Dos mejor que una


21/08/12 (22:30 aprox.)

Si alguien, así a bote pronto, me pidiera que me definiera, le diría que me considero un tipo del montón; normal y corriente. Nunca he alardeado de nada, ni me cae demasiado bien la gente que va por la vida presumiendo de aquello que no son. Entre otras cosas, porque alguien que te intenta engañar sobre quien es, no es de fiar y más tarde o más temprano te la va a terminar jugando.

No tengo una cara difícil de mirar, pero tampoco es que sea un George Clooney y, aunque a mis treinta y tres años me mantengo en una buena forma física, una barriguita cervecera se encarga de recordarme que he tenido tiempos mucho mejores.

Me considero muy caliente y, como buen mecánico que soy, siempre tengo el martillo pilón dispuesto para arreglar cualquier “averia” en los bajos de cualquiera que se me ponga a tiro. Lo que no quita que en el terreno sexual sea como todos los tíos de mi generación, un jugador de parchís: me como una y cuento veinte.

Se pueden contar con los dedos de una mano las veces que le he puesto el casco de vikingo a mi mujer. Primero, porque Eva es muy buena persona y no se merece que la traicione muy a menudo, segundo, y no menos importante, porque tampoco se me han presentado demasiadas oportunidades. Que esto de poner los cuernos es cosa de dos y lo de pagar nunca me ha gustado, ni tiene lugar en mi economía.

Tampoco uno no puede ir por ahí  jilvanándose a toda gachí que se le ponga a tiro, sobre todo, porque  como la parienta se entere, que es lo más probable,  te puede terminar poniendo las maletas en la puerta de la calle.

Con lo que sí he sacado los pies del plato, ha sido con los tíos. En mi juventud descubrí  que  como te la mama una persona del mismo sexo no lo hace nadie, y cada vez que se me ha atravesado  uno que le fuera el rollo, he aprovechado la ocasión y le sacado brillo al sable, ya fuera con un buen lavado de cabeza o follándomelos directamente.

Nunca he considerado que esta afición sexual mía sea ponerle los adornos a Eva, aun así, he procurado ser todo lo discreto del mundo y, salvo en una ocasión, he dejado que los gays sean los que se acerquen a mí, por lo que riesgo cero de que alguien le pueda ir a mi mujer con el cuento.  Aun así, y pese a que petarme un culo con pelos me gusta más que comer con los dedos, procuro practicarlo lo menos posible, porque al final todo se termina sabiendo. Más tarde o más temprano.

Así que esto que me está pasando hoy a mí,   que ando fartito de guarrindongeo  y que principalmente la suelo meter en caliente cuando a la mujer no le duele la cabeza, es para apuntarlo en el libro de los Guiness  de cosas imposibles que le pasan a un mecánico de pueblo. De los Palacios y Villafranca concretamente.

Esta mañana, al salir del banco, en un intento de solucionar un pequeño problema económico que tengo con el negocio, me encontré con la Debo, una amiga de mi juventud con la que estuve enrollado una temporada y la que hacia una jarta de tiempo que no veía. De muchacha era más caliente que las pistolas de Harry el sucio y cuando se juntaba con la Vane, eran capaces de hacer estallar las braguetas de un regimiento.

La Vane era tan liante y  tan dada a bajarse las bragas delante de cualquier tío que le gustara, por lo  que no me extrañó que nos terminara enredando a dos colegas míos, a ella y a mí, para que participáramos en una orgia que montó, y  de forma inesperada, en un local que teníamos alquilado para pasar las fiestas de navidades.

Al día siguiente, la muy hija de puta, y con la única intención de putearnos,  se encargó de difundir lo que pasó  a los cuatro vientos y, al final, la que salió perdiendo mayormente fue la Debo, a quien sus padres, por aquello de quien quita la piedra quita el tropezón, la  mandaron a vivir con unos tíos que vivían en la capital y así apartarla de las malas amistades.

Tras ponernos brevemente al día de lo que había sido de nuestras vidas durante ese largo tiempo, fuimos al taller y, con la excusa de pegarle un repasito al coche, terminamos echando un buen polvo, ¡como los de antes!  A la gachí le daba morbo el ambientillo del olor a gasoil, grasa y demás del taller. Estaba tan cachonda que hasta me dejó que me la follara por el culo y todo.

En el post polvo, charla que te charla, le terminé contando mis problemas económicos y me dijo que su marido que era productor de cine me podía echar una mano. ¡Qué coño iba a saber yo que el tío era bujarrón y que las películas a las que él se dedicaba era el que consumían los pajilleros de Internet!

Como por lo visto mi ex seguía traumatizada con el tema de la fiestecita sexual con la Vane, una loquera le había recetado que rodara una peli con lo sucedido aquella noche. Me confesó que el motivo que la habría traído de  vuelta al pueblo, no era otro que conseguir  que los protagonistas fuéramos los participantes de la orgia original.

El primero en pasar el casting trampa fue mi amigo Antonio, quien como buen calentorro que es, ha dicho que sí y va a poner su polla al servicio del séptimo arte.

Fernando fue puesto a prueba el segundo, pero cuando vio al marido de Debo comiéndole el nabo, le arreó un sopapo al calvo que le ha dejado un ojo como una remolacha.

El tercero he sido yo. Creo que lo de darle de mamar y metérsela a la Debo y su marido lo he tenido que hacer de puta madre. Ahora lo que no tengo tan claro es qué carajo le tengo que responder a su oferta de convertirme en el Rocco Siffredi de la Andalucía profunda.

