Saboreando un platano maduro

Tu entrenador quiere romperte el culo

Cuarto episodio

La historia hasta ahora: Guillermo cuenta como en su juventud en compañía de su compañero de equipo de Rugby, Arturo y su entrenador, Javier, fueron a un lujoso chalet de Torremolinos, propiedad de un amigo de su entrenador. Allí tienen sexo a cuatro bandas en la piscina de la vivienda.

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De camino a casa, el entrenador y el compañero de Arturo se volvieron a sentar en la parte trasera del ostentoso auto, esta vez, sin ningún miramiento hacia  los otros dos ocupantes del vehículo, sus bocas se fundieron en un apasionado beso, mientras sus manos acariciaban indecorosamente el cuerpo del otro. Guillermo miró a Sebas, buscando su parecer sobre ello, un inexpresivo rostro fue la única respuesta que encontró el muchacho, el cual no salía de su asombro. Y es que, por mucho que quisiera adaptarse al devenir de los acontecimientos de aquel día, todo le superaba. Primero la orgía en la piscina, después el restaurante para gays, el bar de ambiente con su cuarto oscuro, la discoteca…. Todo aquello, rebasaba de largo, lo que él esperaba del fin de semana en Torremolinos. Y lo mejor: ¡nada más había hecho empezar!

Una vez llegaron al  Chalet, Arturo y Javier  se despidieron  hasta el día siguiente y se fueron juntos al dormitorio del entrenador. Guillermo, dio las buenas noches a Sebastián y se dirigió hacia el cuarto que le habían asignado.

Mientras se desnudaba,  se puso a imaginar lo que podía estar aconteciendo en la habitación de Javier entre él y su compañero de equipo. Únicamente  fue fantasear, con verlos desnudo, continuando lo que venían haciendo en el coche  y su polla pareció tomar vida.  Instintivamente, posó su mano sobre el trozo de carne de su entrepierna,  este se había puesto duro a más no poder, dando muestras de su vigor característico. Se bajó los bóxer azules, dejando a la vista un culo redondo y peludo. Al mismo tiempo que movía la piel de su cipote, cubriendo y descubriendo su hermoso glande, su otra mano buscaba una de sus tetillas, tocando suavemente con sus dedos su oscuro pezón. Ensimismado como estaba, entregado a las artes del “amor propio”, no fue consciente de que tenía compañía, hasta que una voz contundente lo saco de su embelesado estado.

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Guillermo se quedó petrificado, con la mano izquierda acariciándose el pecho  y con la mano derecha agarrando su erecto miembro. Estaba tan avergonzado, que ni se movió un ápice. Sebas avanzó  sensualmente hacia él y, sin mediar palabra, sustituyó la mano derecha del muchacho por la suya.

—No te molesta que siga yo, ¿no? —La ronca voz de Sebastián estaba impregnada de una acertada sensualidad.

—No, para nada —Musitó el joven sevillano, el cual una vez salido de su asombro, comenzó a relajarse.

La mano del maduro malagueño agarró el tronco de carne, acariciando suavemente con sus dedos  la venosa piel, para después pararse en la cabeza y cubrir delicadamente con el prepucio el glande. Instintivamente buscó los ojos del muchacho, estos rebosaban de lujuria. Al sentirse observado, una  tímida sonrisa inundó el rostro de Guillermo.  Sebas le respondió  mordiéndose levemente el labio. Para cuando se quisieron dar cuenta, se encontraban abrazados el uno al otro fundiéndose en un apasionado beso.

Mientras sus lenguas danzaban al compás del deseo, las manos del malagueño repasaban la robusta espalda del chico, hasta llegar a su trasero, magreando este de forma desproporcionada. Guillermo metió las manos bajo los slips de seda, al tocar el flácido trasero del malagueño, el desencanto hizo una breve parada en su mente, pero era tanto lo que aquel tío le ponía, que aquella carencia anatómica, le pareció un detalle nimio. Pues  el malagueño, a pesar de estar fibrado y musculado de cintura para arriba a más no poder. Se veía que en sus entrenamientos prestaba poca atención a  las piernas, y como consecuencia, su  culo  presentaba un aspecto blando y fofo, que le restaba no  bastante poco atractivo.

