¡Átame!(Inédito)

15 de agosto del 2010 (Hora de la siesta).

1                                                               ******Mariano******

 

Vuelvo aspirar el aroma que emana el pecho del varonil macho que está tendido a mi lado y una embriagadora sensación me invade. Si hay algo que me guste del sexo son los momentos posteriores a este, tras la furia de la eyaculación, una sensación de calma y sosiego te inunda los sentidos por completo. La merecida tregua tras cualquier batalla. No hay combate más encarnecido que aquel en que ponemos toda nuestra lujuria en juego.

Hoy, aunque he hecho el amor con un desconocido, tengo que admitir que la suerte ha estado de mi lado.  German es una persona generosa como pocas, así que hoy no ha entrado en juego la estupidez tan habitual en estos casos de vestirse deprisa y pasar página. Un comportamiento consecuente con la consideración de que los sentimientos están pasado de moda, pues nos hemos vueltos tan frágiles que hemos llegado a pensar que nuestras armaduras urbanitas no están equipadas para soportar el rechazo por parte de quien nos atrae.

Ese temor tan extendido choca con la necesidad de sentirnos especiales, de creer que somos una gota de agua distinta en el océano de gente que nos rodea y, conforme van pasando los años, nuestra tarjeta de presentación no es tanto el físico como los logros que hemos conseguido.

German no ha presumido en ningún momento de la persona que no se ve a simple vista, simplemente me ha mostrado la persona que es y, aunque pueda parecer que me ocurre cada vez que hecho un placentero polvo, podría decir que ha conseguido ganarse un trocito de mi corazón.

Hoy, al contrario que en otras ocasiones que he follado con un extraño, no me siento sucio e inmoral.  Puede que se deba a que el tío con quien  acabo de tener sexo no está corrompido por los perjuicios y estatus sociales de las grandes ciudades o quizás porque mi recién estrenado amante es el individuo con quien más he empatizado en el plano sexual en mucho tiempo, sea cual sea el motivo, me siento feliz y un sentimiento de tranquilidad recorre mi pecho.

Una vez ambos hemos alcanzado el orgasmo, nos hemos tendido uno al lado del otro, esperando que un reconfortante sueño venga a visitarnos.

El gallego se ha quedado dormido de inmediato. Se ve que tiene menos problemas de consciencia que yo y, a diferencia de mí, no precisa “consultar” nada con una almohada que no le va a dar ninguna respuesta y sí muchos dolores de cabeza.

Pese a lo satisfactorio del momento, de la felicidad que me embarga, la desazón martillea en mi cabeza y no me deja ser plenamente dichoso. El día que aprenda a dejar de hacerme pajas mentales por todo, conseguiré que mi vida sea mejor de lo que es.

Los escasos tres días que llevamos en Galicia han sido un claro ejemplo de turismo sexual. En Vigo casi llegué a perder la cuenta de los tíos con los que llegué a echar un polvo. No desaproveche ninguna de las oportunidades que se me presentaron y me he tirado a todo macizo que se me puso a tiro.  Fue como si el Mariano recatado y cabal se hubiera quedado en Sevilla y quien ha terminado viniendo de vacaciones ha sido mi yo más petardo y promiscuo.

Quisiera culpar de ello a JJ y su frivolidad a la hora de tratar sus relaciones sexuales, pero hace años que lo conozco y nunca  su influencia petarda me ha hecho sacar tanto los pies del plato como ahora.

Aunque la excusa suene vana,  su actitud de “a follar a follar que el mundo se va acabar”, no me está ayudando demasiado a controlar mis impulsos más primarios.

Voy tan salido que hemos parado a desayunar en una estación de servicio donde había un numeroso grupo de camioneros, como estaba tan reventado de tanto trajín, me he quedado dormido y he soñado con una orgia con todos ellos. Circunstancias que mi amigo ha aprovechado para tener sexo con uno de ellos (o con varios, no lo tengo claro pues estaba tan escandalizado y cabreado  con su comportamiento que no quise que me contara nada al respecto).

