Mi mama no me mima

Los descubrimientos de Pepito

Noveno episodio    : Mi mamá no me mima.

 

Pepito, tras pasar unos días en casa de sus tíos Paco y Enriqueta, ha vuelto a su casa. Gracias a la “sapiencia” de su primo Francisquito ha  aprendido muchas cosas nuevas, ya sabe lo que son  la masticación,  el tratamiento sesenta y nueve, las “pajas” en el pajar, los actos impuros e incluso ha visto hasta su primera revista de tías en bolas… Aunque esto último no le ha gustado mucho, porque era como las revistas de moda de su hermana: muchas fotos y  muy poco argumento.  

De vuelta a su casa, su tío Paco ha hablado con su madre y le ha dicho que en dos semanas volverá a recogerlo para que pase el fin de semana con ellos en la granja. Nuestro protagonista se ha alegrado mucho, pero dejemos que sea él quien nos lo cuente…

 

Aunque estaba “requetecontento” por lo que el papá de Francisquito le había dicho a mi madre, una preocupante pregunta  llenaba cada rincón de mi cerebro: “¿Qué podría hacer durante esas dos semanas?”

Tras estar un ratito grande con mis padres y mis hermanos, contándole todas las cosas divertidas que había hecho aquellos días (bueno todas, todas no, que los secretos de espías me los guardé para mí, pues Francisquito me hizo jurar y perjurar que no diría nada a nadie), aunque a la única que parecía interesarle era a  mi hermana y no demasiado. Ella ponía cara de prestarme atención, aun así,  se le notaba mucho que se estaba empezando a aburrir. Por lo  que cuando me pareció, dejé de contarles cosas interesantes y me fui a la planta de arriba, concretamente a su cuarto.

Gertrudis era la niña más “chachipiruli” del universo. Salvo con  los asuntos de mujeres que guardaba en un cajón bajo llave,  me dejaba jugar con todas sus cositas (no como el antipático del Juanito, que no me dejaba tocar nada). Lo que más me gustaba de todo lo que tenía en su habitación,  era su tocadiscos. Una vez localicé su  disco más “chuli”, cerré la puerta para que nadie me viera y me puse a hacer  una de las cosas  que más me chiflaba del mundo mundial: bailar.

♫♫ah ah a far l’amore comincia tu

ah ah a far l’amore comincia tu

ah ah a far l’amore comincia tu♫♫

 

♫♫.E se si attacca col sentimento

portalo in fondo ad un cielo blu,

le suepaure di quel momento le fai…♫♫

rafaella carra

—¡Pepito! —El chillido de mi madre me cortó la respiración  de golpe —. ¡Quita la música y respeta el luto por tu tío!

Fue escuchar el hipo grito huracanado de mi madre y  me transformé de repente del mejor de los bailarines de la Carra, en el cobarde Shaggy de Scooby Doo (¡Qué miedo  más terrible me entró por todo el cuerpo!).

Por lo que me contaban mis amigos, sus mamás los amenazaban diciéndole: “Cómo no te portes bien, cuando venga tú padre te vas a enterar”. La mía, nunca me decía esa frase, se bastaba y sobraba ella solita para conseguir que fuera un niño bueno. ¡Muy, pero que muy bueno!

Pese a que yo sentía que mi madre me quería mucho, también sabía que como decía mi padre (cuando ella no lo oía, claro está), que le gustaba ser un poquito sargento y  siempre había que hacer lo que ella ordenara. En aquel momento, sus deseos no eran otros que toda la familia estuviera con la cara larga   por la muerte de su cuñado ¡y cualquiera la contrariaba!

A mí,  aquello del luto me sonaba a un juego muy triste, pues a ver a  qué venía que todo el mundo estuviera calladito y mustio como en misa, porque un familiar nuestro se había ido con el Señor. En primer lugar porque yo con mi tío Demetrio no tenía mucho roce. A diferencia de a  mi tía Enriqueta y a mi tío Paco que se les nota que le da alegría verme, el marido de mi tía Elvira no era muy amigo de muestras de cariño y de carantoñas, es más parecía que le molestaba que me acercara a él, pues me ponía cara de vinagre.

