Encuentros furtivos en el internado (1 de 2)

Navidades 1988

 

Érase una vez que se era, un chico de dieciocho años llamado Juan José que, tras las vacaciones de navidad, dejaba su pueblo en Extremadura y volvía a su internado en Madrid. 

En las vacaciones, JJ había aprovechado para ver a su familia, estar con sus amigos de la infancia, pero sobre todo había hecho las paces con sus oscuras pasiones, enfrentado sus primitivos deseos con sus miedos más ocultos. Por su cara de satisfacción, era evidente que los segundos habían salido derrotados. 

Pero no había luchado sólo, había contado con la ayuda de sus primos gemelos Ernesto y Fernando. Ambos, con toda la naturalidad del mundo, lo habían iniciado en los placeres de la carne, logrando con ello que el “acontecimiento terrible”, sólo fuera un borrón en su pasado. 

De su atracción por las personas de su mismo sexo, JJ había sido conocedor desde muy pequeño.  Pues siendo muy niño, pudo observar el sexo entre hombres y, desde aquel momento, aquel acto se le antojó como un placentero juego de mayores. 

Pero al pasar los años, no hubo un momento en su corta existencia en el cual, los demás con sus comentarios sobre los maricas, no le hicieran sentirse como un bicho raro y, dada la poca permisividad de sus congéneres con dicha alternativa de vida, tendió por ocultar su verdadero yo al mundo.  Negando la realidad, hasta que pasó lo que pasó…, y ya no pudo esconder más su verdadero sentir de las opiniones ajenas. 

A partir de aquel fatídico día, en el cual las cartas se pusieron sobre el tapete, todo el pueblo supo del píe que cojeaba Pepito.  Pero como ojos que no ven, corazón que no siente. Sus padres decidieron relegarlo a un internado de la capital de España. Lejos de ellos, podrían olvidar su singularidad y proseguir con sus normales y rutinarias vidas. Aunque con ello, parte de su alma se le desgarrara. No obstante,   no se les ocurría otra solución, si no querían luchar contra una sociedad, donde tanta importancia tenía el concepto que los demás tuvieran de uno mismo. 

Pese a todo, el internado no hizo de Pepe un chico más “normal”, sino todo lo contrario. Rodeado de problemáticos adolescentes, el muchacho cruzó la acera mucho antes de que llegara su hora. Porque si algún secreto a voces albergaba las paredes de su centro de estudios, era la facilidad y asiduidad con la que se realizaba el sexo  entre ellas.

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Aunque la mayoría de las relaciones eran entre iguales. Alguna vez que otra salto el rumor de que menganito estaba con el profesor tal, o el profesor cual, incluso hasta con el bedel, el encargado de mantenimiento o el guardia de seguridad, pero no había ninguna certeza de ello.  

JJ había probado las mieles del sexo con varios compañeros, pero de todos ellos con quien prefería estar era con Benito. Benito era el clásico niñatillo de dieciocho años: guapo, buen cuerpo, aire de canalla y un poquito chulito. Tenía todas las actitudes para volver locas a las chicas, sin embargo en el limitado hábitat que era aquel internado, se conformaba con traer de calle a todo aquel que le pudiera proporcionar placer. Cosa para la que, entre aquellos muros, nunca le faltaban candidatos.  

Se dice que hay un momento en la vida de todo adolescente que marca de manera especial cómo será su futuro. Para Pepe, habían sido aquellas vacaciones de navidad, pues de sentirse culpable por cada vez que daba placer a Benito o a algún que otro chico. Había pasado a sentirse orgulloso de cómo era. No es que fuera a gritarlo a los cuatro vientos, ni mucho menos. Pero estaba en paz consigo mismo y nunca más volvería a llorar después de haber tenido un miembro viril entre sus manos o entre sus labios. 

Ya nunca más se prometería entre sollozos que sería la última vez, aunque supiera de antemano, la imposibilidad de cumplir su palabra, pues quienes gobernaban en los momentos de lujuria eran sus efusivas hormonas y estas no entendían de perjuicios sociales.  

