Punta Candor siempre llama dos veces

Historias de un follador enamoradizo

Episodio 17:

 

SÁBADO  18 DE AGOSTO  DEL  2012

Las malas lenguas dicen que a quien Dios no le da hijos, el diablo le manda sobrinos. A mí, a quien la providencia me ha dotado de cuatro, en esta tarde de sábado, y como si no tuviera otra cosa mejor que hacer con mi vida, me he visto en la obligación de  “disfrutar” de la compañía de los  hijos de mi hermana Edelmira. Ambos profanaron mi merecida siesta y al grito de porfa-tito, me convencieron para que los llevara a ver una película de animación en 3D.

Bajo la  atenta e insistente mirada de Arturito y Aurorita, busqué en la web de la cartelera las salas en las que se proyectaba  la “bendita” película de “Brave”, y donde únicamente se podía ver  con las horribles gafitas, era en el centro multicines de Rota.

Tras tomarme un café y una ducha ligerita para espabilarme, me puse mi mejor indumentaria  de calzonazos y, tras consultar a mi hermana sobre la hora de llegada, concedí  el capricho a los muy zalameros críos.

La verdad es que entre las chuches, los refrescos y las entradas se me ha ido  un dinero curios, aun así tengo la satisfactoria sensación de que ha  merecido la pena. Creo que ha salido a relucir esa especie de  instinto paternal antropológico que todos tenemos, pues me lo he pasado casi  tan bien con las aventuras de la princesa Mérida como  lo han hecho los dos pequeños.

De vuelta a casa, con mis sobrinos dando muestra de agotamiento en los asientos traseros del coche, paso por delante del campo de fútbol de Rota. Irreflexivamente, mi rabillo del ojo dirige una mirada a los aparcamientos cercanos a la playa de Punta Candor, y si esperaba encontrar algo, la realidad supera mis expectativas, hay como una docena de coches aparcados… «¿También hay ambiente gay nocturno? ¡No me lo puedo creer!», pienso sorprendido.cruising1.jpg

De repente dejo de ser el tío perfecto que disfruta con sus dos maravillosos sobrinitos  y el vicioso que llevo dentro toma las riendas de mis pensamientos. En compañía de un imaginario e  insistente demonio gritándome al oído que deje a los niños en casa y vaya a ver que se cuece allí, continúo conduciendo hasta Sanlúcar. El silencio reinante en el vehículo, pues los niños se han quedado dormidos como troncos, tampoco ayuda a que abandone mis lujuriosas divagaciones.

Una vez en casa, dejo a los dos pequeños a cargo de sus progenitores y, siguiendo los consejos de mi Lucifer particular, digo que me voy a dar una vuelta, no sin antes coger preservativos y gel lubricante (Pack sexo seguro marca ACME). ¿Cómo era eso de lo de “hombre prevenido”? ¿Por cuántos decía que valía?

Media hora más tarde llego al improvisado parking. No sé qué carajo pienso encontrar aquí, está oscuro como la boca de un lobo (O eso dicen, porque yo lo más cerca que he estado de un canino de esos ha sido en el zoo y con una reja de por medio).

Estoy más nervioso de lo que me gustaría reconocer e incluso diría que un poco asustado. Pero parece que no hay otra cosa que me excite más que la ecuación deseo-peligro, mi apetito por conocer cosas nuevas  me apasiona tanto que hasta me asusta un poco, pues, en momentos como el actual,  es capaz hasta de nublarme el raciocinio.

A pesar de la intensa penumbra que lo envuelve todo, cerca de los coches se pueden apreciar alguna silueta masculina y la luz de algún que otro cigarrillo. ¡Bien!, como me figuraba la temporada de caza aún sigue abierta.detenidos-cruising-florida-696x522.jpg

Cuando vamos de “cruising”, en mi opinión, hacemos un poquito de marketing. Tenemos un producto característico que ofrecer, el cual responde a unos gustos determinados, envolvemos ese artículo con el mejor envase y, por último, dirigimos esta oferta al segmento de población al que queremos llegar. Esta noche el producto que ofrezco es el de un hombre atractivo de treinta y siete años, envuelto en unos vaqueros y una camiseta blanca, la cual sin ser ajustada marca perfectamente mi tono muscular; el público al que va dirigido es el de siempre (al que me gusta): hombres varoniles entre treinta y cincuenta años. El módico precio consiste en que la atracción mutua surja, porque con estas cosas  del ligoteo pasa lo mismo que con las marcas, están las que te gustan y las que no.