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Sebas detuvo súbitamente el muerdo que le estaba propinando al muchacho. Separó su cabeza de la de éste y, levantando  la barbilla del joven sevillano  de una forma que rozó lo erótico, le dijo con su ronca y sensual voz:

—¿Te apetece pasar la noche conmigo?

El robusto chico sintió como los grandes ojos negros del maduro malagueño se clavaban en los suyos en espera de una respuesta. El muchacho asintió con la cabeza, dejando entrever una expresión que mezclaba la alegría y el deseo por igual.

Ante la contestación del chaval, el malagueño volvió a abrazar y besar a éste,  con más pasión si cabe.

En el trayecto hacia el dormitorio del dueño de la casa, los dos hombres pasaron ante la habitación que Javier tenía asignada. De su interior, salían una serie de quejidos acompasados, señal ineludible de que Arturo y el entrenador se encontraban en plena faena. Sebastián y Guillermo se miraron, exhibiendo una pícara sonrisa de complicidad.

Cuando el pijo malagueño abrió la puerta de su dormitorio. La sorpresa del joven no pudo ser mayor. Aquel cuarto era de todo menos discreto. Ya no era su tamaño, que era tres veces la alcoba de los padres de Guillermo. Tampoco la amplia cama, más de dos metros de ancho y tanto de largo era lo que más llamaba la atención. Lo que tenía completamente perplejo al muchacho, era la cantidad de espejos que había por todos lados, los había hasta en el techo, colocados estratégicamente sobre la cama. La estancia rozaba muy de cerca lo hortera, pero el sevillano completamente estupefacto soltó un prolongado “¡Guau!”.

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—Te gusta mi picadero, ¿ein? —Dijo completamente pagado de sí mismo, Sebastián a la vez que cogía tiernamente al muchacho por los hombros —¡Niño! ¿Qué te pasa que estás completamente tenso? ¡Tienes los hombros hechos un bloque!

Guillermo miró de reojo al atractivo maduro, un poco sorprendido por su observación, pues no  se sentía tan rígido como señalaba el malagueño. Pero expectante ante lo que pudiera sugerir con dicho comentario, no objeto nada.

Las manos de Sebastián se posaron sobre los hombros del chaval con delicadeza, en un principio, para a continuación hacerlo con mayor rudeza. Cuando sus pulgares apretaron sus omóplatos, el jovencito lanzó un leve quejido.

—¡Deja los brazos dormidos! ¡Relájate! —La ronca voz del malagueño estaba impregnada de una innata sensualidad.  Guillermo incapaz de  oponer algún impedimento, se dejó llevar.

Cuando se quiso dar cuenta, estaba tendido boca abajo sobre la extensa cama, dejándose practicar un elaborado masaje por el madurito, el cual estaba semisentado sobre su zona lumbar. A pesar, de que Sebas le insistía largamente con la cantinela de que se relajara y disfrutara, Guillermo hacia lo segundo, porque lo que era relajarse, no se relajaba mucho. El simple hecho de sentir las manos del  malagueño pasear desde sus cervicales  hasta el final de la espalda, lo tenían como una moto. Y la polla parecía que le iba a estallar dentro del bóxer ¡La impaciencia de la juventud!

Una de las veces que las manos del maduro viajaron hasta su zona lumbar. Estas se detuvieron en su culo  y, bajando el bóxer, empezaron a masajear de manera indecorosa sus glúteos. El joven sevillano creyó que se moría de gusto. No era lo que le estaba haciendo, era la calma con la que lo efectuaba. Acostumbrado a Arturo y Javier, que eran de todo menos delicados. Sebastián lo tocaba de una manera que   reunía sensibilidad y vigor por igual. El chaval estaba encantando y se dejaba hacer sin limitaciones.

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Por eso, cuando el hombre sustituyó sus manos por su lengua, el joven creyó tocar el cielo.  No podía dejar de suspirar mientras sentía como con fuerza, pero a la vez delicadamente, Sebastián apartaba sus cachetes para facilitar el camino hacia el  ano del chico, como con su rugosa lengua empapaba el peludo hoyo  y como con la endurecida punta de ésta pegaba pequeños golpecitos sobre el viscoso orificio. ¡Nunca le habían practicado un  beso negro con tanta maestría!