—Bueno, compa. ¿Te pensaste si trabajas con nosotros o no te lo pensaste? —Vuelve a insistir Eduardo con una sonrisa propia de un encantador de serpientes.

Pare, ¿tú te  crees que con dos boquitas comiéndote la polla una jarta de bien,  se puede pensar en otra cosa que no sea follar? ¡Hay que estar en lo que se está!

Pese a que intentado hacer un chiste con mi respuesta, parece que no les ha hecho mucha gracia al mexicano y a su mujer, quienes me ponen cara de estar hasta los mismísimos de mis inseguridades.  Con lo que me queda claro que me tengo que dejar de gilipolleces y hacerles saber mi decisión, sí o sí.

Me vuelvo a quedar pensativo. Eduardo mira a Debo un poco cabreado, haciéndole saber que se está impacientado. Mi ex posa la mano sobre la rodilla de su marido y, con total zalamería, se vuelve a dirigir a mí.

—¿A qué les estás dando vueltas? ¿Crees que si   no fuéramos de legales, Antonio hubiera aceptado? El pelirrojo será muy bruto y todo lo que tú quieras, pero es más listo que el hambre y no lo engaña ni Dios.

—Mujer, ¿qué quieres que te diga? Antonio está divorciado y tiene muy poco que perder…

—Me choca, compa, que todavía no te fíes pues. Debi y yo no somos mala gente y   lo que opinen los demás te debería importar no más que un reverendo cacahuete.

—No, pare, no es cuestión de fiarse o no. Me refiero a que el Antonio está divorciado, mete la picha donde le da la gana y no tiene que darle explicaciones a nadie. ¿Qué le cuento a mi mujer de todo esto?

—¡No te entiendo! Desde el primer momento he pensado que no le contabas nada a Eva de tus historias, que ibas   destrangi —Por su forma de hablar, me da la sensación de que Debo está más cabreada que sorprendida, porque, al dirigirse a mí, ha subido bastante el volumen de voz—. ¿Por qué coño le vas a tener que contar que vas rodar una película para adultos? ¿De repente, te han entrado problemas de consciencia?

—No, pero si voy a salir en una película, que va a ver todo el mundo, que ya sabemos lo chivato que es Internet, algo le tendré que contar. ¿O qué coño le digo que es un doble mío? ¿Un doble que hasta tiene la polla idéntica a la mía?

—¡No seas chingón! Te escucho y me quedo con cara de what—Me dice Eduardo, con una sonrisa que me da la sensación de que se está cachondeando en toa mi cara — ¿Quién te dijo que el film sería  no más a cara descubierta?

—Nadie… lo he supuesto yo solito…—Respondo con cierto corte. No sé por qué, pero creo que he metido la pata hasta el corvejón.

—¡Pues no supongas nada, cariño! Eduardo y yo ya imaginamos que lo de ser reconocido, sería un hándicap para vosotros, así que planificamos que la orgia sucedería en una fiesta de disfraces…

—Eso quiere decir que no se nos va a ver el careto…

—No, la película será de la temática “Masquerade” y todos los actores iréis con un antifaz que os hará irreconocible.

Escuchar que no tendré que dar la cara, me vuelve a tranquilizar. Rápidamente entiendo porque Antonio ha aceptado. De repente, no sé porque, se me vienen a la cabeza Fernando, el tercer miembro masculino de la orgia, y el ojo morado de Eduardo. Sin pensármelo lo más mínimo, lo sacó a coalición.

—Ahora que me acuerdo. ¿Qué carajo ha pasado con el Fernando? Me dijiste que me lo ibas a contar más tarde y ya es “más tarde”.

Mi pregunta parece que coge a mi ex y a su maridito con el paso cambiado. Se miran, se sonríen y, tras unos segundos, quien toma la palabra es Débora.

—¡Ay, Iván y su falta de sutileza! ¡No cambias!

—Para que voy a cambiar, lo primero porque me gusta ir de frente por la vida, lo segundo porque me gusta como soy.

Los dos ante mi pensamiento agro-filosófico se miran sorprendidos y mueven un poco la cabeza, tampoco es que le den mucha importancia, pues mi amiga se limita a responder a mi pregunta como si tal cosa.

—Lo que pasó fue muy sencillo. Tras lo bien que fueron las cosas con  Antonio, Eduardo y yo nos vinimos arriba. Nos  confiamos y creímos que esto de convenceros a los tres sería una empresa fácil, pero nada más lejos de la realidad.

»Abordé a Fernando en mitad de la calle, igual que hice contigo. El tío, a pesar de que no tiene donde caerse muerto, sigue siendo el mismo cantamañanas de siempre. Igual de pijo y de imbécil que cuando teníamos dieciocho años. ¡Qué sí, que sigue estando de muy buen ver! ¡Qué sigue teniendo unos ojos verdes preciosos y tiene muy buena planta! Pero me bastó tres minutos de charla con él, para saber que llevaba sin echar un buen polvo de Dios sabe cuándo. ¡El muy salido, durante todo el rato que estuve con él, no hizo otra que mirarme las tetas! ¡Como si estuviera hipnotizado!

—Es que Carmen está metida en eso de los Kikos y me parece que solo se la deja meter en caliente, con la intención de traer niños al mundo. Por lo visto ponerse un condón o tomar la píldora es pecado. Yo me quejo cuando Eva me dice que le duele la cabeza, no me quisiera ver en su pellejo.

—¿Cuántos hijos tienen?

—Cinco y con eso ya puedes hacer las cuentas del número de polvos que le lleva echado a su mujer desde que se casaron.

