¡Viva Franco!

A sus sesentas y tres años, Manuel solo sabe a ciencia cierta unas cuantas cosas nada más y con ello le basta. Nunca fue un hombre que se dejara guiar por sus ambiciones, nunca se creyó mejor que otros y siempre supo mantener los pies en la tierra.

Ha aprendido a valorar las cosas buenas de la vida, los amigos y, por encima de todo, la familia. Para él no hay nada mejor que su mujer, sus hijos, sus respectivas parejas y sus nietos. Sus problemas son los suyos y no hay nada en el mundo que lo haga más feliz que compartir sus alegrías.

En cuestión de política no se fía ni de rojos ni de azules. Los curas le hicieron dejar de creer en Dios y los políticos le han hecho, poco a poco y con su comportamiento desleal hacia el pueblo que representa, que deje de hacerlo en la democracia.  Los partidos políticos los ve como hienas carroñeras que se disputan el poder.

Pese a ello, cada vez que es llamado a las urnas, va a votar. Es de la convención que, aunque todo al final sea un mero intercambio de nombres y los que corten el bacalao sean al final los de siempre, la opción de no poder ejercer su derecho, le parece muchísimo peor.

Pasó su infancia y gran parte de la juventud bajo el régimen franquista, por lo que sabe el precio de la libertad, lo mucho que cuestan conquistar los derechos y con la gran facilidad que estos se pueden llegar a perder.saludo

Creció en una familia traumatizada por los desmanes del tirano. Su único delito no compartir sus ideas. Un hogar donde el relato del miedo y la represión que les tocó vivir, se traducía en pobreza y hambre. Barrigas que gruñían por la falta de alimento y que les hicieron olvidar a sus padres, el apetito de libertad que reclamaban sus espíritus.

Nieto de unos republicanos, su niñez estuvo estigmatizada por ser descendientes de rojos y, a falta de una estrella amarilla en su uniforme escolar, no faltaban dedos acusadores que se encargaran de recordarle sus orígenes.

Aunque a su madre se negaba en redondo a mencionarlo siquiera, sus hermanos y él conocían de boca de su padre la historia de la muerte de sus abuelos maternos. Algo que él se veía en la obligación de recordarles para que no cayeran en la tentación de cultivar ideas propias. No obstante, las palabras del pobre hombre tuvieron un efecto contrario en Manuel, a quien la narración de aquel crimen se le quedó grabada en piedra, junto a la palabra injusticia.

Sucedió en el año cuarenta y dos, la guerra había acabado hacía tres, aunque sus ascendientes no tomaron partido por ningún lado de la contienda, no era un secreto que sus ideas eran contrarias al régimen.

Si sus abuelos no hubieran tenido una buena posición económica y un extenso patrimonio quizás el destino maldito no se hubiera cebado con ellos. Pero el jinete de la guerra había diezmado las arcas del Estado, el ejército tenía muchas bocas que alimentar y  el caudillo los hizo compartir la idea de que las riquezas de los perdedores les pertenecían por derecho propio.

Unos mandos borrachos de poder, unos subalternos incapaces de cuestionar ninguna orden y un régimen permisivo con sus excesos, fueron los culpables de la desgracia de su familia a los que, de manera inesperada,  sacaron de su casa bien entrada la noche y, bajo el cargo de traición, fueron llevados al cuartelillo de la guardia civil.

En el transcurso de la noche en la que los horrores de la tortura se cebaron en sus abuelos y su madre. Una vez usaron a las mujeres como receptáculos de su lujuria, para mayor humillación del cabeza de familia, los raparon al cero como ganado. A la mañana siguiente fueron conducidos a la plaza del pueblo para que sus vecinos supieran con todo lujo de detalle de su desgracia.

En una localidad pequeña, donde todo el mundo se conocía  y donde todos tenían  pequeños “pecados” ideológico que esconder, se decidió utilizar el castigo a sus abuelos como una especie de escarmiento  para que  todos aquellos disidentes del régimen supieran a qué atenerse sino cambiaban de parecer.

Sentenciados por una represión genocida y ajusticiados impunemente, su hija y sus vecinos vieron como un disparo hacia explotar sus cabezas en un mar de borbotones de sangre.fusilamientos-republicanos-2.jpg

Ni un lugar donde llorarles quedó, pues el matrimonio pasó a engrosar la larga lista de personas que fueron enterradas en cunetas como vulgares bestias.

