A proposito de Enrique

Historias de un follador enamoradizo

Episodio 20:

20/08/2012

¿Por qué hay momentos en que, aunque estemos rodeados por las personas que más queremos, no podemos evitar sentirnos los individuos más desdichados y solitarios del mundo? ¿Por qué las circunstancias nos gritan que debemos pasarlo bien y surge un imprevisto nos hace sentirnos la persona más desgraciada del mundo? En mi caso lo inesperado tiene nombre de persona: Enrique.

Solo escuchar ese nombre hace que el estómago se me revuelva desde lo más profundo. ¿Cómo la persona que lo ha significado todo para mí, puede llegar a producirme esa animadversión?

Sé a ciencia cierta que JJ ha hecho mención a mi ex con la mejor intención del mundo y con la única finalidad de echarnos unas risas a su costa. Lo peor es que hasta las mayores guerras comienzan con buenos propósitos. Es muy buena gente, pero a veces es un bocazas de marca mayor.  No solo le ha contado a su novio que escribo en una página de relatos eróticos, sino que acto seguido, con la intención de hacer una gracia de las suyas, ha sacado a relucir el nombre de la persona que llegó a dejar mi corazón tan destrozado y  baldío que, a día de hoy, me niego a que la semilla del amor germine en el de nuevo.

Mi amigo está tan pletórico porque hoy iniciamos nuestras vacaciones que, ajeno  a la tristeza que comienza a ser la única protagonista  en mi rostro, sigue narrándome la anécdota de su   reciente encuentro con Enrique en los grandes almacenes de la Confección Británica.

—…iba con un chico jovencisísimo. Yo creo que si tenía los dieciocho años, muchos eran. Iban buscando ropa para el muchachito, estaban en la parte de la boutique de marcas caras, con lo que me quedó  claro cómo consigue que se acuesten con él, con lo viejo y estropeado que está.

» La que tuvo gracia fue la dependienta que, cuando se dirigió a él, le preguntó: «¿Qué talla tiene su hijo?»  Guillermo y yo nos tuvimos que quitar de en medio, porque casi nos da un ataque de risa y no era plan, que Enrique parece de Graná con la mala follá que tiene y te forma un escándalo por lo más mínimo. ¿Te acuerdas aquella vez…?

En el momento que mi amigo vuelve jovialmente la cabeza hacia la parte posterior del vehículo y ve la cara de cadáver que se me ha quedado, se queda perplejo, por lo que detiene en seco su divertido discurso.  A continuación, su gesto risueño se torna en uno de completa preocupación.

—¡ Coño, Mariano! ¿Por qué te pones así?  Yo creí que lo tenías superado…

—Yo también lo pensaba —Respondo dejando que la pesadumbre acompañe a mis palabras.

—¡Pues es menester que vayas pasando página ya!, que el libro es muy grande y te queda mucho por leer —Me reprende cariñosamente mi amigo.

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—¿Tú crees que a mí me apetece? — El volumen de mi voz comienza bastante alto, para terminar apagándose, poco a poco, en mi garganta—Hoy debería estar súper contento. Me voy de vacaciones con dos de mis mejores amigos.  Se supone que nada me puede entristecer… Pues sí, es mencionar a Enrique, aunque sea para burlarte de él y me he puesto de mala leche. ¡De muy mala leche!

—Lo siento hombre— Contesta JJ con una voz entrecortada, sintiéndose culpable.

Entre mi amigo yo, surge un violento silencio.  Mutismo que es roto por Guillermo quien, en un intento de quitarle hierro al asunto, sube levemente el volumen de la radio.

♫♫ Our memories
They can be inviting
But some are altogether
Mignty frightening really feel  ♫ ♫

Mientras en la radio suena el “Don’t speak “ de No doubt, mi mente, sin poderlo remediar, comienza a rememorar lo que Enrique ha supuesto en mi vida.

07 DE OCTUBRE DEL 2001

Aquel verano no estaba dispuesto a marcharse, hacia tanta calor que apetecía estar en la calle hasta altas horas de la madrugada. JJ, David —su ligue de aquella época— y yo matábamos el tiempo sentado en la terraza de un bar de la zona  de Sevilla del Barrio de la Alameda.  Una zona frecuentada por una inmensa diversidad de tribus urbanas: estudiantes, modernos convencidos, bohemios… Pero sobre todo,  es una zona  de ambiente gay.

