Algo tan bello, algo tan doloroso… (Inédito)

Historias de un follador enamoradizo

Episodio 22:

Enero 2002

Hay instantes muy importantes. Tan transcendentales que se terminan convirtiendo en una foto fija que se ancla en nuestra memoria. Si la vivencia es satisfactoria, la nostalgia es el sentimiento más negativo que nos puede embargar. Si, por el contrario, la experiencia es desapacible, evocarla, irremediablemente, puede ser de lo más fastidioso y deprimente.

Si esta hipótesis la trasladamos al plano sexual. Entre los recuerdos que suelen tener especial relevancia para los homosexuales, está el de la primera vez en que nos dejamos penetrar.   Da igual que sea demasiado breve y poco placentero, es un suceso que nos marca en mayor o menor medida. Máxime si lo hacemos influenciado por el hechizante influjo del amor.

El amor, algo que está sobrevalorado y que, en muchos casos, suele estar disfrazado de estereotipos ajenos, de clichés vendidos por empalagoso creadores del celuloide o compositores de melodías para adolescente. El ser humano puede llegar a extremos de simpleza bastante altos y, como si fuera un simio, se limita a buscar la felicidad del mismo modo que la encuentran otros. Sin preguntarnos, si esa vida de otros es la que precisamos o la que realmente nos haría sentirnos plenos.

En mi experiencia personal, el amor apareció por primera vez con Enrique, alguien a quien idolatraba y admiraba de un modo enfermizo y a quien entregue mi virginidad anal en los primeros meses de nuestra relación.

Esa persona me marcó tanto que no creo que llegue nunca a reponerme de su paso por mi vida. Su capacidad egoísta de manipularme y de retorcer mi realidad, consiguió que, tras nuestra ruptura,  me transformara en un individuo menos confiado e irascible, alguien que, de no ser por la ayuda de mis amigos, hubiera llegado a perder la  fe en la especie humana.

No hay una vez que me acuerde de él, que no me haga la misma pregunta a la que soy incapaz de responder: « ¿Cómo diablos me pude enamorar de alguien tan intrigante y tan tóxico? ¿Qué pude ver en una persona tan egocéntrica y con tan poca empatía? ».

Siempre que mi memoria se empapa de nuestro tiempo compartido, un recuerdo se deshilacha y toma forma: La primera vez que me deje penetrar. Algo que provocaba en mi reacciones que van desde la nostalgia, hasta la completa repulsión, pues aquella vivencia no terminó siendo para nada como mi imaginación cultivada en un montón de telefilms de sobremesa había supuesto.

Tras casi un mes sin apenas poder vernos por culpa de nuestros compromisos navideños, Enrique y yo teníamos una noche solo para nosotros. Una velada que finalizó en su casa para tomar una copa, una copa que dio paso a un apasionado beso, un beso que concluyó conmigo prostrado ante su entrepierna y  saboreando de manera golosa su nabo. Algo que, aunque me cueste admitirlo, me excitaba de sobremanera y me resultaba de lo más satisfactorio.

No obstante, los planes de mi ex no pasaban por correrse en mi boca tal  como sucedió en la primera ocasión que tuvimos sexo. En aquella ocasión quería algo más y, apartando amablemente su polla de mis labios, me lo hizo saber. Aunque su actitud no era tosca, aquella imprevista interrupción me hizo sentir mal, como si me estuviera privando de algo, como si el placer que le regalé en nuestro inicial encuentro sexual no hubiera sido suficiente para él.

Mi sensación de rechazo no podía estar más equivocada, pues la realidad era otra bien distinta. No me estaba negando nada, sino que por el contrario me estaba ofreciendo probar una variedad sexual desconocida para mí: ser penetrado por primera vez.

En la boca del estómago, un pequeño nudo se había convertido en el dueño de mis actos y no me dejaba pensar con la debida claridad. Sentí como, poco a poco, iba perdiendo el control de mis emociones y un sobrecogedor escalofrió se acomodó a lo largo de mi espina dorsal. Una sensación de vértigo constante se apoderó de mí e, incapaz de decir nada medianamente coherente, bajé la cabeza y la hundí entre los hombros, como si intentara hacerme más pequeño, desaparecer.

