Se nos da de puta madre

Andrés, tras anudarse la bufanda de su equipo al cuello, se mira complacido al espejo y sonríe. A sus treinta años se considera afortunado por los logros conseguidos: una hermosa mujer, un crío encantador, un buen trabajo, una situación económica holgada…

Su único “vicio” es el futbol, ver como su equipo gana o pierde se ha convertido en   la semilla que alimenta las intranscendentales tertulias con sus conocidos durante los días siguientes al partido, convirtiéndose en el banal leitmotiv de su tiempo libre.

Veinte hombres corriendo detrás de una pelota y dos esperando para que no traspase una portería, dan lugar para opinar sobre muchas decisiones que nunca será capaz de  tomar pues, como en muchas  otras situaciones de su día a día, Andrés no es ni jugador, ni entrenador, ni árbitro… Simplemente un espectador que se limita a dejar que la vida pase delante de sus narices, sin tomar partido.

Él no es de escuchar mucho las noticias, no tiene tiempo para preocuparse por lo que pasa en el mundo; es más siempre que está con unos amigos en un bar o en cualquier otro sitio, y alguien saca algún asunto  peliagudo como pueda ser la religión, la política  o las injusticias sociales, le pide amablemente que cambie de tema, pues sabe que más tarde o más temprano dará lugar a una discusión y, si algo ha hecho él durante toda su vida, es huir de los conflictos.

Ya lo hizo en el colegio cuando aquellos brutos violentaban un día sí y otro también a su vecino Gustavito. Fue tan cobarde que ni siquiera tuvo valor de decírselo a su madre, no fuera que lo tacharan de chivato y al siguiente a quien  le pegaran una paliza fuera a él.

Tampoco previno a su compañero de trabajo cuando supo que los jefes lo tenían bajo una vil y estrecha vigilancia, buscando una  vaga e injusta excusa para poder despedirlo. No fuera a ser que el siguiente en la lista negra fuera él.Acoso-laboral-trabajo.jpg

Su impasibilidad nunca le creo mala consciencia, ni siquiera cuando no avisó a la policía  de los constantes maltratos que sufría su vecina la dominicana. «Esta gente en su país está acostumbrada a estas cosas. Ahora me implico, ellos dos se arreglan y quien sale perdiendo soy yo. ¡Qué Cristo se metió a redentor y lo crucificaron!»— se dijo para auto convencerse.

No obstante, se volvió a equivocar. Las cosas no se solucionaron por sí solas, sino que fueron a peor.  Él está ahora en la cárcel y su mujer descansa a dos metros bajo tierra, convirtiéndose en un número más en una fría cifra estadística.

A pesar de ello, Andrés no se ve mala persona, es solidario en la medida que puede: colabora con el banco de alimentos de su barrio, tiene un niño apadrinado en Ecuador al que todos los meses le manda un dinerito que tiene acordado y,  de vez en cuando, el crio le devuelve las atenciones prestadas con un dibujito que él se encarga de poner en un lugar visible de su casa, para que le sirva de recordatorio de cómo  cumple  con sus obligaciones cívicas.

Una vez  se siente en las gradas, como todas las tardes de partido, pondrá su cerebro en posición encefalograma plano y dejara caer una lluvia de insultos sobre un árbitro y unos jugadores que no tienen culpa de sus frustraciones. ¡Eso sí, rodeado de los suyos y sin buscar pelea con nadie! A él le gusta ir de tranquilito por la vida y no complicársela.

Y es que Andrés no es muy distinto a esa gran mayoría de seres urbanos, a los que cuando la vida nos atrapa de frente, y como si nos hubieran educado para ello, lo de mirar a otro lado se nos da de puta madre.

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