Una vez me bajo del coche percibo como unas sombras,  movidas por la curiosidad, se aproximan hacia el lugar donde he estacionado. Por unos instantes me siento como el centro del universo, pero mi momento de gloria es tan efímero como la notoriedad de un concursante del Gran Hermano, pues una vez comprueban que no soy ningún Mister Universo candidato al hombre de sus sueños, vuelven a lo que fuera que estuvieran haciendo.

Mientras aguardamos  fuera del coche a que alguien se nos acerque con la intención de tragarse el sedal (con caña incorporada),   los que no fumamos, lo tenemos bastante jodido para disimular.   Normalmente, en estas situaciones, nos quedan tres opciones,  y cada cual más absurda, tontear con el móvil,  hacer como echamos una meada o ponernos a mirar en el cielo las constelaciones. Yo,  como no  soy muy amigo de las pantallas táctiles, ni tengo muchas ganas de sacar el pito a la intemperie, opto por lo tercero. Me apoyo sobre el exterior de una de las puertas de mi automóvil y me pongo a buscar la Osa Mayor.

No he podido todavía visualizar las siete estrellas que forman el carro de la famosa constelación, cuando un primer individuo hace acto de presencia por las cercanías de mi vehículo. Se trata de un hombre de unos sesenta y pocos años, con el pelo blanco, cara de pocos amigos (ninguno juraría yo), bajito, regordete y con un atuendo  de lo más clásico, tirando a antigüito (seguramente seleccionado por su esposa en las últimas rebajas). Pasea arrogante y presuntuoso delante de mí, como mi única reacción es ignorarlo, intenta llamar mi atención magreándose de un modo burdo el paquete a escasos metros de mí. Resultado: vuelvo a mirar  al cielo, haciéndole ver con ello mi rechazo.

No ha transcurrido ni un minuto desde que mi primer candidato a polvo de la noche se ha largado con viento fresco y aparece otro tipo dispuesto a hacerme el cortejo de apareamiento. Inicia su galanteo paseándose ante mí, orgulloso de su masculinidad y convencido de que voy a caer víctima de sus encantos. Lo cierto es que el tío tiene un aspecto sumamente varonil, es alto, moreno, con unas espaldas anchas y una pequeña tripa que lo dota de cierto atractivo. Lo miro sutilmente y él me responde dejando ver en su rostro una seductora mueca de satisfacción, sin pensárselo demasiado, avanza con paso firme hacia mi vehículo.

—Buenas noches —Dice dejándome escuchar una voz ronca y que denota  bastante seguridad en sí mismo.

—Hola, ¿qué tal?

—Por aquí dando una vuelta… —Su voz suena forzada, como si no deseara tener que decir nada y pasar a la acción directamente.

—…si la noche se nos da mal, es lo que nos queda: dar unas cuantas vueltas—Completo su frase regalándole  todo la simpatía   de la  que soy capaz e intentando romper el hielo.

—¿Qué buscas? —Me pregunta de una manera tan  tosca que  hasta me molesta un poco, con lo que me queda claro que mi intento por socializar con él no ha obtenido éxito alguno.36683044_479530315834496_8898659323727577088_n

—Pasar un buen rato. ¿Y tú? —Mi respuesta está vacía de cualquier tipo de amabilidad.

—Lo mismo. ¿Qué eres activo o pasivo?

¡Joder, con la dichosa preguntita! ¡Vaaale!, está claro que la gente cuando va de “cruising” no quiere perder el tiempo y quieren ir a tiro hecho, que es un verdadero rollo que tras un rato de mamoneo descubrir que a los dos le gusta lo mismo, que pan con pan comida de tontos y al final te quedas igual que venías. ¡Pero tan poco está de más un poquito de tacto! El que uno esté en estos sitios para alimentar  las necesidades de sexo de su lado animal, no significa que tengamos que comportarnos como tales.

