Pepito Bond descubierto

Los descubrimientos de Pepito

Décimo quinto episodio:                               

Resumen de los descubrimientos anteriores: Pepito ha pasado un fin de semana en la granja de su tito Paco. Allí ha podido huir del aburrimiento del luto y ha hecho unos cuantos descubrimientos nuevos, algunos muy buenos y otros no tanto.  

Tras someter a su primo Francisquito al tercer grado, llegaron a la terrible conclusión que quizás en cada pueblo se utilice un animal distinto para el juego de las “pajas”. Lo que le ha hecho sospechar   que su hermano Juanito pueda estar utilizando a su perrita para este propósito.   

Los gemelos, con motivo de hacer la presentación oficial a su familia, invitaron a comer a sus novias: Adela y Marta. Dos muchachas que le cayeron muy bien a Pepito, pues eran muy guapas, muy simpáticas y muy modernas.  

Por la tarde fueron a Mérida a ver la última película de Walt Disney y después fueron a comer a un bar. ¡Qué de tiempo hacía que Pepito no se lo pasaba tan bien y tanto rato!  

Al día siguiente, después de misa y antes de jugar al Scalextric, Francisquito y él espiaron como sus primos mayores jugaban al caballito.  

Por la tarde, sus tíos fueron a tomar café a casa de los padres de Adela y los dos chiquillos se quedaron en la casa a cargo del Facu. Circunstancias que aprovecharon para curiosear “El libro de la vida sexual” que el tito Paco tenía escondido en el armario de su cuarto.  

Tal como le había dicho Francisquito, las palabras que usaban eran rarísimas y, como media hora no daba para mucho, solo pudo leer una cosa que, según pudieron interpretar, hablaba de “tomar la temperatura”, aunque la verdad tampoco lo tenía muy claro si era eso o no, pues no entendió ni papa de la mayoría que leyó.  

Antes de guardar el libro en su escondite, estuvieron viendo todas las fotos y eso que traía un montón bastante grandes. Su primo parecía conocérselas al dedillo, porque se paraba un poquillo más en aquellas que a él le parecían más interesantes.   

Pero no se terminaron ahí las cosas buenas.  Cuando sus tíos volvieron, su prima le enseñó un “Diario” que le habían comprado para hacerlo rabiar. La rabiña le duro poco, pues también le habían comprado uno a Francisquito y otro a él. El suyo tenía las pastas verdes.

índice2Fui, durante todo el camino  de vuelta a casa, más contento que unas pascuas, había pasado dos días con mi primito en la granja, jugando a todo lo que me dio la gana,  había aprendido un chaparrón de cosas nuevas, me habían regalado mi primer diario y, por si fuera poco, mi tito Paco me había puesto los cuarenta principales.

Tardamos unos veinte minutillos en llegar de Villanueva de la Serena a Don Benito y me dio tiempo de escuchar siete canciones por lo menos: las Baccara, Bonnie Tyler, Miguel Bose, “Cara de Gitana”, los Bee Gees, Boney M, Umberto Tozzi… ¡Cuántas canciones y qué chulis eran todas!  Lo mejor de todo era que mi tito, en vez de decirme que me callara cuando cantaba, como hacia mi madre, se reía conmigo y decía que lo hacía muy bien. ¡El papá de Francisquito era el más guay del mundo mundial!

Al llegar a casa, me ayudó a cargar con la maleta. Salió a recibirnos mi mamá y mi hermana Gertru. Le di dos besos a ambas. Mi tío hizo lo mismo y, antes de que nos diera tiempo decir nada, mi Mamá sargento comenzó a atosigarlo con preguntas sobre mí. ¡Cómo si yo fuera sordo y no me fuera a enterar de lo que hablaban!

—¿Qué tal se ha portado el mozo?

—Muy bien —Dijo mi tío acariciándome la cabeza, aquel hombre era tan chachi, que ni siquiera me molestó que me despelucara.

—¿Bien, bien? —Volvió a insistir mi madre, como si se creyera que le había contado una mentirijilla — Seguro que con la niña ha tenido alguna que otra.

—Rosario, son niños y Matildita no es precisamente una santa, pero parecen que se van llevando mejor. Ya Pepito le dice hasta que está muy guapa con la ropa que se pone y todo.vestidos-de-comunion-para-gorditas-aliana-gris-600x902.jpg

Lo que dijo mi tío no era verdad del todo, pues yo nunca le dije a mi prima que estuviera guapa con sus vestidos, sino que estaba distinta. Sin embargo, aquella mentira sirvió para suavizar el  mal genio de mi mama que, en vez de reñirme como hacía siempre,  se limitó a mirarme poniéndome la misma cara que cuando me decía: « Por esta vez va a pasar, pero que no se vuelva a repetir ».