Esta actitud mía de esconder la cabeza bajo los problemas, cual avestruz. Cada vez me crea más inseguridades y me hace más superficial ante la gente. Es como si precisara de la aprobación de todo bicho viviente que se cruza en mi camino y ese beneplácito se consumara mezclando en mayor medida nuestros fluidos.

Lo peor es que la persona con la que comparto viaje se ha tatuado en la polla y en el culo “Living la vida loca” y, con su actitud, está apagando el fuego de mi pasión con gasolina.

Por lo que puedo intuir, me ha traído engañado a Villa de Combarro, un pueblecito pesquero donde decía que nos íbamos a quedar en casa de unos tipos que conocía del trabajo. Algo que, a todas luces, ha resultado ser una mentira como una casa. No sé dónde se habrá relacionado con  los dos hermanos gallegos, pero está claro que no tiene nada que ver su vida laboral y mucho con su vida díscola.

Lo único positivo de todo esto es que German ha resultado ser un hombre como la copa de un pino y, aunque en un principio he tenido mis reservas, no me arrepiento de haberme dejado penetrar por él. Ha sido, sin lugar a dudas, la vez que más he disfrutado mientras me follaban.

Si yo que he dado con la parte tímida de la familia, me he pegado un pedazo de polvo, no quiero pensar mi amigo que, según parece, ha dado con el atrevido. Pongo mi cabeza a funcionar e intento construir un escenario en el que pueda dibujar a Roxelio y JJ en un combate sexual… Sin embargo, mi libido pierde la batalla frente al agotamiento que me embarga y mis parpados caen como persianas…Otra vez será…

2                                                                          ******JJ******

Si hay alguna cosa en este mundo que me dé morbo en cantidades industriales es follar bajo la ducha. El agua caliente cayendo sobre tu cuerpo al mismo tiempo que otro cuerpo se restriega contra el tuyo es algo que me pone a mil por mil. Si, como es el caso, el macho es atractivo y varonil a más no poder, es imposible que mi polla deje de estar dura como una piedra.

El gallego está resultando ser una sorpresa de lo más gratificante, no solo porque no haya habido trampa ni cartón en las fotos que se intercambió conmigo en el chat  privado de la página de contactos y su físico se corresponda casi al cien por cien con  la imagen que me había creado de él, lo que más cachondo me tiene de este tipo es la relación incestuosa que mantiene con su hermano. Algo que me trae a la memoria a mis primos Ernesto y Fernando y, de solo pensarlo, me pongo caliente como una perra en celo.

Ellos fueron mis primeros maestros en las artes del sexo, ellos fueron los que me empujaron a vivir la realidad de mi vida y no la mentira que la sociedad había creado para mí. Nunca he conocido dos personas que se quisieran tanto como ellos y que, a su manera, supieran disfrutar tanto del sexo. Verlos follar o compartir sus cuerpos, ha sido de lo mejor que me ha pasado.

Seducido por los recuerdos de la granja me dejo llevar y hasta sopeso la posibilidad de practicar sexo sin protección. Sin embargo, por muy sugerente que me parezca, lo de echar un polvo en el baño, no convence del todo a Roxelio quien tiene en mente otra cosa. Cuando más volcado estoy en dejar que me penetre bajo el agua, me insta a que nos duchemos rápido y nos vayamos para su cuarto, donde me tiene unos cuantos jueguecitos preparados.

Ha sido escucharlo y un escalofrío ha recorrido mi espalda. He estado tan concentrado con ocultar mis verdaderas intenciones a Mariano que se me ha olvidado que los de Combarro eran unos amantes del “bondage”, sobre todo de la dominación. Es lo que tiene conocer a alguien en una página de sado como “Tu dueño”, que, por muy buenos que estén y por muy normales que parezcan, siempre tienen un lado oculto perverso y depravado. En este caso, según creo recordar, les gustaba el juego amo y esclavo. ¡A ver por dónde sale la cosa, porque yo no tengo el culo para muchos farolillos!

