Cruising entre camiones

Doce hombres con los que follaría sin piedad

Septimo episodio

15 de agosto del 2010

JJ

¡Este Mariano es de lo que no hay!  Nada más ha terminado de desayunar, se ha quedado dormido como un bebé y  pese a todo el jaleo que ha habido en el bar, él ni se ha coscado lo más mínimo. No solo me sorprende el hecho de que sea capaz de quedarse frito en cualquier sitio, es que una vez  se relaja y  coge el sueño no lo despierta ni Dios, ya puede haber un terremoto y caérsele la casa encima. ¡La madre que lo parió! Si no lo llego a  zarandear, hubiera sido capaz de seguir duerme que te duerme hasta la noche. En su favor debo de decir que los tres días que llevamos en Galicia han sido una verdadera paliza para él y el pobre, que no está acostumbrado a tanto meneo, estaba que no se tenía en píe de puro cansancio.

En parte le tengo que agradecer que se haya pegado esa especie de siesta del fraile, porque con él por aquí  rondando no hubiera podido   darme la degustación del rico  macho vasco que me he dado. El pobre será muy buena persona, un tío muy noble y todo lo que quiera, pero tiene un complejo de Pepito Grillo capaz de cortarle  el rollo al más pintao   y yo, cuando me dejan suelto, soy muy Pinocho.  

Si nada más que hay que ver la cara de chinche que se le ha puesto cuando le he dicho que, mientras él había estado sobando, yo había aprovechado para estar con unos amigos míos haciendo unas cositas y  la mirada reprobatoria que me ha lanzado  después, cuando me he despedido de los tres  camioneros vascos. Le ha faltado decirme: «¡Hijo mío,  como sigas así, vas a ir  directito al infierno por pecador!» Como si a mí me preocupará ser vecino de Lucifer y compañía, seguro que se lo pasan mejor que en el cielo. Donde, si es verdad lo de que los ángeles no tienen sexo,  se lo tienen que pasar de lo más aburrido. A mí donde haya un buen demonio con un buen rabo, que se quiten todos los querubines.

Cómo  me lo conozco mejor que la madre que lo echó, sé que va a poner cara de “Sor Angustias” y que, indiscreto como es de natural, va a empezar a mirar para donde no debe, dejándome  en evidencia delante de los camioneros. Así que para evitar quedar mal, le he dicho que se quede calladito, que tire to tieso  para la calle y que    no pregunte nada, que  ya le contaré todo lo que quiera una vez estemos dentro del coche. Obediente y ordenadito que es,  ha hecho lo que le he dicho sin rechistar.

Nada más arrancar el coche, se ve que no puede esperar para someterme al tercer grado, por lo que ladea la cabeza condescendientemente y me dice:

—¡No me lo puedo creer! ¡Con la vejez cada vez estás echando menos vergüenza!

—¿Qué es lo que no te puedes creer? Si todavía no te he contado nada —Le respondo con cierta chulería.

—Pero me lo imagino, ¡qué vaya la miradita que te han echado esos tres cuando te ibas! Les ha faltado decirte: «Cuando quieras  que te demos lo tuyo otra vez,  puedes volver» ¿Es que no eres capaz de respetar nada?

—¡Ay, mi niño! Que se me ha puesto celoso porque su JJ se ha pegado el lote con los camioneros y él no.

—¡Una mierda voy a estar yo celoso!

—Pues que conste que no te he invitado a la fiesta porque estabas dormidito y tenía caras de estar pasándotelo muy bien… Para mí que estabas soñando con Brad Pitt, George Clooney y Chris Hemsworth… Todos juntos y revueltos…

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Mariano pone cara de pocos amigos, tengo la sensación de que ya se ha sentido bastante ridículo pegándose una señora siesta delante de todo el mundo y el que yo me burle de él,  tal como lo estoy haciendo, le está cayendo como una patada donde dijimos. Así que me interrumpe tajantemente y me lanza una puyita de las suyas.

—Estamos solos, así que deja de “adornarte”  y cuéntame que es lo que has estado haciendo por ahí  “mientras dormía”,  que estás hecho una Sandra Bullock

Durante unos segundos me quedó pensando que ha querido decir con eso de “Sandra Bullock”,  al principio no caigo, se ve que follar tanto y tan bien lo deja a uno un poquito espeso, hasta que se me viene a la mente  la empalagosa comedia de los noventa en la que la vecinita de al lado americana (cuando todavía no había aprendido a interpretar) hacía de cobradora del metro.  ¡Qué malito y qué rebuscado es el pobre haciendo chistes!