En aquel momento apareció mi hermano, por la cara que traía me dio la sensación de que venía de jugar a eso de las “pajas”, pero como no vi a mi perrita cerca, supuse que serían imaginaciones mías. Me estaba obsesionando tanto con aquello que hasta tenía pesadillas y todo. Tras despelucarme, le dio dos besos a mi tío y se puso a charlar con él.

No habían terminado de decirse las clásicas frases de «¿Cómo estás?» «No me puedo quejar», y demás que se sueltan los mayores cuando se ven, tal como si fueran la tabla de multiplicar del cinco, cuando apareció mi papá.

Por lo despacio que venía andando, que parecía un zombi, y cómo venía abriendo la boca, me dio la sensación de que, como hacía siempre,   se había quedado dormido en el sofá viendo la tele.

Me dio dos besitos muy flojitos y se fue para el papá de Francisquito.  Se dieron la mano, como hacen los hombres, y se pusieron a hablar de sus cosas.

Cinco minutos de charla aburrida más tarde,  mi tío, con cierto apuro, dijo que no se podía entretener más porque tenía mucha prisa. Después de despedirse de todo el mundo, se agachó, se puso a mi altura y me dijo:

—La semana que viene tengo que llevar un porte a Francia y no voy a poder venir a recogerte, pero la otra descanso y tenlo por seguro que sí.

 Aunque me dieron ganas de ponerme a saltar y a gritar: «¡Yupi, yupi!», como sabía que mi madre me reñiría por armar jaleo con lo del luto, me contuve las ganas, puse mi mejor cara de niño bueno y le dije:

—¿Prometido?

—Sí, pero tu mamá me tiene que decir que te has portado estupendamente.

—¡Eso está hecho! Voy a ser el niño más obediente del mundo mundial.

Una vez se marchó, subí para arriba a deshacer el equipaje, tenía que guardar los pantalones y las chaquetas en el ropero, las camisas, los calcetines y la ropa interior meterla en el canasto de la ropa sucia. Por nada del mundo quería que mi mamá me dijera que no estaba haciendo las cosas bien. Hice todo tal como ella me había enseñado y fui todo lo cuidadoso que pude, lo ultimito que quería era dar motivos para que me quitaran puntos de mi carnet de niño bueno.

Después, y sin que nadie me tuviera que decir nada, me bañé y me puse el pijama, para esperar abajo leyendo cualquier comic viejo mientras llegaba la hora de la cena. Desde que se murió mi tito Demetrio no se ponía la televisión en casa, por lo que todos íbamos a lo nuestro y nos limitábamos a estar calladitos todo el rato. Como si tuviéramos la obligación de estar tristes.

No sé por cuánto más tiempo íbamos a tener que  estar así. Mi hermana, un día que estábamos de secretitos, me dijo que ya no quedaba mucho, que por un cuñado lo más que se guardaban eran dos o tres meses. ¡Ofu, íbamos a tener luto hasta que me dieran las vacaciones en el cole! Menos mal que me iba algunos fines de semana a casa de mi primo, que si no, de estar tanto tiempo aburrido, se me iba a poner cara de ostra.

Mi hermano y mi padre jugaban al tute, Gertru leía el “Pronto” y mi madre le hacía un chaleco a mi prima Elvirita. Yo por mi parte, me leía por séptima vez mi comic de “Dan Defensor”. Mi casa parecía el velatorio de un caracol,    pero con tal de ir a la granja en dos semanas, no me quejaba de nada y procuraba portarme lo más estupendo que podía.

La verdad es que estaba bastante acostumbrado a que cuando regresaba de Villanueva, ni mis papás, ni mis hermanos me preguntaran por todas las cosas estupendas y maravillosas que había hecho, pero es que me lo había pasado tan bien que estaba deseando contárselo a todo el mundo. Entre que aquello parecía un convento y que a mi familia lo que yo hiciera o dejara de hacer parecía importarle un comino, opte por meter la cabeza detrás de mi comic y volvérmelo a leer otra vez, lo mismo hasta lograba descubrir algo que no hubiera hecho las seis veces anteriores.

Sin embargo no pasaba nada nuevo. Dado que la historia me la sabía de carrerilla, me aburrí un poco, empecé a darle vueltas a la cabeza y me puse a imaginar cosas divertidas. Pensé que si mi madre era un sargento, mi casa más que un convento con sus monjas y sus curas, debería ser un cuartel. Cosa que me parecía de lo más lógico pues nos tenía a todos más firme que el palo de la escoba.

