Dartablas y los tres más rastreros (Borrador)

1985

Día cinco de enero, aquella noche se suponía que venían los Reyes Magos de Oriente cargados con regalos para todo el mundo. A mí, confinado en un internado de las afueras de Madrid por salirme del sendero que me habían marcado, daba igual el número de zapatos que pusiera debajo de la ventana,  estaba claro que no me iban a dejar ni un mísero presente.

Marcharme con aquellos dos militares al bosque de encinas marcó un antes y un después en mi vida. De ser un adolescente mimado y protegido por su familia, pasé a tener que buscarme la vida en una jungla repleta de rebeldes e inadaptados sociales, una jungla donde, siguiendo fielmente el postulado Darwinista, el pez grande se comía al más chico y, o eras fuerte, o acababas bajo el yugo de  algunas de las distintas tribus de alumnos. Jaurías de depredadores, dispuesto a todo con tal de no perder su estatus.

Una de las manadas más beligerantes y pendencieras era la formada por Blas y sus compinches, unos chicos del último curso.  El macho alfa de la pandilla era un chaval de veinte años que, por lo que me contó, era hijo de un empresario de bastante éxito. Era un tío que caía bien sin quererlo: simpático, hablador y muy atractivo, tenía unos ojos verdes y un cuerpo atletico que despertaba en mí los más tórridos deseos. Sin embargo, era bastante engreído y, todas las bondades de sus atributos físicos, quedaban enturbiadas por su mal humor cuando no se salía con la suya.

Según se rumoreaba en el más absoluto de los secretismos, los motivos que lo habían llevado a parar a aquel lugar olvidado de Dios, fue su mala relación con su madrastra. Ni la nueva mujer de su padre soportaba las impertinencias de su hijastro, ni el jovencito tragaba a la exuberante rubia que había sustituido a su madre.  Su padre, para contentar a quien le calentaba la cama, apartó a su hijo de su vida con la excusa de darle una buena educación.

Para acallar la mala consciencia por mandar a Blas lejos de él, aquel hombre le facilitaba todo el dinero que le pedía, con lo que el muchacho vivía en aquel internado a cuerpo de rey. Tabaco, alcohol y otros lujos prohibidos estaban a su completo alcance, pues dentro de aquellas cuatro paredes la mayoría de los miembros del personal no docente ofrecían todas esas cosas por un precio y, como él disponía de los cuartos para poder pagarlos, raro era la semana que no obtenía alguna de esos artículos de contrabando.

Ese poderío económico, le hacía tratar a la gente con alarde de superioridad y poder tener siempre un grupo de acólitos, quienes se encargaban de bailarle el agua, defenderlo en sus numerosas trifulcas o acompañarlos en sus habituales fechorías.

Entre sus habituales seguidores se encontraba David Aguilar, un chico de dieciocho años que, desde que supe el descomunal tamaño de verga que gastaba, se convirtió en una de mis fantasías más recurrentes para inspirar mis momentos de placer solitario. Aunque he de reconocer que su enorme miembro viril era lo único que me atraía de él, pues el chaval tenía menos personalidad que un botijo sin agua, y a pesar de que no era feo, me resultaba de lo más insípido.

Por lo que se murmuraba, estaba allí por robar cuando tenía catorce años con un primo suyo en una gasolinera. Aunque la policía nunca lo pilló, su familia si se enteró de ello y, para evitar que siguiera yendo por mal camino, lo enviaron al internado.

Era tal la influencia que su compinche tenía sobre él, que sus progenitores, temiendo que volviera otra vez a las andadas, evitaban por todos los medios que saliera de allí, incluso en  unas fiestas tan señaladas como aquellas.

Siendo sincero, he de decir que a mí el chaval no me parecía que fuera un delincuente, ni nada por el estilo. Simplemente alguien con muy poca autoestima, lo que lo convertía en manipulable al cien por cien por cualquiera que, con una personalidad fuerte, le hiciera ver el mundo a través de sus ojos.

Si se juntaba con Blas era porque creo que necesitaba alguien que tomara las decisiones por él, pues, a pesar de su altanería y su chulería, se veía incapaz de hacerlo. Era el secuaz perfecto, no preguntaba, no se cuestionaba nada, simplemente se limitaba a actuar. Fuera lo que fuera lo que le encomendaran, él no ponía reparos para hacerlo, lo mismo pegaba una paliza a alguien que se había revelado un poco ante su jefe, que ofrecía su pollón para romperle el culo al Bombilla.