Lo segundo, y más importante, era que aunque yo de mayor iba hacerme ateo como mi hermana Gertrudis, entendía que estar con Dios no debía ser una cosa mala, pues si era tan bueno y misericordioso como decían, mi tío se lo debía estar pasando de miedo en el cielo con él y los angelitos. Si era un sitio donde todo el mundo quería ir,  por fuerza, allí se debía vivir muy bien. En fin, otro misterio inexplicable para mi corta existencia.

Bajé las escaleras y me senté en el salón con  mi familia, mi hermano y mi padre jugaban una  partida de ajedrez, mi madre estaba haciendo punto y mi hermana se leía el “Pronto”. Todos tenían cara de estar estreñidos y tuve que hacer la sensación de  que a mí me tocaba hacer lo mismo. No hacia ni dos horas que le había dicho adiós a los de la granja y ya estaba echando de menos  un montonazo a mi primo Francisquito. ¡Qué coraje me daba lo del luto!

Como hasta la hora de cenar quedaba un buen rato y yo no estaba dispuesto a estar sin hacer nada hasta entonces, con mi mejor cara de enfadado, dije la peor frase que un padre puede escuchar decir a un niño:

—¡Estoy aburrido, no sé qué hacer!

Mi madre dejó momentáneamente de entrecruzar los hilos de lana, levantó los ojos por detrás de las gafas y solemnemente me dijo:

—Ordena las cosas del colegio, que seguro que no lo has hecho.

—Sí, lo hice el mismo día que terminé los deberes…—Respondí con mi mejor voz de enfadado.

—Pues cógete un tebeo y te lo lees calladito —Esta vez mi madre ni se dignó a levantar la mirada y prosiguió con lo que estaba haciendo como si  yo le importara tres pimientos fritos.

—Todos los que tengo, me los sé de memoria de las veces que los he leído ya —insistí con mi enojo, intentando por todos los medios que me levantaran aquella especie de castigo por el  dichoso luto.

Mi hermana dejó de leer su revista y se levantó del sofá, se dirigió a mi padre y como quien no quiere la cosa le pidió veinte duros. Mi padre, enfrascado cómo estaba en la partida de ajedrez, sacó la cartera y sin preguntarle para que lo quería se los dio sin más.

Mi hermana, sin pedirle parecer a mi madre, me cogió de la mano y con una esplendorosa sonrisa en sus labios me dijo:

—¡Pepito, ven vamos a comprar unos tebeos nuevos donde el Camilo!

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Miré a la sargento a ver qué cara ponía,  por si nos pegaba un grito hipo huracanado o algo por el estilo, pero estaba claro que leer, al no tener la categoría de diversión, no iba en contra de las leyes del Sagrado Luto y siguió teje que teje con sus dos agujas de punto.

El Camilo era un hombre regordete que tenía un zapato con la suela muy gorda y cojeaba, mi hermana decía que tenía el píe así porque tuvo  la polio cuando chico.  Era muy simpático con los niños y con las jovencitas  muchísimo más,  tenía un kiosco donde además de chucherías, vendía tebeos y comics. Allí fue donde me había comprado mi comic “requetefavorito”  del samurái.

—¿Qué pasa primor?  Siento mucho lo de tu tío —Dijo con cierta pena en la voz dirigiéndose a  Gertrudis.

—El pobre ya descanso… ¡Qué para estar como estaba mejor así! —Mi hermana respondió a aquello como si se lo hubiera estudiado de memoria y se lo hubieran preguntado ciento de veces en un examen. Tras hacer una obligada pausa, se dirigió al quiosquero y le dijo —¿Qué tebeos tienes por ahí que le puedan gustar al niño?

—Todos los que quiera primor —Sonrió el hombre, a la vez que hizo ademán de agacharse para buscarlos.

Me sacó un montón de tebeos: Zipi Zape, Mortadelo, DDT, Tío vivo… Yo les eché un vistazo pero como no me terminaban de gustar porque eran de “niños chicos”, me puse muy serio y dije:

—Si me llevo esos tebeos, mamá me va a reñir cuando me ría. Estamos de luto.

Mi hermana y el Camilo se quedaron muy serios mirándome, tanto que creí que había dicho algo malo o que se habían dado cuenta de que todo era una excusa para no decir que no los quería.

—¿Qué tienes por ahí que no sean de risa?