No había que  estudiar mucho para saber  que el soldado de mayor rango era mi madre, la Sargento de Hierro, mi padre podría ser el capitán Calladito, mi hermana la teniente Rebelde, Juanito el oficial de las pajas y yo el recluta pela patatas. Que según había visto en las películas, era quien menos importancia tenía en el ejército y a quien, hiciera lo que hiciera, le caían todas las broncas.

Aquella noche, como todavía no hacía mucho calor, mi madre puso para cenar sopa de puchero con arroz, que no me hacía mucho chiste, pero me lo comí sin rechistar. De postre me comí un plátano, mejor que una ciruela, pues está casi siempre me terminaban soltaban el vientre.

Terminé de cenar prime, le di dos besos de buenas noches a todo el mundo, me lave los dientes bien lavados y me fui a la cama.

Siempre antes de dormir tengo que leer algo, porque desde que vi lo que el Facu hacía con Blanquita, me da no sé qué contar ovejitas y no lo he vuelto a ser.  Se me vino a la cabeza la idea de empezar con lo del diario, pero como era domingo, no me pareció conveniente empezar por ahí, porque las semanas empezaban en lunes y después no iba a estar muy ordenado. Así que me cogí un comic antiguo que tenía de Batman y lo leí hasta que me entró sueño. Me quedé dormido enseguida pues estaba levantado de muy temprano y no había parado en todo el día.

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Paco Wayne entró en el dormitorio de su sobrino Pepito Grayson, aunque era de lo más habitual que su tío entrara para despertarlo a media noche, el joven aprendiz de súper héroe no se terminaba de acostumbrar a lo silencioso que podía llegar a ser y siempre se sobresaltaba cuando lo veía con su traje de hombre murciélago.  

—Pepito, hemos recibido una batseñal de la Sargento de policía Rosario Gordon. Así que ponte rápido tu disfraz de Robertín, que tenemos que salir a la velocidad de la luz.  

Al ayudante de Batman le daban mucho coraje esas misiones inesperadas, se tenía que vestir muy deprisa y tenía que salir de cualquier manera, sin poder hacerse siquiera la rayita en condiciones en el pelo.  

Sin embargo, el día que aceptó la responsabilidad de combatir el mal en Badajotham, sabía que debía renunciar a muchas cosas y una de ellas era la de ir bien peinado. Menos mal que, por lo menos, lo de echarse colonia era rápido y, siempre que salía a impartir el bien, iba muy bien perfumado.  

En pocos minutos hicieron su aparición en las instalaciones de la Bat-granja, donde estaba el Bat-Range Rover. Se subieron a él y salieron en dirección hacia el campanario de la iglesia de Santiago Apóstol en el distrito de Don Benjamín, lugar donde la Sargento de policía tenía instalado la señal para comunicarse con el intrépido dúo de Súper héroes.  

Hacer de justiciero estaba prohibido por orden presidencial, por lo tanto Rosario Gordon, cada vez que llamaba a los dos enmascarados, se enfrentaba a ser sancionada por sus superiores. Pero sabía que solo con la ayuda de los municipales y guardia civiles de Badajotham City, no podía hacer frente a la gran ola de crímenes que estaba asediando a la ciudad últimamente. Daba la sensación que ser malvado se había puesto de moda y todas las semanas aparecía un nuevo súper villano al que combatir.  Cada vez eran más numerosos y sus poderes eran más mortíferos.   

La Sargento de policía era una mujer muy seria y muy recta, a la que le gustaban los trabajos muy bien hechos. Si quería detener a unos criminales, sabía que lo mejores para ello eran el dúo dinámico: Batman y Robertín. Aquellos dos luchadores contra el crimen tenían algo que les hacía confiar en ello y no les importaba jugarse su puesto en la comisaría de policía con tal de hacer que los delincuentes acabaran con sus huesos en el calabozo más oscuro y solitario.  

Lo que no sabía Rosario, es que gran parte de toda esa estima que tenía a los dos súper héroes se debía a que bajo aquellos disfraces estaban su cuñado Paco y su hijo Pepito. Dos personas que siempre hacían lo que ella mandaba y de la manera más correcta posible.  

—¿Qué sucede, Señora Sargento? —Dijo Batman poniendo su voz ronca de ultratumba, para que su cuñada no lo reconociera.  

—Han sido secuestradas todas las reservas de ovejas y de perros de la ciudad. No se escucha ningún válido, ni ningún ladrido por toda Badajotham. Si no se soluciona el problema, las abuelas y las madres no tendrán lana para los abrigos, y los niños y niñas no podrán jugar con sus perritos. ¡Estamos ante una emergencia nacional! 