Su falta de empatía hacia los demás y esa despreocupación absoluta sobre si lo que hacía estaba bien o mal, lo convertían en alguien sumamente peligroso para quienes Blas consideraba sus enemigos. Ignoro si desconocía la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, lo que si recuerdo es que su rostro, hiciera una cosa u otra, mostraba siempre el mismo semblante impenetrable.

Pero si había alguien con quien uno debía de guardarse las espaldas era con Rafa Castro. A sus dieciocho años era un verdadero sociópata digno de estudio. Iba con Blas y compañía, no porque les cayera en gracia, sino para tener una excusa para sacar la mala uva que llevaba dentro. Era un  completo carnicero, pero a diferencias de otros no agredía a los otros chicos porque tuviera la necesidad de demostrar algo, lo hacía por placer, un simple y genuino placer.

Nadie sabía que le había llevado a parar a aquel centro educativo, pero, por lo que se oía en los corrillos, debía ser algo muy gordo. En los cuatro años que llevaba allí recluido, ningún de ellos había salido a pasar las navidades con su familia. Aunque debería empatizar con él, pues me encontraba en su misma situación, era tal el halo de maldad que rezumaba su semblante, sus ojos desprendían tanta ira y daba la impresión que tenía tanta rabia contenida en su interior, que nada en él te invitaba a ser su amigo, así que   me limitaba a ser cauteloso con él,  evitar su compañía en la medida de lo posible y guardarme la compasión para quien la necesitara realmente.

No obstante, todo líder que se precie necesita un subalterno que le haga la pelota, que le ría las gracias, le sirva de chico de los recados y le recuerde constantemente lo bueno que es en todo. Quien cumplía todos los requisitos para ello era Fede. Un tipo que, su devoción hacia Blas, parecía que estuviera locamente enamorado de él. . Sin embargo, como no tenía planta de marica, me limitaba a tacharlo de chupaculos y de ser muy mala, pero que muy mala persona.

Era el correveydile del grupo, el quita vergüenza de su jefe. Todas las tareas más infames y desagradables le eran encomendadas y él, por el simple hecho de estar en el grupo, las realizaba con ahínco. Es más creo que el simple hecho de que contaran con él, lo hacían sentirse importante y disfrutaba en gordo con cualquier cosilla que le ordenaban.  Era un títere que gozaba con ser manipulado y besaba por donde pisaba su jefe, con tal de no sentirse desplazado.

Por último, estaba mi amigo Gonzalo, él fue quien me contó todo lo sucedido en las fiestas en el cuarto de Blas. Aunque sabía que no era mala gente, también tenía muy claro que no me podía fiar de él al cien por cien. Me parecía una persona de lo más voluble y con una personalidad  de lo más débil, que se movía según soplase el viento. Idolatraba al grupo, de un modo que rozaba lo enfermizo, como si fuera una especie de fan de un grupo musical.

Que el resto de los alumnos   que lo vieran en el patio con ellos,   era para él como formar parte de una supuesta élite. No obstante, por lo que pude intuir, parecía que la circunstancia de haberse follado al Bombilla con ellos, no le daba derecho a ser uno más de la pandilla y si aquella tarde consintieron que los acompañara fue para que estuviera vigilante por si alguien venía.

Ser mangoneado de aquel modo y forma le sentó al chaval de regular para detrás. No tenía de tonto un pelo, sumaría dos y dos y llegaría a la conclusión de que no era nadie para ellos, que como mucho el bufón de la corte. Incluso hasta Fede lo trataba con la punta del píe.

Mi amigo y yo entramos en el comedor, a pesar de que tenía claro que ninguno de los miembros sospechaba que los había estado espiando,  todavía un agobiante nerviosismo recorría mi cuerpo, tan fuerte que de vez en cuando me estremecía.

—¿Qué te pasa, tío? —Me preguntó Gonzalo.

—Nada, que abre cogido un poquillo de frio estando sentado en el patio.

—Desde luego que eres más endeble que un alambre. ¡A que te pones malo para el día de Reyes!

—¡Como si a ti te preocupara! —Mis palabras estaban cargadas de un reproche más que evidente.

—¿Cuántas veces te tengo que pedir perdón?

