Intercambio sexual entre la arena y el sol (1 de 2)

Me da cosa dejar a Mariano solo pero es que alguien se tiene que quedar cuidando las bolsas. En fin, que se entretenga leyendo y mirando al machote “buenorro”, y no precisamente en ese orden.

Lo cierto y verdad es que el susodicho  no está nada mal,  aunque para mí que no es “hetero pura sangre” por mucha mujer que tenga. Porque si no, dime tú a mí qué es lo que hace en una zona que está primordialmente llena de maricones, con el repelús que le damos a la gente “normal”.

El “paseíto” que nos vamos  a dar mi novio y yo por la zona de “cruising”, tiene para mí  una doble finalidad. Primero: comprobar la teoría de Guillermo, que insiste en que  los mejores momentos para ligar son  ahora (a primera hora de la mañana) y al caer la tarde. Segundo: ver si soporto cómo otro hombre manosea a mi novio delante de mis narices. Porque yo siempre he dicho que el sexo es sexo y que con una buena ducha se quita todo, pero hasta ahora nunca había  querido a nadie cómo quiero a este tío. Ese es el motivo,  y no otro, de que todavía no haya movido ficha para hacer realidad su fantasía de un trío con Mariano.  Pues, si he de ser sincero, no las tengo todas conmigo de que vaya a resultar; y los implicados son, nada más y nada menos que mi mejor amigo y el hombre al que más quiero… ¡Que como salga mal la cosa voy a estar muy, pero que muy bien jodido! Así que vayamos por partes, veamos cómo resulta esto del cancaneo y después, según cómo resulte,  seguiremos experimentando o no.

La pendiente de rocas por la que estoy trepando en busca del mamoneo de turno es de lo más empinada y dificultosa. Si esto me lo mandara mi jefe me negaría en redondo pero, hijo mío, está visto y comprobado que el ser humano a la hora de echar un polvo muy pocas veces se pone límites.

—¡Ten cuidado,  cielo,  no te vayas a caer! —Me indica Guillermo, al constatar la torpeza de mis movimientos.

—No te preocupes que, por la cuenta que me trae, no me caigo.

—No, si yo lo digo porque como la herida sea muy grande de aquí a Bárbate te puedes desangrar. —El aplomo en las palabras de mi novio me da a entender que sigue siendo el mismo “cojonato” de siempre.

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—¡ Ya saltó la alegría de la huerta! – Le digo con un claro retintín para que se dé cuenta de que en lugar de tranquilizarme me está poniendo más nervioso.

Guillermo se queda mirándome absorto, frunce el ceño un poco y hace un gesto raro con la boca. Tras esto, sigue escalando el enrevesado sendero.

Una vez llegamos a lo alto del pequeño montículo de piedras, es patente que hemos recorrido el trozo de camino más peligroso.  A pesar de que el terreno es bastante accidentado, se pueden ver cantidad de salientes a los que agarrarse, con lo que transitar por él me parece una tarea menos ardua comparada con la enorme pendiente que hemos dejado atrás.

 Me dispongo a internarme entre las erosionadas rocas calizas, cuando mi novio me lanza una pregunta cómo si le fuera la vida en ello:

 —¿Has cogido preservativos?

—Sí, mi vida. ¿Por qué te crees que llevo esto? — Le digo señalándole un pequeño bolso de cuero marrón, cuya correa me cruza el pecho de un lado a otro—La Madrid Fashion Week, que yo sepa, terminó ya  hace tiempo.

¿Por qué seré tan cortante a veces? Menos mal que, después de más de diez meses viviendo juntos, el pobre sabe que no voy con mala intención… O eso, o  que se ha acostumbrado a mis salidas de tono y pasa un kilo de lo que le digo.

Al caminar tras mi novio por el escabroso camino de rocas, no puedo evitar posar la mirada en sus hermosas nalgas, las cuales se marcan de manera provocativa bajo el pequeño y ajustado bañador.