Mis ojos lo recorren de arriba abajo, como en un alarde de perdonarle la vida. El brillo de furia en mi mirada evidencia que su comentario me ha sentado de regular para atrás. Creo que la visual que le lanzo debe de estar impregnada de tanta mala leche que el tipo, por primera vez desde que se ha aproximado a mí, pierde esa entereza y seguridad que me ha demostrado y me dice:

—¡No te enfades, hombre! Yo lo he dicho para no estar aquí haciendo el “gamba”…

Me quedo pensativo durante un segundo, dejo que la contrariedad y el desconcierto se reflejen en mi expresión, abandono toda cortesía social y le digo:

—¡No, mejor déjalo!… No me apetece demasiado —Al concluir de hablar hago un breve gesto despectivo con la mano, con lo que dejo claro mi deseo de que se vaya por donde ha venido y me deje tranquilo.

Mientras contemplo por el rabillo del ojo como sus pasos se van perdiendo en el horizonte, comienzo a plantearme si ha sido buena idea ir allí aquella noche. Tengo la sensación de que no hay nada que hacer ya, pues  todo el personal será más o menos igual  como los dos que se me han acercado o  bien ya está todo el pescao vendio. Me encuentro sopesando la idea de irme o quedarme,  cuando de la oscuridad reinante alrededor de los arboles colindantes surge una figura. «Esto parece “El retablillo de Don Cristóbal”, la gente sale por donde menos te lo espera», pienso mientras clavo disimuladamente la mirada en el recién llegado.

Conforme el “nuevo” desconocido se va aproximando, voy descubriendo que su porte no está nada mal y, aunque él intenta disimularlo, se le nota una pequeña deficiencia al andar. Al igual que los dos anteriores pasa por delante de mi vehículo buscando una mirada de complicidad. Tras la oportuna inspección de rigor de su apariencia, pienso: «¡No está mal!, ahora lo que queda es que yo le guste a él».

No sé qué coño de señales le mando, pues el tío avanza unos metros y se dispone a marcharse. Temiendo que si no hago algo, desaprovecharé la mejor oportunidad de la noche, aprieto los machos, me echo de cabeza por la cascada de la poca vergüenza y, con un desparpajo impropio de mí,  le digo:

—¿Ni buenas noches ni nada…? A mí de lejos, me habías parecido hasta educado y todo.

El tipo se vuelve, está tan oscuro que no puedo intuir por su expresión si lo que le he dicho le ha sentado bien o mal. Únicamente pueden pasar dos cosas que mande a tomar viento, (por culo o lo primero que se le antoje), o que me salude. Tiene que ser uno de mis días de suerte, pues pasa lo segundo.Dp02jY3V4AADbLW.jpg

—Buenas noches tengas usted caballero. Es que uno viene al campo y se le olvidan las buenas maneras que le enseñaron sus padres.

Su voz me suena campechana, está impregnada de una amabilidad natural que me parece de lo más varonil. Observo la expresión de su rostro y este es un completo derroche de sinceridad. Sigo echándole jeta al asunto y le digo:

—¡Pues muy mal hecho, hombre!, pues sus buenos dineros le tuvieron que costar, ¿no?

Se va acercando paulatinamente cada vez más, permanece en silencio unos segundos, como si estuviera pensando una respuesta adecuada, pero en realidad, como puedo comprobar,  lo que está haciendo es sonreír complacido. Una vez considera que la distancia entre los dos es corta, me responde con un gesto de satisfacción en el rostro:

—¡Qué va! ¡No te creas! Yo lo más cerca que he visto un colegio de pago, ha sido desde la acera de enfrente.

El doble sentido que da a sus palabras me deja un poquito fuera de juego, pues no sé qué responder ante tal prueba de ingenio, así que me limito a observarlo con una pequeña sonrisa asomando en mis labios.