Juan José, como de costumbre, estaba charla que te charla y cuando no tenía tema se lo sacaba de la manga. Consumiendo el tiempo de aquella noche de sábado en un incesante monologo sobre las extraordinarias experiencias que había tenido, con el cual pretendía deslumbrar a su recién estrenado follamigo.

David estaba que alucinaba con su verborrea y seguía toda la conversación sin perder ni un detalle. Yo, como me sabía la vida de mi amigo de pe a pa, me evadía de su incesante parloteo y me dedicaba a observar disimuladamente a la gente que deambulaba por los concurridos alrededores.

Como la terraza era pequeña, no había demasiadas mesas, por lo que la mayoría de la clientela hacía sus corrillos y se tomaba la copa de píe. Y en tanto que JJ seguía contando historias de sobras conocidas por mí al encandilado jovencito, yo continuaba oteando el horizonte en busca de no sé qué.  El noséqué llegó en forma de metro ochenta de hombre con una atractivo de “estate quieto y no te menees”. Fue tener aquella especie de adonis de la masculinidad al alcance de mi mirada y una satisfactoria sensación llenó mi pecho.

No sólo era alto y tenía buena presencia, además era guapo y por la forma de moverse y actuar parecía tener don de gentes. Al hablar sonreía mostrando unos dientes perfectos, tenía unos labios carnosos, una nariz pequeña, sin ser chata, y lo mejor de todo, unos grandes ojos verdes que iluminaban todo su rostro. La sutileza no  resultó ser una de mis cualidades, pues se percató de que lo estaba mirando y, de una manera bastante evidente, se puso a coquetear conmigo en la distancia.

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El tipo, haciendo alarde de su capacidad para flirtear, se puso a componer su rizado cabello al mismo tiempo que me miraba de forma insinuante. Resultado: me puse tan nervioso que no supe mantenerle la mirada y regresé a la extenuante conversación de JJ.

No había transcurrido ni un minuto cuando sentí cómo me tocaban  levemente el hombro, en un claro ademán de llamar mi atención. Al volverme la sorpresa no  pudo ser mayor: se trataba del tío moreno, alto y guapo, a quien  había  estado mirando.

—¿Qué?…—Fue tanto el sobresalto que me embargó, que  hasta me costó  trabajo pronunciar la breve palabra.

— Nada…He observado que me mirabas ¿Nos conocemos de algo?— Su voz tenía  una mezcla de chulería y sensualidad, lo que dio como resultado que  se acrecentara mi incapacidad de pronunciar palabra alguna.

— No… ¡Qué va..! —Contesté con una entrecortada y tímida voz, mientras en lo más recóndito de mi cerebro una vocecita me gritaba: «¡Tierra trágame!”

—Pues nada… Si no me conoces tendré que presentarme. ¡Me llamo Enrique!—Dijo tendiéndome la mano, demostrando una seguridad que ya quisiera yo para mí.

— Yo, Mariano —Dije dándole un apagado apretón de manos.- Mucho gusto…

¿Mucho gusto? ¿Cómo podía decir aquello un joven de veintiséis años en pleno siglo XXI?   ¿Quizás porque era muy torpe en relacionarme con la gente? Mis tontos complejos por ser de pueblo también ayudaban bastante. ¡Dios!… Me sentí horrible después de pronunciar aquello.  Pensé que seguro que me preguntaba dónde me había dejado la boina. Pero no, simplemente sonrió y me dijo con una inusual seguridad, la cual me dejó más perplejo si cabe,  que ya nos veríamos por ahí.

Cuando se marchó se me tuvo que quedar cara de bobo, pues Juan José sin darme siquiera tiempo a recuperarme de lo sucedido y con  ese tono teatrero que tan bien se le da, me acribilló a preguntas. Una vez le conté todo lo que había pasado, comenzó a burlarse cariñosamente de mí diciendo:

—¡Si es que eres lo que Dios se llevó al viaje!… Yo aquí, contándole a mi amigo David algo súper interesante y tú mirando a los tíos. ¡Y si al menos después te lanzaras! Se te acerca uno  que está de toma pan y moja chocolate, y ¿ni lo invitas a sentarse ni nada? ¡Espera, que esto lo arreglo yo ahora mismo!— No había terminado de pronunciar esto último, se levantó y caminó en dirección a donde estaba Enrique.