No mentiría si dijera que me considero un tío afortunado por tener un hombre como Guillermo a mi lado.  Físicamente, mi novio está de toma pan y moja chocolate; no sólo tiene un buen culo, también tiene unas espaldas anchas, unos brazos musculados que quitan el sentido, un abultado pecho que me vuelve loco y unas piernas duras como una piedra.

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Aunque lo mejor de él es que es  una buenísima persona. Si no lo fuera, ni yo estaría con él, ni él conmigo. ¡Pues a mí es difícil aguantarme  si no se es buena gente!

Una vez pasamos el monte de rocas calizas, llegamos a  nuestro destino: una pequeña calita que, dado lo complicado que es llegar a ella, queda bastante fuera de miradas curiosas.

Al principio, tenemos la sensación de que somos los primeros en llegar, por lo que  nuestras expectativas de ligue mañanero se esfuman de golpe y porrazo.

De repente, como quien no quiere la cosa, de entre las aguas -cual Ursula Andress en el Doctor No-   aparece un chaval, tostado a más no poder, de unos veinte años y  luciendo, manifiestamente,  una cimbreante polla.

Tras coger su traje de baño de la arena se dirige hacia nosotros sin titubear. Una vez  a nuestra altura, sin cortarse un pelo, nos alarga la mano y con una sonrisa de anuncio de dentífrico en los labios nos dice:

—Mi nombre es Manuel, pero todos me llaman Manu.

Guillermo, con un gesto afable, choca la mano del atractivo joven y le dice:

—El mío es Guillermo.  ¡Pero no se te ocurra decirme Guille, ni nada parecido!

Por aquello de hacerme el interesante, me presentó simplemente como JJ.  El chaval no cae en la trampa y no pregunta el porqué de las siglas. Con lo que mi argucia para romper el hielo, queda en una especie de prueba no superada.

Tras los consabidos: «Pues dando una vuelta», «Hace muy buen día de playa», «Hemos venido otras veces» y bla, bla , bla, bla… el atrevido muchacho nos lanza una pregunta, tan tajante como directa:

—¿Sois pareja?

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Mi niño se me queda mirando como esperando mi aprobación para responder al atrevido jovenzuelo, así que me toca ser a mí quien le conteste:

—Sí, ¿Por?…—Mis palabras suenan un poco desafiantes.

—Porque estáis muy buenos los dos y si os apetece, podemos pasar un buen ratito.

¡Joder con el morenito!, no es que tenga poca vergüenza, ¡es que ni siquiera se la han presentado!

Examino brevemente al atrevido chico y compruebo que, sin ser una belleza, tiene un rostro agradable, es un poco más alto que yo, con lo que a Guillermo le saca más de una cabeza; se ve que hace deporte pues, aunque no tiene el abdomen marcado en plan anuncio de calzoncillos y tal, presenta un aspecto fibroso bastante interesante. Mi fugaz comprobación concluye en su pito, que sin ser nada  del otro mundo y pese a estar en postura de descanso, se muestra como una deseable golosina.

Tras examinar  “la mercancía”, miro a mi novio y él, un poco nervioso, (creo que le da tanto reparo atravesar esta arriesgada puerta como a mí) asiente en silencio a la osada sugerencia del chico.

—¿Dónde nos ponemos? —Le digo, suponiendo que conoce bastante bien el lugar. Algo que pudiera no ser, pues su acento deja claro  que no es gaditano.

—Detrás de aquellas rocas es muy difícil que te vean. Y si te ven, es que vienen buscando tema… —Dice con una frescura que ni yo en mis años mozos (Esta gente tan joven te hace sentir viejo por momentos).

Pese a que son poco más de las once de la mañana, la temperatura característica de la costa de Cádiz hace su aparición y a la vez que nos vamos alejando del agua del mar sentimos el calor que irradia la arena de la playa, el cual se suma al fuego  que corre por nuestras venas.