Tendrá unos cuarenta y tantos años, de pelo rizado, casi ensortijado. La penumbra que nos rodea, no me permite distinguir si tiene los ojos azules o verdes claro. Es un poco más alto que yo y, sobre todo, tiene cara de ser muy buena persona. Sus amplios pectorales y sus abultados bíceps son señal ineludible de que es un adicto a las pesas, aunque he de reconocer que lo que más despierta mi libido es una mata de salvaje vello que se le escapa por la parte superior de su camisa. Una camisa blanca que luce estupendamente sobre  su tostada piel. Es tanta la seguridad que me confiere que le tiendo la mano y le digo:

—Mi nombre es Mariano, pero mis amigos me llaman Machi.

—El mío es Paco, pero me gusta que me llamen Pacomer. 

Aunque el chiste está más pasao de moda que “Lluvia de estrellas” le sonrío por educación. Está claro que ante mí tengo una rareza de las noches de “Cruising”: alguien a quien le gusta conversar antes de follar.

Yo sobre lo de hablar antes de tener sexo con un desconocido,  tengo una teoría muy particular: Es necesario. Diría que muy necesario.

Una buena charla hace que las personas exterioricen sus sentimientos en la medida de lo posible, pues sin comunicación el acto sexual da lugar a un mal polvo, que para mí no es aquel que es corto o de variedad erótica escasa, sino aquel en el que los dos partenaires buscan su única satisfacción personal, sin importarle el otro lo más mínimo. Y no es que yo vaya haciendo amiguitos cada vez que echo un casquete, pero si hay conexión verbal la otra viene rodada. Si hay que ir se va, pero ir por ir…

Por lo que puedo intuir, follar con Paco puede ser algo gratificante cien por cien. El tío parece simpático (un punto para él), atractivo a rabiar (otro punto más), varonil (ya lleva tres)… Ahora lo que queda es que yo le haga tilín, pues él me hace: ¡tolón tolón!

Me cuenta que es de Jerez, que se sacó las oposiciones de Bombero, pero que tuvo un accidente por el cual le tuvieron que poner una prótesis en la cadera (por eso la leve cojera) y desde entonces ha estado retirado del servicio. Es escuchar el nombre de su profesión, sumarle el morbo que tienen para mí los uniformes y me entran unas ganas locas de palpar su “manguera”.a6c470cfe0b80fb66508fb4f5b5ff498

Seguimos intercambiando información personal durante un rato. A cada minuto que pasa me encuentro más a gusto con él y me atrae más. Sin pensármelo demasiado, me aproximo peligrosamente a él y le robo un beso. Al no encontrarme con ninguna objeción por su parte, mi lengua se abre paso entre sus  labios y empieza a bailar con la suya. Su boca tiene un sabor agradable y fresco, circunstancia que hace más agradable nuestro intercambio de saliva. Me olvido por un momento de donde estoy y lo abrazo fuertemente, como si quisiera soldar nuestros cuerpos en uno solo. Él se da cuenta de lo expuesto que estamos a miradas no deseadas y me pide que nos escondamos entre el follaje  de los matorrales y árboles cercanos.

Obnubilado por la confianza que me confiere Paco, le sigo sin  meditarlo un segundo y nos internamos en el bosque de pinos que nos rodea. Una vez estamos al amparo de la madre naturaleza, buscamos una zona que nos refugie de las miradas no deseadas y reanudamos nuestro interrumpido beso. Esta vez la pasión es más evidente y su pelvis se pega contundentemente a la mía. Un ahogado quejido escapa de mis labios cuando noto el tamaño y el vigor de su miembro contra el mío.

Antes de que nos queramos dar cuenta, la lujuria se ha apoderado de nosotros y nuestras manos comienzan a explorar de modo paulatino el cuerpo del otro. Tras pasear mis dedos por su pecho y su abdomen, busco la prueba de su masculinidad la cual late frenéticamente a mi contacto. Acaricio su miembro viril sobre la tela del pantalón y, tal como supuse, es de muy buenas dimensiones.