Como está pendiente de la circulación, no sé da cuenta de la cara de asquito que le he puesto. Así que, para joderlo un poco,  me limito a responderle del modo más grandilocuente y teatral que puedo.

—Pues nada, que los vascos no se han podido reprimir ante mis encantos y nos hemos echado un polvo de los de antes. ¡Qué buenas pollas, qué lecheras y qué calientes estaban! Hacía tiempo que no tenía tres machos etiqueta negra solo para mí.

Lo observo detenidamente, aunque no aparta la mirada de la carretera, desconcertado, mueve varias veces la cabeza y, tras resoplar varias veces contrariado, me dice:

—La verdad, quillo, es que no perdonas una y cualquier sitio te parece bueno para echar un polvo. Arriesgas demasiado por follar con un desconocido.  Un día de estos te van a partir la boca y no voy a estar yo allí para sacarte las castañas del fuego.

—¡Amen!

—Yo que tú no me burlaría que la cosa es muy seria.

—Hijo mío, las ocasiones están para aprovecharlas. Me fui detrás de uno de ellos al servicio, empezamos con el mamoneo, vio que había tema  y llamó a sus amiguitos para montar una fiesta.

No sé si porque va conduciendo o porque, después de nuestra reciente bronca, no le apetece para nada hablar del asunto,  el caso es que  no indaga más en lo qué ha ocurrido, en cómo y dónde nos hemos liado  (¡Qué rarito está mi niño esta mañana, con lo que le gusta un pormenorizado de todo). Tras permanecer unos segundos en silencio, y como yo no sigo dándole charla, da la conversación por finalizada. Para mi sorpresa,  no me hace ninguna pregunta y se limita a poner la radio. ¡Vaya mierda de tercer grado! ¿Dónde están los polis malos cuando los necesitas? Sí, con poco que me aprieten, yo  termino cantando hasta por la Piquer.

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Me da un poco de coraje no poder contarle al dedillo todas mis peripecias sexuales, pero lo conozco y si no me ha pedido que prosiga con mi historia es que no tiene los cojones para farolillos. Así que respeto su proceder y me meto mi historia sexual con los tres machos vascos por donde no da el sol (Que dicho sea de paso es la parte que más le termina gustando a muchos de mi anatomía).

Como no me interesan  para nada unos tertulianos que se empeñan en gritar cada vez más  para dejar constancia de que su punto de vista es el único o el mejor, desconecto de la realidad y me pongo a recordar lo sucedido esta mañana.

Paramos para tomar un café en una estación de servicio de las muchas que se encuentran por las carreteras gallegas. Caminando hacia el bar, vimos  aparcados en las inmediaciones una flota de camiones que me trajo  a la memoria aquel verano tras finalizar el internado en el que  descubrí, y  de primera mano, lo que algunos de los miembros de la profesión de transportistas gustaban  del sexo con personas de su mismo género.

Fue poner el primer píe en el local y el dulce aroma a feromonas que se respiraba dentro me puso caliente como una perra. No era para menos,  entre aquellas cuatro paredes no había ni una sola fémina y la testosterona en el ambiente casi se podía cortar con un cuchillo.

La clientela del local se componía por los ocho choferes de los vehículos del exterior y un  atractivo tipo trajeado. A estos nueve machos de ensueño, había que sumarle el personal de la barra dos jovencitos quienes no estaban nada, ¡pero que nada mal!

Aunque solo conseguí enterarme del nombre de uno de ellos: Alaín, un camionero cuarentón con barba canosa de tres días,  con cara de follador nato y un físico morboso a más no poder.  Imaginativo por naturaleza que soy, terminé poniéndole nombre a todos. A los tres atractivos polacos que estaban en la barra los bauticé con el nombre de  Dominik, Adam y Bernard. A los otros dos que estaban junto a ellos, por su acento deduje que se trataba de un madrileño y un catalán, Pedro y Albert. Al camarero, que era un moreno de los que tiran de espaldas y con unos ojos azules para chuparle hasta el tuétano, lo llamé Pepiño. A su compañero, el cocinero, Antoñino. Al madurito calvo que estaba sentado con Alain, Nikolás y al otro, Iñaki.