Intento no comerme el coco con estos asuntos y tiendo a considerarlos algo físico: El sexo es una cosa y el amor otra bien distinta. Pero quizás por ese sentimiento de posesión que desarrollamos hacia la persona amada, una sensación de no estar siendo demasiado honesto con mi pareja y conmigo me invade. ¿Por qué carajo tiendo a complicarlo todo de la peor manera?DnjYT_wU0AEp0MZ.jpg

Las rocas a las que nos lleva el muchacho no es que sean nada del otro jueves en lo que a intimidad se refiere. Pero es lo que dice él, hay que ir a tiro hecho para descubrirlas. Tan ocultas y a la vista a la vez: el sitio idóneo para hacer cruising.

Es refugiarnos entre las naturales esculturas y el morenito se empieza a tocar la polla tal como si se pajeara; no hay naturalidad ninguna en sus movimientos,  actúa como si todo formara parte de unas pautas aprendidas.

Guillermo y yo nos miramos perplejos, hace tiempo que no salimos a ligar ni nada por el estilo y  la “hiper-soltura” del muchacho nos supera de largo y, como siempre que tropiezo con algo por el estilo, agarro las riendas de mi vida y me encargo de dirigir el momento a mi modo y forma.

Alargo mi mano hacia el rabo del muchacho, este al perder flacidez gana en hermosura y aunque, como sospechaba, no es una maravilla de la creación, su vigorosa erección la hace  bastante deseable.

En respuesta a mi gesto, el muchacho acaricia mi pene por encima del bañador. Despacito y con buena letra, mi novio se acerca a nosotros  y como si formara parte de una conducta ya ensayada, el muchacho divide sus caricias entre ambas entrepiernas.

El chaval parece estar más interesado en averiguar lo que esconde Guillermo que en mí.  Por lo que, sin titubeos, preámbulos y demás zarandajas, saca al exterior la verga de mi novio.

La observa ensimismado… (¡Sí, que me voy a creer yo que es la primera polla que ve en su vida…!) Tras devorarla con la mirada, se introduce el rosado capullo en la boca al mismo tiempo que sus dedos acarician morbosamente la ancha vena que recorre su tronco.DnLr3jjWwAACaUy.jpg

El poco cuidado  que pone el muchacho ante los posibles contagios,  me dice que cualquier práctica sexual con él ha de ser con la máxima precaución.

Tras el primer escarceo con la verga de mi novio, se agacha ante él y comienza a efectuarle una bestial mamada. La forma que tiene de practicar el sexo oral está carente de cualquier delicadeza,  pues de manera brusca y maquinal engulle una y otra vez el erecto monolito, el cual viaja hasta el fondo de su garganta.

Es observar la cara de satisfacción con la que Guillermo  me mira y mi perspectiva sobre lo que allí está sucediendo cambia de manera radical, a pesar de que no soy yo quien saborea su sexo, es cruzar nuestras miradas y una  morbosa complicidad surge entre los dos.

Acaricio mi rabo, el cual pugna por salir a la superficie. Guillermo se muerde el labio, como incitándome a que me una a la fiesta.

El joven veinteañero parece estar en otro mundo; se saca y mete la polla de la boca como abstraído de la realidad. Como parece haberse olvidado de mí, le recuerdo mi presencia empujando suavemente su nuca hasta que el nabo de mi novio acaricia salvajemente su campanilla.

Tras una leve  pero intensa arcada, el muchacho se saca el miembro viril de la boca, la película de babas que lo impregnan, hace que este reluzca de forma tenue   bajo  la luz de los rayos del sol.

Consciente de mi presencia levanta la mirada y me sonríe, sin decir palabra y arrastrando suavemente las rodillas, se pone ante mí. Tras bajar mi bañador, repite la misma operación que con Guillermo.

He de confesar que a pesar de los recelos que me había inspirado, el jovencito es un maestro en el arte de comerse una polla. El tío sabe dónde tocarte con su lengua para que llegues al séptimo cielo y al mismo tiempo que se traga por completo tu verga, hasta que tu prepucio choca con su garganta, es capaz de proporcionarte más placer, masajeando hábilmente tus muslos.