Presos del fuerte calentón, liberamos nuestros erectos miembros de la cárcel de ropa y comenzamos a pajearnos mutuamente sin besarnos. Unos entrecortados jadeos circulan entre nuestros rostros.  Con una mano acaricio su pecho, mientras que con la otra palpo el vigoroso cipote.

Su miembro viril se me antoja de lo más hermoso. Una abultada cabeza reina sobre un tronco por el que baja una gruesa e hinchada vena hasta los huevos y, sobre la gran bolsa de los testículos, se esparce una gran pelambrera negra que le da un aspecto de lo más portentoso.

 Él, por su parte, al mismo tiempo que me masturba, ha acomodado uno par de  sus dedos entre la raja de mis glúteos y busca sutilmente el calor de mi orificio anal.

En el preciso momento que más entusiasmado nos encontramos, el ruido de unos pasos nos distrae, es un tipo de unos cincuenta y largos años bastante delgado,  quien como si aquello fuera un espectáculo público se planta a mirarnos a escasos metros nuestros, creo que con la intención de unirse a la fiesta. Como Paco le hace un gesto despectivo con la mano para que se vaya, el individuo vuelve sobre sus pasos y nos deja solos.

La inesperada visita ha enfriado un poco nuestra pasión, pero las ganas por disfrutar el uno del otro son tremendas y volvemos a reanudar las tareas de exploración sexual con el mismo ímpetu que empezamos.  No han transcurrido ni dos minutos y vuelve a brotar desde las sombras otro tipo. Este, a diferencia del otro, no se limita a mirar, sino que dando muestras de mayor atrevimiento, trae el pajarito fuera de su jaula y blandiéndolo al aire como si de un sable se tratase.

La actitud del tipo es patética a más no poder, el jerezano y yo intercambiamos una mirada de perplejidad y sin poderlo evitar soltamos al unísono una carcajada. El tipo al sentirse ridiculizado, se marcha sin decir esta boca es mía.2 001

—¡Shurra, con tanto buitre rondando no hay manera de concentrarse!

—Pues tú me dirás que hacemos, porque esto yo no me lo conozco.

—¡Pero yo sí! ¿Coges el coche y te vienes conmigo a un sitio más tranquilo?

Le respondo afirmativamente, nos subimos los pantalones y pocos minutos después mi vehículo sigue al suyo en dirección al “sitio más tranquilo”.

Secundo a Paco por unos senderos escarpados, los cuales he de admitir que no me dan muy buena espina pues en todo momento noto que estoy llevando la amortiguación de mi automóvil al límite. Es tanto el polvo que levantamos que termino subiendo las ventanillas para que el polvo no acampe impunemente por el interior de mi coche. Diez minutos de abruptos caminos más tarde, el jerezano detiene su vehículo. La verdad que, a pesar de lo accidentado del trayecto, el lugar al que me traído tiene muy, pero que muy buena pinta: solitario y oculto de todo, y de todos.

Aparco tras él y salgo al exterior, Paco se dirige hacia mí orgulloso y seguro. Una vez llega a donde estoy, posa sus manos sobre mi cintura y con una desvergonzada sonrisa me dice:

—¿Por dónde íbamos, shurrita?  

—¡Tú sabrás, porque yo esto no me lo conozco! —Le contesto levantando las manos en plan de guasa y con una expresión de “a mí que me registren”.

Los ojos del bombero retirado buscan los míos, nada más comprueba  que le estoy vacilando un poco, me agarra fuertemente por la cintura, aproxima sensualmente su boca a mi oído y me dice:

—¡Tú estás hecho un cabrón de marca mayor! ¡Nada más que por eso, vas a pagar prenda!

Tira de mi barbilla suavemente y la une con la suya, para unir a continuación mis labios con los suyos. Este beso último es bastante más relajado y apasionado que los anteriores, con lo que me queda claro que Paco, al igual que yo, en la zona de “cruising” se sentía bastante incómodo.