—¡No mames! —Interviene Eduardo quien había permanecido callado hasta el momento.

—Es lo que tiene follar por la iglesia —Le respondo encogiéndome de hombros y poniendo cara de “a mí que me registren”.

—Así anda el tío que está más caliente que los palos de un churrero. Fue insinuarme un poco, decirle que tenía un chalet alquilado en las afueras de Alcalá y le faltó tiempo para pedirme que recordáramos viejos tiempos.

»Viejos tiempos que nunca habían existido, porque la única que se lío con él, fue Vanesa. La hija puta estaba tan encoñada con él que no me dejó ni catarlo… No me extrañó la que armó después, para que terminara con Carmen.

—Pues con lo estirado que es el Fernando no iba a salir con la Vane ni jarto de vino ¡por los cojones y un palito! Si estaba con Carmen porque era de las riquitas del pueblo.

—Iván, si se casó con ella sería por que la querría, ¡no seas burro!

—Sí, no te digo que no, mujer, pero con el rollo de que están tan metido en la iglesia esa de los Kikos, en vez de follar estos dos me parecen que se llevan toda la noche rezando el rosario y, conociendo a Fernando como lo conozco, no creo que fuera la vida que él imaginaba tener. Entre otras cosas porque nunca, que yo sepa, había sido mucho de misas y ninguna de esas historias.

—Sí, sí. Mucho rezar y mucha “cuerpo de Cristo” el domingo, pero el tío está hecho un pervertido de mil demonios. ¡Al muy cabrón le faltó pedirme que me vistiera de monja o de colegiala!

Miró a Debo como no dando crédito a lo que estoy oyendo, pues no me imagino al meapilas este pidiendo numeritos de peli porno. Está claro que nunca conoces a nadie todo lo bien que debieras y que todos tenemos nuestro lado oculto que no contamos a nadie, pero lo de Fernando gustándole las cochinadas raritas sobrepasa mi imaginación (Seguro que él tampoco se figura los extraordinarios usos que le encuentro yo a un buen buje con pelos).

—Estábamos tan metido en los juegos que, con la promesa de que me dejaría dar por culo, le pedí que se tapara los ojos mientras se la chupaba. Intentamos hacer algo parecido a lo que hicimos contigo, pero el muy cabrito se tuvo que dar cuenta, se quitó la venda de los ojos y cuando vio que era mi cariñito quien le estaba comiendo la polla, se  hizo el ofendido y, sin mediar palabra, le pegó un  puñetazo en el ojo.

—A mí nadie me sopla el cogote y me enchilé tremendamente pues —Dice Eduardo con un tono de voz característico de los que van de sobraos por la vida —, pero tratándose de que estábamos en pueblo de Debi, me dejé de pendejadas y me limite a invitarlo a que se fuera. ¡Pero la neta que me hubiera gustado devolverle el golpe al cabronazo!

—No habría servido para nada, cariño. Simplemente, lo único que habrías conseguido es que nuestro proyecto se volviera imposible, pues, seguramente, hubiéramos terminado teniendo problemas con las fuerzas del orden y al final, aunque no nos hubieran retirado los permisos, la filmación habría sido Vox Populí.

—Sí, Fernando es mucho de ir a la policía a la primera de cambio. Tiene buenos contactos en la comisaria y los aprovecha —Recalco yo, como intentando dejar claro que estoy de acuerdo con ellos, con que lo de no meterse en jaleos con él ha sido una buena decisión.

—Lo que me tranquiliza es que con lo beato que es, no le va a dar por platicar con nadie de lo ocurrido. ¡Me corto un huevo y la parte de otro, a que el rajón ese del Fernando se queda calladito!  Con lo que podrás rodar con nosotros, sin bronca alguna por su parte —Eduardo me mira muy fijamente, me guiña un ojo y tendiéndome la mano me dice — ¡Órale pues!

Durante unos segundos sigo dudando, si dar o no dar el paso y aceptar su proposición. No sé por qué, pero la historia que se traen estos dos entre manos, me huele bastante bien y han conseguido, con el buen rollito que tienen, que lo de rodar una peli porno con ellos, lo considere una simple travesura.

Cuando sello nuestro acuerdo dándole la mano, el mexicano me muestra satisfecho su perfecta dentadura. Si contento está él, más lo parece mi ex a quien hasta parecen que le brillan los ojos por la alegría.

Antes de que me dé tiempo de decir nada más, Debo se pone de píe y busca algo en una carpeta que saca de uno de los cajones de un mueble que está frente al televisor. Localiza una tarjeta, me la da   y, en un tono propio de un registrador de la propiedad, me dice:

—Mañana, en ayunas, te vas para estos laboratorios con esta tarjeta y una muestra de la primera orina, para que te saquen una muestra de sangre.

—¿Y esto?

—Eso, compa, es que todo el cine que rodamos es “bareback”…

—Sin condón —Me aclara Debo al ver que pongo cara de no entender a qué se refiere su marido con el palabro ese en inglés.

—Todos los que chambean con nosotros se tienen que hacer unos análisis, para asegurarnos de que no pillaron ninguna venérea.

—Con ese proceder, matamos dos pájaros de un tiro: cumplir con las exigencias del sindicato yanqui de actores y evitamos que cualquiera nos ponga una querella por haber enfermado en uno de nuestros rodajes.