Mi novio vuelve a clavar su mirada en mí. Esta vez no se hace de rogar y tras acariciarme el pecho indecorosamente, hunde su lengua en mis labios. La situación es caliente a más no poder, tiro de él y pego su sudoroso pecho al mío. Ajeno a nuestros movimientos,  el desvergonzado muchacho sigue jugando con sus labios en mi capullo.

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La energía con la que el muchacho hace su trabajo unido a la fogosidad  con la que me regala Guillermo, hace que por mi mente pase la idea de rendirme  al placer y correrme…

Pero esto no sucede, porque un cuarto jugador entra en la partida: A pocos metros de nosotros, un tipo moreno, alto y peludo como un oso, nos observa.

Por unos segundos el tiempo parece detenerse hasta que el joven y experto mamador, sin consultarnos siquiera, hace una señal con la mano e invita  al desconocido a que se acerque.

El desparpajo con el que actúa el chavalito me tiene  absolutamente pasmado. Siempre que nos creemos el mejor en algo, la evidencia nos demuestra lo contrario. El veinteañero tiene un morro que se lo pisa, ni en mis mejores momentos he tenido tan poca vergüenza.

El individuo, sin pensárselo mucho, se aproxima a nosotros y  a la vez que lo hace voy desgranando sus rasgos físicos: La poblada barba que luce le da una apariencia entre “brutote” y afable, a pesar de que evidencia un poco de sobrepeso, lleva este con mucha dignidad y en lugar de hacerle parecer fofo o blandito, le da cierto aire de currante fortachón. Por lo descuidado de su aspecto y su forma de moverse, me lo imagino trabajando de camionero o albañil.

Lo que más me rechina de él es la horterada que lleva como bañador. Es  de esos que llegan a media rodilla y con un estampado entreverado de  cuadros y rayas, y  que tras mirarlo un rato, uno termina  tan mareado como si se hubiera tomado tres cubatas. (¡Cuánto daño han hecho las tiendas de “chinos” al buen gusto!)

Aún se encuentra a unos metros de distancia de nosotros y sin ningún recato saca su polla al aire, la cual trae ya dura como un martillo.

El muchacho, cansado ya del sabor de mi nabo, decide cambiar de chupachups. Apenas lo tiene a su alcance cuando, haciendo alarde de su fogosa impaciencia, se lanza sobre él.

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El recién llegado, incapaz de asimilar la calentura del morenito, nos mira, para mí que como lo ve tan fuera de sí, cree que está drogado o algo por el estilo. Le hago un gesto reconfortador para tranquilizarlo, él lo capta de inmediato y se deja llevar por la  calenturienta situación.

 Mi novio y yo, a la vez que acariciamos nuestras vergas, observamos el caliente espectáculo sin perdernos detalle de la buena demostración de sexo oral que regala el muchacho al barbudo fortachón.

La polla del camionero es gorda y cabezuda como ella sola, no es que sea muy grande pero tampoco es pequeña. Tiene un tamaño que se me antoja perfecto para mamarla. El chavalito, quien por lo que se deduce ha chupado unas cuantas, parece pensar lo mismo que yo pues, de manera enérgica, saca y mete el erecto mástil  una y otra vez en su boca. El recién llegado, por la cara  que pone y los bufidos que emite, está gozando a las mil maravillas.

Mientras seguimos disfrutando del  pornográfico paisaje, pego una cachetada en las nalgas de Guillermo. Él me responde con un suave beso en los labios, sustituyo mi mano por la suya en su rabo y comienzo a acariciar delicadamente lo que más me gusta de este: la gorda vena que recorre su tronco.

Nos masturbamos mutuamente mientras nos deleitamos con el placer ajeno. El veinteañero, haciendo  alarde de su experiencia, está comiéndose el ancho cipote de manera bestial, prueba de ello son los goterones de babas que resbalan por los velludos cojones del camionero. Es tanta la pasión que pone en cada uno de los envites que la respiración del peludo hombre empieza a acelerarse, de pronto una  salvaje mueca se pinta en su cara. El chaval, consciente de lo que viene a continuación, saca de golpe el babeante rabo de su boca.