Su madre nunca habló de los horrores vividos en aquel fatídico día e intentaba que el paso de los años borrara aquellos recuerdos de su memoria. Sin embargo con el fatídico recuerdo, le pasó como con sus muertos, nunca pudo olvidarlo del todo, simplemente se acostumbró a vivir con aquel punzante terror en su cabeza.

Si aquel brutal crimen marcó su infancia, no le fue mejor con el Nacional Catolicismo que se impartía en la escuela. Si bastante duro para él era cantar el himno de la Falange cada día antes de entrar en clase, más duro era decir a todas horas y por cualquier cosa: ¡Viva Franco!

Un día, quizás porque estaba cansado de no poder pensar por su cuenta y de soportar la loza que era vivir en un régimen militar constante, no se unió en coro a los demás niños en los vítores al dictador.

Su profesor, un fracasado militar que había convertido las aulas en un desahogo sádico de sus ineptitudes personales, se percató de ello y, como ya lo tenía enfilado por ser quien era, se lo hizo pagar con creces.

Tras humillarlo verbalmente delante de sus compañeros, le obligó a poner los dedos hacia arriba en forma de racimo y los golpeo con una vara de olivo. Los primeros impactos hicieron llorar al crío, los siguientes consiguieron que sus yemas sangraran. Cuando los huesos de sus falanges se rompieron, su voluntad se hizo minúscula y no le quedó más remedio que acceder a la petición de su profesor.

—¡Viva Franco!—Balbuceó entre gimoteos.

—¿Cómo dices que no te oígo?

—¡Viva Franco! ¡Viva Franco! —Repitió intentando que su voz no se quebrara.Escuela-franquista.jpg

Una mano vendada y un dolor insoportable le sirvieron de recordatorio de su falta de libertad. Una libertad que creyó tocar con la punta de sus resentidos dedos cuando, estando cumpliendo el servicio militar, recibió la noticia de la muerte del asesino genocida.

Año y medio después su fallecimiento se llamó a los ciudadanos a  ejercer su derecho al voto y parecía que los horrores del franquismo eran cosas del pasado.

Pero muerto el perro no se acabó la rabia, pues el Caudillo lo dejó todo atado y muy bien atado. Las fortunas requisadas durante el franquismo seguían en las mismas manos, los cadáveres permanecían en las cunetas y lo más doloroso, sus adeptos seguían vitoreándolos en el mausoleo faraónico que construyó con el esfuerzo y la sangre de sus presos políticos.

Con ese panorama las heridas no se cerraban, es más, ni siquiera cicatrizaban y aunque tuvo una vida relativamente buena, la felicidad siempre quedaba enturbiada por el fatídico recuerdo de aquellos años y la sensación de que los malvados se habían salido con la suya, pues el peso de la Justicia no había caído sobre ello.

En su familia, al igual que hiciera su madre, los horrores de aquellos años se intentaba borrar y no se mencionaba jamás.

Hoy, cuarenta y tres años después, parece que no tendrá que escuchar más “El cara al sol” y ver la bandera del Dictador en los alrededores del mausoleo, pues van a sacar su cuerpo de él. Pese a que es una victoria pírrica y tardía, lo considera un pequeño resarcimiento hacia la injusticia que se hizo con sus abuelos, con su madre, con él y con muchos tantos otros.

Alegre por la noticia, ha hablado por primera vez de Franco con su nieto mayor, un adolescente universitario. La respuesta no le ha podido sorprender más. El chaval piensa que el asesino genocida es parte de la historia de España y que no tendrían que moverlo de allí, que todo es una maniobra de distracción por parte del gobierno para que el pueblo no vea los verdaderos problemas del país.

Sorprendido le ha preguntado cuál era su opinión de Franco.

El joven le ha dicho que ni buena, ni mala. Que, como todos los políticos, haría sus cosas malas y sus cosas buenas.

—Franco lo único bueno que hizo fue morirse —Le ha respondido Manuel levemente indignado y, tras dejar a su nieto con la palabra en la boca, se ha dirigido a su cuarto donde se ha encerrado a morderse la tristeza.

«Nos hemos empeñado tanto en borrar el recuerdo de aquellos años que lo hemos olvidado —Reflexionó mientras se recostaba en su butacón y encendía un pitillo —Pues de las pocas cosa que sé, es que quien no aprende de sus errores, está abocado a repetirlos».

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