Follado por su tío

Mayo, 2008

La vida había sido tremendamente dura para Rodrigo en los tres últimos años. Cuando su padre lo descubrió besándose con un compañero de clase, lo echó de casa y  tuvo que irse a vivir con su abuela. El escandalo fue tal que todo sus allegados lo tildaron de maricón depravado. Llego a ser tan sonado  que no había persona en su entorno que lo desconociera. No solo tuvo que aprender a  soportar los cuchicheos de algunos de sus vecinos al pasar delante de ellos, sino que tuvo que aguantar  los abusos de algunos canis del barrio, quienes  en grupo se burlaban de él y a solas lo buscaban para que les hiciese una mamada. A pesar de estar en pleno siglo XXI, ser maricón  conocido en un barrio de Sevilla como Los Pajaritos era de las peores cosas  que le podían  suceder a un adolescente.

Para que su vida terminara siendo una completa porquería, a los desprecios constantes que sufría en su barrio, le tenía que sumar la precariedad laboral en la que estaba sumido. Como no  contaba siquiera con el título de la ESO, se tenía que contentar con los trabajos que pedían menor cualificación y, por ende, peor pagados.

Aunque había trabajado de dependiente en un Burger, de reponedor en un supermercado y de camarero, este último oficio era el que se le daba mejor, quizás por ese don innato suyo de estar pendiente de las necesidades de los demás e intentar agradar a todo el mundo. Comenzó trabajando algunas horas los fines de semana y terminaron haciéndole un contrato de media jornada. No llegaba a los quinientos euros, pero con eso y la pensión de su abuela, en casa no faltaba casi de nada.

Su padre era de los que no  perdonaban, no solo le echó la cruz a él, sino que de paso le retiró la palabra  a su madre por recoger al mariconazo de su hijo en casa. Por eso, cuando la buena mujer tuvo que pasar unos días en el hospital para que le practicaran una serie de pruebas, tuvieron que venir su tía Visitación con su marido Eufrasio para cuidar de ella.

Como Los Corrales, el pueblo donde vivían sus tíos y del que era originario la familia de Rodrigo,  quedaba bastante lejos de la capital,  decidieron quedarse a dormir en el piso de la abuela los días que tardaran en realizarle los  dichosos exámenes médicos.

La rutina durante los días que duró la estancia de la anciana en el hospital era la siguiente: Visitación pasaba la noche en el hospital, Eufrasio  y Rodrigo iban a recogerla por la mañana, el muchacho pasaba unas horas con su abuela mientras su tía se aseaba y descansaba un poco. Por la tarde el muchacho iba a trabajar  y las  noches las pasaba con su tío viendo alguna que otra película que el muchacho se bajaba de Internet.

En aquellas escasas horas nocturnas que compartían en el sofá, un sentimiento de atracción comenzó a nacer en el sobrino por el brutote  de su tío. La verdad es que el cuarentón tenía todos aquellos atributos que le gustaban al muchacho de un hombre: era moreno con los ojos negros, de barba cerrada aunque estuviera recién afeitado, corpulento  y con unos brazos  tan enormes que el joven camarero se moría de ganas por sentirse atrapados entre ellos. Si algo volvía loco al chico de su pariente era su paquete, la enorme protuberancia que se le marcaba debajo de los vaqueros fue el jardín de sus fantasías onanistas las dos primeras noches que su tío pasó en Sevilla.

Sin embargo, Rodrigo tenía clarísimo  que el marido de su tía era una fruta prohibida; primero porque  quería y respetaba mucho a Visitación;  segundo porque ponerse unas piezas dentales nuevos costaban un pastón y que le rompieran la boca era lo único que iba a conseguir si le insinuaba algo al animal de su tío, que muy bueno y muy santo, pero bestia como él solo.

Obviamente Eufrasio conocía de los gustos sexuales de su sobrino, pues el suceso que propició que su padre lo echara de casa era conocido de sobra por toda la familia. No obstante, ya fuera porque era de la poca familia que le quedaba o porque pensaba que cada cual tenía derecho a ser como quisiera, que el buen hombre aceptaba su condición y no lo trataba de forma distinta a la que lo había hecho siempre. Es más parecía que le daba un poco de lastima la canallada que su cuñado  le había hecho e intentaba ser cariñoso con el chico siempre que podía.

Al tercer día había partido televisado y, como era en abierto, Eufrasio se compró un par de paquetes de patatas fritas y  tres packs de seis cervezas para ver el fútbol  en casa de su suegra, que resultaba bastante más económico que irse al bar de la esquina.  La victoria de su equipo, unido a las  casi ocho botellines que se había metido en el cuerpo, propició que  se pusiera como una moto y las ganas de sexo comenzaran a cabalgar por su cerebro. Instintivamente se llevó la mano al paquete y se rascó la punta de un rabo que empezaba ya  a ponerse tontorrón.