—No es cuestión de arrepentirse de las cosas, lo suyo es no hacerlas.

He de reconocer que mi enfado era más una pose que otra cosa, de hecho, de no haber sido por su plantón, jamás hubiera sabido lo que se cocinó aquella tarde entre los fogones. Sin embargo, que hubiera alimentado mis ansias voyeristas no quería decir que su comportamiento para conmigo no fuera censurable y quería que se diera cuenta del tremendo desprecio que me había hecho.

Nos pusimos en la cola para esperar la comida, la cual no estaba muy concurrida todavía, solo unos cuantos chavales de segundo, algunos de tercero y el Bombilla, quien fiel a su costumbre de ignorarme,  ni hizo el amago de mirarme.

Los que si se encontraban ya sentados y comiendo, eran don Roberto y don Martin, quienes a diferencia de nosotros, les servía la mesa Pedro. Seguramente un menú más exquisito y de más calidad que el nuestro.

A pesar de que no me podía quejar de los alimentos que nos servían, allí no se tiraba nada. Si un día había cocido madrileño y sobraba carne, al día siguiente había croquetas. Aquella noche,  a pesar de ser la noche de Reyes el menú era como el de cualquier otro día, acompañando la tasa de consomé con un huevo, teníamos unos ricos San Jacobo con patatas fritas y de postre dos piezas de fruta.

 La verdad es que mejor festín se lo habían pegado el personal de cocina con el Pequeño Nicolás, un festín que por más impropio que me pareciera, no dejaba de resultarme de lo más excitante.

El encargado de servirme mi cena fue Elías, quien me dedicó una generosa sonrisa y me deseo buen provecho. Fue verlo y las imágenes de su increíble follada con el Pequeño Nicolás asaltaron mi mente y no pude reprimir una pequeña erección.

Me senté en la misma mesa que Gonzalo y me puse a tomarme la  tasa de caldo calentito, dado que mi compañero no me estaba dando mucho palique, me puse a observar por el rabillo del ojo al personal de la cocina. Pedro, en la otra parte de la sala, conversaba con los profesores distendidamente, parecía mentira que previamente hubiera estado metiéndole cuatro dedos en el ano al pinche de cocina. Por más que quería no podía reprimir el oscuro deseo de imaginármelo desnudo, con ese culo tan redondo y tan peludo, con su polla regordeta desafiando a la ley de la gravedad.

Sus subalternos, Elías y Tomás, tampoco daban muestra de mala consciencia por lo sucedido, con lo que tuve claro que yo le estaba dando más importancia a lo sucedido que ellos y opté por tranquilizarme. Si ellos, quienes habían sido los protagonistas se lo tomaban de forma relajada, porque me tendría yo que preocupar por las posibles consecuencias de sus actos.

Como tampoco quería ser demasiado borde con Gonzalo, en el fondo era más tontorrón que mala persona, me olvidé del personal de la cocina y clavé mi mirada en él.

—¿Qué coño miras? ¿Acaso tengo monos en la cara?

—Nada, que si se te mira detenidamente no pareces tan lerdo…

—¡Muy gracioso! ¡Más que el Eugenio ese de la tele!

Guardé silencio durante unos segundos, lo observé y le sonreí, dándole a entender que no le guardaba rencor.

—Lo peor, es que has quedado mal conmigo y contigo. Porque por la cara que traías esta tarde, Blas y su “sequito” se han debido portar de pena.

—¡Ya ves! El Fede que me la tiene guarda.

¡Qué ingenuo eres! ¿Tú crees que Fede hace algo sin el consentimiento de Blas?

—¡Vaalee,  soy el pringao más grande del internado! Pero es que el otro día me moló mazo estar con ellos.

—¿Qué esperabas de esos cuatro, alma de cántaro?

—¡Yo que sé! Cualquier cosa menos que me dejaran de vigila.

—¡Pues te jodes y para otra vez te lo piensas! Por cierto, ¿por qué te han dejado vigilando? ¿Y qué?

