ya hombres.

Tras pedirse una gin tonic, se sumergió en una casi desierta pista de baile,  donde bajo la estela de centelleantes flashes y al compás de una música machacona, dio rienda suelta a su afán de exhibicionismo e intento coreografiar unos ritmos imposibles.

Pese a que a sus treinta y cuatro años seguía manteniéndose bastante bien, ni su sensual forma de moverse, ni sus torneadas formas consiguieron llamar la atención de la clientela masculina del local. Quienes parecían estar aislados de la realidad, pues se mostraban más preocupados en teclear compulsivamente la pantalla táctil de  su teléfono móvil, que de prestar atención a lo que acontecía a su alrededor.

Agobiada ante tanta indiferencia, busco la ansiada felicidad  aspirando una raya de coca en un mugriento baño. Una delgada línea blanca que se convirtió en una autopista hacia la locura contenida, un estado mental  que le hacía sentirse una persona mejor y más capaz. Una persona  que no se ponía límites ante nada ni nadie.

Un par de rayas y unas cuantas copas más fue lo que precisó para encontrar el valor para coquetear con un atractivo desconocido que , al igual que Paloma,  daba muestras de estar súper pasado.  Un zombi como ella,  inquilino de una noche de exceso, donde la libertad de los que  la habitaban, se confundía con la dependencia da las sustancias que precisaban consumir.

El chaval era  bastante más joven que ella, metro ochenta de virilidad y con unos ojos negros que la sedujeron nada más mirarla. La sola presencia de aquel apuesto muchacho comenzó a despertar su deseo sexual, se puso tan cachonda que hasta   incluso  llegó a sopesar  llevarlo a casa, convertir un polvo  con él  en el salvavidas de su nefasta noche, en el oasis de afecto que necesitaba en su ajetreada y solitaria existencia.

Sin embargo, una de las veces que él aproximó su rostro al suyo, un flatulento vahído al alcohol la invadió, aquel inconveniente unido a una voz trastabillada por la ebriedad, consiguieron  que la poca cordura que le restaba saliera a relucir  y llegó a la conclusión que aquel tipo, tan borracho como estaba, no iba a ser el buen amante que su cuerpo precisaba, por lo que desistió de seguir flirteando con él.

Drogada, bebida y frustrada por cómo se había terciado la noche,   abandonó el local sin siquiera despedirse de su eventual ligue. Tambaleándose levemente llegó hasta la parada de taxis, donde se subió a uno  para que su chofer la llevara a la seguridad de su hogar. Con la mente en blanco y con la mirada perdida,  apoyó la cabeza en la ventanilla lateral para observar como   el paisaje de la  ciudad dormida circulaba ante sus casi apagados ojos.

Al entrar en su vivienda, un atosigante calor le recordó que tenía los dos aparatos de  aire acondicionado de la casa averiado. El del salón se estropeó unos días antes que del dormitorio. Llamó al señor que lleva el mantenimiento de su empresa para que los mirase y este le dijo que lo que se le había ido era el compresor, que se podía reparar pero, como vulgarmente se suele decir, le iba a costar más el collar que el perro y no era ninguna garantía de que siguieran funcionando.

Ante la imposibilidad de poder arreglarlos, decidió comprarse dos aparatos nuevos  con mayor número de frigorías, pero todavía no habían venido los técnicos de los grandes almacenes donde lo adquirió a instalárselo. Algo más que añadir, para que la noche terminará siendo un fracaso de lo más absoluto.

Acostarse tarde y  no poder pegar ojo por el calor, han  terminado convirtiendo su resaca de esta mañana en el mayor de los suplicios. Esta tentada de llamar a su secretario y decirle que está enferma, pero sabe que este mes se ha buscado un par de veces esa excusa para  no aparecer por la empresa y su padre le enseñó que debía predicar con el ejemplo. Por lo que, a pesar del punzante dolor que le aprieta la nuca, a pesar de  lo tremendamente agotada que se encuentra, deberá afrontar su deber como directiva de pro  e ir a trabajar.

