La fiesta de las Coca-colas

23 de agosto del 2012 (03:00 pm aprox.)

***Mariano***

Es la Hora de la Gran Misericordia, el astro dorado se alza sobre nosotros, amenazando con tostar a fuego lento a todo aquel que cometa la insolencia de ponerse al alcance de sus rayos. Flechas invisibles que derrotan poco a poco nuestras defensas y, que sin la debida protección, obtener ese moreno deseado, nos costará una piel calcinada, temerosa de cualquier contacto.

A pesar de que la brisa marina mitiga un poco el castigo del sol y de vez en cuando nuestros pulmones se inflan de oxigeno húmedo,   un calor insoportable parece manar de la ardiente arena, provocando que nuestra sofocada piel transpire sin cesar, de un modo que llega a ser hasta molesto.

Tras recoger la mesa y recoger en unas bolsas de basura los restos del almuerzo, me he vuelto a untar protector solar.  Sorippegy se ha ofrecido a ayudarme para extenderlo por la espalda. Se ha esmerado tanto que un momento determinado he creído que más que embadurnarme con la crema, me estaba pegando un mansaje relajante.  Una vez provisto de una pequeña coraza para defenderme de los rayos uva, me he sentado en una de las butacas y me he refugiado bajo una de las sombrillas.

Cualquiera podría suponer, a simple vista, que esta pequeña cala podría ser el lugar idóneo para relajarse del mundanal ruido. No obstante una cosa es la teoría y otra la práctica, pues relajarse parece una misión imposible, debido a la enorme escandalera que tienen montada las Másqueperras y JJ, que no es solo que charlen como cinco buenas cotorras, sino que parece que el único modo que tienen de hacerlo es al mismo volumen que los vendedores de la plaza de abastos pregonan sus productos.

Estoy súper cansado, mis perjuicios por “el qué dirán” se han estado revolcando toda la noche conmigo en la cama y apenas he podido pegar ojo. Me gustaría poder darme una pequeña siesta, o al menos, tenderme en la toalla y relajarme un poco. No obstante, creo que no lo voy a conseguir. Creo que mis acompañantes echan muchísimo de menos las tertulias “culturales” televisivas de la sobremesa y están dispuestos a montar la suya propia. ¡Ay, Dios mío, sálvame, soy un náufrago!

Si yo estoy un poco incómodo con tanto jaleo, no quiero ni pensar cómo se deben encontrar Isi y su mujer. La verdad es que al pobre hombre le estamos dando el día de playa, entre el jaleo  que tenemos montado y el corte que le he pegado hace un rato, me parece que, por mucho que le gusten las canitas al aire con las personas de su mismo sexo,  mañana se lo piensan antes de volver por aquí.

He de reconocer que el tío está cantidad de bueno y me atrae un montón. Sin embargo, cuando se ha acercado para hablar, la chulería con la que se ha dirigido a mí, haciendo de juicios de valor y tal, terminaron sacando mi lado más borde y he sido con él de lo más cortante. Así que no creo que vuelva a querer intentar nada conmigo. Lo siento, pero no soporto a los perdonavidas, es algo superior a mis fuerzas.  Ya bastante tragué cuando estuve saliendo con el prepotente de Enrique.

Aun así, aunque me cueste admitirlo, su presencia me excita muchísimo. Ha sido dejarme solo y mi mente calenturienta se ha montado un sueño sexual con él, me he puesto súper cachondo y, cuando JJ me ha despertado, he visto que tenía una erección de padre y muy señor mío. ¡No he pasado más vergüenza en la vida! No sé por qué, la única salida que vi para quitarme de en medio fue la de pegarme un chapuzón. ¡Qué bochorno, cuando pase por delante de Isi y su mujer! ¡Seguro que se dieron cuenta de lo empalmado que iba!

Menos mal que cuando he regresado a nuestro pequeño “campamento”, Espe me dejó en paz, no prosiguió con sus pesadas bromas y nos centramos en preparar la mesa para almorzar. A mí no es que me haga mucha gracia comer en la playa, con la arena y tal, pero me he guardado mi descontento para mí, he sacado mi mejor sonrisa a pasear y no he puesto ninguna pega. Creo que ya he cubierto mi cupo de ser desagradable con la gente y tampoco quiero que las cuatro “folclóricas”, que tampoco son tan mala gente, se lleven una impresión equivocada de mí.

Durante la sobremesa, las lenguas viperinas de las cuatro travestis se transformaron en navajas de Albacete, dispuestas a despellejar a cualquiera que saliera a coalición. Les ha dado por  poner verde a los dueños del restaurante “El Nacional”, Albert y el Trotón,  y eso de que esté saliendo con una mujer ha sentado nada más que regular a todos, incluso a Guillermo. Por lo visto estuvo con él y eso de que sea bisexual le suena más falso que un billete del rey Manolo III.

Como no puedo vencer al enemigo, salgo de mi refugio y me incorporo a la tertulia. Es Soryppeggy la que, al ver que me uno a ellos, me hace un sitio a su lado.

En el momento que me siento junto a ellos, Caro intenta cambiar de tema con un local de intercambios que hay en mi pueblo, pero está claro que la inquina que le tienen al catalán es superior al interés que puedan tener por las parejas liberales, pues Espe, a la primera de cambio, vuelve a la carga con el tema de Albert.

—Sí, muy bonito, cariño, todo eso de todo el mundo follando con todo el mundo el sábado por la noche y el domingo a misa. Seguro que el Naranjito y su novia también hacen lo mismo.

—Pero a ese se le haría la boca agua mirando las pollas de los tíos —Interrumpe Guillermo con cierto desagrado —, ¡como si lo viera!

—Lo que yo no sé es porque se ha ido a vivir con una mujer —Insiste Sori—, si no le gusta no empalmara siquiera.

—Tampoco con los tíos lo hace —Asevera el novio de mi amigo en un tono sarcástico.

—¿Y eso? —Pregunta Caro.

—Porque se pone hasta el culo de todo.

—Entonces, según vosotros —Interviene Susana, la travesti trianera,  quien pone cara de estar hasta el coño de que ataquen a su amigo —¿Por qué se ha ido a vivir con la jerezana?

Aunque Guillermo está a punto de contestarle, no le da tiempo pues Espe se le adelanta:

—¿Por qué va a ser, alma de cántaro? Porque «A quien buen sol se arrima, buena sombra le cobija». Este niñato, además de un embustero y un engachao de cojones, es un “aprobetxategui”.

—¿Aprobetxategui? —Pregunta Caro con su particular voz de habitante de la Inopia.

—Sí, es una palabra que me enseño un novio vasco que tuve. Una que tiene mucho corrido…

—Más bien se te han corrido muchos —La interrumpe Sori sacándole la lengua con cierta sorna.

—¡Qué puta y qué envidiosa es mi hermana! —Le responde encogiendo la nariz y apretando los labios —¿Por dónde iba?

—Yo te había preguntado qué era eso de “Aprobetxategui”.

—Sí, cariño, ahora si la vallisoletana envidiosa por no haberse comido la mitad de pollas que me he comido yo, me deja, te lo explico —A la vez que habla para todos,  mira sonriendo de refilón a su amiga Sorippeggy.

—Tiene usted todo mi permiso, Señora Marquesa.

—Bueno, pues “aprobetxategui” es un vocablo vasco y se le aplica a aquella gente que no es que solo sean unos aprovechados, sino que van liderando las ideas ajenas.

—¿Y eso? —Ahora quien pregunta es JJ.