Fede fue por el Bombilla y aprovechando que Serafín tenía la ronda por el lado opuesto, se metieron en el Sótano…

El Sótano, era el nombre por el que el alumnado conocía una especie de nave abandonada que en un principio iba a ser unos billares. Se ve que un miembro de la Junta Escolar, de mentalidad conservadora y amigo de las buenas costumbres y con bastante peso decisorio en el régimen franquista, tildó aquel lugar como un antro de perversión. Lo que llevó a que los dueños del centro se replantearan su construcción y el proyecto quedó por la mitad. Eso sucedió a finales de los setentas, por lo que se ve ninguno de los directores posteriores, ni nadie en la Junta Escolar supo buscarle alguna utilidad al inacabado recinto y permaneció como una especie de Sagrada Familia en el patio del internado.

—… y me dijeron que me quedara en la puerta por si aparecía alguien. Cuando salieron, después de un rato largo, ni siquiera me dieron las gracias. Es más el cabrón del Fede me trató como si fuera una mierdecilla y me ordenó que me largara con viento fresco, que tenían que hablar no sé qué.

—¿Qué crees tú que hicieron allí tanto tiempo?

—¡Yo que sé! Como el Bombilla pone la misma cara de imbécil siempre, no sé si se lo habían estado follando o le habían dado una manta de palos. ¡Allá él, si le duele el culo o la cara! ¡Pero lo que es a mí no me cogen más de primo…!

Las palabras de Gonzalo, al ver que Blas y sus secuaces hacían su aparición por la puerta del comedor, se quedaron ahogadas en su garganta.

Aún en la distancia que da el tiempo transcurrido, no me deja de sorprender la soberbia de la que hacía gala aquel muchacho. No solo llegaba tarde a la cena, sino que con sus ademanes dejaba claro que se veía legitimado por completo para ello. Estaba claro que tener sobornado a buena parte del personal del Internado, le daba cancha para hacer lo que le daba la gana.

Caminaba haciendo alarde de un descaro escandaloso, mostrando una sonrisa melosa y exagerada. Se movía con unos andares pretensiosos como si fuera el rey del mambo y todos los allí presente le tuviéramos que rendir pleitesía. De haber sido aquel un centro educativo mixto, sería el clásico chico malo por el cual las chicas suspirarían. Pero como allí solo había pollas, lo más que conseguía es que la gente envidiara un poco su posición.

Sus tres súbditos, como si estar con él les envolviera en ese halo de impunidad que parecía tener el atractivo muchacho, levantaban sus cabezas arrogantes y caminaban con un aire chulesco más propio de pandilleros barriobajeros que de jóvenes estudiantes. Al igual que su líder, no saludaron a nadie y avanzaron por la sala pavoneándose como gallos en un gallinero.

Se dirigieron a donde estaban las vitrinas de las comidas, Tomás estuvo a punto de decirle algo por su tardanza, pero se ve que Elías, me daba a mí era uno de los proveedores de Blas, no quería problemas y lo mando a callar de un modo sutil. Estaba claro que no solo los chavales estábamos hasta las narices de aquellos niñatos, el personal docente y no docente también. Aunque estaba claro que si nadie hacía nada para evitarlo, era porque Blas sabía a quién y cómo sobornar.

De vuelta a la zona de las mesas, Blas y Rafa Castro se pararon ante la mesa de Luis, el Bombilla. El muchacho parecía más turbado de lo normal y apenas había comenzado a tomarse el consomé.  Como no les hizo caso uno de ellos pegó un porrazo en la tabla de la mesa. El alicaído chaval levantó la mirada, a pesar de que su expresión no pareció inmutarse, como si aquello no fuera con él, creí ver en sus ojos un manifiesto terror.

—¿Qué pasa Bombillita? ¿Nadie quiere comer con un rarito como tú?

Las palabras de Blas eran una absoluta provocación y respondiera lo que respondiera el pobre chaval, se la iba a ganar. Así que si limitó a mover la cabeza en señal afirmativa.

Rafa Castro cogió el salero en su mano y comenzó a juguetear con él. Buscó con la mirada a los profesores y al personal de cocina, y tras comprobar que nadie estaba al tanto de ellos, volcó su contenido casi por completo en la taza de caldo que se tomaba el Bombilla, diciendo:

—¡Creo que Pedro le ha quedado el consomé un poquito soso!

Los dos niñatos se miraron y comenzaron a carcajear como si hubieran hecho una gracia. El pobre de Luis metió la cuchara en el consomé, sopesando si tomárselo o acostarse con el estómago a medio llenar.

