La Disneylandia del sexo

Tu entrenador quiere romperte el culo

Quinto episodio

La historia hasta ahora: Guillermo cuenta como en su juventud en compañía de su compañero de equipo de Rugby, Arturo y su entrenador, Javier, fueron a un lujoso chalet de Torremolinos, propiedad de un amigo de su entrenador. Allí tienen sexo a cuatro bandas en la piscina de la vivienda. Por la noche, tras deslumbrarlos con todo tipo de lujos , los llevan a cenar a un restaurante gay en el Pueblo Blanco, para después más tarde llevarlos a los bares de ambiente.

De vuelta a casa, Arturo pasa la noche con Javier y Guillermo tiene sexo con Sebas. Mientras se ducha, le cuenta el motivo secreto por el que Javier lo ha traído a Torremolinos: Está loco por romperle el culo.DwgKVwbUYAEiJaa.jpg

Al oír las rotundas palabras del maduro malagueño, las mejillas del muchacho se sonrojaron, a la misma vez que el animal  de su entrepierna pareció tomar vida. Y es que por una razón que no terminaba de discernir, la sola mención de ser penetrado por su entrenador, lo excitaba de una manera bestial.

Su acompañante al darse cuenta de como el miembro del muchacho se había empinado, lo miro sonriendo y le dijo:

—Se ve que aunque a ti te asuste, a tu hermanito no le disgusta mucho. Se diría que está deseando, más bien.

El joven sevillano bajo la mirada, como si se avergonzara de lo sucedido. El atractivo maduro le cogió suavemente por la barbilla y, cuando tuvo sus ojos a la altura de los suyos, lo miro tiernamente diciéndole:

—No te preocupes, chaval. Una cosa es las intenciones del amigo Javier y otra es lo que termine pasando. Y te puedo garantizar que no va a suceder nada que tú no quieras.

—… a mi no me importa… —Contestó Guillermo con un leve hilo de voz —Si te he de ser sincero, en parte estoy deseando, pero es que…

—… el tío tiene un pollón —Dijo Sebas, terminando de forma contundente la frase del chaval,  para continuar diciendo con una amplia sonrisa dibujada en su rostro —Pero aunque te pueda parecer imposible. Un bicharraco así puede entrar por un agujero tan estrecho como el tuyo. ¡Y  sé de lo que hablo!


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Guillermo buscó los ojos del malagueño, estos rezumaban sinceridad. Impulsivamente, le dio un pequeño beso en los labios y después sin decir nada se abrazó a él de la manera más tierna.

Una vez se terminaron de duchar y se secaron.  Sebas se tendió en la extensa cama e invitó al joven que lo hiciera a su lado. Guillermo se abrazó  al poblado y fibrado pecho del malagueño, posó sus labios sobre una de sus tetillas y como el que no quiere la cosa, alargo su mano al pene de éste.

—Ya no hay nada que hacer, chaval —Dijo socarronamente el madurito —Esta ha cumplido con creces su cometido hoy, pero no te preocupes, mañana no te vas a quedar insatisfecho. ¡Te doy mi palabra!

—¿Me dolerá? —Preguntó tímidamente el jovencito.

—Yo procuraré de que no —Dijo tranquilizadoramente Sebas —, pero si te duele esperemos que sea un doloroso placer. De todas maneras, insisto, no haremos nada que tú no desees realmente. Se trata de disfrutar, no de pasarlo mal ¿ok?

—Ok —Contestó el muchacho con una dulce sonrisa en sus labios.

Agotados como estaban, tardaron poco en dormirse. El último pensamiento que cruzó la mente del sevillano fue que dormir al lado de alguien con el que has terminado de tener sexo era una delicia y que aunque aquella vez era la primera, procuraría que no fuera  la última.

Cuando  despertó, se encontraba sólo. Busco un reloj en la habitación y no había ninguno. El pijo malagueño debió pensar que un aparato así no iba mucho con la estética de casa de los espejos de aquel dormitorio. Ante la imposibilidad de saber la hora que era, el muchacho localizó sus bóxers, se los puso y se dirigió, con los ojos aún pegados por las legañas, hacia el cuarto de invitados. Pues allí, se hallaba su equipaje.

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Por el camino pudo comprobar que el día estaba ya avanzado, pues así lo evidenciaba   la luz que entraba por la cristalera del extenso pasillo. Al pasar por el dormitorio de Javier, el cual tenía las puertas abiertas de par en par,  constató que hasta Arturo, con lo perezoso que era,  se había levantado ya, pues el   cuarto  se encontraba vacío. En el suelo se podía ver un amasijo de sabanas, fiel reflejo de lo movidita que había sido la noche entre aquellas cuatro paredes.