Las manos del hombre, agarrando al muchachito por la pelvis, tiraron de él hacia atrás para hacer más cómoda y placentera la de gustación del exquisito manjar. En el momento que  las manos del maduro rozaron sin querer la prominencia de  la  entrepierna del chico, y sin dejar de succionar el peludo agujero, éste comenzó a masajear el miembro del chico. El joven sevillano estaba completamente fuera de sí, era como si el corazón en cualquier momento le fuera a estallar. No sabía si porque el tío le gustaba mucho, porque sabía cómo tocarle o por ambas cosas. Pero, fuera lo que fuera, él estaba disfrutando como nunca lo había hecho hasta entonces. Estaba tan entregado, que no le hubiera importado perder, en ese momento,  la virginidad de su culo con el malagueño. Pues si era tan bueno con la lengua, ¡con la polla tenía que ser la hostia!

Sebas se tomó su tiempo en saborear aquel manjar. Paseo su lengua y su boca por cada rincón del trasero del chaval, humedeciendo su agujero con su caliente saliva, mordisqueando sus peludos y apretados glúteos, paseando sus dedos por los vellos que poblaban todo su trasero. Aquel culo era una maravilla y estaba hecho para disfrutar de él.

Lubricado como estaba el agujero del muchacho por los calientes jugos  del malagueño, este intentó meter levemente uno de sus dedos. Un dolor insoportable hizo presa del muchacho, quien lanzó un gutural quejido.

—¡Pues sí que estás por estrenar! —Dijo el atractivo maduro,  como corroborando algo que ya sabía.

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Sin comentar más nada, prosiguió chupando el ano del chico, esta vez  su lengua amplió el recorrido desde al peludo agujero hasta la base de los testículos, pasando  muy despacio por la zona del perineo. Lo siguiente que entraba en la boca de Sebastián, era la perfecta polla del sevillano Porque el miembro de Guillermo, sin ser muy grande (algo más de la media, pero tampoco mucho), tiene una de las erecciones más hermosas que se pueden ver. Aún en todo su esplendor, la piel cubre completamente su glande, y una ancha vena la recorre desde éste hasta la base, donde unos enormes y oscuros testículos cuelgan como si desafiaran a la ley de la gravedad. ¡Una churra como Dios manda!

Si la boca del madurito, había hecho un buen trabajo en la popa del chaval, en el mástil de proa tampoco se estaba quedando corto. En primer lugar, tras unas breves succiones que sacaron varios gemidos de los labios del joven, la lengua del malagueño empezó a recorrer los pliegues internos del glande del muchacho, con una maestría y finura, que distaba mucho de los mete y saca habituales.

Cuando se cansó de saborear el exquisito y morado capullo, paseó la lengua desde la cabeza hasta la base, para terminar succionando suavemente los huevos del chico. Esto últiesar de estar sumido en el inmenso gozo que le estaba proporcionando la candente boca del malagueño. Guillermo alargó su mano hacia la entrepierna de éste, hasta alcanzar el delgado cipote de Sebastián. Al igual que el de joven sevillano estaba  sin circuncidar, por lo que la cabeza quedaba morbosamente cubierta. Cuando el muchacho tuvo aquella larga barra entre sus dedos, la apretó suavemente, disfrutando al máximo de su dureza.

Hubo un momento, en que el maduro dejó de chupar la polla del chaval, se incorporó y le dio un apasionado beso. Al sentir como la lengua del malagueño danzaba apasionadamente en el interior de su boca, un escalofrió recorrió la espina dorsal del muchacho. ¡Qué manera de besar tenía el cabrón! Aquel día, el sevillano aprendió de motu proprio, cuanto de verdad había en la frase: “la veteranía  es un grado”. La experiencia en las artes amatorias de aquel cuarentón lo estaban llevando a descubrir sensaciones que no sabía que existieran.D3iYDprWkAA-f9m

Hubo un momento en que Sebas separó sus labios de los de Guillermo, a continuación lanzó su boca en un apasionado viaje desde la barbilla hasta su cuello. Para terminar mordisqueando suavemente sus hombros.

Por su parte el chico, lejos de perder el tiempo, jugaba con su mano izquierda en una de sus tetillas y con la derecha acariciaba tiernamente la nuca del madurito.

