Serrvirr de ejemplo

Nota del autor:  El lenguaje de este relato es crudo y explicito, por lo que puede herir algunas sensibilidades.

Una a una las doce chicas son inmovilizadas y amordazadas por los sicarios del Ruso, una a una son depositadas como fardos en el interior de un pequeño zulo que está hábilmente disimulado bajo un falso muro.

Algunas no siquiera se preguntan a  qué responde todo eso, la droga tiene tan adormecida su voluntad que son incapaces de recordar que hicieron ayer y a cuantas vejaciones las sometieron los pervertidos que pagaron por sus servicios.

La pequeña prisión huele a humedad, a orín y a deposiciones secas. La oscuridad es tan intensa que son incapaces de ver lo que tienen delante.  Un sudor frio recorre el rostro de las más sensibles, de las que todavía no se han acostumbrado a la vida que les ha tocado en suerte, de las que todavía son capaces de sentir nauseas al sentir como unas pequeñas patas, posiblemente de cucarachas o algún otro insecto, recorren, hasta llegar a sus muslos,    sus extremidades inferiores.

Un rato más tarde, la unidad especial policial contra la trata de seres humanos desaloja a la clientela del local y lo recorren minuciosamente buscando a las esclavas sexuales. Incapaces de encontrar a ninguna de las chicas, el jefe de la operación, con tal de no dar por infructuosa la redada, ordena montar al dueño del burdel y sus trabajadores en un furgón policial.

Todos los detenidos poseen permiso de residencia y un contrato legal de trabajo. Contratos donde la profesión de matón se disfraza con la de guardia de seguridad y la de camarera un eufemismo de la de prostituta.

El buen hacer de un abogado y la falta de medios de las fuerzas del orden imposibilitan demostrar que en el “Club Paraíso” se cometa alguna actividad delictiva.  Sin pruebas que puedan llevar ante un juez, el fiscal del departamento no les deja otra opción que dejarlos en libertad.

El Ruso se pavonea de su invulnerabilidad al despedirse del   teniente Ramírez.  El incorruptible oficial tiene sospechas de que tiene un topo dentro de la comisaria, alguien cuya información privilegiada le ha permitido al dueño del Paraíso adelantarse a los movimientos de la Unidad Especial. La incapacidad de poder demostrar nada de esto, hace que se muerda la lengua al ver como el prepotente delincuente se despide de él con una chulesca sonrisa.

De regreso al club, sacan del zulo a la chica que consideran posee una voluntad más débil. Unas cuantas bofetadas y amenazas a su familia son suficientes para que cante lo que ya sospechaba, que quien los ha delatado es Dorina.

Sacan al resto de las chicas de su encierro y las colocan sobre el suelo en forma de fila india. Uno de los matones, levanta a la soplona, tras desgarrar sus ropas como si fueran papeles de regalo, la desata y apuntando la boca de una manguera contra ella, la libera de la suciedad que la cubre del modo más cruel.

Los gritos de dolor de la muchacha consiguen que los hombres se sonrían satisfactoriamente, mientras que las inmovilizadas esclavas sexuales gimen temiendo un castigo igual para ellas.

El Ruso  la ofrece a sus sicarios para que desahoguen en ella sus más bajos instintos. Mientras los seis hombres cometen las mayores vejaciones con su cuerpo, Dorina se desconecta de la realidad y deja que su corta vida pase ante sus ojos.

La pobreza de su infancia, una juventud sin futuro y dieciocho años que le daban libertad para decidir su vida. Un marido de una prima fue quien le prometió la prosperidad en su viaje a España, un pasaje para el que debía pedir un cuantioso crédito que podría devolver con los beneficios de su trabajo en un hotel como camarera.

No sabe qué fue lo peor, si la traición de su familia o descubrir que para pagar su deuda debía abrirse de piernas en un club de carretera. Un lugar donde la amistad y la generosidad no tenían cabida y donde lo único que le hacían olvidar su nefasta existencia eran las drogas. Unas sustancias de las que cada día dependía más y la hacía más vulnerable.

¿Qué le llevó a confiar en aquel trabajador social? ¿Por qué le contó su problema?

Su destrozado ano gotea el esperma del último de sus violadores, cuando oye tras de sí la voz del Ruso.

—¿Qué esperrabas iéndote de la lenjgua?

La muchacha no responde, pues lo ve le hiela la sangre: su “dueño” golpea contundentemente un tubo de metal contra la palma de una de sus manos, mientras ordena a sus hombres que obliguen a las otras chicas a mirar.

Un quejido infrahumano llena el aire cuando el ancho cilindro es  introducido violentamente en la vagina de Dorina. En el momento que los nudillos hacen de tope, las gotas de sangre que manan de su vientre han formado ya un pequeño charco rojizo en el suelo.

Con el tubo incrustado entre sus muslos, con los retazos de conciencia que le queda, ve como su “dueño” saca una pistola del bolsillo, apunta impávidamente a su cabeza y le dice:

—No me gusta tirrar mi dinerro, perro debes serrvirr de ejemplo.

Algún día su cadáver será descubierto por el perro de un cazador y será uno más del montón de casos sin resolver.

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