—Pues todo los que tú quieras primor —Respondió amablemente el hombre recogiendo el montón de tebeos y sacando otro lote bien distinto.

Cuando vi la cantidad de comic tan “guays”  que tenía ante mí,  creí que me iba a dar algo: Capitán América, Patrulla X, Daredevil, Peter Parker, Conan… ¡Aquellos sí que molaban!

Mi hermana al verme tan entusiasmado, se dirigió al quiosquero, quien  seguía mirándola  con cara de lelo,  y le preguntó:

—¿Cuánto cuestan?

—Los hay de treinta y cinco pesetas y de cuarenta, primor.

—Pepito puedes coger dos…

¿Dos solo entre aquella montaña de comics maravilloso? Aquello era más difícil que los problemas de matemáticas que ponía don Remigio. Diez minutos de reflexión después y tras una pequeña reprimenda de mi hermana (yo creo que estaba un poquito cansada de escuchar al Camilo con tanto “primor” por aquí, y tanto “primor” por allá), me decidí por Daredevil, el hombre sin miedo y Peter Parker, el hombre araña.

Del primero había leído un par de ellos y me gustaba porque era ciego y veía con un sentido radar como el de los murciélagos; el segundo tenía los poderes de una híper araña radioactiva y era el súper héroe más divertido del mundo mundial, pues cuando peleaba con los malos no dejaba de gastarles bromas y de burlarse de ellos. ¡Contaba unos chistes la mar de graciosos!

Al volver a casa nos encontramos con que mi sargento mamá tenía una cara larguísima, de esas que pone cuando mi padre viene tarde del bar o Gertrudis se queda más tiempo haciendo lo de “pelar la pava” con Ángel, su novio. Temiéndome lo peor, puse mi mejor cara de niño bueno y responsable y entré en el salón, curiosamente no me riñó a mí y dejando las labores de punto a un lado, se levantó y se fue para mi hermana con los brazos en jarrita diciéndole:

—¿Por qué has “tardao” tanto, niña?

—Porque el Pepito no se decidía que tebeo le gustaba más…

—Eso y que habrás visto a tu novio por el camino ¿No es así? — Aunque mi madre no estaba gritando tenía la misma cara de enfadada que cuando chillaba.

—¡Tú estás fatal de los nervios! —Dijo mi hermana volviéndose y dejándola con la palabra en la boca.

—¿Por qué te digo la verdad estoy mal de los nervios? —Ahora si estaba gritando, no huracanado, ¡pero gritando! —Si ya me parecía a mí muy raro que pusieras tanto interés en comprarle unos tebeos al niño… ¡Tú lo que querías es verte con tu novio a solas! Y ya sabes mientras dure el luto por tu tío, ¡si quiere verte que hable con tu padre!

Mi hermana que se había sentado en el sofá y había intentado seguir leyendo el Pronto, soltó este dando un golpe fuerte y muy enojada, comenzó a gritar también:

—¡Mamá, eres la persona más desconfiada del mundo! No solo hay que hacer la pantomima esta del luto, porque tú vives con la gente y pensando en él que dirán. Encima me montas un espolio porque he tardado un cuarto de hora en comprarle unos tebeos al niño…

—¿Qué yo vivo con la gente? —Aquello se había convertido en una competición de haber quién de las dos gritaba más — Yo lo que soy es decente y no como la juventud de hoy en día que solo pensáis en divertiros, sin importaros el día de mañana…

Mi hermana dijo algo y mi madre le volvió a replicar, y así sucesivamente. Sin querer las dos mujeres de la casa estaban metidas en una discusión reprochándose mutuamente lo mal que se portaba una con la otra. Estas discusiones entre las dos eran de lo más habitual, tanto que cuando busqué con la mirada a mi hermano y a mi padre, ambos seguían jugando al ajedrez como si tal cosa.

A pesar de que me sentía culpable porque la causa  de la pelea era que Gertrudis había salido a comprarme los comics,  egoístamente decidí ir a mi cuarto no vaya a ser que se rifara alguna torta y me tocara el primer premio.

Miré los dibujos de los comics, pues las voces de mi hermana y mi madre en la parte de abajo no me dejaban concentrarme en la lectura. Al ratillo, del mismo modo que comenzaron los gritos se detuvieron. Me tendí en la cama y me puse a leer el tebeo de Daredevil, pero los días en la granja me habían dejado tan cansado que me quedé dormido sin darme cuenta.