—No se preocupe, Sargento Gordon, mi pupilo y yo recorreremos la ciudad y buscaremos en cada rincón. Le doy mi palabra que no pararemos hasta encontrarlos, tal como nos llamamos Batman y Robertín.  

Los dos detectives justicieros se subieron a su vehículo y patrullaron por las oscuras calles en busca de los misteriosos secuestradores. 

En aquella ciudad del norte del Estado De Nueva Extremadura el crimen había crecido como la espuma, no solo había villanos disfrazados, también lo había de los otros, de los normales. Antes de que pudieran recabar alguna pista detectivesca que los pudiera llevar a detener a quien se estaba llevando las ovejas y los perros, tuvieron que enfrentarse a varios vándalos que estaban robando en los bancos, kioscos y tiendas de chucherías.   

Todos eran malvados de poca monta, sin traje de muchos colorines y sin siquiera nombre en clave. Motivo por lo cual los intrépidos luchadores contra el mal lo ventilaron en un plis plas, ninguno de ellos tenían gadgets especiales, ni siquiera sabían defenderse con llaves de judo como Batman y su pupilo. 

El primer contratiempo de importancia lo encontraron en la Boutique Enriqueta, moda para ir de etiqueta. Donde hallaron a la primera súper villana: Gatabella Distinta, una bandida obsesionada con tener muchos trajes nuevos y que, para robarlos, se disfrazaba con un uniforme de cuero negro, que llevaba incorporado una máscara de gato.  

—¡Ostras, Robertin! —Exclamó el justiciero enmascarado al ver a su némesis cargada con un montón de bolsas en la que se llevaba toda la ropa elegante y cara de la tienda.  6a30d9e3cb4afb2afc8892d235a88f42

La ladrona, al ver aparecer a los valientes súper héroes, soltó su botín en el suelo, se colocó en posición de combate y se dispuso a luchar duro por su vida.  

Gatabella, al igual que sus dos adversarios, sabía karate y boxeo. Pero como eran dos contra uno, el combate fue muy cortito pues entre el tío y el sobrino consiguieron derrotarla en un santiamén. 

Una vez la tuvieron vencida y amordazada, Robertín, que era muy curioso, quiso saber quién se escondía tras la máscara de gata.  

Tanto Batman como su discípulo se quedaron de piedra al descubrir la identidad secreta de su archí némesis. No era otra que Matildita Wayne, la hija de Batman y la prima de Robertín.  

El caballero enmascarado se quedó estupefacto. Su ayudante se quedó estupefacto también. Aunque quien se quedó más estupefacta fue la muchacha cuando el dúo maravillas se quitaron sus antifaces y le revelaron su verdadera identidad.  

—¡Papá!  Esto no te lo perdono… —Dijo Gatabella Distinta al descubrir que su enemigo acérrimo era su progenitor.  

—¿Pero qué dices, niña? Nosotros somos los buenos y tú una niña mal criada que va robando trajes caros por ahí. Como si tu mamá y yo no te compráramos ya bastantes.   

—No, es eso. Lo que no te perdono es que no me llevaras contigo para combatir el crimen… ¡Si al menos hubieras escogido a Francisquito, lo entendería porque es el mayor! Pero tú siempre has querido más a Pepito que a mí.  

Pepito Grayson llegó a la conclusión de que su prima tenía toda más razón que un santo, si alguien tenía derecho a acompañar a Batman en su lucha contra el crimen, eran sus hijos, Francisquito y Matildita. Él sabía que simplemente sería su sobrino, que siempre estaría en la Bat- granja de prestado. Sin embargo, la respuesta de su tío lo volvió a dejar estupefacto.  

—Sí he escogido a Pepito para luchar contra el mal, ha sido porque es mucho más listo, más educado y más elegante que tu hermano y que tú.  

En aquel momento, la ladrona de trajes de colores llamativos estuvo a punto de echarse a llorar, sin embargo la intervención del niño héroe cambio las tornas.  

—Mira, primita. Yo sé que tú y yo no nos llevamos muy bien, porque tú me tienes un poquillo de envidia.  

Gatabella asintió con la cabeza, sin levantar la mirada del suelo, pues estaba muerta de vergüenza.  

—A mí no me importa que tú tengas más ropas que yo, ni que vayas tan distinta cada día, pero debes comprender que robar no está bien. ¿Cuántos trajes quieres tener? Si al final el año solo tiene trescientos sesenta y cinco días nada más. ¿Es necesario estrenar un traje nuevo todos los días?  

La bandida felina se volvió a quedar estupefacta al oír las sabias palabras de Robertín, con lo que casi comprendió que su padre lo escogiera a él para luchar contra los villanos de Badajotham. Sin embargo, cayó en la cuenta que, por lo que había hecho, cuando llegara a su casa su padre la iba a castigar sin ver la televisión y se echó a llorar como una Magdalena.  