Se sentaron junto a David y a Fede, quienes vitorearon el acto inmundo como si fuera algo de lo que vanagloriarse. Como la maldad con la que habían realizado aquel vil acto había sido tan sigilosa como el serpentear de una víbora, ni los profesores, ni el personal de cocina se habían enterado de nada. Con lo que, como siempre, aquellos cuatro se volverían a salir con la suya. Irrefrenablemente la furia comenzó a bullir en mí. Cogí la bandeja, mire a Gonzalo y le dije:

—¿Te vienes?

—¿ A dónde?

—A la mesa del Bombilla.

Mi compañero de curso me miró como si estuviera diciendo la mayor tontería del mundo, cuando se percató de que lo tenía decidido, se viniera conmigo él o no, con un gesto propio de un cobarde, me respondió:

—¡No, déjame de rollos raros! Si quiero hacer una buena acción, ayudo a una abuelita a cruzar la calle.

Lo miré con cara de asco, me levanté del asiento y me fui a la mesa de Luis. Cuando el resto de alumnos me vio sentarme con él, me miraron con cierta perplejidad. Todos, menos los de la mesa de Blas, quienes clavaron sus ojos en mí como si estuviese atravesando una frontera imaginaria. La frontera prohibida de soslayar su autoridad.

Si sorprendido estaba el resto de alumnos, Luis no lo estaba menos. Me miró con cara de decirme: «¿Qué coño haces, enano!», pero sus palabras no pudieron salir de su boca, pues  “sin querer” volqué su taza de consomé sobre  la mesa.

—¡Ay, perdón! Lo siento, lo siento… —Dije poniendo cara de circunstancia, me levanté y fui corriendo a la barra a pedirle un paño al ayudante del cocinero.

No sé qué me movió a hacer toda aquella pantomima, sobre todo porque me la estaba jugando por un chico que dos veces que le había ofrecido mi ayuda y dos veces que me había echado de su cuarto con cajas destempladas. Sin embargo, a pesar de que me repetía una y otra vez que no me debía meter en líos y dar la cara por nadie. Al hijo de la Rosario y el Juan no lo habían educado para ver cómo se abusaba de los indefensos y quedarse quieto.

—¿Qué te ha pasado, calamidad?  —Preguntó Elías regalándome una de sus encantadoras sonrisas.

—Nada, que he tropezado y le he derramado el caldo a Luis.

—¿Pero tú no estabas sentado con Gonzalo?¿Por qué te has cambiado de mesa?

—Es que quería comentarle a Luis una cosa sobre una novela que estoy leyendo.

—¡Qué te hacía mucha falta a ti hablar de la novelita ahora! Con tal de hacerme trabajar a mí, lo que sea —Refunfuñó el corpulento tipo —. ¿Tengo o no tengo ganado el cielo contigo?

Puse mi mejor cara de inocente, asentí con la cabeza y acompañé a Elías a recoger mi pequeño estropicio.

Desde muy joven, seguramente porque esconder mis verdaderas tendencias a todo el mundo me había dotado de esa capacidad de ocultar la verdad, el arte de mentir no se me había dado nada mal y aunque había vertido el contenido de la tasa intencionadamente, no creo que el gigantón que recogió mi estropicio fuera consciente de ello.

—¡Pepe, no sabía yo que fueras tan desastre!

—Perdón, Elías. Perdón, Luis… Creo que te va a quedar con hambre.

El tono de pena que use era digno de Mary en “La casa de la pradera”, el hombretón me miró de reojo y sonriendo por debajo del labio me dijo:

—¡Anda, prenda, pásate por la cocina y que Tomás te dé una ración de consomé!

Lo que hice a continuación, sé que respondió a la actitud de niño redicho que siempre fui, pero aun así no dejo de reconocer que fue lo más desacertado que podía haber hecho. Mientras caminaba para la cocina dediqué una mirada a Blas y sus compinches, una mirada orgullosa por haberles ganado la partida, lo cual no les sentó nada de bien a  ninguno de los cuatro chavales que musitaron entre dientes un: «¡Ya te cogeremos!».

Era tal el desastre que monté en un momento, que  había conseguido que los profesores y el personal de cocina estuvieran pendiente de nosotros durante un rato. El tiempo suficiente para que los cuatro aprendices de malhechores que teníamos al lado, se estuvieran quietecitos y nos dejara comer en paz.

—¡Gracias! —Dijo el Bombilla tras tomarse la tasa de caldo de casi un solo trago —Creí que esta noche me acostaba a medio cenar.