Nuestras lenguas se vuelven a entremezclar y de nuevo nos comenzamos a acariciar sin mesura.  El tacto de su duro tórax hace que el deseo derribe las escasas barreras mentales que todavía mi subconsciente mantenía en píe. A reglón seguido mi polla se llena de sangre y se pone dura como una piedra. Sumido en pensamientos libidinosos, palpo su barriga y constato su dureza. Hay muchas horas de entrenamiento en ella y,  aunque está bastante lejos de las publicitadas abdominales tipo tableta chocolate, su tripa es  firme y sólida como una roca.  DivdFLZU0AAABBT

Dejo que mis dedos caminen hasta su entrepierna, confirmando con mi paseo que está igual de empalmado que yo. Mi excitación me empuja a desabrocharle el cinturón y la bragueta. ¡Quiero ese palpitante cipote entre mis dedos! ¡Y lo quiero ya!

Saco el vigoroso miembro de su prisión y unas abundantes gotas de líquido pre seminal empapan mis dedos. A pesar de la oscuridad, puedo ver que su glande está oculto, así que bajo el prepucio para descapullar una húmeda cabeza que está pidiendo a gritos, “¡cómeme!”. La sensatez parece dominar mis actos y antes de meterme lo que se me antoja como un exquisito manjar en la boca, busco en mis bolsillos un preservativo y envuelvo el excitante falo con él. Una vez tomadas las debidas precauciones, invito al palpitante cipote a visitar los interiores de mi paladar.

Desde el primer instante en que empiezo a mamar aquel delicioso nabo, una pasión salvaje parece apoderarse de mí. Es tanta las ganas y la lujuria con la que impregno cada chupetón que le pego, que Paco detiene mi cabeza entre sus manos diciéndome:

—¡Para, por favor, que no quiere correrme todavía! —Guarda silencio durante unos segundos y cambia su expresión por otra más zalamera, un poquito chulesca diría yo —¿Por qué tienes  tanta hambre, shurra? ¿Qué pasa? ¿No te han dao de zenar esta noche?… Pues ahora cuando pase un ratito  te la sigues comiendo. ¡Levántate!, que quiero seguir saboreando tus labios.

Sus labios me besan otra vez, en esta ocasión la pasión no es tan desmedida y lo hace de un modo delicado, casi tierno. Sus manos se meten debajo de mi camiseta buscando mis tetillas, una vez las localiza,  sus dedos aprietan suavemente mis pezones. Es tal la maestría con la que el jerezano me toca que una inmensurable sensación de  bienestar me recorre de la cabeza a los pies. El muy cabrito consigue relajarme tanto que me entrego por completo, dejándome hacer con una pasividad impropia de mí.

Paco me quita la camiseta y la echa en el interior del coche, lame mi tórax después, para concluir mordiendo mis pezones suavemente. Todo lo que me hace me pone tan tremendamente cachondo e, irreflexivamente, mi polla se pone a palpitar.

—Te gusta, ¿ein?

Respondo con un suspiro apagado, pues el tío me tiene sumido en una espiral de desorbitado placer, está claro que sabe dónde tocarme y cómo. Mientras sus labios devoran mi pecho, sus manos resbalan por mi espina dorsal hasta llegar al final del mi espalda, me bajan el pantalón y se meten dentro de mis bóxer, para concluir apretando fuertemente mis glúteos.

—¡Qué buen culo tienes, gachón! ¡Joooder!

—Pues esta noche es todito para ti.

Ignoro qué coño me impulsa a decir tal barbaridad, no sé por qué, pero Paco me hace sentir bien, como si lo conociera de toda la vida, quizás la  inusual confianza que ha nacido entre los dos me hace creer que no hay nada inapropiado, y en los momentos que mi seguridad se vuelve tan firme,  no puedo evitar lanzarme  sin paracaídas.

—¿De verdad? —Pregunta con una voz cargada de sensualidad, al tiempo que restriega sus dedos libidinosamente por la raja de mi culo —¡Pues no sé yo que decirte! Pues para lo que yo quiero hacer esto está demasiado estrechito.

—Yo te puedo asegurar que si te lo sabes trabajar, dilata, ¡y mucho!