Guillermo nunca había tenido los sentidos tan a flor de piel. Nunca su cuerpo había sido recipiente de tantas y tan agradables sensaciones. Por eso, cuando Sebas le pidió  sensualmente que le besara la polla, el chaval se entregó  sin reservas y de los besos sobre el glande del erecto y delgado miembro, pasó  a succionar  la polla del maduro. Primero muy suave, para después dejarse mecer por la lujuria y aumentar el ritmo.

Mientras el chico, pasaba la lengua por el hermoso capullo del maduro y de cuando en cuando, se la tragaba en su totalidad. El malagueño, haciendo alarde de sus asombrosas  habilidades en la cama, alcanzó uno de los pies del muchacho y tras acariciarlo sensualmente, comenzó a besarlo como si le fuera la vida en ello.

La postura era de lo más inusual, podía parecer el  clásico 69, pero aquello que  el malagueño  chupaba  con la misma pasión que si fuera un miembro viril era uno de los pies del joven sevillano.

Mientras engullía el vigoroso trozo de carne, Guillermo miró a su alrededor, el increíble espectáculo que ofrecían el conjunto de espejos  no tenía comparación con nada que antes hubiera visto el inexperto joven.  Se podían ver desde todos los ángulos, desde cada uno de los rincones de la habitación. Por un momento,  se creyó  en una especie de  casa de los espejos. Verse, mientras realizaba el acto sexual,  de tantas y variadas maneras, lejos de avergonzarlo, hicieron que se excitará más aún y prosiguiera chupando con más intensidad la polla del malagueño.

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Fue tanta la pasión que el chico puso que,  al poco,  Sebastián se convulsionaba mecido por los brazos del placer. Como pudo, sacó su miembro de la boca de Guillermo y derramó una blanca mancha de esperma sobre el rudo rostro del joven.

Aún con el semen,  resbalando por su cara de forma copiosa. El chaval, se incorporó, para de rodillas sobre la cama, sentarse sobre el abdomen del maduro. Una vez allí, su mano comenzó a “zambombear” su miembro de forma frenética. Cuando el joven se corrió, no pudo reprimir un doloroso grito  de placer que invadió el silencio de la noche, a la vez que tres inmensos trallazos blancos se desperdigaron sobre el peludo pecho del pijo malagueño.

Extenuado, se tendió a su lado y buscó sus labios. El cuarentón le respondió con un prolongado y cariñoso beso, a la vez que pegaba tiernamente su cuerpo al del joven sevillano.

Cuando la ternura dio paso al cansancio, Sebastián sugirió al muchacho darse una ducha. Mientras limpiaban su piel de los  resquicios sexuales, los dos hombres siguieron besándose y abrazándose, disfrutando el momento en todo su esplendor.

—¡Qué pedazo de culo tienes chaval! — Dijo el cuarentón sin miramientos — El que te estrene, va disfrutar de lo lindo.

—Pues ha habido  un momento en que no me hubieras importado que fueras tú — Contestó el muchacho con total descaro.

— Y yo lo he notado. Lo que pasa que ese placer está reservado para otro.

—¿Otro? —Preguntó el joven  con total perplejidad, ante lo que escuchaba.

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—¡Joder! ¡Lo que yo te diga! ¡Este tío es un bunker! — Al decir esto último resopló un poco, como si no diera crédito a lo que estaba pensando. Y como vio, que Guillermo tampoco, Sebastián le echó la mano sobre el hombro a éste y en una pose, características de los padres cuando quieren hacer comprender a los hijos algo que no es agradable,  le dijo — Entonces,  ¿tú no sabes la razón por la que  Javier os ha traído a mi casa este fin de semana?

—Ya te  he dicho, nos dijo que era un amigo,  suponíamos que veníamos a pegarnos el lote de follar y eso… — Guillermo arrastraba  las palabras al hablar de manera insegura.

— O sea, ¿que no os  ha dicho cuál es la misión con la que os ha traído a mi casa? — Al decir esto, un gesto de desconcierto llena la cara del  malagueño.

— No —La negativa por parte del joven fue de lo más  tajante.

—Pues la misión con la que te ha traído, a ti concretamente, es porque está loco por partirte el culo — Al decir esto, una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de Sebas.

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Continuará  en: “La Disnelandia del sexo”

 

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