Intercambio sexual entre la arena y el sol (2 de 2)

La historia hasta ahora: Guillermo y JJ deciden hacer cruising,por primera vez desde que están juntos. Tras un pequeño escarceo en el que un jovencito le mama a ambos la polla, deciden tener sexo el uno con el otro, cuando notan que están siendo observados.

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Al principio, nos cortamos un poco, no porque nos moleste que nos vean haciendo “cochinerias”. El cuerpo humano y el sexo es algo de lo que ni yo ni mi novio nos avergonzamos. El motivo de nuestro desconcierto es pura y llanamente su forma de acercarse: tan cauta y silenciosa. Y  lo que decía mi madre: «Si te escondes, algo tramas».

No sé si seguir con lo que estoy haciendo (al fin y  al cabo, ya han visto todo lo que tenían que ver) o mandarlos a tomar viento fresco. En cuanto me percato de que son nuestros vecinos  alemanes de la playa, mi polla, la cual se había encogido un poco por la impresión, vuelve a resurgir de sus cenizas cual ave Fénix.

Veo que traen el mismo equipaje que nosotros, por lo que es muy posible que hayan dejado al “infeliz” de Mariano al cuidado de sus bolsas y demás (¡Cómo si lo estuviera viendo!).

Visto lo visto, lanzo una picara mirada a Guillermo y prosigo con mi degustación de las “delicias de entrepierna”.

Una vez perdida la timidez, una de las sensaciones más morbosas que hay es ser observado por un desconocido mientras realizas el acto sexual con tu pareja. Es como si atravesaras todas las puertas de lo prohibido para adentrarte en un terreno, donde libertad y libertinaje se mezclan perdiendo toda identidad.

La falta de decoro con la que actúo, hace que uno de los extranjeros comente en voz alta algo a su compañero (no sé si le pasara a todo el mundo pero el idioma germano me suena como a ladridos de perro, supongo que a los alemanes les pasará lo mismo con el nuestro).

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Sea lo que sea lo que se dicen, el lenguaje de los cuerpos es universal y si bien no se acercan del todo  por temor  a una respuesta negativa, sin reparos de ningún tipo, el mayor mete una buena agarrada al paquete del más joven, el cual empieza a tomar vida bajo el bañador.

Mi novio, al ver que los tipos han decido quedarse, me lanza una pregunta entre dientes:

-¿Te gustan?

Asiento con la cabeza pero como considero que mi respuesta no está completa del todo, me saco su polla de la boca y concluyo explicando el porqué de mi afirmación.

-No es cuestión de que me gusten más o menos. Ellos son pareja y al igual que nosotros tendrán sus historias y tal para liarse con otra gente… ¿No te parece una experiencia interesante?

Guillermo me responde moviendo la cabeza, en su faz se refleja la sorpresa y el morbo por igual. Movido por su gesto me introduzco de manera salvaje su nabo, al sentir cómo mi garganta sirve de tope a su capullo, un incontenible y prolongado bufido escapa de sus labios.

Por otro lado, la parejita del norte de Europa siguen tocándose, mientras no pierden detalle de la comunión de mi boca con la hermosa verga.

Sin dejar de acariciar el maravillo aparato con mis labios, comienzo a analizar a los dos recién llegados: El mayor tendrá unos cincuenta y pocos años, el poco pelo que tiene es de color plata y aunque se ve que conserva una buena forma física, se intuye que también ha tenido tiempos mejores pues sus rasgos y apariencia física manifiestan un tremendo atractivo y este, como es sabido,  no tiene tiempo de caducidad, aunque su cuerpo tiene una anchura considerable y dado que  es muy alto, no parece estar gordo. Es lo que todo el mundo llama: un madurito interesante.

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Su compañero tendrá poco más o menos la edad de Guillermo pero sobrepasa a mi novio en más de veinte centímetros, es casi tan alto como su pareja. Es solo verlo y uno intuye que es el clásico musculito que si los espejos se gastaran por mirarse en ellos, tendría que renovarlos por lo menos dos veces en semana. Sus brazos son desmedidos, sus hombros casi ahogan su cabeza, la cual sale a relucir como la de una tortuga sobre su enorme y ancho cuello. Todo en él es un canto a los esteroides y al narcisismo desmedido. A pesar de lo bestial de su apariencia es tan rubio y tiene la piel tan clara que no da una imagen de tipo duro. Podrá parecer contradictorio, pero tengo la sensación de que es un “blandito”.

El siguiente movimiento en la partida de ajedrez sexual que hemos montado lo da el equipo alemán avanzando y  poniéndose a escasos centímetros de donde nos encontramos. En claro remedo a lo que yo hago, el madurito interesante saca la polla de su novio  y tras masajearla un poco se la mete en la boca.