—Pues muy fácil, churrita mía. Un poner que a mí se me ocurre salir a cantar vestida de negro para resaltar más aún mi delgadez, se lo pregunto a él, me da su visto bueno y es un éxito. Pues después va diciendo por ahí que ha sido idea suya.

—¿Y si es un fracaso? —Pregunta Guillermo.

—Entonces dice todo lo contrario, que él te había dicho que no lo hicieras y te han salido mal las cosas por no seguir sus consejos. Eso, ni más ni menos, es un “aprobetxategui”.

—Por lo que sé de él, le viene que ni pintado —Responde el novio de mi amigo levantando un pulgar en señal de estar completamente de acuerdo.

—A partir de ahora, no le vamos a llamar Naranjito, sino Aprobetxategui —Sentencia Sorippegy con la boca llena de risa.

—¡Seguid, seguid, burlándose de mi amigo! —La voz de Susana está llena de acritud —. ¡A ver si se mordéis la lengua y os envenenáis!

Al igual que en anteriores ocasiones, ninguno de los presentes le hace demasiado caso a sus rabietas y prosiguen con su conversación. Quien toma el turno de palabra en su particular baturrillo dialéctico es Caro.

—¡Pues anda que conozco yo pocos “aprobetxateguis” de eso. ¿Tú sabes que hay un Youtuber que me imita y no solo no es que no me pague ni un duro, sino que ni me ha pedido permiso? Es más una vez le mande un post y la muy HDP me bloqueó.

—Hombre, maricón, imitar a una imitadora no creo que tenga muchos derechos de autor. En todo caso, conociéndote, lo que hará es parodiarte.

De nuevo, nadie entra al trapo en las provocaciones de Susana, tengo la sensación que la pequeña llamada de atención de Guillermo ha tenido efecto.

—Es que los niños de hoy, como se han criado con el rollo de Internet, dónde todo es público y con el tema de la piratería, no respetan los temas de los derechos de autor —Sorippeggy se ha puesto tan seria al decir esto, que hasta le ha salido voz de señor y todo —Nada más que tienes que ver cómo van vestido por el ambiente, con falsificaciones, malas que te cagas. Por lo menos nosotros, en nuestro tiempo, nos poníamos imitaciones que se parecieran el máximo a la marca original.

—Y luego lo afeminado que son toda esta juventud —Recalca JJ.

—¡Qué me vas decir, maricón!,  si el ambiente cada día está peor, es más difícil encontrar un activo con una buena pinga  que te toque la BonoLoto. Ni lo que había en mi época, que los gays estaban encerrado en un armario con cuatro candados y en la mayoría de las veces casados para callar las malas lenguas, ni lo que hay ahora que parece que han soltado la jaula de las locas. A veces cuando veo a los chicos jóvenes en Ítaca, tengo la sensación de que están compitiendo constantemente por ver quién es más maricón. No se entera que a la hora de mariconear «Lo importante no es ganar, sino fornicar.»  —Recalca de un modo grandilocuente Espe.

—¿Tu época cual fue la de la edad de bronce o la de hierro? —Pregunta Susana intentando hacer un chiste con su habitual antipatía. La pobre es un claro ejemplo de que ser de Sevilla y tener mucho malaje, son dos cosas perfectamente compatibles.

—La edad de la vaca que te parió, ¡so puta! —Responde la madrileña, quien esta vez no puede hacer caso omiso de sus palabras.

—¡Uy, tía! No te pongas así, que no aguantas ni una patada en el coño. Si todas tenemos que llegar a tu edad —Intenta justificarse la trianera, al ver que su broma no ha hecho gracia a nadie.

—Sí, pero no todas vais a llegar hechas una sílfides como yo —Dice la rubia pasándose orgullosa el torso de las manos desde su cuello hasta su pelvis.

—¿Una sílfides? ¿Eso no es una enfermedad? —Pregunta Caro en voz baja, como si le diera vergüenza ser tan ignorante.

—No, maricón. Entre porro y porro, podías leer un poquito que, como sigas así, se te va a encoger el cerebro y no te vas a poder poner ni la peluca. «El que lee mucho y anda mucho, al final liga mucho y folla mucho.» —Responde la rubia con su particular graciejo—. La sífilis no tiene nada que ver con las sílfides. La sífilis es lo que te puede pillar si follas con un tío que tenga el nabo infectado y las sílfides son los espíritus del aire que están tan delgadas y divinas de la muerte como yo.

—¡Ah! No lo sabía…

Durante un momento todos nos quedamos mirando a Espe y nos comenzamos a reír a carcajada limpia. No tengo claro si Caro es así de boba o todo es un papel que se tienen montado para hacer la gracia. Tengo la sensación de que al igual que en el circo hay un payaso listo, estas cuatro tienen su travesti tonta.  Sea lo que sea, a ella no parece molestarle y se une a nuestras risas como si no le afectara que nos burlemos de ella.

—¿De verdad, crees que gente joven tiene tanta pluma? —Interviene Sory que lleva todo el tiempo sentada a mi lado, actuando de un modo que se asemeja mucho al acoso —. Yo la verdad que lo que veo por ahí, entre la gente joven, es mucho musculo, mucho pelo y mucha barba, lo que viene siendo el prototipo de macho ibérico de toda la vida de Dios.

—¿Macho ibérico? ¡Mamarrundias! —Espe dice esto moviendo enérgicamente la cabeza para dejar claro que no está de acuerdo con nada de lo que ha dicho su amiguita del alma —. Yo no te voy a negar que las nuevas generaciones cuiden más su aspecto que lo hacía nuestra generación…

—Sí, se llevan todo el puto día haciéndose “selfies” y subiéndolos a las redes sociales —Interviene Guillermo, dándole un poco la razón.

—Sí, están a todas horas poniendo morritos y mirando al móvil como si estuvieran posando para el “Vogue”. Ahora porque me he puesto una camiseta amarilla, ahora porque me estoy tomando un café, ahora porque estoy parado en un semáforo, ahora porque me pica el culo… Se han metido tanto en la mecánica del Gran Hermano, que no tienen concepto de la intimidad y son capaces de hacer lo que sean por tener un millón de amigos pinchando el botón de me gusta.

—Y los niños tan guapísimos que hay en el Instagram ese, Espe —Dice Susana con una voz que intenta parecer sexy, pero suena entre patética y empalagosa.

—Sí, no te lo voy a negar,    pero todo es postureo, puro y duro. A las petardas esas me gustaría verlas recién acabadas de levantar, después de una noche de resaca… ¡Porque ahí que ver lo puestísimos que van de todo cuando salen de marcha! —Prosigue la rubia— «La mona por muchos “selfies” que se haga, sigue siendo una mona sin bragas».

—Habrá como todo, gente más guapa y más fea—La interrumpe Sory, en un intento de hacerle ver que no tiene razón en lo extremista de su argumentación —.Ser joven no es una garantía de nada.

—Sí, de ser muy femenino, porque por muchas horas que pasen en el gimnasio, mucho vello que tenga en el cuerpo y mucha barba que se dejen. La gran mayoría tienen más plumas que nosotras cuatro juntas. Para mí que todos ven TeleFive y todos sueñan con ser tan ricos, tan famosos y tan maricones como la camarilla del Jorge Javier ese.

—La gran mayoría, la gran mayoría… A mí las generalizaciones no me gustan un pelo, porque encierran muchos falsos prejuicios —Digo intentando no sonar borde y con mi tono de voz más amable.

—Sí, pero cada vez son menos los que presumen de su masculinidad. No como en mi época que los tíos que una se ligaban eran machotes por los cuatro costados.

