El dictador está triste (Inédito)

El dictador está triste. ¿Qué tendrá el dictador?

Las guerras son siempre complejas, pero si se dan entre ciudadanos de un mismo país por no compartir unos ideales, terminan siéndolo aún más. Donde un principio había disparidad de opiniones, terminan surgiendo los odios, las envidias y las viejas rencillas que el paso de los días no pudieron cerrar.

El hambre, la miseria y el descontento social son el calvo de cultivo idóneo para que los fanatismos arraiguen en los corazones. Una locura de la que siempre hay un cobarde dispuesto a aprovecharse, blandiendo la bandera de la patria y agitando la plebe con discursos beligerantes

Las casualidades convierten a estos inútiles en los héroes que las masas creen precisar para alcanzar los objetivos soñados. Alguien en cuyas palabras creer ciegamente cuando la fe en todo lo que conocen les falla. Alguien que escudándose en la patria, en la fe o en la lucha del proletariado, hace mecer los corazones al son de sus palabras.

Si su lengua de serpiente no consigue convencer al número suficiente de adeptos para que la voluntad popular les dé el poder, ellos lo toman al ritmo violento de los fusiles.  Sin embargo, en el caso de nuestro dictador,   el enemigo no se rindió y los campos tuvieron que arder durante mucho tiempo, para que él pudiera ocupar un trono que no le correspondía de manera legítima.

—Hay que luchar por el honor, Dios y la Patria—Repetía sin cesar a sus fervientes seguidores.

—¿No es pecado asesinar a nuestros hermanos? —Preguntaba una voz crítica desde el populacho.

—Nuestro único padre verdadero es Dios y quien no quiere la vida que nuestro Señor Jesucristo le ha dado, no la merece —Respondió desde su pulpito, a la vez que, para que sirviera de ejemplo, mandaba encerrar al pobre desgraciado que cuestionó sus palabras.

En la guerra los dos bandos sacaron a relucir sus más bajos instintos, hermano contra hermano, vecino contra vecino… Todo valía en un conflicto sanguinario que acabó con la victoria de los sublevados. Una guerra que aunque su “Cómo” fue un “Por Qué”, para los que la dirigieron terminó siendo un “Por Cuánto”. Las riquezas de los derrotados fueron a parar a las arcas de su Victorioso líder y las migajas que le sobraron, divididas entre los desdichados ilusos que ayudaron a que la rebelión tuviera éxito.

Mientras el pueblo por cuyo bien   decían se había sublevado pasaba hambre, ellos nadaban en una opulencia que rozaba lo emético.

Sin embargo, el jinete rojo del apocalipsis había dejado una patria diezmada y no tuvo más remedio que encaminar todos sus esfuerzos a que su reino no se convirtiera en un terreno baldío que no mereciera la pena gobernar.

Con la única amistad del loco genocida del norte y sus aliados, con todas las naciones tildándolo de tirano. Buscó el apoyo de los representantes de Dios en la tierra, los únicos que, por su afinidad con su cruzada contra el creciente ateísmo que los amenazaba, no reprobaron su conducta, ni las consecuencias de este, pues creían que los actos del tirano no afectarían a sus feligreses, solo tendría consecuencias para aquellos que se habían apartado del camino de su Señor.

¿Cuántos templos construyó para quien consideraba su Creador? ¿Cuántas sotanas bordó de oro para ganar el favor de sus representantes en la tierra? Las que hicieran falta para que el incumplimiento del Quinto Mandamiento fuera borrado de su biografía, para que los cráneos pisoteados, los niños dejados sin padres desaparecieran de la Memoria Colectiva y con la esperanza de que sus muchos delitos llegaran a ser olvidados, como los muertos con los que sembró los campos de su patria, con el paso del tiempo.

Si algo tiene la fe, es que es capaz de reescribir la historia de manera interesada.  Para los creyentes, dejó de ser un asesino de masas y se convirtió un victorioso redentor que se encargaría de repartir la palabra del Salvador entre el pueblo. Un gran hombre que salvaría a los fieles a Dios y la bandera de la furia de los otros. ¿Quiénes eran los otros? Todos los que no seguían a pies juntillas su catecismo ideológico.

O estabas con él o estabas en su contra. Algunos abdicaron de sus creencias completamente convencidos de que, hasta aquel momento, habían tomado la decisión errónea, otros lo hicieron simplemente porque querían ver amanecer un nuevo día.