Ebrio como estaba, empezó a buscar en los DVD’s de su sobrino buscando alguna película porno con la que inspirarse para un solo de flauta. Puso uno que no estaba identificado y aunque lo que encontró no era precisamente lo que iba buscando, se le parecía demasiado. Se trataba de una película bisexual donde dos hombres, se lo hacían entre ellos y con una mujer que no es que estuviera excesivamente buena, pero él, tan caliente como estaba, si se le ponía a tiro se la follaba igualmente.

Con la alegría etílica bullendo en su sangre, se sumergió en el inexistente argumento que se mostraba en la pantalla y dejó que las fantasías  lujuriosas dominaran plenamente sus sentidos. Sin soltar la botella de cerveza, a la cual le pegaba de vez en cuando un sorbo, se puso a restregarse el bulto de la entrepierna de un modo impúdico. En el momento que consideró que su cipote estaba lo suficientemente duro, desabrochó la hebilla del pantalón, bajó la cremallera y, tras desnudar  su asta de sangre y músculos, comenzó a masturbarse.

El miembro viril de Eufrasio era de piel oscura y estaba circuncidado, bajo el violáceo capullo una multitud de pequeñas venas se extendían a lo largo de todo el tronco,  dotándolo de una robustez fuera de lo común.

El cuarentón con la calentura y la media borrachera que tenía, se había olvidado de que no estaba en su casa,  que en cualquier instante  su sobrino podría volver del trabajo y pillarlo, nunca mejor dicho, con las manos en la masa.

A los pocos minutos,   Rodrigo entró en el salón y al encontrarse a su tío en plena faena, se quedó petrificado. Aquello que se había convertido en los últimos días en una obsesión y que tanto había deseado lo tenía al alcance de la mano. Por un lado una sensación libidinosa le recorrió el pecho, por otro lo atrapó un terror inmensurable ante la reacción que pudiera tener el marido de su tía si le expresaba abiertamente sus deseos.

Aunque no dijo nada, el hombre no tardó en darse cuenta de su presencia, con total desparpajo siguió bebiendo y masturbándose como si no le importara lo más mínimo el hecho de que su sobrino estuviera observándolo. Como el joven camarero seguía paralizado por la sorpresa y el terror, el cuarentón en un tono chulesco y poco respetuoso, le dijo:

—¿Qué, Rodri? ¿Te gusta lo que ve?

El muchacho, como si la burda pregunta no fuera con él,  continuó impasible  y sin apartar la mirada de la enorme y caliente estaca que emergía de la entrepierna de aquel semental de campo.

El hombre miró la escena del televisor en el que un chico le chupaba la polla al otro, mientras que se follaba a la chica. Incompresiblemente en su mente se dibujó la escena de Rodrigo practicándole una mamada a él. Dejándose mecer por los efectos del alcohol y abandonando sus perjuicios no se sabe dónde,  dejó la cerveza en la mesita que estaba delante del sofá, se levantó y fue hacia el muchacho quien seguía todavía en una especie de estado de shock.

La imagen del fornido cuarentón, con los pantalones a media pierna, con la polla tiesa,  caminando por el pequeño salón del piso, era grotesca y sugerente por igual. Sin embargo, el adolescente seguía sin reaccionar, pues no sabía a cuál de las dos sensaciones que pululaban en su interior hacerle caso, si al pánico o a la lujuria.

Cuando el corpulento individuo se colocó junto a él, su delgadez se transformó  en debilidad. Circunstancia que aprovecho su tío para, sin mediar palabra alguna, empujar su cabeza contra el erecto tronco que surgía de su entrepierna.

Durante unos segundos el caos pareció adueñarse de la mente del chaval, por un lado deseaba meterse aquel oscuro cipote en la boca, por otro sabía que aquello no estaba bien que aquel hombre era el marido de su tía. En un principio la moral y lo correcto parecieron gobernar sus actos, no obstante en el momento en el que las enormes manos aplastaron su cara contra el enorme miembro viril, su boca le dejó paso y sucumbió ante lo indecoroso de un modo inapelable.

 

El nabo de Eufrasio, tal como él había supuesto, era de muy buenas proporciones. Aunque al principio un sabor a orín seco impregnó sus papilas gustativas, era tan penetrante el aroma a macho que emanaba su piel que no le importó lo más mínimo. Una vez se sumergió en la locura del momento, Rodrigo comenzó a devorar aquella polla con una pasión tal  como no lo había hecho  con ninguna otra antes.