—¿Por qué lloras ahora?  —Le preguntó Batman, quien se había puesto la máscara de nuevo y había dejado de ser su padre para convertirse en el mayor defensor de Badajotham.  

—¡Porque cuando llegue a casa me vas a regañar! —Grito desconsoladamente la niña, sin dejar de ponerlo perdido todo con los ríos de lágrimas que le salían de los ojos.  

—Es lo que te merece por traviesa.  

—No, tito… digo Batman… Hay una solución.  

—¿Qué solución es esa? —Preguntaron padre e hija al unísono.  

—Como vosotros sabéis —Dijo el inteligente niño sin inmutarse —, yo soy un estudioso de las aventuras de los súper héroes.  

—Sí, lo sabemos —Respondió Batman poniendo de nuevo voz de justiciero.  

—Pues en los comics, siempre que un villano quiere enmendar sus errores del pasado, se puede cambiar de bando y en vez de hacer el mal, combatirlo. Mercurio y su hermana Wanda empezaron en la Hermandad de Mutantes diabólicos, al final se dieron cuenta de su error y se unieron a los vengadores. Gatabella Distinta podía hacer lo mismo.  

La idea del espabilado discípulo de Batman dejo estupefacto a este y a su hija. Matildita se puso la máscara y dijo:  

—¡ Si mi padre no tiene ningún inconveniente, por mi perfecto! ¿Cuándo empezamos a meter a los malos en la cárcel? 

—Ahora mismo —Dijo el justiciero enmascarado sacando su voz más grave y tétrica.  

Los tres se montaron en el Bati-Range Rover y siguieron buscando pistas que consiguieran llevarlo hasta los miserables secuestradores de ovejas y perros.  

Robertín tenía ciertas sospechas sobre el tipo de plan malvado   que podía estar detrás de aquel rapto. Ovejas y perros juntos no podía ser más que una conspiración pajeril. Sin embargo, también era un hombre de honor y sabía que si hacia participe a Batman y Gatabella de sus posibles pesquisas, traicionaría la palabra dada a Francisquito, por lo que prefirió callarse.  

Gatabella Distinta estaba muy nerviosa, se disponía a intervenir en su primera misión como súper heroína y no sabía muy bien cómo comportarse. Su primo, que era más listo que el hambre, se dio cuenta y le dijo:  

—No te preocupes, veras como lo haces muy bien. Es muy parecido a ser súper villana, pero en este caso en vez de arrearle a los buenos, los mamporros se los tiene que atizar a los malos.  

Matildita miró a su primo Pepito, siempre le había tenido un poquito de envidia y ahora sabía porque: era el niño más guapo, más listo y más obediente del mundo mundial. Sin pensárselo le dio dos besos, uno por mejilla.  Para después, con una sonrisa reluciente, decirle:  

—Bueno, lo de pelear como sé karate y boxeo lo tengo fácil, pero que les digo a los malos cuando luche con ellos, yo estaba acostumbrada a decir cosas como: «¡No me podréis detener botarates!» o «¡Voy a conquistar el mundo de la moda!» 

—Eso es muy fácil, tu padre tiene tres frases que usa muchísimo y que le dan resultado. Cuando sorprende a los malos les dice: « ¡Calma que la tila está escasa!», cuando les da un sopapo tiene la de: «¡Ahí va esa peladilla!» y cuando los tortura: «¡Habla o te dejo chato para toda la vida!».

—¡Qué guay! —Dijo la ex villana poniendo los ojos como platos —. ¿Y tú qué es lo que les dice? 

—Yo tengo cuatro frases, pero las cuatro sirven para lo mismo, que no es para otra cosa que para no pegarles en silencio, que además de aburrido, está la mar de feo.   

—¿Cuáles son? —Comenzó a impacientarse Gatabella Distinta.  

—La primera es: «¡Toma jarabe de palo!»,  la segunda es: «¡Aún quedan tortas en el horno y esta es para ti!», la tercera: «¡Chúpate este polo helado!» y la última la uso cuando doy una patada : «¡Toma este pastel de suela!» 

—¡Qué chulis!  

—Pues dime cual es la que más te gusta que yo te la presto, y si te gusta mucho te la doy para ti para siempre.  

—Es que no sé, me gustan todas… 2657e8441c86576 

—¡Silencio un momento! —Los interrumpió Batman con su voz lúgubre —. En la ermita abandonada he visto algunas luces, puede que sea allí donde los secuestradores tengan a los animales encerrados.   