Está terminando de tomarse la  primera taza de café de la mañana, cuando suena el teléfono, es un número desconocido por lo que quizás se trate de un tema de negocios.   Durante unos segundos considera no contestar y que dejen un mensaje, pero es de la opinión  que últimamente está siendo demasiado descuidada con sus responsabilidades por lo que se ve en la obligación de responder:

—Dígame —Intenta que su voz suene enérgica, pero los abusos de la noche anterior han hecho mella en sus cuerdas vocales y acaba siendo un esfuerzo más bien vano.

—Buenos días —La voz femenina al otro lado del auricular emana positivismo y simpatía por doquier —, ¿podría hablar con la Señora Paloma Penagos?

—Soy yo —Responde con cierta desgana, pues piensa que se trata de una tele operadora que trata de venderle algo que no necesita.

—Buenos días, le llamamos del departamento de atención al cliente de “La Confección Británica”, en referencia  a los aparatos de aire acondicionado que adquirió el pasado miércoles veinticuatro.

—Sí, dígame. ¿Hay algún problema con ellos?

—No se preocupe, señora,  no  hay ningún problema. Lo que sucede es que como sabíamos que le corría bastante prisa, hemos visto hoy un hueco en el reparto y los operarios se pueden pasar al final de la mañana a llevárselos. Por lo que necesitamos que nos confirme si habrá alguien en el domicilio a esa hora, para comunicárselo a los técnicos.

Durante unos segundos considera la opción de responderle  que no habrá nadie en la vivienda pues ella tiene que salir, pero cuando sopesa estar todo el fin de semana soportando el dichoso calor, olvida los preceptos de su padre y se dice que tiene la excusa perfecta para no aparecer por la oficina. Sin ningún reparo le dice  a la chica  que ella estará en casa  durante toda la mañana, que se pueden pasar cuando lo estimen oportuno.

Tras colgar a la amable operadora, llama a su oficina.

—Alquilocsur, buenos días.

—Buenos días, Dani. Soy Paloma, pásame con Antonio, por favor.

Unos segundos de hilo musical más tarde, la voz de su secretario le responde:

—Buenos días, Paloma.

—Buenos días, Antonio. ¿Cómo está la cosa?

—Nada particular, terminando los papeles para el impuesto de sociedades y preparando la relación de recibos de alquiler para pasarlos al cobro a los bancos…

—Yo hoy no voy a poder ir por la empresa,  me han llamado de “La Confección Británica”, por lo visto los técnicos del aire acondicionado van  a  poder sacar un rato a lo largo de la mañana y si no lo hacen hoy, ya no pueden instalármelo hasta el lunes pues los sábados  en verano no trabajan.

—… hay una remesa de pagarés que no se pueden presentar telemáticamente, que tienes que firmar para presentarla  en el banco el lunes a primera hora   sin falta…

—Déjamela en mi despacho y yo me paso esta tarde a firmarlo.

—De acuerdo.

—De todas maneras yo voy a estar en casa, si hay algún problema no dudes en llamarme.

—No te preocupes, hoy último viernes de julio creo que va a estar la cosa muy tranquila y  no creo que pase nada que no podamos solventar.

Tras dar las gracias a su secretario, se termina el café, se toma una bebida isotónica para la resaca y se da una relajante ducha.  A continuación, se pone un diminuto pijama y se tiende en el sofá, para fingir como que ve la televisión, mientras aguarda la llegada de los operarios del aire acondicionado.

Las conversaciones de los contertulios de la tele  se van transformando en una nana para su extremo cansancio, cuando de repente el  estridente sonido del teléfono destroza sin paliativos su momento de relax. La pantalla del móvil le revela que es su hermano Adriano. Pese a que no se lleva mal con él, es tan cansino y tiquismiquis que a veces la consigue agobiar un poco. Está tentada de no responder, pero en el último momento saca su lado más empático y  lo hace.

—Dime —Su voz suena desganada a más no poder.

—Paloma, ¿cómo estás?