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Daredevil se quitó su traje de demonio rojo y pasó de ser el hombre sin miedo a Pepe Murdock, el abogado de los imposibles.  

Desde, que siendo un niño, un isotopo radioactivo le privara de su tan preciada vista, Pepe había visto incrementado potencialmente sus otros sentidos: podía oír el batir de las alas de una mosca, un olfato tan agudo que le permitía oler un escape de gas a miles de kilómetros, era capaz de leer simplemente pasando sus dedos por la tinta de  un papel, saber cuántos gramos de sal tenía una patata frita y, lo más importante, tenía un sentido radar modelo murciélago que le permitía saber a qué distancia estaban los malos de él.  

Pepe a pesar de su ceguera estudió para abogado y con su primito, Francisquito Nelson, montaron un bufete para defender a los más desfavorecidos. Todos los casos los ganaban y si algún malo se les escapaba porque era más listo que ellos.  Daredevil se ocupaba de ponerlo en su sitio.  

Aquel día al entrar en el juzgado Pepe Murdock sabía que tenía un caso  de lo más difícil: una madre y una hija que no paraban de discutir. Aunque la hija llevaba todas las de ganar, pues era una niña muy buena y cariñosa, el caso se complicaba pues la defensora de la madre era un hueso duro de pelar: Matildita Kingpin, una individua caprichosa y presumida a la que no le importaba ensuciarse las manos con tal de ganar a toda costa.  

Aunque en su otra identidad Pepe Murdock era conocido por el hombre sin miedo, fue ver con su sentido radar lo voluminosa y grande que era su contrincante en aquel duelo legal y un escalofrío recorrió su medula espinal…

—¡Pepito despierta, que es la hora de cenar! —La voz de mi hermana zarandeando mis hombros me transformó de nuevo en Pepito Jiménez.

Contemplé a mi hermana buscando una “mijina” de enfado en su rostro y no estaba ni siquiera triste, al contrario tenía esa sonrisa que siempre me dedicaba cuando me hablaba. Como vio que me hacia el remolón, se sentó a los pies de la cama, para que no me volviera a quedar dormido. Lo primero que hice nada más espabilarme   un poquillo fue preguntarle:

—¿Quién ha ganado?

—Nadie —Contestó muy seria.

—Entonces, ¿empate?

—Sí, empate —Respondió mi hermana riéndose por lo bajini.

—¿Ya sois amigas otra vez? —Volví a insistir otra vez no muy satisfecho con sus breves respuestas.

—Sí, ya nos juntamos de nuevo —Dijo  Gertrudis  sonriendo, pero con un tono de voz que me dio a entender que estaba harta de tanta pregunta.

Como no quería que mi hermana preferida se enfadara conmigo deje el interrogatorio para otro día, pero cuanto más conocía el mundo de los mayores menos lo entendían. ¿Tan importante era el luto? ¿Tan poco se fiaba mi madre de mi hermana que la llamaba embustera en toda su cara? Estaba claro que mi madre estaba acostumbrada a que todo el mundo hiciera siempre lo que ella quería y que mi hermana, que era muy moderna y muy rebelde (como la Jeanette), no estaba dispuesto a ello. Pero como madre e hija que eran,  al final siempre se arreglaban, o por lo menos eso quería creer yo.

Tras cenar, me duché y me fui a la cama. Seguía estando cansado y me quedé dormido del tirón, aunque eso sí, después de leerme unas cuantas páginas de mis comics nuevos.

…por primera vez en su exitosa carrera como abogado Pepe Murdock perdía un caso, solo un acuerdo entre madre e hija evitó que Gertrudis, la joven hippy rebelde, fuera a parar con sus huesos en la cárcel. Aun así, el proceder de su contrincante en los juzgados le dio mucha mala espina y decidió investigar sobre ella con su otra identidad: Daredevil. 

El edificio de oficinas en el que tenía ella  su bufete era muy alto, pero eso no era problema para el hombre sin miedo que ataviado en su traje de diablo carmesí y con la ayuda de su “gadgeto-bastón”, trepó hasta lo alto de aquel rascacielos inmenso.  