Paco Wayne aparco su vehículo blindado a una distancia prudencial de la ruinosa iglesia. Ordenó a sus jóvenes ayudantes que se bajaran de él y lo siguieran en silencio.  

Gatabella, a pesar del cursillo acelerado que le había dado Robertín, seguía con los nervios a flor de piel y hasta le temblaban las rodilla. Su primo se dio cuenta, la cogió de la mano y le dijo:  

—No te preocupes que te vas a portar estupendamente.  

Matildita miró a Pepito y le volvió a sonreír.  

Conforme fueron acercándose al antiguo templo, las sospechas de Batman se fueron confirmando. Numerosos balidos y ladridos se podían escuchar procedentes del interior del destartalado edificio. 

—¡Pepónguino, haz el favor de callar a esos animales!  

—No puedo Jokerfita, son muchos y cuando consigo que algunos estén en silencio, son otros los que  se ponen a hacer ruido. ¡Es un no parar!  

—Pues como sigan armando escándalo, más pronto que tarde tendremos aquí al endemoniado Batman y su ayudante Robertín.  

—No digas pronto, ¡di ahora! —Gritó el hombre murciélago saliendo de entre las sombras.  

Descubrir que eran Jokerfita y su fiel ayudante Pepónguino los que se encontraban detrás del secuestro de los inocentes animalitos, no fue ninguna sorpresa para Robertín, pues sabía aquellos dos eran muy pajeros y ya no tenía ninguna duda sobre los verdaderos motivos de llevarse a todas las ovejas y los perros del pueblo: montar un parque de atracciones para que la gente fuera a jugar a lo de las “pajas”. 

A Robertin nunca le había caído bien Jokerfita, incluso cuando se llamaba Rafita y simplemente era un niño repelente con unas gafas horribles. Él día que se calló en la bañera de productos químico que su madre tenía preparada para teñir la ropa, no solo se le quedo la cara blanca y el pelo verde para siempre jamás. Sino que la boca se le quedó congelada en el tiempo, tal como si estuviera posando para una fotografía y estuviera siempre diciendo patata.  

Una vez obtuvo sus poderes de súper villano, le compró un traje finolis al Pepón, un sombrero, un bastón y lo bautizó con el nombre del Pepónguino, porque era lo que parecía con aquella ropa: un pingüino muy grande y muy gordo.  

Como eran tres para dos, y dado que Gatabella tenía poca experiencia en aquello de combatir al mal, Batman decidió que él se enfrentaría al Jokerfita y que sus dos jóvenes ayudantes combatirían al otro.  

El villano del pelo verde, que también sabía kung-fu y boxeo, intentó golpear al mayor y más grande justiciero de Badajotham, pero este lo esquivo diciendo una de sus célebres frases:    

—¡Calma, que la tila está escasa!  

Y a continuación le dio un mamporro que, aunque no lo noqueó del todo, lo dejo un rato viendo como unas estrellitas que bailaban con pajaritos daban vueltas alrededor de su cabeza.  

Por su parte, Robertín y su prima no tenían una tarea fácil. Peponguino, a pesar del horrible traje, era un niño muy fuerte y muy bruto. A él no le hacía falta saber luchas orientales ni nada, primero porque había que darle muy fuerte para que le doliera, segundo porque simplemente con que tuviera la oportunidad de darle un mamporro a sus adversarios los dejaba durmiendo una semana.  

En el momento en el que combate estaba en su momento cumbre, apareció en escena un nuevo villano: Juanito Dos caras. Héroe salvador en el colegio, maltratador de animales en casa…

 

—¡Pepito, venga arriba  que ya es la hora de ir al colegio! —Me dijo mi hermana Gertrudis con su voz más dulce.

¡Qué coraje me daba que me despertaran en lo mejor de los sueños! Ya nunca jamás podría saber quién ganaba si los buenos o los malos…Y lo que era peor, me quedaba sin saber si el trío de malvados montaban el parque de atracciones o no.

Pensé en decirle a mi hermana que me dejara cinco minutos más en la cama, por sí atrapaba el sueño por donde lo había dejado y me enteraba de como terminaba. Pero me acordé de la promesa que hice de portarme bien y me levanté como un rayo, pues si no lo hacia lo más probable es que apareciera Doña Sargento refunfuñando y seguro que me quitaba  unos cuantos puntos de mi cartilla de niño bueno.

Me vestí y me aseé todo lo rápido que pude. Terminé tan pronto que hasta tuve que esperar a Juanito.