—Tía, es que en tu época lo que se llevaba era el modelo Alfredo Landa, chiquitito, con mucho pelo y cara de bruto. Ahora se lleva más los chicos tipo Pablo Alborán…

La puyita de Susana es ignorada por todos y la rubia prosigue con su pequeño soliloquio.

—Yo, por no caer en el vicio de meterlos a todos en el mismo saco, a los mariquitas modernos los catalogo en tres grupos. Las musculocas, tíos adictos a las pesas y con más músculos que aquí los colegas —Al decir esto señala a Guillermo y a mí—, pero tan femeninas que lo primero que te dicen cuando te ven, y para fardar de lo mucho que ligan, es que les duele el coño de tanto follar. Luego están los mamaosos, aunque los hay también con cierto musculo, por lo general son gorditos o fofisanos como se autodenominan ellos ¡Eso sí!, todos con más pelos que el potorro de la Pantoja y con más plumas que una vedette en el número final.  Luego por último, están los que son unas señoritas de pies a cabeza y se dejan la barba en un intento de parecer hombrecitos y a las que he bautizado por Barbis supertar

—Yo las llamo mariosasDice JJ con su habitual desparpajo.

—¡Uy, qué bueno! ¡Me gusta y te lo copio! —Contesta la madrileña haciendo un gesto de lo más femenino con la mano.

—Tú con tal de poner faltas, eres capaz de escribir un libro —Protesta Susana.

Me da la sensación de que la trianera está hasta el mismísimo de que Espe sea el centro de atención y que todo el mundo pase de ella del modo que lo hace, por lo que cada vez muestra más acritud hacia ella y de un modo más descarado.

—¡Mamarrundias, guapa! Yo no estoy criticando la pluma de los chavales, lo que estoy criticando es que a primera vista te crees una cosa y después es otra…

—Lo que vienes siendo que no se corresponde el envase con el contenido —Dice Sory a la vez que vuelve a rozar disimuladamente su rodilla con la mía.

—Lo mismo es que hay que empezar a no tener tantos prejuicios establecidos y tratar a cada persona de manera particular —Sentencio con una voz bastante firme,  a la vez que, disimuladamente, separo un poco mi silla de la de la vallisoletana que se está convirtiendo en una lapa bastante incomoda. No quiero ser borde, pero tampoco me gustaría que se llevara una idea equivocada y tener que darle un soberano corte.

JJ que se da cuenta que me he puesto bastante serio, corta por lo sano y dice:

—Bueno, Marianito, no nos vayas a meter un discurso de los tuyos que aquí hemos venido para pasarlo bien, no para sacar un tratado filosofal de esos que tanto te gustan a ti.

Odio cuando me trata así, entiendo perfectamente que lo hace para evitar malos rollos con la gente, pero me da la impresión que me ningunea porque está tan a gusto en ese mundo frívolo que se ha ido construyendo, que cualquier cosa que trastoque levemente ese habitáculo artificial, le molesta.

—¡Espe, me parece genial todo ese rollo de clasificación que nos has metido, pero no estoy de acuerdo porque hay mucho musculito, mucho oso y mucho tío con barba muy masculino.

—¿A que le llamas mucho, Sory? Defíneme mucho.

—A lo que viene siendo un cincuenta por ciento de la población de maricones.

—Maricón, has sonado más falso que el ministro de trabajo cuando da las cifras de bajada del paro. ¡Maquillaje y mentira en estado puro!

—No creo que mi chico y mi amigo sean una rara avis en el ambiente —Argumenta JJ con un tono de voz bastante calmado — Hay mucho mariquita disfrazado de machote, pero eso no quiere decir que todos lo sean…

—¡A ver, a mí no se me ocurre ninguno, que tenga menos de treinta años, con barbas y demás que no tenga plumas! ¡Dime tú uno!

—Ramón —Sentencia JJ sin apenas dejar de terminar la frase a la rubia madrileña.

—¿De qué Ramón estás hablando, maricón?

—De Ramón Spike.

Lo de Spike me suena a Buffy caza vampiros totalmente, por lo que no puedo contener la curiosidad y, con mi mejor cara de imbécil, pregunto:

—¿Quién es ese?

—¡Ay, hijo mío! Es menester que te actualices un poquito que, por si no lo sabes, llevamos doce año en el siglo XXI.

—Bueno, muy bien y muy bonito —Dijo en un “tonito” que le dejo claro a JJ que sus gilipolleces me empiezan a tocar los huevos — ¿qué coño tiene que ver mi supuesta desactualización con que a un tío se llame (o le llames, que todo es posible contigo) Spike de apellido?

—¡Eso, eso! —Dice Sory, quien de un rato para acá parece haberse convertido en mi mayor defensora, moviendo la cabeza enérgicamente —Porque yo tampoco me entero de quien estáis hablando.

—Pues lo conoces de sobra, maricón —Interviene Susana haciendo alarde de su mala folla característica.

—¿Quién es so lista? ¿Uno que vive en tu barrio? ¡Cómo vives rodeada de gente tan importante y famosa!

—Ese no tiene la categoría suficiente pa vivir en Triana. Fue el que ganó el año pasado el premio de Mr Oso en el Orgullo.

—¡Ah, el cocacolas! —Dice la vallisoletana poniendo cara de asco.

—¿El cocacolas? — Pregunto un poco cabreado, porque cada vez me entero de menos.  Tengo la sensación de venir de otra galaxia.

Esto de que le tenga un montón de motes puesto a todos aquellos que conocen me mosquea un montón, pues a saber lo que dicen de mí cuando no estoy. Lo peor es que, como el mundo del ambiente gay en Sevilla es tan pequeño, seguro que conozco al tal Ramón Spike , cocacolas o como quieran llamarlo.

—Sí, cariño —Sory, aprovechando la excusa de mi pregunta, se vuelve acercar a mí, de un modo tan meloso como acosador —El muy mamarracho iba a organizar una fiesta de inauguración de un chalet megacaro  que se compró en una urbanización privada y me propuso que las Masqueperras amenizáramos la velada con nuestro arte. Lo hablé con mis amigas y, aunque íbamos sin cobrar, lo que viene siendo de balde, no me pusieron ninguna pega pues supusieron que, al menos, podríamos ponernos hasta el culo de gin-tonics gratis.

—¡A esta puta lo que le pasó es que se creía que iba a pillar cacho entre tanto macho que había allí! Pero como en este mundo cruel, no se ha hecho la miel para la boca del burro, le terminó saliendo el tiro por la culata y por eso está protestando tanto.

La voz de Susana, con ese tono entre esa cuñada que lo sabe todo y verdulera de la plaza de abasto, cada vez se me hace más insoportable. No obstante, lo que peor llevo, son sus constantes interrupciones que no tienen ni puta gracia. Incapaz de tragarme más impertinencias por su parte, adopto una aptitud bastante seria y se lo hago saber.

—Yo no sé la confianza que tenéis entre ustedes, si este rollo a lo “Pimpinela” os va o no—Digo poniendo mi mejor cara de vinagre —, pero me parece irritante que no se pueda hablar sin que se pongáis a parir unas a otras. ¿Y vosotras se llamáis amigas? Me es muy difícil comprenderlo.