Estaba ansioso por llegar al internado. Sabía que Benito estaba allí, por una serie de historias, sus padres habían tenido que marchar al extranjero y no tuvo más remedio que permanecer en la escuela durante las vacaciones de Navidad. Ese fue uno de los dos motivos por los que Pepe adelantó su vuelta en un par de días. El otro fue que no podía soportar por más tiempo, ver la tristeza en el rostro de su padre. Su voz no decía nada, pero sus ojos cargaban con una extraña culpa. Como si los gustos sexuales de su hijo, fueran la resulta de algo que el pobre hombre hubiera hecho mal. 

Cuando llegó al internado, fue atendido por Raimundo, el guardia de seguridad. Raimundo, era un hombre de unos treinta y muchos, alto, fuerte y con aspecto de buena persona. A Juan José le caía bien y por los gestos del vigilante, el muchacho no le desagradaba del todo a él. 

Mientras seguía sus pasos, el jovencito clavó sus ojos en él y, como de costumbre, empezó a lucubrar sobre lo que escondía bajo el uniforme el enorme vigilante. Y es que si algo le había proporcionado placer desde su más tierna infancia, había sido imaginar que escondía la gente bajo sus ropajes. 7826cd19058297.562d45daefb06

Al bueno de Raimundo lo imaginaba muy peludo, con un bello rizado y negro cubriéndole todo el cuerpo. Pepe intuía esto, pues en el momento en que hacia buen tiempo, el hombre se quitaba la chaqueta y una atractiva pelambrera se fugaba entre los botones de su cuello. 

Lo cierto era que, en mangas de camisa, el guardia lucia mejor. Se apreciaba mejor su potente pectoral, sus enormes brazos, fruto de levantar pesas muchos años y, sobre todo, dejaba al descubierto su paquete y su apretado culo. Todo en él aquel armario de testosterona se le antojaba delicioso. Pero el respeto hacia una persona mayor,  unido a un  miedo a ser rechazado y con ello , puesto en evidencia ante todos, hicieron que las lujuriosas fantasías del muchacho con el vigilante, alcanzaran su plenitud bajo el agua de una fría ducha o en  forma de  mancha en las sabanas. 

El centro escolar vacío se presentaba como un paisaje desolador, tanto que el trayecto hacia los dormitorios se le hizo eterno al joven extremeño. 

A pesar de que Juan José contestaba correctamente a las educadas preguntas que le hacia el agradable vigilante, su mente ya no estaba en cómo se encontraba su familia, si lo había pasado bien o mal con ellos, o si le habían hecho muchos regalos en Navidad. Sus pensamientos vagaban imaginando en todos los momentos indecorosos que, si sabía jugar bien sus bazas, tendría tiempo de vivir con su deseado Benito, hasta que volvieran el resto de sus compañeros. 

Una vez en la zona de los dormitorios, se encontró al muchacho deambulando por los pasillos. Cuando lo vio aparecer se sorprendió y lo saludó con desdén. Aquello dolió en gordo a Juan José, quien esperaba por parte del engreído chico un recibimiento un poco más efusivo. Pero parecía que Benito, seguía la máxima de más vale solo que mal acompañado, pues, por su gesto, la llegada del muchacho no pareció hacerle ni pizca de gracia.4a220f0d12c2371288ec7d8dec240389 

Ya en su dormitorio, Raimundo se despidió de él, no sin antes ofrecerle su ayuda para todo aquello que necesitara. Juan José no pudo evitar un malicioso pensamiento: «¡Ay, Raimundo si supieras lo que realmente me hace falta!, no creo que estuvieras dispuesto a dármelo ¿ o quién sabe?…»

Mientras, sumido en sus cavilaciones, deshacía el equipaje, el joven extremeño recibió una inesperada visita: Ignacio. Si había alguien de quien era sabido por todos su facilidad para tragarse vergas por todos los orificios, era él. Entre aquellas mudas paredes, si alguien en algún momento había precisado de un desahogo, en Ignacio había encontrado  un bondadoso receptáculo,  sus manos, su boca y su culo siempre estaban a la disposición de cualquiera. 