La verdad es que no sé porque me di tanta prisa, aquel día fue de lo más aburrido. Lo único que pude poner en mi diario fue: « Lunes diez de abril de 1978. He ido al colegio, he hecho unos cuantos problemas de sumar y restar, he leído un trozo del Quijote y he guardado el luto muy bien en casa.» Quise añadir unas cuantas cosas más para leérselas a Francisquito, pero como vi que no eran interesantes, preferí no escribirlas para no aburrirlo.

El martes fue igual de aburrido. Lo único que creo que a mi hermano se le ha pasado la moda de jugar a lo de las pajas, porque aunque se lleva las horas encerrado en el baño o en su cuarto. Mi perrita no está con él y Gertru no se pelea con él, ni lo llama niñato pajillero. Lo más seguro que se le haya quitado la costumbre, Juanito es muy veleta y se cansa enseguida de todas las cosas que hace. ¡Mejor! Solo de imaginarlo con mi perrita me entraban las siete cosas.

Como esas cosas no las iba a poner en el diario (no fuera a ser que mi madre lo cogiera y lo leyera), hice igual que el día anterior, puse la fecha, los deberes y hablé un poquito de las comidas que puso mi madre.

El miércoles si me pasó una cosa gorda. No es que fuera interesante, pero si era para contársela a mi primo Francisquito (y de paso si mi madre le daba por curiosear, también se enteraba, pues escribir no es lo mismo que chivatear).

Como el Juanito no estaba siempre por la parte del patio del recreo en la que yo me pongo a jugar con mis amigos. El Rafita, que me la tiene jurada desde el día que me fui detrás de ellos a la vieja Ermita, cuando no ve mi salvador cerca, aprovecha para atosigarme y si fuera él solo, al menos podría defenderme, pero es que viene con el Pepón que arrea unos sopapos que te dejan turulato del todo.

—¿Mira quién tenemos aquí, Pepón? —Dijo como si fuera la primerita vez que me veía en toda su vida.

Se ve que fui muy descarado buscando a Juanito con la mirada, porque el Rafita me dijo:

—¡Tu hermano no está por aquí, está jugando en el campo de futbol! Así que hoy no tienes nadie quien te defienda, ¡so gallina!

No sabía quién me daba más miedo, si el Rafita con su repelente voz o el Pepón golpeándose los nudillos con la palma de la mano. Mis compañeros de clase al ver que se avecinaba bronca, se fueron corriendo de allí y me dejaron solito, no fuera ser que se escapara una torta y le diera a ellos.

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Se ve que aquellos dos no tenían ganas de mucha bronca, porque simplemente me pegaron dos o tres empujones, me cogieron por el cuello de la camisa, me dijeron dos o tres veces que no era tan valiente cuando no estaba mi hermano y el Pepón de despedida me pegó un cosquí  que me pico un montón. Pasé más miedo que dolor.

El día más interesante de toda la semana fue el jueves por la tarde: el día de gimnasia.  Como me quedé con la intriga de saber si Matías, el profesor de gimnasia, y la Yaque a lo que jugaban era a los médicos o los actos impuros, sin que se dieran cuenta los otros niños, me puse mi traje de Pepito Bond y me  escondí en uno de los cuartitos donde estaban los retretes.

Los demás chavales echaron por lo menos veinte minutos en cambiarse, lo podrían haber hecho más rápido, pero como se liaban con las guasas tardaron un poquillo más. Cuando se cansaron de hablar de Pirri, de Camacho, de Santillana, de quien metía más goles y todas esas cosas, se marcharon.

En el momento que me quedé solo me empecé a impacientar, porque como tardaran, mucho iba llegar tarde a casa y seguro que mi mamá sargento me reñía.  Sabía que me arriesgaba a que me quitaran puntos de mi cartilla de niño bueno, pero es que si no espiaba al profe de gimnasia tampoco iba a tener muchas cosas nuevas que contarle a mi primito. Dos días en la granja y sin temas de conversación interesantes, podían llegar a ser la mar de aburridos.

Deje de pensar y hablar bajito conmigo mismo, cuando vi que se abría la puerta de los vestuarios. Cuál fue mi sorpresa al ver que en vez del profe de gimnasia, él que entró fue el Pepón con su bolsa de deporte. ¿Qué hacia aquel niño pegón allí? ¿Por qué no se había cambiado delante de los demás?

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Lo que más me llamó la atención es que también estaba nervioso, como si temiera ser descubierto por alguien. Se quitó las zapatillas, después las medias de deporte y al final las calzonas. Se dejó la camiseta puesta, se puso los pantalones, los calcetines y los zapatos que traía en la bolsa.

Me pareció muy raro que el grandullón se quedara con la parte de arriba de la equipación puesta, es más antes de desnudarse, se asomó a la puerta por si viniera alguien como si tuviera algo que ocultar.