De nuevo, con esta fijación mía en ser sincero cuando nadie me lo pide, creo que he vuelto a meter la pata hasta el fondo. Cuando soy consciente de que la he pifiado, empiezo a recitar un silencioso “tierra trágame”. Busco disimuladamente la mirada de JJ, en un intento de hacerle ver que mi rabia no ha sido mal intencionada y la cara de mi amigo intenta ocultar una sonrisa de satisfacción. Miro al resto y, a excepción de Susana que se ha quedado con cara de querer morderme en la yugular, parece que no les ha parecido mal mi repentino ataque de furia.

—Todo el mundo sabe que «No es de maricón prudente, nadar contra la corriente. » Pero nuestra amiga Susanita que tiene que ir siempre de diva y no se da cuenta de que lo único que hace es ser una pedante de tomo y lomo. Va a tanta velocidad por las curvas que al final se estrella. Fíjate si es cansina y se hace insoportable, que, hasta el muchacho este que no habla por no ofender, te ha tenido que soltar una fresca!  —La que habla de mí como si no estuviera delante es Espe—. No sé qué te ha dado con mi gordita que desde que hemos pisado la playa, pues cada vez que mi niña abre la boca, la atacas como si fuera tu enemiga, y te recuerdo, maricón, que es una de las pocas  amigas que te queda, por lo trepa que eres. Que ella, al igual que todas, te apoyó cuando Isidoro te dejó por otra más joven, que te animó cuando comenzaste tu relación con Pedro y, como era de suponer, te recriminó cuando le quisiste dar la puñalada trapera al muchacho, por lo pesetera y pisaoro que eres.  Para eso están las amigas, para lo bueno, para lo malo y para decirte cuando te equivocas.

Aquel pequeño discurso por parte de la madrileña, me deja muy claro que simplemente me he limitado a decir lo que todos estaban pensando, pero no se atrevían a decir.  Susana permanece pensativa, con el gesto fruncido, como si estuviera tentada de responderme algo, pero al final me da la sensación de que se lo piensa mejor y permanece en silencio. Parece un poco bruta, pero no es tonta y sabe que, a veces, se gana mucho más callando que argumentando nada.

Durante unos segundos la tensión casi se puede cortar con un cuchillo. Es Sory, quien sintiéndose amparada por todos los presentes ante los desplantes que la trianera lleva haciéndole todo el día, reanuda su interrumpida conversación y con más brío si cabe.

—Bueno, pues fuimos hacer el bolo  y tras la actuación, tal como supusimos, nos dijo que teníamos barra libre. Aquí mis amigas y yo pedimos un lingotazo, pero el camarero nos dijo que no tenía nada de  alcohol.  ¡El muy maricón del Cocacolas, conociendo de sobra que nos gusta más una copita que a un tonto un lápiz, no había comprado ni una puta botella ni de ginebra, ni de ron, ni de whisky

»El muy cantamañanas lo que había comprado, como la mayoría de los que estaban allí eran unos musculitos vigoresicos y ciclados igual que él, fue un montón de bebidas isotónicas. ¡Ni que nosotras tuviéramos cagaleras para tener que beber eso!

»Por lo que viene siendo pensando en nosotras, ¡fíjate tú que detallista el mamarracho!, había comprado tres cajas de Coca-colas. Como no había otra cosa, mis amigas y yo, con tal de hacer gasto, nos enchufamos a la bebida gaseosa hasta que nos terminamos la última botella.

»En el camino de vuelta a Sevilla íbamos tan hinchadas que cuando no soltábamos la “chispa de la vida” por la boca, la soltábamos por detrás. ¡Qué noche más mala! Tuvimos que quitar el aire acondicionado y abrir las ventanillas por el olor. ¡ Si en vez de pedos y eructos hubieran sido versos, aquella noche habríamos compuesto más canciones que Sabina, Serrat y Pablo Milanés juntos!

Escuchar el montón de barbaridades que salen de la boca de la vallisoletana, y con la gracia que lo cuenta, propician que todos los allí presente, incluida Susana, rompamos a reír en carcajadas. En momentos como el actual, entiendo porque JJ es amigo de estas cuatro, son una gente muy particular, pero son divertidas como ellas solas.

 —¡Qué noche más desastre! La única que le sacó partido a aquello fue Caro.

—¿Qué pasó? —Pregunto tentado por una descarada curiosidad.

—Eso, mejor que te lo cuente ella —Me responde Sorippegy mirando con cierta picardía a su más que despistada amiga.

Caro, que en el fondo creo que lo único que le pasa es que excesivamente tímida, al principio se muestra reticente a narrarnos su historia de aquella. Pero alentada por sus amigas, sobre todo por Espe, se anima y nos lo cuenta con todo detalle.

Una vez terminó de escuchar las peripecias de la travesti gótica. Mi mente calenturienta termina montando una historia de lo más sugerente.

15 de Julio del 2011

Caro odia que la llamen Iñigo, es un nombre que no es que sea feo como él solo, sino que nada tiene que ver con su realidad. Ella desde muy pequeña se ha sentido mujer, si hubiera nacido en la época actual y con unos padres más comprensivos que los suyos, seguramente habría descubierto su verdadero potencial, su verdadera identidad sexual.

Sin embargo, criado en un hogar donde el hombre era quien traía el dinero a casa, el cuidado de la familia era una obligación intransferible de la mujer  y dónde la mayor preocupación era llegar a fin de mes. Poco tiempo o ninguno había para darse cuenta que el menor de sus tres hijos era un niño diferente a los demás.

Un crío apocado, afeminado y débil, poco dado a los juegos masculinos y que, en su inocencia infantil, veía un modelo a seguir en la forma de comportarse de sus compañeras del colegio.

Desde muy pequeño se sintió fascinado por el glamour de las estrellas de la música: Madonna, Witney Houston, Samantha Fox, Tina Turner y tantas otras se convirtieron en su referente a la hora de expresar sus inquietudes artísticas.  Su padre le atizó más de una hostia por imitarlas ante el espejo. En su familia nunca había habido maricones y un hijo suyo no iba ser el primero.

En su pequeña cabecita comprendió que aquello que hacía estaba mal y, como era con lo que más disfrutaba del mundo, siguió imitándolas, pero desde aquel momento, aguardaba a que su papá no estuviera en casa y procuraba que nadie de su familia lo viera.

Aquel secreto mermó la confianza que demostraba hacia sus seres queridos y lo que tanto le divertía, propiciaba remordimientos por ser un niño malo. Cantar, bailar e imitar a sus divas, se convirtió en un pecado inconfesable.

Con el tiempo, la realidad paralela que se había inventado para escapar de la vida que le había tocado en suerte, terminó por convertirlo en alguien que escondía quien realmente era. Se encontraba tan mal consigo mismo, que se sentía menos que nada.  Un escombro del edificio de una sociedad a la que se le caían sus valores morales como a una vieja casa los ladrillos.

Durante su niñez tuvo que luchar con el sambenito de ser el mariquita del barrio, en su adolescencia soportó las violaciones de aquellos que lo despreciaban y entre los que, para su estupor, se encontraba algún miembro de su familia. Pues la hijoputez a veces es tan fuerte, que es capaz de romper los lazos familiares.

Con dieciséis años se tomó su primera copa y se fumó su primer porro, aquello le hizo olvidar durante unos instantes lo jodida que era su amarga existencia. Tras aquel día, en cada ocasión que las vicisitudes de la vida la abofeteaban, recurrió a ellas como si fuera la solución de unos problemas que no habían hecho más que empezar.