No sé cómo se presentó, ni qué le dijo pero  la cuestión fue que escasos minutos después el tío bueno y  Ricardo, un amigo suyo, después de  las pertinentes presentaciones compartieron mesa con nosotros.

Tras media hora más o menos de charla animada, Ricardo se marchó, poco después lo hicieron Juan José y David… Una vez nos quedamos solos, un nervioso cosquilleo recorrió mi espalda; ansioso y temeroso por igual de dónde pudiera concluir la noche.

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Analizando la persona que era en aquel entonces, he de admitir que era muy inmaduro en lo referente a mi realidad sexual. Pese a que ya me había reconocido que me gustaban los hombres más que las mujeres y había dejado el peligroso juego de intentar convencerme que aquello era una etapa,  todavía no afrontaba mi verdadera condición plenamente y seguía dotando a  mis relaciones sexuales de  un halo de juego frívolo que me conducía a un callejón sin salida.

Sin embargo, mis impulsivos deseos no entendían de absurdas reglas psicológicas y, cuanto más me adentraba en las prácticas sexuales con hombres, más me seducían. Aunque mi timidez y mis masturbaciones mentales me seguían impidiendo disfrutar por completo, la puerta del placer se iba abriendo cada vez un poco más y, a medida que iba derribando muros absurdos, me volvía más aditivo a los cuerpos masculinos.

En aquel preciso momento quien se había ganado toda mi atención, era Enrique. No creo que antes en la vida hubiera deseado tanto algo como compartir la noche con aquel pedazo de hombre que tenía junto a mí. Pero no sé por qué extrañas circunstancias, en vez de dejarme llevar cómo hago siempre, la velada terminó con un apasionado corto beso y con un intercambio de números de teléfonos para quedar otro día.

A una cita para tomar café, siguió otra para cenar… Cuando nos quisimos dar cuenta, oficialmente se podía decir que estábamos saliendo.

No creo que fuera consciente del increíble paso que estaba dando. Hasta aquel momento mis relaciones con las personas del ambiente se habían limitado a encuentros furtivos en la parte trasera de un coche o, como mucho, a un precipitado encuentro en la casa de mi ocasional amante. Por primera vez, me estaba planteando algo más a largo plazo y, lo peor, no sabía en la peligrosa situación de dependencia hacia la que me encaminaba.

Mentiría si dijera que había tenido antes la sensación de ser tan feliz. Por primera vez una persona que me atraía al cien por cien físicamente me correspondía. No sé cuánto de verdad hubo en nuestra relación en un principio, pero yo, ingenuo como un niño de teta, solo veía cosas buenas en la persona que, poco a poco, se estaba ganando mi corazón.

Para alguien de mentalidad pueblerina, el mundo que Enrique comenzó a abrir ante mis ojos me tenía completamente fascinado. Si, hasta aquel momento,  mis visitas a Sevilla se habían limitado a las zonas de los bares de ambiente, alguna que otra vez al cine, visitar algún que otro monumento, la Semana Santa y poco más, todo eso cambio  para mejor desde que empecé a frecuentarlo.

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Su mundo incluía visitas a teatro, operas, museos, cenas en restaurante lujosos. Algo en lo que yo era completamente virgen. No porque fuera tan ignorante que no supiera que existieran, sino porque eran cosas que no me llamaban la atención y que creí que pertenecían a un tipo de gente con la que no tenía nada que ver.  Gracias a él, aprendí a romper mis estereotipos absurdos y a  disfrutar de todas esas cosas.

En perspectiva, he comprendido que mi ex conocía todo aquel mundo  no porque fuera más culto que yo , sino por su refinado gusto por lo caro y lo exquisito. Era de las personas que relacionaban el concepto libertad con su poder adquisitivo. Aunque en su caso, lo que vivía era una gran mentira, pues para conducir el tremendo tren de vida que llevaba, del que yo solo compartía una parte, iba tirando de tarjeta de créditos y de privarse de cosas esenciales.  Pero como decía mi abuela: «Ningún perro engorda lamiendo».