Se me tiene que quedar una cara de pasmarote de las que hacen época, estoy más perdido que la llave diez/once en un taller. Miro la dirección de la tarjeta y menos mal que está en pleno centro de Sevilla, donde no me conoce ni Dios, porque seguro que me hacen las pruebas de todas las mierdas de las venéreas esas. Por un lado está bien, porque me quedaré tranquilo. Por otro lado, me da un poco de pánico pues estos bichitos son tan listos que te cogen a traición y a la más mínima los termina pillando. Yo no me he notado nada, pero nunca se sabe.

Tengo que poner una cara de extrañeza que no se la salta un guardia, porque mi ex, antes de que pueda salirle con alguna pega, me dice:

—No te preocupes, el laboratorio es una filial de una empresa yanqui con la que trabajamos en otros países y no vas a tener problemas pues son híper discretos. Es más, Antonio va mañana también para hacerse la analítica, si quieres puedes quedar con él y así no pasas el mal rato solo.

—La verdad que no es mala idea. Así voy haciendo el cuerpo a todo esto. ¡Por qué vaya tela!

Eduardo y su mujer intercambian una mirada que concluye con una sonrisa de complicidad. El puto director me puede caer mejor o peor, pero está claro que quiere con locura a mi amiga y, nada más que por eso, merece que no vaya de sieso  con él.

—Los análisis, si no hay problema, me los mandaran a mí directamente.  Una vez los tenga en mi poder, os llamaré para daros el guion de la escena y que me traigáis los documentos que la gestora precisa para haceros el contrato.

—¿Y si hay problemas?

—Espero que no, pero en ese caso se pondrían en contacto con vosotros desde el laboratorio. A mí simplemente me pasarían la nota de no acto. Aquí en España, por lo que me contó mi abogado, son datos altamente confidenciales.

No sé si porque el tono que está usando Débora es más propio de la recepcionista de una clínica del seguro público o porque creo que allí se ha acabado toda la fiesta, pero el morbo se me apagado por completo. Así que cojo la tarjeta que me ha dado, la meto en el bolsillo de mi camisa y me comienzo a vestir.

—¿Ya se cansó, compa?

—No, simplemente que si mañana me tengo que levantar temprano, no me quiero acostar muy tarde.

—Tomate la penu y, ahora que ya hemos cogido un poco de confianza los tres, charlamos un rato.

—¿No será malo si me pego un lingotazo para la analítica de mañana?

—Iván, cariño, que lo que van a comprobar es que si tienes alguna enfermedad sexual, ¡a mí como tengas el colesterol y el ácido úrico me la trae sin cuidado!

Parece haber dejado a un lado  a  la señora ejecutiva que se me ha mostrado los últimos minutos. De nuevo vuelve a salir la chica sencilla que recordaba y con la que llevo tratando toda la tarde. Otra vez me vuelvo a sentir a gusto en su compañía.

—Vale, ¡vamos a echarlo! —Le respondo mientras me pongo a poner los gayumbos. No sé porque, aunque hayamos follado y demás, me sigue dando un poco de corte está en pelota picadas delante de ellos.

Son necesarios un par de sorbos de whisky, unos cuantos chistes verdes y un poco de música noventera de fondo para que la confianza comience a fluir y nos pongamos a hablar como papagayos de los buenos momentos que compartimos en nuestra juventud. El mexicano, aunque un poco señoritingo, me parece buena gente y se integra en la conversación sin ningún problema.

Como es normal la noche de la orgia sale a coalición, yo intento pasar de puntillas por aquello, pero mi ex parece no estar dispuesta y, por primera vez, me echa en cara lo mal que nos portamos los tres tíos de la pandilla con ella.

—Niña, sé que no es excusa decirte que éramos muy jóvenes y no nos dimos cuenta el daño que te hacíamos, pero es la verdad.

—Si hubierais querido, habríais ido a verme a Sevilla. Mi hermano os podría haber dado la dirección y mi tía no era tan severa como mi padre.

—Creo que estábamos más preocupados por salvar el culo y que nuestras novias no terminaran dejándonos por haberle puesto los “leños”, que por cualquier marrón que te estuvieras comiendo.

Hago una pausa, la miro a los ojos fijamente y con un pequeño hilo de voz le digo:

—Lo siento mucho. No sabes cuánto me he arrepentido todos estos años de no haber tenido los suficientes huevos para enfrentarme a lo que Eva pudiera pensar y haberte devuelto el apoyo que me prestaste. No sé  el Fernando, porque es bastante más reservón, pero lo he comentado alguna vez que otra con Antonio y él piensa muy parecido a mí.

Eduardo mira a su mujer con extrañeza. Creo que me he debido pasar de tierno, pues a este, que debe estar acostumbrado a los dramones de los culebrones mexicanos, le ha sorprendido esto que he acabo de largarle a su mujer.

Debo se levanta súbitamente de su asiento, me abraza y me da dos besos. Me he debido poner más empalagoso que un maratón de “Autopista hacia el cielo”, porque a mi amiga se le han saltado dos lágrimas de la emoción. Algo que debe ser contagioso, porque cuando me quiero dar cuenta también estoy con el moquillo y al calvorota se le ha puesto los ojos la mar de brillantes.

Como no quiero que esto se convierta en un dramón televisivo, pues no tenemos una carta para ninguno de nosotros, ni hay sorpresa de por medio, hago uso de mi buena cintura que he cultivado a lo largo de muchos años de trato con  el  público y opto por cambiar de tema.

—Bueno, si Fernando no ha aceptado vuestra propuesta, ¿qué pensáis hacer?