Está tentada de contestarle de modo jocoso  que tiene un resacón de mil demonios, pero opta por ser comedida y se limita a decirle:

—Un poco agobiada por el calor, pero bien.  ¿Y vosotros?

—¡No lo estamos pasando ideal! Te llamo porque mamá me ha pedido que te diga que quieres  que  vengas este finde a Laredo.  No pongas ninguna pega que lo único que tienes que hacer es subirte a un avión y yo voy a recogerte al aeropuerto de Santander. Total, son solo  unos cuarenta minutos y sabes que no me cuesta nada.

Lo cierto y verdad es que le apetece ir a la casa vacacional de la familia, echa de menos los veranos en la playa de la Salvé, los paseos por el pueblo, las charlas con su madre… Sin embargo, desde que murió su padre y desde que su hermano mayor  Iyán gestiona la herencia materna junto con la parte que le correspondió a él, no se siente a gusto entre los suyos.   Oír al arrogante y soberbio primogénito de la familia haciendo  constantemente alarde  de todo su poder, le crispa los nervios y se ve incapaz de poder fingir lo contrario.

De nunca había congeniado con él, pues es el clásico individuo que está acostumbrado a salirse con la suya y a que todo el mundo haga su voluntad sin rechistar. Como Paloma no es de bailarle el agua a nadie, siempre han chocado. Si a eso se le suma que ella ha pasado la treintena y no tiene pensamientos de casarse, que tiene una vida libertina donde los novios le duran lo que a un niño un dulce, las constantes y descaradas  críticas de Iyán  hacia sus elecciones personales no hacen más que recrudecer una situación que cada vez es más tensa y que lo único que consigue es disgustar a su madre.

Dado que no le apetece nada de pegarse un ajetreado viaje para terminar entrando en trifulcas absurdas y que no benefician a nadie, rehúsa amablemente la invitación de su hermano excusándose en que tiene muchos y muy importantes asuntos que resolver durante el fin de semana.

—Ya le dije a mamá que no ibas a querer venir, pero ella insistió en que te llamara.

—De verdad, chiqui, que tengo mucho jaleo este finde. Pero dile a mami que en cuanto pueda sacar un rato subo para casa y estoy unos cuantos días con ella. A todo eso, ¿que tal lo estáis pasando? Seguro que genial…

Unas cuantas protocolarias frases después cuelga el teléfono. Le sabe mal  mentir a su hermano, pues realmente tiene ganas de  ver a su familia, pero las desavenencias con Iyán son muy grandes y no está dispuesta a que su  misógino hermano la vuelva a tratar como si fuera basura, por el hecho de ser mujer y  no vivir su vida bajo los rancios preceptos que a él le gustarían.

Se tiende en el sofá y deja que la soñolencia la acompañe, al tiempo que  su mente intenta digerir los contenidos televisivos mañaneros. Sin poderlo remediar, cierra los ojos y se queda dormida.

******

Fran y Robert llevan siendo amigos toda una vida. Ambos nacieron en Coria del Rio, fueron al mismo colegio, se echaron novias al mismo tiempo y desde hace un par de años hasta trabajan juntos. Se conocen tan bien y hay tanta complicidad entre ellos, que a veces, y de broma, se refieren el uno al otro como “su novio”, aunque entre los dos nunca ha habido nunca nada sexual,  pues si algo tienen  bastante claro el uno del otro  es que le gustan las mujeres más que comer con los dedos.

Aunque ambos se sacaron el título de técnico electricista, Robert consiguió rápidamente un puesto  en “La Confección Británica” y pese a que sus labores en un principio eran las  funciones de mantenimiento,  una restructuración en la plantilla hizo que terminará como técnico-repartidor de los electrodomésticos al domicilio de los clientes. Una labor bastante dura, con un horario bastante fastidioso y que está lejos de aquello para lo que se preparó.

Fran, por su parte,  se colocó en una empresa de instalaciones eléctricas. En el período del “boom inmobiliario”  tuvo una época de mucho trabajo y muy bien pagado. Durante unos años de bonanza desmedida su  tren de vida estaba lejos de ser el que le correspondería por su rango salarial a  un electricista. Para dar a los suyos y a él mismo,  todo aquello que creía que se merecían,  hipotecó su vida a largo plazo con un leitmotiv basado en un  vive ahora y paga en eternos plazos.