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Estaba tan pletórico que, a pesar de mis intentos por ser sutil,  me temo que llegué a ser un poquito descarado. Eso o Alain posee un radar especial para los gays más eficiente que el de la Dirección General de  Tráfico, pues, tras dedicarme una pícara  sonrisa una de las veces que pasé por su lado,  en cuanto tuvo ocasión, y sin que fuera perceptible para nadie más, me guiñó un ojo de un modo de lo más seductor.

Mi colega dice que me arriesgo mucho, pero ¿qué peligro había en irse disimuladamente detrás de él cuando se fue al servicio? Máxime con la mirada que me lanzó cuando pasó por mi lado. Con la excusa de que el zumo de naranja me había sentado mal, dejé a Mariano desayunado su enorme tostada y me fui a lanzar la “caña” para ver si picaba o no picaba el atractivo conductor.

Fue entrar en los baños y me di cuenta que estaba inaugurada la temporada  de pesca. El camionero se encontraba en el primero de los cuatro meaderos que había al fondo y de espaldas a la puerta. Al oír como se abría la puerta, giró  perceptiblemente la cabeza hasta la entrada, fue verme y una  leve sonrisa picarona se dibujó en su labio inferior.

Mientras caminaba hacia él, pude comprobar lo alto y voluminoso que era. El tío tenía una planta de  macho empotrador de tres pares de cojones. Sus espaldas eran  anchas y el culo que se le marcaba bajo el pantalón  de trabajo era tan redondo y portentoso que parecía que te estuviera gritando “¡Pellízcame!”. Tengo que confesar que, al pasar por detrás de él,  me tuve que contener un montón para no hacerlo, pues la tentación no podía ser más fuerte.

Me coloqué en el meadero junto al suyo, al principio dirigí la mirada al frente y afiné el oído esperando escuchar el sonido de su chorro de orín contra la cerámica, pero el esperado ruido no llegaba a mis oídos pues, al igual que yo,  no estaba allí para expulsar ningún líquido fuera. Cuando ya tuve claro que el motivo de entrar en los baños no era el acuciante cambio de agua al canario, ladeé la cabeza y asomé la mirada al interior de su urinario. Lo que me encontré, no me pudo agradar más. Casi desafiando a la gravedad y sosteniéndola levemente en la base por unos gruesos dedos, me mostró su  gruesa y oscura salchicha del modo más  perturbador.

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Pese a que no estaba erecta del todo, la churra de mi acompañante estaba ya lo suficientemente despierta para darme a entender que mi presencia no le desagradaba, sino todo lo contrario. Levanté la mirada en busca de su complicidad y una morbosa sonrisa se pintó en un rostro que, sin ser el de un adonis de anuncio,  no estaba falto de atractivo. Unas facciones  endurecidas por el paso de la vida, unos astutos ojos pardos y una descuidada barba de pocos días me dejaron claro  que sin lugar a duda me encontraba  ante un verdadero semental. Un semental con ganas de fiesta.

Interpreté aquel gesto como una invitación,  me mordí el labio y clavé la mirada en su herramienta sexual. Estaba esplendorosa  y, haciendo gala de una  exuberante erección, se erguía desafiando la fuerza de la gravedad.  Me disponía a meter mi mano en el urinario de al lado para atrapar entre mis dedos aquella prueba de masculinidad, cuando sentimos que la puerta se abría destrozando ipso facto nuestro  breve momento de intimidad.

Quien irrumpió  en el baño no fue otro que el comercial rubio,  aquel que  bauticé como Borja. El tío era alto, bastante guapo, con pelazo a   lo Pocholo,  con un traje de rayas gris oscuro  y que por su acento,  deduje que debía  ser originario  del litoral valenciano. El Brad Pitt de Castellón antes de pasar a los urinarios,  alimentó su vanidad mirándose complacido  al espejo. Llegué a pensar que tenía que ser de esos que  tienen la autoestima por los suelos y, como no tienen a su abuela a mano para que se lo diga,  cada cinco minutos necesitan  recordarse lo guapo  que son y lo bueno que están.