Tengo que reconocer que el primo de Stallone está bien servido, tiene un pollón enorme y gordo y al estar circuncidado, su enorme cabeza lo hace parecer mayor.

Su amante pasa la lengua por el enrojecido capullo metiéndose de golpe y porrazo aquella bestia en la boca, a pesar de que se ve que tiene  bastante practica en tragarse el descomunal aparato, unas pequeñas arcadas detienen en un par de ocasiones su cometido. Una de las veces que  descubre que lo estoy observando por el rabillo del ojo, me muestra el babeante pollón de forma provocante.

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De rodillas como estoy, me arrastro la escasa distancia que nos separa, silenciosamente le pido un cambio de pareja en este baile de “bocapolla”. Sin protocolos de ningún tipo, el cincuentón se arrastra hasta Guillermo y envuelve con la boca su miembro viril.

Yo por mi parte, me tomo mi tiempo y mientras aprieto el monumental rabo entre mis dedos, me dedicó a ojear el templo a los esteroides que tengo ante mí. No hay nada natural en su desmedida musculación, la cual ofrece un aspecto hinchado y  da la sensación de que está a punto de estallar. Tanto es así que al detener la mirada en las venillas de sus muslos,  me da la sensación que tiene cuerpos extraños bajo la piel.

Como descubro que lo único salvable del hipertrofiado alemán, es el cincel  que tengo ante mí. Decido darle una  mamada de las que hacen época, para que se lleve un buen recuerdo de este país del sur.

Lo primero que hago es pasarle la lengua por el nervio que une el glande con el tronco, un placentero bufido me hace ver que estoy en el buen camino. Me meto el capullo por completo entre los labios y comienzo a succionarlo, al acariciarlo levemente con la puntita de mi paladar segrego cantidad de saliva que termina por cubrir el inmenso trozo de carne desde su tallo a su copa.

Empapado con el viscoso líquido, lo pajeo simulando una mamada,  tanto más paso mis dedos por él, más vigoroso se vuelve. Lo suelto durante unos segundos y comienza a vibrar, como si tuviera vida propia.

Tengo claro que aquel mastodonte sexual es lo menos apropiado para hacer un “garganta profunda” pero también me pica la curiosidad de conocer mis límites. No me hago esperar y  me la trago de una sola “trancada”. Al poco, mi cavidad bucal se ha adaptado al tamaño y la absorbe casi hasta al fondo, sin apenas  dificultad. Mientras el enorme capullo roza mi campanilla, me dedico a jugar con los vellos rubios de sus abultados testículos.

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Tan absorto estoy en disfrutar del momento que casi me desentiendo de lo que mi chico está haciendo con el otro tipo. Le lanzo una visual y compruebo que no está perdiendo el tiempo.

El madurito se ha tendido sobre la arena y Guillermo se ha acuclillado sobre los morros de este y, por lo que puedo entrever, le está pegando un beso negro de “estatequietoynotemenees”.

Vuelvo a concentrarme en mi tarea, pero se me ha antojado un “huevo” lo que he visto hacer. Así que ni corto ni perezoso, paseo mis manos por las nalgas de “mister culto al cuerpo”. ¡Jó, se ve que el súbdito de Merkel no solo se ha pinchado “chasca” en brazos, piernas y demás! ¡Algún que otro “jeringazo” ha ido a parar al culo, pues lo tiene duro como un marmolillo!

Paseo mis dedos a lo largo de su rasurado orificio; como veo que no se inmuta lo más mínimo, tras el baile de cortejo poso mi anular sobre la rendija. Un leve espasmo me revela que no se siente incómodo. Así que con un sutil gesto le indico que se  dé la vuelta. Lo próximo que siente el remedo de Vin Diesel es mi lengua profanando su rosado agujero y por sus gemidos placenteros se ve que le gusta bastante.

Mientras minuciosamente recorro cada uno de los recovecos del depilado hoyo, me aferro a sus cachas. A pesar de la perfección que emanan, su tacto se me antoja artificioso, pienso que algo parecido se tiene que sentir al acariciar unos pechos de silicona: hermosos e idílicos por fuera, un remedo de humanidad por dentro.

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Vuelvo a dirigir mi atención a Guillermo y a la pareja del musculado, quienes han vuelto a cambiar de postura, el cincuentón se ha puesto en cuatro sobre la arena mientras mi novio da un buen repaso con su lengua al culo de este.

Mi ocasional amante capta el cambio en estos y con un ladrido y un gesto me pide que adapte la misma postura que su novio. (En mi contra he de decir que capto mejor el gesto que el ladrido… ¡Hablar con los germanos de temas románticos, debe ser lo más difícil del mundo!)