Juan José no entendía muy bien las motivaciones de este chico para entregarse a todo aquel que se lo pidiera. Si lo hacía para obtener su amistad, iba errado, pues, después de satisfecho sus más bajos instintos, lo trataban de la peor manera posible. Hubo hasta quien se sintió tan culpable por lo sucedido que, después de calmar sus ansias sexuales, le propinó una paliza. Hecho que, a pesar de ser un secreto a voces, nunca tuvo consecuencias y los gestores del centro miraron para otro lado, como si no enfrentar el problema, propiciara que este se solucionara por sí solo. 

El caso, que por todo ello, Ignacio era persona non grata entre el alumnado, solo se acercaban a él buscando sus favores sexuales y el justo tiempo de éstos. Si había alguien entre sus compañeros que el desdichado de Ignacio pudiera considerar su amigo, era JJ, el cual, ya por aquel entonces, hacia alarde de ese noble corazón que Dios le había dado. 

—¿Qué haces aquí Ignacio? —Le preguntó sorprendido. 

—No me pude ir al final. Mi abuela se ha puesto muy enferma y mis padres están en un hospital de Jaén con ella. Así que me he quedado aquí, pues no era plan… 

—¿Está muy enferma? 

—Mis padres dicen que quizá no salga de esta. No han querido ni que yo vaya a verla, dicen que prefieren que la recuerde mejor con el aspecto que tenía cuando estaba buena. 

—¡Vaya por Dios! Lo siento hombre —Dijo JJ levemente afligido por la noticia que le acababa de dar Ignacio. 

Un lapidario silencio se abrió entre los dos, como si seguir hablando del tema, fuera a empeorar la de por sí ya grave enfermedad de la abuela de Ignacio. c87cb799cea35aff5fd658fc06bacdd5--denim-men-guy-fashion

A la vez que recogía sus cosas, Juan José observo al tímido e infeliz muchacho. A excepción de sus grandes ojos verdes, carecía de cualquier atractivo, no es que fuera feo o tuviera mal cuerpo, pero todo en él era insípido y falto de gracia. Su rostro era el reflejo de su estado anímico,   un montón de ruinas destrozadas por todos los desagravios que le hacían sufrir sus compañeros. El único que le hacía sentir medianamente bien era JJ, por eso cuando lo vio aparecer, fue en su busca sin pensárselo dos veces. 

No habían vuelto a cruzar siquiera una palabra entre ellos, cuando el desolador mutismo fue roto por la llegada de Benito. 

—¡Anda que te ha faltado tiempo para venir a lamer el culo del extremeño! — Reprochó el muchacho a Ignacio. 

Ignacio desvió la mirada y busco la de Juan José, como intentando escudarse en éste. Por lo que el “extremeño” no tuvo más remedio que salir en su defensa. 

—Yo también me alegro de verte, Benito. ¿Qué tal has pasado las vacaciones? —Le dijo en un tono que dejaba claro que por mucho que le gustara, no se iba a amedrentar ante él. Máxime, con la despectiva bienvenida que la había dispensado. 

Benito miro a JJ de arriba a abajo, su desparpajo le había roto todo los esquemas y lo dejaba sin argumentos. En otras ocasiones, habría recurrido a la violencia y a las amenazas para dejar patente su posición de macho dominante, pero sin ningún motivo aparente, contestó a su pregunta sin más: 

—Pues ya ves, bien aburrido, de nuestra clase solo estamos este y yo… ¡y el tío es un muermo! —El tono del muchacho estaba cargado de toda la maldad de la que era capaz, con el único fin de intentar humillar, más si cabe, al pobre Ignacio. 

—Algo habréis hecho para pasar el tiempo — Contestó JJ sarcásticamente, dando a entender algo que era un tema tabú entre los alumnos: el sexo. Este se practicaba, pero no se hablaba de él. 