Contrariado por la inesperada llegada, el atractivo vasco intentó esconder como pudo su virilidad, la cual pareció encoger a pasos agigantados. Apurado metió su apetitosa churra dentro de sus slips, se subió la cremallera, se lavó las manos y se fue apresuradamente, sin siquiera dirigirme una nimia mirada. En aquel momento el guaperas valenciano me pareció la persona más aguafiestas del mundo y pasó a formar parte de mi grupo de personas no favoritas.

Como no quise poner a Alain  en un compromiso con nadie,  una vez se marchó me quedé haciendo como el que meaba un poco más. Borja, tras consultar el espejito de la madrastra  de Blancanieves un par de minutos más,   se  terminó colocando  en el último de los cuatro urinarios. Lo miré disimuladamente por el rabillo del ojo y, por la forma de recular a la hora de sacarse la churra, consideré que el muchacho estaba bien dotado (o eso o tenía los calzoncillos muy estrechos y le costaba un montón sacársela).

Si por mi mente paseó levemente la idea de  intentar ver si se podía cazar algo, esta murió de inmediato pues la puerta se volvió a abrir de nuevo. El recién llegado era otro de los camioneros, concretamente el polaco más atractivo, aquel a quien yo había bautizado con el nombre de Bernard. Para mi sorpresa, en vez de ponerse en el primer meadero, se colocó en el tercero. Justo en el que estaba al lado de Borja. Como soy muy bueno en matemáticas y sé sumar dos y dos, me di cuenta de que tres eran multitud para ciertas cosas y que estaba sobrando allí,  por lo que paré de interpretar mi papel de meón, me lavé las manos y les dejé el campo libre a los dos rubiales, pues tampoco se puede ir por el mundo con  complejo de Perro del Hortelano.

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Al salir al comedor del bar, me encontré con Mariano echado sobre la pared y pegándose una siesta como a nadie le importa. Me dio un poquito de lastimita y no quise despertarlo, máxime con la cara de satisfacción que tenía el pobre. Miré disimuladamente a la mesa donde estaban los tres vascos, Alain parecía que, dado por finiquitado  su momento “vamosaecharunbuenpolvomañanero”, se había olvidado  por completo de mí  y se limitaba a conversar con sus amigos como si tal cosa. Lo busqué disimuladamente en un par de ocasiones, pero me ignoró del modo más sutil.

No me había dado tiempo de dar por clausurada la  “Temporada de caza del macho camionero”, cuando vi salir a Bernard de los baños, fue a la barra a cuchichearle algo a sus compañeros de trabajo y abandonó seguidamente el local. Por su forma tan sigilosa de hacerlo, me dio que pensar que allí había tomate, ¡y del bueno!

Al poco fue Borja el que salió del servicio (¡Qué meada más larga tuvo que echar el chaval, ni las  vacas de mi pueblo tardan tanto!), pagó y se fue directamente para la calle. Se hizo dueña de mis actos la vieja cotilla que tiene un “loft”  en mi corazoncito,   con lo que no pude reprimir mi malsana curiosidad por saber que se cocía entre aquellos dos  y abandoné el bar con una cautela similar a ellos.

Es curioso lo que evolucionamos las personas a lo largo de nuestra vida.  De pequeño recuerdo que me encantaba espiar como mis primos gemelos “jugaban a los médicos”. En mi adolescencia en el internado, cada vez que tuve ocasión, observé los  furtivos polvos que allí se echaban. Ahora de mayor, he cambiado un montón  (¡Por los cojones!) y no desaprovecho ninguna ocasión en la que pueda dar canchas a mis ansias de voyerismo. ¡Hasta el día que me pillen y me dejen sin un diente en la boca!

Con la experiencia que dan muchos años de meter el ojo en las cochinerías  ajenas, hice como que hablaba por el móvil y aproveché para espiar sutilmente donde se dirigían el polaco y el valenciano.

Bernard se introdujo por un hueco apenas perceptible que había entre los camiones que estaban aparcados a unos escasos metros de la estación de servicio. Borja, quien me pareció  que era tan lanzado como yo o más, lo siguió sin recato alguno. Esperé los minutos que consideré pertinentes y me fui detrás de ello. Sabía que me exponía a que me partieran la cara, pero solo de elucubrar la posibilidad de poder tener sexo con ellos, aceleraba mi pulso de una manera desmedida y concluí que merecía la pena correr el riesgo.