Aunque todos la conocían por su nombre masculino, ella se sentía mujer y, siempre que tenía ocasión, en ese género se expresaba. Fan como era de la realeza y de todos sus lujos desmedidos, adoptó el nombre de una de sus divas, la princesa de Mónaco. En poco tiempo toda la gente que la trataba a diario dejó de llamarla Iñigo y la llamaba Caro, aunque el apodo por el que todos terminaron conociéndola fue por la Carolina de San Pablo, en referencia al barrio sevillano donde nació y se crio.

Los dieciocho años fueron una excusa como otra cualquiera para escapar de la prisión que para ella era el hogar familiar. Estaba hasta las narices de soportar las broncas de su padre, unas riñas que casi siempre terminaban en palizas; cansada de las constantes lágrimas de su madre que nunca movió un dedo para que los golpes de su progenitor cesaran y harta del desprecio de su hermano mayor, aquel que solo la buscaba cuando iba demasiado caliente. La única que lamentó dejar fue a su hermana, Rocío, unos años mayor que ella y que, desde el momento cero, supo entender el infierno por el que estaba pasando, un día sí y otro también.

Sin preparación ni formación alguna, terminó haciendo los trabajos más denigrantes. Unos trabajos que apenas daban para comer y pagar una habitación que le había alquilado un conocido. La falta de dinero propició que, con el beneplácito de su casero, quien se convirtió para ella en una especie de proxeneta,  a cambio de unos cuantos billetes,  terminara chupándosela a tipos poco atractivos.

Prostituirse le parecía lo más asqueroso del mundo, la hacía de lo más infeliz y trataba de encontrar esa alegría que le faltaba en el alcohol y los porros. Aunque nunca pasó a sustancias prohibidas de mayor envergadura, lo mal que comía y dormía, unido a sus pequeñas adicciones, consiguieron que su aspecto juvenil se fuera degradando a pasos agigantados.

Nadie le puso una alfombra roja hacia la fama, pues los escalones hacia su Hades particular los fue bajando ella pasito a pasito. Acurrucada en su propia desgracia, caminó por los senderos que solo se atrevían a adentrarse os indeseables. Se relacionó con gente de la más baja estofa y dejó que su ética personal se fuera marchitando con el paso de los días.

Comenzó a trabajar de camarero en los bares del ambiente gay de la Alameda, al principio unas horas los fines de semana y poco a poco fue ampliando el horario. Aun así, prosiguió con el negocio sexual que mantenía con su casero, aunque conforme iba dejando atrás su adolescencia, el número de clientes iba disminuyendo y las exigencias de estos fueron mayores. Raro era el día que un baboso pervertido, no se conformaba únicamente con que se la chupara y le exigía que se pusiera en pompas.

Entre que no la gustaba que le dieran por detrás, lo estrecho que era su culo y la poca delicadeza que algunos individuos ponían al penetrarlo, el sexo anal se convirtió en una especie de tortura para ella. Si alguna vez se ligaba un tío que le gustaba, evitaba por todos los medios, pues era algo que no le producía el más mínimo placer.

Las casualidades de la vida quisieron que, en uno de los bares en los que trabajaba, conociera a la abuela, Manuela Lapena, una travesti sexagenaria que promovía actuaciones de performances en los bares y discotecas del ambiente gay sevillano. Quizás porque la anciana vio reflejado en Caro un dolor muy parecido al que le tocó a ella vivir durante la Dictadura, le abrió las puertas de su corazón y le brindó su amistad.

Un día, como quien no quiere la cosa, le confesó su pasión secreta, lo mucho que le gustaba cantar e imitar a las divas femeninas. Esta le propuso actuar de vez en cuando con sus promocionadas las Másqueperras y ella aceptó.

La primera vez, sin ninguna experiencia y con el miedo escénico chisporroteando en su estómago, pasó mucha vergüenza. Se había maquillado, peinado y vestido como su diva Amy Winehouse y aunque solo tenía que mover la boca al compás de una grabación que se conocía al dedillo, no pudo evitar estar nerviosa.

No ayudó para nada que al subirse al escenario, ser consciente de que la gran mayoría del público allí presente, no iba a admirar su arte, sino que iba buscando pasar un rato divertido y echarse unas risas. Aun así ella se metió en el papel de su diva y dio lo mejor de sí, sin importarle lo más mínimos que la gente la mirara como un bufón, ella se sentía dichosa por hacer, y a cara descubierta,  lo que tanto le hacía disfrutar.

Al principio compatibilizaba perfectamente los ensayos y las actuaciones con sus otros dos trabajos: servir copas y vender su cuerpo a cambio de unos billetes. Sin embargo, a raíz de que su hermana tuvo un bebe y, al no tener con quien dejar al crio, tuvo que dejar de trabajar en los bares nocturnos.

Era tanto era el tiempo que le ocupaba su sobrino que, en ciertas ocasiones, no tenía más remedio que llevarlo con ella a los ensayos. Algo que todo el mundo le criticaba, pues no sabía que pintaba un crio pequeño en los antros en los que después tenía que actuar. Ante los ataques y reproches de los demás, ella terminaba haciendo lo que había hecho siempre, poner cara de no que se enteraba de nada, guardarse la rabia en su interior y hacer lo que le viniera en ganas.

En el momento que los dueños del Ítaca echaron a Rita, una de las Másqueperras de más pedigrí, por meter la mano en la caja. Ella pasó a ser miembro fijo del cuarteto. De hacer una única actuación en la noche, llegó a tener el mismo número de apariciones que sus demás compañeras. Al repertorio de Amy Winehouse, añadió imitaciones de Whiney Houston,  Edith Piaf, Janis Joplin, Billy Holiday… Como se colocaba delante del micrófono, no se preparaba ninguna coreografía y , en un intento de imitar a sus divas, se limitaba a  contorsionar su rostro de forma exagerada, en el mundillo del ambiente gay sevillano se la terminó conociendo como Caro la descansa, por lo poco que se movía en el escenario.

Aunque gracias a su hermana no le faltaba un plato de comida y tenía vivienda mientras dejara desfogarse a su casero las veces que este quisiera. Para sus vicios y el vestuario de las actuaciones debía seguir prostituyéndose. Algo que sucedía en un ámbito tan cerrado, tan reservado y envuelto en tanto secretismo, que ninguna de las otras Másqueperras llegó a sospechar que mercadeaba con su cuerpo.

Nunca, aparte de su hermana Rocío, había tenido nadie con quien compartir lo que verdaderamente sentía, el infierno que era verse atrapada en un cuerpo que no era el suyo… Sin embargo, conforme fue conociendo a sus hermanas de faranduleo, fue descubriendo que no era como ellas. Las Másqueperras no tenían problemas de identidad sexual como Caro. Todas ellas disfrutaban vistiéndose como sus divas, se lo pasaban de miedo intentando parecer femeninas, pero nunca manifestaban deseos de ser una mujer completa.

Acostumbrada como estaba a no expresar sus sentimientos y guardarse sus angustias para sí, simulo ser igual que ellas. Alguien que le gustaba vestirse de mujer, pero que no soñaba con ser una. No obstante, eran de las pocas personas que no la miraban como una apestada y, pese a que una vez que otra le reprochaba que fuera una enchufada de la Abuela, fue lo más parecido que había tenido nunca a unas amigas.

Aquel mes de julio Sevilla estaba más vacía de lo normal. Pese a que seguía con sus galas los miércoles en la discoteca Ítaca, el café Egoísta había prescindido de sus actuaciones hasta septiembre. Por eso, cuando Sorippegy llegó diciendo que Ramón, el ganador del premio a Mr Oso del orgullo gay de aquel año, le había ofrecido hacer un bolo en la inauguración de un chalet en una urbanización privada en Gelves, no le importó y optó por hacer lo que decidió la mayoría.