Una vez en su habitación, se pegó una ducha rápida, se puso un pantalón corto y salió “escopetado” escaleras abajo. Cuando llegó a la terraza, donde estaban sus amigos. Estos, aún, se encontraban  desayunando. Lo que tranquilizó levemente al joven sevillano (pues no llegaba tan tarde como él se temía), pero su paz interior fue rota por   la ronca, y a veces desagradable voz, de su compañero de equipo, Arturo:

—¡Por fin se despertó el señorito! —Aunque lo decía en tono de broma,  el reproche era más que  evidente.

No es que Arturo fuera la amabilidad personificada, pero desde que habían llegado a Torremolinos, estaba más insoportable de lo normal. No había hecho otra cosa que protestar de todos y por todo. Guillermo sólo tuvo que sumar dos y dos, para saber la razón de su irascibilidad: celos. Un sentimiento, a veces, tan enfermizo como traicionero, máxime, si como en el caso de Arturo, era el  resultado de sumar el amor con la envidia.

Pues, por mucho que él lo negara, Arturo bebía los vientos por Javier. Y en esa relación a tres que mantenían con Guillermo, éste último siempre era el tercero en discordia, el suplemento necesario, pero a la vez prescindible. Pero este fin de semana en la costa malagueña, Guillermo había pasado de ser extra con frase, al verdadero protagonista. Y todo, porque tenía algo que Arturo dejó de poseer hacía mucho tiempo: un culo virgen. Y ante tal evidencia, al joven jugador, sólo le quedaba el derecho al pataleo.38434473_153214142241543_1295201642135683072_n.jpg

Guillermo, pasó por alto el comentario de su “amigo”. Dio los buenos días y se disculpó por su tardanza, a lo que Javier, con un tono más amable de lo normal en él, le dijo:

—No te preocupes, hombre. Si nosotros acabamos de levantarnos. Además, aquí hemos venido a descansar y a disfrutar —El descarado  hincapié que hizo sobre la última palabra, fue captado por sus acompañantes. Quienes no pudieron evitar sonreír pícaramente.

Una vez concluyeron el desayuno, el anfitrión de manera solemne y haciendo muchos aspavientos con las manos, hizo una proposición:

—Bueno, los caballeros que prefieren. Pasar el día en la piscina para después terminar follando o saltarse lo de la piscina, y pasarnos todo el día follando.

Javier sonrió ante la ocurrencia del pijo malagueño. Los dos muchachos se miraron y, sin mediar palabra entre ellos, soltaron casi al unísono:

—¡Pasarnos todo  el día follando!

Sebastián miró a Javier, se encogió de hombros y, con una placentera sonrisa en sus labios, le dijo:

—¡Si tienen dieciocho años! ¡No sé, ni para que  pregunto!

Como, si las palabras del dueño de la casa hubieran sido el pistoletazo de salida para “todo vale”. Arturo se fue para Javier y comenzó a besarlo. Cuando el malagueño, los vio. Los interrumpió diciendo:

—¡Javier, aquí no! Vayamos mejor a la sala.

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La solemnidad con la que el atractivo maduro dijo “la sala”, intrigó someramente a los muchachos, quienes se miraron constatando la ignorancia de ambos ante lo que pudiese ser la dichosa “sala”. De inmediato, Guillermo fijo sus ojos en Sebas, en espera de una respuesta, la cual no se hizo  esperar.

—No se asusten chicos, la sala no es nada malo. Es una especie de Disneylandia sexual que me he montado en el sótano de la casa —La naturalidad con la que el malagueño metió Disneylandia y sexual en la misma frase, lejos de tranquilizar a los dos jóvenes, los inquietó más aún —, pero mejor que lo veáis con vuestros propios ojos. Si los señoritos, hacen el favor de seguirme —Al decir esto último  el anfitrión, sonriendo agradablemente, hizo  un gesto con la mano cargado de comicidad, invitándolos a pasar al interior del chalet.

Los dos chavales, sin meditar las consecuencias de sus actos, dirigieron sus pasos hacia la vivienda, movidos tanto por la curiosidad, como por el deseo.

A la vez que avanzaban por el culto al arte neo-hortera que era la extensa mansión, Guillermo sentía  como un pequeño pellizco se le cogía  en la boca del estómago, aunque Sebas lo había intentado tranquilizar diciéndole aquello de que no pasaría nada que él no quisiera, la vida le había enseñado que la gente miente más que habla y a la vez que  las personas se hacen mayores, su capacidad para decir una cosa y luego hacer otra, aumentaba de forma geométrica.