—¡No hay de que, hombre!

—¿Sabes que estos te la van a hacer pagar?

—Pues sí, pero solo tengo que esperar a que mis amigos se incorporen. Juan Carlos y Felipe son mis colegas… ¿Lo sabes?

—Sí, ya me lo dijiste esta tarde en mi cuarto…

—Creo que me repito un poco —Dije acompañando a mis palabras de una risa nerviosa.

Luis se quedó pensativo unos segundos. Me miró, cabeceó mordiéndose el labio inferior y dijo:

—Perdona.

—¿Por qué?

—Por haberte tratado mal, cada vez que me has tendido la mano. Es que no estoy acostumbrado a ello.

—No, no es muy habitual que la gente por aquí haga estas cosas que yo hago— Apostillé con cierto sarcasmo.

—Pues ten cuidao que los mendas estos no se andan con chiquitas.

—Ya lo sé, pero para eso están mis colegas.

Sin dejar de comer, como si temiese que sus acosadores lo fueran a dejar sin cenar, me volvió a mirar. A pesar de que su cara no era un catálogo de emociones, cuanto más tiempo pasaba sentado junto a él, más claro tenía que hacia un esfuerzo enorme por reprimirlas. Durante un momento, pude ver en su mirada un atisbo de admiración, una vez engulló la comida que tenía en la boca, me dijo:

—¡Tienes los huevos bien puestos, enano!

Y siguió devorando su San Jacobo como si tal cosa.

Si hubiera sabido las consecuencias que tendría para mí aquel gesto de solidaridad con el desvalido chaval, seguramente no lo habría hecho. Pero ya se saben lo que dicen: «El mayor valor es la consecuencia del más grande de los miedos».

Aquella noche acompañé a Serafín, el guardia de seguridad, en su ronda de camino a las habitaciones, con lo que evité que los cuatro desaprensivos del último curso tuvieran una oportunidad de hacerme pagar mi pequeña “rebelión” ante su autoridad.

El día siguiente, como era Reyes y no tenía nada que celebrar, únicamente salí del cuarto para comer, aprovechando siempre que hubiera algún mayor cerca, para evitar que aquellos cuatro se vengaran de mi pequeña enfrenta. Lo que no sabía es que me quedaban mucho tiempo que pasar en aquel internado y, más pronto que tarde, tendrían ocasión de hacerme pagar mi osadía.

La finalización de las fiestas trajo que el resto de los compañeros regresaran al centro. Con aquellos a quienes prestaba ayuda con las Matemáticas rondando por el patio, me sentí más libre y fui menos cauteloso pues pensaba que si alguno de los compinches de Blas me hacían algo, ellos saldrían en mi defensa. Dar aquellas clases, que le servían a ellos para aprobar, me había convertido en casi intocable.

Me dio mucha alegría volver a ver a Oscar, mi compañero de cuarto, estaba pletórico y no paraba de contar cosas sobre cómo le había ido fuera. En el momento que se dio cuenta de que a mí sus diversiones navideñas más que alegria me causaban tristeza, pues me recordaban que yo no había podido ir a mi pueblo, cambio el tema de la conversación de ipso facto.

Aquel chaval era bruto como un abedul, pero con una nobleza de corazón que le estallaba en los ojos cada vez que te miraba. Una vez le conté cómo habían ido las vacaciones en aquella especie de cárcel (evidentemente obvié lo de las fiestas de Blas y lo de la cocina), me fui para mi despensa de la comida y le di los bombones de higos que tenía guardado para él.

—Veo que te has acordado, cabroncete.

—Una promesa es una promesa.

—Pues no espere que los reparta contigo, que ya te habrás comido los tuyos.

—¡No te preocupes, generoso! Sabiendo lo glotoncete que eres, ya me he guardado unos cuantos para mí.

Se metió el primer dulce en la boca y lo saboreo como si fuera una especie de delicatesen. Tras relamerse concienzudamente los labios y los dedos, puso cara de circunstancia y me dijo:

—Pues para que veas que yo también soy buena gente, también te he traído una cosa.

Con un pase firme se fue hacia una de sus maletas y sacó un paquete  de su interior.