A decir verdad, después de mi experiencia con los holandeses en la sauna de Vigo, no me apetece nada experimentar con la parafernalia de la sumisión y demás. Así que si veo algo que no me gusta, con mandarlo con viento fresco tengo bastante. Prefiero quedar de estrecho a que al oso se le vaya la pinza y me haga una salvajada. Lo que sería una pena porque, a diferencia de los de la tierra de los tulipanes y los quesos, el gallego está de un bueno que te cagas.

Nos secamos, cubrimos minimamente las vergüenzas con una toalla y, tras darnos un somero muerdo,  con magreo incluido, que me pone casi taquicardico, nos dirigimos a su habitación.

Visto mi historial en sexo no consentido, la simple mención de que alguien sea dueño de mis actos, aunque sea de forma fingida, debería hacerme poner pies en polvorosa. Sin embargo, ante estas situaciones, soy la mosca que se acerca peligrosamente a la tela de la araña.

Paradójicamente, a pesar de que no tengo la mente todo lo relajada que me gustaría,  mientras camino tras de él en dirección a  su dormitorio, mi verga sigue dura y mirando al techo. No sé si es porque el gallego tiene una planta de empotrador de las que tiran de espaldas o porque me gusta que me sometan, más de lo que estoy dispuesto a admitir.

Hecho una visual a sus espaldas y a su culo peludo y llegó a la conclusión de que son las dos cosas: el tío está cañón y, más que me pese, me pone mogollón adoptar el rol de sumiso.

Con un gesto que resuma amabilidad por los cuatro costados me invita a entrar en su cuarto. Una vez traspaso el umbral, me mete un pescozón en el trasero y me abraza desde atrás, echándome sus enormes brazos por los hombros. Es notar la dureza de su entrepierna contra mis nalgas y el pulso se me acelera como una Harley en una carretera solitaria. Con el vigoroso torpedo posado sobre la raja de mi culo , el ojete se me hace mermelada y noto como mi polla babea unas gotas de líquido pre seminal.

En el momento que sus manos aplastan mi tórax y su boca mordisquea mi cuello, estoy tan fuera de mí que me olvido por completo de cualquier cautela y me entrego por entero a sus caprichos. Soy tan esclavo del sexo que cualquiera que me atraiga en la medida que lo hace este tío, se puede convertir en mi amo.

Tras acariciar ampliamente mi pecho y mi abdomen, lleva sus manos a mi cintura y desanuda la toalla, dejándola caer al suelo de un modo que hasta se me antoja un poco cinematográfico.  Sorprendentemente, atrapa mi polla entre sus gruesos dedos y me pajea contundentemente.

—¡Para, para, si no quieres que me corra! —Le suplico con un pequeño hilo de voz.

—¿”Chegar e encher”?  —Me dice Roxelio en un tono entre jocoso y sorprendido.

Debo poner cara de elefante en un acuario porque mi atractivo gallego sonríe por debajo del labio y me dice:

—No te has enterado de nada, ¿no?

—Lo siento, pero no. A mí como me saquen del griego y el francés, los idiomas no son lo mío —Digo colocándome de frente a él y  poniendo mi mejor cara de circunstancia.

—“Ben” —El osito gallego hace una pausa al hablar —Lo que sucede “galopin” es que yo tampoco sé cómo traducírtelo.

—Pues tampoco hace falta que me lo traduzcas —Le digo acercando mi boca a la suya y regalándole un piquito, en un intento de quitarle importancia al tema. ¡Joder!, que aquí hemos venido a follar, no para hacer análisis morfosintácticos.

—Malo será, si no lo hago. Pensarás que te he dicho una grosería y yo a mis amantes los mimo “moito”.