Todo en la patria giraba alrededor de su persona y, mientras el pueblo pasaba necesidades, el icono de su figura se alzaba como el redentor de los males de una sociedad en declive.

Se lo comparó con las mayores figuras históricas y los reyes medievales que consiguieron hacer de una pequeña nación un imperio, se convirtieron en su referente, un espejo del futuro donde mirarse.

Desde el Estado se esforzaban por hacer creer que  las gestas de aquella época se habían  quedado incrustadas en el ADN de España. Una nación que había sido víctima de tantas invasiones bélicas y culturales, que le costaba encontrar una identidad que satisficiera por igual a todos sus habitantes.

No obstante, el dechado de virtudes que de cara a la galería era su líder, tenía sus esqueletos guardados en el armario. En una época donde, y gracias a las leyes dictadas por él, los homosexuales eran considerados seres perversos, tratados como apestados y, en algunos casos, enviados a prisión. Él mantenía una lucha interior entre lo que le dictaba su conciencia y lo que le demandaba su cuerpo. Desde muy joven se había visto atraído por los cuerpos masculinos y, a pesar de su férrea convicciones religiosas, había sucumbido en más de una ocasión a lo que él consideraba una perniciosa pasión.

Un secreto que intentó ocultar a su Dios cumpliendo con el Sacramento del Matrimonio. La elegida para ello Carmencita, una chica de una adinerada familia católica que había crecido entre crucifijos, terciopelos polvorientos, liturgias en latín y la penumbra de velas a medio encender. Alguien que consideraba las obligaciones conyugales con su esposo un calvario, un sacrificio que debía cumplir con el único fin de traer nuevos cristianos al mundo.

Quiso la mala fortuna que un día su mujer regresará de Misa mucho antes de tiempo a las dependencias de la comandancia y lo encontrara conociendo carnalmente a tres soldados marroquíes.

—¿Qué sucede? —Preguntó ella con su voz bronca.

—Nada, señora de mi casa, estos reclutas que necesitaban ayuda con unas maniobras —Respondió él, con un tono tan estridente como agudo.

—¿Maniobras? Si tenías el “arma del pecado” de uno de esos moro en la boca, mientras agarrabas las de los otros dos. ¡Eso es una perversión! He jurado ante Dios amarte y respetarte hasta que el Señor venga a buscarme, por lo que deberás curarte de esa enfermedad malsana que padeces y la respuesta está en las Santas Escrituras.

Ella, devota de la cruz vaticana como era, no lo culpó por aquello y quiso creer que, quien le obligaba a sucumbir a la lujuria era una bestia impúdica latía en su interior, ante la cual lo debía exorcizar.

Fiel a sus votos matrimoniales, no podía hacerlo responsable a él de lo que descubrió,   él era el elegido de Dios para llevar a la patria a la Gloria. Su única salida era culpar al Diablo, quien lo tentaba con el pecado.

Aunque lo perdonó, su mujer le puso la  gran penitencia de, tras ajusticiar a los tres magrebís que tanto placer le habían proporcionado, rezar el rosario cada noche con las perlas de uno de sus collares, así el demonio no le provocaría más deseos impuros y se mantendría lejos de él por siempre jamás.

—La Encarnación del Hijo de Dios.

—Pater noster, qui es in caelis: sanctificetur Nomen Tuum; adveniat Regnum Tuum; fiat voluntas Tua…

Cada noche que duró su matrimonio, una liturgia acompañaba al matrimonio cuando se iba a la cama, una liturgia casi eterna que los dispensaba de cumplir sus deberes conyugales. Algo a lo que ninguno de los dos les veía mucha utilidad, pues Dios parecía haberle negado descendencia.

Paradójicamente, el hombre más poderoso del falso nuevo imperio no podía prolongar su legado con alguien de su sangre y, aunque la prematura muerte de un hermano, le permitió alguien que lo pudiera llamar padre, no se trataba del varón que él deseaba.

Sin embargo, por más títulos y honores que llegó a ostentar, no consiguió transformar todo el miedo en respeto. Por muchas cadenas y por muchas balas en la cabeza que repartiera entre sus contrarios…No era capaz de matar el hambre de Justicia que albergaba en el pecho de muchos a quienes,  el dolor por la pérdida sus seres queridos vilmente asesinados, les impedía dormir sin pesadillas.  Sus voces podía callarlas con un disparo, sus pensamientos no.