Era media noche y las luces estaban encendidas, por lo que dedujo que tendría compañía en sus indagaciones sobre el oculto secreto que escondía Matildita Kingpin. Al asomarse para ver que ocurría en el interior, el corazón del héroe ciego pareció darle un vuelco. Su sentido radar le descubrió que en el interior había tres personas: dos de ella estaban de píe y la otra estaba amordazada a una silla.  

Sintonizó todo lo que pudo las ondas de sus poderes de murciélago y descubrió que los que estaban de píe eran Matildita Kingpin y el repelente del Rafita, más conocido por su otra identidad: el maligno Búho (se dio cuenta de ello por sus horribles gafas), más al analizar los latidos del que estaba sentado vio que era su socio Francisquito Nelson ¿Por qué aquellos dos villanos habían capturado al bueno de su primo?…

—¡Arriba dormilón! ¡Qué hay que ir al colegio! —La voz de mi hermano fue acompañada por un fuerte tirón de las sabanas y unas insoportables cosquillas en el pecho. ¡Qué niño más cargante!

Cómo no dejó de insistir gastándome bromas para que me despertara, no tuve más remedio que levantarme, me vestí y desayuné. Volví a darle un vistazo a la maleta por si me faltaba algo y me preparé para volver al “cole”.

Mi madre antes de salir nos puso un botón negro en el bolsillo de la camisa a Juanito y a mí, diciéndonos:

—Si algún compañero os da el pésame, os dais la mano, le das  las gracias y después me lo contáis con todo detalle.  

A mi aquello del pésame me sonó a música celestial, pero como mi progenitora era poco dada a dar explicaciones de nada, decidí no preguntar. Con un pasito primero y otro después,  mi hermano y yo nos encaminamos hacia la bendita escuela

He de reconocer que me gustaba ir a clases, pues se aprendía mucho y como don Remigio nos explicaba las cosas muy despacito, nos enterábamos muy bien de todo. Además estaba el añadido que en el recreo podía jugar con otros niños y niñas, eso siempre que el Pepón o el Rafita no se aburrieran y  les diera por darme la tabarra.

Fue pensar en aquellos dos insoportables niños y el estómago se me encogió, pues me acordé del día que los seguí a la ermita intentando investigar que era aquello de las pajas. ¡Menos mal que corrí más que el Pepón! Lo que no sospechaba yo, es que, al  igual que a mí, a ellos no se les había olvidado.

Aquel día, al volver a ver a mis compañeros después de las vacaciones me sentí un poco extraño, pues la María, la Aurora y el Robert se acercaron poniendo cara de persona culta y me dijeron:

—Sentimos mucho tu disgusto por lo de tu tío.

Como lo más bonito de este mundo es aprender sin preguntar, descubrí que aquello tenía que ser lo del “pésame” y les di la mano y las gracias tal como me indicó mi mamá.

Estuvimos toda la mañana antes de salir al recreo corrigiendo las fichas que nos habían mandado para las vacaciones de Semana Santa y, salvo un problema de matemáticas que era de restar y yo había sumado, el resto lo tenía todo bien. ¡Qué guay!

Estando jugando al Pollito Inglés, me entraron unas ganas locas de orinar y fui al servicio, no había terminado de hacer pipí cuando escuché tras de mí la repelente voz mi enemigo acérrimo, el Rafita:

—¡Mira quién tenemos aquí! ¡Si es Pepito Jiménez, el chivato!

El Rafita venía acompañado de su compinche de fechorías: El  Pepón. Aunque no comprendí porque me llamaban chivato, por su actitud comprendí que se iban a vengar de lo del día de las “pajas” y, de repente, me entraron ganas de hacer caca.

—El mierdecilla este no sabe tener la boca cerrada —Esta vez el que hablaba era el Pepón, el niño más grande y bruto de todos los de su edad. Un “camandulón” de tomo y lomo.

Puse cara de no estar enterándome de jota y aunque sabía que me la tenían jurada por haberlos seguido en su excursión campestre, no entendía muy bien  porque decían que yo no sabía tener la boca cerrada, si yo (salvo a mi primo que era una tumba para los secretos) no se lo había contado a nadie.

—Por tu culpa asqueroso, me he llevado toda la Semana Santa castigado —Gritó el Rafita, a la vez que el Pepón me  cogía  fuertemente  por el cuello de la camisa.