Oír esa frase de los labios del tipo que momentos antes me ha dicho que me tenía preparado unos jueguecitos sados, es la contradicción superlativa. Así que pongo cara de que me interesa mucho lo que me tiene que decir y le dejo que hable pues ha conseguido ponerme tan tierno que el culo se me ha licuado del todo.

—Lo de “Chegar e encher” viene a ser como llegar a un sitio y conseguir lo que se quería. Es el “Veni, vidi, vici” gallego. Era una forma de decirte que no podías correrte tan pronto, pues se nos acabaría la diversión.

Lo observo en silencio, hay tanta generosidad y nobleza en sus ademanes que, a pesar de que quiere ir de duro, es un blando de mucho cuidado. Agarro fuertemente sus bíceps entre mis manos y tras sobarlos de una manera que roza lo ordinario, vuelvo acercar mis labios a los suyos y nos unimos en un prologando beso.

No sé qué demonios pasa por su cabeza, pero en vez de seguir caminando hacia el sexo cariñoso, mi amante comienza a comportarse como una bestia bruta y dominante. A decir verdad, no me sorprende este cambio en su actitud, ya he conocido a unos cuantos con coraza de este tipo. Les da tanto miedo parecer vulnerables, que le puedan llegar a hacer daño, que adoptan un rol dominante para hacer creer que son ellos los que llevan el control de sus relaciones y que no les afecta nada. Una pose que, en la mayoría de los casos, encierran multitud de complejos y más dolor silencioso que deseo de someter a sus semejantes.

En fin, otra alma maltratada por los vaivenes de la vida y a quien, como a tantos, les cuesta tanto pedir ayuda que, cuando lo hacen, ya es demasiado tarde.

Más tranquilo porque he descubierto que no se trata de un desalmado, me meto en mi rol sumiso y me entrego por completo a sus juegos de amo y esclavo.

Nuestros labios se separan de una manera abrupta, como si fuéramos fieras sumidas en una danza del celo, como si nos quisiéramos devorar el uno al otro. Una coreografía sobreactuada que me transforma en algo diminuto comparado al amasijo de músculos y testosterona que tengo frente a mí.

Tras darme un sonoro manotazo en el trasero, se dirige hacia un armario de madera, por su tamaño y forma me recuerda a los muebles de la casa de mis padres. Me vuelve a chocar ese gusto por igual que el gallego tiene por lo tradicional y lo vanguardista. Abre la puerta de este y rebusca algo en el estante superior, cuando lo encuentra, me lo lanza  y me dice:

—Pruébatelo, lo he comprado para ti, creo que “che” quedara “ben”.

Aunque lo que me lanza son unos suspensorios en una pequeña cajita, el detalle de que se haya acordado de mí de este modo y forma, me deja claro que por mucho rollo de cuero y sumisión que este tío se traiga conmigo, lleva esperando nuestro encuentro bastante tiempo. Lo que, aunque sea simplemente para un polvo inolvidable, me hace sentir ligeramente especial.

El color elegido para los “slipsconelculodescubierto” no puede ser más hortera: amarillo pollito. Dado que no quiero estropear la magia del momento, tiendo por meterme la lengua por donde no da el sol para no soltar un sarcasmo a destiempo, pues, sino quiero quedar como un estúpido bocazas, lo mejor es dejar que  mi maldita sinceridad se tome unas pequeñas vacaciones. A pesar de que pienso que son más horteras que un “burkini”, me los pongo con cara de que me gustan un montón. ¡El buen actor que se ha perdido el cine de Almodóvar conmigo!

Mientras yo me pongo mi uniforme de follar, Roxelio se pone el suyo: Unos slips de cuero por cuya cinturilla asoma provocativamente la punta de su  erecta verga y un arnés plateado que se ciñe de manera sensual  a su peludo pecho.