—Mi primo Antonio, el que vive en Estados Unidos, me ha traído un montón de comics americanos. El pobre no sabe que sacándome de “My pencil and my book are on the desk”, el inglés me suena a chino. Me acordé de ti, que te gustan los comics y se te da bien el spikinglis  y te los he traído.

El chaval abrió el paquete y sacó de su interior como veinte ejemplares de los más variado: Uncanny X-men, Iron man, Avengers, Daredevil… Los personajes de mi infancia en versión original.  Como era obvio, no le dije que mi nivel de inglés no llegaba al nivel de aquellos textos y me limité a darle las gracias. Aquel detalle de Oscar, aunque él lo ignorara, supuso para mí el único regalo de reyes de aquel año, por lo que lo que a partir de entonces valoré mucho más su amistad.

El día ocho se reanudaron las clases y con ello la rutina, no sé porque olvidé lo sucedido el sábado a la hora de la cena y bajé un poco la guardia. Con Juan Carlos y Felipe rondando por allí, no sé porque, pero me sentía seguro.

Un día Rafa Castro me abordó en mitad del patio, le dijo a Ignacio que siguiera caminando pues tenía que hablar conmigo. Un pánico inmensurable me aprisionó, pues presentí que algo grave me iba a pasar. Me cogió por el cuello del chaleco y me rugió a la cara:

—¡Mierdecilla, no te creas que se nos ha olvidado lo de la noche de Reyes! En cuanto podamos te la vamos a devolver.

Dado que en el patio había demasiada gente y había profesores cerca, se contuvo un poco, hizo  su amenazante advertencia y se marchó.

En cuanto tuve ocasión fui a buscar a mis colegas de tercero. Aunque no eran del último curso, eran de los más respetados y temidos dentro del internado. Si habían aprobado matemáticas en Septiembre había sido gracias a mí, si hasta aquel momento me habían dejado tranquilo los abusones había sido porque ellos habían intercedido en mi favor.

Una vez le planteé mi problema con Blas, ambos pusieron cara de póker, como si no entendieran porque les contaba aquello ni lo que pretendían que ellos hicieran por mí. No dijeron nada, pero pude interpretar que se desentendían por completo de mí.

—Creí que erais mis colegas —Estaba tan desilusionado por su actitud, que mis palabras sonaron como un murmullo.

—No —Contestó Juan Carlos que era quien solía llevar la voz cantante —, nos caes bien y te agradecimos mucho en su momento que nos echaras una mano con los números, pero de ahí a que te defendamos de una bronca en la que te has metido tú solito, no.

—Y menos con el cabrón de Rafa Castro, con la mala leche que se gasta —Apostilló Felipe —. Lo que tienes que hacer es no ir de listo por la vida y no acoquinarte después.

Salí de su cuarto con una aplastante sensación de soledad ante el peligro. Si hubo en algún momento que me arrepentí de haber defendido al Bombilla fue aquel, pues sabía que más tarde Blas y los suyos vendrían a cobrarse con creces mi pequeña ofensa.

El día siguiente tocaba gimnasia, los de primero la teníamos de ocho a nueve y media y los de COUP la tenían a continuación, con lo que el cruzarme con los cuatro desalmados que me la tenían jurada era inevitable. Como sabía que el vestuario era el sitio idóneo para una encerrona, cuando los sentí llegar me metí en uno de los excusados para que no me vieran.

A través de la rendija que había en la puerta controlaría perfectamente si aún quedaba alguien por salir y, una vez estuvieran corriendo por el patio, aprovecharía para escaparme de allí sin que me vieran.

Tenía tanto miedo que, de nuevo, me volví a sentir el niño indefenso que salió del pueblo: Toda la valentía que, el respaldo de los chavales que consideraba en deuda conmigo me había dado, había desaparecido y su lugar lo ocupó una cobardía inmensurable.

Aquel día tuve la ocasión de observar unas cuantas churras y unos cuantos culos que, ignorando que estaban siendo vigilados por mí, se lucían impúdicamente.

Un culo redondo y casi perfecto llamó mi atención, sigilosamente indagué buscando quien era su dueño. Para mi sorpresa era Blas, quien antes de colocarse los pantalones de deporte se metió un buen meneo en el paquete, el cual me pareció de buenas dimensiones, despertando en mí los más oscuros deseos.