Una vez se quitó la camiseta, me di cuenta porque se andaba con tanto misterio: tenía toda la espalda cubierta con ronchas circulares, era como las pupas del sarampión, pero mucho más grande y feas, pues eran como del tamaño de un cigarrillo. ¡Cómo le tenía que picar!

No se había puesto todavía la muda limpia, cuando me entró unas ganas enormes de estornudar y, por mucho que intenté evitarlo, no pude hacerlo.

¡Aaaaassshissss!

—¿Quién anda ahí? —Preguntó el niño pegón terminándose de vestir.

La verdad que estaba hecho el peor agente secreto del mundo mundial. ¿Cuándo estornudaba James Bond en plena misión? Nunca. Como estaba claro que no era un buen espía, opté por no contestar a ver si así me convertía en el niño invisible.

Una a una, Pepón fue abriendo las puertas de los cuartitos, hasta que me encontró.

—¿Qué haces aquí, mierdecilla?

—Nada… que me ha…bía entrado ganas de ha..cer ca..ca.

—¡Mentira! ¡Me estabas espiando!pepito bond descubierto boceto

Aunque aquello era una verdad a medias, porque yo a quien realmente quería espiar eran a la Yaque y al profe de gimnasia, la cara de enfadado de aquel niño me daba tanto miedo que me limité a negar con la cabeza.

—¿Qué es lo que has visto? —Me preguntó cogiéndome por el cuello de la camiseta. ¡Qué manía tenía con ponerme la ropa grande!

No dije esta boca es mía, porque le dijera lo que le dijera no se lo iba a creer y me iba a dar un sopapo de todos modos. Con lo que le, como dice mi madre « El que calla otorga» y yo estaba otorgando   que lo había visto todo bien clarito.

Lo que pasó a continuación me dejó un poco estupefacto, el Pepón más que enfadado parecía asustado porque yo hubiera descubierto lo de su extraña enfermedad, como si se avergonzara de ello.

—¡Cómo tengas huevos de contar algo, Don Benito se te va hacer chico para esconderte! —Al decir esto, apretó fuertemente mi cuello y acercó su puño a mi cara para atemorizarme.

—¡Niños! ¿Qué hacen peleándose? —Era la voz de Matías, nuestro profe de gimnasia.

No sé qué habría pasado, sino hubiera aparecido para separarnos, pero por la cara que me puso el Pepón, aquello no se había terminado sino que, como en los comics que yo leía, continuaría en el próximo episodio. Era la primera vez en mi vida que no tenía ningún interés en saber lo que pasaba después.

Tras largarnos una pequeña regañina, nos dijo que nos fuéramos para casa y que no nos peleáramos más. Estuvo un rato en la puerta de los vestuarios vigilándonos, como vio que nos comportábamos se metió otra vez para adentro, seguramente para esperar a la Yaque para jugar con ella.

En cuanto el profesor nos quitó la vista de encima, puse pies en polvorosa porque no quería que aquel niño siguiera con su interrogatorio, sobre todo porque la camiseta que llevaba era mi favorita y no quería que me la estropeara.

Como estaba claro que el estar gordo te hacia correr menos, en dos o tres calles conseguí perderlo de vista.

Al llegar a casa, tuve que escuchar la obligatoria bronca de mi mamá por llegar tarde. No sé porque se enfadaba tanto, si lo que me estaba diciendo es que se había asustado pues se creía que me podría haber pasado algo. Hasta a punto de mandar a Juanito a recogerme estuvo y todo.

Una vez mi madre se cansó de decirme lo muy preocupada que estaba y el susto que le había hecho pasar, me ordeno que subiera a ducharme y a ponerme el pijama. Con lo que estaba claro que la había fastidiado y que había perdido por lo menos cuatro puntos en mi carnet de niño bueno.

Cenamos a la misma hora de siempre y me fui a la cama nada más terminar. Aunque mi madre no había dicho para nada que me iba a castigar sin ir a la granja por lo que había hecho, yo me temía lo peor. Estaba tan tristón que ni tenía ganas de escribir en mi diario, pero como era algo que debía hacer si, por un casual de las  casualidades, todavía podía ir a casa de mi Primo Francisquito, lo hice.

 

«Jueves, 14 de abril de 1978 

Hoy Pepito Bond estando espiando, ha descubierto una extraña enfermedad que el Increíble Pepón tiene en la piel.  

Un estornudo ha sido la causa de ser descubierto por el villano, quien lo ha amenazado con matarlo si revela su secreto.  

La aparición del profe de gimnasia ha hecho que la lucha quede en tablas. 

No se sabe qué pasará cuando los dos adversarios se vuelvan a encontrar »

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