Benito lo miro desafiante, estuvo tentado de cogerle por el cuello de la camisa y amedrentarlo para sacarle, por las malas, que es lo que había querido decir. Pero había un extraño brillo en la mirada de JJ que le intimidaba, como si en estas navidades hubiera madurado a pasos agigantados. Así que optó por hablar del secreto a voces. «Tampoco iba a pasar nada, si sólo estaban ellos tres». 

—Pues sí, hemos aprendido muchas cosas en estas vacaciones. Cuando nadie te molesta, uno da rienda suelta a la imaginación —La chulería con la que dijo aquellas palabras, intentaba acobardar a JJ. Quien, en lugar de achantarse, le echó valor al tema y le respondió con una seguridad abrumadora: 

—Tres dicen que son multitud, pero si todos se saben comportar, no. Como ves, yo también he aprendido cosas en estas navidades. 

El halo de misterio con la que el joven recién llegado acompañó a sus palabras, supieron crear la expectación en sus dos acompañantes. 

—…cosa nuevas… ¡Me gusta! — Dijo Benito poniendo un gesto de absoluta satisfacción —. A que no te atreves a enseñárnosla a nosotros… a cambio, nosotros te enseñaremos las que hemos aprendido. 

—¡Trato hecho! Pero te puedo asegurar que conocer mundo es mucho más didáctico que la investigación en laboratorio —Al decir esto, JJ alargó su mano hacia el engreído chico, el cual con una sonrisa en su cara la apretó diciendo: 

—¡Eso ya se verá! —Contestó desafiante el atractivo muchacho, adoptando una pose bastante chulesca. 

—De todas maneras, compartir conocimientos, nunca ha hecho retroceder el progreso — Dijo JJ, dirigiendo una pequeña visual a sus dos compañeros. 

¡Cuán distintos eran los dos! La timidez de Ignacio contrastaba con la altanería de Benito y mientras los ojos se le iluminaban por la lujuria a este último, pensando en los “nuevos juegos” que había aprendido JJ, una gran tristeza llenaba por completo la cara del otro chico. ¿Pudiera ser que no disfrutara del sexo con sus compañeros? 

Nuestro joven protagonista se despidió de los otros dos muchachos, quedando con ellos para verlos durante el almuerzo. Pero fue tanta la importancia que el chico dio al tema de la insatisfacción de Ignacio, que en toda la mañana se lo pudo quitar de la cabeza. 

Almorzaron en el comedor, en compañía de los pocos que habían permanecido allí durante las vacaciones. Al ser menos, la comida parecía de mejor calidad, pero poco se le podía pedir al cocinero, quien no ocupaba el puesto por sus méritos culinarios, sino por ser primo de alguien influyente. 

Tras la comida, Benito sacó el ansiado tema de una forma que sorprendió tanto a JJ, como a Ignacio: DhrwCaWVAAIRRNV

—¿Sabes,  Pepe?  Estoy deseando que nos enseñe eso que has aprendido.  Solo de pensarlo, se me pone la polla como una piedra —Al decir esto último, se tocó el paquete señalando lo evidente—Como no puedo esperar más, me voy para el sótano y allí os espero. Id primero uno y después el otro, para no despertar sospechas. 

El sótano, como lo llamaban los alumnos no era tal, sino una especie de nave que, en un principio, iba a ser unos billares. Alguien con bastante peso decisorio en la junta escolar, fue de la opinión que un lugar como aquel, únicamente sería un antro de perversión para los alumnos, por lo que las obras quedaron paralizadas a la mitad.  Como ninguno de los directores posteriores, ni nadie en la junta escolar, supo buscarle una utilidad al recinto, permaneció cerrado por siempre jamás. 

En este mundo, no hay nada mejor que un adolescente para idear, inventar y sacar provecho a lo prohibido. La clausurada nave servía tanto como fumadero de los furtivos cigarrillos, como lugar donde el sexo acampaba a sus anchas. A veces era una masturbación colectiva al calor de una revista pornográfica (eso si cada uno con la suya, que esas cosas no se prestan), otras la iniciación-humillación de alguno de los más jóvenes que, atemorizado con las cincuenta mil barbaridades que le iban a practicar si hablaban, se sometían entre lágrimas a los libidinosos deseos de los alumnos mayores. Las mayorías de las veces una paja pero, alguno que otro, fue obligado a practicar una mamada. 