Me pareció curioso cómo estaban aparcados  tres de los camiones que componían la flota, en  una forma casi  triangular,  dejando una especie de pasillos entre ellos que no era visible desde fuera y a donde había que entrar  a propósito para ver  lo que ocurría en el interior. Aunque sopesé de nuevo los pro y los contra,  el cerebro de mi entrepierna ya había decidido por mí  y me interné en lo que me dio la sensación que era una especie de jaula de metal, hábilmente posicionada para construir un escondite perfecto y  a la vista de todos.

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Suponía lo que podía encontrarme, pero no por ello dejó de sorprenderme menos. Recostado sobre una de las cabezas tractoras estaba el polaco y agachado ante él, mamándole la polla  de un modo bestial estaba el bombón trajeado. El pobrecito parecía que después de desayunar se habría quedado con mucha hambre, pues se estaba comiendo el nabo del polaco con unas ganas tremendas. Lo metía y sacaba de su boca con una celeridad casi compulsiva.

Mentiría si  dijera que la imagen de aquellos dos atractivos tipos sumidos en el sexo oral no me puso a tope. Al principio mi sigiloso comportamiento no los sacó de su ensimismamiento y seguían comportándose  con la naturalidad que da el no sentirse vigilados. Los  apagados jadeos que daba el polaco cada vez que la cabeza del valenciano se hundía en su pelvis para tragarse su palpitante virilidad me parecían de lo más morboso. Tenía puesta una  cara que me encanto, me recordó a la de  un niño travieso después de comerse el chocolate, como si lo que hacía le gustara mucho aunque en el fondo pensara que no era lo correcto y podían terminar recriminándoselo.

No sé porque me lo imaginé casado con una rubia delgada y alta, con dos retoños de ojos azules y  de piel tan blanca como sus padres Una familia perfecta propia de un anuncio de huevos de chocolate. Una familia perfecta que lo hacía aún más deseable. Estaba loco porque supiera de mi presencia y me invitara a comerle su rosado “quindersorpresa”.

No tardé en ser descubierto por Bernard, que, sin decirle nada a Borja,  me dedicó una mirada de lo más seductora. Me disponía a meterme insinuantemente mano al paquete, cuando noté que alguien me agarraba por la cintura y pegaba su pelvis a mis nalgas. Sobresaltado volví la cabeza para atrás y me encontré con una  de las descaradas sonrisas de Alain.

—¿Chiqui, te gusta lo que ves?

—Por supuesto, sino no estaría aquí —Le dije con una familiaridad y descaro que hizo que frunciera  el ceño desconcertado.

—¡Ahivaláostia!¡ No te cortas un pelo pues!

—Me vas a dar algo si me corto, porque entonces lo hago —Respondí en un tono casi insolente.

—Me gusta la gente que se deja de “burocracias” y va directo al grano.

 

—¿Para qué perder el tiempo? —Le respondí volviéndome y metiéndole mano a la prominencia de su entrepierna.

Nuestras miradas se cruzaron durante un momento, estuve tentado de darle un beso, pero me limité a suplicárselo con mi actitud y que fuera  él quien rompiera el hielo. Sin pensárselo, agarró mi cabeza fuertemente entre sus manos y me metió un salvaje muerdo. Cuando desfogamos la pasión rozándonos el uno contra el otro enredados en un estrepitoso abrazo, volvió a atrapar mi cabeza, la empujó a través de su pecho y  me obligó a que me agachara hasta colocar mi cara frente a su entrepierna.

Dominado por el fuerte olor a macho que desprendía su cuerpo, me puse a morrear su polla sobre la tela de su bragueta. Fui marcando morbosamente  con un reguero de babas la protuberancia que se marcaba como una barra sobre el bolsillo izquierdo de su pantalón. Levanté la mirada en pos de la necesaria complicidad por parte de Alain y me encontré con que tenía los ojos fijos en el polaco y el valenciano.DnaZoKYUcAAPyC4.jpg

Me detuve un momento y con un gesto le indique que si quería que nos uniéramos a ellos, el asintió, me ayudó a levantarme y encaminamos nuestros pasos hacia los dos atractivos rubios.