La primera vez que estuve en su casa me extrañó lo vacío que tenía el frigorífico. Él se excusó diciendo que no le había dado tiempo de hacer la compra, pero fueron muchas veces las que la falta de tiempo propició que en su casa no me pudiera tomar ni un mísero refresco. Era de los que vivían su vida de cara a la galería y para los que las apariencias eran más importante que la identidad.

No obstante, como me encontraba bajo el influjo de la ceguera del amor, exclusivamente veía en él cosas maravillosas y sus comportamientos poco éticos que, por lógica, no tenían excusa, yo se las inventaba. Me decía a mí mismo que sabía a ciencia cierta quién era la persona de la que me había enamorado, pero en realidad apenas conocía nada de él. Para mí habían transcurrido muchos capítulos de nuestra historia juntos y él apenas se había fijado en los títulos de la portada.

En el momento que fui consciente de que estaba saliendo con él  de un modo más o menos formal, recuerdo que  las mariposas no paraban de bailar en mi estómago. Me encontraba siempre como distraído, como si estuviera constantemente en una nube de la que no me quería bajar. No me atrevía a llamarlo novio, pareja o algo parecido (a él tampoco le hacía demasiada gracia aquellos apelativos), no obstante   tenía claro que mi relación con él marcaba un antes y un después en mi actitud ante la homosexualidad. Previamente a Enrique no me había planteado lo de vivir junto a un hombre como forma de vida. Fue aparecer él en mi vida y la idea no me parecía tan disparatada.

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Pese a que, cada vez que estábamos juntos, el deseo era una mecha que ardía peligrosamente entre los dos. Nos auto impusimos una especie de celibato, como si quisiéramos convencernos con ello de que lo nuestro era amor verdadero y no simple follisqueo. Ingenuamente, yo lo achacaba a nuestros problemas de fe, Enrique era católico como yo. Aunque, a diferencia de mí, con el tiempo descubrí que no lo era por convicción, sino porque le gustaba quedar bien delante de esa sociedad conservadora y pudiente, a la que él envidiaba y admiraba por igual. Pese a que la religión no fuera el motivo, tardamos en irnos a la cama y no por ello, estaba yo más preparado para afrontar lo que se me venía encima.

Sin embargo, por muchas historias y películas que nos montáramos, no se le pueden poner puertas al campo y, más pronto que tarde, la pasión terminó estallando entre nosotros. Ayudó un poco una velada de ensueño, que culminó con un par de copas en un tranquilo y romántico pub. Poco acostumbrado a beber, el alcohol hizo mella en mí, sacando el sinvergüenza que todos llevamos dentro y a quien le importaba poco o nada el opresivo “qué dirán”.

En el momento que íbamos a despedirnos, me invitó a tomar la última copa en su casa. A mí aquello me sonó mágico, propio de película americana y asentí con una sonrisa que intentaba esconder mi nerviosa timidez.  En el momento que cruzamos el umbral del bloque de pisos donde vivía, sabía a lo que me enfrentaba. Estúpidamente, un cosquilleo recorrió mi espalda y noté como me temblaban las piernas por la emoción.

 

Al entrar en su piso,  no me ofreció nada de beber, simplemente me empujó suavemente contra la pared del pasillo, me acogió entre sus brazos y me dio un prolongado beso. No era la primera vez que probaba el sabor de sus labios, pero la pasión con la que lo envolvió todo lo hacía distinto. Si ya andaba excitado, fue notar su cuerpo apretujarse contra el mío y mi polla se puso dura como una piedra. Tanto, que parecía que pujara por salir de su encierro.

Era diciembre y los dos íbamos bien abrigados. Por lo que, por mucho que nos empeñamos en hacer algo propio de Hollywood y quitarnos la ropa de manera apresurada y presa del desenfreno sexual, era tanto lo que llevábamos encima y tanta nuestra torpeza al desnudarnos, que a lo único que podíamos aspirar a recordar fue a una de las españoladas de Fernando Esteso.

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De manera instintiva, entre besos, caricias, palabras de amor y promesas mutuas de lo mucho que íbamos a disfrutar, encaminamos nuestros pasos hacia  el dormitorio. Allí, antes de meternos en la cama, ambos nos desprendimos de nuestros slips. Nunca hasta entonces, nos habíamos contemplado desnudos y,  a pesar de lo mucho que el alcohol adormecía mi recato, no pude evitar que el sonrojo visitara mis mejillas.