No obstante, si de algo era escenario aquellos muros, era de las sesiones de sexo de los mayores, quienes se valían de algún que otro alumno, tipo Ignacio, para dar rienda a sus caprichos más recónditos. Era una conducta que, sin ninguna intención por parte de los chicos, respondía a muchos de los cánones de las relaciones amos- esclavos. 

Cuando JJ llegó al sótano, buscó a Benito y lo halló en uno de los escondido rincones donde se llevaban a cabo las citadas prácticas.Nick-Jonas-Flaunt-Magazine.jpg 

El muchacho estaba apoyado sobre uno de los mugrientos muros, tenía pantalones y calzoncillos bajado hasta las rodillas. Movía sus caderas con la única intención de hacer cimbrear su erecto miembro. Lo hacía de manera tan vulgar y chabacana, que el erotismo quedaba enterrado a dos metros bajo tierra. 

Nuestro protagonista lo miró, de que aquel tío era un canalla que solo buscaba su propio interés y el único ser en el planeta que le importaba era el mismo, no tenía ninguna duda.  Pero su atractivo bestial, le hacía bajar las defensas. No es que fuera muy guapo, tenía unas facciones normalitas, de las que únicamente destacaban sus enormes y carnosos labios. Aunque su cuerpo bien proporcionado, sin ninguna gota de grasa despertaría los deseos de cualquiera, no era lo que más llamaba la atención de JJ. Lo que, misteriosamente, ponía a latir a mil por mil el corazón del joven extremeño, no era otra cosa que su condición de chico malo.

Juan José, sin mediar palabra con el engreído muchacho, se agachó ante él, apartó su mano de la esplendorosa herramienta sexual y,   sin más, se la metió poco a poco en la boca. El miembro de Benito era de dimensiones respetables, ancho, largo y duro. Para JJ era todo un placer poder saborear aquel miembro entre sus labios, examinando con su lengua cada pliegue de su majestuosa piel. 

Cuando Benito comprobó la maestría del muchacho, no pudo reprimir una observación hacia éste: 

—¡Pues sí que has aprendido en estas vacaciones! 

Lo cierto era que, aunque parecía que nuestro protagonista había hecho una especie de master sexual en las vacaciones de Navidad, nada más lejos de la realidad. Si bien era cierto que, en los encuentros con sus primos en la casa de campo, éstos le habían regalado la sapiencia de su experiencia. No era ahí, donde se encontraba el cambio que apreciaba Benito, la diferencia estribaba en lo que fluía en el interior de JJ,   a la hora de introducirse aquel pedazo de carne en la boca. 

Anteriormente, cuando practicaba sexo con alguno de sus compañeros, una losa de culpa pesaba sobre él. Pero desde que compartiera sus deseos con sus primos, una sensación de libertad imperaba en sus sentidos. Si antes se cohibía y reprimía cuando introducía en su boca el pene de algún compañero. Ahora estaba dejando emanar sus instintos primitivos, para suerte de Benito que estaba pasándoselo de miedo.  

Cuando Ignacio llegó, se sorprendió un poco, pues nunca el extremeño había sido tan lanzado. La sorpresa fue en crescendo, pues JJ, sin apartar los labios de la babeante bestia, lo invitó  con un gesto a que se uniera a la fiesta.DmDlxyWXgAEWfSq

Antes de que el tímido muchachito se acoplara a la sexual escena, Benito haciendo alarde de su “agrado” natural, le soltó uno de sus habituales improperios: 

—¡Inútil de mierda…! Pepe, sí que sabe mamarla, ¡no tú! Así que fíjate y aprende. 

Cuando JJ oyó la agresividad con la Benito había proferido sus palabras, estuvo tentado de abandonar lo que estaba haciendo y coger por el cuello al engreído chico, pero hizo de tripas corazón y se contuvo. Había esperado tanto tiempo aquello que no iba a dejar que nada, ni nadie se lo estropease, así que optó por callarse, y seguir chupando el majestuoso mástil que tenía ante sí. 