Sorippegy que era quien lo había organizado todo, no paraba de decir que aquello estaría lleno de tíos buenos y aunque simplemente le iban a pagar la gasolina, lo interesante de la actuación era el “after”. Pensaba que se pondrían hasta el culo de beber y, para no tener que coger el coche bebida, lo más probable es que el anfitrión les dejara dormir allí, con lo que, por lo que insinuaba ella,  aumentaría las posibilidades de ligarse a un maromo musculoso.

Caro, a diferencia de sus compañeras, no tenía la más mínima ilusión en llevarse a ninguno de los tíos buenos que se suponía habría en la fiesta. A ella, por su aspecto y demás, le era muy difícil montárselo con tíos normales, cuanto más con gente que seguramente estarían encantado de conocerse y la mirarían de manera despectiva por no tener un físico acorde a los gustos estándar.

El nuevo hogar de Ramón era una vivienda en la que su dueño no había escatimado a la hora de gastar y su resultado era digno de cualquier revista de interiores de las que ella tanto le gustaba hojear.  Si fascinada quedó con el buen gusto y el lujo con el que estaba decorado todo, más fascinada quedó con lo educado, simpático y el don de gentes de su anfitrión. Le pareció el hombre más guapo del mundo y si Caro hubiera tenido alguna fe en los flechazos, habría creído que en aquel momento había tenido uno.

Era un moreno muy atractivo, con unos maxilares muy marcados, una achatada nariz, una frente y una barbilla plana. Una barba corta y oscura cubría la parte baja de un rostro cuadriforme. Bajo su bigote asomaban unos  labios carnosos y sensuales.

Lo que más le agradó de él, fue la forma tan agradable de tratarla. No lo hacía como la gran mayoría de la gente, sonriéndole con los labios y escondiendo la repulsión que le ocasionaba tras una falsa mirada. Los enormes ojos verdes de Ramón la observaban con delicadeza, como si quisiera levantar el velo bajo el que escondía su verdadera forma de sentir la vida.

Más tarde, cuando vio que trataba a todo el mundo igual, se dio cuenta de que era una persona así de noble. Sin embargo, eso no quitó que lo viera como uno de los hombres más hermosos del mundo. Por primera vez en su vida, sintió deseos de ser penetrada analmente.

Mientras se maquillaba, peinaba y preparaba para la actuación sintió como si un montón de mariposas revolotearan en su barriga. Sus amigas la notaron extraña y más despistada de lo normal, pero estaban tan eufóricas por enfrentarse a un público tan selecto que tampoco le prestaron mucha atención y siguieron a lo suyo.

El espectáculo transcurriría durante la cena y el lugar elegido de para ello había sido la parte del patio que quedaba delante de la casa de invitados, así podrían usar sus dependencias como vestuario. Las mesas habían sido colocadas entre el escenario y la piscina. Actuarían sobre una enorme tarima de unos quince centímetros de alto, recubierta por una lona de terciopelo negro y en cuyo fondo habían desplegado una especie de cortinas con los colores de la bandera gay.

Tal como habían anticipado sus amigas, aquello estaba atestado de tíos esculturales y con un aspecto de lo más viril. El ambiente era una mezcla bastante extraña entre moderno y pijo, una competición de “fashion victims” para demostrar quien llevaba la tendencia más exclusiva, a quien le sentaba mejor y quien había invertido mayor cantidad de dinero en su atuendo para aquel evento.

La primera en actuar fue Soryppegy, caracterizada como una Mónica Naranjo que más que “Desátame” parecía que estuviera pidiendo que la amordazaran y le pusiera un bozal, pues su apariencia no podía ser más patético. Aun así, el número consiguió su objetivo, que los invitados de Ramón no pararan de reír durante toda la canción.

Tras Susana, que intentó parodiar a Adele, le tocó el turno a Espe que, fiel a su estilo, cantó en directo un cuplé. La picante letra fue acompañada por unos soliloquios y salidas de tono que hicieron carcajear a todos los presentes.

Cuando sonaron los primeros acordes de “Ne me quite pas”, Caro subió al escenario. Sabía que por mucho que se empeñara en imitar a la perfección la forma de actuar de su diva, aquellos hombres atractivos y bien vestidos, lo verían como una actuación cómica. Aun así, se metió en el papel de la cantante francesa e intentó que todos dejaran de ver a Caro la descansa y comenzaran a ver a Edith Piaf.

Curiosamente, cuanto más repetía el verso que daba título a la canción, más se centraban los ojos de los comensales en ella. Estaba tan entregada a plasmar con su rostro el drama que encerraba aquella canción que por primera vez, nadie sonrió ante su forma grotesca de moverse en el escenario.

Durante el estribillo los ojos de Ramón se encontraron con los suyos y, como si fuera una especie de desafío, le mantuvo el pulso con la mirada.

En el momento que dijo aquello de “Moi je t’offrirai des perles de pluie, Venues de pays où il ne pleut pas,Je creuserai la terre jusqu’après ma mort”,  toda las demás personas que estaban allí habían dejado de existir y su mente había creado un mundo particular donde únicamente existían el guapo barbudo y ella.

Aunque fue algo muy sutil y, salvo el anfitrión, nadie se dio cuenta del tierno flirteo. Caro volvió a dejarse la piel en el escenario, convirtiendo las estrofas en francés en toda una declaración de amor.

Ramón,  acostumbrado al sexo de usar y tirar, donde primero se folla y después se preguntan los nombres, aquel gesto tan romántico por parte de la travesti le llegó muy hondo y aunque en un principio no se sintió atraído por ella, comenzó a mirarla de un modo bastante bien distinto.

El físico de aquel chico que estaba subido al escenario vestido de mujer, distaba mucho de los cuerpos esculturales con los que solía ir a la cama. Sin embargo la forma en que estaba interpretando el tema le estaba tocando tanto la fibra sensible que, a pesar de su delgadez y sus facciones alargadas, le comenzó a resultar hasta atractivo.

Cuando el desgarrador tema concluyó, todos y cada uno de los asistentes se levantaron y empezaron a aplaudir, pero quien con más ganas lo hacía fue el dueño del chalet.

Si sorprendida estaban sus tres amigas por la reacción tan clamorosa que había tenido su actuación, más lo estaba Caro que se sentía como una nube. Por unos instantes su mente la transportó a otro lugar, más multitudinario y con más glamour. Durante un brevísimo espacio de tiempo se dejó llevar por su fantasía y se metió aún más en la piel de Edith Piaf.

Tras saludar como si de una gran celebridad se tratara bajo del escenario y cedió su puesto a Sorippegy que caracterizada como Paulina Rubia hizo reír a los invitados con su puesta en escena de “Una sola mirada”.

Mientras caminaba hacia las habitaciones de la casa de invitado para cambiarse pare el próximo número, su mirada y los del su reciente admirador se volvieron a cruzar, fue todo tan intenso, que por primera vez Caro fue consciente de que el deseo era mutuo

Su segunda actuación fue el “Rehab” de Amy Winehouse, de nuevo la gente se levantó a aplaudirle por el modo en que se metió en la piel de la salvaje cantante británica. Caro estaba tan pletórica que le entraron ganas llorar  e incluso llegó a pensar que quizás su suerte estuviera cambiando.

Tras la divertida actuación final en la que Susana era acompañada por sus tres compañeras en su imitación de Beyonce con su “Single ladies”. Ramón hizo pasar a la gente al otro lado de la terraza, justamente donde se encontraba la barra y una especie de pista de baile.