Aunque no tenía ni idea de que pasaba, tenía claro que aquellos dos me iban a pegar una tunda  y que ni convirtiéndome  en Samurái o Daredevil, me iba a salvar de unos buenos guantazos.

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Me quedé inmóvil, aguardando que el Pepón me atizara el primer puñetazo, pues cuanto antes empezara antes terminaría. Cerré los ojos para que me doliera menos y cuando creí que todo estaba perdido se oyó la voz de mi salvador:

—¿Qué  coño hacéis vosotros dos con mi hermano?

 El Juanito entró en los servicios en compañía de dos de  sus mejores amigos: el Oscar y  el Javier, dos chavales del último curso que eran más fuertes y más grandes que mis archienemigos   de lejos. El Pepón, nada más verlos, me soltó  y una sensación de tranquilidad recorrió mi espalda. Sin embargo, el repelente del Rafita cuatro ojos, en vez de quedarse callado e irse por donde había venido, se envalentonó y dijo, poniendo cara de ser más chulillo que ellos:

—Enseñarle que no se puede ir por la vida siendo un chivato de mierda.

Mi hermano se me quedó mirando como  esperando que yo le dijera algo, pero tuve que poner cara de pasmado y de no saber de qué iba la cosa, pues sacó pecho  y le preguntó:

—¿Por qué dices que el Pepito es un chivato?

—Porque sí.

Aquel niño era el más repelente del mundo mundial, no solo se peinaba, vestía y comportaba como una persona mayor. También sus respuestas eran como las de ellos. “Porque sí”Porque vamos a ver, ¿cuándo las cosas son por un sí o por un no? Las cosas siempre tienen una aclaración más larga, A mí cuando mis padres me  contestaban “Porque sí” o “Porque no, tenía la sensación de que estaban muy ocupados y no me querían dar explicaciones.  Porque eso sí, yo tenía clarísimo que  los adultos lo sabían todo, todo… Si no respondían a algo era porque estaban muy atareados con cosas importantísimas, no porque no lo supieran.

—No puedes acusar a mi hermano y no demostrarlo —Insistió mi hermano dándoselas de más valiente que él.

El Rafita se quedó callado por un momento, como si le diera un poco de vergüenza contar lo que tenía que decir y como no parecía que estuviera dispuesto a dar ninguna explicación de porqué me llamaba chivato, el Pepón habló por él:

—Tú hermanito es que tiene mucha guasa… ¿Sabes lo que hizo el Martes Santo?

—Si tú no me lo cuentas no —Dijo mi hermano dando a entender que se dejara de zarandajas  y fuera al grano.

—El Rafita le había mangado un Lib a su padre y nos fuimos a verla a la ermita…

—…a haceros una paja, ¡qué “pringaos” estáis hechos! —Quien así hablaba era el Oscar, que pareció olvidar que había ropa “tendía y dijo aquello  de las pajas como si tal cosa.

El Pepón al oír como aquel niño lo llamaba “pringao” apretó el puño, pero como la pandilla del Juanito le ganaban por tres a dos se aguantó  las ganas y prosiguió con su historia.

—…pues aquí el enano se vino detrás de nosotros y, menos mal que me di cuenta, o si no fíjate la que se podía haber liado…

Mi hermano no me dijo nada, pero se me quedó mirando en silencio como lo hacía mi padre cuando hacia una trastada, dándome a entender que me tenía que ir castigado a mi cuarto.

—… pues al Rafita el Jueves Santo—Prosiguió el Pepón —su padre le echó una bronca de cojones por quitarle la revista de tías en pelota y por hacerse pajas. Y eso ha sido porque Pepito se lo ha chivateado.

—¡Y me ha castigado un mes sin salir!… —Concluyó el Rafita muy, pero que muy  enojado.

Juanito y sus amigos se quedaron observando a los dos matones, después se miraron entre ellos y finalmente se echaron a reír.

—¡Rafita te estás superando macho! —Dijo burlonamente mi hermano —. Has pasado de ser un niño pijo de papá a ser un tonto del culo de categoría. Aunque en eso quizás tenga mucho que ver las compañías con la que vas.

Por un momento, al observar a mi derecha a los tonto del Rafita y el Pepón y a mi izquierda a la pandilla de mi hermano  dispuestos a pelearse por mí, me dio la sensación de estar viendo el musical ese de “West side Story”, que tanto le gustaba a mi hermana:

♫♫ I like to be in America!