Era más que obvio que Borja no estaba dispuesto a renunciar a su  ración del rico nabo polaco, ni cuando nos sintió al vasco y a mí junto a ellos dos, redujo el ritmo de su mamada. El tío estaba dando muestra de ser un buen comedor de nabos, pues a Bernard lo tenía con una cara de gozo que no cabía en sí.

Una vez llegamos a ellos, Alain se colocó casi codo con codo con su compañero de trabajo, dejó que en su cara se pintara una bravucona sonrisa   y me invitó a que siguiera con lo que estaba haciendo.  Seducido por la chulería del atractivo madurito, me arrodillé  ante él y, sin dejar de mirar la espectacular mamada que realizaban a escasos centímetros de mí, volví a pasear mis labios por el caliente cilindro que se destacaba bajo el uniforme de trabajo.

Al principio, creo  que mi jueguecito tenía cierto morbo, pero no tardó en hacerse algo  cansino. Por lo que Alain, con ese descaro suyo tan característico, descorrió la hebilla de su cinturón, apartó mi cabeza con cierta brusquedad, se desabotonó la bragueta de un modo casi violento y sacó su herramienta sexual.

Me quedé como absorto al ver cómo aquel majestuoso pollón invadía el corto espacio que quedaba entre mi rostro y su bragueta. No solo tenía un ancho y largo más que respetable, sino que sobre un erecto tronco de lo más esplendoroso, reinaba una cabeza de flecha que parecía grita:   «¡Cómeme, cómeme!» ¿Quién era yo para negarle nada a una criaturita tan hermosa?

Me disponía a tragarme aquel oscuro esparrago cuando, con cierta arrogancia, Alain me preguntó:

—¿Te gusta mi cipote?Dlu4qInU8AAlaYN

Adopté la pose sumisa que sus ojos pardos me imploraba y me limité a asentir con la cabeza.

—¡Mámamela pues! —Al decir esto, empujó mi nuca hasta que me tragué el grueso rabo hasta la base.

Si no hubiera tenido la experiencia que tengo y no conociera los trucos para evitar atragantarme con una polla, aquel burdo gesto por su parte me hubiera producido una pequeña arcada. No obstante, la respuesta que obtuvo de mí fue en pequeño mar de babas que comenzó a bajar por el caliente tallo hasta regar por completo su vello púbico.

Volví a mirar de reojo a Borja y, como si estuviera en un universo paralelo o fuera un muñeco a quien  le hubieran dado toda la cuerda, seguía chupando impasiblemente la polla de Bernard. El  guapo polaco sostenía su cabeza con una mano, mientras con la otra se metía mano bajo la camisa y jugueteaba con una de sus tetillas. Ver el rizado pelo rubio que se escapaba por el pico del cuello de su prenda de trabajo, fue como gasolina para mis ganas de polla y devoré con más ímpetu si cabe el nabo de Alain.

Durante un momento el único sonido que reinaba en aquel pequeño espacio fueron los jadeos del vasco y el polaco junto con el chasquear de la boca de Borja y la mía contra sus potentes vergas. Sé que puede sonar a cursilada, pero durante un momento me olvidé de todo y mi mundo se limitó en dar placer al palpitante falo que entraba y salía exultante de mi boca.

La gratificante banda sonora fue rota por la voz del vasco:

—¡La hostia, como la maman estos cabritos!

—De putissima madre —Respondió Bernard con un acento español casi perfecto.

—¿Te gustaría cambiar pues?

—¡Venga va!

Estaba claro que en sus noches fuera de casa aquellos dos se podían haber ido de putas muchas veces, pero también estaba claro que se la habían comido algunos tíos y me aventuraría a pensar que se habían follado algún culo peludo. Si el hecho de que se pusieran a hacerlo a  plena luz del día (por mucho que el sitio estuviera lejos de fisgones) me dejaba claro que no era la primera vez ni la segunda que hacían alguna cosa así, la confianza con la que habían intercambiado nuestras bocas, sin pedir nuestra opinión siquiera, confirmaba más aún que lo del mariconeo entre aquellos tipos  no era una rara avis, sino algo habitual, frecuente como mínimo.

Con un gesto casi imperativo nos pidieron al valenciano y a mí que cambiáramos de posición. El rubio del pelazo y yo nos miramos un pelín sorprendidos, pero metidos en el papel de perras mamonas como estábamos nos limitamos a obedecer y no pusimos ninguna objeción a lo que nos ordenaban nuestros “amos”.