Por ese motivo, cuando tras bajar unas estrechas escaleras, llegaron ante una sala con una puerta de características similares a la de las cajas de seguridad de los bancos, el joven sevillano sintió  como  un escalofrió le recorrió toda la médula espinal. Su pánico a lo desconocido se acrecentó más todavía, al ver como el pijo malagueño marcaba una clave de seguridad en un panel de la pared, indispensable paso previo para  acceder  a “la sala”. Fuera lo que fuera, lo que había en su interior, era algo muy privado, tan secreto, que Sebas había tomado todo tipo de precauciones, para impedir que estuviera al alcance  de ojos ajenos.

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Cuando el maduro malagueño empujó la pesada puerta metálica, de forma automática,  en su interior se encendieron unas casi deslumbrantes luces, mostrando algo que sorprendería al más pintado. Y es que lo de Dysnelandia del sexo, no podía ser más clarificador de lo que albergaba la extensa sala. Su visión era perturbadoramente excitante.

Las dimensiones de la habitación eran inmensas, podría ocupar casi toda la parte baja de la vivienda. A ambos lados, unas especies de estanterías con cristaleras, las cuales  ocupaban todo el lateral de la grandiosa sala. En cada uno de los pisos del colosal mueble se podían visionar todo tipo de juguetes sexuales, desde dildos de diferentes tamaños y formas, a arneses de cuero negro.  Había un par de mesas sobre las que descansaban todo tipo de prendas de cuero: chaquetas, pantalones, suspensorios.. El sueño de todo amante del “leather”. Al fondo, había dos enormes camas, sobre las que tranquilamente podrían caber diez personas. También llamaban la atención una especie de bancos, con la altura justa para follar sobre ellos en la postura del perrito, desperdigados, casi de modo estratégico,  por toda la estancia.

Pero lo más impresionante de todo  eran los objetos que colgaban del techo: correas que terminaban en una especie de esposas metálicas, dos especies de hamacas formadas por unas anchas tiras de cuero, las cuales pendían  de una especie de cadenas plateadas.

A pesar de que la limpieza era palpable, el olor a podredumbre que emanaba el pequeño recinto era insoportable. Guillermo se asustó un poco ante el oscuro panorama que se presentaba ante él, buscó la complicidad de Arturo, pero éste estaba muy lejos de tener miedo. Sus ojos brillaban como nunca, el sexo para él era un juego y  aquel homenaje al placer sin barreras que era la habitación secreta de Sebas, lo estaba poniendo como una moto.  Preso de la excitación, abría y cerraba las manos a la vez que se mordía los labios. Sólo   elucubrar la infinidad de sensaciones prohibidas y ocultas que se  estaban poniendo  a su alcance, hacía que su corazón palpitara como una bomba de relojería.sling-de-cuero.jpg

Fue tanta la emoción que Guillermo vio en su compañero, que hizo de tripas corazón, se cayó sus temores y se agarró a la tabla de salvamento que eran para él  las palabras de Sebas: “No haremos nada que tú no desees realmente”.

—¿Qué os parece mi Disneylandia del amor? —Preguntó Sebas con una sonrisa de plena satisfacción.

—¡Mooolaaa! —Dijo Arturo abriendo los ojos como platos, en un  intento de  absorber con la mirada cada resquicio de la sala.

Guillermo no dijo nada, ni le gustaba, ni le dejaba de gustar. Por un lado, tenía miedo de que los acontecimientos se desbocaran y terminar haciendo algo de lo que se arrepentiría toda su vida. Por otra parte, nunca había disfrutado tanto como en la improvisada orgía de la piscina del día anterior. ¿Por qué no relajarse y dejarse llevar? Así que escondió sus temores en lo más profundo de su ser, hizo de su capa un sayo, se acercó a una de las estanterías, cogió un inmenso pollón negro de plástico y dijo, con un descaro impropio de él:

—¿Y esto le entra a alguien?

Javier y Sebas se miraron y contestaron  al unísono:

—¡Siiii!

El muchacho, al ver con el desparpajo que su entrenador actuaba en la compañía del pijo malagueño, le siguió el juego y con un ademán carente de vergüenza alguna, se acercó a Javier y apretando su paquete entre las manos le dijo de un modo que rozó lo soez:

—Pues entonces, si eso entra, con esta otra  no habrá problema alguno.