Tragué saliva e intente limpiarme con la yema de los dedos, mis palmas sudorosas. Mentiría si dijera que me encontraba a gusto, afrontaba aquello más como obligación que como algo que me pidiera mi libido. Deseaba a mi ex como a nadie hasta aquel momento, no obstante la asimilación de mi sexualidad iba más despacio que lo que él precisaba y no estaba todavía preparado para albergar su virilidad en mi interior.

Aquel hombre me hacía sentirme tan dichoso y era tan feliz a su lado que una parte de mí quería satisfacerlo cediendo a sus deseos. Otra parte de mí, estaba aterrorizada. No por el daño que me pudiera ocasionar una profanación que se me antojaba como mínimo violenta. Mi cobardía era la exteriorización absoluta de  mis inseguridades, temía que mi veterana mojigatería pudiera convertir aquella primera experiencia en otro de los pequeños desastres de mi existencia. Algo para borrar de mi  cuaderno de los recuerdos.

Enrique me tomó la mano de un  modo de lo más gentil y me ayudó a levantarme. Sus hermosos ojos verdes me regalaron una mirada llena de generosidad. Me deje envolver en el aparente halo de bondad y, aunque seguía sin tener a mis nervios bajo control, me sentí la persona más afortunada del mundo.

—¡Ven conmigo, mi niño! Te voy hacer disfrutar como nunca.

Sus palabras fueron para mí como cantos de sirenas e irremediablemente viajé a la deriva, sin importar encallarme contra afilados arrecifes que pudieran desgarrarme hasta la medula.

Intenté agarrarme al fulgor esmeralda de sus pupilas, como si fuera la tabla que me pudiera impedir naufragar. Creyéndome a salvo en su compañía, confiando ciegamente en la persona que tenía al lado, me dejé llevar hacia un lugar que se me antojaba tan inhóspito como inseguro.

Con una sonrisa picarona me invitó a que lo siguiera, irreflexivamente hice lo que me pedía. El influjo de la pasión y el amor son capaces de derribar los muros más resistentes. Los míos no debían ser muy fuerte,  pues me rendí  fácilmente por completo a su magnetismo animal y caminé tras de él como si fuera un ratón que persiguiera las hipnóticas notas del flautista de Hamelin.

No me sorprendió que nuestros pasos se dirigieran hacia el dormitorio. Lo que si me dejó sin palabras fue lo que me encontré en el interior en el momento que Enrique empujó ceremonialmente la puerta y me invito a pasar.

Si mi pecho albergaba la más mínima duda sobre el paso tan decisivo que me disponía a dar, lo que vi me dejó claro que aquel hombre estaba tan enamorado de mí, como yo de él. Nunca nadie se había volcado tanto en mí y el encanto que emanaba cada uno de sus actos me hacían prendarme aún más de él. No sé cuánto había de pose y cuanto había de espejismo, lo que sí sé es que durante mucho tiempo solo fui capaz de ver a través de los ojos de mi ex y el amor se fue convirtiendo, en vez  de un sentimiento que me hiciera más libre, en una completa dependencia de él. Su persona era el lugar del que nunca me quería marchar y al que siempre quería volver.

Hoy en día pongo en duda si lo que buscaba con aquella decoración de su habitación era agradarme o simplemente era un mero instrumento más para la enorme manipulación que ejercía sobre mí. La persona que soy hoy no lo ve como algo romántico, sino  como una cursilada propia de las vidas y emociones fingidas que nos vende Hollywood en sus comedias románticas, sin embargo, he de reconocer que todo aquel attrezzo hortera, tocó mi fibra más sensible, sacó el Mariano más tierno y me hizo sonreír bobaliconamente.

Por unos instantes sentí que vivía algo parecido a la felicidad. Confundí  el amor con el sentirse deseado por alguien hasta el punto de montar toda aquella parafernalia. Si en algún momento había tenido alguna cautela con Enrique, se quedó aparcada fuera de la habitación y me metí por completo en la empalagosa escena que habían construido para mí.