Durante unos segundos, ambos permanecimos inmóviles, uno frente al otro, con la cama de por medio. No sé qué demonios pasaba por su cabeza, pero en la mía solo había lugar para el pánico. Pánico de que mis fantasmas de la culpa y mis inseguridades, propiciaran que no llegara a estar a la altura de las expectativas de Enrique y terminara defraudándolo.

En completo silencio, su lasciva mirada me recorrió de arriba abajo y, tras mostrarme una generosa sonrisa, me lanzó un pícaro beso. Era obvio que ambos teníamos nuestro contador sexual con unos cuantos kilómetros, no obstante, no sé por qué, percibí también en él un poco del nerviosismo que me reconcomía. En perspectiva, y conociendo los absurdos complejos del que ahora es mi ex, puedo llegar a suponer que el también temía defraudarme, los diecisiete años que nos separaban, me hacían un plato más apetecible para él, pero al mismo tiempo mi juventud se convertía, para su potencia sexual, en una prueba a superar.

Con toda la sutileza que fui capaz, mis ojos se deslizaron por toda su anatomía. Con ropa parecía más esbelto y atlético, pero para sus cuarenta y dos años, y no practicar otro deporte que ir  andando al centro de la ciudad, no estaba nada mal. Era ancho de espaldas, un abultado pecho peludo reinaba sobre un abdomen no demasiado pronunciado y sus brazos, sin estar fuertes, parecían estar en forma.

Aun así, mi subconsciente no estaba libre de pecado y, nada más que tuvo ocasión, ordenó a mis ojos que miraran a su entrepierna, donde encontré una hermosa verga que miraba hacia el techo de forma impúdica. No era tan grande, como ancha y, lo que más me llamó la atención de ella, fue su glande, descapullado y rojizo. Su patente virilidad era toda una provocación, un canto de sirenas que parecía dirigir mis impulsos hacia una vorágine pasional.

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El siguiente movimiento de Enrique fue subirse a la cama de rodillas e ir acercándoseme de forma melosa. Una vez estuvo junto a mí,  llevó sus manos a mi cintura, pegó su cuerpo al mío, para culminar buscando mis labios y darme un apasionado beso.  Mientras nuestras bocas danzaban, sus manos fueron resbalando por mi trasero y comenzaron a acariciarme las nalgas. En un principio de forma sosegada y tierna, para culminar en movimientos más rápidos y bruscos.

No sé si por el alcohol, por la excitación o por ambas cosas, el caso es que me abandoné por completo y no le puse ningún reparo a que me tocara de aquella forma el culo. Él actuaba seguro, como si esa zona de mi anatomía le estuviera permitida y, tras juguetear un poco por los alrededores de mi ojete, intentó meterme un dedo en el ano, de un modo, cuanto menos, poco delicado.

La punzada de dolor me hizo volver a la realidad. Con un gesto encaminado al enfado, le pedí a Enrique que quitara sus manos de mi ano.

—¿Qué te pasa? ¿No te apetece?

Me quedé callado, en las pocas conversaciones que habíamos tenido sobre el sexo, como el presumía de ser activo, había mentido diciendo que mi rol era el de versátil. Algo que  aún no sabía ni yo, pues era una parte de mi sexualidad que todavía no había explorado, mayormente porque no era algo que me llamara la atención.  Siempre que había tenido sexo completo con alguien, yo era quien penetraba al otro y nunca había dejado la puerta abierta para lo contrario.

—¿Te ha dolido? —Volvió a insistir mi ex —Si no te he hecho nada.

—Es que… nunca… me he dejado… hacer nada por ahí.

Enrique movió perplejo la cabeza y, tras encoger la nariz y el mentón en señal de desagrado, me dijo:

—Entonces, ¿por qué coño me dijiste que eras versátil?

—Porque… es algo… a lo que no me… cierro.

Apretó los labios y cabeceó ligeramente. Permaneció en silencio durante unos instantes que me parecieron eternos, para terminar preguntándome:

—¿Te gustaría probar? —Mientras hablaba posaba sus manos en mi cintura y aproximaba su sexo al mío.D227trHX0AAzzIQ.jpg

—No me importaría —Respondí yo, en un intento más de no ganarme su rechazo que de apetecerme experimentar esa parte de la sexualidad.