La crisis financiera hizo su aparición  y las constructoras cesaron de solicitar los servicios de la firma que lo empleaba. La gran mayoría de ellas dejaron de abonar las cuantiosas facturas pendientes por lo que, casi de un día para otro, los beneficios de la pequeña empresa se transformaron en  enormes pérdidas. Situación que   llevó a sus dueños a despedir a la mayoría de la plantilla. Con un subsidio de desempleo que no alcanzaba para pagar sus inmensas y cuantiosas deudas, se vio obligado a malvender la casa de la playa y a aceptar cualquier tipo de empleo por precario que fuera para poder ir sobreviviendo.

Cuando el compañero de su amigo Robert se jubiló, este vio la oportunidad ideal para sacarlo de la mala situación económica en que se encontraba. Consiguió mover los hilos con su jefe directo,  y tras convencerlo de que Fran era la persona idónea para el puesto, pasó a ocupar la vacante libre.   Algo por lo que estará eternamente agradecido, pues pese a que la jornada laboral es larga y el sueldo no es para tirar cohetes, está bastante bien para los tiempos que corren. El compañerismo que hay entre ellos hace la tarea más agradable y, aunque no paran de faenar, las horas se le pasan volando la mayoría de las veces.

Hoy, la última entrega la tienen en el centro de Sevilla, un lugar donde normalmente no solo el tráfico es agobiante, sino que aparcar se convierte en una tarea que roza lo imposible. La suerte es que es el último viernes de julio y aunque es hora punta, se puede transitar fácilmente por la ciudad pues  parece que un gran número de los vecinos de la zona han aprovechado el fin de semana para disfrutar de las costas cercanas y el número de vehículos circulando es  bastante menor de lo habitual.

Su jefe les pidió esta mañana,  casi como con un favor personal, que dejaran instalado  sin falta dos  aparatos de aire acondicionado, aunque tuvieran que prolongar un poco su jornada laboral. Como el hombre se porta bien con ellos, no se han podido negar. De todos modos  es la última tarea que deberán hacer hasta el lunes y  la afronta con la alegría que da el terminar.

—¿Robert, por qué tenía tanto interés el Jaime en que dejáramos esto listo hoy? —Pregunta Fran mientras aparca el camión en doble fila para bajar las cajas.

—Por lo visto es una titi muy pija que está en el taco y que es muy buena clienta… También me parece que su hermano tiene algunos negocios con ella.

—Quillo,  ¡lo que yo te diga!, que este puto mundo está montado de una manera que quien no tiene padrino no se bautiza.

En la calle hace un sol de justicia, faenar a esta temperatura es una tarea de lo más dura y el sudor que mana de los poros de la frente de ambos hombres es una muestra de ello. Con ayuda de una carretilla, bajan las dos  enorme cajas y una vez la colocan en la calzada, Fran busca un aparcamiento para el vehículo, pues según le ha dicho su amigo, los aparatos son  un modelo nuevo y su instalación es un poco más complicada de lo normal, por lo que tendrán que hacerla entre los dos sino quieren tardar más de lo necesario.

Robert llama al porterillo del piso de Paloma. El primer timbrazo no tiene respuesta, aguarda el tiempo prudencial y vuelve a pulsar el botón del audífono de nuevo. Está considerando que no hay nadie en el domicilio cuando, al tercer aviso, le responde una voz femenina apagada y soñolienta.

—¿Siiii?

—Buenos días, ¿la señora Paloma Penagos?  Somos los técnicos de “La Confección Británica” y venimos a instalarle sus dos aparatos de aire acondicionado.

Unos segundos de silencio y la mujer, con una voz más contundente, le responde:

–¡Ah, sí!… Id, por favor, para la puerta del garaje que hay en la puerta lateral del edificio… Os abro y los podéis subir por el montacargas que es bastante más cómodo que el ascensor.

Continuará…

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