O.K. by me in America!♫♫

A mis dos eternos rivales, el que mi hermano los llamara tontos le sentó fatal de los “fatases” y si no les hubieran ganado por mayoría, se hubieran puesto a darse de puñetazos allí mismo. Pero como en el fondo el Rafita era un cobarde  y el Pepón solo se atrevía con los más pequeños, la sangre no llegó al rio.

— ¿El Jueves dice que fue cuando tu padre descubrió que le habías birlado la revista? —El tono que mi hermano usó, es el que utilizaba cuando se quería chulear  de Gertrudis.

—Sí, ¡que me quedé sin ver las procesiones!

—Y según tú fue cuando mi hermano fue y le contó que os había visto en la ermita…

—¡Sí! —Contestó Rafita poniendo esa cara tuya de saberlo todo.

—Pues no eres más gilipollas porque no practicas —La voz de mi hermano sonó contundente —. El Jueves, el Pepito estaba en la granja de mi tío Paco, que se lo llevaron allí por el tema del entierro y todo eso… ¡Así que como no le mandara un tan-tan a tu padre!

—Es lo que yo te diga Juanito, va de “espabilao” y es más tonto que hecho de encargo —Dijo Javier, el otro amigo de mi hermano, haciendo un mohín extraño con el que me dio a entender que el Rafita cuatro ojos le caía casi tan mal como a mí.

—Pues entonces, ¿quién se lo ha dicho? —Preguntó el Rafita poniendo cara de asco.

—Pues no sé, —Contestó mi hermano adoptando una postura de muchachito de película que me gustó mucho —pero me da la sensación de que tu viejo ha querido “desahogarse” con el Lib y al no encontrarlo ha sumado dos y dos… Que tampoco hay que ser un lince, ¡digo yo!

Al Rafita se le quedó una cara de bobo de las que hacen época, clavó una mirada de reptil en su socio, le hizo un gesto y bajando la cabeza avergonzados, pusieron pies en polvorosa.

Una vez se marcharon, mi hermano vino hacia mí y poniéndome la mano cariñosamente sobre los hombros me dijo:

—Pepito, debes de dejar de ser tan entrometido, que no siempre voy a estar yo cerca para sacarte las castañas del fuego…

Era la primera vez en mi vida que Juanito se acercaba a mí y ni me hacía cosquillas, ni me despeinaba, ni nada por el estilo. ¿Estaría cambiando mi hermano y terminaría queriéndome como Gertrudis? Lo único que sabía es que por muchas bromas que me gastara, jamás de los jamases volvería a enfadarme con él, pues le debía la vida.

Tras el incidente con el gafitas y el gigantón, sonó el timbre del recreo y tuvimos que volver a clase. Don Remigio siguió corrige que te corrige, hasta que llegó la hora de comer.

Como al “profe” no le había dado por mandar deberes nuevos, tras almorzar tuve la tarde libre, pero como estaba lo del “luto” ni podía hacer ruido y  ni podía hacer nada que no fuera leer. Dado que no quería que se me “gastaran” pronto los comics de súper héroes (me tenían que durar por lo menos una semana), decidí jugar en silencio con mis coches en el desván. Fue coger el Mustang Torino amarillo y no pude evitar ponerme un poquito triste, pues me acordé de mi primo Francisquito. “¡Qué pena que no pudiera ser mi hermano!”, pensé mientras seguía rueda que te rueda con el coche.

Aquella semana mi padre tenía el turno de trabajo por la noche y siempre que ocurría esto, se quedaba a dormir en la habitación del tío Manuelón, que en paz descanse. Mientras jugaba en la parte alta de la casa, vi cómo se encendía la luz de la claraboya que daba al desván  y  como  la curiosidad me picó en la barriga, me acerqué a ver lo que hacía mi padre.

Lo que vi me dejo patidifuso, mi padre en vez de dormir estaba sentado en la cama fumándose un cigarro (¡Cómo lo viera mi madre le iba a caer una señora bronca!), tenía puesto solo unos calzoncillos blancos,  de esos antiguos de pantaloncito. Me fije en él y aunque no estaba tan fuerte de trabajar en el campo como mi tío Paco, se le veía que tenía músculos en los brazos y un pecho muy abultado con unas tetas pronunciadas, tenía hasta menos barriga que mi tío diría yo. Aunque lo que más me llamo la atención fue el pelo tan negro que le cubría el pecho y las piernas, era como una especie de osito.