Sobre unas sábanas de seda negra, había extendido un sinfín  de pétalos de rosas blancas. La iluminación era tenue, acariciando de cerca la penumbra, y un  delicado aroma floral flotaba en el aire. Sin darme tiempo a decir nada, cogió un mando a distancia que descansaba sobre la cómoda de madera que había junto  a la puerta, pulsó una tecla y  una conocidísima balada comenzó a sonar,  fulminando con ello el agobiante silencio que yo no era capaz de derrotar con mis palabras.

Me agradaba todo aquello de un modo que hoy, en la distancia, me cuesta comprender. Sin embargo, aunque lo que se mostraba tras aquella puerta despertaba en mi emociones parecidas a la felicidad, me encontraba como bloqueado, parado en el tiempo.

—¿Te gusta como lo he preparado todo? —Preguntó con cierta dejadez, como si obligatoriamente mi respuesta no pudiera ser  diferente de un sí.

—¡Por supuesto! —Respondí preso del jubilo.

Apreté fuertemente su mano entre la mía y le regalé una alelada sonrisa. El mostró una profunda determinación en su semblante y acarició con la yema de sus dedos la palma de mi mano.

Fue sentir el roce de su piel con la mía y un placentero escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Busqué sus brillantes ojos verdes y cuando nuestras miradas se cruzaron le sonreí complacido.

Como si aquel gesto de aprobación por mi parte fuera el pistoletazo de salida de una precipitada y deseada carrera hacia el sexo. Soltó mi mano y comenzó a desnudarse.

Una vez se quitó el jersey, al ver que yo estaba inmovil bajo el arco de la puerta, se vino para mí.

—¿Qué te pasa, corazón? ¿No te apetece acaso?

—Claro —Musité esforzándome por resultar creíble —Lo que pasa es que no me esperaba esto. Es todo un detallazo por tu parte.

Se acercó a mí, ciñó sus manos a mi cintura, al tiempo que pegaba libidinosamente su pelvis a la mía, cogió mi barbilla tímidamente entre sus dedos y, tras pegarme un corto piquito, me dijo:

—Yo por mi niño soy capaz de todo.

Escuchar aquellas palabras de aquel hombre, que significaba todo para mí, mi alfa y mi omega, mi génesis y mi ocaso…, propició que el pulso se me acelerara de forma galopante.

«Conocer a Enrique es lo mejor que me ha pasado»— Me dije súper convencido, al tiempo que enredaba mis manos a su cuello y le propinaba un soberano muerdo.

Hoy, sabiendo lo que sé, ignoró si todo aquello era un paripé para conseguir su objetivo o su forma de comportarse conmigo era sincera. Pese a que durante un tiempo me importó, hoy es algo que me trae sin cuidado. Me gustaría recordar los buenos momentos que viví con él, pero la sombra de sus mentiras solo me muestra lo ingenuo e imbécil que puedo llegar a ser.

Con las chispas de la pasión refulgiendo en mi cerebro como fuegos artificiales, procedí a desnudarme. Me desprendí de la ropa sin prestar atención a lo que hacía, de un modo casi mecánico, pues era incapaz de apartar los ojos de mi ex quien me parecía el hombre más guapo, más varonil y más deseable del mundo.

Su físico, aunque estaba lejos de los estándares  que la publicidad nos vende, era de lo más suculento y para mí, que bebía los vientos por él, era la perfección personificada . No sabría decir que me embelesaba más de Enrique, si la masculinidad de su rostro o ese cuerpo que emanaba hombría a espuertas. Fuera lo que fuera, me excitaba de sobremanera y dejar que me penetrara, aunque era algo que no deseaba ni por asomo, me parecía un diezmo pequeño para compensar  todo lo bien que me hacía sentir.

En el momento que yo estaba medio desnudo, él se había despojado de toda su ropa a excepción de un ajustado slip por cuyo borde se asomaba la cabeza de su erecto  miembro viril. Ver como se marcaba la delgada tela sobre aquel mástil de carne hinchado por la sangre, enervó mis sentidos  de forma abrupta y el deseo se adueñó de mi voluntad.