—¡Ufff!, pues aquí  hay que echar una buena peona —Mientras dice esto, intenta introducirme un ensalivado dedo en mi ano —. Shurra, ¡no va a haber paro en España, si to el trabajo lo tienes tú aquí…! Pero, ¡no te preocupes! ¡Que veras como sí lo consigo! No vaya a ser que te lleves una mala impresión para Sevilla y te cree yo un trauma con eso.

Aunque su humor es un poco basto, he de admitir que el tío tiene una gracia que le rebosa por las orejas y, como no para de soltar paridas, no tengo más remedio que reírme con sus ocurrencias. Lo malo es que con tanto cachondeo, el muchacho se ha empeñado en querer meterme los dedos lubricándolos únicamente con saliva, con lo que, si no quiero que termine haciéndome daño, me tengo que poner un poco serio.

—¡Quillo, déjate de rollo y ten cuidadito!

—¿Qué pasa, pisha? 

Que con saliva no metes nada, ¡ni de coña!

—Entonces, ¿lo dejamos? —Su cara es la de un niño a quien se le ha pinchado la pelota.

—¡No, hombre, no! Simplemente que si no quiero acabar con el culo en carne viva,  será mejor que coja el lubricante que tengo en el coche — Es oír esto y los ojos de Paco se iluminan de inmediato, su alegría me recuerda a la de un crío y  solo le falta ponerse a dar saltos y palmas diciendo: ¡Bien, bien!

Con la incomodidad que supone caminar con el pantalón a media cintura, entro en el coche y busco el gel dilatador en la guantera. Dado que me meto por la puerta del conductor (es la que me queda más cerca), me tengo que poner de rodillas sobre el asiento, mostrando mi culo de un modo más que comprometido. Circunstancia que es aprovechada por  Paco,  para hundir su lengua en mi ojete. Ante tal satisfactoria efusividad,  yo no puedo hacer otra cosa que ceder y dejarme caer por el trampolín del vicio.

El jerezano está demostrando ser un amante como la copa de un pino de grande. Si guardaba algunas reservas sobre si dejarme penetrar o no por él, ya no hay lugar a dudas: esta noche tendré su vigorosa polla en el interior de mi culo, sí o sí.  Hay cosas en la vida que hay que cogerlas al vuelo o si no se escapan pues las oportunidades que se pierden no vuelven, el hombre que tengo conmigo es un rara avis y no se puede dejar pasar sin degustarlo al máximo.

Su lengua, suave y rasposa a la vez, lame mi agujero de un modo y forma como muy pocas veces me lo han hecho: parando cuando lo considera necesario, insistiendo pertinazmente en las zonas más erógenas. El único objetivo de su prolongado beso negro  es proporcionarme placer. Estoy tan excitado ante el roce de sus labios que incluso consigue que dilate un poco, pues en un momento determinado su dedo índice atraviesa mis esfínteres sin apenas dificultad.

Dejando que una muesca picaresca se asome en su rostro, me pide que me quite los pantalones. Me siento tan a gusto en su compañía que accedo de buen gusto. Al verme completamente desnudo, suelta unas frases de las suyas y, cuando la oigo,  no puedo evitar soltar una carcajada.

—¡Pisha, estás taco de bueno! ¡Estás tan bueno que deberías pagar hasta impuestos!10625070_10152628647734030_8123032472557162009_n

No sé qué me agrada más, si lo exagerado de su elogio o la gracia natural con las que salen las cosas de su boca. Me quedo observándolo, moviendo la cabeza con cierta perplejidad, me voy para él y,  tras darle un breve piquito, le digo con total sarcasmo:

—¡Tú cállate y no des ideas que los cabrones estos son capaces…!

Me mira y  se sonríe, al tiempo que se desprende de la camisa que lleva puesta. Tal como suponía, tiene un precioso tórax al cual lo cubre una pequeña manta de corto y oscuro vello. Sin poder evitarlo, me abalanzo sobre sobre su pecho y mordisqueo suavemente su pelo rizado. Él, como única respuesta, aprieta mi cabeza contra su torso, con la única intención de alargar el satisfactorio acto. Mientras mi boca resbala por sus tetillas, Paco me quita el envase que traigo en mi mano derecha, vuelca un poco de gel sobre su pulgar y acto seguido lo lleva a mi orificio trasero. Su dedo se mueve sobre las paredes de mi ano de forma circular, para concluir empujándolo a su interior, estoy tan excitado que casi se cuela dentro. En el momento que considera que mi hoyo está suficientemente lubricado, me aparta de él, no sin antes darme un fugaz beso.