Estaba tan contenta por cómo había ido la noche que no le importó, a diferencia de sus compañeras, que no hubiera alcohol en la fiesta y se tomó su primera Coca-cola con las mismas ganas que si fuera una copa de un whisky de doce años.

No transcurrió mucho tiempo antes de que se le acercara el anfitrión de la fiesta y, con la excusa de felicitarla por su buena actuación, se puso a charlar con ella.

En un principio la conversación discurrió por los senderos de la prudencia, pero conforme más palabras fueron intercambiando, más difícil le fue negar que entre ellos dos estuviera surgiendo algo. Caro se sentía reconfortada por la forma tan amable y generosa que aquel hombre tenía de tratarla.  Ramón acostumbrado al postureo y egocentrismo de la gente del mundo de la noche en la que se movía, la humildad y sencillez con la que aquel afeminado chico se comportaba con él, lo tenía fascinado.

Caro, realista como era, sabía que aquel sentimiento sería efímero y si no aprovechaba la oportunidad que se le presentaba, se arrepentiría toda su vida.

Con su mejor cara de inocente, le preguntó:

—¿Me podrías decir dónde está el servicio? De repente me han entrado unas ganas locas de hacer pipí.

Ramón sonrió complacido y le dijo:

—He instalado uno en los alrededores del patio, pero eso están muy concurridos. Mejor te acompaño al de la casa de invitados.

La travesti gótica no pudo evitar relamerse los labios, al comprobar que aquel individuo de cerca de metro ochenta, puro musculo y con un porte de macho de los que tiran de espalda, había picado el anzuelo que ella le había lanzado, con mayor facilidad de la que esperaba.

Si tenía alguna duda sobre sí aquello de acompañarla entrañaba algún acercamiento íntimo, se disiparon cuando le dijo que se fuera yendo para la casa que en un minuto él lo alcanzaba.

Que se dirigiera a él usando el género masculino le incomodó un poco, hacía tiempo que había conseguido que, salvo los funcionarios públicos, nadie la tratara como un hombre. Sin embargo, lo consideró un pequeño peaje que tenía que pagar para estar con un macho tan maravilloso como aquel.

Ramón seguía sin entender muy bien que le atraía tanto de aquel chico tan delgado y tan lejos de los prototipos de tíos con los que follaba. Lo único que sabía es que al verlo caminar en dirección a la vivienda principal, la lujuria enredó sus pensamientos, sintió como su polla se llenaba de sangre y como, poco a poco, se iba empalmando de un modo bestial.

Cuando dejó transcurrir el tiempo prudencial para evitar que la gente cotilleara, tenía una erección tan tremenda que hasta le dolía el nabo de tenerlo contenido dentro de los ajustados vaqueros.

Con total disimulo entró en la vivienda. Nada más llegar a donde lo aguardaba Caro, invadió su espacio personal, la abrazó contra su pecho, buscó su boca y le metió la lengua hasta la campanilla. Durante el intenso minuto que sus labios estuvieron unidos, Ramón creyó tocar el cielo. No recordaba que hubiera disfrutado tanto simplemente besando a alguien.

Las muestras de cariño sobrepasaron las expectativas de la delgada travesti, que venía preparada para que el musculoso treintañero hiciera uso de su cuerpo del mismo modo impersonal que solían hacerlo. Creía estar soñando y sentirse aplastada entre los poderosos brazos del barbudo oso, lejos de parecérsele agobiante, la tenían en un galopante subidón.

—Vayamos al baño, hay mucha gente deambulando por los alrededores de  la casa de invitados y no quiero que nadie nos corte el rollo —Le dijo apartándola suavemente de él, al mismo tiempo que le indicó que lo siguiera.

Cerraron la puerta tras de sí y reanudaron su interrumpida pasión con más frenesí si cabe. La lengua de Ramón volvió a jugar con la de Caro de un modo que nunca nadie lo había hecho, la excito tanto que, hasta llegó a tener una erección, algo que ella se había reprimido siempre, intentando parecer más femenina con ello.

El musculoso osito se dio cuenta de su erección y, lejos de incomodarle, restregó sus genitales contra los de ella. Aquel detalle le pareció maravilloso y, por primera vez en su vida adulta, no lamentó tener una polla. Es más, fue tanta la pasión que aquel hombre estaba poniendo en sus caderas, que por momentos imaginó tener un coño y que estaba siendo penetrada.

Sentir la dura y enorme barra frotándose contra su pelvis la tenía en el séptimo cielo, un lugar del que no estaba dispuesta a bajar, pero que a su acompañante llegó a parecerle incomodo, pues tras un intenso minuto de sobeo, se apartó de ella y, de un modo impetuoso, desnudo su polla.

La verga de Ramón era sencillamente espectacular: ancha, bastante larga y con la piel cubriéndole por completo el prepucio. Caro atrapó con su mano aquel enorme apéndice y comenzó a masajearlo. En un principio muy suavemente, como si estuviera acariciando algo frágil y delicado, pero conforme aquel trozo de carne se fue endureciendo más, lo fue haciendo con más contundencia.

Ramón la volvió a besar de un modo tan salvaje que hasta le mordió los labios levemente. Ella, como si quisiera devolverle aquella muestra de cariño, decidió pagarle con una de las cosas  que mejor sabía hacer: el sexo oral.

Se agachó ante lo que para ella parecía una estatua helénica hecha carne. Acercó su boca al vigoroso mástil, tiró para atrás de la piel de su glande y, una vez tuvo desnudo al violáceo capullo, se lo metió en la boca. Mientras probaba el sabor de su sexo, buscó la mirada del atractivo oso y lo que vio no le pudo reconfortar más.

Al contrario que hacia todo aquel a quién le chupaba la polla, que cerraba los ojos como si quisieran negar que era ella con la que practicaban sexo, su improvisado amante tenía clavada la mirada en su rostro, no solo estaba pendiente de cada cosa que le hacía, sino que la bondad y generosidad con que sus ojos la observaban rozaban la ternura.

Sin pensárselo ni un minuto, se tragó hasta la base aquel erecto mástil. Eran muchos años de práctica y quería que aquel hombre, recordara la mamada que le iba a practicar por mucho tiempo.

Una vez la engulló por completo, comenzó a succionarla como si quisiera sacarle la leche con ello. Escucharlo decir lo bien que lo hacía, le empujó a saborear con más ímpetu aquella maravilla de la naturaleza que tenía el  peludo treintañero entre las piernas. No solo era grande y gorda, también estaba dura como ella sola.

Para tener más facilidad para devorar el enorme pollón, llevó tímidamente las manos a su trasero. Su reacción fue contraria a la de aquellos con los que iba normalmente, no consideró que aquello fuera una enfrenta a su masculinidad y no le puso ninguna pega. Comprobado que no había ningún problema, apretó fuertemente las duras nalgas y las uso como punto de apoyo para mamar mejor su colosal nabo.

Ramón estaba gozando como hacía mucho tiempo que no lo hacía, los tipos con los que iba normalmente estaban más pendientes de que le recordaran lo bueno que estaban y lo especial que eran, que de proporcionarle verdadero placer. Aquel chico delgado y poco atractivo mostraba un interés nulo porque le recordaran lo maravilloso que era y simplemente parecía buscar disfrutar de su cuerpo, a la vez conseguía satisfacerlo.

Si aquella noche alguien le hubiera dicho que tener sexo con Caro hubiera sido tan estupendo, se habría reído en su cara. Le costaba entender que había visto en él en un primer momento, pero no podía encontrarse más dichoso por cómo se habían ido desarrollando los acontecimientos.