Lo miro y tengo la sensación de que ha salido de una ilustración de Tom de Finlandia. Eso sí, con veinte centímetros menos de rabo. Que el finlandés a todos sus súper héroes la daba el mismo poder: cincuenta centímetros de rabo del que se mete por el culo

Lo vuelvo a mirar de arriba abajo y me vuelvo a excitar. Esta vez con la polla atrapada bajo la asfixiante tela, noto como el ano se me hace caramelo líquido.

—“Galopin”, ¿tú has “xogado”  alguna vez al bondage?

De nuevo, esa manía que tiene de entremeter palabras gallegas me deja un poco fuera de juego. Asimilo un poco lo que me ha dicho, me lo repienso un poco y le contesto:

—No, pero he visto muchos videos.

—Es como decir que practicas deporte “vendo” los partidos en la televisión.

—¿Algún problema? —Pregunto un poco desorientado ante lo que me parece un reproche.

—Ningún, será como enseñar a un rapaz  virginal a mantener una polla dentro de su culo.

La seguridad que emanan sus palabras me tiene un poco perplejo y en vez de tranquilizarme, me está consiguiendo poner cada vez más nervioso. Sin embargo, si no me relajo no creo que consiga disfrutar de esa gruesa polla que  asoma como la cabeza de una tortuga.  No sé por qué, pero tengo la sensación de que el gallego es de lo que prefiere hacer disfrutar y preveo que voy a echar uno de los mejores polvos de mi vida.

Me mira de arriba abajo, se relame el labio perversamente y me dice:

—¡Que bo coo  tes, colega! ¡Voucha a meter hasta que me de asco!

Comprendo que al osito no esté acostumbrado a hablar en castellano y le cueste hacerlo, pero su forma de expresarse me tiene más despistado que  Bertín Osborne en una manifestación feminista. Así que, aunque no me enterado de jota, supongo que lo que me ha echado ha sido un piropo y le sonrió poniendo mi mejor cara de imbécil.

Vuelve a buscar algo en el armario, esta vez saca varios rollos de lo que parece cinta de vinilo de colores muy llamativos, un par de rollos de cuerdas de color rojo y una especie de antifaz para los ojos. No tengo ni puñetera idea de cómo acabara todo esto, pero solo de pensarlo me pongo caliente como una perra.

—La palabra de seguridad es  trompa —Me dice mi macho empotrador mientras desanuda los cordeles, con los que supongo me va a atar.

Pongo cara de no saber muy bien de qué me está hablando. Me mira de refilón, me sonríe picaronamente y me dice:

—“Galopín”, me da la sensación de  que los videos que tú has visto eran todos en inglés.

—Y a mí, como te he dicho,  el inglés me suena a chino.

—En todos los juegos de sumisión existe una palabra de seguridad por si en algún momento la cosa se va de las manos. El sometido únicamente tiene que pronunciarla para que el juego se detenga de inmediato.

Niego varias veces con la cabeza, por lo que Roxelio me mira extrañado.

—¿Qué pasa?

—Que no me gusta la palabra.

—¿Y eso?

—Porque si en un momento determinado se me antoja pedirte que me metas la trompa, vas a parar y me vas a dejar más caliente que un pederasta en una piscina infantil.

El gallego sonríe satisfecho por debajo del labio y me suelta  entre dientes una frasecita en su lengua natal que no termino de entender, pero que supongo será un insulto cariñoso porque se viene para mí y acariciándome la mejilla me dice:

—Pues llevas razón, es una palabra muy mala y yo no me quiero quedar sin meterte la trompa. Así que escoge tú la palabra.

—Chocho.

El osito aprieta los labios y mueve la cabeza afirmativamente, para terminar diciendo.

—Una palabra muy buena, no creo que a ninguno de los dos se le ocurra decirla mientras jugamos.