Aunque se creía una deidad, alguien tocado por la mano de Dios, no podía estar más equivocado y la naturaleza vino a rendirles cuentas. Envejeció, se volvió más débil, pero no más humano. Ni el ver cerca a la parca le hizo tener empatía con sus semejantes y solo se preocupaba por que su “obra” no desapareciera.   Como su misoginia le impedía dejar el trono a una princesa, obsesionado con dejarlo todo atado y bien atado, buscó un heredero macho para su reino. Uno que siguiera sembrando los campos con las semillas emponzoñadas que él había cultivado.

El nieto de aquel a quien sus enemigos mandaron al exilio, parecía el candidato perfecto para mantener su legado.  Pues al igual que él, se mostraba honorable en público y se dejaba consumir por sus vicios en la intimidad. Aunque, a diferencia de él, su joven pupilo no gustaba de desnudar soldados, sino de pasarse los días y las noches en el Burdel King, buscando unos abrazos mercenarios que le supieran dar un sucedáneo del cariño del cual siempre había estado tan necesitado.

El día de su muerte la Patria pareció sucumbir, como si los cimientos de este se apoyaran en su Victorioso Líder. No obstante, estaba tan obsesionado con que los “Otros” no heredaran la nación que doblegó, que hizo todo lo posible para que los engranajes de su pequeño y falso imperio siguieran funcionando sin problema alguno, cuando él fuera a “reunirse con su Señor”.

Su cadáver fue enterrado con honores en la Pirámide que sus enemigos vencidos se vieron obligados a construir para él. Un monumento que se convirtió en lugar de peregrinaje para unos fieles. Fanáticos egoístas a quienes el bosque no les dejaba ver los arboles de los crímenes de su adorado ídolo caído.

Pero el reloj del tiempo, se encarga de ordenar las cosas de la mejor manera y la justicia ha determinado que un criminal no merece ser venerado, ni merece descansar en un lugar privilegiado al lado de sus víctimas. No hay lugar para el culto a los tiranos en una nación donde las mentes se expresan con libertad, donde las ideas no tienen dueños y donde las heridas han de sanar, no enquistarse con el olvido.

Sin embargo es tanta la fuerza que sigue teniendo la Una Grande y Libre que coreaban sus seguidores que la ciudadanía se ha dividido en tres bandos, los que no quieren que se profanen sus restos, los que consideran que, aunque se hace cuarenta años tardes, es de Justicia y, los más numerosos, los que piensan que las atrocidades que cometió son cosas del pasado.

Si el canario de su voz pudiera hacerse oír, exigiría que pararan el sacrilegio de su persona.  No obstante, la prepotencia de su canto serían ahogada por dos palabras de la que él desconocía por completo su significado: Justicia y Libertad.

Aunque hay quienes ladran que sus huesos no deben ser desenterrados. Sus días de Gloria inmerecida se acaban. La historia no se puede reescribir y la verdad siempre es única. Quien intenta ahogar la libertad de pensamiento es un Dictador, por muy buenas intenciones que diga tener.

El dictador está triste. ¿Qué tendrá el dictador?

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2 comentarios sobre “El dictador está triste (Inédito)

  1. Interesantísimo, actual, real… Es triste pero hace unos días hubo “discusión” en una comida familiar sobre este tema. Después de tantos años… que pena que a algunos, hasta jóvenes, defiendan ideas que no tienen sentido. Un saludo Machirelatos!

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    1. Gracias, me alegro que os haya gustado. Ha sido un relato “Impulso” en toda regla.
      En cuanto a lo que decís, hay mucha ignorancia la gente confunde ciertos valores (religiosos, patrióticos, cívicos) con el totalitarismo franquista. Los que seguían las pautas marcadas por él (el nacional catolicismo, un nacionalismo enfermizo etc), eran los que tenían “libertad” de pensamiento, los otros nos.
      Como digo en el relato medio en broma, medio en serio, una persona de la que se sospechaba era homosexual (Queipo de Llano lo llamaba Paquita la Culona) era intransigente con estas personas (existía una ley de vagos y maleantes que se les aplicaba a los que no eran discretos o como en los casos de Miguel de Molina tenían que huir de España),
      Los dictadores nunca han traído nada bueno a la ciudadanía y los que únicamente lo defienden es por desconocimiento o porque tenían ciertos privilegios que no les correspondían.
      En fin, esperemos que después del Show del “Brazo Gitano”, los medios no sigan blanqueando por mucho más tiempo alguien que debería mencionarse solo para saber lo que no es bueno para España.
      Un besote bien fuerte y perdonar si me he enrollado mucho, pero es un tema que me toca la fibra sensible.

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