Inexplicablemente aquel engreído tipo, el cual me tenía aterrorizado hasta los huesos, me atraía más de lo que yo quisiera admitir. Descubrir que, además de su sonrisa de canalla y sus ojos verdes, tenía un hermoso culo y una verga, que incluso flácida me pareció más que apetecible. Como el deseo no razona, me llevé la mano a la entrepierna y comprobé que mi pene se había comenzado a despertar. Me entraron ganas de masturbarme, pero una vez terminó de ponerse las botas de deportes se marchó con los demás al campo de juego y fue el momento que aproveché para largarme de allí sin ser visto.

Durante la ducha que me di en mi cuarto y aprovechando que Oscar no estaba allí, me masturbé pensando en Blas. Era la primera vez, quizás por lo que había escuchado y visto durante aquellas vacaciones, que lo hacía deseando tocar la polla de alguien, anhelando que me abrazara entre sus brazos, que besara mis labios, que me hiciera suyo.

«Estábamos los dos solo en su cuarto, me había perdonado mi insurgencia con lo del Bombilla. Él se encontraba sentado junto a mí, yo le explicaba un problema de matemáticas. A cada segundo que pasaba,  él acercaba más su torso al mío, tanto que nuestras piernas y nuestros brazos se rozaban de un modo que me pareció comprometido. Intenté concentrarme en los números que tenía ante mí, pero él ya había dejado de mirarlos y tenía sus ojos clavados en mi rostro.

Cabeceé buscando una explicación a su actitud, él me sonrió y apoyó su mano en mi muslo, un nerviosismo invadió todo mi ser, porque era algo que deseaba un montón, pero que me daba mucho pánico enfrentar. Blas, como si se diera cuenta de mis miedos, me cogió la barbilla y me dio un pequeño piquito para tranquilizarme.

Al primer beso corto, le siguió uno más largo y placentero. Donde su lengua se enredaba con la mía y nuestros alientos se convertían en uno.  Aparqué todas mis dudas y me entregué a lo que mi cuerpo me pedía realmente. Sus manos se metieron debajo de mi ropa y me fue desnudando poco a poco. Imité sus movimientos y, antes de que nos quisiéramos dar cuenta, a nuestros torsos estaban desnudos. Impetuosamente llevé mis manos a sus tetillas y, sin dejar de besarlo, comencé a juguetear con ellas. Bajé mi boca a su barbilla y de allí a su cuello. Tras chupetearle un poco la tráquea, me deslicé hasta sus pezones. Los tenía duros, tanto que parecían dos pequeñas puntillas clavadas sobre su areola. Sin pensármelo un segundo, me metí uno de ellos en la boca y lo chupé con frenesí.

Blas apretó mi cabeza contra su pecho, mientras comenzó a proferir palabras sin sentido. Toqué delicadamente su duro abdomen y dejé que mis dedos viajaran hasta su pelvis. Un prominente bulto se marcaba bajo la tela del pantalón, incapaz de contenerme ante la tentación, pose mi mano sobre su entrepierna.

Busqué la aprobación de Blas, sus ojos verdes me gritaron apasionadamente que sí. Apreté aquel lujurioso paquete, como si mi mano fuera una garra que pudiera arrancarlo de su cuerpo y llevármelo para siempre conmigo. Desabotoné la cárcel de algodón azul que impedía que mi mano tocara aquel vigoroso mástil que se insinuaba bajo los vaqueros, baje la cremallera y deslice los “slips”, dejando que, como una lanza dispuesta al ataque, aquella hermosa polla se mostrara orgullosa ante mis ojos.

Comencé a masturbarlo muy suavemente degustando con la mirada como su capullo emergía y se escondía bajo la piel del prepucio, brillante por el líquido pre seminal que lo cubría. Estuve tentado de metérmelo en la boca, pero desconocía si su sabor me agradaría y opté por aumentar el ritmo de mi mano. Cuanto más lo masajeaba más parecía que era la cantidad de sangre que llenaba sus venas y más dura la sentía. En un momento determinado, de la boca de Blas salió un sonoro “¡Me cooorrooo!” y de la punta de su verga salieron unos enormes trallazos de esperma que empaparon de blanco su pelvis y su abdomen…»

Con la imagen de Blas eyaculando como un toro en mi mente, llegué al orgasmo y mi polla terminó vomitando el esperma que mi cuerpo guardaba dentro.

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2 comentarios sobre “Dartablas y los tres más rastreros (Borrador)

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