—No sé —Me responde Debo mirando de reojo a su marido, como si intentara consultarlo con la mirada —. Nuestro proyecto pasaba por contar con los tres participantes originales. Ahora la cosa se desinfla un poco…

— Ya procuraremos alguien porque a güevo   el  pendejo de Fernando no va a participar. Si arma tanta bronca porque un macho le coma la verga, no quiero ni pensar su reacción al leer el guion.

—¿Y eso, pare?

—Porque la cinta contendrá escenas que, sin ser bisexuales, serán bastante insinuantes en ese sentido.

Tengo que hacer un gesto extraño porque, una vez más, mi ex se anticipa a la posible pregunta que pueda hacer y me aclara cualquier duda. ¡Una carrera universitaria habría estudiado yo con una profesora como ella!

—Por ejemplo, no tendrás que follarte a Antonio, ni él deberá hacerlo contigo, pero estaréis dejando ver al espectador que en cualquier momento se podéis liar entre vosotros. Para ello os colocaremos el uno frente al otro de forma insinuante y, si eso no fuera suficiente, usaremos el Zoom de la cámara, los primeros planos, los planos zenital y los planos Nadir para manipular las sensaciones del espectador que en todo momento ansiara un momento gay entre los hombres del rodaje.

No me enterado mucho de la historia, demasiado términos técnicos para mi gusto, pero como ni quiero parecer un cateto jarto sopa y prefiero torear los toros cuando estén delante, procuro no comerme demasiado el coco. Cuando lea el bendito guion podré opinar sobre eso que me dicen del momento gay entre Antonio y yo.

Sin querer, recuerdo la paja que  el pelirrojo y yo nos hicimos cuando se fueron los demás y, sin poderlo remediar, noto como el calvo cabezón de mi entrepierna se vuelve a poner contentito, ¡otra vez! El hijo puta este parece que tiene pilas alcalinas puestas y no se cansa nunca.

Aunque me importa un pimiento que estos dos vean que me estoy empalmando de nuevo, me siento más cómodo buscándome  una excusa más normal para ello que el pedazo de carajo de Antonio. Así que le pregunto por las actrices que van a participar en la película, para que se piensen que la posición de firme de mi nabo es porque me he puesto calentón al hablar de ellas.

—Una es Shaina, una actriz sevillana de unos veintitantos años que está teniendo bastante éxito en Internet y para quien esta película puede ser su lanzamiento internacional.

—La chava tiene un cuerpo de diez y delante de la cámara está bien chingona.

—Ella será quien interpretara mi parte.

—Esperemos que esté casi tan buena como tú —Digo metiéndome descaradamente mano al paquete, dejando claro que otra vez estoy con ganas de jarana.

Eduardo coge a mi ex por la cintura y estampándole un beso en los morros, me contesta:

—La tipa está bien rica, pero no es comparable a Debi.

—Por eso he dicho casi —Irreflexivamente me vuelvo a tocar la polla y está dura como una piedra.

—¡Joder, Iván! ¡Otra vez estás empalmado!

—¿Qué quieres? Soy un hombre muy sensible, es hablarme de cochinerías y me pongo la mar de meloso.

Mi amiga mira al mexicano, este le guiña un ojo. Creo que no les supone ningún trauma y van a estar encantados de la vida en ayudarme con el abultado problema que tengo entre las piernas.

Sin pedir mi opinión, se agachan los dos ante mí, sacan al calvo cabezón fuera y, de cero a cien en un segundo, los tengo otra vez tocando la trompeta. Mi ex me come los huevos y Eduardo se traga mi martillo pilón hasta la base. Aunque he de reconocer, que lo que más me pone, es cuando se paran para darse un piquito. ¡Esto es amor por el trabajo y lo demás es tontería!

Como parece que estos dos han descubierto que mi punto débil es que me coman el buje y dos platos de chuletas también empalagan, cuando veo a Debo pasear su lengüita  cerca de mi cerete, le digo:

—Niña, como me des otro beso negro, me voy a correr al minuto uno y quiero que esto dure un ratillo, ¡qué sabe Dios cuando me veo en otra como esta!

Mi salida parece que hace gracia a la pornográfica pareja, quienes se miran y se empiezan a reír.

—¿Qué te apetecería que hiciéramos?

 Soy un tío de ideas fijas y tengo muy claro cuál es mi mayor fantasía. Como él “no” ya lo tengo, se lo planteo sin cortarme un pelo. Es algo que desde que Nurieta me lo negó en varias ocasiones, en las orgias que montábamos en la granja, se había convertido en una obsesión para mí. Una asignatura pendiente que, con un poco de suerte, puedo aprobar con bastante nota hoy.

—Me gustaría hacer una doble penetración.

Los dos mueven  la cabeza en señal de perplejidad y me miran sin dejar de sonreír.

—¡Muchas películas me parece que vio el compa!

—Unas cuantas y, por el bien de tu negocio, mejor que sigamos siendo muchos con esta afición.

—Eso que pides tiene mucha preparación pues, no es tan fácil como se ve en la pantalla.

Débora se pone de pie y dice:

—Pero no imposible, cariño. Así que si os esperáis a que me prepare, prometo convertir la perversión del amigo Iván en realidad y de paso también nos la pasamos bien.

Antes de que me pueda dar cuenta, desaparece a través del largo  pasillo contiguo al salón, supongo,  en dirección a su dormitorio. Me quedo un poco descolocado, el calvorota, quien sigue agachado frente a mí, se encoge levemente de hombros y, por el gesto que hace, creo entender que sabe de sobras  lo que se dispone hacer  su parienta.