Su visión me excitó y me acobardó por igual, pues su polla, que no era pequeña, era enormemente gruesa. Por lo que mi ano se me antojaba sumamente estrecho e incapaz de albergar aquel potente miembro. De nuevo, un latigazo de pánico me volvió a parar en el tiempo.

—¡Date prisa, mi niño! —Me dijo con una sonrisa picarona —¿ O prefieres que te ayude yo?

Nunca un silencio mio fue tan ambivalente, mi cabeza gritaba por salir de allí, pero mi corazón quería entregarse a Enrique de un modo que ni imaginaba.

Mi ex me miró y, haciendo uso de movimientos insinuantes, fue reduciendo la pequeña distancia que nos separaba. Una parte de mí se estremecía cuanto más se aproximaba, otra parte de mí deseaba que me abrazara y me besara hasta empujarme al precipicio de la lujuria.

—Pues si mi niño quiere que su “papi” le quite la ropa, yo se la quito —Dijo metiéndome las manos por la parte trasera del pantalón, para terminar acariciando copiosamente mis glúteos.

Estaba como un flan, no tanto por el paso que me disponía a dar, sino por el magnetismo animal que Enrique ejercía sobre mí. Si había alguien en el mundo con la capacidad de poner mis emociones a flor de piel, era él. Fue rozarme con la barbilla uno de los hombros y sentí como los vellos se me ponían como escarpias.

Sería una necedad negarme a mí mismo lo mucho que llegué a querer a aquel hombre, pero lo cierto es que, hasta que tuve sexo con Ramón, nadie había sido capaz de impregnar mi ser con su aroma y conseguir que su ausencia se volviera insoportable. Por eso, ando con pies de plomo con todo él que se cruza en mi camino. Por eso, aunque estoy tan necesitado de amor, cuando el compromiso se aproxima a mis relaciones, no puedo evitar salir corriendo.

Más de diez años más tarde, lo que ocurrió aquella noche en su casa sigue estando presente en mi memoria. Como si hubiera sido un libro que hubiera releído mil veces. Un recuerdo difícil de borrar. ¡Estaba tan locamente enamorado!

Entre besos y caricias, como si de una coreografía ampliamente ensayada se tratara, me fue quitando la ropa.  Antes de que me pudiera dar cuenta, únicamente me cubrían unos slips, bajo los que se adivinaba una más que aparente erección.

Sentí como un pequeño escalofrío me recorría de arriba abajo y no pude reprimir un ligero temblor. Ronroneé como un gatito a quien su amo le acariciara la espalda. Si en algún momento mi voluntad había tenido alguna relevancia en aquella escena de mi vida, perdió cualquier protagonismo y pasó a ser un mero figurante.

Mi ex se colocó tras de mí y rodeó con sus brazos mi pecho. Sentir la dura protuberancia de su entrepierna contra mis nalgas, propicio que me invadiera un gran desasosiego, al tiempo que noté como mi polla prosiguió poniéndose más dura, como si mi excitación no tuviera límites.

Empujándome suavemente me fue dirigiendo  hacia la cama, una vez llegamos a ella, me invitó a que me pusiera de rodillas sobre el lecho de pétalos. Metido de lleno en mi rol de sumiso, obedecí sin rechistar.

Con la furia que suele acompañar a la pasión, tiró de mis slips para atrás, dejando mi culo al descubierto.

—¡Joder, Mariano! Tienes uno de los culos más bonitos que he visto.

Si con aquel piropo pretendía alimentar mi ego, lo consiguió por completo. Como un caballo a quien le enseñan la zanahoria,  dejé que hiciera conmigo lo que le apeteciera.

Se agachó tras de mí, apoyó las  manos sobre mis nalgas y las fue abriendo suavemente para tener mejor acceso a su interior. Tras olisquearme de manera delicada el ojete durante unos segundos, posó su boca sobre él y comenzó a lamerlo muy despacio.

Los primeros lengüetazos, quizás porque estaba demasiado tenso, no los disfrute demasiado.  Sin embargo, en cuanto me conseguí relajar un poco, un cumulo de sensaciones placenteras me invadieron e, irreflexivamente, me puse a gemir.