Sin más contemplaciones, con un gesto,  me pide que me siente en la cama para, a continuación, envolver mi tronco  entre un rollo de cinta elástica de color verde trébol. Por su modo de actuar, me da la sensación que no es la primera vez que lo hace y que tiene un master en todo esto de embalar tíos sumisos.   En unos segundos me inmoviliza por completo, únicamente tengo las manos libres, pero apenas puedo mover los dedos. De estar súper excitado, paso a estar un poco agobiado. Otra vez , la reciente mala experiencia con los holandeses viene a mi memoria y un escalofrío me recorre de arriba abajo.

Se sube al camastro y se  pone de píe junto a mí de forma que su entrepierna queda a la altura de mi boca.  De manera burda comienza a pasear su paquete delante de mis morros. El olor que desprende su miembro viril me hace olvidar lo incomodo que estoy y, como la  buena perra salida que soy, comienzo a lamer y mordisquear el cuero negro.

Todo esto es nuevo para mí y, aunque por momentos me siento un poco fuera de lugar, tengo que reconocer que la parafernalia del bondage tiene un morbo enorme. Noto como mi polla se endurece de manera dolorosa, clamando por salir de su ajustado encierro.

Segundos más tarde, desnuda su grueso cipote y, sin pedirme permiso, la encasqueta de golpe entre mis labios. La salvajada que me acaba de hacer no tiene parangón, me falta el aliento y la sensación de ahogo va en aumento, sin embargo, con la misma rapidez que la ha introducido, la saca. El suficiente tiempo para dejarme respirar, pues de nuevo vuelve a empujar sus caderas y mi boca queda rellena por caliente embutido.

La maestría con la que el muy cabrón mide los tiempos, consigue que lo que comienza siendo una sensación desagradable, se vaya transformando en algo de lo más placentero y excitante.

Noto como mi verga intenta escapar de la prisión y, al no poder hacerlo me empieza a molestar de manera agobiante. Asumo el dolor como algo que viene en el lote de esta perversión de la dominación y prosigo tragándome el grueso cipote como si no hubiera un mañana.

Igual de repentino que comenzó a darme de mamar, Roxelio deja de hacerlo. Tira de los cabellos de mi nuca y deja su babeante verga a escasos centímetros de mi boca, una pequeña distancia que la hace inalcanzable y más apetecible si cabe.

De manera brusca me empuja sobre la cama. Baja de ella y me levanta las piernas hacia arriba.

Con uno de los llamativos cordeles envuelve mis tobillos y, a continuación mis muñecas. Una vez comprueba que no está demasiado flojo para que me pueda escapar, ni demasiado apretado para que me pueda hacer daño. Hace un  complicado nudo que queda oscilante sobre mi abdomen, dejándome en una especie de postura fetal.

La sensación de impotencia es absoluta. En el momento que el gallego se pone de rodillas junto a mi cabeza y empuja mi nuca para que me trague su zanahoria, me siento como Bugs Bunny cuando los salvajes indígenas lo metían en la olla hirviendo para cocinarlo.

Conforme voy asimilando la incómoda posición en que me ha colocado, voy disfrutando del sabor de la oscura trompa del gallego. Las vejaciones a las que me está sometiendo, lejos de desagradarme, me tienen súper excitado.

Me tira de los pelos de la nuca y, tras sacarme la verga de la boca, hunde mi nariz y mi boca en sus huevos. Obligándome a olisquearlo y a chupárselo. Durante unos segundos la sensación de asfixia se vuelve de lo más angustiosa. De nuevo, como si todo estuviera calculado de forma exhaustiva, en el momento que creo que no voy a poder soportar más se detiene.

Sin decir ninguna palabra, se baja de la cama. Apenas puedo levantar la cabeza para ver lo que hace, de lo único que soy consciente es que se arrodilla ante mí, juguetea un poco con los elásticos del hortera suspensorio, coloca las manos entre mis glúteos y los empieza a magrear como si estuviera amasando pan.