Una vez el maltratado muchachito se incorporó a la mamada a dos, ambos empezaron a lamer al unísono el duro y caliente trozo de carne. Sin decir ni mu, los dos adolescentes se acoplaron perfectamente en la placentera tarea. A veces era Ignacio el que pasaba la lengua por los testículos, mientras JJ se dedicaba a succionar el glande, otras intercambiaban los papeles. Lo que más placer daba a Benito, era cuando ambos al mismo tiempo pasaban sus lenguas a lo largo del tronco,   cuando esto último sucedía, los quejidos de satisfacción del muchacho, se tornaban casi en pequeños rugidos.  

Llegado el momento en el cual, su miembro viril estaba a punto de explotar de complacencia.  Apartó de manera ruda, a los dos muchachos de la prominencia de su entrepierna vociferando, en un tono bastante desagradable: 

—¡Parad! ¡Parad, cabrones! Quiero correrme follándome al mierdecilla este —Dijo señalando a Ignacio. 

Lo que sucedió a continuación, dejó atónito a nuestro protagonista. El vejado muchacho, en vez de sentirse ofendido, se levantó y, de manera reveladora, adopto una actitud de sumisión absoluta. Se bajó los pantalones y los slips hasta los tobillos y, encorvando la espalda en pos de sacar su pompis hacia fuera, se apoyó contra la sucia pared. Sus movimientos eran precisos, casi automáticos, como si formaran parte de una coreografía, largamente ensayada. Al verlo tomar la mencionada pose, Benito volvió a dirigirse a él de manera violenta: DlxnUxjWwAEorLt

—¿Pero tú eres idiota? ¿Y Pepe que? ¿Nos toca las palmas mientras tanto? ¡Ponte ahí en medio y mientras yo te la meto, se la chupas! 

Que Ignacio le proporcionará placer con la boca, no era lo que tenía en mente JJ. Él hubiera preferido que el trinquete de Benito, hubiera perforado su interior. Pues una vez perdido el pánico a ello con sus primos. Deseaba disfrutar de aquella práctica sexual todo lo que pudiera y durante todo el tiempo que restaba de internado.    

Aunque ansiaba ser atravesado por el miembro de Benito, no dijo nada. Quizás porque aún no estaba tan libre de culpa como él creía y aún le daba vergüenza tocar el tema de manera tan directa, o quizás fue porque pensó que, si accedía a ser penetrado, el borde de Benito lo metería en el mismo saco que al infeliz de Ignacio. Si algo tenía claro por aquel entonces JJ, era que poner el culo, no era someterse a los caprichos y deseos de nadie, sino comulgar carnalmente con la otra persona. Aunque aquello, visto lo visto, parecía que era imposible con el canalla de Benito. 

JJ había “jugado” en el sótano con los compañeros en otras ocasiones, pero pocas veces, fue las que coincidió con chavales tipo Ignacio y las veces que lo hizo, nunca tuvo lugar el acto de la penetración.  Por eso, cuando vio con la poca delicadeza que Benito introdujo su miembro en el ano del muchacho. Una sensación de repelús recorrió su médula. ¡Y es que no era para menos! Un par de escupitajos sobre los glúteos, un salvaje empujón y todo para dentro de golpe. El trozo de carne duro y erecto, se empotró por completo entre las paredes del esfínter de Ignacio, quien, con un gesto de contenido dolor, acercaba sus labios al miembro de JJ. 

Mientras sentía el calor de la boca del desvalido muchacho en su pene, observó al otro adolescente, se había desabotonado la camisa, mostrando un lampiño y perfecto pectoral que terminaba en un vientre plano. Sin dejar de empujar su enorme miembro al interior de las entrañas del muchacho, Benito se mordía morbosamente el labio de abajo y resoplaba como una mala bestia. 