Mis suspiros alimentaron aún más  la vanidad de Enrique, pues aumentó el ritmo de su lengua y se volcó al mil por cien en el formidable beso negro que me estaba practicando. Lo que en principio fueron unas pequeñas lamidas, se convirtió en una salvaje satisfactoria comida de culo.

Por momentos, como era tanto lo que gozaba con aquello, hasta llegue a sopesar que lo de que alguien te penetrara podría ser igual de placentero. Mi ingenuidad desconocía que la empatía tenía mucho que ver en que los dos implicados en el sexo anal disfrutaran por igual y que, la persona por la que yo estaba completamente colado, había estado enfermo el día que explicaron la importancia que tenía el ponerse en lugar del otro.

En el momento que consideró que estaba bastante humedecido, mi ex se sentó en el filo de la cama y apoyó el antebrazo izquierdo sobre mi zona lumbar, mientras con la otra mano acariciaba morbosamente mis glúteos.

Tenía sentimientos encontrados y equidistantes, ansiaba con la misma intensidad ser penetrado que me aterrorizaba. Sin embargo, por lo mucho que creía querer a aquel hombre, me metí de lleno en el rol de sumiso y acaté lo que venía como una especie de obligación. Un acto que debía realizar para que nuestra relación no se truncara.

Inesperadamente sentí como me daba una sonora bofetada en el trasero. Quise decir algo, pero él, con su elegante soberbia, me tomó la delantera.

—¡Qué pedazo de culo tienes, mi niño! Me llevaba palmeándolo toda la noche.

De nuevo, sus agasajos parecieron bastarme para dejarme someter y consentí que siguiera golpeándome el trasero como si no hubiera un mañana.  A pesar de que me dolía un poco, no me quejé, e incluso, para complacerlo, fingí que me agradaba y enmascaré mis quejidos con prolongados bufidos.

En el momento en que lo consideró oportuno, seguramente porque ya mis posaderas estaban lo suficientemente enrojecidas, dejó de cachetearme las nalgas y se puso a acariciar la parte central. En el momento que dio con el estrecho ojal, lanzó un escupitajo sobre él y se puso a hacer círculos con el dedo. Como si fuera de la convicción de que frotarlo con saliva fuera capaz de agrandar su tamaño.

—Está bastante humedecido, pero no ha dilatado lo suficiente. No te preocupes, ya tengo pensada la solución.

Ignoraba a que se refería con aquello, pero no pregunté. Confiaba ciegamente en él y no quería quedar como un mojigato ignorante. Pulsé el botón off de mi curiosidad  y, cuando él se levantó a buscar no sé qué, permanecí inmóvil, adoptando la sumisa pose de la cabeza sobre la cama y el culo en pompas.

Mi ex no tardó mucho en buscar “el no sé qué”, que no era otra cosa que un bote de lubricante que, de forma ceremoniosa, comenzó a aplicarme en el ojete.

Fue sentir la fría crema sobre mi piel y un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza. Como durante toda la noche, hice un enorme esfuerzo porque no se notara. No sabía por qué, pero estaba obsesionado con estar a la altura, de enfrentar como un hombre lo que me disponía hacer.

La molesta sensación se fue convirtiendo, paulatinamente, en algo agradable y satisfactorio. Sus dedos haciendo círculo sobre mi ano, impregnándolo con el pegajoso gel, era de lo más reconfortante. Por primera vez, desde que crucé la puerta de su casa, me sentía relajado. Tanto que, mi polla que se había adormecido un poco, comenzó a despertar de su letargo.

—¡Relájate, mi niño! Lo último que quiero es hacerte daño.

La sosegada y amable voz de mi ex, si aún quedaba alguna barrera mental  en pie que se negara a dar aquel enorme paso, consiguió derribarla por completo.

«No tengo nada que temer. Enrique me quiere mucho y no puedo negarle algo que él tanto desea, aunque no me haga demasiada gracia». —Me dije en un intento de auto convencerme.