—¿Va a tardar mucho en prepararse, pare?

—Un poco, pero si se te hace agua la canoa, puedo seguir mamando.

No entiendo muy bien qué carajo quiere decirme con lo de la canoa, pero tengo muy claro lo que quiere hacerme, así que le hago un gesto para que siga saboreando mis delicias de granja: una caliente polla con sus buenos huevos.

Eduardo, no sé si porque quiere evitar que me corra y lo único que busca es mantenerme el nabo bien duro para la juerga que se nos viene encima, comienza a chupar mi capullo muy, muy despacito. Deteniéndose en cada pliegue, como si pretendiera degustar cada milímetro de mi glande como si fuera una delicatesen  de un restaurante caro.

No es la mejor mamada que me han metido, pero he de admitir que se acerca bastante. Veo que su brazo se mueve levemente, como si se estuviera pajeando, lo miró de reojo. El mu bujarrón se ha sacado la churra del slip, la tiene mirando al techo y se la está cascando al compás que me la chupa. El cabrón del mexicanito está muy bien despachado, cosa que no es de extrañar, pues se ha ganado la vida con la churra.

El “compa” se da cuenta de que le estoy mirando la polla, se saca la mía de la boca y, con total descaro, me pregunta:

—¿Te gusta lo que ves pues?

—Gustarme, gustarme, no diría yo eso… Eso sí, no se te puede negar que la madre naturaleza te ha dotado con un buen troncho entre las piernas.

—¿Mamaste una verga ya?

—No —Respondo negando efusivamente con la cabeza.

—¿Te gustaría probar? —Me pregunta mostrándome su polla como si fuera un chorizo de cantimpalo.

Su pregunta me coge con el paso cambiado, no sé qué coño ha debido ver ernota este en mí, para pensarse que me gusta la carne en barra. Como no quiero indisponerme con este tío, que al fin y al cabo es el que me va a pagar por meterla en caliente, le respondo escuetamente.

—No.

—¿Y por qué no pues?

—Porque no me gusta.

—Si no lo probaste, ¿cómo lo sabes pues?

—Tampoco me he cogio los huevos con una puerta y sé que no me va a gustar.

—No compares. Lo mismo lo pruebas y te gusta —Al decir esto se incorpora y se sienta en el butacón frente a mí.

Con un gesto prepotente que me toca los cojones, se quita los slips y se queda con las piernas abiertas. Adopta una pose chulesca digna del tío del Martini y  se empieza a restregar los huevos, mostrándome con ello su oscuro y enorme cipote, de un modo que parece que quisiera provocarme.

—Compa, tu boca dijo una cosa y tus ojos cuentan otra bien distinta.

—¡Ni muerto te chupo la polla!

—¿Te da asco pues?

Estoy a punto de contestarle que no, pero sé que si le digo eso, ese tío es capaz de meterme el mondongo en la boca sin anestesia.  Así que, le miento y le digo que sí.

—Me parece que no me estás contando la neta. Seguramente ya tuviste tus flaquezas con machos y lo que pasa es que con Debi te da vergüenza.

El mejicano ha conseguido lo que muy poca gente es capaz de hacer: dejarme sin palabras. No sé si por su “deformación” profesional o porque el Antonio se ha ido de la lengua, este sabe o se imagina que he estado jugando con una churra que no es la mía. Dado que no quiero que me pillen en un renuncio, pongo cara de póker y dejo que sea él quien muestre su jugada.

—¿Qué pasó? ¿Acerté o se te comió la lengua el gato?

—En parte… Ya puestos, me ha dado un poco de corte metértela delante de tu mujer.

—Lo supuse —Al decir esto se vuelve a llevar mano al nabo y me lo muestra orgulloso.

De nuevo se vuelve a hacer el silencio entre los dos. Aunque me siento un poco violento por la forma en que se está desarrollando todo, he de reconocer que por momentos empiezo a sopesar la posibilidad de comerle la polla”, muestra de ello es que el calvo cabezón en vez de agacharse, sigue tieso como un garrote, con lo que mi subconsciente no le hace mucho ascos a practicarle un lavao de cabeza al güey.

—¡Ya estoy preparada para hacer realidad la fantasía de mi amigo de la juventud!

Por unos segundos tengo la sensación de estar en el cole, el profesor me preguntaba aquella parte que no me había estudiado y daba la casualidad que sonaba la campana. ¡Más chamba no se puede tener!

Desconozco que ha estado haciendo Debo, pero tampoco se lo voy a preguntar. La muy calentorra se ha quedado en pelota picada y solo lleva puesto unos tacones.  ¡Antes muerta que sencilla! ¡Ay, qué sencilla!

Ajena a nuestra conversación, se va para su maridito y lo besa en los morros. Por la intensidad con la que lo hace, creo que le ha metido la lengua hasta la campanilla.

No pasa ni un segundo y mi ex me hace un gesto con la mano para que me una a ellos.  En un principio, me lo pienso. Nunca he besado a un tío y no es algo que me atraiga mucho, aunque habiendo una gachí de por medio, creo que un duelo a tres lenguas puede tener su morbo y decido apuntarme.

Me acoplo entre ellos, mi amiga me rodea la cintura con su mano y su maridito me echa el brazo por los hombros. Lo que me dispongo a hacer no me hace ni mijina de gracia, pero todo sea por darme el gusto de saber qué coño se siente al practicar una doble penetración. En el ordenador se ve muy guapo y me pone a cien, veamos si el cine se corresponde con la realidad.