Mi papá se fumaba el cigarrillo muy despacio, como si le sirviera para relajarse o algo por el estilo. Pegaba largas caladas y mientras echaba el humo, se llevaba la mano al pajarito como si le picara.

Cuando apagó la colilla, se levantó, comprobó que la puerta del cuarto estuviera bien cerrada y acto seguido  buscó algo bajo el colchón de la cama: una revista. Nada más la abrió vi que se trataba de una de tías en bolas. Me tranquilizó comprobar que no había ninguna oveja por allí, pues pensé que sería asquerosísimo  ver a mi padre jugar a lo de las “pajas”.

Deduje o que la iba a leer o que se iba a jugar a lo de la “masticación”.  Sí, lo más seguro es que se fuera a hacer esto último, pues como mi madre estaba con lo del luto seguro que no tenía ganas de jugar con él y el pobre se tenía que apañar solo. Solo de pensar que iba a ver a mi papá haciendo lo mismo que el tito Paco, me puse “requetenervioso”, me entraron hasta ganas de hacer pipí y todo.

Lo primero que hizo fue repasar la revista, como buscando las páginas que más le gustaban, me dio la sensación que se la sabía tan bien como yo mi comic de los Samuráis. Una vez dio con esa parte, se puso a observarla detenidamente como regodeándose en ello y al mismo tiempo, empezó a tocarse el pito.

Cuando se cansó de rascarse la pilila con la prenda interior puesta, la sacó por la abertura del centro. ¡Madre mía, qué cabezona era! Parecía una especie de champiñón, pues la parte de arriba era como el doble de grande que la de abajo. Menos mal que mi primo Francisquito me había dicho que las “churrinas” no se heredaban, pues aunque era casi tan grande como la de mi tío no era tan bonita como la suya. Más que una picha, parecía el aldabón de la  puerta de una casa antigua.

Mi padre se levantó de la cama, puso la revista abierta sobre ella,  y se desvistió por completo, mostrando un culo que aunque no era muy gordo era bastante peludo.  Sin dejar de mirar a las tías en bolas, mi padre empezó a “masticarse” la picha muy suavemente, como si no tuviera prisa a la vez que se pasaba la mano por las piernas y el pecho. En un momento determinado, se echó un escupitajo muy largo y grande en  el pito. Aquello debía ser muy curativo, pues se le puso cara de estar muy relajado y contento.

Poco después, comenzó a rascarse con más fuerzas y ganas. Lo miré a la cara y comprendí que estaba a punto de curarse, clavé mi mirada en su pilila y una inmensa cantidad de líquido blanco salió de él. Mi papá debía estar muy malito, pues expulso un montón de virus de esos.

Tras echar todos los gérmenes fuera,  se sentó en la cama, cogió un pañuelo y se limpió. Me llamó la atención que no hiciera lo que hacían mi tito Paco y los gemelos, pues ellos se lo tragaban para  vacunarse. Supuse que o bien no lo sabía, o prefería ponerse enfermito más a menudo.

Tras volver a ponerse los calzoncillos y guardar la revista en su escondite secreto, se metió en la cama y apagó la luz. Como ya no quedaba nada más que ver, decidí que era mejor seguir jugando con mi Mustang Torino amarillo.

Mientras deslizaba las ruedas de mi estupendo coche por el suelo del desván, me puse a cavilar como hacen la gente lista y me di cuenta que a pesar de no estar con Francisquito, había descubierto tres cosas:

1)El luto era un rollo y, nada más fuera grande, me iba hacer ateo para no practicarlo.

2)Que a pesar de lo pesado que era y las bromas que me gastaba, Juanito me quería mucho y desde que me salvo la vida se había convertido en mi hermano preferido (También era el único que tenía).

3)La “masticación” era un juego  secreto de mayores bastante popular y no siempre había que practicarlo debajo de una ducha, también se podía hacer con una revista de tía en bolas como lo de las “pajas” en el pajar.

Continuara en “El profesor de gimnasia”.

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