Tras succionar contundentemente el capullo, paso su lengua por las hinchadas venas que bajaban  desde la mitad del tronco hasta los huevos. Un prolongado bufido que se asemejó a un gruñido le dejo claro que a su tío le complacía como se lo hacía, por lo que prosiguió chupándole la verga a la vez que jugueteaba con la bolsa de sus cojones.

Quiso tragársela entera, pero aunque abriendo bien la boca conseguía que entrara en todo su grosor, era demasiado larga y, tras unas pequeñas arcadas, desistió de su cometido.

Eufrasio, a pesar de que estaba disfrutando de la mamada cantidades industriales, seguía sumergido en la película donde los tipos ya no se la comían mutuamente, sino que uno de ellos, al mismo tiempo que  lamía el coño de la chica, ponía el culo para que el otro lo penetrara. Ver como el enorme pollón del individuo de la tele entraba en un agujero tan pequeño, lo puso más cachondo todavía, sacó la verga de entre los labios del muchacho y le dijo en un tono bastante tosco:

—¡Bájate los pantalones y  ponte en pompas que te la voy a meter!

El chaval se sacó la polla de la boca y se quedó mirando al fornido cuarentón. No daba crédito a lo que estaba escuchando y  buscó alguna muestra de chanza en la expresión de su tío, pero no encontró ni un  ápice. Aquel hombre le estaba proponiendo follárselo con la misma naturalidad que le pedía que cerrara la ventanilla del coche.

A pesar de que se encontraba súper excitado y estaba deseando ser ensartado por aquel moreno cipote, el terror vino a visitar a Rodrigo y se quedó  un buen rato pataleando en la boca de su estómago. Él se había comido muchas pollas, no obstante nunca se había dejado follar porque temía que le pudieran hacer daño. Volvió a mirar aquel vigoroso falo y un pánico atroz se apoderó de él, pues pensó que  algo tan grueso lo iba a reventar por dentro.

Aun así, el muchacho obedeció sin rechistar y  se colocó en la posición que le pidió Eufrasio, quien no dejaba de acariciarse con cierto nerviosismo la polla. Una vez vio a su sobrino en una postura adecuada para poder ensartarlo, se echó un escupitajo en la mano y extendió el caliente líquido por su miembro viril. Sin más prolegómenos, colocó la punta de su rabo en el ojete del muchacho y empujó.

El escaso cuidado que el hombre puso en sus movimientos solo terminó por conseguir dos cosas: su proyectil no llegó a atravesar  las líneas enemigas del todo y  un inmenso dolor asestó a su sobrino. Inevitablemente el adolescente   empezó a gemir de un modo atronador.

Que el atractivo pueblerino estuviera un poco ebrio, no quería decir que se hubiera convertido en una  mala persona, al ver la mueca de dolor que se pintó en rostro de Rodrigo, se paró en seco y le dijo:

—Perdona ji te he hecho daño, e mi primera ve.

—Y la mía —Balbuceó el chaval, llevándose la mano al culo a la vez que hacía un gesto de fastidio.

Entonje…—En el rudo rostro se pintó una mueca de sorpresa y desencanto al mismo tiempo — ¿Todavía no te han jilbanao el mojino!

El muchacho negó tímidamente con la cabeza, como si se sintiera avergonzado por ello.

Eufrasio chifló levemente y bajo  contrariado la cabeza. Se llevó la mano al cipote y este pareció perder dureza por segundos. Resignado, miró a su sobrino y le dijo:

—Mejor lo dejamos.

Como un autómata caminó hacia el sofá y siguió viendo la película pornográfica.

No hubieron pasado ni dos minutos y apareció su sobrino con un tarro de crema “Nivea” en la mano. Lo miró con una sonrisa picarona y le preguntó:

—¿Y si lo intentamos con la ayuda de esto?

El corpulento pueblerino, a quien con la dichosa película  la polla se le había vuelto a poner dura otra vez, sonrió por debajo del labio a su sobrino y le dijo con cierta frescura:

—Sí, pero una ve empecemos no me haga parar, ji te duele, ¡te joe!

El chaval miró la tremenda polla que se erigía en la entrepierna de Eufrasio y supo que le haría daño al penetrarlo, pero también comprendía  que era un trance que, por su condición sexual, debería pasar más tarde o más temprano. Decidió que fuera aquella noche y con su tío.

Había oído algunos amigos del ambiente decir que si te sentabas sobre las pollas, dolía un poco menos y dilatabas mejor. Aferrándose a aquel rumor, le pidió a su tío que se estuviera quieto un ratillo que él se la iría metiendo poco a poco…

Eufrasio accedió de buenas ganas a dejarse hacer, seguramente porque el alcohol había debilitado un poco su habitual carácter dominante. Rodrigo se puso hasta arriba de “Nivea” el agujero del culo, buscó la posición adecuada y se sentó sobre el cipote de su fornido acompañante.

