No hay huevos (3 de 3)

La historia hasta ahora: Pedro, un chico aparentemente hetero, tras perder una apuesta en la que retó a su amigo gay a tener sexo con Teresa, su amiga común, tiene que permitir que David le practique una felación. Mientras le practican una buena mamada, recuerda su encuentro con la chica, en la que le cuenta todos los pormenores de su encuentro sexual. Una narración que termina diciéndole que se lo va a pasar estupendamente, que el tío es una maquina en la cama.Dh8BR5JWsAEXAzu

Con las palabras de ánimo de Tere aún resonando en mi memoria, retorno al momento actual. Un momento que me está produciendo tanto placer, como desazón. Observo a David y está completamente entregado a procurar que yo disfrute al máximo. Es asombrosa la manera que tiene de practicar el sexo oral.  Cada vez que creo que voy a alcanzar el orgasmo, él detiene sus mimos y me deja a las puertas. Desconozco como lo hace, pero es como si tuviera una especie de sexto sentido y cuando me tiene a punto de caramelo, se dedica a pasar la lengua por mis testículos o el pirineo. Una vez considera que no hay peligro de que me pueda correr, reemprende la mamada con el mismo frenesí.

De vez en cuando levanta la mirada y busca la mía. Aunque intento ofrecer un rostro impenetrable, dejarle ver en todo momento que estoy aquí porque he perdido una maldita apuesta, ni soy tan buen actor, ni puedo reprimir constantes quejidos de placer. Intento disimular que lo estoy pasando bien, sin embargo cada vez mis gestos y mi forma de comportarme le  dejan más claro que estoy disfrutando  con esto como un enano.

Con la confianza que parece darle que yo esté a gusto con lo que estamos haciendo, posa las manos sobre mi trasero, lo empuja hacia delante y consigue que mi glande tropiece con su garganta. Instintivamente atrapo su cabeza entre mis manos y la retengo contra mi pelvis, provocando con ello que le falte ligeramente la respiración y se atore un poco.

Con los ojos llorosos por las pequeñas arcadas, se zafa de mí. Sus ojos me suplican un poco de afecto por mi parte. No sé por qué,  todavía yo sigo atrincherado en mi ambiguo juego de aparentar no estar implicándome en lo que estamos haciendo, cuando en realidad me estoy metiendo hasta las cejas.

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Sigo en mis treces de no  admitir que todo esto lo estoy haciendo por decisión propia, quiero que David continúe pensando en mí como un perdedor que paga prenda. ¿Cuánto tiempo podré reprimir lo que realmente me pide el cuerpo? Sin meditarlo lanzo un anzuelo con la esperanza de que mi acompañante se lo trague hasta el fondo.

—Tío, si te quieres pajear lo puedes hacer. A mí no me va a molestar. Se supone que quien tiene que  disfrutar  de todo esto eres tú, que para eso eres quien has ganado la apuesta.

Sin siquiera dejar de mamar mi nabo saca su churra fuera. La miro de reojo, está tiesa como un palo y, tal como decía Tere, no tiene nada que envidiarle a la mía. Al bajarse el pantalón, deja  morbosamente parte de tu trasero al descubierto y la idea de meterla  entre sus cachetes se me antoja sumamente deliciosa.  Con mi particular falta de delicadeza, vuelvo al ataque para seguir avanzando hacia donde quiero llegar.

—Lo que creo es que tu culo va a pasar hambre hoy. Si tuviera una churra de goma de esa, te la metía. Más que todo para que disfrutes al máximo… Tú ganas una apuesta, tú eres quien tiene derecho a pasarlo bien.

Mi desfachatez hace mella en mi amigo quien deja de chuparme el cipote y mueve la cabeza en señal de perplejidad. Se levanta como impulsado como un resorte y, como un autómata, se dirige hacia el armario.  Sonriendo levemente por debajo del labio, coge un pequeño bolso, lo abre y saca de su interior un enorme consolador de goma (no exageraba Tere al hablar de su tamaño). Me lo muestra con total descaro, diciéndome.

—¿Te vale este?

Minutos más tarde se encuentra tendido sobre la cama, con las piernas hacia arriba y con el culo lubricado de manera copiosa. En parte pienso que lo que me dispongo a hacer es antinatural, pero también tengo claro que no puedo reprimir el tremendo deseo que nace en mi interior. ¿Cuántas veces he elucubrado en mi mente realizar algo parecido? Miro el artificial pene, envuelto en látex se me asemeja más enorme aún y no puedo parar de preguntarme: «¿Cómo coño cabe este pedazo de carajo  en un agujero tan estrecho?»