Un insólito deseo invadió a Juan José, ya no ansiaba ser taladrado por el caliente mástil de Benito. En su lugar, quería era sentir aquello que hacía que el rostro de éste se estremeciera de gozo, quería penetrar a su amigo Ignacio. Cuanto más veía a Benito golpear con su pelvis los glúteos del desvalido muchachito, más hervía la lujuria en su interior.  Observar aquel casi perfecto cuerpo ejecutar el acto sexual, hacía que su corazón latiera cada vez más deprisa. Si a eso se le sumaba como su viril miembro era regado por caliente saliva, el momento era de los que había que dejarse llevar, pues todo lo que no hicieras en ese momento, más pronto que tarde, te arrepentirías. 

Detuvo su mirada en el rostro del bueno de Ignacio, este acariciaba con los labios su pene de arriba abajo, de abajo a arriba. La herramienta sexual de JJ no es que fuera tan enorme como la que atravesaba su orto, pero era de un tamaño considerable, a ojo de buen cubero pudiera medir de largo entre diecisiete o dieciocho centímetros.  Aunque el muchacho quería emular lo que JJ había hecho a Benito, su torpeza le impedía introducirse en toda su plenitud, aquel trozo de carne, al cual de manera inconsciente, regaba con un mar de blanquecinas babas. 

En el momento que nuestro protagonista consideró que iba a llegar al techo del placer, retiró su pene de la caliente boca y dijo apresuradamente: 

—¡Benito, porfa déjame a mi ahora! 

El prepotente adolescente, sin parar de mover sus caderas, miró a JJ de arriba a abajo, como si le perdonara la vida y le dijo: 

—Pues te vas a tener que esperar a que me corra. 

—¿No te correrás dentro? —Preguntó sorprendido JJ, ante la aseveración de su compañero de estudios. 

—No, ¿te has creído que soy gilipollas? 

—No sé, como te veo que se lo estás haciendo sin condón… —Dijo JJ, con un claro tono de reproche. 

—Es que mientras no me corra dentro, no pasa nada —La seguridad era patente en las palabras del engreído jovencito, quien mientras hablaba seguía empujando su pelvis contra el trasero de Ignacio, el cual seguía en la misma postura sin inmutarse. 

—¿Y eso en que libro de medicina lo has leído? —La pregunta de JJ era todo un desafío. Sin darle tiempo a explicarse a su interlocutor, prosiguió con su discurso —. Mis primos, que saben bastante del tema, me han dicho que no es sólo el Sida lo que se puede contraer al hacerlo sin protección, que hay infinidad de enfermedades venéreas. Si hasta puedes coger una infección al llenarte de mierda… 

Nuestro protagonista no sabía si era el momento idóneo de soltar aquello, pero era ver como aquel chico realizaba el acto sexual sin precaución de ningún tipo, le había puesto los vellos de punta, pues en más de una ocasión, el miembro de Benito se había internado en su boca. 

Fuera o no fuera el instante correcto, lo que si evidenció fue que sus palabras habían molestado en gordo al prepotente adolescente.  Quien de muy mala manera, saco su miembro del ano de su compañero. 

—¡Tío, con tanta gilipolleces, me has cortao el rollo! ¡Anda Follátelo tú si quieres! — Al decir esto último, levantó la mano en un claro desplante hacia JJ. 

Nuestro joven protagonista no acababa de entender lo que pasaba por la mente del arrogante Benito. Primero, no comprendía porque se había enfadado cuando lo que estaba dando era un consejo y segundo, no percibía con qué derecho se veía sobre Ignacio, para decidir quién estaba con él y quién no. 

Todavía estaba intentando asimilar lo acontecido, cuando Benito prosiguió con su desagradable parrafada: 

—Aunque después de lo que he se tragado ese mojino, con la tuya ni se entera —Al hablar sostenía su erecto pene entre las manos como si fuera un trofeo. Si la prepotencia fuera delito, Benito pasaría toda su vida en la cárcel. 

JJ lo miró, mientras pensaba algo ocurrente con lo que destrozarle todos los esquemas, pero sus pensamientos fueron apagados por la luz de una linterna que los sorprendió y deslumbró por igual. 

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Concluirá en catorce días.

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