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Antes de meterme la rosada tranca del polaco en la boca, alcé la mirada y busqué sus hermosos ojos azules. Pese a que en ellos solo se dejaba ver un intenso brillo de lujuria y no había espacio  ni para un pequeño atisbo de afecto, no dejaban de ser dos ventanas a las que me podía asomar para ver lo mucho que disfrutaba con lo que me disponía a hacerle.

Metido en el rol de sumiso esclavo mamón, le rogué con un gesto que me dejara comerme aquel rosado falo. La respuesta de mi ocasional amo fue empujar mi nuca hasta que me tragué el rígido pollón hasta la base. Una vez mis labios chocaron con su pelvis y su capullo rosó mi campanilla, aflojó la presión de su mano y permitió que yo fuera quien marcara  el ritmo.

El sabor de aquel cipote era bastante diferente al de Alain, menos agrio y más suave al paladar. Tras degustar enérgicamente su glande, paseando efusivamente la lengua por los pliegues de su prepucio, procedí a tragármela de nuevo por completo, como comprobé que aquello lo hacía jadear, terminé engulléndola con mayor ímpetu. El ritmo de mi cabeza contra su pelvis acrecentó sus suspiros que dejaron de ser ahogados y se volvieron un pelín escandaloso. Por un momento volví a la realidad y temí que alguien nos oyera.

Sin embargo, mi degustación del rico carajo polaco duró poco tiempo, por lo que se veía ni el vasco ni el valenciano habían podido congeniar y Borja me pidió con cara de pocos amigos que le cediera su puesto. Me dieron ganas de como una leona salida, pelearme por el rabo de mi semental, pero miré el hermoso cipote del vasco y concluí que no merecía la pena discutir, porque yo salía ganando.

Arrastrando levemente  las rodillas por el suelo del aparcamiento, regresé a la casilla de salida. Levanté la mirada buscando los astutos ojos de Alain y este me respondió dando un lengüetazo al aire de lo más morboso.

Antes de volver a mamar el nabo de “mi” macho dirigí una leve mirada a los dos rubios de al lado. Lo que me encontré no es que me sorprendiera, es que me pareció un poco apresurado: Borja se tragaba la verga del polaco con una efusividad y ritmo fuera de lo común, Bernard con la cabeza ligeramente echada para atrás, no paraba de jadear y se dejaba hacer de un modo bestial.

Un reguero de caliente baba resbalaba por los cojones del polaco, quien contraía su rostro en muecas de doloroso placer. Era más que obvio que  estaba a punto de correrse y el valenciano no retiraba la boca de su polla,  por lo que no había que ser un Seneca para intuir lo que allí iba a terminar sucediendo. Seguramente Borja sería de aquellos que después del desayuno le gusta un vasito de leche polaca recién ordeñada y a Bernard me daba la sensación  que no le importaba mucho darle el gusto.

Durante unos segundos me olvidé de  Alain y centré mi atención en los dos rubios. De buenas a primera el camionero del este apretó la cabeza del mamón trajeado y gritó:

—¡Biegne!

Aunque los idiomas que mejor manejo son el francés, el griego y un poco la disciplina inglesa, no me hicieron falta de  otros conocimientos lingüísticos para deducir que aquello debía ser algo parecido un “me corro” en la lengua de Chopin.

Miré  de reojo a mi vasco favorito y tampoco  se perdía un  detalle. Cuando vio al valenciano sacar la lengua para enseñar la espesa corrida que le habían echado en la boca, observé que hizo un gesto de repugnancia. La verdad es que el Brad Pitt de Castellón estaba demostrando ser un guarro de tomo y lomo. ¡Habrase visto! Mucho traje, mucho rollo pijo y termina haciendo las mismas cerdadas de los canis de los videos “bareback”.

Sorprendentemente de la punta del rosado cipote siguió manando esperma que fue a parar a sus ojos, a su cara y a una de las solapas de la chaqueta. Aunque en principio aquello pareció dar morbo a Borja, cuando se dio cuenta que le habían manchado la ropa puso cara de fastidio. Dijo algo entre dientes y se marchó con cara de cabreado.

Miré a mis dos acompañantes y no pudimos reprimir una sonora carcajada.

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Concluye  en: “Un camión cargado de nabos”

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