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Mi pregunta queda rápidamente contestada. Si albergaba alguna duda sobre si su ano pudiera contener algo de tales dimensiones, estas se desvanecen cuando poco a poco va agrandándose  y logro introducir el enorme consolador hasta la base.

Jamás pensé que algo así me pudiera excitar en la medida que lo hace. Mi cipote vibra y escupe pequeñas gotas de líquido preseminal. Está claro que físicamente mi amigo no me atrae, pero someterlo de esta manera despierta unos pecaminosos sentimientos en mí que desconocía tener. Dejo que el deseo me maneje obscenamente como una marioneta. Me gustaría ser más sensato y controlar la situación, no sucumbir del modo que lo estoy haciendo. Aunque para ello debería haber puesto fronteras a mi malsana curiosidad y no lo he hecho. Ahora estoy tan cachondo, que he optado por lo más fácil: dejar que mi verga sea quien  piense y tome las decisiones.

Sin consultarle nada, busco un profiláctico en el pequeño neceser y envuelvo mi tranca con él. Saco la imitación de pene de su interior y lo sustituyo por uno de verdad. Al principio, no sé si por nerviosismo o por mi inexperiencia en atravesar sitios tan estrechos, no atino a penetrarlo debidamente, por lo que su mano tiene que ayudarme a encontrar el camino. Con mi polla colocada en el sitio correcto, agarro fuertemente su cintura, pego un tremendo envite  y la meto hasta el fondo.

Sensaciones desconocidas me invaden. Busco su mirada  y su rostro refleja que está gozando de lo lindo. En mi interior una voz me grita que lo que estoy haciendo no está bien, que ni me han educado para esto, ni está socialmente bien visto. No obstante, todo lo que queda fuera de esta habitación ha dejado de tener sentido para mí y me entrego al momento. Si la persona con la que estoy es  un hombre o una mujer, para mí  carece de importancia, simplemente dejo que mi cuerpo hable con el suyo e intercambien todo lo bueno que se puedan aportar mutuamente.

David me pide cambiar de postura. Me siento sobre la cama y él se acuclilla sobre mí. En esta ocasión, no tiene que dirigir mi verga  y esta sabe encontrar perfectamente el camino. Con una confianza absoluta, se agarra a mi cuello, usa sus pies de punto de apoyo y empieza a cabalgarme. Desconozco qué hace y cómo, lo que si noto es la impresión de que los músculos de su esfínter se aprietan alrededor de mi verga,  tal como si quisieran estrangularla.  Esa sensación tan deliciosa y extraña es un deleite para los sentidos, por lo que me entrego sin remilgos de ningún tipo.

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Mi cuerpo da las primeras señales de que me voy a correr, una delatadora respiración acelerada y unas salvajes contracciones ponen en  sobre aviso a mi acompañante, quien llevando una mano a su pene, se une a mi “fiesta” masturbándose compulsivamente. Hay unos escasos segundos de diferencia entre el momento en el que su caliente semen empapa mi abdomen y el instante en que yo me hundo en un tremendo orgasmo. De un modo reflejo,  mi amigo busca mis labios. Como es de esperar, no se los niego y, olvidando todo tipos de tabús,  me fundo con él en un apasionado beso.

Nos duchamos juntos como si fuera lo que procediera hacer después de un polvo, como si se tratara de una regla no escrita. La situación es tensa y me siento como si en la historia de mi amistad con él se hubiera roto algo. Me gustaría ser más valiente y hacer lo que realmente me pide el cuerpo, decirle que el polvo ha estado de cojones, que me gustaría volver a repetir, pero se ve que no tengo suficientes huevos para ello. Son las cosas de mi valentía, que siempre ha ido pareja con mis copas de más.

Si  David supiera lo que realmente me ha traído aquí, como se han ido gestando los acontecimientos  para que todo haya confluido del modo que lo ha hecho, seguramente se sentiría traicionado. Es más, cada vez que recuerdo cómo  empezó todo, no puedo reprimir la sensación de sentirme el peor amigo del mundo. ¿Cuántas veces  he repetido en mi cabeza la conversación que lo inició todo?

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*****

—¡Hay que ver cómo se te calienta la boca con unos cuantos Gin-tonics! —Me dijo Tere no dando crédito a lo que le acababa de proponer.

—Tú, ¡piénsalo bien! Ya vamos teniendo una edad y no se nos da mal en la cama. En vez de una pareja convencional, podíamos ser follamigos. Si algún día nos apetece hacerlo con otros, ¡sin problema! ¿Tú te vas a mosquear por ello? ¡Porque yo no!