La arrebatadora imagen que se ofrece ante nuestros ojos hace que mi polla se ponga aún más dura. El enrojecido glande comienza a expulsar leche de manera desmedida; la nariz, los ojos y la boca del muchacho son  regados brutalmente por el caliente y espeso líquido.

Una vez asimilado  el placer recibido, el barbudo se sube el bañador y pronunciando un apagado: «Hasta luego», se aleja de nosotros como alma que lleva el diablo.

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El veinteañero, a quien el egoísta gesto del hombre parece no haberle afectado mucho, se toca levemente el “maquillado” rostro y nos dice:

—¡Tíos, voy a limpiarme la cara que este estaba hecho un toro! ¡Me ha llenado de leche hasta las orejas!

Por la forma de despedirse y de correr hacia la playa, mi novio y yo intuimos que el chaval no va a volver; una vez  saboreados nuestros nabos, su interés por nosotros ha desaparecido por completo.

Como la playa está bastante desierta y seguimos calientes como unas perras, Guillermo y yo decidimos concluir lo iniciado.

Me abrazo a él pasando mis manos por debajo de su cintura, cuando sus manos rodean mi nuca, ya sus labios han dejado pasar mi lengua. A pesar de estar en medio de ninguna parte, es sentir el roce de su piel y me siento el hombre más afortunado del mundo.  ¿Se puede querer a alguien más? ¡Creo que no!

Los  implacables rayos de sol caen sobre nuestros cuerpos y  los poros de nuestra piel muestran las primeras gotas de sudor. La frente de Guillermo comienza a transpirar y en un acto reflejo, paso un dedo sobre ella y lo chupo con satisfacción. Volvemos a unir nuestros labios, aunque esta vez la ternura ha sido apagada por la pasión.

Al besarnos, nuestros erectos miembros chocan entre sí, como si  fueran floretes en un descontrolado duelo. Alargo mi mano hasta su arma sexual, sentir su dureza entre mis dedos me hace sentir dichoso, paseo mis dedos por su glande y en gesto morboso me los llevo a la boca. Me agacho ante él y le meto una mamada tal, que “reseteo” automáticamente la del muchachito.

Es curioso cómo cada experiencia, por dura y nefasta que sea, nos hace crecer como personas. Minutos antes tenía mis dudas de si lanzarme al complicado terreno del sexo compartido, ahora mismo creo que es la mejor de las ideas que he tenido en mucho tiempo. Si en algún momento de debilidad había llegado a pensar que Guillermo no era “la persona adecuada”, tras lo sucedido, creo que no hay otra mejor: El sexo con él es una consecuencia y no el propio fin en sí.Do9A9uUXoAAuYsO

Al acariciar con mi lengua cada pliegue de su verga, le hago ver que puede que el chico fuera una máquina del sexo oral pero que  su máquina soy yo. Como decían en  un anuncio de cuando yo era pequeño: busque, compare y vea…

¿Cuántas veces he disfrutado de la polla de Guillermo? No lo sé, pero cada vez lo hago como si fuera la primera vez. Creo que es la clave para mantener una relación: no rendirse a la rutina. Así que si para salir de la monotonía hay que practicar sexo casi a la vista de todos… ¡Pues bienvenido sea!

Hacer el “garganta profunda” a mi amor es una de las cosas que más me vuelve loco. Tiene la polla adecuada para ello: ni demasiado grande que no te la puedes tragar al completo, ni demasiado pequeña que no te roza la campanilla. Ya te digo: ¡el tamaño ideal!

Y si algo me gusta de los momentos así es la cara que pone y los bufidos que lanza, al tiempo que yo sumerjo su rabo hasta  el fondo de mi garganta.

Entregados como estamos a la placentera tarea no somos conscientes de que se acercan dos tipos, que se paran a pocos metros de nosotros y nos miran como si fuéramos un cuadro.

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Concluye el próximo viernes.

 

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