Lo hace de manera tan poco refinada que no puedo evitar que un leve quejido de dolor se escape de mis labios, pero me está gustando tanto que aprieto los labios. No vaya ser que se me escape un “chocho” por casualidad y se acabe la fiesta.

En el momento que considera que la soba que me está pegando en el culo ha llegado a su culmen, acerca la nariz a mi ojete y, tras absorber su aroma, comienza a lamerlo de forma desmedida. «¡Esto es un beso negro y lo demás es tontería!», pienso mientras hago un esfuerzo por no gemir como un poseso.

No sé si porque tengo los sentidos a flor de piel o porque Roxelio es un genio en esto de comer golosamente anos, pero el roce de su húmeda lengua me pone al borde del orgasmo. Me olvido que en la habitación de al lado está Mariano y suelto un quejido de lo más escandaloso.

Con el agujero humedecido y completamente dilatado. No es raro que dos de los dedos del gallego entre sin problema. Durante unos segundos juguetea con meterlos y sacarlos de él. Primero como si estuviera tanteando la capacidad de tragar de mi culo, luego de un modo que roza lo violento.

Otra vez cuando el dolor se me hace insoportable, mi fornido amo detiene sus movimientos. Se levanta y vuelve a buscar algo en el armario que está resultando ser como una tienda de todo a cien del bondage. En esta ocasión, lo que saca de su interior es una lata de crema dilatadora y un dildo de enormes dimensiones.

A ojo de buen cubero me parece que tiene cinco centímetros de ancho y al menos veinticinco de largo. Aunque mi recto ha servido de hotel para pollas de todos los tamaños, después del tute esta mañana con los camioneros me temo  que no está para un objeto de esas dimensiones

La idea de que me metan algo tan grande me parece de lo más morbosa y mi polla parece que va a estallar debajo de los suspensorios. Por lo que, a pesar de que una parte de mí teme que le puedan hacer daño, la perversa fantasía pesa más que la cordura. A las malas, si la cosa se hace insufrible, tengo el comodín de  la palabra de seguridad, pero preveo que no me va a hacer falta.

Unta una enorme cantidad de crema en los pliegues de mi ano y comienza a meter sus dedos, cuando consigue meter tres sin dificultad coloca el pollón de plástico sobre él y comienza a empujarlo.

—¡Relájate, perrito mío, que vas a gozar como nunca!

Me dejo llevar por la promesa de mi macho empotrador y abro todo lo que puedo mis esfínteres. Aunque al principio me duele un pelín, noto que no hay desgarro alguno de la piel y, paulatinamente, el placer lo va dominando todo.

Durante unos minutos el gallego mete y saca el juguete sexual de mi culo. Cada vez que la punta del enorme consolador roza mi próstata, tengo la sensación de que voy a eyacular y noto como unas pequeñas gotas de líquido pre seminal se me escapan.

A Roxelio esta circunstancia no le pasa desapercibida y sin dejar de profanar mi recto, se pone a juguetear con el elástico de la cinturilla de mi suspensorio. Cada vez que lo estira y lo suelta sobre mi erecto pene, es como si el dolor me fuera a empujar al orgasmo.

Encasqueta de manera contundente el pollón de goma en mi recto y se vuelve a subir a la cama. Se arrodilla junto a mi cara y de nuevo me obliga a tragarme su grueso nabo. En esta ocasión, aprieta la nariz entre sus dedos y la sensación de asfixia hace que me excite de un modo que desconocía.

De manera incontrolada mi polla comienza a expulsar esperma. Roxelio se percata de ello y, tras dejar que el aire llene mis pulmones de nuevo, comienza a mover sus caderas de forma desmedida.

Poco después un quejido de placer escapa de la boca del gallego y, al mismo tiempo, una buena cantidad de leche caliente inunda mi boca hasta que se escapa por la comisura de mis labios.

¡Qué pedazo de polvo acabo de echar!images.jpg

 

 

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