Tere se me quedó mirando pensativa, la idea no le parecía mal. Yo diría que incluso la atraía. Al igual que yo, llevaba muchas noches a la deriva del sexo sin cariño y mi sugerencia, por la cara que me estaba poniendo, le estaba resultando hasta tentadora. Cuando yo esperaba un «¡Venga vale!» ella me soltó un «¿Pero qué va a ser de David? Es nuestro colega y no lo podemos dejar tirado como a una colilla.»

—¡Pues que se venga con nosotros! ¡Seremos un trio de follamigos!

Mi desparpajo la dejó patidifusa, no daba crédito a mi poca vergüenza y la trivialidad con la que estaba afrontando el asunto. En un principio creyó que estaba de guasa, que era otra de mis bromas de mal gusto, pero la seriedad con la que proseguí hablando le descubrió que no era así.

—Una cosa Teresita

—¡Dime Pedrito! ¡Que tienes más peligro que una caja bombas!

—¿Por qué no se lo dices tú?

—¡Tienes un morro que te lo pisa! La movida se te ocurre a ti y quien se tiene que comer el marrón es la Tere.

Me quedé callado y mi silencio fue bastante clarificador.

—¡Cabrón, te da vergüenza! ¿No me digas que llevas en mente tirártelo? ¡Me dejas anonada con tus movidas! Pero, ¿de qué vas?

—De nada en especial —Respondí sin darle mayor importancia a su salida de tono —, simplemente soy práctico. Piensa una cosita, ya vamos teniendo una edad y en unos años, los camareros de los bares de moda nos van a terminar llamando de usted.

—Tú lo que tienes es la crisis de los treinta. Pero, ¿a qué viene lo de querer acostarte con David? ¿Acaso con los años  te has vuelto bi? ¡Porque si es así a mí no me has contado nada!

—No —La rotundidad de mi negación dejaba claro que no estaba dispuesto a tolerar que se pusiera en duda mi hombría bajo ningún concepto —, simplemente que es una cosa que me da mucha curiosidad probar ¡y quien mejor para ello que él  y estando tú de por medio!…

—¡Colega, a ti se te ha ido la pinza por completo! ¿De verdad crees que David con lo suyo que es, va a admitir un trio así  por las buenas y en frío?

—No, la verdad es que la proposición que te hecho es de pena, lo más probable es que nos mande a la mierda y se lleve una temporada sin cogernos el móvil.

—¡Hombres! —Cabeceó Tere perpleja —  ¿Cuándo aprenderéis lo que es la sutileza?

—¿Qué coño quieres decir?

—Pedrito, está claro que tu idea no es mala del todo— Los ojos de Tere al hablar tenían ese brillo especial de cuando tramaba una maldad y estaba dispuesta a contarlo —, un trio de follamigos es lo más morboso que me han propuesto en mucho tiempo. Es más creo que ambos estamos muy interesado en que la cosa cuaje.  Yo tengo muchas ganas de tirarme al buenorro de nuestro amigo y tú quieres saber si estar con un tío te puede molar…

Asentí con la cabeza y seguí escuchándola atentamente.

—…pues hay muchas maneras de hacer las cosas, sin tener que ser tan directos.

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—¿Qué se te ha ocurrido María Teresa? ¡Que nos conocemos!

—La próxima vez que nos veamos, sin que yo esté delante insinúale que si le gusto, tócale un poquito el amor propio. Él te dirá que porque no te acuestas tú con un tío y tu proponle que si él se va a la cama conmigo, tú lo harás con él.

Se mostró tan calculadora y fría ante mí, que me quedé atónito, pero no por ello dejó de parecerme un buen plan.

—¿Tú crees que funcionará?

Sí, solo tienes que decirle la frase mágica para que un tío haga algo, por muy poco que le apetezca.

—¿Cuál?

—¡No hay huevos!

******

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Mientras el agua clara limpia los resquicios de jabón de nuestra piel, no puedo evitar pensar si Tere o yo, tendremos algún día el valor de contarle como lo hemos manipulado. Lo que sí sé es que la próxima vez, haré realidad mis fantasías y estaré con las dos personas que más quiero en la misma cama. Ya que he descubierto que estar con David me agrada bastante, voy a repetir todas las veces que él me lo permita. De repente lo miro sonriéndole,  toco su cara suavemente y, sin poderlo remediar, lo beso con toda la ternura de la que soy capaz. Tengo la sensación  de que esto no ha hecho más que empezar y de que, gracias a una “apuesta”, mis noches de sexo sin cariño van a llegar a su fin. Sé que una relación de tres es algo estrambótico y poco convencional. Dicen que mezclar la amistad y el sexo es un juego muy peligroso, pero el riesgo es algo que a los tres nunca nos ha importado, es más creo que a los “folladores incansables” es algo que nos pone mucho.

FIN

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4 comentarios sobre “No hay huevos (3 de 3)

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