Caro sabía que de seguir así, su estatua griega particular se correría en su boca y, aunque era algo que evita normalmente, estaba loca porque la penetrara. Se sacó la polla de la boca y con total descaro le dijo:

—¿Tienes un condón?

—Por supuesto —Contestó Ramón al tiempo que daba un par de pasos torpes hacia el mueble con espejos que tenía a su espalda y  abría uno de los cajones.

Una vez rasgó el envase del profiláctico y lo sacó de su interior envolvió su pene con él. La travesti gótica se había bajado los pantalones y, tras apoyarse con los codos en la pared, sacó el pompis para afuera en una clara señal de dejarle claro que quería que la taladrara con su erecto mástil

El robusto oso se fue hacia ella, apoyó una de sus manos en su zona lumbar y con la otra dirigió su ariete de carne hacia la entrada trasera de Caro. Empujó, empujó y empujó, pero aquello parecía una casa de ladrillos, no una de paja o de madera como había supuesto. Con cierto fastidio, exclamo:

—¡Tío, estás muy estrecho!

—Lo siento —Respondió la travesti con un pequeño hilo de voz.

—No importa, así me gusta más.

La malicia con la que el osito impregnó sus palabras, la sorprendió un poquito, pero no puso ninguna objeción y se limitó a poner cara de que no iba la cosa con ella.

Ramón cogió un bote de Body Milk de una repisa que había en el amplio cuarto de baño, embadurnó su pene con él y a continuación hizo lo mismo con el ojete de Caro.

—Lo intentamos así, que no puede ser, no pasa nada… Pero siempre me han vuelto loco los culitos estrechos y me gustaría hacerte disfrutar como tú lo has hecho conmigo.

De nuevo la amabilidad, empatía y consideración de aquel hombre volvió a ganarse la confianza de la chica atrapada en el cuerpo de un hombre y, más que nunca, deseo que su culo dejara de ser una puerta infranqueable para el erecto falo de su acompañante.

La lubricación y el empeño que ambos pusieron consiguieron que, poco a poco, el ano de Caro se fuera ensanchando y devorara el gordo nabo. Una vez las paredes de su recto se acomodaron al gigantesco invasor, Ramón comenzó a bombearlo de una manera que a Caro le pareció de lo más placentera.

Se podía decir que era la primera vez que disfrutaba con el sexo anal, era tal la maestría con la aquel hombre profanaba sus esfínteres que sintió como, sin tocarse siquiera, alcanzaba el orgasmo e, irreflexivamente, dejo caer unas gotas de semen sobre las relucientes baldosas del suelo.

El lividinoso treintañero siguió cabalgándola durante unos minutos más, transportando su mente a unos paraísos de placer que ni había soñado pisar. En el momento que sintió que iba correrse, agarró fuertemente sus caderas, clavando sus dedos en ellas con fuerza y lanzó un gutural quejido.

Durante unos segundos el tiempo pareció detenerse para los dos. Con la pasión adormecida ambos se miraron fijamente, se volvieron a besar, en esta ocasión con más ternura.

—Me lo he pasado muy bien —Le dijo Ramón mientras le acariciaba suavemente el cabello.

—Yo también.

Mientras se subían el pantalón y se recomponían un poco la ropa, ambos se dijeron en silencio que aunque aquel había sido el mejor polvo que habían echado en mucho tiempo, no se iba a volver a repetir. Los mundos al que cada uno pertenecía eran incompatibles y era un hándicap contra el que ninguna relación podía luchar. O por lo menos ellos se veían incapaz de hacerlo.

Todo hubiera quedado entre ellos dos, si la providencia no hubiera querido que, al salir del baño los pillara Espe.

De vuelta a Sevilla, con el culo dolorido y con la mente dichosa, no le costó ningún trabajo poner cara de que, las incesantes puyitas de sus amigas sobre su conquista de aquella noche, no iban con ella.

Si algo le molestó fue el concierto de eructos y flatulencias que sus amigas le hicieron soportar tras tomarse casi una caja de Coca-colas cada una.

Para algunas Ramón, tras aquella noche, recibiría el sobrenombre del cocacolas. Para ella subiría a su olimpo particular de los hombres con los que les gustaría pasar el resto de sus días.

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3 comentarios sobre “La fiesta de las Coca-colas

  1. Me ha encantado Machi..!!
    Nos haz dado todo tratado sobre el ambiente hay en estos días..
    Y la descripción tan exacta de los chicos gay que pululan por todas partes..
    La escena casi romántica entre el cocacola y Caro es gratificante por decir lo menos..
    En un relato en el cual nos protagonistas tendrían que ser Mariano y JJ que casi no tengan mención, aún que el primero lo este relatando y el segundo con lo estridente y tan dado al protagonismo que es, se me hace un tanto raro..
    En el momento en que JJ reprende a Mariano por el discurso de este sobre no tener tantos prejuicios diciéndole..
    “Bueno Marianito, no nos vayas a meter un discurso de los tuyo”… etc etc..
    Yo si estuviera en el lugar de Mariano me levanto y los dejo con su periplo a todos o todas y me voy..
    Por que ahí todos dicen y opinan lo que quieren y Mariano lo callan..
    Y el otro memento en que Mariano reclama a las Masqueperras por ser tan “amigas” y estarse tirando puyas y critando todo el tiempo..
    Yo hubiera hecho lo mismo..
    Estoy seguro que cuando Mariano escucho el nombre de Ramón, pensó lo mismo que yo..
    Que se referían “su Ramon” el policía, por eso pregunto con tanto interés..
    “¿De qué Ramón estás hablando Marion?”
    A los dos se nos cayeron los calzones jajajaja..
    Machi muchas gracias por este nuevo espacio en donde nos podrás compartir más cosas a parte de tus relatos..
    Un abrazó.

    Le gusta a 1 persona

    1. Hola Dedmundo:
      Todo un placer verte por aquí.
      Paso a aclararte unas cuantas cosas sobre el relato que creo que no está de más.
      El relato iba a ser una especie de “Comer, beber y charlar” que publiqué cinco años atrás en TR.
      Sin embargo quería presentar a Ramón Spìke que era primordial para los dos episodios siguientes. También quise darle protagonismo a Caro que hasta ahora, había sido la Masqueperra que más de pasada había salido. Sé que no tienen mucho protagonismo ninguno de los tres protagonistas principales (Guillermo, JJ y Mariano), pero creí necesario presentar al personaje de Mr Oso.
      En cuanto a lo de Mariano y JJ, son equidistantes (Mariano es más racional, más soso y cauteloso, JJ es más visceral, gracioso y más “leaving la vida loca”). JJ no lo corta por nada, lo corta para que no quede mal delante de la gente, la conversación es intrascendente y él, intenta hacer un tratado filosófico de ello.
      Me alegro que te haya gustado este nuevo espacio, decirte que lo que has leído es un borrador y que, para más o menos seguir un orden, cuando se publique en TR, traeré otro y se quitará de la página.
      En cuanto a los errores no te preocupes, la página de Wordreference me ha dado ciertos problemas durante un par de días y se puede deber a eso.
      Un abrazo, amigo mío y nos seguimos leyendo en “El vicio de escribir”.

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  2. Quiero aclarar que las faltas de ortografía y las palabras cambiadas en mi comentario fuero obra y gracia del blog al publicarlo, por que antes de enviarlo le revisé muy bien precisamente para que no pasara lo que finalmente paso.

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