Débora saca su lengua y la acerca a mis labios. Con cierta indecisión hago lo mismo. Cuando me quiero dar cuenta la de Eduardo se ha incorporado también. Al principio, la lengua grande y áspera del calvorota me la agacha un poco, pero cuando veo que la mueve tan bien como cuando me estuvo chupando la polla, me dejo de remilgos y pongo toda la carne en el asador.

Unos segundos de intercambio de salivas y  noto como la mente se me queda en blanco, no soy capaz de distinguir si la lengua del mexicano y la mía son las que se meten en la boca de mi ex, o por el contrario son las de ellos dos la que se meten en la mía. Nunca había practicado un beso a tres bandas e ignoraba que diera tanto gustirrinín. Irreflexivamente me llevo la mano a la polla y veo que tengo el capullo pegajoso, no me he corrido, pero estoy tan muerto de placer que no me para de babear la punta del carajo. Me siento como cuando era un adolescente y mojaba los slips con solo acariciarle las tetas a Eva por encima del sujetador.

Eduardo se pega más a mí, comprimiendo, con su empuje, mi cuerpo entre el de Débora y el suyo. Noto como los pechos de mi amiga se clavan en mi costado y como lo polla de su marido se frota con la mía. Estoy tan excitado que me dejo hacer sin problema, yo siempre hago lo que dicen los profesionales y ellos, a la hora del guarrindogeo, lo son.

Ambos separan su boca de la mía al mismo tiempo y, como si fuera lo que tocara, los dos empiezan a resbalar su cara por mi pecho, pegándome besitos y pequeñas mordiditas que consiguen ponerme más embrutecio todavía.

Sin querer, queriendo, dejo mi mano resbalar por la espalda de Debo, hasta que llegó a sus nalgas. Una vez allí, le meto un dedo en su chochito e, irreflexivamente, agarro con la otra mano la tranca oscura del mexicano. Que dicho sea de paso, está tan dura como un marmolillo. Por momentos, vuelvo recordar el nastro del Antoñito y me pongo más cachondo todavía.

La breva de mi amiga está mojada, mojadisima. Mi dedo, antes de que pueda tocar su botoncito de placer, se empapa de sus calientes fluidos y me pongo tan cachondo, que no puedo evitar relamerme para terminar mordiéndome morbosamente el labio inferior.

Si a eso se le suma que no me desagrada para nada el tacto de la tranca de su maridito, a la que estoy dando un tute de cuidado, debo hacer un esfuerzo por no cogerme la polla y terminar pajeándome como una mala bestia.

Una vez se cansan de chuparme el pecho, las tetitas, de jugar con los pelillos de mi barriguita, se van bajando poquito a poco al pilón, sin prisas y poniéndome más caliente que la picha un novio. Como no soy un pulpo, ni estoy hecho de goma, suelto el nabo del mexicano y sigo con el dedo metido en el coñito de mi ex.

El primero en meterse el calvo cabezón en la boca es Eduardo, pero parece cansarse y se pone a chuparle los pezones a su mujer. Mi ex coge el relevo de su maridito y me comienza a dar una mamada de ensueño. ¡Qué bien la mama la cabrona! ¡Cómo se nota que no es la primera vez que lo hace!

El mejicano, una vez se harta de lamer las enormes peras de la Debo, se baja por la barriguita aparta suavemente mi mano y, tomando el relevo de mis dedos, comienza a comerle el coño. Por la pasión que su mujercita le pone a su boquita, le debe estar dando a la lengua de lujo. Solo pensar en su lengua en el interior de aquella almeja y me pongo malo.

Estoy más a gusto que en brazos, cierro los ojos y cuando los abro veo que el calvorota se ha acercado a mí lo suficiente para que su polla quede pegada a mi rodilla. De nuevo vuelvo a cogerla y la pajeo un poquito. Aunque nunca ha sido una cosa que me haya llamado demasiado la atención, estoy tan pasota que hasta empiezo a tantear lo de pegarle una mamadita. ¡Total, si nadie se va a enterar!

Le hago una señal para que se ponga en una postura que yo pueda alcanzar su nardo con la boca y su mujer no deje de mamar el mío. En unos segundos nos colocamos formando una especie de cadena humana. Yo se la chupo a Eduardo, él a Debo y ella a mí. No sé por qué pero creo que me ha tocado la parte del león.

Poso mis labios sobre el moreno cipote y me viene un olor fuerte, aunque no desagradable. Engatusado por la buenísima comida de pirindolo que me está pegando mi ex, me dejo lleva y me la voy metiendo, poco a poco, entre los labios. Como si fuera una comida rara, cuyo sabor desconozco.

Me siento como un niño con un juguete nuevo. En un primer lugar comienzo lamiendo con la lengüita el prepucio. Tiene un sabor entre agrio y salado, pero no me es desagradable. Intento imitar lo que él me hizo  y le chupo el capullo. Animado por el buen trabajo que me está haciendo su mujercita, me dejo llevar y cuando me quiero dar cuenta me he tragado la mitad de la polla. Tope, que dado el tamaño que se gasta el güey, considero más que suficiente.

Me siento un poco incómodo con ese troncho entre los dientes, pero conforme mi paladar se va haciendo al amargo sabor, voy disfrutándolo más. Tengo claro que no es una cosa que voy a ir haciendo por ahí a todo el que se me ponga a tiro y solo lo practicaré con aquellos tíos que me dejen follarme a su mujer.  Cosa que no es nada habitual y, vete tú a saber, cuando me veo en otra como esta.

De repente el calvorota me saca el nabo de la boca, de muy malas maneras.