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El descaro con el que Guillermo enfrentó la situación, sorprendió sumamente a sus acompañantes, los cuales no pudieron evitar sonreír. A excepción  de Arturo que frunció el entrecejo a ser consciente de que ese día, pasara lo que pasara, no sería el más guapo del baile.

Lo más insólito de todo fue que, pese a haber estado todo el tiempo  bordeando la costa del placer con sus comentarios, hasta ese preciso momento los cuatro hombres no fueron consciente de la sesión sexual que se les venía encima y, en un acto irreflexivo cien por cien,  sus miembros viriles empezaron a tomar vida de forma desmedida.

La segunda vez que Guillermo acercó, medio en broma, medio en serio, su mano al paquete del entrenador cuarentón, este ya no se encontraba flácido, sino que una notable rigidez lo recorría en todo su esplendor. Esta vez la mano de Guillermo, se detuvo más que unos leves segundos y comenzó a acariciar el cipote por encima de la tela, creciendo éste, más si cabe, a cada pequeño roce de los dedos del muchacho.

El tonteo sexual acabó con el joven sevillano abrazado a el entrenador y compartiendo un ferviente beso. Mientras la lengua de Javier se deslizaba por todos los rincones de la caliente y húmeda boca de Guillermo, este sintió como le arrebataban el inmenso dildo de las manos. Era Arturo, que sintiéndose levemente apartado, buscaba de nuevo ser el centro de atención.

Guillermo, conocedor de su poca falta de sutileza, comenzó a observarlo por el rabillo del ojo, mientras proseguía besando a Javier. Y es que, con tal de tener a todo el mundo pendiente de él, el compañero de equipo de Guillermo era capaz de cualquier cosa.

Y cualquier cosa fue meterse, sin titubear, la enorme polla de látex en la boca. Consiguiendo que Sebas se fijase en él.

—¡Joder, Javier! —Dijo sorprendido el pijo malagueño —¡ Vaya lo bien entrenado que tienes a los niños de tu equipo!

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Al oír el comentario del dueño de la casa, Javier interrumpió el tierno momento que estaba compartiendo con Guillermo. Con lo que las ansias de “joder la marrana” de Arturo quedaron saciadas. Había que reconocer, que  en lo referente a  dar la nota, muy poca gente le ganaba al desvergonzado Sevillano.

Ver como se metía el cachivache negro en la boca y como lo empapaba con su saliva, era un espectáculo de lo más excitante. Javier,  sin contemplaciones  de ningún tipo, se bajó la portañuela y se sacó la polla  para masturbarse a continuación, inspirado por la provocadora  visión.

Sebas emuló el acto de su amigo y al poco los dos maduros estaban pajeándose mientras veían la teatral fellatio.  Como Guillermo no se animaba, los dos maduritos lo invitaron a dejar su timidez al lado, sacara su cipote fuera y los acompañara en la  espontanea paja.

La escena era caliente  y surrealista  por igual, tres hombres simulando una masturbación mientras miraban como un joven fingía hacer una mamada a un pene de látex. Arturo consecuente con que su pequeño teatro no daba más de sí, se bajó los pantalones y poniéndose en pompas comenzó a pasear el enorme e inerte cipote por la raja de sus glúteos.

Los sensuales movimientos del muchacho abrieron una puerta que tanto Sebas como Javier supusieron, de antemano, que tendrían cerrada: poder usar los juguetes con los chavales.

 Sebas dejó de acariciarse la polla y se acercó a  Arturo, le quitó al joven sevillano el dildo de la mano para, a  continuación,  proseguir él con el depravado juego iniciado por el muchachito. Escupió  enérgicamente en la raja del chico y, a continuación, paseo el cipote negro por ella de manera perpendicular. Cuando comprobó que Arturo no le hacía ascos a aquello. Miró a Guillermo y ,en un tono que rozó la chulería, le dijo:

—Guillermito, ¿tú no querías saber si esto entraba o no entraba?

El chaval que aún seguía masturbándose, al oír aquello, no pudo evitar mirar a su entrenador y morderse el labio con total lascivia.

Poco después, Sebas hizo  subirse a Arturo en una de las hamacas de cuero que colgaban del techo. El musculado joven tumbado sobre las pendulares tiras de cuero, era una visión que dejaba paso a cualquier pecaminoso pensamiento. Ver como plegaba sus vigorosas piernas sobre su pecho para mostrar un peludo y oscuro trasero, se la pondría dura a cualquiera. Pues era tan clara la predisposición de Arturo, a dejarse hacer, que era más difícil resistirse que caer en la tentación.

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Concluirá en : “La primera vez de Guillermo”

 

2 comentarios sobre “La Disneylandia del sexo

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