—Bueno, me va encantar desvirgar ese culito apretadito, pero  va a tener  que ser otro día, los dos hemos bebido más de la cuenta y no quiero que un momento tan maravilloso para ti como es una primera vez, quede empañado porque los dos vayamos un poco borrachos.

Tuve que poner cara extraña, era nuestra primera vez y me parecía que debía ser algo mágico, cosa que al parecía no importarle tanto como estrenar mi ano.  Sin esperar una respuesta por mi parte, puso esa cara de seguro de sí mismo que tanto me gustaba y  me dijo:

—Pero no te preocupes, hay muchas más modalidades de sexo que me gustan además de la penetración.

Acto seguido me abrazo, me besó y llevo sus manos a mi trasero, en esta ocasión se limitó a masajear mis glúteos solamente. Tras dejar durante unos minutos que nuestras lenguas danzaran al ritmo de la pasión, llevó su boca a mi cuello y me pego pequeñas mordiditas. No sé  si era por mi escasa experiencia  o porque realmente sabía cómo camelarme, Enrique me parecía el mejor amante del mundo que había tenido hasta el momento.

Una vez consiguió poner mis sentidos a flor de piel, hizo un gesto mitad dominante, mitad suplicante y me pidió que le practicara una felación.

Sin pensármelo, me agaché ante él y puse mi cabeza a la altura de su pelvis. Durante unos instantes contemple su hermosa y ancha verga, pese a que no estaba tan dura como en un principio, fue posar mis dedos sobre ella y vi como su rigidez iba en aumento.

No sé por qué, pero la olisqueé un poquillo antes de metérmela en la boca, a pesar de que no estaba limpia del todo, no me pareció un olor demasiado desagradable. Dado que no quería parecer más mojigato de lo que ya era, me la metí en la boca, sin poner ninguna objeción.

En un primer momento me limité a chuparle el capullo y pasear la lengua por el tronco, no obstante, parecía que no era aquello lo que Enrique esperaba de una sesión de sexo oral y empujó suavemente mi cabeza para que me la tragara entera.

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Era tan ancha, que tuve que abrir enormemente la boca para no arañarla con los dientes. A pesar de que no era demasiado larga, no tenía todavía experiencia para devorar una polla hasta la base y cuando su glande rozó mi campañilla, sentí una pequeña arcada. Aquello creo que lo excitó de sobre manera, pues empujó mi cabeza con más ahínco aún.

Me invadió una sensación desagradable, notaba como su verga taponaba por completo mi cavidad bucal, llevándome a tener una impresión de ahogo. No obstante, aquel día descubrí en mí un lado masoquista, pues a pesar de todo, cada vez estaba más excitado.  Una parte de mí pujaba por zafarse de su mano y otra deseaba tragarse su erecto sable hasta el fondo. Ganó la segunda, pues en una capacidad de auto control que desconocía fuera capaz de tener, seguí mamando con más tesón si cabe. En mi mente solo había un pensamiento, proporcionarle placer al pedazo de hombre que tenía ante mí. Alguien a quien quería tanto que conseguía que perdiera los papeles por completo y dejará mi amor propio aparcado muy lejos de aquella habitación.

Su nabo se hinchaba por momentos y cada vez me dolía más los pómulos. La comisura de los labios parecía que se me fuera a rasgar de un momento a otro. Pese a lo molesto que estaba, los placenteros suspiros de Enrique de telón de fondo conseguían que mi excitación fuera in crescendo. Me lleve la mano a la entrepierna y comprobé que tenía una dolorosa erección, así que no tuve más remedio que comenzar a acariciar mi polla.

Fue iniciar la masturbación y el ritmo que imprimí a mi mamada fue mayor. Mi ex, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, se puso a decir exabruptos que al principio me chocaron un poco, pero que en el calor del momento, asimilé como normales.

—¡Chupa, puta, chupa! ¡Te voy a dar polla hasta que te atragantes!

Antes de que me quisiera dar cuenta, un chorro caliente inundó mi cavidad bucal y un quejido satisfactorio salió de los labios de Enrique.  Irreflexivamente me tragué gran parte de la corrida. Estaba tan caliente que me derramé sobre las sabanas con el sabor de su esperma paseándose por mi paladar. Nunca antes había hecho aquello, pero he de reconocer que fue de lo más gratificante.DmzYS93UUAUbVTc

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