Al principio, costó un poco marcarle el camino e incluso con la ayuda de la crema parecía que iba a ser otro intento infructuoso. Respiró profundo, relajó los músculos de su esfínter y empujó con fuerza para abajo. Una dolorosa punzada recorrió su espalda y Rodrigo creyó que no iba a soportar aquel suplicio, sin embargo, era tantas las ganas que tenía de ser taladrado por aquel recio macho que soportó todo el daño que su apéndice sexual le produjo  al atravesar su recto.

Sus esfínteres fueron dilatando y el enorme trozo de carne que lo horadaba se volvió menos funesto. Aunque el dolor no remitió del todo, poco a poco fue dejando paso al placer. Un placer que se manifestaba en la tremenda erección que lucía el chaval y en las gotas de líquido pre seminal  que brotaban de su punta.

De soportar una especie de lanza que le quemaba las entrañas, el joven sevillano comenzó a gozar como nunca antes lo había hecho. Aquello debía ser de lo más contagioso, pues su tío, quien había permanecido callado hasta el momento, soltó una brutalidad de las suyas:

—¡ Joe, Rodri, me vas a matar de gusto!

Aquellas palabras  le sonaron  como  una especie de piropo, si hasta entonces había cabalgado a su tío con cierto cuidado para no hacerse daño, se puso a trotar sobre él de un modo frenético.

Eufrasio, quien a pesar de las cervezas de más, no le gustaba ni un pelo que su sobrino fuera quien se lo “follara” a él y menos del modo que lo estaba haciendo, le metió las manos bajo las axilas y lo levantó en volandas.

—Como la  zorrita  tiene ya  el abujero abierto, no le importara que su macho la viole.

Lo tendió boca arriba sobre el sofá, le abrió las piernas de manera que una quedó colgando del borde del sofá y la otra la mantuvo erguida quedando el  pie del chaval a la altura de su cara. Le mordió el tobillo de un modo casi violento, colocó su polla a la entrada de su ojete y empujó sin misericordia de ningún tipo.

El bestial envite propicio que  el chaval emitiera un quejido sordo, al tiempo que las facciones se le quedaron congelada en una mueca de dolor. La fiereza con la que Eufrasio sacaba y metía el cipote en su culo favoreció que sus esfínteres se adaptaran rápidamente al grueso salchichón y terminara extasiado por la enorme satisfacción que aquello le proporcionaba.

Al poco rato, el corpulento pueblerino le dijo que le gustaría hacerlo en un lugar más cómodo, por lo que decidieron irse al cuarto del chico.

Una vez en la cama, le pidió que se colocara boca abajo y le pidió que separara  las piernas. Rodrigo colocó sus extremidades inferiores abiertas en forma de tijera. Sin preliminares de ningún tipo, su tío coloco su proyectil sexual a la entrada de su boquete, se tendió sobre él  y empujó concienzudamente.

En esta ocasión un gritito casi femenino escapó de los labios del muchacho, quien, incapaz de retener en su interior  todo lo que le estaban haciendo gozar,   comenzó a gemir descompasadamente.

—¡Putita, te gusta cómo te viola tu macho! —Las palabras fueron musitadas a su oído y  con la única intención de darle más morbo a la situación.

Durante unos minutos el hombre estuvo entrando y saliendo del cuerpo del chaval, quien  a cada segundo que pasaba perdía más su voluntad y se sometía a los caprichos del viril cuarentón.

El corpulento madurito pareció olvidar que a quien estaba penetrando era pariente suyo, le apretó fuertemente las caderas, aumento el ritmo con el que salía y entraba de él y le dijo con voz chulesca:

—¡Perra, te voy a dejar preña!

Poco después de los labios del vigoroso macho salieron gemidos entrecortados e ininteligibles, Rodrigo sintió como un chorro de líquido caliente le llenaba las entrañas al tiempo que su tío se paraba en seco.

Tan bruscamente como entró, salió de su interior, se tendió a su lado, tras acariciar su mejilla y,  con una voz ronca pero melosa a la vez, le preguntó:

—¿Te ha gustao, campeón?

El muchacho sonrió generosamente, asintió con la cabeza y añadió:

—¿ Y a ti?

—Me lo he pasao de miedo.

Inesperadamente buscó los labios de Rodrigo y le dio un muerdo. Tras besarlo, le echó el brazo por la espalda y se quedó dormido.

Concluye en: El descomunal rabo del tío de Rodrigo.

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