Con la entrada a mis esfínteres completamente lubricada, el primer dedo logró colarse sin demasiado trabajo. Pese a ello, una punzada de dolor trepó por mi espina dorsal. Apreté los dientes como pude, evitando por todos los medios que mi ex pudiera percibir  que era un blandengue.

En el momento que  comenzó a meter y sacar su falange de mi ano, el pequeño suplicio que era tener aquel cuerpo extraño profanando mis entrañas pareció apaciguarse y, aunque no sentía ningún tipo de placer, estaba completamente excitado.

Fue comprobar que un dedo me entraba con facilidad y lo intentó con dos.

Al principio, parecía que las paredes de mi ano no quisieran ceder, pero el tesón de Enrique y mis ganas de complacerlos facilitaron su entrada.

En aquella ocasión, el dolor se hizo más insoportable y por mucho que comprimiera los dientes, un quejido involuntario escapo de mis labios.

Aquel gesto, en vez de contrariar a mi ex, pareció darle morbo, pues, con ese tono sosegado y reconfortante que llevaba adoptando desde que nos internamos en su habitación, me dijo:

—¡Tranquilo, mi niño! Al principio te dolerá un poco, pero después te va a gustar muchísimo… Tienes que aprender a  abrir la mente a sensaciones nuevas.

Otra vez sus palabras se convirtieron en un faro de sosiego, una luz de esperanza  entre tanto pensamiento negativo, un bálsamo para mitigar mis neuras… Cerré los ojos, me relajé y dejé que lo tuviera que pasar, pasara, como si fuera algo inevitable.

Poco a poco, aunque seguía teniendo la sensación de que me partían por dentro, mi recto se fue adaptando a los dos dedos que consiguieron entrar y salir sin apenas dificultad.

—Esto ya está a punto de caramelo.

—¿Y? —Pregunté con un débil hilo de voz.

—Pues nada, que hasta ahora has estado disfrutando tú y ahora vamos a disfrutar los dos.

¿Qué yo estaba disfrutando? ¿Cómo se atrevió a decir aquello? ¿Quizás porque era un egocéntrico incapaz de ver más allá de sí mismo y era incapaz de darse cuenta de  que yo estaba petrificado de miedo?

 Aunque no fue demasiado  explícito, comprendí que  con aquello de que “íbamos a disfrutar los dos”, se refería a que en breve iba a sustituir sus falanges por algo más contundente y ancho; su polla.

Sin poderlo remediar un acuciante pánico se apoderó de mí. Por primera vez estaba siendo consciente del enorme daño que su verga me podía ocasionar. No obstante, permanecí callado y afronté lo que tuviera que venir como una especie de penitencia por ser tan feliz como era a su lado.

Volteé la cabeza y vi cómo se colocaba un preservativo. Su gordo pene envuelto en el tirante látex parecía aún más grueso.  Me volvió a empapar el ojete con lubricante y comenzó a toquetearlo de un modo que se me antojó un poco brusco.

Estaba tan bloqueado y me sobrepasaba tanto todo aquello que, en vez de intentar disfrutar, supliqué en silencio a Dios para que lo que tuviera que pasar, sucediera rápido.

En el preciso momento que colocó su vigorosa polla a la entrada de mi ano, supe que a partir de ahí todo serían pasos hacia delante. Intenté relajarme, concentrarme en cualquier otra cosa que no fuera el suplicio que todo aquello me ocasionaría.

Dejé mi mente volar y, como si fuera el último baluarte de una derruida fortaleza, me refugié en la música que sonaba de fondo. En el momento que las paredes de mi ano se abrieron para dejar pasar la verga de mi ex, mis pensamientos danzaban con la melodía y la letra de una canción de Luz Casal.

♫♫Piensa en mí
Cuando sufras,
Cuando llores
También piensa en mí♫♫

Aquellos versos en vez de tranquilizarme propiciaron que mi lado romántico se volviera de lo más melodramático. Hice mío los sentimientos que la desgarrada voz transmitía y mi lado más melodramático asumió la historia de amor que contaba como una vivencia de lo más natural.