El Schwarzenegger de pacotilla es todo un maestro en usar la lengua y a la vez que magistralmente lubrica mi ojete, me hace llegar al séptimo cielo. Pero se ve que lo que yo sienta o deje de sentir le trae al pairo pues cuando más emocionado estoy, comienza a empujar uno de sus dedos a través de la ranura de mi culo. Es comprobar que no hay barrera que franquear y me vuelve a lanzar otro ladrido (Por cómo suena, tiene que ser la versión amable de estos.)

A buen entendedor pocas palabras bastan, y si el remedo de Van Damme me quiere follar, no voy a ser yo quien le ponga ninguna pega. Eso sí, con la seguridad que manda los cánones.

Me levanto para coger la bolsa de cuero marrón que traía, cuando veo que mi amorcito se me ha adelantado y como quien no quiere la cosa, le está poniendo a su polla un uniforme de “follatranquiloycontento”.

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A la vez que el me da un traje de látex, nos intercambiamos una cómplice mirada; no me puedo reprimir y le doy un fugaz pero apasionado beso.

Lo mejor del sexo en grupo no es las posibilidades de variedad que ofrece, lo mejor es cómo se hacen realidad las fantasías. Siempre me ha gustado mirar en el espejo la cara que Guillermo y yo ponemos cuando hacemos el amor. Hoy tengo la oportunidad de observar los gestos que pone mi chico cuando penetra a otro.

Me coloco de rodillas frente al cincuentón con mi rostro casi pegado al suyo y la sensación que me invade al contemplar todos y cada uno de los cambios que sufre su expresión, no tiene parangón.

Me abstraigo por un momento del espectáculo que tengo ante mí, al sentir cómo el armario de seis puertas intenta horadar mi ojete con su enorme cincel. Por lo que deduzco, tendrá un master en meterla en caliente pero está claro que la asignatura de delicadeza se la aprobaron por la cara.

Evitando que haya daños colaterales, dirijo la descomunal verga a la justa entrada de mi agujero, tras un breve pero intenso combate entre su capullo y los músculos de mi ano, el erecto proyectil atraviesa por completo mis esfínteres.

Aunque al principio las dimensiones del aparato del alemán son difícil de digerir y me molestan un poco, una vez mi orto se adapta a él, el placer va en crescendo.

Mientras al compás de unos contundentes movimientos pélvicos el ancho y largo carajo entra y sale de mí, dedico una leve mirada  a mi novio, por su cara se lo está pasando de lo lindo. El animal que tengo tras de mí, una vez remediada la brutalidad inicial, demuestra ser un follador nato. No es que mi Guillermito le tenga nada que envidiar pero, si todos los días comes lo mismo, te aburres. Por lo que un nuevo menú puede merecer la pena, aunque cambies filetes por lentejas.

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El morboso y caliente momento se alarga durante unos minutos más. Pero todo lo que empieza acaba y dando un estruendoso ladrido (“!Ich laufe!” o algo parecido), el nórdico se corre como una mala bestia.

Aprovechando que mi cuerpo aún mantiene la memoria por el placer vivido, me masturbo y, dado el  ferviente estado en que me encuentro, derramo rápidamente mi semen sobre la arena.

Por su parte Guillermo ha parado sus movimientos de caderas y mordiéndose el labio, libera su polla del condón y riega la zona lumbar del madurito con su esperma. Por muchas veces que lo vea, no me deja de sorprender la cantidad de leche que echa.  ¡Y es que mi niño está hecho todo un toro! (Aunque después de lo que ha pasado entre estas rocas, yo también: ¡Un toro con los cuernos muy grandes!)

Un nuevo ¡”Ich laufe”! llena el silencio de la desierta playa. Se ve que estos dos no saben correrse en silencio.

Tras alcanzar el placer, nos intercambiamos unas breves miradas y sonrisas. Stallone hace algo que me deja atónito: Se abraza a mí y me da un pequeño muerdo.

Su amigo se despide de igual manera de Guillermo y en menos que canta un gallo, se marchan corriendo hacia las aguas del mar.

Guillermo se sienta junto a mí y sin darme ocasión a decir una de las mías, me abraza y me da un prolongado beso.

Poco después, caminamos para bañarnos en la playa.

—¡Pedazo de polvo! ¿ein? —me dice mi novio adornando sus palabras con una sonrisa de satisfacción.

—Sí, estos putos alemanes tenían claro lo que querían y no se han cortado un pelo, para que después digan… Mucho criticar a los países del Sur, que si gastamos mucho, que si somos unos flojos… que si patatín, que si patatán. Pero cuando quieren echar un buen polvo ¿a dónde vienen? —Hago una pausa, para atraer la atención de Guillermo —¡Al sur! Si, ya lo decía Rafaella Carra: ¡Para hacer bien el amor, hay que venir al sur!

Mi amorcito me lanza una mirada, a pesar de las horas que pasa conmigo nunca sabe cuándo hablo en serio y cuándo no. ¿Pues sabes lo que te digo? Tampoco se lo pienso aclarar.

    FIN

 

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