Se desprende de sus pantalones con total soltura y los pone sobre el coche, me coge de la mano invitándome a que lo siga. Sin mediar palabra, me solicita que me ponga de espaldas sobre el capo del coche. Al echarme sobre él, un fuerte calor proveniente del motor invade mi zona lumbar. La sensación es un poco  incomoda, pero no por ello resulta menos morbosa.

Encojo las piernas  sobre mi abdomen dejando mi culo vulnerable, mi ano se presenta ante Paco como un túnel para explorar. Baja la mirada, se muerde el labio placenteramente, mientras impregna el preservativo de lubricante. Con su asta sexual debidamente engrasada, la  introduce en  mi esfínter. Lo hace muy calmado y sin salvajadas, con algo de ternura diría yo. En el momento que considera que su verga se ha acomodado en el interior de mi recto, la delicadeza da paso a unos viriles envites que me llevan a lo más alto del placer.

La satisfacción que compartimos es inmensa y nos reboza hasta por las orejas. Paco, con su desparpajo particular, se deja caer con una de sus frases ingeniosas:

—¿Crees que ya tengo suficiente confianza contigo como para llamarte Machi?

—¡Tú ya me puedes llamar como te salga de los cojones! —Le digo riéndome y con un tono de total complacencia.

Unos minutos después, tras un  salvaje mete y saca, ambos nos corremos casi al unísono. Pasado el estallido de placer, su cuerpo permanece sobre el mío, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.  Una vez nos recuperamos y nuestras respiraciones vuelven a la normalidad.

El post-polvo también es de diez. El bombero es simpático a más no poder y sabe disfrutar de la compañía de la gente. Estoy tan a gusto con él, que hay momentos en que me recuerda a Ramón. Al despedirnos con un merecido muerdo, me pide el teléfono para quedar otro día,  avergonzado bajo la cabeza y le digo con una voz entrecortada que mejor no.

—Lo siento —Prosigo al ver la tristeza en su cara—. Hemos pasado un rato estupendo y sé que nos volvemos a ver, se puede repetir. Pero es que mi vida es ya bastante complicada…

Parece entender lo que le digo, pues se acerca y me da un beso.

—Pues si alguna vez vas por Jerez y me ves. Salúdame.

—¡Por supuesto! —Le digo con una sonrisa que culmina con mis labios posándose sobre los suyos.

De regreso a casa no puedo evitar pensar si he renunciado a algo de lo que me tendré que arrepentir, tíos como Paco no se encuentran todos los días. Sin embargo, tengo que reconocer que mi vida amorosa es ya demasiado complicada y mi promiscuidad parece no tener freno. Se puede decir que en estos momentos tengo tres posibles amantes para calmar mis momentos de soledad. Por un lado está José Luis, el técnico de ADSL, a quien sé a ciencia cierta que volveré a ver;  Iván, el mecánico, cuyas sesiones de sexo me dejan completamente exhausto y, por último, mi amigo Ramón, quien se ha apoderado de mi corazón, aunque sé que con su condición de hombre casado nunca vamos a llegar ningún lado. Sé que el Jerezano merece la pena, no obstante mi vida es ya demasiado enrevesada, y por respeto a él, prefiero que se quede con el recuerdo de lo bueno de este momento.

Lo que son las cosas, siempre había tenido en mente que un “cruising-polvo” era algo olvidable (Así fue la anterior vez que estuve en Punta Candor con el joven de los pinares). Sin embargo he de reconocer que el buen rato que he pasado con Paco se quedará agradablemente en mi memoria. Lo que me confirma que la trascendencia a la hora de follar no la da el sitio, sino las personas.  firemen.jpg

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