El dolor cada vez era más insoportable. Irreflexivamente expulse el cuerpo extraño de mi interior. Algo que pareció no gustar demasiado a Enrique que, por primera vez en toda la velada, se quitó  la máscara y me mostró ese lado de él que yo me empeñaba en no querer ver, su parte más desagradable e irascible.

—¡Relájate, coño! Con lo cerrado que estás, si sigues haciendo tonterías, me vas a hacer daño en la polla.

Su reacción me debió hacer reconsiderar lo que sentía por él, sin embargo, como  el buen gilipollas que suelo ser, dejé que mis sentimientos de culpa me gobernaran e hice lo que me ordenaba, como si cualquier replica por mi parte pudiera socavar nuestra historia de amor.

La voz de Luz Casal no conseguía anestesiar mis sentidos y, por mucho que lo intentaba, mi malestar  no remitía. La siguiente estocada fue más insoportable y unas silenciosas lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos.

Mi ex, por su parte, al no encontrar ninguna objeción por mi parte siguió con su cometido de manera más contundente. A cada porción de su virilidad que entraba en mí, la sensación de que me destrozaban por dentro era mayor. El único alivio que tenía eran los placenteros jadeos de mi ex, que dejan patente lo mucho que estaba disfrutando con aquello.

De nuevo, como si fuera una especie de droga, me dejé llevar por la música. Los últimos compases de “Piensa en mí”, dieron paso a un tema mucho más romántico, aunque igual de dramático.

♫Strumming my pain with his fingers
Singing my life with his words
Killing me softly with his song
Killing me softly with his song
Telling my whole life with his words
Killing me softly with his song♫

Como si el cambio de melodía incidiera en el ritmo de las caderas de Enrique, su polla entraba y salía de mi recto a mayor velocidad. Me sentía como en una mareante atracción de feria, en cual me habían convencido para que subiera, con la promesa de que me lo pasaría bien  y tras comprobar que no era así, estaba deseoso porque concluyera.

La potencia que daba a sus envites hacia aún más insoportable el dolor que me infringía. Pese a que mi mente lo único que quería era satisfacerlo, no pude evitar musitar un “¡Basta!”

—¿Qué te pasa a ti ahora? —Preguntó sin dejar de mover sus caderas en mi retaguardia.

—No puedo más, me duele mucho —Respondí suplicante.

Mi ex se paró, por lo que creí que mis ruegos habían conseguido su propósito. No podía estar más equivocado.

Me acercó la almohada y me dijo:

—¡Muerde! No podemos parar ahora, si no me termino de correr ahora, me van a doler los huevos. Así que si no quieres que me cabree contigo, ¡muerde fuerte!

Su reacción me dejó perplejo, pero en mi afán por complacerlo agarré con los dientes la tela y esperé que me sirviera de anestesia.

Una vez comprobó que había seguido sus órdenes, volvió a encularme. Esta vez de un modo menos delicado y con una furia descontrolada cabalgando sobre sus caderas, las cual empujaba más estrepitosamente.

Para lo único que me sirvió aquello, fue para destrozar  una leyenda urbana; morder una almohada no mitiga el dolor cuando te están sodomizando, simplemente clavas tus dientes en la funda que la envuelve y la pones perdida de babas.

No obstante, Enrique debía desconocer aquello pues, como si me hubiera dado la panacea para todo el daño que su polla estaba ocasionando en mis esfínteres, siguió empujando sin compasión.

De fondo seguía sonando la canción de Roberta Flack. Nunca un tema musical se me había hecho tan largo. Todo un suplicio.

Tras tres intensos minutos, escuchar un fuerte  y clarificador jadeo por parte de mi ex, supe que estaba eyaculando y  la sensación que me transmitió fue lo más gratificante que sentí, desde que comenzó a penetrarme.

Las cosas que hago por amor…

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Nota del autor: Las imágenes que acompañan al relato están extraídas de la cuenta de Twitter de Tinieblo, un talentoso fotógrafo mexicano cuyo trabajo me encanto. Podéis ver muchas más pruebas de su arte en @tinieblo_mx o en instagram.com/tinieblo_mx

 

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