—¿He sido muy torpe? —Pregunto preocupado, pensando que he podido arañarle con los dientes.

—No hay bronca, compa. Pasa que me tienes a punto y no me quiero ir todavía.

Me sorprende que alguien que se dedica al sexo profesionalmente, se pueda correr porque yo   le mame el nabo unos minutos. Seguramente sea que le da mucho morbo que alguien que no ha hecho nunca esto antes lo practique con él por primera vez. Como dice el maestrito, «El mejor sexo está en la cabeza».

Como parece que la fiestecita en el suelo se ha acabado, la Debo se pone de rodillas a cuatro patas sobre el sofá y hace un gesto a su marido para que se la folle. El mejicano se coloca detrás de ella y le mete el cipote por el rasurado y caliente chumino. Cuando me quiero dar cuenta solo quedan fuera los huevos. ¡Joder, cómo traga la rajita de mi amiga!

Durante unos instantes ver como la enorme vara de carne entra y sale de la mojada raja me basta para calmar mi calentura. Es más, cuando veo que se la saca del coño, se pone un preservativo, echa un escupitajo sobre él y se la mete de golpe en el culo, me pongo como una moto y me la casco tal como si estuviera viendo una peli porno. Con la diferencia de que en esta, voy a ser protagonista y no me voy a estar limpiándome con unos pañuelitos, mientras ellos siguen follando como si nada.

Eduardo se da cuenta que me he quedado un poco apartado, así que me pide que me acerque. En un principio le acarició las peras a Debo, pero como veo que su marido se me queda mirando con cara de lastimita, le paso la mano por el pecho también. El cabrón está más fuerte que el vinagre, no solo tiene el pecho, los hombros y los brazos muy marcados, sino que el abdomen lo tiene más duro que una piedra.

Mi ex me hace un gesto para que me coloque delante de ella, no hace falta ser un lince para saber que lo que la gachí pretende es comerme el solocotroco.

A mí esto de las mujeres, o los hombres, sándwich es una cosa que me pone tela de cachondo. Primero porque no hay mejor cosa que compartir un culito y una boquita, segundo porque me fijo en como lo hace el otro. Si, como es el caso, el que tengo en frente es una vieja gloria del porno,  estoy tan atento y estoy aprendiendo tanto, que lo único que me queda es coger apuntes.

El intercambio de papeles viene más pronto que tarde, me pongo un preservativo, le unto un poco de lubricante que me facilita el compa y procedo a probar el agujerito de la retaguardia.

Después del palizón que le han pegado, mi calvo cabezón entra como Mateo por su casa y, a los pocos segundos, mis huevos chocan con la parte posterior de su chumino. ¡Joder, me lo estoy pasando tan bien que en cualquier momento temo que va a sonar el puto despertador!

Como no creo que me queden muchas más municiones en la recamara y si sigo así le voy a terminar echando los últimos trallazos de leche, le digo:

—Debo, lo de la doble penetración tarda mucho, porque como siga dale que te pego, me voy a correr otra vez y llevo una tarde que para mí se queda.

Aquello parece hacer gracia a la pornográfica parejita, quienes se ríen de mi ocurrencia. Con un gesto, le pide a su marido que se siente en el sofá. Una vez lo hace se encarama en su regazo y, con una facilidad apabullante, se mete en el coño el ciruelo del mexicano hasta los huevos.

Curiosamente, esta vez, al contrario que hiciera anteriormente cuando le dio por el buje, Eduardo no se pone chubasquero, con lo que debo suponer que es una medida higiénica más que otra cosa.

En el momento que Debo considera que está bien empalada por su maridito, me hace una señal con el dedo para que le dé por detrás.

Me coloco como buenamente puedo, la postura no es nada de cómoda y tengo que contorsionarme un poco para poder incorporarme en condiciones. Una vez lo consigo dirijo mi martillo hacia el hueco que queda libre.

Un par de empujones son suficientes para meterla hasta el fondo. Noto la polla del calvorota  muy cerca, pero aquello en vez de molestarme me excita aún más. En cuanto soy consciente de que no se va a salir por mucho que me mueva, comienzo a follármela a jierro.

Debo al sentirse taladrada por la tranca de su marido y la mía, comienza a gemir como una posesa. Si eso no fuera suficiente, se pone a recitar un “más, más, más” que va alternando con un “así, así, así”, que terminan poniéndome como una moto.

En el traqueteo mi cara queda delante de la del mexicanito, quien me mira con cara de estar más salido que el pico de la plancha. Ya sé que le he pegado antes un piquillo, pero estaba su mujer de por medio. No obstante, he de reconocer que estoy tan sumamente cachondo que me importa lo mismo ocho que ochenta. Cuando el muy cabrón acerca su boca a la mía, me morreo con él con las mismas ganas que si fuera una gachí.

En esta ocasión, sin otra lengua de por medio, comerme la boca con Eduardo, muy a mi pesar, termina gustándome un montón. Si a eso se le suma el concierto de suspiros que no está dando su mujer y lo morbosa que está resultando ser follarse su culo, mientras él se la mete por el coño. Comienzo a ver el pistoletazo de final de carrera cada vez más cerca.

El calvorota separa, de repente, su boca de la mía y emite un gruñido. El tío se ha corrido un montón, pues siento como los huevos se van impregnando de su leche. Con el caliente semen goteando sobre mis cojones, siento como el condón se llena con mi corrida.

Busco los labios de Eduardo y remato el momento con un pequeño piquito al que se une, como buenamente puede, su mujer.

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